ESTADOS UNIDOS – Road trip por la Ruta 61 – 2 – Comunidad amish de Arthur y Arcola

¡Comenzaba nuestro road trip por el interior de USA! Y lo hacíamos aterrizando en Chicago a las seis de la tarde, tras casi 16 horas de vuelos y esperas en aeropuertos. Como comentaba en la etapa previa de los preparativos, un gustazo haber hecho los trámites aduaneros en tierras irlandesas y que al llegar, únicamente debas esperar a que salga tu maleta y salir zumbando. Teníamos que recoger en el propio aeropuerto el coche de alquiler con la compañía Dollar, asi que esperamos en la puerta de salida a que pasara el bus de la compañía que te lleva hasta la zona de Rental Cars, arreglamos el papeleo y nos pusimos en marcha ya que aún teníamos 300 kilómetros hasta Charleston, un pueblo en el interior de Illinois donde haríamos la primera noche.

La idea de escoger Charleston no era por nada en particular (tampoco había mucho que ver allí), simplemente la cercanía con Arthur y Arcola, dos pueblos amish que visitaríamos la mañana siguiente. Dormimos en el motel Days Inn (precio de la habitación doble 63 euros, con wifi y desayuno incluído). En general, los desayunos de los moteles no es que sean para tirar cohetes (tostadas, cereales, yogures y con suerte algo de fruta) pero sirven para salir del paso y llevar algo en el cuerpo cuando te pones en marcha.

Antes de meterme con la visita a Arthur y Arcola, que a mí fue de las que más me gustó en todo el viaje, hay que hacer un breve repaso de quienes son los amish, donde viven y cuál es su particular modo de vida. Te animo a que si antes te quieres poner un poco en situación, vuelvas a ver (porque seguro que la has visto ya) aquel peliculón que fue “Único testigo” de Harrison Ford, donde se retrataban muy bien las peculiares costumbres de esta comunidad.

Una de las fotos que tomamos en Arthur: los amish paseando en uno de sus coches de caballos. Cada comunidad utiliza un carro de caballos diferente. Algunos de ellos hasta llevan un sistema de calefacción artesanal y muy rudimentario pero bastante eficaz para los largos días de invierno. Se conocen como buggy y en Arcola hasta han habilitado expresamente el arcén para que los carros puedan circular sin ser molestados por otros vehículos. Para conducir estos carros no se necesita tener carnet pero sí respetar las correspondientes normas de tráfico. Uno de los motivos por los que los amish se niegan a utilizar vehículos de motor (pueden montar en ellos pero no conducirlos) es porque consideran que estos son los culpables de que muchas familias vivan separadas y muy lejos unos de otros.

El origen de los amish lo encontramos en Europa hace varios siglos, más concretamente a finales del siglo XVII en Suiza y algunas partes de Alemania. Eran un grupo religioso pacifista nacido de los anabaptistas y fundado por Jakob Amman; por desavenencias en sus creencias con otros grupos (consideraban que el bautismo ha de ser de adultos y no en la infancia, por lo que fueron duramente perseguidos, principalmente en Suiza, Alemania, Alsacia y Holanda), decidieron abandonar sus hogares y emigrar a Estados Unidos y Canadá, donde comenzaron a repartirse fundando pueblos en estados como Ohio, Indiana, Pennsylvania o Illinois, este último donde los visitamos nosotros. Se les suele confundir con los menonitas, de los que se separaron en 1860, aunque estos últimos son más abiertos, menos conservadores, aceptan ciertas tecnologías, no viven apartados de la sociedad y además no usan barba. Sus creencias se basan en un modo de vida sencillo y una humildad extrema, negándose a aceptar cualquier tipo de individualismo personal. Por ese motivo rechazan con vehemencia los usos de tecnología, ya que ello supondría facilitar el trabajo a ciertos miembros de la comunidad respecto a los demás o fotografiarse, ya que ello equivaldría a un concepto de vanidad mal entendida. Utilizan su propio idioma (una versión antiquísima del alemán llamada Deitsch), rechazan el bautismo infantil y el consumismo, tienen totalmente prohibido el alcohol, se reúnen cada domingo para interpretar juntos la Biblia (no en una iglesia al uso sino en un gran salón o en los hogares de los miembros más relevantes) y tienen un sentido muy arraigado de la palabra “comunidad”, intentando arropar y apoyar a sus miembros todo lo posible, aunque al mismo tiempo son muy rígidos con las normas y expulsan sin dudarlo a quienes no las acaten. Este conjunto de reglas morales se conoce como Ordnung y aunque puede variar de un pueblo a otro, generalmente incluye las prohibiciones de uso de teléfonos (sólo tienen uno comunitario para casos de emergencia), automóviles e imposición de indumentaria a la hora de vestirse. Muchos amish rechazan también el uso de electricidad pues ello les supondría un acercamiento al mundo exterior aunque puedes encontrar excepciones (en nuestro caso, nos sorprendió descubrir en una de las granjas donde fuimos a comprar fruta orgánica que aceptaran el pago con tarjeta de crédito). En la actualidad, viven más de 300.000 amish en USA repartidos en 21 estados y se vaticina que llegarán al millón en el año 2050 (el nivel de natalidad es muy alto, con un índice de crecimiento de un 4% anual). Cada tres semanas surge una nueva comunidad amish en Estados Unidos, por lo que su extensión va en aumento.

El carácter pacifista de sus miembros queda expuesto en detalles como negarse a usar botones o cremalleras en sus ropas (utilizan ganchos en su lugar), ya que lo asocian a los uniformes de los soldados, y la prohibición del bigote por considerarlo militarista, aunque casi todos los hombres se dejan barba después de casarse (el hecho de que un hombre corte la barba a otro está considerado entre ellos como uno de los delitos más graves).  Los varones suelen vestir con sombreros, pantalones oscuros con tirantes y chaquetas sin solapas, las mujeres con vestidos largos que las cubran brazos y tobillos, nada de joyería y bonetes que las cubran los moños (negros si están casadas, blancos si están solteras, las mujeres nunca se cortan el pelo). Generalmente llevan delantal sobre los vestidos (blancos las solteras, del mismo color del vestido las casadas, sólo pueden quitarse el delantal para asistir a la iglesia) y no se permiten los estampados, sólo los colores lisos y sobrios. Esta obligación a la hora de escoger vestimenta va también asociada a la huida de la individualidad (ningún miembro ha de destacar sobre otro) y la búsqueda de la identificación y pertenencia a un grupo religioso concreto. Además, ellos mismos se confeccionan su propia ropa. Y una curiosidad más: aunque por elección propia los amish nunca votan, la mayor parte de ellos se declaran abiertamente republicanos.

Contrariamente a lo que se cree y extendido por leyendas urbanas, los amish sí pagan impuestos (de hecho, lo hacen por servicios como escuelas que no utilizan ya que cuentan con las suyas propias) pero no tienen obligación de hacer el servicio militar. Otro tema es que rara vez aceptan la seguridad social ni las ayudas estatales porque consideran que no lo necesitan: el desempleo es casi inexistente. De hecho, sólo un 10% de las empresas fundadas por amish cierra antes de cinco años; en el resto de USA esta media se dispara hasta el 50%. Y eso pese a que no usan ordenadores ni jamás han pisado una Escuela de Negocios ni invierten en publicidad ni se meten en aventuras arriesgadas: una familia que caiga en la bancarrota constituiría una vergüenza para la comunidad entera. Además, los amish son excelentes trabajadores, capaces de levantar un granero en poco más de diez horas. Y rara vez utilizan tractores, generalmente para la agricultura se ayudan de mulas y caballos. Los niños amish comienzan a trabajar desde una edad muy temprana (una ley de 1965 se lo permite), lo que ha provocado las críticas de infinidad de organizaciones de defensa a la infancia.

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Aunque los amish parezcan un grupo religioso de lo más severo en sus tradiciones, hay que reconocerles que también dan la opción de elegir y a muchos adolescentes, al cumplir los 16 años, se les permite la etapa de la Rumspringa (se puede traducir como “el momento de andar libre”), un periodo de tiempo determinado, generalmente durante un año, en el que pueden experimentar lo que hay en “el mundo de ahí fuera” y decidir si quieren cambiar de vida o seguir en la comunidad. Tampoco creáis que se lanzan a una vida desenfrenada, simplemente prueban a ir al cine o utilizar un teléfono. Aunque hay que reconocer que la gran mayoría, el 93%, criados y acostumbrados desde su nacimiento a tan atípicas normas sociales y cuyas familias son amish al completo, acaban volviendo al redil y permanecen dentro de la comunidad, ya que saben que si se van, es muy difícil que vuelvan a ser aceptados. Por delante tienen un modo de vida de lo más duro, con trabajos principalmente relacionados con la agricultura, la ganadería, la albañilería y la construcción: los amish comienzan a trabajar desde niños y además suelen rechazar cualquier tipo de seguro médico (aunque muchos de ellos sí usan medicamentos), con la esperanza de que la iglesia local y sus propios vecinos les ayuden con los problemas cuando estos lleguen, ya que si algo caracteriza a los amish es la solidaridad. Este rechazo a la medicina convencional (que no todos cumplen) agrava el problema de las enfermedades derivadas de la endogamia, ya que al entremezclarse tan pocas familias a lo largo de tantas generaciones, son habituales las malformaciones genéticas en los fetos. Sin embargo, se ha comprobado que los amish apenas padecen alergias debido a que desde niños andan descalzos por los establos, inmunizándoles contra microbios y bacterias: esta peculiaridad ha centrado la atención de científicos de todo el mundo, extrañados ante el hecho de que los amish tengan un 30% de posibilidades menos de contraer cáncer y enfermedades cardiovasculares que el resto de la población. Pero no todo el mundo está de acuerdo en este alejamiento de los médicos y hospitales. De hecho, hace un par de años en Estados Unidos, más concretamente en Ohio, se armó un gran revuelo mediático debido a que una niña amish de 12 años enferma de leucemia se negó a someterse a sesiones de quimioterapia con el apoyo de su familia, creándose una nueva polémica acerca de la lucha entre las ideas religiosas, los avances médicos y la libertad del propio individuo.

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El papel de la mujer dentro de la comunidad amish (por desgracia, al igual que en tantos otros grupos religiosos) es prácticamente secundario. Los amish son machistas, mucho, y consideran que la mujer ha de anteponer la iglesia, la familia y la comunidad a cualquier intento de preocupación por ella misma. Si están solteras, han de acatar las órdenes del padre, si están casadas, las del esposo. Por supuesto, ellas son unas de las principales perjudicadas por la prohibición de la tecnología al no poder usar lavadoras, aspiradoras o lavavajillas (aunque para cocinar utilizan gas propano, se alumbran con lámparas de petróleo y conectan las máquinas de coser a baterías o generadores) y tener que parir en casa con la ayuda de una matrona. La mayor parte de su vida la pasan criando hijos, haciendo las labores domésticas, confeccionando colchas y elaborando pasteles caseros: hay poco espacio para la diversión y el entretenimiento. Les es negado el estudio de la Biblia o cualquier puesto de poder dentro de la comunidad. Las niñas juegan con muñecas sin rostro, siguiendo el precepto bíblico de “no te harás escultura ni imagen alguna” y a partir de los 14 años, cuando abandonan la escuela ya que su religión no les permite estudiar más allá de la educación primaria, sus madres las adoctrinan y las enseñan las labores del hogar. Después se les buscará un futuro marido dentro de la comunidad (las citas son totalmente inocentes: reuniones en la iglesia, paseos acompañados de un familiar) y ya están preparadas para repetir la vida que llevaron sus madres, soliéndose casar entre los 19 y los 25 años (en la ceremonia no se intercambian anillos por ser símbolo de ostentación y ha de pasar un año entre el anuncio de la boda y el desenlace) y sabiendo que tienen prohibido el divorcio ya que el casamiento se considera una unión celestial. Las bodas se suelen celebrar a principios de otoño, cuando hay menos trabajo en el campo, y siempre entre semana ya que los sábados y los domingos son sagrados. La novia viste de manera sencilla, con el mismo vestido que utiliza los domingos y el que llevará cuando se la entierre. Suelen tener entre cinco y seis hijos. Y no son muchos sabiendo que no usan métodos anticonceptivos. Durante el embarazo, están totalmente prohibidas las ecografías.  Este es el futuro para el que han nacido las mujeres amish y a ello están predestinadas.

Lo curioso de todo esto es que en USA ha tenido muchísimo éxito un programa llamado “Breaking Amish”, un reality show en el que se filma la aventura de varios jóvenes amish que deciden cambiar su tradicional modo de vida, prueban a coger un avión y se plantan en Nueva York: el tiempo y las experiencias decidirán si quieren regresar a sus orígenes o acabar viviendo a un mundo totalmente diferente al único que habían conocido. Además, hace sólo unos meses se editaba la autobiografía de Emma Gingerich, “Runaway Amish Girl: The Great Escape”, en la que se relata su huida a los 18 años de Eagleville (Missouri), donde sus padres amish se dedicaban a la agricultura y a tejer cestas.Se mudó a Texas, estudió una carrera universitaria y se compró su propio automóvil: aunque ha vuelto de visita a su antiguo pueblo, ha encontrado allí el rechazo de toda la comunidad. Es poco habitual ver a amish en las grandes ciudades, por eso nos sorprendió ver tres semanas después a una pareja amish paseando por las calles de Chicago. Con sus trajes tradicionales y rodeados de rascacielos, parecían haber caído allí por el error de un túnel del tiempo.

Analizado así el modo de vida amish, vámonos entonces a la visita de Arthur y Arcola, los dos pueblos amish que visitamos. El primero fue Arthur, al que llegamos por la estatal 57 y después por caminos de tierra (empezábamos el viaje a lo rural-extremo). Allí viven más de 2.000 personas ancladas en tradiciones milenarias. Nuestra primera toma de contacto con ellos fue en una granja de las afueras, donde me bajé del coche a preguntar a unos chicos (amish,claro) por las indicaciones para llegar al pueblo. Sus caras largas al verme los brazos tatuados nos hicieron presagiar una posterior bienvenida en la villa lejos de ser amistosa pero afortunadamente nos equivocamos por completo. Arthur te recibe con un curioso eslogan “you’re strange only once” (te sentirás extraño sólo una vez) y en la práctica te das cuenta que sus habitantes, acostumbrados a que de vez en cuando pase por aquí algún curioso como nosotros, son bastante más agradables y hospitalarios que lo que suponíamos.

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La primera famila amish llegó a Arthur en 1865. A ellos se fueron uniendo muchos más, adquiriendo tierras y repartiéndolas después entre sus hijos (cada parcela suele tener unos 80 acres de extensión, la tierra es bastante cara en este área pero los amish no escatiman a la hora de adquirir propiedades, ya que tampoco gastan el dinero en muchas más cosas). Así hasta llegar a las más de 2.000 personas que viven hoy en este pueblo rodeado de campos de maíz, aunque en sus alrededores viven además 4.500 amish. Hoy en día, Arthur es una agradable localidad de preciosas casitas con jardín que basa su economía en la agricultura ecológica: verás que hay unas cuantas granjas orgánicas donde podrás hacerte con frutas, verduras, mermeladas y un montón de productos caseros elaborados por los amish, incluídos tartas y pasteles. Nosotros aprovechamos para llevarnos bastante fruta para las noches de las siguientes jornadas en los moteles.

Como comentaba antes, los amish de Arthur no son tan cerrados como otros, aunque en sentido jocoso nos denominen a los que no somos amish como “los ingleses”: hasta ofrecen la oportunidad de sentarte con una familia a comer en su casa (hay que pedir las citas con antelación en el Arthur Amish Country Welcome Center, ha de haber un mínimo de 10 comensales) e incluso algunas familias permiten pasar en sus hogares una semana para que veas de primera mano su modo de vida. Incluso ha habido algunos que se han mudado aquí intentando seguir los preceptos de la vida amish y han durado menos de un año por las durísimas condiciones del día a día. Nosotros desechamos esta opción, la de comer con ellos, porque queríamos visitar también otro pueblo amish, Arcola, y esa noche deberíamos dormir en Saint Louis pero que sepáis que la posibilidad ahí está.

Arthur es bastante pequeñito y tampoco es que haya mucho que hacer, lo interesante es deambular admirando las bonitas casas con porche y disfrutar del espectáculo que es ver pasearse a los amish en sus coches de caballos (recordad que no usan automóviles). Por cierto, cuando he dicho que los amish son amistosos no quiere decir que podáis fotografiarles abiertamente ya que no les gusta lo de las fotos (y están en su derecho): hazlo como nosotros, disimuladamente, intentando que no se den cuenta y sin molestarles. Una cosa es que puedan medio entender que haya visitantes y otra que les vayas a meter la cámara en la cara (eso no hay que hacérselo ni a los amish… ni a nadie).

Otra de las cosas que merece la pena hacer en Arthur es recorrer la multitud de tiendas de antigüedades que hay en su calle principal. Y cuando digo antigüedades son antigüedades de verdad, no esos artículos vintage que ahora se han puesto de moda reivindicando lo viejuno. Lo cierto es que podías encontrar auténticas gangas, eran super curiosas de ver. Los amish son también unos excelentes carpinteros, no dejes de visitar sus tiendas de muebles, sobre todo en Arcola, donde el 60% de los hombres se dedican a este oficio y hay más de 70 establecimientos dedicados al negocio de la madera. Curiosamente, algunas de estas empresas familiares tienen fax (que ha estar fuera de la vivienda) pero pagan a una empresa para que envíe sus correos ya que su religión se lo impide. Puedes aprovechar también para comprar alguna de sus famosas colchas (que ellos conocen como quilts) o acercarte al Otto Center, una antigua escuela reconvertida en mercado artesanal.

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De Arthur nos fuimos a otro pueblo amish, Arcola, otro de los 22 asentamientos amish que existen en Estados Unidos, ya que íbamos a aprovechar para comer en un restaurante, The Dutch Kitchen, donde queríamos probar la gastronomía local (muy recomendable, bastante bien de precio e inmejorable comida tradicional y casera). Allí una de las camareras nos estuvo contando lo triste que es vivir bajo un gobierno que te paga 5 dólares la hora y eso sin descontar impuestos.

Después de comer dimos una vueltecita por el pueblo, que aunque es pequeño (3.000 habitantes) resulta bastante interesante. Puedes visitar el Illinois Amish Interpretive Center, un museo abierto en 1996 donde se exponen diferentes aspectos de la vida de los amish. Aunque en las fechas que estuvimos (Septiembre) el protagonismo a los amish se lo quitaba el Broom Corn Festival que se celebra cada año en homenaje al mijo, el cereal estrella de esta zona.

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Arcola también es muy conocido por ser el hogar natal de Johnny Gruelle, el creador de Raggedy Ann, una muñeca de trapo que protagonizó una serie de libros infantiles famosísimos en Estados Unidos (se inspiraron en ella para la película de terror “Annabelle”, basada en los hechos reales que sufrieron los parapsicólogos Ed y Lorraine Warren). Las venden en varias tiendecitas de Arcola y es el mejor souvenir que puedes comprar si has de llevar algún regalo a un niño.

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El Hippie Memorial, uno de los lugares más curiosos de Arcola. Creado por Bob Momaw y a sólo dos minutos de Main Street, el monumento repasa los sucesos más relevantes de los últimos cincuenta años de la historia de Estados Unidos, centrándose en el papel que desempeñaron los hippies en la búsqueda de la defensa de las libertades.

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Los murales de Arcola, aparte de preciosos, son otra de sus grandes atracciones turísticas. En el 2012 más de 130 artistas participaron en este proyecto para restaurar quince edificios históricos. Conocidos como los Walldogs, han cambiado para bien toda la fisionomía del pueblo.

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