Japon

Japón. Cinco letras que, al menos en mi caso, es sólo escucharlas y ya ponérseme una sonrisa en la cara. Son muchos y gratos recuerdos los que me han dejado mis viajes por el País del Sol Naciente. Un destino que, no me canso de repetir, hay que conocer alguna vez en la vida. Viajar a Japón es una experiencia incomparable, que en nada se parece a ninguna otra aventura. Y es que por razones geográficas y culturales, Japón ha pasado la mayor parte de su existencia aislado del resto del mundo. Y ello ha hecho de él un país único en el que podrás disfrutar de estas diez experiencias mágicas.

Viaja en el Shinkansen, el tren bala

Shinkansen

Una de las mejores experiencias de viajar por Japón es hacerlo utilizando como medio de transporte el Shinkansen. Conocido popularmente como el tren bala por las velocidades supersónicas que alcanza y que superan los 370 kilómetros por hora, en mi opinión es la mejor forma de moverse por el país. No sólo por su eficiencia (no ha sufrido un accidente en toda su historia), con nueve líneas que cubren la mayor parte del territorio japonés y con una puntualidad que raya el surrealismo (ten seguro que llegan y salen a la hora programada, la media de retraso es de ocho segundos), sino también por la experiencia en sí. Y es que el Shinkansen es caro incluso para los propios japoneses (suele ser usado principalmente por hombres de negocios a los que pagan los billetes sus empresas) pero es comprensible su precio comprobando lo que ofrece después.

Sin embargo, a los extranjeros nos sale tirado (a una media de 200 euros por semana con viajes ilimitados) al entrar dentro del Japan Rail Pass, que sólo puede adquirirse fuera del país. Viajes económicos que te permiten estar en la otra punta de Japón en sólo unas horas y en un entorno de lo más cómodo: asientos amplios, wifi en algunas líneas y servicio de comidas para tomar un té calentito mientras disfrutas del paisaje.

La gastronomía japonesa: hay vida más allá del sushi

Gastronomia Japonesa

Aquí arriba tenéis a Juan tan feliz en un restaurante de Japón, dispuesto a hincarle el diente a un menú de lo más variado. Aún son muchos los que viajan al País del Sol Naciente con la idea equivocada de que allí sólo se come «pescado crudo». Lo curioso es que nosotros, que nos encanta el sushi y el sashimi, cuando viajamos allí apenas lo probamos tres o cuatro veces. Eso sí, cuando lo hacemos, comemos en los kaiten sushi, esas barras estupendas giratorias donde un itamae va preparando en directo los platillos de sushi que luego van corriendo delante de las narices de la clientela. Vas eligiendo los que más te gustan y hala, «p’adentro».

En Japón son muy comunes estos restaurantes, que nacieron a mediados de los años 50 con la intención de reducir costes al no tener que contratar camareros, ya que a fin de cuentas es una especie de buffet libre en el que pagas por lo que consumes. En Tokio te recomendamos especialmente el Kura Sushi (cerquita de la estación de Ikebukuro, donde solemos alojarnos) y el Ganso cerca del parque Yoyogi, que aunque es bastante modestito, el sushi está de fábula.

Viajar a Japón y no dejarse engullir (nunca mejor dicho) por su extraordinaria gastronomía, una de las mejores del mundo, debería considerarse un delito. Y es que en pocos países se da a los alimentos un trato tan delicado: no sólo se da importancia suprema a la variedad sino casi al mismo nivel a la presentación. Aquí las raciones son pequeñas, en su medida justa, y no se mezclan unas con otras, dejando su propio espacio a cada sabor y aroma.

En Japón la comida suele ser fresca, de temporada, y en ella tienen cabida verduras que aquí conocemos poco como el gobo o el negi, pescado de muchas clases, así como marisco (ojo que pocas cosas hay más sabrosas en el mundo que el takoyaki, esas deliciosas bolitas de pulpo) y una infinita variedad de hongos, que también nos encantan. Gyozas, ese adictivo emparedado que es el omu-raisu, anguilas (no al gusto de todos pero aconsejamos catarlas alguna vez), encurtidos vegetales, ramen de mil sabores y texturas… A nivel culinario, Japón es el paraíso.

Duerme en un ryokan

Ryokan

Una de las mejores experiencias que puede (y debe) brindarte un viaje a Japón es la ocasión de poder dormir en un ryokan. Nosotros lo hemos hecho siempre que hemos podido y qué queréis que os diga: no hay color. Ya tenéis el resto del mundo para alojaros en hoteles occidentales. Pero estar en Japón y no alojarse en un ryokan casi debería considerarse motivo de expulsión del país. Es algo que debes probar sí o sí.

Aún hay quien cree que los ryokan son carísimos y un lujo que no todo viajero puede permitirse. Nada más lejos de la realidad. A lo largo y ancho de Japón, tanto en ciudades enormes como Tokio como en aldeas minúsculas, podrás encontrar un ryokan adaptado a tus posibilidades económicas y gustos personales. Desde los más pequeñitos y familares hasta algunos gigantescos con decenas de habitaciones. Nosotros siempre solemos decantarnos por los primeros donde el trato es más cercano, podrás charlar con la familia anfitriona y apenas tendrás huéspedes como vecinos. Pero eso ya lo dejo a tu elección. Lo que te aseguro que no debe asustarte es el precio. Aunque hay ryokan lujosísimos, puedes encontrar muchos en los que el precio de la habitación doble no exceda los 60 euros.

Si hay algo que debes tener muy en cuenta a la hora de alojarte en un ryokan es que, como todo en Japón, aquí las normas son muy peculiares y has de respetarlas en todo momento. En primer lugar, deberás familiarizarte con las diferentes estancias. La primera que te recibe es el hall de entrada, donde te darán la bienvenida y educadamente te pedirán que dejes tus zapatos a la entrada (tranquilo, estarán bien custodiados, en Japón los robos son algo bastante excepcional). Ya os conté en el artículo Conductas a evitar si viajas por Japón que lo primero que hacen los japoneses al llegar a casa es descalzarse, más bien por una cuestión de higiene que de comodidad, y es algo a lo que pronto deberás acostumbrarte. A mí como me encanta andar descalza con mis calcetines polares mullidos y calentitos me parece una idea extraordinaria. Generalmente te suelen prestar unas chanclas y unos calcetines adaptados a ese tipo de calzado, para que puedas meter los dedos, pero yo en cuanto entro en mi habitación, siempre me las quito.

¿Y qué te espera en la habitación? Pues poca cosa, lo que no implica que este sea un alojamiento espartano, al contrario. Sin embargo, muchos occidentales se sorprenden al abrir esas puertas correderas (las shoji) y encontrarse con un cuarto diáfano en el que hay poco más que un tatami con dos futones enrollados, en raras ocasiones una televisión y casi siempre una mesa bajita. Te aseguramos que no vas a necesitar mucho más para sentirte como en casa (o incluso mejor). Los tatamis, las típicas esterillas niponas que protegen de la suciedad y el frío, son mucho más cómodas que lo que parecen a primera vista. Y de los futones, esos colchoncillos protegidos por fundas que suelen apilarse durante el día en un rincón de la habitación, puede decirse lo mismo. Parecen livianos pero en la práctica son comodísimos y duermes como una marmota.

Ryokan Japon

Como veis en esta foto de aquí arriba que hicimos en uno de los ryokan donde estuvimos alojados, encima de la cama te dejarán una yukata, que son esos kimonos de algodón tan agradables que te permitirán moverte por las diferentes estancias sin el agobio de que te vean en pijama. No te cortes y úsalo, es lo habitual. Además, recuerda que los baños suelen ser compartidos y sería como usar un «albornoz a la japonesa». Y no olvides que siempre has de atártela a la izquierda, ya que el lado derecho se reserva para cuando las yukatas las visten los difuntos.

En los cuartos no suele haber armarios así que lo recomendable es dejar la maleta en un rincón y sacar sólo la ropa imprescindible. Esa mesa pequeñita en la que a veces hay sillas sin patas (y la mayoría de las veces no, por lo que comerás directamente sentado en el suelo) sirve para que si apetece comer /cenar en tu habitación, puedes traerte algo de la calle o si el ryokan cuenta con servicio de comidas, entonces pedir que te la traigan. Generalmente se suele servir una cena kaiseki, lo que yo llamo «las tapas japonesas», pequeños platillos variados en los que el producto fresco es el rey.

Olvídate de todo en una izakaya escondida

Izakaya

Si en algo nos parecemos españoles y japoneses, pese a que no lo parezca a priori, es en lo que nos gusta irnos por ahí de cañas y tapeo. Si nosotros tenemos nuestras tascas de toda la vida donde nos ponemos ciegos de patatas bravas y calamares, nuestros amigos nipones se relajan después del curro en esas izakayas tan acogedoras escondidas en pequeños callejones. Las reconocerás por sus farolillos rojos o blancos a la entrada, flanqueando una cortina que ejerce de puerta.

Tabernas en versión nipona a las que yo no calificaría como simples restaurantes, ya que aquí igual de importante es alternar con amigos que comer algo. Al mismo tiempo, tampoco pueden catalogarse de meros barecillos precisamente por la calidad culinaria que se gastan la mayoría. Que no os engañe lo humilde de los locales, cubículos minúsculos donde en muchas ocasiones difícilmente cabe una decena de personas: lo que te ponen encima de la mesa poco tiene que envidiar a los restaurantes de renombre que cobran un dineral por el menú. 

Cuando antes he citado nuestras tapas, ha sido adrede, ya que los propios japoneses, tan fans de la cultura española, ven esos pequeños platitos que se sirven en las izakayas como una versión japo de nuestras tapas, salvando las distancias de sabores. Entre ellas es común encontrar tsukemono, los encurtidos nipones, yakitori (pequeñas brochetas), bolitas de onigiri, sashimi… Yo os recomiendo, eso sí, que si os gusta la casquería, a la que los japoneses son tan aficionados, la probéis en una izakaya. Los nipones hacen como nadie las mollejas de pollo (en brocheta), el motsunabe (asadura de cerdo o ternera) y platos no aptos para todo el mundo como la lengua de vaca.

Ten en cuenta, eso sí, que en la mayoría de las izakayas es difícil encontrar menús en inglés, así que es buena idea que mientras tomas la primera cerveza de la noche te dejes asesorar por el camarero y permitas que te sirva lo que él considere más sabroso. Encontrarás izakayas repartidas por todo el país pero por variedad, te recomiendo que dediques más de una tarde a explorar los callejones de Tokio que albergan algunas de las mejores. En mi opinión, las que más he disfrutado se encuentran bajo las vías del tren de Yurakucho (aquí es habitual compartir barra con oficinistas), las del mercado de Ameya Yokocho y las de Omoide Yokocho cerca de la salida oeste de la estación de Shinjuku.

Descubre la vida de los samuráis en un castillo japonés

Castillo Japon

Adentrarse en la historia japonesa es hacerlo en la antigua vida de los samuráis, los míticos guerreros nipones que durante siglos ayudaron a los señores feudales a gobernar en el país. Su código de conducta era exageradamente estricto y obedecía a las normas del bushido, que exigían una obediencia desmedida a los maestros pero también un respeto máximo a uno mismo, basado en un férreo código de autodisciplina. Jamás se separaban de su katana, esa larga espada con la que impartían justicia. Los samuráis también fueron mundialmente conocidos por su profundo sentido del honor, que les llevaba a suicidarse cuando se sentían deshonrados. Aunque a ese acto de cortarse el estómago la cultura occidental lo conoce como harakiri, es más correcto denominarlo seppuku: era la forma correcta de purgar los pecados.

Si queremos trasladarnos a aquellos tiempos remotos de los samuráis, debemos visitar algunos de los mejores castillos medievales que aún se conservan (y que no son pocos). El más famoso de todos (y el más visitado) es el de Himeji, que tuve la oportunidad de conocer en mi primer viaje al país. Ha conseguido llegar hasta nuestros días manteniendo intacta su estructura original, un laberinto de torres, murallas y pasadizos que lograron sobrevivir a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, pese a que la ciudad quedó totalmente arrasada. En su interior podrás disfrutar de un museo de lo más didáctico, gracias al que comprenderás un poco mejor cómo de dura era la vida en la Edad Media japonesa.

Sal de la ciudad y explora el Japón rural

Takayama

Si quieres conocer el Japón de verdad, el auténtico, el de tradiciones milenarias, no cometas el error de quedarte en Tokio y pensar que ya está todo hecho. De hecho, aunque alucino con las luces de neón y toda la locura tecnológica de la capital, donde más he disfrutado en mis viajes por Japón es en localidades pequeñitas. Es más, de los tres viajes japoneses, si tuviera que quedarme con un lugar donde he sentido intensamente el «Japón más puro», este sería el área de Takayama, en los Alpes japoneses. Pasear por ese barrio antiquísimo de Sanmachi, con sus casitas de madera, perderte en alguno de sus mercadillos de frutas y verduras o darte una buena caminata por los bosques cercanos te hará olvidarte de ese otro Japón frenético de pasos de cebra atestados y rascacielos. Respira aire puro y déjate envolver por la Madre Naturaleza.

Date un atracón de templos y santuarios

Japon Templo

Si hay algo que por sí solo justifica un viaje a un país que se encuentra en el otro lado del mundo, este es su inabarcable patrimonio cultural. Y aquí tiene cabida, muy grande además, el descomunal patrimonio religioso. Japón está plagado de templos: mires donde mires, allí asoma en el horizonte una pagoda y hasta la más pequeña aldea contará con un modesto santuario. 

Para gran parte de los japoneses la religión es una parte más de sus vidas y entra dentro de sus rutinas diarias la visita a estos templos (un acto que se conoce como omairi), donde recuerdan a los antepasados, celebran sus ritos ceremoniales como bodas o rezan para obtener un futuro más favorable. Es decir, lo mismo que se hace en el resto del mundo pero adaptado a sus propias creencias y tradiciones, que sí nos pueden parecer bastante singulares. A los propios japoneses a veces les cuesta encontrar la diferencia entre «templo» y «santuario», aunque para simplificarlo, aclararemos que generalmente los templos cuestan con imágenes y estatuas budistas, mientras los santuarios carecen de ellas pero a cambio tienen toriis, las puertas que separan el mundo de los humanos de los recintos sagrados.

Cómo visitar un santuario

Inclina tu cabeza e introduce una moneda en la caja de ofrendas (da igual el valor, no por donar más tendrás más posibilidades de que los dioses sean magnánimos). Toca la campana dos o tres veces para avisar al dios de que has llegado. Inclínate de nuevo dos veces hasta alcanzar un ángulo de 90 grados, aplaude ligeramente e inclínate otra vez.

Después de esto, puedes comprar emas, esas pequeñas plaquitas de madera en las que escribes los deseos y se cuelgan para que las lean los dioses. En dichos santuarios se venden amuletos que podrás llevarte a casa, como hamayas (flechas sagradas que se colocan en los hogares para ahuyentar a los espíritus dañinos) o los sellos conmemorativos (shuin) que dan fe de que has estado en tal santuario presentando tus respetos. Por apenas 100 yenes también puedes adquirir un omikuji, un papelito donde se detalla la fortuna que te brinda el azar y pequeños consejos acerca de los acontecimientos que te ocurrirán el año próximo.

Cómo visitar un templo

El ritual de entrada es similar al del santuario, aunque en este caso quemarás incienso, el «alimento de Buda» (y ni se te ocurra encender las varillas depositadas por otros absorberías sus pecados). En este caso no se aplaude.

Rinde tributo a las víctimas de Hiroshima

Hiroshima

Hay una ciudad que muchos visitantes pasan por alto por falta de tiempo y que a mí me parece una parada imprescindible en un viaje a Japón. Hiroshima. Su propio nombre ya lo dice todo.

El 6 de Agosto de 1945 las ciudades de Hiroshima y Nagasaki sufrieron los peores bombardeos de la historia de la Humanidad: cerca de 250.000 muertos en los que han sido los únicos ataques nucleares vividos en el planeta. Curiosamente, y pese a ser más conocidos, no fueron estos los más mortíferos de la Segunda Guerra Mundial en territorio japonés. Tres días después del bombardeo de Hiroshima, aviones estadounidenses bombardearon durante una noche entera Tokio. ¿Resultado? 105.000 muertos. Ojalá hechos tan deleznables no se repitan jamás.

Como ya os conté en el relato de mi viaje a Hiroshima, la visita a esta ciudad ha sido una de las más tristes que he hecho nunca. Pero es necesaria si queremos conocer el dolor de una nación que anteriormente había mostrado la misma crueldad con enemigos como los coreanos (como veis, la historia se repite). La dura realidad es que, al final, de un modo u otro, los que pagan son siempre los mismos: los civiles que nunca tienen culpa de nada.

Años después de la catástrofe, cuesta creer que aparte de unas pocas casas, los únicos «supervivientes» que aquí permanecen son los ginkgo biloba, unos árboles centenarios capaces de resistir a plagas y terremotos y que en esta ocasión, también sobrevivieron a una bomba atómica. Junto al Parque de la Paz, donde una llama arde incombustible hasta que desaparezcan todas las bombas nucleares del mundo, son el más certero recuerdo de una desgracia que debió y pudo haberse evitado… pero que lamentablemente no se evitó.

Disfruta de la cultura kawaii

Kawaii

Si hay algo que se les da bien a los japoneses es haber creado una cultura, omnipresente en el país, de lo más adorable. Y es que continuamente, mientras vas paseando, te toparás con imágenes ante las que la expresión que más repetirás es «¡pero qué ricoooooo!». Supongo que me es inevitable separar estos dibujos que ves por todos lados de algunos de los mejores recuerdos de mi infancia, que llegaron precisamente con una serie japonesa maravillosa llamada «Candy Candy» (las de mi generación seréis tan fans como yo).

La palabra kawaii deriva del término kao hayushi, que en realidad significa «rubor de alguien» y que acabó traduciéndose como «encantador». Esta cultura, que comenzó a extenderse en los años 70, nació cuando muchos adolescentes optaron por un tipo de escritura fina, en oposición a la tradicional gruesa, que rápidamente se adoptó en muchos comics y revistas. Así surgieron personajes como Hello Kitty, ídolos de masas no sólo en Japón sino a nivel mundial. Y actualmente el kawaii está totalmente integrado en la sociedad japonesa: muchas empresas tienen como «mascotas» a estos personajes tan achuchables, que hasta llegan a estar dibujados en el exterior de edificios o aviones. 

Pasea en Kioto entre maikos y geishas

Geishas

Cuando te dejes caer por el barrio de Gion, en Kioto, te cruzarás a menudo con japonesitas ataviadas como en la foto de arriba. Lamentamos desilusionarte y decirte que el 99% de las veces no tendrás delante a una geisha sino a una maiko (aprendiz de geisha) o lo que es más frustrante, una japonesa disfrazada de geisha para hacer felices a los turistas. Pero si tienes perseverancia y paciencia, como nos ocurrió a Juan y a mí en alguna ocasión, podrás toparte con alguna geisha de verdad que a toda prisa y acompañada de alguien que con un paraguas la protege de la lluvia, entra apresurada en un coche que la lleve a alguna cita con un empresario. Es sólo una de las apenas 300 geishas que viven en Kioto.

Aunque Gion es el barrio más conocido en este aspecto, te recordamos que en la ciudad hay otros distritos donde también viven geishas como Miyagawacho (donde distinguirás los establecimientos y casas relacionados con geishas por unos faroles con tres círculos colocados a la entrada) o el  barrio de Pontocho.

2 comentarios

  1. Tierra maravillosa y cultura fascinante, en el top 5 de mis sitios para visitar

  2. Increíble post, me agrado mucho como describiste todo, yo que he tenido la experiencia de vivir todo eso concuerdo mucho contigo!

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