Diez experiencias imperdibles en un viaje a Japón

Japón. Cin­co letras que, al menos en mi caso, es sólo escuchar­las y ya ponérseme una son­risa en la cara. Son muchos y gratos recuer­dos los que me han deja­do mis via­jes por el País del Sol Naciente. Un des­ti­no que, no me can­so de repe­tir, hay que cono­cer algu­na vez en la vida. Via­jar a Japón es una expe­ri­en­cia incom­pa­ra­ble, que en nada se parece a ningu­na otra aven­tu­ra. Y es que por razones geográ­fi­cas y cul­tur­ales, Japón ha pasa­do la may­or parte de su exis­ten­cia ais­la­do del resto del mun­do. Y ello ha hecho de él un país úni­co en el que podrás dis­fru­tar de estas diez expe­ri­en­cias mág­i­cas.

 

Via­ja en el Shinkansen, el tren bala

Shinkansen

Una de las mejores expe­ri­en­cias de via­jar por Japón es hac­er­lo uti­lizan­do como medio de trans­porte el Shinkansen. Cono­ci­do pop­u­lar­mente como el tren bala por las veloci­dades super­sóni­cas que alcan­za y que super­an los 370 kilómet­ros por hora, en mi opinión es la mejor for­ma de moverse por el país. No sólo por su efi­cien­cia (no ha sufri­do un acci­dente en toda su his­to­ria), con nueve líneas que cubren la may­or parte del ter­ri­to­rio japonés y con una pun­tu­al­i­dad que raya el sur­re­al­is­mo (ten seguro que lle­gan y salen a la hora pro­gra­ma­da, la media de retra­so es de ocho segun­dos), sino tam­bién por la expe­ri­en­cia en sí. Y es que el Shinkansen es caro inclu­so para los pro­pios japone­ses (suele ser usa­do prin­ci­pal­mente por hom­bres de nego­cios a los que pagan los bil­letes sus empre­sas) pero es com­pren­si­ble su pre­cio com­pro­ban­do lo que ofrece después.

Sin embar­go, a los extran­jeros nos sale tira­do (a una media de 200 euros por sem­ana con via­jes ilim­i­ta­dos) al entrar den­tro del Japan Rail Pass, que sólo puede adquirirse fuera del país. Via­jes económi­cos que te per­miten estar en la otra pun­ta de Japón en sólo unas horas y en un entorno de lo más cómo­do: asien­tos amplios, wifi en algu­nas líneas y ser­vi­cio de comi­das para tomar un té calen­ti­to mien­tras dis­fru­tas del paisaje.

Gas­tronomía japone­sa: vida más allá del sushi

Gastronomia Japonesa

Aquí arri­ba tenéis a Juan tan feliz en un restau­rante de Japón, dis­puesto a hin­car­le el diente a un menú de lo más vari­a­do. Aún son muchos los que via­jan al País del Sol Naciente con la idea equiv­o­ca­da de que allí sólo se come “pesca­do crudo”. Lo curioso es que nosotros, que nos encan­ta el sushi y el sashi­mi, cuan­do via­jamos allí ape­nas lo probamos tres o cua­tro veces. Eso sí, cuan­do lo hace­mos, comem­os en los kait­en sushi, esas bar­ras estu­pen­das gira­to­rias donde un ita­mae va preparan­do en direc­to los platil­los de sushi que luego van cor­rien­do delante de las narices de la clien­tela. Vas eligien­do los que más te gus­tan y hala, “p’aden­tro”.

En Japón son muy comunes estos restau­rantes, que nacieron a medi­a­dos de los años 50 con la inten­ción de reducir costes al no ten­er que con­tratar camareros, ya que a fin de cuen­tas es una especie de buf­fet libre en el que pagas por lo que con­sumes. En Tokio te recomen­damos espe­cial­mente el Kura Sushi (cerqui­ta de la estación de Ike­bukuro, donde sole­mos alo­jarnos) y el Gan­so cer­ca del par­que Yoyo­gi, que aunque es bas­tante mod­es­ti­to, el sushi está de fábu­la.

Via­jar a Japón y no dejarse engul­lir (nun­ca mejor dicho) por su extra­or­di­nar­ia gas­tronomía, una de las mejores del mun­do, debería con­sid­er­arse un deli­to. Y es que en pocos país­es se da a los ali­men­tos un tra­to tan del­i­ca­do: no sólo se da impor­tan­cia supre­ma a la var­iedad sino casi al mis­mo niv­el a la pre­sentación. Aquí las raciones son pequeñas, en su medi­da jus­ta, y no se mez­clan unas con otras, dejan­do su pro­pio espa­cio a cada sabor y aro­ma.

En Japón la comi­da suele ser fres­ca, de tem­po­ra­da, y en ella tienen cabi­da ver­duras que aquí cono­ce­mos poco como el gobo o el negi, pesca­do de muchas clases, así como marisco (ojo que pocas cosas hay más sabrosas en el mun­do que el takoy­a­ki, esas deli­ciosas boli­tas de pulpo) y una infini­ta var­iedad de hon­gos, que tam­bién nos encan­tan. Gyozas, ese adic­ti­vo empareda­do que es el omu-raisu, anguilas (no al gus­to de todos pero acon­se­jamos catar­las algu­na vez), encur­tidos veg­e­tales, ramen de mil sabores y tex­turas… A niv­el culi­nario, Japón es el paraí­so.

Duerme en un ryokan

Ryokan

Una de las mejores expe­ri­en­cias que puede (y debe) brindarte un via­je a Japón es la ocasión de poder dormir en un ryokan. Nosotros lo hemos hecho siem­pre que hemos podi­do y qué queréis que os diga: no hay col­or. Ya tenéis el resto del mun­do para alo­jaros en hote­les occi­den­tales. Pero estar en Japón y no alo­jarse en un ryokan casi debería con­sid­er­arse moti­vo de expul­sión del país. Es algo que debes pro­bar sí o sí.

Aún hay quien cree que los ryokan son carísi­mos y un lujo que no todo via­jero puede per­mi­tirse. Nada más lejos de la real­i­dad. A lo largo y ancho de Japón, tan­to en ciu­dades enormes como Tokio como en aldeas minús­cu­las, podrás encon­trar un ryokan adap­ta­do a tus posi­bil­i­dades económi­cas y gus­tos per­son­ales. Des­de los más pequeñi­tos y fami­lares has­ta algunos gigan­tescos con dece­nas de habita­ciones. Nosotros siem­pre sole­mos decantarnos por los primeros donde el tra­to es más cer­cano, podrás char­lar con la famil­ia anfitri­ona y ape­nas ten­drás hués­pedes como veci­nos. Pero eso ya lo dejo a tu elec­ción. Lo que te ase­guro que no debe asus­tarte es el pre­cio. Aunque hay ryokan lujosísi­mos, puedes encon­trar muchos en los que el pre­cio de la habitación doble no exce­da los 60 euros.

Si hay algo que debes ten­er muy en cuen­ta a la hora de alo­jarte en un ryokan es que, como todo en Japón, aquí las nor­mas son muy pecu­liares y has de respetar­las en todo momen­to. En primer lugar, deberás famil­iar­izarte con las difer­entes estancias. La primera que te recibe es el hall de entra­da, donde te darán la bien­veni­da y edu­cada­mente te pedirán que dejes tus zap­atos a la entra­da (tran­qui­lo, estarán bien cus­to­di­a­dos, en Japón los robos son algo bas­tante excep­cional). Ya os con­té en el artícu­lo Con­duc­tas a evi­tar si via­jas por Japón que lo primero que hacen los japone­ses al lle­gar a casa es descalzarse, más bien por una cuestión de higiene que de como­di­dad, y es algo a lo que pron­to deberás acos­tum­brarte. A mí como me encan­ta andar descalza con mis cal­cetines polares mul­li­dos y calen­ti­tos me parece una idea extra­or­di­nar­ia. Gen­eral­mente te sue­len prestar unas chan­clas y unos cal­cetines adap­ta­dos a ese tipo de calza­do, para que puedas meter los dedos, pero yo en cuan­to entro en mi habitación, siem­pre me las quito.

¿Y qué te espera en la habitación? Pues poca cosa, lo que no impli­ca que este sea un alo­jamien­to espar­tano, al con­trario. Sin embar­go, muchos occi­den­tales se sor­pren­den al abrir esas puer­tas corred­eras (las sho­ji) y encon­trarse con un cuar­to diá­fano en el que hay poco más que un tata­mi con dos futones enrol­la­dos, en raras oca­siones una tele­visión y casi siem­pre una mesa baji­ta. Te ase­gu­ramos que no vas a nece­si­tar mucho más para sen­tirte como en casa (o inclu­so mejor). Los tatamis, las típi­cas ester­il­las niponas que pro­te­gen de la suciedad y el frío, son mucho más cómodas que lo que pare­cen a primera vista. Y de los futones, esos col­ch­on­cil­los pro­te­gi­dos por fun­das que sue­len api­larse durante el día en un rincón de la habitación, puede decirse lo mis­mo. Pare­cen livianos pero en la prác­ti­ca son comod­ísi­mos y duer­mes como una mar­mo­ta.

Ryokan Japon

Como veis en esta foto de aquí arri­ba que hici­mos en uno de los ryokan donde estu­vi­mos alo­ja­dos, enci­ma de la cama te dejarán una yuka­ta, que son esos kimonos de algo­dón tan agrad­ables que te per­mi­tirán moverte por las difer­entes estancias sin el ago­b­io de que te vean en pija­ma. No te cortes y úsa­lo, es lo habit­u­al. Además, recuer­da que los baños sue­len ser com­par­tidos y sería como usar un “albor­noz a la japone­sa”. Y no olvides que siem­pre has de atártela a la izquier­da, ya que el lado dere­cho se reser­va para cuan­do las yukatas las vis­ten los difun­tos.

En los cuar­tos no suele haber armar­ios así que lo recomend­able es dejar la male­ta en un rincón y sacar sólo la ropa impre­scindible. Esa mesa pequeñi­ta en la que a veces hay sil­las sin patas (y la may­oría de las veces no, por lo que com­erás direc­ta­mente sen­ta­do en el sue­lo) sirve para que si apetece com­er /cenar en tu habitación, puedes traerte algo de la calle o si el ryokan cuen­ta con ser­vi­cio de comi­das, entonces pedir que te la traigan. Gen­eral­mente se suele servir una cena kaise­ki, lo que yo llamo “las tapas japone­sas”, pequeños platil­los vari­a­dos en los que el pro­duc­to fres­co es el rey.

Olví­date de todo en una iza­kaya escon­di­da

Izakaya

Si en algo nos pare­ce­mos españoles y japone­ses, pese a que no lo parez­ca a pri­ori, es en lo que nos gus­ta irnos por ahí de cañas y tapeo. Si nosotros ten­emos nues­tras tas­cas de toda la vida donde nos ponemos cie­gos de patatas bravas y cala­mares, nue­stros ami­gos nipones se rela­jan después del cur­ro en esas iza­kayas tan acoge­do­ras escon­di­das en pequeños calle­jones. Las recono­cerás por sus faro­lil­los rojos o blan­cos a la entra­da, flan­que­an­do una corti­na que ejerce de puer­ta.

Taber­nas en ver­sión nipona a las que yo no cal­i­fi­caría como sim­ples restau­rantes, ya que aquí igual de impor­tante es alternar con ami­gos que com­er algo. Al mis­mo tiem­po, tam­poco pueden cat­a­log­a­rse de meros bare­cil­los pre­cisa­mente por la cal­i­dad culi­nar­ia que se gas­tan la may­oría. Que no os engañe lo humilde de los locales, cubícu­los minús­cu­los donde en muchas oca­siones difí­cil­mente cabe una dece­na de per­sonas: lo que te ponen enci­ma de la mesa poco tiene que envidiar a los restau­rantes de renom­bre que cobran un din­er­al por el menú. 

Cuan­do antes he cita­do nues­tras tapas, ha sido adrede, ya que los pro­pios japone­ses, tan fans de la cul­tura españo­la, ven esos pequeños plati­tos que se sir­ven en las iza­kayas como una ver­sión japo de nues­tras tapas, sal­van­do las dis­tan­cias de sabores. Entre ellas es común encon­trar tsuke­mono, los encur­tidos nipones, yak­i­tori (pequeñas bro­chetas), boli­tas de oni­giri, sashi­mi… Yo os recomien­do, eso sí, que si os gus­ta la cas­quería, a la que los japone­ses son tan afi­ciona­dos, la probéis en una iza­kaya. Los nipones hacen como nadie las molle­jas de pol­lo (en bro­cheta), el mot­sun­abe (asadu­ra de cer­do o tern­era) y platos no aptos para todo el mun­do como la lengua de vaca.

Ten en cuen­ta, eso sí, que en la may­oría de las iza­kayas es difí­cil encon­trar menús en inglés, así que es bue­na idea que mien­tras tomas la primera cerveza de la noche te dejes aseso­rar por el camarero y per­mi­tas que te sir­va lo que él con­sidere más sabroso. Encon­trarás iza­kayas repar­tidas por todo el país pero por var­iedad, te recomien­do que dediques más de una tarde a explo­rar los calle­jones de Tokio que alber­gan algu­nas de las mejores. En mi opinión, las que más he dis­fru­ta­do se encuen­tran bajo las vías del tren de Yuraku­cho (aquí es habit­u­al com­par­tir bar­ra con oficin­istas), las del mer­ca­do de Ameya Yoko­cho y las de Omoide Yoko­cho cer­ca de la sal­i­da oeste de la estación de Shin­juku.

Des­cubre la vida de los samuráis en un castil­lo 

Castillo Japon

Aden­trarse en la his­to­ria japone­sa es hac­er­lo en la antigua vida de los samuráis, los míti­cos guer­reros nipones que durante sig­los ayu­daron a los señores feu­dales a gob­ernar en el país. Su códi­go de con­duc­ta era exager­ada­mente estric­to y obe­decía a las nor­mas del bushi­do, que exigían una obe­di­en­cia desme­di­da a los mae­stros pero tam­bién un respeto máx­i­mo a uno mis­mo, basa­do en un férreo códi­go de autodis­ci­plina. Jamás se sep­a­ra­ban de su katana, esa larga espa­da con la que impartían jus­ti­cia. Los samuráis tam­bién fueron mundial­mente cono­ci­dos por su pro­fun­do sen­ti­do del hon­or, que les llev­a­ba a sui­ci­darse cuan­do se sen­tían deshon­ra­dos. Aunque a ese acto de cor­tarse el estó­ma­go la cul­tura occi­den­tal lo conoce como harakiri, es más cor­rec­to denom­i­narlo sep­puku: era la for­ma cor­rec­ta de pur­gar los peca­dos.

Si quer­e­mos trasladarnos a aque­l­los tiem­pos remo­tos de los samuráis, debe­mos vis­i­tar algunos de los mejores castil­los medievales que aún se con­ser­van (y que no son pocos). El más famoso de todos (y el más vis­i­ta­do) es el de Hime­ji, que tuve la opor­tu­nidad de cono­cer en mi primer via­je al país. Ha con­segui­do lle­gar has­ta nue­stros días man­te­nien­do intac­ta su estruc­tura orig­i­nal, un laber­in­to de tor­res, mural­las y pasadi­zos que lograron sobre­vivir a los bom­bardeos de la Segun­da Guer­ra Mundi­al, pese a que la ciu­dad quedó total­mente arrasa­da. En su inte­ri­or podrás dis­fru­tar de un museo de lo más didác­ti­co, gra­cias al que com­pren­derás un poco mejor cómo de dura era la vida en la Edad Media japone­sa.

Sal de la ciu­dad y explo­ra el Japón rur­al

Takayama

Si quieres cono­cer el Japón de ver­dad, el autén­ti­co, el de tradi­ciones mile­nar­ias, no cometas el error de quedarte en Tokio y pen­sar que ya está todo hecho. De hecho, aunque alu­ci­no con las luces de neón y toda la locu­ra tec­nológ­i­ca de la cap­i­tal, donde más he dis­fru­ta­do en mis via­jes por Japón es en local­i­dades pequeñi­tas. Es más, de los tres via­jes japone­ses, si tuviera que quedarme con un lugar donde he sen­ti­do inten­sa­mente el “Japón más puro”, este sería el área de Takaya­ma, en los Alpes japone­ses. Pasear por ese bar­rio antiquísi­mo de San­machi, con sus casitas de madera, perderte en alguno de sus mer­cadil­los de fru­tas y ver­duras o darte una bue­na cam­i­na­ta por los bosques cer­canos te hará olvi­darte de ese otro Japón frenéti­co de pasos de cebra ates­ta­dos y ras­ca­cie­los. Res­pi­ra aire puro y déjate envolver por la Madre Nat­u­raleza.

Date un atracón de tem­p­los y san­tu­ar­ios

Japon Templo

Si hay algo que por sí solo jus­ti­fi­ca un via­je a un país que se encuen­tra en el otro lado del mun­do, este es su inabar­ca­ble pat­ri­mo­nio cul­tur­al. Y aquí tiene cabi­da, muy grande además, el desco­mu­nal pat­ri­mo­nio reli­gioso. Japón está pla­ga­do de tem­p­los: mires donde mires, allí aso­ma en el hor­i­zonte una pago­da y has­ta la más pequeña aldea con­tará con un modesto san­tu­ario. 

Para gran parte de los japone­ses la religión es una parte más de sus vidas y entra den­tro de sus ruti­nas diarias la visi­ta a estos tem­p­los (un acto que se conoce como omairi), donde recuer­dan a los antepasa­dos, cel­e­bran sus ritos cer­e­mo­ni­ales como bodas o rezan para obten­er un futuro más favor­able. Es decir, lo mis­mo que se hace en el resto del mun­do pero adap­ta­do a sus propias creen­cias y tradi­ciones, que sí nos pueden pare­cer bas­tante sin­gu­lares. A los pro­pios japone­ses a veces les cues­ta encon­trar la difer­en­cia entre “tem­p­lo” y “san­tu­ario”, aunque para sim­pli­fi­car­lo, aclararemos que gen­eral­mente los tem­p­los cues­tan con imá­genes y estat­uas bud­is­tas, mien­tras los san­tu­ar­ios care­cen de ellas pero a cam­bio tienen tori­is, las puer­tas que sep­a­ran el mun­do de los humanos de los recin­tos sagra­dos.

Cómo vis­i­tar un san­tu­ario

Incli­na tu cabeza e intro­duce una mon­e­da en la caja de ofren­das (da igual el val­or, no por donar más ten­drás más posi­bil­i­dades de que los dios­es sean mag­nán­i­mos). Toca la cam­pana dos o tres veces para avis­ar al dios de que has lle­ga­do. Inclí­nate de nue­vo dos veces has­ta alcan­zar un ángu­lo de 90 gra­dos, aplaude lig­era­mente e inclí­nate otra vez.

Después de esto, puedes com­prar emas, esas pequeñas plaquitas de madera en las que escribes los deseos y se cuel­gan para que las lean los dios­es. En dichos san­tu­ar­ios se venden amule­tos que podrás lle­varte a casa, como hamayas (fle­chas sagradas que se colo­can en los hog­a­res para ahuyen­tar a los espíri­tus dañi­nos) o los sel­l­os con­mem­o­ra­tivos (shuin) que dan fe de que has esta­do en tal san­tu­ario pre­sen­tan­do tus respetos. Por ape­nas 100 yenes tam­bién puedes adquirir un omikuji, un papeli­to donde se detal­la la for­tu­na que te brin­da el azar y pequeños con­se­jos acer­ca de los acon­tec­imien­tos que te ocur­rirán el año próx­i­mo.

Cómo vis­i­tar un tem­p­lo

El rit­u­al de entra­da es sim­i­lar al del san­tu­ario, aunque en este caso que­marás incien­so, el “ali­men­to de Buda” (y ni se te ocur­ra encen­der las var­il­las deposi­tadas por otros absorberías sus peca­dos). En este caso no se aplaude.

Rinde trib­u­to a las víc­ti­mas de Hiroshi­ma

Hiroshima

Hay una ciu­dad que muchos vis­i­tantes pasan por alto por fal­ta de tiem­po y que a mí me parece una para­da impre­scindible en un via­je a Japón. Hiroshi­ma. Su pro­pio nom­bre ya lo dice todo.

El 6 de Agos­to de 1945 las ciu­dades de Hiroshi­ma y Nagasa­ki sufrieron los peo­res bom­bardeos de la his­to­ria de la Humanidad: cer­ca de 250.000 muer­tos en los que han sido los úni­cos ataques nuclear­es vivi­dos en el plan­e­ta. Curiosa­mente, y pese a ser más cono­ci­dos, no fueron estos los más mortífer­os de la Segun­da Guer­ra Mundi­al en ter­ri­to­rio japonés. Tres días después del bom­bardeo de Hiroshi­ma, aviones esta­dounidens­es bom­bardearon durante una noche entera Tokio. ¿Resul­ta­do? 105.000 muer­tos. Ojalá hechos tan delezn­ables no se repi­tan jamás.

Como ya os con­té en el rela­to de mi via­je a Hiroshi­ma, la visi­ta a esta ciu­dad ha sido una de las más tristes que he hecho nun­ca. Pero es nece­saria si quer­e­mos cono­cer el dolor de una nación que ante­ri­or­mente había mostra­do la mis­ma cru­el­dad con ene­mi­gos como los core­anos (como veis, la his­to­ria se repite). La dura real­i­dad es que, al final, de un modo u otro, los que pagan son siem­pre los mis­mos: los civiles que nun­ca tienen cul­pa de nada.

Años después de la catástrofe, cues­ta creer que aparte de unas pocas casas, los úni­cos “super­vivientes” que aquí per­manecen son los gink­go bilo­ba, unos árboles cen­te­nar­ios capaces de resi­s­tir a pla­gas y ter­re­mo­tos y que en esta ocasión, tam­bién sobre­vivieron a una bom­ba atómi­ca. Jun­to al Par­que de la Paz, donde una lla­ma arde incom­bustible has­ta que desa­parez­can todas las bom­bas nuclear­es del mun­do, son el más cert­ero recuer­do de una des­gra­cia que debió y pudo haberse evi­ta­do… pero que lam­en­ta­ble­mente no se evitó.

Dis­fru­ta de la cul­tura kawaii

Kawaii

Si hay algo que se les da bien a los japone­ses es haber crea­do una cul­tura, omnipresente en el país, de lo más adorable. Y es que con­tin­u­a­mente, mien­tras vas pase­an­do, te toparás con imá­genes ante las que la expre­sión que más repe­tirás es “¡pero qué ricoooooo!”. Supon­go que me es inevitable sep­a­rar estos dibu­jos que ves por todos lados de algunos de los mejores recuer­dos de mi infan­cia, que lle­garon pre­cisa­mente con una serie japone­sa mar­avil­losa lla­ma­da “Can­dy Can­dy” (las de mi gen­eración seréis tan fans como yo).

La pal­abra kawaii deri­va del tér­mi­no kao hayushi, que en real­i­dad sig­nifi­ca “rubor de alguien” y que acabó tra­ducién­dose como “encan­ta­dor”. Esta cul­tura, que comen­zó a exten­der­se en los años 70, nació cuan­do muchos ado­les­centes optaron por un tipo de escrit­u­ra fina, en oposi­ción a la tradi­cional grue­sa, que ráp­i­da­mente se adop­tó en muchos comics y revis­tas. Así surgieron per­son­ajes como Hel­lo Kit­ty, ído­los de masas no sólo en Japón sino a niv­el mundi­al. Y actual­mente el kawaii está total­mente inte­gra­do en la sociedad japone­sa: muchas empre­sas tienen como “mas­co­tas” a estos per­son­ajes tan achuch­ables, que has­ta lle­gan a estar dibu­ja­dos en el exte­ri­or de edi­fi­cios o aviones. 

Pasea en Kioto entre maikos y geishas

Geishas

Cuan­do te dejes caer por el bar­rio de Gion, en Kioto, te cruzarás a menudo con japone­si­tas atavi­adas como en la foto de arri­ba. Lamen­ta­mos desilu­sion­arte y decirte que el 99% de las veces no ten­drás delante a una geisha sino a una maiko (apren­diz de geisha) o lo que es más frus­trante, una japone­sa dis­fraza­da de geisha para hac­er felices a los tur­is­tas. Pero si tienes per­se­ver­an­cia y pacien­cia, como nos ocur­rió a Juan y a mí en algu­na ocasión, podrás toparte con algu­na geisha de ver­dad que a toda prisa y acom­paña­da de alguien que con un paraguas la pro­tege de la llu­via, entra apresura­da en un coche que la lleve a algu­na cita con un empre­sario. Es sólo una de las ape­nas 300 geishas que viv­en en Kioto.

Aunque Gion es el bar­rio más cono­ci­do en este aspec­to, te recor­damos que en la ciu­dad hay otros dis­tri­tos donde tam­bién viv­en geishas como Miya­gawa­cho (donde dis­tin­guirás los establec­imien­tos y casas rela­ciona­dos con geishas por unos faroles con tres cír­cu­los colo­ca­dos a la entra­da) o el  bar­rio de Pon­to­cho.


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2 Comments

  1. Anónimo

    at

    Tier­ra mar­avil­losa y cul­tura fasci­nante, en el top 5 de mis sitios para vis­i­tar

  2. Increíble post, me agra­do mucho como describiste todo, yo que he tenido la expe­ri­en­cia de vivir todo eso con­cuer­do mucho con­ti­go!

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