Mil y un viajes a Holanda

 

MIL Y UN VIAJES A HOLANDA

 

Tal vez mil via­jes, como reza el títu­lo, sea una lig­era exageración. Pero lo cier­to es que no creo que baje de la trein­te­na las veces que he recor­ri­do Holan­da, con­vir­tién­dose así en el país europeo que mejor conoz­co después de España. Fui por primera vez con 17 años y me enam­oré tan­tísi­mo del país que empecé a via­jar a menudo a la tier­ra de los zue­cos por plac­er puro y duro. Con el paso del tiem­po, coin­cidió tam­bién que por temas de tra­ba­jo tuve que via­jar tam­bién varias veces allí, por lo que siem­pre aprovech­a­ba para añadirle algunos días extras y no perder la ocasión de hac­er tur­is­mo. Por últi­mo, el remate ven­dría cuan­do una de mis mejores ami­gas se mudó allí a vivir, enci­ma en pleno cen­tro de Ams­ter­dam. Así que sí, me he recor­ri­do Holan­da muchísi­mas veces de arri­ba a aba­jo, por lo que espero que esta entra­da de blog pue­da servir de ayu­da a todos los que vayáis allí por primera vez. Holan­da es un país que engan­cha y, pese a sus pequeñas dimen­siones (es un país un poco más grande que Extremadu­ra), tiene un mil­lón de atrac­tivos que ofre­cer. Yo os ase­guro que nun­ca me can­so de vis­i­tar­lo. ¡Es un enganche ya de por vida!

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Ams­ter­dam

 

Habrá que empezar, sin dudar­lo, por Ams­ter­dam, la cap­i­tal del país pese a que la sede del gob­ier­no se encuen­tre en La Haya. Y sí, tras años recor­rién­dome Europa, cada día que pasa me reafir­mo en que es mi ciu­dad favorita euro­pea sin dudar­lo ni un momen­to. Tiene el tamaño jus­to (poco más de 750.000 habi­tantes, más pequeña que Valen­cia), el ambi­ente de Lon­dres, la lib­er­tad del Berlín más joven, el civis­mo de los país­es escan­di­navos y en ver­a­no has­ta un poquito del sol del sur de Europa. Como os digo, he per­di­do la cuen­ta de las veces que he esta­do allí, si veinte, trein­ta, pero para mí ater­rizar en Schipol es como hac­er­lo en Bara­jas: ¡sien­to que vuel­vo a una ciu­dad que me es famil­iar al cien por cien!

Hablan­do del aerop­uer­to,vamos a lo más impor­tante: lo fácil que es lle­gar al cen­tro. La ver­dad que el aerop­uer­to de Schipol es enorme, uno de los más grandes de Europa y pun­to de sal­i­da de muchos vue­los para Asia y Améri­ca, pero está todo muy bien indi­ca­do. En el hall de sal­i­da verás que hay unas ofic­i­nas de la Ned­er­landse Spoor­wa­gen, la com­pañía de fer­ro­car­riles holan­desa, donde puedes adquirir bil­letes de tren para otros pun­tos del país (es comod­ísi­mo, yo ha habido veces que ha sido bajarme del avión y coger allí direc­ta­mente trenes para otras ciu­dades, salen direc­ta­mente des­de el aerop­uer­to).

En cuan­to a lo de ir al cen­tro, que me voy por las ramas, hay máquinas expende­do­ras en ese mis­mo hall. Ahí podéis selec­cionar si queréis bil­letes de ida (enkele reis) o de ida y vuelta (dagre­tour). No recuer­do muy bien el pre­cio pero no es caro, algo así como 4 o 5 euros. Sale mucho más a cuen­ta que ir en auto­bús y ya ni dig­amos en taxi (carísi­mos en Holan­da en gen­er­al). Des­de aquí os plan­táis en media hora en esta mar­avil­la de la foto: la Estación Cen­tral o Ams­ter­dam Cen­traal.

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Nun­ca se cansa una de admi­rar esa facha­da, la ver­dad sea dicha. Ni de perder­se en el tumul­to de gente de toda raza y condi­ción que abar­ro­ta la estación tan­to de día como de noche. Esta mar­avil­la de la inge­niería, pri­ma her­mana del Rijksmu­se­um (su respon­s­able fue el mis­mo arqui­tec­to, P.J.H. Cuypers, de ahí su pare­ci­do), se sostiene sobre casi 9.000 pilotes que la otor­gan esta­bil­i­dad en los inesta­bles sue­los de Ams­ter­dam. 300 met­ros de largo, 1.500 trenes fun­cio­nan­do a diario, pun­to de par­ti­da oblig­a­to­rio de las redes de bus­es y tran­vías que recor­ren la ciu­dad, la Cen­traal es una estación llena de vida, con túne­les pla­ga­dos de tien­das de todo tipo y una efi­cien­cia abso­lu­ta en los horar­ios de sus trenes.

Dos apuntes: jus­to al salir de la estación, cruzan­do la calle, tienes la Ofic­i­na de Tur­is­mo (pásate aunque no ten­gas cos­tum­bre, tienen muchos fol­letos útiles e infor­ma­ción de even­tos y excur­siones) y segun­do, si te gus­ta fumar maría de cal­i­dad (del tema de los cof­feeshops hablare­mos después) que no te timen lleván­dote a The Grasshop­per, que está tam­bién nada más salir de la estación. Sí, prob­a­ble­mente sea el cof­feeshop más cono­ci­do de la ciu­dad y como veis, está en un sitio pre­cioso y ubi­ca­do en un edi­fi­cio bien boni­to pero es un timo para tur­is­tas y “fumetas de fin de sem­ana”. Es en real­i­dad una fran­qui­cia (hay var­ios de la mis­ma cade­na repar­tidos por Ams­ter­dam), el mate­r­i­al no es nada del otro mun­do com­para­do con otros cof­fees y lo que es peor, está siem­pre has­ta arri­ba de niñatos que vienen a Ams­ter­dam nada más que a pegarse el fiestón. Hazme caso y mejor toma nota de los cof­feeshops que te recomen­daré más ade­lante. Los vas a dis­fru­tar más.

De la Estación Cen­tral parte la que es la calle más impor­tante de Ams­ter­dam: la aveni­da Dam­rak. Sin duda uno de mis lugares favoritos en toda Europa. Aquí es donde está el edi­fi­cio Beurs van Berlage, antigua sede de la bol­sa de val­ores, uno de los edi­fi­cios más boni­tos de Ams­ter­dam. Miles de tur­is­tas, miles de locales, miles de tien­das, de bares. Y de ciclis­tas. Esa es una de las cosas a las que uno debe acos­tum­brarse casi de inmedi­a­to al pis­ar sue­lo holandés: una ciu­dad tan llana, de tamaño medio y con tan poco sitio para aparcar (calle­jones estrechos,canales y más canales) es el paraí­so de los amantes de las bicis. Famil­ias enteras, mamás con bebés incluí­dos, gente que pasea al per­ro o viene de com­pras uti­lizan este medio de trans­porte (en una ciu­dad de 750.000 per­sonas, hay 600.000 bici­cle­tas) por lo que no te despistes y vayas a ser arrol­la­do. Ellos son muy respetu­osos con las nor­mas de trá­fi­co (igual que los tran­vías, se rigen por los mis­mos semá­foros que los coches) y son los vis­i­tantes atolon­dra­dos los que se lo ponemos difí­cil (es muy habit­u­al la esce­na de un holandés gri­tan­do des­de su bici porque le invaden el car­ril… y con razón).

Insis­to en la cul­tura “bici­cletera” que hay aquí porque ojalá estu­viera exten­di­do su uso de igual man­era en otras ciu­dades y nos ahor­rábamos la con­t­a­m­i­nación de tan­to tubo de escape. Si te ani­mas a alquilar una bici para recor­rer la ciu­dad (es un modo bien chu­lo de vis­i­tar­la), hay un mon­tón de agen­cias que las ofre­cen por unos 6 euros diar­ios, que ya es menos de lo que te gas­tas en tres bil­letes de bus o metro. Además, en esas mis­mas agen­cias sue­len darte fol­letos con rutas recomen­dadas. Casi todos los edi­fi­cios ofi­ciales, com­er­cios y restau­rantes con ter­raza tienen su park­ing de bici­cle­tas, para que te despre­ocu­pes cuan­do quieras parar en algún sitio. De hecho, una de las cosas que más impre­siona cer­ca de la Estación es un park­ing de tres plantas…¡todo de bicis! Los trans­portes como bus­es y tran­vías facil­i­tan que puedas meter den­tro tu bici­cle­ta y prac­ti­ca­mente todas las calles gozan de su cor­re­spon­di­ente car­ril-bici. Vamos, que te lo ponen muy fácil. De todos mod­os, no está de más que com­pres un can­da­do: en Ams­ter­dam son muy habit­uales los robos de bicis (no sabéis la de veces que he vis­to como saca­ban los del ayun­tamien­to bici­cle­tas del fon­do de los canales).

Fijaos en esta foto todas las bicis aparcadas a lo largo del canal

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Lo curioso es que la calle Dam­rak, larguísi­ma, de casi un kilómetro, corre para­lela al río Ams­tel y eso es porque antigua­mente en real­i­dad era el puer­to; sin embar­go, las autori­dades rein­ven­taron la estruc­tura de la ciu­dad, llenaron esta zona de diques, con­struyeron casas y surgió un nue­vo bar­rio cuyo epi­cen­tro es la Plaza Dam. Hoy en día, como os digo, es un hervidero de gente, muchos de ellos atraí­dos por los grandes almacenes De Bijenko­rf (El Corte Inglés holandés). Tienen cosas bas­tante bien de pre­cio, siem­pre que he ido he acaba­do salien­do con un par de bol­sas.

En Dam­rak tam­bién se encuen­tran dos museos bas­tante intere­santes. Uno, el Museo del Sexo (tam­bién cono­ci­do como El Tem­p­lo de Venus o Venustem­pel). Hay mucho gar­ru­lo que entra a echarse unas risas infan­tiles pero yo he ido varias veces y me parece un lugar bien didác­ti­co. Lle­va abier­to casi 30 años y aquí se expo­nen uten­sil­ios, tra­jes, pub­li­ca­ciones y dibu­jos rel­a­tivos al sexo de un mon­tón de civ­i­liza­ciones difer­entes, empezan­do por la grie­ga y la romana, que como la holan­desa, es bas­tante lib­er­al en ese aspec­to y allí la gente no sufre los tabúes de país­es como el nue­stro. La entra­da cues­ta 4 euros y los menores de 16 años no pueden pasar, inclu­so acom­paña­dos. Abre has­ta casi las doce de la noche. En el Bar­rio Rojo hay otro museo pare­ci­do pero de él ya os hablaré más ade­lante.

El otro museo ya se ubi­ca en la Plaza Dam y no es otro que el Madame Tus­saud, el Museo de Cera. La entra­da es un poco cara (20 euros) pero si te gus­tan este tipo de museos, hay que recono­cer que las fig­uras están muy con­seguidas. Son seis pisos nada menos de répli­cas de cera de per­son­al­i­dades de todo tipo y abre todos los días de la sem­ana.

Esta­mos ya por tan­to en la Plaza Dam (dam sig­nifi­ca “dique” en holandés) y donde coin­ci­den dos de las avenidas mas impor­tantes de la ciu­dad, la Dam­rak y la Rokin. Aquí se encuen­tra el majes­tu­oso Konin­klijk Paleis, el Pala­cio Real (los holan­deses son muy monárquicos), con más de cua­tro sig­los de antigüedad y que antaño fun­ciona­ba como Ayun­tamien­to. Fue Luis Bona­parte, her­mano de Napoleón y rey de Holan­da, quien ubicó aquí su sede después de haber resi­di­do en La Haya y quien cam­bió la dec­o­ración a un esti­lo típi­ca­mente francés que se mantiene a día de hoy. En la actu­al­i­dad es uno de los cua­tro pala­cios que sigue usan­do la Famil­ia Real aunque no es la res­i­den­cia ofi­cial de la reina Beat­riz sino que se uti­liza sobre todo para recep­ciones ofi­ciales y entre­gas de pre­mios. Merece mucho la pena ver­lo por den­tro, espe­cial­mente la Burg­erza­al (Sala de los Ciu­dadanos), tenien­do en cuen­ta que la entra­da no es exce­si­va­mente cara, unos siete euros. Y ya que estás en la Plaza, no dejes pasar la ocasión de vis­i­tar la Igle­sia Nue­va y el Mon­u­men­to Nacional de la Lib­eración, que rinde hom­e­na­je a los caí­dos en la Segun­da Guer­ra Mundi­al, con­sis­tente en un mono­li­to de már­mol blan­co de 22 met­ros de altura rodea­do de escul­turas. El mono­li­to es pun­to de encuen­tro para mucha gente y es uno de los lugares con más vidil­la de todo Ams­ter­dam.

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Para ir alter­nan­do las zonas a vis­i­tar con otros datos de una ciu­dad úni­ca en el mun­do a todos los niveles,vamos a ir entran­do en el tema de los coffeshops. Lo primero, para el que sea fumador, quedaos tran­qui­los porque pese a que el gob­ier­no holandés ame­nazó con una ley que pro­hibiría a los extran­jeros fumar en los cof­fees (algo total­mente ile­gal ya que se con­sid­er­aría dis­crim­i­na­to­rio con el resto de ciu­dadanos de la Comu­nidad Económi­ca Euro­pea), lo cier­to es que en la prác­ti­ca y a día de hoy los vis­i­tantes podréis fumar como antes. Supon­go que al final les habrá podi­do el con­fir­mar que miles de per­sonas vis­i­tan Ams­ter­dam año tras año pre­cisa­mente por ese moti­vo. Si en la prác­ti­ca no eres un fumador habit­u­al y quieres darte el gus­to, un par de con­se­jos: ten algo dulce siem­pre a mano por las bajadas de azú­car (la may­oría de los cof­fees ofre­cen tartas,dulces y batidos,y afor­tu­nada­mente casi ninguno de ellos alco­hol) y, sobre todo,no seas bru­to y te pegues el atracón. La maría de los cof­fees pro­cede de cul­tivos hidropóni­cos y es bas­tante potente, así que empieza por las flo­ji­tas y en poca can­ti­dad.

Supon­go que a muchos vis­i­tantes con pre­juicios les sigue pare­cien­do una bar­bari­dad que en Holan­da la gente pue­da fumar canu­tos con esa nat­u­ral­i­dad (ojo, en la prác­ti­ca es ile­gal pero el gob­ier­no hace la vista gor­da con los cof­feeshops, ni se te ocur­ra fumárte­los en la calle a ries­go de que te metan un mul­ta­zo). Pero en Holan­da el tema del fumar no sólo está bien vis­to sino que son muchos padres y madres de famil­ia los que lo hacen con toda nat­u­ral­i­dad delante de sus hijos. Así debería ser en el resto del mun­do. La maría no es una dro­ga quími­ca sino una plan­ta con efec­tos psi­cotrópi­cos total­mente nat­ur­al, muchísi­mo menos dañi­na que el alco­hol y cuyos ben­efi­cios para la salud han sido demostra­dos por miles de médi­cos.

Sólo os recuer­do el dato de que a lo largo de toda su his­to­ria (más de 8.000 años!) y usa­da por todas las civ­i­liza­ciones, sólo ha sido ile­gal­iza­da en dos oca­siones y ambas por los hipócritas gob­er­nantes de Esta­dos Unidos. La primera fue en la I Guer­ra Mundi­al debido a que Esta­dos Unidos no tenía planta­ciones de cáñamo, plan­ta de la que se extraía el teji­do para los tra­jes de los sol­da­dos, los para­caí­das y las tien­das de cam­paña, lo que les colo­ca­ba en seria desven­ta­ja frente a sus ene­mi­gos. La segun­da, cuan­do tras el fra­ca­so de la Ley Seca y la legal­ización de nue­vo del alco­hol, se encon­traron con miles de agentes de la Policía Antivi­cio sin un pro­duc­to “malé­fi­co” al que perseguir y demo­nizar. Y esco­gieron la maría como les podía haber dado por cualquier otra cosa.

En cuan­to a los coffeshops, mi favorito des­de que lo abrieron hace aho­ra jus­to 20 años es el Damp­kring. Luego con los años se hizo famoso porque allí rodaron algu­nas esce­nas de “Ocean’s Twelve” (por den­tro es pre­ciosísi­mo, con escul­turas de árboles, pare­des psi­codéli­cas y el gato del dueño paseán­dose entre los clientes) pero lo cier­to es que pese a estar en pleno cen­tro (Haar­lem­mer­straat 44,muy cerqui­ta de la calle Rokin), por for­tu­na ha sabido man­ten­er su ambi­ente famil­iar y la gente que tra­ba­ja allí es super agrad­able. Para más inri, mi ami­ga vivía jus­to en la calle de al lado, así que durante años ha sido para­da oblig­a­to­ria antes de subirnos a cenar.

El otro cof­fee que os voy a recomen­dar es el Hill Street Blues (War­moesstraat 52), en el Bar­rio Rojo. Se lla­ma así por estar cer­ca de la comis­aría ‚es bas­tante pequeñi­to pero muy acoge­dor, al fon­do tienen unos sofás en U que te dan la impre­sión de estar en el salón de tu propia casa y enci­ma ofre­cen los mejores bati­dos con hela­do de todo Ams­ter­dam.

Y sí, ya esta­mos en el Red Light Dis­trict o lo que es lo mis­mo: el Bar­rio Rojo. Prob­a­ble­mente el bar­rio rojo más famoso del mun­do. Hay gente que se que­ja de que puede ser sór­di­do e inclu­so inse­guro, con mucho col­ga­do deam­bu­lan­do por los calle­jones, pero la ver­dad es que yo me he tira­do años yen­do allí a todo tipo de tugu­rios tan­to de día como de noche y jamás he tenido ningún prob­le­ma.

Vamos primero con las vis­i­tas cul­tur­ales (antes de meter­nos con lo “otro”). Aquí se hal­la una de las igle­sias más boni­tas de la ciu­dad, la Oude Kerk. Con una antigüedad que data del año 1200, el bar­rio ha con­segui­do man­ten­er sus deli­ciosas casas de época, sus canales pla­ga­dos de puentecitos…

Por cierto,en el Bar­rio Rojo (y, pese a ello, pasan­do total­mente desapercibido para muchos vis­i­tantes) se encuen­tra otro de mis rin­cones favoritos: el Bar­rio Chi­no. Restau­rantes asiáti­cos a tuti­plén (de los mejores tai­lan­deses e indone­sios en los que he esta­do jamás), super­me­r­ca­dos con pro­duc­tos chi­nos, lo que nos venía de fábu­la para com­er en casa, salones de masajes y acupun­tu­ra… en fin, una goza­da. Y como extra, el tem­p­lo bud­ista más grande de Europa: el He Hua Tem­ple. La entra­da es gra­tui­ta y ocu­pa varias man­zanas, no dejes de vis­i­tar­lo.

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En cuan­to al Bar­rio Rojo en sí, pues bueno, la ver­dad es que tiene su miga… Par­tien­do de la base de que estoy en con­tra de cualquier tipo de explotación sex­u­al, tan­to de mujeres como de hom­bres, tam­bién es cier­to que la errad­i­cación de la pros­ti­tu­ción es algo que se ha inten­ta­do durante sig­los sin éxi­to ninguno. Por lo que el gob­ier­no holandés decidió seguir la tóni­ca de “si no puedes con­tra ellos, únete” y lo que hizo fue legalizar el nego­cio, pre­cisa­mente para quitarse de en medio la figu­ra del prox­ene­ta (el úni­co que se lucra en esta his­to­ria a cos­ta de chi­cas retenidas con­tra su vol­un­tad). Aquí la mujer que ejerce la pros­ti­tu­ción lo hace sin coac­ciones de ningún tipo: tienen seguri­dad social (cobran si se ponen enfer­mas), sus pro­pios sindi­catos, con­troles médi­cos y enci­ma no pasan frío medio desnudas en la calle ni están expues­tas a que cualquier loco pue­da abusar de ellas, al tra­ba­jar en recin­tos alta­mente vig­i­la­dos. Es cier­to que da un poco de yuyu ver­las exponién­dose en los escaparates pero a fin de cuen­tas, no es tan difer­ente de lo que se ve en las calles de otras ciu­dades (lo que sí da repelús es ver a gru­pos de hom­bres de nego­cios japone­ses babose­an­do delante de las cristaleras).

Car­tel del Casarosso,el local de shows porno más famoso de Ams­ter­dam

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El Bar­rio Rojo es sin duda algu­na donde may­or ofer­ta de ocio se con­cen­tra de toda la ciu­dad… Si te gus­ta el rock,no dejes de pasarte por el Excal­ibur (Oudez­i­jds Achter­burg­w­al 48), en mi opinión el mejor bar de toda la ciu­dad. Dos plan­tas con temáti­ca motera, bil­lar y la mejor músi­ca… En cuan­to a concier­tos, prac­ti­ca­mente todos los días hay ban­das inter­na­cionales tocan­do (y curiosa­mente a pre­cios bas­tante más ase­quibles que en España en pro­por­ción). Mis salas favoritas, la Par­adiso y, sobre todo, la Melk­weg (en esta últi­ma he vis­to concier­tos chulísi­mos de gente como Hor­ror­pops, Beat­steaks o Wednes­day 13, tiene varias salas difer­entes y el sonido es espec­tac­u­lar). Así que no olvides ojear la agen­da por si te coin­cide con algo.

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Por cierto,en la mis­ma calle del Excal­ibur pero en el número 148 tienes el Museo de la Mar­i­hua­na, abier­to des­de hace casi 30 años. Es el úni­co museo del mun­do ded­i­ca­do al cannabis (los menores de 13 años deben ir acom­paña­dos de un adulto),recibe casi 100.000 vis­i­tantes anuales y en él se expli­ca muy bien los difer­entes usos que ha tenido esta plan­ta a lo largo de la His­to­ria. Además, la entra­da es bien bara­ta, no lle­ga a los seis euros.

Cam­bian­do un poco de ter­cio e inter­ca­lan­do por aquí el tema del alo­jamien­to, como comenta­ba por ahí arri­ba, la may­oría de las veces me he queda­do donde mi ami­ga, por lo que no puedo recomen­dar muchos hote­les. Sin embar­go, una de las veces que no nos pudi­mos quedar donde ella por ten­er visi­ta de unos famil­iares, tiramos por una pági­na que se lla­ma City­mun­do y que tiene ofer­tas bien intere­santes, ya que ofre­cen aparta­men­tos, estu­dios e inclu­so casas flotantes para alquilar por todo Áms­ter­dam. Nosotros en esa ocasión escogi­mos un pisazo pre­cioso del bar­rio de Jor­daan, con su chime­nea y todo. Echad un ojo a su web porque seguro que encon­tráis algo atrac­ti­vo, sobre todo tenien­do en cuen­ta que los hote­les en Áms­ter­dam no son nada baratos y espe­cial­mente en el Bar­rio Rojo hay sitios real­mente insalu­bres. Lo de las casas flotantes, des­de luego, es una opción mag­ní­fi­ca. En los canales de Áms­ter­dam se “aparcan” más de 2.500 y es una for­ma bien orig­i­nal de alo­jarse que añadir al via­je. Estas casas-bar­co (las house­boat) que aho­ra son una reliquia exóti­ca, curiosa­mente alo­jaron en sus ini­cios, tras la Segun­da Guer­ra Mundi­al, a famil­ias humildes que no se podían per­mi­tir una casa de ladrillo o madera, para ser rel­e­va­dos años después por comu­nas de hip­pies.

Y hablan­do de bar­cos, si quieres hac­erte una idea gen­er­al de lo que es admi­rar Áms­ter­dam des­de el agua, no pier­das la opor­tu­nidad de coger un bar­co de los que recor­ren los canales, los pre­cios sue­len ser entre ocho y diez euros por paseo flu­vial y duran aprox­i­mada­mente una hora. Áms­ter­dam, con razón, es cono­ci­da como la Vene­cia del norte: hay más de mil puentes repar­tidos por toda la ciu­dad.

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El amante de las flo­res (y el que no, tam­bién) ha de realizar una visi­ta oblig­a­da al Mer­ca­do de las Flo­res. Es uno de mis rin­cones favoritos en Áms­ter­dam y siem­pre me encan­ta acer­carme a dar una vuelta, aunque la may­oría de las veces no com­pre nada (mi bue­na mano con las plan­tas no lle­ga más allá de losa cac­tus…) En real­i­dad, podría decir que es un mer­ca­do flotante, ya que se apoya sobre unas platafor­mas enci­ma del canal Sin­gel, y en él se pueden encon­trar miles de semi­l­las y plan­tas de todo tipo. Casi todo el mun­do opta por lle­varse unas cuan­tas de tulipán, que para eso es la “flor nacional” y, jun­to a los zue­cos y los moli­nos, la ima­gen que siem­pre aso­ci­amos a las tier­ras holan­desas. Por cier­to, no dejes la visi­ta para muy tarde, nor­mal­mente sobre las 17:00 empiezan a recoger.

Y seguimos con temas botáni­cos acer­cán­donos al Vold­en­park, el par­que más grande de toda Áms­ter­dam, con­sid­er­a­do inclu­so Mon­u­men­to Nacional. Es una exten­sión llana y enorme donde en ver­a­no es una deli­cia poder tirarte en la hier­ba y siem­pre lleno de niños y bici­cle­tas ‚inclu­so en invier­no. El holandés es un pueblo muy con­cien­ci­a­do con el medio ambi­ente y cuidan sus áreas verdes con ver­dadero mimo.

Aje­drez gigante en las calles de Áms­ter­dam

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Otro de mis lugares favoritos para pasear en Áms­ter­dam es la recogidi­ta Plaza Spui. Es sen­cil­la­mente encan­ta­do­ra, más propia de un pueblecito holandés que de una gran cap­i­tal. Pequeñi­ta, es el rincón lit­er­ario por exce­len­cia, ya que aquí con­cur­ren algu­nas de las libr­erías más impor­tantes de la ciu­dad como Selexzyz-Schel­tema o Nieuws­cen­trum. Pero además los fines de sem­ana se orga­ni­za un mer­cadil­lo calle­jero de libros usa­dos donde a lo largo de los años he ido encon­tran­do autén­ti­cas mar­avil­las por cua­tro duros. Los domin­gos tam­bién he ido a ojear varias veces el mer­cadil­lo de arte, donde se expo­nen pin­turas y crea­ciones diver­sas de artis­tas holan­deses. Es, como digo ‚un rincón con un bul­li­cio bohemio con­stante que atra­pa sin reme­dio.

Más secre­tos de la cap­i­tal holan­desa: Begi­jn­hof. Dig­amos que es un mini­bar­rio res­i­den­cial enclava­do muy cerqui­ta de la plaza Spui (a veces es difí­cil dar con la entra­da de acce­so, si os liais, pre­gun­tad). Las casas datan nada menos que del 1346, imag­i­nad la sen­sación de que aquí el tiem­po se haya detenido por com­ple­to. Sólo lo puedes vis­i­tar has­ta las 17:00, a par­tir de esa hora sólo entran los res­i­dentes. En serio, no dejes de vis­i­tar esta pequeña vecin­dad de una cin­cuente­na de casas de cuen­to. Muchos vis­i­tantes a veces ni se per­catan de su exis­ten­cia.

Ya que nos hemos ido has­ta los antiquísi­mos cimien­tos tem­po­rales de Áms­ter­dam, déjame recomen­darte otro lugar que parece pasar desapercibido para los tur­is­tas, en ben­efi­cio del Museo de Van Gogh (del que hablaré igual­mente e imprescindible…pero no por ello excluyente de otros). Este es el Museo Históri­co de Áms­ter­dam, ubi­ca­do en un antiguo orfana­to (Kalver­straat 92). La entra­da cues­ta 10 euros y en mi opinión están muy bien amor­ti­za­dos. En él se reú­nen casi 80.000 obje­tos rel­a­tivos al desar­rol­lo históri­co de Áms­ter­dam y la parte que siem­pre me sigue sobreco­gien­do más es la rel­a­ti­va a la Segun­da Guer­ra Mundi­al. Holan­da fue uno de los país­es más cas­ti­ga­dos en Europa por las tropas nazis y bue­na prue­ba de ello es la sigu­iente visi­ta a donde vamos y uno de los lugares más tris­te­mente famosos de la ciu­dad: la Casa de Ana Frank.

Supon­go que habrás leí­do el libro ya que es un clási­co de la lit­er­atu­ra uni­ver­sal y uno de los relatos más escalofri­antes acer­ca de las per­se­cu­ciones que sufrieron los judíos en Europa. Y es tan escalofri­ante porque está con­ta­do a través de los ojos de una niña, asus­ta­da y aun así opti­mista has­ta el últi­mo momen­to, escon­di­da durante más de dos años con su famil­ia y otros cua­tro judíos entre estas pare­des, sin ver la luz del sol, sin sen­tir el aire fres­co, sin poder hac­er el más mín­i­mo rui­do. Has­ta que fueron delata­dos, envi­a­dos a un cam­po de con­cen­tración y el úni­co super­viviente fue Otto Frank, padre de Ana. El libro es ni más ni menos que el diario que Ana escribió durante su cau­tive­rio y que a día de hoy, después de la Bib­lia ‚es el libro más leí­do de la his­to­ria de la lit­er­atu­ra. Insis­to en que vis­i­tar la Casa de Ana Frank sin haber­lo leí­do es como ir con gafas de sol al Museo del Pra­do. Enten­derás muy poco del sufrim­ien­to que pade­ció esa famil­ia durante todos esos meses. Te advier­to que hay unas colas kilo­métri­c­as para entrar (entradas a 9 euros) y que la casa es pequeñísi­ma y sin un solo mue­ble. Pero es una visi­ta impre­scindible.

Mon­u­men­to a Ana Frank

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El lugar más vis­i­ta­do de toda Áms­ter­dam, sin embar­go, no es este sino el Museo Van Gogh, donde se expo­nen más de 200 obras del mal­o­gra­do artista. Si no empa­ti­zas con su pin­tu­ra, lo dis­fru­tarás poco; yo la ver­dad que soy muy fan de Van Gogh y siem­pre, vaya pocos o muchos días, encuen­tro un hue­co para darme una vuelta por allí. El pro­pio edi­fi­co ya es en sí de lo más orig­i­nal pero lo más impor­tante es que en sus entrañas se encuen­tran cuadros tan arrebata­dores como el famosísi­mo “Los Gira­soles”, “Autor­re­tra­to con som­brero de paja” o “Los come­dores de patatas”. La pin­tu­ra de Van Gogh es muy opre­si­va, la heren­cia de un hom­bre que pasó su vida ator­men­ta­do y abru­ma­do por el dolor, pese a que en su obra se difer­en­cian muy bien las difer­entes épocas de altiba­jos que dirigieron su vida.

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El otro gran pin­tor holandés, Rem­brandt, tam­bién es hom­e­na­jea­do por Áms­ter­dam a la altura que se merece. Estoy hablan­do de su casa, la Casa de Rem­brandt, donde podrás ver in situ su lugar de vivien­da y tra­ba­jo. Lo puedes com­bi­nar en una mis­ma mañana con la Casa de Ana Frank.

Hay otro pun­to impre­scindible en Áms­ter­dam, la Plaza Lei­d­se­plein, donde acabareis muchas tardes. Aquí y en sus alrede­dores se con­cen­tra toda la vida com­er­cial, cul­tur­al y de ocio. Bueno,no toda pero sí la más impor­tante. Ams­ter­dam, al igual que Lon­dres, París o Moscú, es una ciu­dad pun­tera en lo que a espec­tácu­los se refiere: ojea la agen­da cuan­do pas­es unos días allí y, aunque no entres, pasa a ver el Teatro Munic­i­pal. Luego están las tien­das de ropa, a cien­tos y con pre­cios per­fec­ta­mente equipara­bles a los españoles: cuan­do yo le con­ta­ba a la gente que aprovech­a­ba cualquier via­je a Holan­da, como los que van a las reba­jas de Nue­va York, para ren­o­var el armario, me toma­ban a bro­ma. En Áms­ter­dam la ropa es bien chu­la y bien bara­ta. Y el calza­do más. Aprovecha para hac­er aquí tus compras.Con más moti­vo si es Navi­dad, que es otra época en la que la ciu­dad se pone pre­ciosa, llena de adornos.Y eso que yo soy poco navideña pero he ido varias veces en esa época y Áms­ter­dam está relu­ciente.

En el cine (antes teatro) Tuschin­s­ki, uno de mis favoritos en Ams­ter­dam. Con­stru­i­do en 1921 en art decau,puedes entrar a echar un ojo aunque no vayas a ver ningu­na pelícu­la, los aco­modadores sue­len ser per­mi­sivos con los tur­is­tas-no clientes…

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Otra ref­er­en­cia curiosa que os voy a hac­er es que mucha gente no lo sabe y se pien­san que los moli­nos están todos en Holan­da en el cam­po, en esas praderas llanísi­mas. Pero no,en una ciu­dad como Áms­ter­dam, no hay uno ni dos sino nada menos que ocho moli­nos y uno has­ta se puede vis­i­tar por den­tro (el Sloten Wind­mill, allí has­ta se cel­e­bran bodas). Y en el Moli­no de Gooy­er inclu­so fun­ciona un taller de cerveza ‚la Brouw­er­ij ‘t IJ. Os dejo las direc­ciones de los ocho para el que le apetez­ca pasarse a ver­los.

- De Gooy­er: Funenkade 5 / — De Got­ter: Gillis Van Leden­ber­ch­straat 78 / — Sloten Wind­mill: Aker­sluis 10 / — De 1200 Roe: Haar­lem­mer­weg 701 / — De Bloem: Haar­lem­mer­weg 465 / — De 1100 Roe: Her­man Bom­pad 6 / Riek­er­molen: De Borcht 10 / — D’Admiraal : Noord­hol­land­schkanaaldijk 21

 

Zaanse Schans

 

Hablan­do de moli­nos, yo los que siem­pre recomien­do acer­carse a ver son los de Zaanse Schans.P uedes ir en tren des­de la Estación Cen­tral (el trayec­to es muy cor­ti­to, quince o veinte min­u­tos, coges el tren direc­ción Alk­maar y has de bajarte en la para­da Koog an de Zaan). En la propia estación verás que hay una máquina expende­do­ra de planos gra­tu­itos del pueblecito (más bien museo al aire libre), para que te ori­entes un poco. Zaanse Schans quizás peque de algo turís­ti­co pero tam­bién es com­pren­si­ble: son la ima­gen per­fec­ta que uno tiene del paisaje holandés antes de tomar un vue­lo hacia estas tier­ras. Y sí, los moli­nos siguen en activi­dad, puedes vis­i­tar­los por den­tro (pre­vio pago de tres euros) y con­sti­tuyen una de las vis­i­tas más entrañables que pue­da ofre­certe los País­es Bajos. Cer­ca de Rot­ter­dam tam­bién mere­cen mucho la pena los de Kinderdijk, casi más boni­tos que los de Zaanse, pero como mucha gente sólo va a Ams­ter­dam, los de Zaanse pil­lan más cer­ca. Por cierto,en Rot­ter­dam he esta­do tres o cua­tro veces pero no la voy a reseñar en este blog porque es una ciu­dad a la que, parado­ji­ca­mente, logro encon­trar pocos encan­tos.

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Gas­tronomía holan­desa

 

Entre tan­ta visi­ta vamos a ir tocan­do el tema de la gas­tronomía. Amantes de los que­sos habéis venido al país donde al que­so, por su cal­i­dad y cien­tos de ver­siones difer­entes, se le ado­ra has­ta la exten­uación. Escaparates donde el col­or amar­il­lo lo inun­da todo, como un Rey Sol, y holan­deses y tur­is­tas van car­ga­dos de que­sos de todo tipo. Yo aprove­cho siem­pre para traer­nos a casa un buen carga­men­to, hay muchos que no pueden con­seguirse en España.

Queso Holanda

La “otra” gas­tronomía holan­desa, la que va en un pla­to, para mi gus­to es bas­tante rácana y escue­ta pero hay algunos platos riquísi­mos que te ani­maría a pro­bar. Uno de ellos, quizás el más cono­ci­do, es el rijstaffel. Curiosa­mente, su ori­gen es indone­sio (Holan­da ocupó Indone­sia durante años) y lo cier­to es que su dis­posi­ción es pare­cidísi­ma a la que se usa en el país asiáti­co, con var­ios platos pequeños (como nues­tras tapas), ya que este pla­to holandés se sirve en cuen­cos pequeñi­tos. Suele con­si­s­tir en carne, ver­duras y arroz, todo ello mez­cla­do en las sal­sas que uno con­sidere, aunque algu­nas de las más pop­u­lares son las de plá­tano y leche de coco. Como veis, un pla­to bien exóti­co como rep­re­sen­tante de un país que se pasa medio invier­no neva­do. Los restos que dejan la col­o­nización por el mun­do.

Otro pla­to muy típi­co es el Stamp­pot, un pla­to bas­tante sen­cil­lo a base de puré de patatas, ver­duras y espe­cias (el holandés tira mucho de la pata­ta debido a lo duro de su cli­ma en cier­tas épocas del año). El Stamp­pot se puede preparar de un mon­tón de man­eras dis­tin­tas, com­bi­nan­do esos tres ingre­di­entes, ahí tam­bién entra en juego la imag­i­nación del cocinero. Al holandés le encan­tan las ver­duras (es muy famosa la sopa de guisantes) y tira mucho de ellas para bus­car com­bi­na­ciones en sus menús diar­ios. Para­le­la­mente a la comi­da local, que como digo es algo escasa en variación, siem­pre insis­to en que en mi opinión, no hay mejores restau­rantes asiáti­cos en Europa que los de Áms­ter­dam, espe­cial­mente japone­ses, indone­sios y tai­lan­deses. Patead sobre todo la zona del Bar­rio Rojo si os gus­ta la gas­tronomía de Asia. Bue­na, boni­ta y bara­ta.

Podría seguir hablan­do de mil y un rin­cones que tiene Áms­ter­dam pero si no, no sal­dríamos nun­ca a recor­rer el resto del país. Que aunque es muy recogidito,algo may­or que la región de Extremadu­ra, está has­ta arri­ba de pueb­los y ciu­dades intere­san­tísi­mos. Y con sig­los y sig­los de his­to­ria.

 

EXCURSIONES DESDE AMSTERDAM

 

Marken y Volen­dam

 

Para empezar, vamos a irnos a algunos lugares rel­a­ti­va­mente cer­canos a Áms­ter­dam que te per­miten hac­er la excur­sión en un día. Unos de los que más me gus­tan son Marken y Volen­dam. Hay trans­porte públi­co (se cogen los bus­es a la derecha de la Esta­cion Central,el 116) y como son pequeñi­tos, los puedes ver en unas horas tran­quil­a­mente. Tan­to a Volen­dam como a Marken los he dis­fru­ta­do tan­to en invier­no, cuan­do puedes andar sobre las aguas heladas (mirad las fotos que pub­li­co), como en ver­a­no, cuan­do ambos pueblecitos se lan­zan a un estal­li­do de col­or. En ambas épocas son pre­ciosísi­mos.

En Holan­da ¡cuan­do hiela, hiela! El mar semi­con­ge­la­do (en algu­nas zonas has­ta he podi­do andar tran­quila­nente sobre el hielo en varias oca­siones)

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Volen­dam es un pequeñi­to pueblo de pescadores de menos de 20.000 habi­tantes, con­stru­i­do en el siglo XIV en las oril­las del río Edam y que a día de hoy, aparte de la pesca, vive sobre todo del tur­is­mo. Y no es para menos, como os digo, el pueblo es una mar­avil­la. Casitas de madera de difer­entes col­ores, calles empe­dradas… Te recomien­do que para acer­carte de Volen­dam a Marken lo hagas en el bar­quito; tar­da poco más de cuar­to de hora y las vis­tas son muy boni­tas. En Marken lo más impre­sio­n­ante es ese puertecito minús­cu­lo rodea­do de casas de época.

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Hay otra excur­sión des­de Ams­ter­dam que puedes com­bi­nar con Volen­dam y Marken e inclu­so, si me apuras, hac­er­la en el mis­mo día: Edam. Los auto­bus­es tam­bién salen de la Estación Cen­tral (el 112,114 y 116, el trayec­to es de unos 40 min­u­tos y cues­ta 4 euros, está a unos 30 kilómet­ros de la cap­i­tal). Edam es cono­ci­da mundial­mente por su que­so y de hecho hay un cul­to extra­or­di­nario hacia éste en esta pequeña ciu­dad, has­ta el pun­to de que en el cen­tro puedes encon­trar la bal­an­za públi­ca que se lle­va uti­lizan­do para pesar que­sos gigan­tescos des­de el siglo XVIII. En ver­a­no todos los miér­coles se orga­ni­za un mer­cadil­lo que­sero en la plaza Kaas­markt pero si por lo que sea no te coin­cide ir ese día de la sem­ana, el resto siguen abier­tas dece­nas de que­serías, muchas de ellas ubi­cadas en edi­fi­cios de época real­mente pre­ciosos.

La ver­dad es que aunque Edam es pequeñi­to, es una mues­tra per­fec­ta de lo que supu­so en Holan­da la Edad de Oro. Pase­an­do por sus canales te toparás con las antiguas casas de té, que antigua­mente pertenecían a la nobleza y servían de lugar de des­can­so en las horas de más calor. Dichos canales he podi­do dis­fru­tar­los tan­to en invier­no como en ver­a­no. Y os ase­guro que neva­dos están igual de boni­tos o más. No puedes irte de aquí sin vis­i­tar la Grote Kerk, una igle­sia antiquísi­ma con unas vidri­eras de quitar el hipo ‚la boni­ta plaza Damplein, corazón de Edam y donde se encuen­tra el Ayun­tamien­to, el castil­lo (pat­ri­mo­nio de la UNESCO) o el fab­u­loso moli­no de 22 met­ros, que es uno de los grandes atrac­tivos de la ciu­dad.

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Más excur­siones impre­scindibles des­de la cap­i­tal: la de Keuken­hof (literalmente,el Jardín de la Coci­na). Es el par­que de tuli­panes más grande del mun­do (¿sabíais que es el lugar más fotografi­a­do de nue­stro plan­e­ta y una de las cin­co atrac­ciones turís­ti­cas más impor­tantes de Europa?) y, evi­den­te­mente, la época para vis­i­tar­lo es pri­mav­era, espe­cial­mente en el mes de Abril, aunque se encuen­tra abier­to entre el 21 de Mar­zo y el 20 de Mayo. Se encuen­tra en Lisse y hay varias agen­cias en Ams­ter­dam que ofre­cen vis­i­tas de un día pero yo te recomien­do que lo hagas por tu cuen­ta; pese a que no hay tren direc­to, puedes irte has­ta el aerop­uer­to de Schiphol y allí coger el auto­bús 58, que sale cada quince min­u­tos.Si vas des­de La Haya,has de coger el bus 89 (fun­ciona sólo de lunes a viernes y sale cada media hora). La entra­da para adul­tos puede pare­cer algo cara, 15 euros, pero en mi opinión merece muchísi­mo la pena: son más de quince kilómet­ros cuadra­dos con mil­lones de flo­res y más de 2.500 especies de árboles difer­entes y la posi­bil­i­dad de poder hac­er un paseo en bar­quito por los canales del par­que (eso no lo cubre la entra­da, son siete euros adicionales).Como os digo ¡un lugar ver­dadera­mente fasci­nante!

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La Haya

Nos vamos aho­ra a La Haya (La Hague en holandés,el Recin­to del Conde). Tam­bién puedes ir en el día des­de Ams­ter­dam, ya que está a sólo una hora de tren (pre­cio aprox­i­ma­do del bil­lete ida y vuelta, 20 euros). Se encuen­tra a 60 kilómet­ros de Ams­ter­dam y en real­i­dad es la cap­i­tal admin­is­tra­ti­va y donde se encuen­tran la may­or parte de las emba­jadas y edi­fi­cios ofi­ciales. El caso es que mucha gente se pien­sa, equiv­o­cada­mente, que La Haya es una especie de Cam­ber­ra a la euro­pea y nada más lejos de la real­i­dad. La Haya es una ciu­dad con un mon­tón de his­to­ria que bien merece una escapa­da, es más, yo te recomien­do que si puedes hac­er algu­na noche aquí, mejor que mejor. Para dormir os recomien­do el Jor­place Beach Hos­tel, yo me he queda­do un par de veces y aparte de salir muy bien de pre­cio, tienen aparcamien­to gra­tu­ito y se encuen­tra en el boni­to bar­rio de Schevenin­gen, muy cerqui­ta de la playa (esa que inmor­tal­izó Van Gogh en sus cuadros y que, aunque a muchos les cueste creer­lo, se pone has­ta arri­ba de tur­is­tas con som­bril­la todos los ver­a­nos).

Uno de los lugares más boni­tos de La Haya y que, sin embar­go, pasa desapercibido para muchos via­jeros, es el fan­tás­ti­co Jardín Japonés, con más de un siglo de his­to­ria. Se encuen­tra en el par­que de Clin­gen­dael (parece men­ti­ra que el par­que más boni­to de la ciu­dad fuera en sus ini­cios una gran­ja con parcela) y fue man­da­do con­stru­ir por la barone­sa Mar­garite Mary Van Brienen, quien via­jó en dos oca­siones a Japón a medi­a­dos del siglo XIX y se quedó tan encan­di­la­da con los jar­dines nipones que decidió con­stru­irse uno cer­ca de su propia casa. Es tal la frag­ili­dad de dicho espa­cio que sólo per­miten vis­i­tar­lo en fechas muy conc­re­tas: del 27 de Abril al 9 de Junio de 09:00 a 20:00 y del 14 al 27 de Octubre de 10:00 a 16:00. Si tienes la suerte de que te coin­ci­dan las fechas, hazme caso y no lo dejes pasar, es una autén­ti­ca mar­avil­la.

Más vis­i­tas: la del Pala­cio Huis Ten Bosch (“casa de madera”), una de las cua­tro res­i­den­cias de la famil­ia real holan­desa. Aunque des­gra­ci­ada­mente no está abier­to al públi­co por ser en real­i­dad una vivien­da pri­va­da, te recomien­do que des un paseo por los alrede­dores porque merece mucho la pena admi­rar­lo des­de fuera, sobre todo sabi­en­do los acon­tec­imien­tos históri­cos que guar­da en sus entrañas (aquí vivió el her­mano de Napoleon, Luis Bona­parte, y logró sobre­vivir a la invasión de los nazis, que pre­tendieron demol­er­lo aunque afor­tu­nada­mente después cam­biaron de idea).

El otro gran pala­cio de La Haya y no a mucha dis­tan­cia de Huis Ten Bosch es Noordeinde, tam­bién cono­ci­do como Het Houde Hof. Nació de las cenizas de una antigua gran­ja medieval y durante var­ios sig­los ha sido res­i­den­cia y lugar de tra­ba­jo de la dinastía real holan­desa, los Orange. Tam­poco está abier­to al públi­co por razones de seguri­dad pero sí que puedes acced­er al jardín, cuya entra­da es gra­tui­ta y donde se hal­lan los estab­los y las cabal­ler­izas reales.

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Quizás el lugar más boni­to para pasear de toda La Haya sea Bin­nen­hof o lo que es lo mis­mo: el cen­tro neurál­gi­co a niv­el políti­co de toda Holan­da. Es un enorme com­ple­jo de edi­fi­cios guber­na­men­tales que des­de el siglo XV han servi­do de sede al par­la­men­to holandés, el Stat­en Gen­er­aal. En la Toren­je Het (“la tor­recil­la”) se encuen­tra des­de 1982 la res­i­den­cia ofi­cial del primer min­istro holandés de turno. Esta zona es ide­al para pasear si hace buen tiem­po, ya que está pla­ga­da de zonas verdes, y hay un boni­to lago ‚el Hofvi­jver, que fue pre­cisa­mente el lugar alrede­dor del cual se empezaron a lev­an­tar estas edi­fi­ca­ciones guber­na­men­tales a mitad del siglo XV. Por cier­to, para los amantes de la pin­tu­ra, no perdáis la opor­tu­nidad de vis­i­tar aquí el Mau­rit­shuis, la Galería Real de Pin­turas, donde se guardan los famosísi­mos “La joven de la per­la” de Johannes Ver­meer y “Lec­ción de Anatomía” de Nico­laes Tulp.

Delft

Una ciu­dad que se encuen­tra casi pega­da a Ams­ter­dam, a sólo una hora de tren, es la mar­avil­losa Delft. Es otra de las excur­siones que recomien­do hac­er si tienes algún día libre porque, hon­es­ta­mente, su cas­co medieval es insu­per­a­ble. Todo gira en torno a Mark en una urbe antiquisi­ma, con más de un mile­nio de exis­ten­cia, donde aún se con­ser­va como reclamo turís­ti­co el edi­fi­cio de las bás­cu­las públi­cas, que dejaron de oper­ar en 1960 y hoy en día fun­cio­nan como teatro.

Lo cier­to es que Delft ha sabido con­ser­var intac­tos var­ios de sus mon­u­men­tos más emblemáti­cos: la oost­poort,úni­ca puer­ta de acce­so que que­da en pie del medie­vo, la Igle­sia Vie­ja ded­i­ca­da a San Hipól­i­to (la más antigua de la ciu­dad), el Vis­bak­en (el Mer­ca­do de Pesca­do) y el Viee­shal (el Mer­ca­do de Carne) o la Niewue Kerk, una pre­ciosi­dad de igle­sia de más de cien met­ros de altura. Puedes ter­mi­nar la jor­na­da pase­an­do al atarde­cer por el Oude Delft, el canal más impor­tante de Delft y esce­nario tam­bién de su calle más con­cur­ri­da.

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Utrecht

Utrecht, que es de la próx­i­ma ciu­dad que voy a hablaros, tiene un mon­tón de lugares atrac­tivos para el via­jero pero en mi opinión ninguno que supere al Castil­lo Haar, para mi gus­to uno de los más boni­tos del mun­do. Es el más grande toda Holan­da y responde a ese castil­lo medieval neogóti­co con el que todos soñamos des­de niños: tor­res altísi­mas, fos­os, puentes levadi­zos… es pre­cioso, de ver­dad. La entra­da cues­ta 8 euros (no se puede ver al com­ple­to ya que sus propi­etar­ios actuales res­i­den allí algu­nas épocas del año). Puedes lle­gar aquí des­de Utrecht (en tren has­ta Vleuten y allí el bus 127).

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En cuan­to a Utrecht, para mí lo más reseñable son sus gigan­tescas for­t­alezas defen­si­vas, que tienen casi 90 kilómet­ros de perímetro. El más impor­tante de todos estos fuertes es el Fort Bilt, donde en la Segun­da Guer­ra Mundi­al murieron eje­cu­tadas 140 per­sonas. Otros,como el Fort aan de Klop, hoy en día sir­ven de refu­gio para restau­rantes, para que veáis la de usos tan diver­sos que se les ha dado históri­ca­mente.

Utrecht tam­bién es cono­ci­da por la Torre Dom, la más alta de Holan­da con 112 met­ros (se la conoce como el Faro Holandés), si quieres subir has­ta arri­ba (que lo puedes hac­er) son casi 500 escalones. Pega­di­ta se encuen­tra la impre­sio­n­ante cat­e­dral góti­ca y la Uni­ver­si­dad. Utrecht, efec­ti­va­mente, es una ciu­dad uni­ver­si­taria pero muy tran­quila por las noches, nada que ver con el bul­li­cio de Ams­ter­dam (aquí parece que los estu­di­antes se acues­tan pron­to). La ciu­dad más vie­ja de los País­es Bajos, no obstante, ofrece a cam­bio una tran­quil­i­dad muy made in Hol­land, con canales, boni­tas calles peatonales, puentecitos y pequeños par­ques, los mer­ca­dos de flo­res, por no hablar de su cen­tro históri­co, tan cuco y recogidito…Vamos, que es una pena que Utrecht sea cono­ci­da porque se fir­mó aquí un trata­do hace un cer­ro de años y no por las pre­ciosas calle­jue­las que aún con­ser­va.

 

Algu­nas sug­eren­cias más

 

Como os comenta­ba, son tan­tas las veces que he recor­ri­do este pequeño país de arri­ba a aba­jo que esta entra­da de blog podría ser infini­ta. Por ello, creo que la mejor for­ma de acabar­lo es recomen­daros ya a modo de resumen final algunos de los lugares de la geografía holan­desa que a mí más me gus­taron.

GRONINGEN: Una de las ciu­dades posee­do­ras de la fusión abso­lu­ta entre arqui­tec­tura de época y arqui­tec­tura mod­ernista. Con una de las plazas más ani­madas de todo el país, la Grote Markt.

Groningen

HAARLEM:Muy cerqui­ta de Ams­ter­dam y la que dió el nom­bre al céle­bre bar­rio neoy­orki­no, ya que muchos inmi­grantes holan­deses fueron los fun­dadores. Es muy pequeñi­ta (pero siem­pre llena de vis­i­tantes, es pre­ciosa), con sus curiosos hof­jes (asi­los vis­ita­bles los fines de sem­ana), las ani­madas calles peatonales y la posi­bil­i­dad de acer­carte des­de aquí a Overdeen, un curioso pueblecito enclava­do en ple­na nat­u­raleza y lugar de retiro de muchos holan­deses.

ZONA DE ZEELAND: Sí, Holan­da tiene playas y además bien boni­tas (y bien limpias). Este área del sur del país posee un intere­sante pasa­do vikingo y ofrece unas con­struc­ciones de diques úni­cas en el mun­do (recor­dad que Holan­da con­tin­u­a­mente le está gana­do ter­reno al mar). A mí uno de los pueb­los que más me gus­ta en esta región es Veere, con un puer­to marí­ti­mo encan­ta­dor.

LEIDEN: Como una pequeña Ams­ter­dam. Sur­ca­da por dece­nas de canales, es el hog­ar natal de Rem­brandt (aún se con­ser­va la escuela donde pasó sus años de infan­cia y su estu­dio de pin­tu­ra).

MUIDEN: Más que la ciu­dad, intere­sa su castil­lo, el Muider­slot. Se puede hac­er per­fec­ta­mente la excur­sión des­de Ams­ter­dam en una mañana.

VALKENBURG AAN DE GEUL: En mi opinión, donde encon­trarás el mer­ca­do navideño más boni­to de todo el país. Un mer­cadil­lo sub­ter­ra­neo, toda una expe­ri­en­cia. Es recomend­able que aprovech­es la visi­ta para acer­carte a ver las ruinas del antiguo castil­lo.

GIETHOORN: Pro­hibido cir­cu­lar en sus calles y con más de 150 puentes. El pueblo con más encan­to de todo el país de los tuli­panes.

Giethoorn


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4 Comments

  1. Mar

    at

    Pocas veces he leí­do un artícu­lo tan com­ple­to sobre Holan­da, ¡muchas gra­cias! Me apun­to var­ios sitios que no conocía para la próx­i­ma vez que vayamos por allí 🙂

  2. Gra­cias Mar! La ver­dad es que Holan­da es un país fasci­nante pese a lo pequeño que es y ha sabido con­ser­var impeca­ble­mente su pat­ri­mo­nio. ¡Espero que volváis pron­to!

  3. Anónimo

    at

    joder, Mari­bel que mar­avil­la de artic­u­lo. Tu blog se ha con­ver­tido en mi guía de cabecera cada vez que via­jo. Un beso enorme

  4. Mil y un Viajes por el Mundo

    at

    Muchísi­mas gra­cias, me ale­gro que te sir­va! Un abra­zo!

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