Viaje a La Rioja: historia, arte y buenos vinos

La Rioja

Vete a la otra pun­ta del mun­do. A Aus­tralia, Chile o Sudáfrica, por pon­er un ejem­p­lo y como quien no quiere la cosa. Men­ciona la pal­abra “Rio­ja” y sabrán de qué estás hablan­do, aunque tu inter­locu­tor no cha­purree ni una pal­abra de castel­lano. Y es que pocas regiones en el plan­e­ta van tan aso­ci­adas a un pro­duc­to autóctono. El vino ha dado fama mundi­al a La Rio­ja (con toda la razón mere­ci­da) y bue­na parte de su población vive del, por y para el pre­ci­a­do néc­tar. Pero La Rio­ja es mucho más que tier­ras inabar­ca­bles col­madas de viñe­dos.

Esta mar­avil­losa región, que ejer­ció durante sig­los como fron­tera entre cris­tianos y musul­manes y pos­te­ri­or­mente entre castel­lanos y navar­ros, tiene en su haber un pat­ri­mo­nio artís­ti­co, históri­co y cul­tur­al envidi­a­ble. Sumé­mosle a ello unos paisajes nat­u­rales extra­or­di­nar­ios, rutas turís­ti­cas alta­mente intere­santes y una gas­tronomía que poco ha de envidiar a la de su veci­na vas­ca y ten­dremos el cock­tail ide­al para plan­i­ficar la escapa­da nacional per­fec­ta. Cier­to es que abar­car la provin­cia com­ple­ta en un fin de sem­ana es har­to com­pli­ca­do pero este itin­er­ario que os pro­ponemos (y que nosotros mis­mos lle­va­mos a la prác­ti­ca) puede servir como inmejorable primera toma de con­tac­to. Esper­amos que lo dis­frutes.

 

Ezcaray

En nue­stro caso, elegi­mos como base el pre­cioso pueblecito de Ezcaray, al suroeste de la provin­cia. Una pequeña vil­la de poco más de 2.000 habi­tantes, escon­di­da en el valle del Oja y bas­tante cono­ci­da por ten­er una de las mejores pis­tas de esquí del norte de nue­stro país, con más de 22 kilómet­ros esquiables. Para dormir escogi­mos el Aparta­men­to Gal­larza , con capaci­dad para cin­co per­sonas. Tiene la ven­ta­ja de estar en pleno cen­tro del pueblo y cuen­ta con plaza de gara­je propia (aunque como era bas­tante com­pli­ca­da para aparcar, al final sólo la usamos la primera noche y la segun­da aparcamos fuera). Las dos noches nos salieron por 160 euros.

Ezcaray está ubi­ca­do en un enclave encan­ta­dor a niv­el nat­ur­al, rodea­do de bosques de rob­les y pinos y a mil met­ros de altura. Como via­jamos en pleno ver­a­no y veníamos huyen­do de una ola de calor madrileño de esas de las de ríete de los que ali­cata­ban las pirámides, sus­pi­ramos de ale­gría al com­pro­bar la primera noche que íbamos a dormir arropa­di­tos ¡qué ilusión! Bue­na cul­pa de ese fres­cor la tiene el río Oja, del que se dice que da nom­bre pre­cisa­mente a La Rio­ja.

Rio Oja Ezcaray

Aunque su nom­bre ofi­cial sea la Plaza del Conde de Tor­remúzquiz, todo el mun­do la conoce como la Plaza del Quiosco, pre­cisa­mente por el quiosco de piedra donde en cier­tas oca­siones toca la ban­da munic­i­pal de músi­ca. Es increíble el ambi­en­ta­zo que puede haber aquí los fines de sem­ana ¡no se podía ni andar! Y es que si en gen­er­al en España nos encan­ta salir de alterne, en Ezcaray lo que cues­ta es que la gente entre en casa. Dado que la cul­tura del vino está de lo más arraiga­da, es com­pren­si­ble com­pro­bar que la cos­tum­bre del poteo (ir de bar en bar toman­do potes de vino) más que una tradi­ción, es una religión. Ni siquiera hace fal­ta, como en otros lugares del país, que caiga el sol para tomar los primeros aper­i­tivos. Aquí des­de primeras horas de la mañana ya comien­zan a llenarse las ter­razas: nosotros pre­cisa­mente aprovechábamos para desayu­nar al aire libre, vis­to lo agrad­able que era el ambi­ente.

Como podéis ver en las fotografías, la Plaza del Quiosco es, con razón, uno de los rin­cones más boni­tos del pueblo. Con su dis­eño total­mente irreg­u­lar, sus sopor­tales llenos de bares y restau­rantes y las col­ori­das casonas de piedra, es una deli­cia para la vista.

Ezcaray

En la otra plaza prin­ci­pal, la de la Ver­du­ra, aún se con­ser­va la Argol­la de Fuero, heren­cia de una curiosa tradi­ción que daba cobi­jo a delin­cuentes y mal­he­chores hace sig­los. Si alguien había cometi­do un deli­to y toca­ba dicha argol­la, se le con­cedían dos días de gra­cia (de ven­ta­ja al fin y al cabo) para escapar antes de que la Jus­ti­cia deci­diera ir tras ellos.

A par­tir del siglo XVII, Ezcaray comen­zó a adquirir renom­bre por la indus­tria tex­til, ya que la lana de sus ove­jas esta­ba con­sid­er­a­da de las mejores de Europa. La Real Fábri­ca de Paños de San­ta Bár­bara estu­vo en acti­vo muchos años, has­ta que los dueños se arru­inaron y hoy el grandísi­mo edi­fi­cio da cobi­jo al ayun­tamien­to y al teatro de la local­i­dad. Sin embar­go, sí ha per­du­ra­do la empre­sa de Cecilio Val­gañón, que des­de 1930 viene fab­ri­can­do las que se dice son las man­tas de más cal­i­dad de España: Man­tas Ezcaray. Nosotros entramos a echar un ojo a la tien­da, que esta­ba jus­to al lado de nue­stro aparta­men­to. Son caras (una media de 150 euros) pero ojo que vas a ten­er man­ta para que se arropen con ella has­ta tus nietos. Y es el mejor sou­venir que puedes lle­varte de Ezcaray.

Ezcaray

Ezcaray es pequeñi­to, muy acoge­dor, y es de lo más pla­cen­tero dejarse perder por sus calle­jones. Bel­lísi­mo pueblo de mon­taña, tan emparenta­do a niv­el arqui­tec­tóni­co con sus her­manos vas­cos y navar­ros, te sor­pren­derá con la can­ti­dad de palacetes y man­siones seño­ri­ales que alber­ga en su inte­ri­or. La may­oría pertenecen al peri­o­do del siglo XVIII, como el Pala­cio de Azcárate (perteneciente a ter­rate­nientes mil­itares), la Casa de los Gil de la Cues­ta, el Pala­cio del Ángel o el Pala­cio del Arzo­bis­po Bar­roeta. 

Ezcaray

 

¿Dónde com­er en Ezcaray?

Fork and Knife with Plate on OpenMoji 13.1

Andaos con ojo si estáis en el pueblo en fin de sem­ana porque o vais pron­to o reserváis o es casi imposi­ble encon­trar mesa. Nos sor­prendió mucho ver cómo en la may­oría de las calles del cen­tro las ter­razas esta­ban abar­ro­tadas (y eso pese a que las noches eran fres­cas, se nece­sita­ba cha­que­ta y el cli­ma casi invita­ba a com­er en el inte­ri­or). Nues­tras recomen­da­ciones son dos:

 

Jamón Jamón : Al prin­ci­pio de la calle Arzo­bis­po Bar­roeta. Decidi­mos cenar en el salón de aba­jo, en el sótano, y todo un acier­to. Pulpo, par­ril­la­da de ver­du­ra y revuel­to de setas. Exquis­i­to todo pero aún así lo insu­per­a­ble fueron las tar­tas caseras, espe­cial­mente la de choco­late.

El Refu­gio: En la calle Car­nicerías. Otro gran des­cubrim­ien­to. Aquí recomen­damos atre­verse con el bacalao a la rio­jana: espec­tac­u­lar. Es curioso que aunque La Rio­ja no ten­ga mar, uno de los platos estrel­la de la gas­tronomía local sea a base de pesca­do. El secre­to está en los pimien­tos sec­os choriceros.

👉 Uno de los platos más típi­cos de Ezcaray (y de La Rio­ja en gen­er­al) son los caparrones, una legum­bre ori­un­da de aquí, pare­ci­da a las alu­bias, que pasa por un pro­ce­so de seca­do pre­vio, aunque se dejan tam­bién en remo­jo antes de preparar­las. Se sue­len tomar sobre todo en invier­no por su alto con­tenido calóri­co pero verás que en muchos restau­rantes las ofre­cen en el menú inclu­so en ver­a­no.

¿Sabías que en Ezcaray se rodó la serie “Olmos y Rob­les”? A mí, he de recono­cer­lo, me parecía mala de solem­nidad (creo que aguan­té medio capí­tu­lo) pero lo cier­to es que dio mucha pop­u­lar­i­dad a Ezcaray y logró que muchos espec­ta­dores se enam­oraran per­di­da­mente de este pueblo encan­ta­dor. Des­de entonces, bas­tante gente via­ja has­ta Ezcaray con la inten­ción de fotografi­arse frente al Hostal de Cata (restau­rante Masip), el cuar­tel (restau­rante La Estación) o la ermi­ta de Allende.

 

Monasterio de Yuso

Nues­tra sigu­iente para­da sería en el mag­ní­fi­co Monas­te­rio de Yuso.  Se  encuen­tra al fon­do de un valle, jun­to al río Cár­de­nas, en el tér­mi­no munic­i­pal del pueblo de San Mil­lán de la Cogol­la. Jun­to al Monas­te­rio de Suso, Yuso es des­de el año 1997 Pat­ri­mo­nio de la Humanidad de la UNESCO. Teníamos inten­ción de vis­i­tar los dos pero con el tema de la pan­demia, se había restringi­do el aforo y para acced­er al de Suso, situ­a­do en lo alto de una col­i­na (“suso” deri­va de “sur­sum”, que en latín es “de arri­ba” y “yuso” de “deor­sum”, aba­jo), debíamos esper­ar a la visi­ta guia­da de las cua­tro de la tarde. Al ser tan pequeñi­to, los gru­pos sólo podían ser de 17 per­sonas. ¿Con­clusión? Que para no sac­ri­ficar el resto de la jor­na­da, ya que queríamos con­tin­uar el itin­er­ario por La Rio­ja, decidi­mos no ver Suso, del que no ponemos en duda su val­or históri­co pero en real­i­dad es minús­cu­lo. Así que dedicamos la primera parte de la mañana al Monas­te­rio de Yuso que, eso sí, nos pare­ció espec­tac­u­lar.

Al Monas­te­rio de Yuso se le pueden acatar muchos hechos mem­o­rables pero indis­cutible­mente el más impor­tante es que fue allí, en este lugar per­di­do en medio de las frías tier­ras rio­janas, donde por primera vez aparece escrito el idioma castel­lano (y, curiosa­mente, tam­bién el euskera). Hablam­os del Códice Emil­ia­nense, una enci­clo­pe­dia de hace un mile­nio donde un copista anón­i­mo anotó en los már­genes y entre líneas sen­cil­las glosas de romance. Era el año 964. Dos sig­los después, en este mis­mo monas­te­rio Gon­za­lo de Berceo escribiría el primer poe­ma en castel­lano, “Mila­gros de Nues­tra Seño­ra”.

La his­to­ria del monas­te­rio arran­ca en el siglo VI, cuan­do un pas­tor de Berceo, Emil­iano de Mil­lán, se retiró a vivir a una cue­va; les seguirían después otros tres dis­cípu­los, entre­ga­dos a la vida eremíti­ca. En esa gru­ta se con­stru­iría el primer monas­te­rio (el de Suso), en hom­e­na­je aquel pas­tor que pasó a con­ver­tirse en San Mil­lán y patrón de la antigua Castil­la. Actual­mente el monas­te­rio de Suso se encuen­tra des­ocu­pa­do y sin activi­dad reli­giosa. En Yuso, sin embar­go, aún vive una pequeña comu­nidad de mon­jes agusti­nos que se encar­ga, aparte de hac­er vida monás­ti­ca, de las vis­i­tas al monas­te­rio

Citan­do jus­ta­mente las vis­i­tas, estas sólo se pueden hac­er en grupo y con un guía, por lo que no sólo se ase­gu­ran de que se respete todo el pat­ri­mo­nio sino que además resul­tan mucho más intere­santes porque te expli­can detal­lada­mente la his­to­ria de Yuso. Se accede por un patio rodea­do de enormes muros que pre­side la facha­da prin­ci­pal, con un relieve de San Mil­lán. Comen­zamos por la visi­ta por el Salón de Reyes, donde se expone una copia del Códice 60 (el orig­i­nal se encuen­tra en Madrid en la Real Acad­e­mia Españo­la de la His­to­ria), que con­tenía  las Glosas Emil­ia­nens­es, las primeras pal­abras escritas en castel­lano y euskera que comen­tábamos con ante­ri­or­i­dad. Tam­bién se encuen­tra un bus­to con la efigie de la reina Isabel la Católi­ca.

Aquí aba­jo puedes admi­rar el extra­or­di­nario claus­tro del monas­te­rio, de esti­lo rena­cen­tista y bóvedas góti­cas. En la parte supe­ri­or se encuen­tran 24 lien­zos de José Vex­es, la may­oría de ellos inspi­ra­dos en la obra y vida de San Mil­lán.

Monasterio Yuso

Inten­té quedarme reza­ga­da del grupo un momen­to para dis­fru­tar unos instantes en soledad de los paseos por el monas­te­rio. La ima­gen lo dice todo.

Monasterio Yuso

La sac­ristía de Yuso está con­sid­er­a­da una de las más boni­tas de España. Los mon­jes con­sigu­ieron que los fres­cos del techo se man­tu­vier­an intac­tos debido a la uti­lización de alabas­tro para la elab­o­ración de las bal­dosas del sue­lo, que absorbe la humedad y mantiene una tem­per­atu­ra ópti­ma.

Monasterio Yuso

Durante la hora aprox­i­ma­da que dura la visi­ta, pudi­mos con­statar con el celo que se guardan los enormes can­torales (los libros que los coros usa­ban en las igle­sias y cuyo enorme tamaño respondía a la necesi­dad de poder leer­los a dis­tan­cia). Algunos de estos libros podían lle­gar a pesar cer­ca de 70 kilos. Los de Yuso tienen la curiosi­dad de estar escritos con tin­ta de vino. Tam­bién muy intere­sante la sala de exposi­ciones donde se mues­tran las arcas con bel­lísi­mos relieves de marfil donde entre otras joyas des­cansan los restos de San Mil­lán, que en un prin­ci­pio se encon­tra­ban en el Monas­te­rio de Suso.

Tar­i­fas

GENERAL: 7,00 euros

JUBILADOS (+ de 65 años): 5,00 euros

GRUPOS (+ de 20 per­sonas): 4,50 euros

NIÑOS (de 7 a 15 años): 3,00 euros

NIÑOS MENORES DE 7 AÑOS: Gratis

Horario de ver­a­no

Des­de Jueves San­to (Sem­ana San­ta) has­ta sep­tiem­bre (inclu­i­do)

MAÑANA: 10,00 – 13,30 horas

TARDE: 16,00 – 18,30 horas

Mes de agos­to todos los días abier­to (excep­to 28 de agos­to)

Lunes cer­ra­do (excep­to agos­to)

Horario de invier­no

Des­de octubre a Sem­ana San­ta

MAÑANA: 10,00 – 13,00 horas

TARDE: 15,30 h – 17,30 horas

Domin­gos tarde y lunes cer­ra­do

 

Santo Domingo de la Calzada

Impre­scindible incluir en la ruta el pueblo de San­to Domin­go de la Calza­da, no sólo por su impor­tan­cia clave en el Camino de San­ti­a­go y para­da habit­u­al de pere­gri­nos sino tam­bién por su incal­cu­la­ble val­or cul­tur­al e históri­co. No obstante, el pat­ri­mo­nio medieval que con­ser­va en for­ma de mural­la y torre­ones está con­sid­er­a­do de los mejores de la provin­cia: algunos de estos torre­ones alcan­z­a­ban los doce met­ros de altura. Dichas mural­las, abier­tas por varias puer­tas con for­ma de arco, nos per­miten imag­i­narnos cómo era el trasiego de tan­tos pere­gri­nos ya hace sig­los. La tradi­ción con­tinúa intac­ta: pese al calor de las horas cen­trales del día, nos encon­tramos a famil­ias enteras que hacían el camino, per­ro inclu­i­do.

Aquí aba­jo Juan y yo frente a la Puer­ta de Mar­gu­bete, jun­to a la Casa de los Trasta­ma­ra, donde vivió el rey Enrique II de Castil­la y que des­de el 2010 es sede de la bib­liote­ca y la Ofic­i­na de Tur­is­mo.

Santo Domingo

San­to Domin­go debe su nom­bre a un eremi­ta y pas­tor, se cree que vas­co, lla­ma­do Domin­go que ejer­ció como sac­er­dote y que prop­i­ció la con­struc­ción de una calza­da que facil­i­tara el camino de los pere­gri­nos hacia San­ti­a­go de Com­postela. Un puente sobre el río Oja es el que hoy mar­ca el itin­er­ario de la ruta de los cam­i­nantes.

La Plaza de España, que, curiosa­mente, no se se encuen­tra en el cen­tro del pueblo sino a la espal­da de la cat­e­dral. En real­i­dad antigua­mente la que se con­sid­er­a­ba plaza prin­ci­pal era la actu­al Plaza del San­to. Se uti­lizó en el pasa­do como mer­ca­do, cor­ral de come­dias, cár­cel y plaza de toros. Actual­mente se hal­la aquí el ayun­tamien­to, la Alhóndi­ga (el tér­mi­no árabe con que se denom­ina­ba a los almacenes de gra­no) y es donde se cel­e­bra cada año el mer­ca­do medieval que reúne a arte­sanos, músi­cos, mal­abaris­tas y agricul­tores de toda La Rio­ja. Des­de hace casi 20 años tam­bién se aprovecha el recin­to de la Plaza May­or para rep­re­sen­tar la obra teatral “Los mila­gros del san­to”, en hon­or a San­to Domin­go.

Plaza España Santo DOmingo

👉 Para com­er elegi­mos el restau­rante La gal­li­na que can­tó ( C/ May­or 32). Buenísi­ma la opción de menú de fin de sem­ana a 15 euros: nos encan­tó el arroz meloso. El nom­bre del restau­rante, por cier­to, no es casu­al. En San­to Domin­go es muy pop­u­lar la leyen­da del gal­lo y la gal­li­na, que cuen­ta como una famil­ia de pere­gri­nos ale­manes pasaron por el pueblo y una muchacha se enam­oró del hijo del mat­ri­mo­nio. Al sen­tirse rec­haz­a­da, la joven escondió en la mochi­la del chico una copa de pla­ta, le denun­cia por robo y las autori­dades le con­de­nan a la hor­ca. Los padres rezan a San­ti­a­go pidi­en­do un mila­gro y cuan­do eje­cu­ta­da la sen­ten­cia se acer­can al cuer­po inerte de su hijo, des­cubren que éste está vivo. Los padres van cor­rien­do a infor­mar al cor­regi­dor real, quien en ese momen­to esta­ba comien­do. Éste les responde que su hijo esta­ba igual de vivo que el gal­lo y la gal­li­na que tenía en el pla­to y en ese momen­to ambos ani­males comen­zaron a cacarear. Por eso es cono­ci­do el dicho “San­to Domin­go de la Calza­da, donde can­tó la gal­li­na después de asa­da”. 

Es por dicho moti­vo por lo que la cat­e­dral de San­to Domin­go cuen­ta con una sor­pren­dente par­tic­u­lar­i­dad: en su inte­ri­or con­ser­va un gallinero, donde viv­en un gal­lo y una gal­li­na que son reem­plaza­dos cada par de sem­anas. En su inte­ri­or se hal­la la tum­ba de San­to Domin­go. Y como obser­varéis, la torre (la más alta de La Rio­ja, 70 met­ros) está sep­a­ra­da del edi­fi­cio prin­ci­pal. A la derecha de la igle­sia podéis ver a algunos de los pere­gri­nos que pasa­ban por el pueblo y que venían a vis­i­tar el tem­p­lo.

Catedral Santo Domingo Calzada

La calle May­or y sus aledañas han con­ser­va­do bas­tante bien ese ambi­ente medieval de antigua­mente: en la foto de aba­jo se apre­cia cómo casas antiquísi­mas aco­gen actual­mente com­er­cios sin que se haya alter­ado la estruc­tura orig­i­nal.

Santo Domingo de la Calzada

Paseamos un buen rato por San­to Domin­go, vis­i­tan­do el Parador (que ocu­pa un edi­fi­cio del siglo XII que sirvió como hos­pi­tal de pere­gri­nos para pos­te­ri­or­mente con­ver­tirse en alber­gue, has­ta su recon­ver­sión en Parador Nacional a medi­a­dos de los años 60), la Abadía Cis­ter­ciense del siglo XVII (que actu­al alber­gue de pere­gri­nos, con capaci­dad para cer­ca de doscien­tos hués­pedes) y cam­i­nan­do por la Plaza de la Alame­da o el Paseo del Espolón. 

 

Haro

Es obligación al vis­i­tar La Rio­ja dejar hue­co para alguno de los tem­p­los viní­co­las de la provin­cia, que no son pocos. Nosotros nos decanta­mos por Haro. El pueblo de Haro está con­sid­er­a­do uno de los pun­tos clave en lo que a cul­tura del vino se refiere (de hecho, nada más entrar nos recibía en una roton­da una vis­tosa escul­tura de un raci­mo de uvas).

Haro for­ma parte de la región de La Rio­ja Alta, un área que abar­ca des­de el río Ebro has­ta la Sier­ra de la Deman­da, y de la que se dice que es la mejor zona del mun­do, sin exager­ar un poquito, en lo que a elab­o­ración y enve­jec­imien­to de vinos se refiere. Haro antigua­mente no sólo se ben­efi­ció de esta priv­i­le­gia­da situación geográ­fi­ca sino tam­bién de la mala suerte que sufrieron las vides france­sas, que se vieron sacu­d­i­das por malig­nas pla­gas. A finales del siglo XIX Haro comen­z­a­ba a alcan­zar fama mundi­al no sólo por sus “fábri­c­as de alco­holes” (como entonces se conocía a las bode­gas) sino tam­bién por sus cur­tidurías e indus­tria de con­ser­vas y embu­ti­dos.

Haro

Haro es el Lour­des del eno­tur­is­mo, por lo que son muchos los que via­jan has­ta aquí para vis­i­tar algu­na de las múlti­ples bode­gas que se pueden encon­trar des­perdi­gadas en cua­tro zonas: el bar­rio de La Estación, la Aveni­da de San­to Domin­go, el Para­je de Ubi­eta y el cen­tro históri­co. Quizás las más cono­ci­das sean las de Ramón Bil­bao pero hay muchas otras como las de Gómez Cruza­do, Ibaion­do, Aku­tain… Haro está pla­ga­do además de tien­das de vino, tienes cien­tos de opciones para ele­gir. Nosotros opta­mos por com­prar unas botel­las de Car­los Ser­res.

Haro

Como veis ahí arri­ba, no hay rincón de Haro donde no se haga men­ción a cuál es el pro­duc­to estrel­la de la local­i­dad. La Plaza de la Paz es el núcleo cen­tral, donde se encuen­tra el Ayun­tamien­to, en un ele­gan­tísi­mo edi­fi­cio del siglo XVII rodea­do de pala­cios rena­cen­tis­tas, heren­cia de aque­l­la riqueza que ya comen­z­a­ban a ate­so­rar los primeros bodegueros. Aquí tam­bién ten­emos la antigua Torre de los Pre­sos, que actual­mente es el Museo Con­tem­porá­neo El Tor­reón, que expone obras de artis­tas locales.

Podemos con­tin­uar el itin­er­ario por la zona de La Her­radu­ra, hacia la igle­sia de San­to Tomás, donde locales y tur­is­tas se dan a ese plac­er que es el pin­txo-pote por los múlti­ples bares de la zona, has­ta arri­ba a la hora de com­er y así mis­mo al caer la noche. Estas dos calles, las de San­to Tomás y San Martín (que, efec­ti­va­mente, dan for­ma a una her­radu­ra), están en cues­ta y alber­gan locales ya míti­cos en el alterne rio­jano como Los Caños (en una placita encan­ta­do­ra), Cha­monix (donde se espe­cial­izan en pin­tx­os a la plan­cha) o El Remoli­no, donde lo más típi­co son los pimien­tos rel­lenos.

Haro Ayuntamiento

Puedes bajar tan­to pin­txo pase­an­do por el encan­ta­dor cas­co antiguo de Haro, donde se acu­mu­lan los palacetes como el de los Con­des de Haro, el de Ben­daña o el de los Salazar. Muy boni­ta tam­bién la sede del Ban­co de España en la plaza de Flo­renti­no Rodríguez. Si quieres acabar la visi­ta vien­do des­de las alturas Haro y los viñe­dos que lo rodean, puedes hac­er­lo des­de el mirador de la ermi­ta de San Felices.

Haro

 

Logroño

Acabábamos el recor­ri­do pre­cisa­mente en la cap­i­tal rio­jana, Logroño. Llegábamos jus­to el día de la fies­ta de San­ti­a­go Após­tol, por lo que nos encon­tramos a la ciu­dad engalana­da para la ocasión. De hecho, en esta ocasión se quería cel­e­brar el Año Com­poste­lano real­izan­do un toque de cam­panas simultá­neo en todos los cam­pa­narios del Camino de San­ti­a­go y en Logroño se for­mó parte del even­to. Debe­mos ten­er en cuen­ta que Logroño, como San­to Domin­go de la Calza­da, es una para­da impor­tante de la ruta jacobea y es común encon­trarse la ciu­dad llena de pere­gri­nos.

Logroño

Logroño

Logroño es una ciu­dad pequeñi­ta (unos 150.000 habi­tantes) pero fácil­mente ase­quible para poder abar­car­la en una jor­na­da. Podemos comen­zar nue­stro camino en la ani­madísi­ma calle Por­tales, donde bajo los sopor­tales que le dan nom­bre se agru­pan cafeterías y restau­rantes y donde los logroñe­ses van a ver y dejarse ver. Mucho han cam­bi­a­do las cosas des­de que en el siglo XV se ajus­ti­cia­ba aquí a los delin­cuentes cocién­doles en calderas llenas de agua hirvien­do, que vaya cómo se las gasta­ban en aque­l­la época. La aveni­da se con­cibió con la idea de unir dos partes de la mural­la.

Aparte de alber­gar en el pasa­do impor­tantes ferias de gana­do o arte­sanía, aquí se acu­mu­la­ban las sedes de los edi­fi­cios admin­is­tra­tivos más impor­tantes de La Rio­ja y ya des­de entonces era uno de los sitios preferi­dos por los locales para venir a pasear (inclu­so en pleno invier­no, donde con car­iño se conocía a la aveni­da como “el inver­nadero”). Por cier­to, acer­caos a tomar un hela­do a Del­laSera si paseáis por aquí: arte­sanos y de los mejores que hemos proba­do nun­ca.

Aquí aba­jo la calle Por­tales. Al fon­do podemos ver la silue­ta de la cat­e­dral de San­ta María de la Redon­da. Jun­to a la de Cala­hor­ra y la de San­to Domin­go, for­ma el grupo de las tres úni­cas cat­e­drales de La Rio­ja.

Catedral Logroño

Des­de aquí podemos ir cam­i­nan­do has­ta el mer­ca­do de abas­tos de San Blas. De lunes a sába­do es de los lugares con más vidil­la de la ciu­dad, con sus puestos reple­tos de pro­duc­tos fres­cos y el olor a chaci­na inun­dan­do el ambi­ente. Algo más ade­lante ten­emos una prop­ues­ta cul­tur­al, la del Museo de La Rio­ja, ubi­ca­do en un pala­cio del siglo XVIII y donde en sus tres plan­tas se recorre la his­to­ria de la provin­cia des­de la Pre­his­to­ria, además de acoger difer­entes exposi­ciones tem­po­rales.

Este que tenéis aquí aba­jo es el gen­er­al Espartero, sí, sí, ese mis­mo que era el pro­tag­o­nista  del dicho aquel de “ten­er los huevos más gor­dos que el cabal­lo de Espartero”. Que el caso es que nosotros nos aso­mamos a ojear los testícu­los del ani­mal y los vimos de un tamaño más o menos nor­mal… Si has venido has­ta aquí es porque estás ya en el Paseo del Espolón (que en real­i­dad se lla­ma Paseo Príncipe de Ver­gara), donde esta zona ajar­di­na­da recuer­da medi­ante esta estat­ua ecuestre las guer­ras carlis­tas que aso­laron Logroño en el siglo XIX.  Aquí se encuen­tra el audi­to­rio de la Con­cha, donde se ofre­cen a menudo concier­tos al aire libre.

Paseo Espolon Logroño

Si aún no lo has leí­do, te recomien­do que ech­es un ojo a un artícu­lo súper intere­sante que escribí hace un tiem­po lla­ma­do Camino de San­ti­a­go: un juego de la oca a tamaño real. En él os con­ta­ba cómo se ahon­da en las ver­daderas raíces paganas de dicha ruta (aho­ra reli­giosa) y sus conex­iones con el juego de la oca, que aunque sea con­sid­er­a­do uno de los favoritos de los niños (¿quién no ha pasa­do tardes enteras en su infan­cia can­tur­re­an­do lo de «de puente a puente y tiro porque me lle­va la cor­ri­ente»?), en real­i­dad esconde un mon­tón de secre­tos y sim­bolis­mos total­mente reales, un mapa del Camino que creó hace sig­los la Orden Tem­plar­ia y que ha lle­ga­do has­ta nue­stros días recon­ver­tido en un aparente­mente inocente pasatiem­po infan­til. Pues bien, en Logroño pre­cisa­mente ten­emos una Plaza de la Oca, que es sólo uno de los cien­tos de pun­tos que en el norte de nue­stro país conectan el juego con el Camino.

Plaza Oca Logroño

Dimos otro paseo por las mural­las y el Cubo de Rev­el­lín, restos impor­tantes de la antigua for­ti­fi­cación que pro­tegía a Logroño y con­tin­u­amos la cam­i­na­ta, aprovechan­do el buen tiem­po, por el Paseo de la Flori­da. Al tran­scur­rir para­le­lo al río Ebro, puedes dis­fru­tar de la agrad­able sen­sación de estar en ple­na nat­u­raleza sin haberte movi­do de la ciu­dad. Además, muy cer­ca tienes el Par­que de La Rib­era. Al fon­do de la foto podéis con­tem­plar una parte del puente de piedra que une ambas oril­las y que además es el más antiguo de Logroño.

Paseo Florida Logroño

 

De pin­tx­os por Lau­rel

 

Debíamos dejar para el final el lugar más emblemáti­co de Logroño: la calle Lau­rel. En real­i­dad son cua­tro calles (Lau­rel, Trav­es­ía de Lau­rel, San Agustín y Albor­noz) pero ellas cua­tro soli­tas aca­paran más de 70 bares que com­piten entre sí por ofre­cer a los clientes el mejor pin­cho. Y no lo tienen fácil porque os ase­guro que el listón está altísi­mo. En estos 300 met­ros la rival­i­dad es fer­oz (en el buen sen­ti­do): de hecho, los pro­pios logroñe­ses cono­cen a la zona car­iñosa­mente como “la sen­da de los ele­fantes” porque hay muchas posi­bil­i­dades de que “acabes trompa”. 

Laurel Logroño

La Lau­rel no es sólo una zona de ocio y ale­gría (que tam­bién) sino el mejor escaparate que pueden ten­er los pro­duc­tos gas­tronómi­cos de La Rio­ja. Vinos, ver­duras y hor­tal­izas, carnes, que­sos… el pro­duc­to autóctono es la estrel­la y una del­i­catessen cuan­do este depende de tem­po­radas conc­re­tas, como es el caso de las setas. Cada bar tiene su encan­to y se enorgul­lece de sus pin­chos pro­pios, que inten­tan super­ar en orig­i­nal­i­dad al de enfrente. Ojo que en muchos restau­rantes se puede com­er a la car­ta y sen­ta­di­to pero aquí lo ide­al es com­er de pie, copa en mano y con unos cuan­tos pin­tx­os por delante. Pro­bar­los todos es imposi­ble a no ser que vis­ites Logroño en varias oca­siones (mira, así tienes excusa) pero te damos unas cuan­tas prop­ues­tas para que veas por dónde empezar

El Muro: Aquí el pin­txo estrel­la es el cojonudo. Así, como sue­na, más claro el agua. Es un bocadil­li­to de pica­dil­lo de chori­zo con pimien­to y hue­vo de codor­niz.

Pata Negra: Tiene fama de ser de los restau­rantes más selec­tos de Lau­rel y por lo tan­to de los más caros pero su fama le pre­cede. El bocati­ta de jamón ibéri­co con que­so de tetil­la fun­di­do es canela en rama.

Blan­co y Negro: El bar más antiguo de Lau­rel, un siglo de vida dan­do de com­er mucho y bueno a los rio­janos. La espe­cial­i­dad es el mat­ri­mo­nio de anchoas, boquerones en vina­gre y pimien­to den­tro de un pan tiernísi­mo.

La Gota de Vino: Según entres por la puer­ta, pide lo primero un zor­ro­pi­to. Es un deli­cioso mon­ta­di­to caliente de bacon o lomo acom­paña­do de jamón york y sal­sa ali­oli.

Juan y Pín­chame: Aunque tienen otras deli­cias de lo más recomend­ables como el secre­to o las tor­tilli­tas de bacalao (la mar de jugosas), lleg­amos has­ta aquí atraí­dos por la fama del pìn­txo de lan­gosti­nos con piña a la plan­cha. De matrícu­la de hon­or.

Pincho Langostino Juan Pinchame

El Cid: Se jac­tan de lle­var tres décadas sirvien­do las mejores setas a la plan­cha de Lau­rel, acom­pañadas de una sal­sa que, como las de las abue­las, tienen un ingre­di­ente secre­to que sólo cono­cen los dueños.

Los Rotos: El nom­bre lo dice todo. Aquí la espe­cial­i­dad son los huevos rotos, una dece­na de vari­antes para ele­gir: con gulas, bacalao, mor­cil­la, que­so, bacalao…

La Taber­na del Tío Blas: Jus­to al comien­zo de la calle Lau­rel se encuen­tra otro de los bares clási­cos. Se espe­cial­izan en tapas a la brasa de difer­entes tipos de carne. El pin­txo más vota­do es la pir­ule­ta de solomil­lo con sal­sa de que­so.

Jubera: Siem­pre digo que las mejores papas bravas se encuen­tran en mi tier­ra, en Madrid, pero jus­to es recono­cer que las del bar Jubera jus­ti­f­i­can su fama. Con un toque de ali­oli y picantes. Lo más.

El Per­chas: Aquí viene la gente a com­er ore­ja, tan­to fri­ta como guisa­da, esta últi­ma lig­era­mente picante.

Div­ina Cro­que­ta: Espe­cial­is­tas en cro­que­tas, a cuál más orig­i­nal. De pol­lo al cur­ry, de cala­mares, de rabo de toro… inclu­so has­ta dul­ces, como las de choco­late o las de cheese­cake.

El Mex­i­cano: No sólo de exquis­ite­ces rio­janas vive el hom­bre. Si bus­cas un toque exóti­co en el itin­er­ario, añade aquí una para­da. Tapas mex­i­canas a base de bur­ri­tos y tacos acom­pañadas por cock­tails mar­gari­ta.

Char­ly: La de años que hacía que no probábamos el mor­ri­to frito. Aquí es la tapa impre­scindible, lo hacen muy cru­jiente. Y si lo acom­pañas con unos mejil­lones tigre con toque picante, mejor que mejor.

Charly Logroño

 


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3 Comments

  1. Amelia Ventura

    at

    Me dejaste curiosa por la his­to­ria del aro y el monas­te­rio del Yuso. De España me fal­tan un mil­lón (hipér­bole que me cala per­fec­to) de lugares muy intere­santes por cono­cer. Gra­cias por com­par­tir tus expe­ri­en­cias. Abra­zos.

  2. Muy intere­sante tu post y tu pag­i­na, un salu­do des­de Almería.

  3. La Rio­ja, la tier­ra del vino, un tesoro a des­cubrir de España, un sitio que merece la pena vis­i­tar.

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