Viaje a Lisboa, Sintra, Cascais y Estoril

Dicen que en Europa,no hay luz como la lisboeta,quizás porque Por­tu­gal lle­va toda su his­to­ria miran­do anhelante al inmen­so oceano Atlán­ti­co. Lo cier­to es que con luz y sin ella,tanto de noche como de día, la cap­i­tal veci­na a día de hoy sigue erigién­dose como una de las ciu­dades más boni­tas del mun­do, con­ge­nian­do en un tier­no abra­zo su antigüedad latente en bar­rios como Alfama con la mod­ernidad que se res­pi­ra en todos los restos que quedan de la Expo Uni­ver­sal del ’98, recuer­do de la bonan­za económi­ca de la que gozó Por­tu­gal hace sólo una déca­da (y es que en Por­tu­gal tam­bién se mueve mucho dinero, pese a que la may­or parte de sus habi­tantes deban sobre­vivir con suel­dos que ron­dan los 400 euros). Hoy, como España, como Irlan­da, como Gre­cia, Lusi­ta­nia se retuerce bajo las pre­siones económi­cas euro­peas, que están ahogan­do a una población hos­pi­ta­lar­ia como pocas. Y aunque Por­tu­gal evi­den­te­mente no volverá a ser nun­ca el chol­lo a donde miles de españoli­tos iban a com­prar toal­las, es cier­to que la cri­sis que des­gra­ci­ada­mente lo azo­ta vuelve a colo­car al país como un des­ti­no turís­ti­co de lo más asequible,sobre todo si lo com­paras con los pre­cios que se gas­tan en otros lugares de Europa. Con lo que te gas­tas en Escan­di­navia en dos días, en Por­tu­gal estás una sem­ana y además de estar más cer­ca, en mi opinión, que conoz­co bas­tante bien un sitio y otro, nue­stro veci­no lusi­tano gana por golea­da a la hora de atrac­tivos históri­cos. Así que si aún eres de los pocos españoles que nun­ca ha pisa­do Lisboa,pese a que te pille más a mano que inclu­so muchas ciu­dades españolas…ahora es el momen­to…!!;)

Si vienes en coche, lo más prob­a­ble es que accedas a la ciu­dad por el puente 25 de Abril, que tan­to te recor­dará al míti­co Gold­en Gate de San Fran­cis­co. En su día se llam­a­ba Puente Salazar, ya que fue el antiguo dic­ta­dor quien ordenó su con­struc­ción, pero cam­bió su nom­bre por el 25 de Abril de 1974, que fue el día que la democ­ra­cia por fin retornó a Por­tu­gal. Aunque el otro gran puente de la ciu­dad, el Vas­co de Gama, tiene 17 kilómet­ros de lon­gi­tud pese a los esca­sos dos de éste, lo cier­to es que el 25 de Abril sigue sien­do el más boni­to de la ciu­dad. Fijaos qué ima­gen pude tomar des­de el coche mien­tras lo atrav­es­ábamos…

Puente 25 de Abril Lisboa

Aho­ra mis­mo, vis­tos los pre­cios abu­sivos de la gasoli­na y lo que en aña­didu­ra te cla­van los pea­jes por­tugue­ses (que siem­pre me han pare­ci­do total­mente despro­por­ciona­dos para el niv­el de vida del por­tugués medio), la opción más bara­ta, cómo­da y ráp­i­da es el avión. Si rebus­cas entre las múlti­ples ofer­tas que ofre­cen com­pañías como Easy­jet, Vuel­ing, Iberia o la propia Tap Air Por­tu­gal, puedes volar sin prob­le­mas por unos 50 euros ida y vuelta (vamos, que casi te gas­tas más yen­do una noche al cine y com­pran­do un par de bol­sas de palomi­tas). Si optas por la opción del avión, lo mejor es que cuan­do ater­rices te hagas en cualquier quiosco del aerop­uer­to con la Tar­je­ta Siete Col­i­nas, que vale sólo 50 cén­ti­mos, y la recar­gues en dichos quioscos (o, para el metro, en las esta­ciones) y así te van descon­tan­do los bil­letes que vayas uti­lizan­do (subir a tranvías,autobuses y ele­vadores cues­ta 1,05 euros).

Des­de el aerop­uer­to, podéis lle­gar al cen­tro de la ciu­dad en el Aer­obus (horario des­de 07:45 a 20:30), en las cin­co líneas de bus­es locales que pasan por aquí (1,40 euros) o en taxi (pre­cio aprox­i­ma­do 15 euros, puedes com­prar el abono prepa­go en el mis­mo aerop­uer­to y así sabes la can­ti­dad exac­ta). Tam­bién hay var­ios bus­es que salen des­de Madrid (pre­cio ida y vuelta unos 50 euros, siete horas de trayec­to) o la opción del tren, algo más cara (120 euros ida y vuelta y 10 horas de via­je, des­de Madrid sale un tren noc­turno diari­a­mente). Yo la ver­dad que cuan­do he esta­do en Lis­boa me he movi­do en coche pero tam­bién es cier­to que ulti­ma­mente se están subi­en­do mucho a la par­ra con lo de aparcar en la calle y el trá­fi­co en Lis­boa es infer­nal (la fama de mal­os con­duc­tores de los por­tugue­ses, sien­to recono­cer­lo, es una ver­dad como un tem­p­lo), aparte de que es una ciu­dad que se puede recor­rer bas­tante bien en trans­porte públi­co.

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Con el tema del alo­jamien­to, la suerte es que Lis­boa ofrece un mon­tón de hote­les y hostales muy económi­cos en zonas bas­tante cén­tri­c­as, sobre todo por Mar­qués de Pom­bal. Así que si quieres ir en plan barati­to, ya sabes, bus­ca alber­gues o bed&breakfast, que los hay a por­ril­lo. No obstante, yo voy a recomen­daros un hotel en el que estu­vi­mos una vez (aho­ra han subido un poco los pre­cios, vale unos 70 euros la noche en vez de los 50 que pag­amos nosotros) pero con el que quedamos con­tentísi­mos, ya que en real­i­dad era un aparta­men­to enor­mísi­mo pero con los lujos de un hotel de cua­tro estrel­las (y sí, situ­a­do pre­cisa­mente en Mar­qués de Pom­bal, por lo que todo se pil­la muy a mano). Se lla­ma Clar­i­on Suites Lis­bon y es uno de los alo­jamien­tos más agrad­ables de los que he esta­do en las incon­ta­bles veces que me he acer­ca­do a nue­stro país veci­no.

En cuan­to a la época elegi­da para vis­i­tar Lis­boa, yo siem­pre recomien­do pri­mav­era y otoño; en invier­no la sen­sación de frío se incre­men­ta por la sen­sación de humedad y en ver­a­no ocurre lo mis­mo con el calor, aparte de que te vas a encon­trar Lis­boa llenísi­ma de tur­is­tas. Por cier­to, si decides ani­marte en Sem­ana Santa,recuerda que allí Jueves San­to no es fes­ti­vo y las tar­i­fas de hotel para esa noche aún siguen sien­do bas­tante económi­cas.

Lo que es el gran Lis­boa alber­ga a más de dos mil­lones de per­sonas pero lo que es la ciu­dad en sí ron­da los 600.000, por lo que es una ciu­dad no exce­si­va­mente grande (aún así, ha cre­ci­do muchísi­mo en los últi­mos años) y la may­or parte de las áreas se pueden recor­rer a pie per­fec­ta­mente.

Hacien­do un poco de his­to­ria, fue fun­da­da por los feni­cios bajo el nom­bre de Ulis­sipo, ha sido inva­di­da por grie­gos, cartagi­ne­ses y musul­manes, y durante var­ios sig­los fue el cen­tro neurál­gi­co de un país que rival­iz­a­ba en poder con Inglater­ra, Fran­cia y España y que extendió su impe­rio por todo el mun­do. Inclu­so en muchos lugares de Asia como Ker­ala en la India aún se mantienen las tradi­ciones por­tugue­sas que allí imper­aron durante tan­tos años. Sin embar­go ‚hoy en día,Portugal ha per­di­do su esplen­dor económi­co, con­vir­tién­dose en uno de los país­es más pobres y cas­ti­ga­dos de Europa. Quizás por ello, por la ama­bil­i­dad de sus gentes y por saber lo mal que lo están pasan­do, una ha tenido tan­ta debil­i­dad por el país de al lado y lle­va años escapán­dose allí siem­pre que puede. Porque hay pocos país­es en el mun­do donde me deje el dinero con más plac­er que en Por­tu­gal.

Vamos a empezar a dividir a Lis­boa por bar­rios, ya que si vas con unos cuan­tos días de mar­gen, es recomend­able que te dediques a cada uno de ellos con tran­quil­i­dad y pacien­cia, pues son muchos los secre­tos que se escon­den tras sus esquinas. No me que­da otra que comen­zar con el bar­rio más encan­ta­dor de Lis­boa, y además el más antiguo, el bar­rio de Alfama. Es aquí donde mejor uno se empa­pa de esa melan­colía por­tugue­sa que tan bien expre­san los fados y que siem­pre me recuer­da tan­tísi­mo a La Habana, por ese aire de deca­den­cia y ruinosi­dad que inun­da sus calles, con las pare­des descon­chadas y las casonas cayén­dose de puro vie­jas. Pero tal vez sea ese pre­cisa­mente su encan­to, el percibir que pese a la pobreza que hay en esta zona, aún se inten­ta con­ser­var la dig­nidad de la que hicieron gala antaño.

Antigua­mente, Alfama se dividía en dos partes clara­mente difer­en­ci­adas, Alfama do Alto (donde vivían las clases aris­tocráti­cas, situ­a­da den­tro de la Cer­ca Moura) y Alfama do Mar, donde se agol­pa­ban las famil­ias más pobres. Fue éste has­ta hace muy poco un bar­rio de pescadores, con sus vis­tas siem­pre pues­tas en la impre­sio­n­ante desem­bo­cadu­ra del río Tajo (Tejo para los por­tugue­ses), respon­s­ables de la con­struc­ción de la Ermi­ta de los Reme­dios, pero aquí ha vivi­do gente de todo tipo y de todas las condi­ciones sociales: uni­ver­si­tar­ios, judíos (aún se con­ser­va la Rua da Judi­aria), cris­tianos y musul­manes, y fue par­cial­mente destru­i­do por el gran ter­re­mo­to de 1755, que causó la muerte de casi cien mil per­sonas (de las 275.000 que vivían entonces en la cap­i­tal). Lis­boa es una ciu­dad que ya había sufri­do otro grave seís­mo en 1531 pero al menos en este caso, la recon­struc­ción de Alfama fue respetu­osa con el traza­do orig­i­nal y se man­tu­vieron los laber­in­tos de calle­jones, man­tenién­dose de este modo actual­mente.

En los años 80, Alfama sufrió un aumen­to con­sid­er­able de los índices de delin­cuen­cia pero hoy en día, gra­cias a los esfuer­zos del ayun­tamien­to, que sabe que éste es uno de los pun­tos de Lis­boa más vis­i­ta­dos por los extran­jeros, el bar­rio ha recu­per­a­do su grandeza de hace sig­los. A mí, sin lugar a dudas, es el sitio que más me gus­ta de Lis­boa y es un autén­ti­co plac­er pasear por sus calles empe­dradas con las ven­tanas ati­bor­radas de ropa ten­di­da (prác­ti­ca que el gob­ier­no pre­tendió erradicar porque con­sid­er­an que no da “bue­na ima­gen” para el tur­is­mo pero sus esfuer­zos de poco sir­ven, esta cos­tum­bre está muy arraiga­da en las famil­ias por­tugue­sas).

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Cen­trán­donos en lo más impor­tante que puedes encon­trar en Alfama, aquí se lev­an­ta impo­nente la cat­e­dral, la Sé de Lis­boa (San­ta Maria Maior de Lis­boa). Su con­struc­ción data del 1147 pero fue una de las grandes per­ju­di­cadas por el ter­re­mo­to, destruyó la capil­la góti­ca y el pan­teón real. En las últi­mas excava­ciones se han encon­tra­do un mon­tón de restos romanos y medievales. Esta igle­sia es la más antigua e impor­tante de la ciu­dad, un ref­er­ente abso­lu­to para los lisboetas,y aunque la entra­da es gra­tui­ta, si quieres ver el claus­tro o el Tesoro has de pagar una entra­da de dos euros y medio. Se puede vis­i­tar de nueve de la mañana a siete de la tarde.

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El Caste­lo de São Jorge (Castil­lo de San Jorge) es el otro gran orgul­lo de Alfama. Con una exten­sión de más de 6000 met­ros cuadra­dos, el castil­lo, que primero fue visigo­do, luego musul­mán y pos­te­ri­or­mente cris­tiano, aún con­ser­va, pese a los ter­re­mo­tos, muchos de los edi­fi­cios orig­i­nales y lo mejor de todo, ofrece unas vis­tas de Lis­boa fran­ca­mente espec­tac­u­lares al encon­trarse situ­a­do en lo alto de una col­i­na (des­de esta zona se con­siguen las mejores panorámi­cas, sobre todo des­de el Mirador de San Jorge y el Mirador de San­ta Luzia). Fue pala­cio real has­ta el siglo XVI y te recomien­do que gastes bue­na parte de la mañana allí ya que el recin­to da bas­tante de sí y hay un museo bas­tante intere­sante. La entra­da cues­ta 7 euros y es vis­itable de 09:00 a 18:00.

En Alfama tam­bién es acon­se­jable que te acerques has­ta el Pan­teao Nacional, en la freguesía de San Vicente de Fora, en la igle­sia de San­ta Engra­cia.Entre pitos y flau­tas, tar­daron en ter­mi­nar de con­stru­ir­lo la friol­era de casi tres sig­los pero actual­mente luce esplen­doroso y es una de las imá­genes más cono­ci­das de la ciu­dad. Aquí, entre escritores y antigu­os pres­i­dentes, des­cansan los restos de una de las per­sonas más amadas en Por­tu­gal, la mejor fadista de toda la His­to­ria: Amalia Rodrigues. La casa en la que vivía Amália, en la Rua São Ben­to número 193, situ­a­da jun­to a la Asam­blea de la Repúbli­ca Por­tugue­sa, se abrió como «Casa Museo de Amália Rodrigues» en el mes de agos­to de 2001 para preser­var su lega­do artís­ti­co y su figu­ra.

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Cuan­do aban­dones Alfama, no olvides pasar por la Casa dos Bicos en la Rua dos Bacal­hoeiros. El palacete, del 1523, es uno de los más boni­tos de Lis­boa y su curiosa facha­da está revesti­da de piedra esculp­i­da en for­ma de “picos” que imi­tan pun­tas de dia­mantes, un esti­lo de moda por aque­l­los tiem­pos en la Europa Mediter­ránea. En la actu­al­i­dad se uti­liza como sede de exposi­ciones.

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Des­de Alfama podemos ir tran­quil­a­mente andan­do (bueno, andan­do… recuer­da que Lis­boa es una ciu­dad cas­ti­ga­da por las cues­tas emp­inadas) has­ta el bar­rio más cén­tri­co y seño­r­i­al, la Baixa (la parte Baja). Hoy en día es el cen­tro com­er­cial y financiero de Lis­boa y es la exten­sión nat­ur­al que provocó el crec­imien­to nat­ur­al de la ciu­dad cuan­do las casas que se situ­a­ban en la col­i­na de San Jorge comen­zaron a exten­der­se. Esta zona tam­bién se vio seri­amente afec­ta­da por el ter­re­mo­to y su recon­struc­ción cor­rió a car­go del Mar­qués de Pom­bal, por lo que los por­tugue­ses lo denom­i­nan car­iñosa­mente Baixa Pom­bali­na. Pom­bal man­tu­vo, afor­tu­nada­mente, los nom­bres de las calles antiguas, divi­di­das por gremios: Rua da Pra­ta (calle de los plateros), Rua Aurea (calle de los orfebres) o Rua dos Sap­ateiros.

El bar­rio se dis­tribuye en avenidas per­fec­ta­mente cuadric­u­ladas y está reple­to de plazas con estat­uas de antigu­os reyes por­tugue­ses. La más impor­tante de todas es la magis­tral Praça do Com­er­cio (tam­bién se la conoce como Ter­reiro do Paco) , que era la puer­ta de entra­da des­de el río, y es una de las plazas más grandes de toda Europa. En su cen­tro se encuen­tra la estat­ua ecuestre de Jose I, que sim­bóli­ca­mente aplas­ta­ba ser­pi­entes con su cabal­lo, y desta­ca tam­bién el fab­u­loso Arco Tri­un­fal que te lle­va a la aveni­da más con­cur­ri­da de la cap­i­tal, la Rua Augus­ta. Aquí se han vivi­do impor­tan­tísi­mos momen­tos históri­cos como el aten­ta­do que acabó con la vida del rey Car­los y su hijo Luis Felipe o el lev­an­tamien­to de las fuerzas armadas en 1974, en lo que pasó a cono­cerse como la Rev­olu­ción de los Clave­les. No olvides vis­i­tar en su esquina nordeste el café más antiguo de toda Lis­boa, el Mar­t­in­ho da Arca­da.

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Y ya que hemos lle­ga­do a Rua Augus­ta, vámonos a una de las atrac­ciones más curiosas y orig­i­nales de Lis­boa: el Ele­vador de San­ta Jus­ta.nEs el úni­co ele­vador ver­ti­cal de la ciu­dad (lo demás son más bien funic­u­lares, como el Ele­vador da Glo­ria y el Ele­vador da Lavra, del mis­mo arqui­tec­to que éste, Raoul Nes­nierd du Pon­ssard, un alum­no de Gus­tave Eif­fel). La torre, de esti­lo neogóti­co, fue con­stru­i­da entre los años 1900 y 1902, entera­mente en hier­ro cola­do y dec­o­ra­da con fil­igranas que siguen dis­eños difer­entes en cada uno de los nive­les. Por aque­l­los tiem­pos fun­ciona­ba a vapor, sien­do adap­ta­da más tarde para uti­lizar energía eléc­tri­ca. En su inte­ri­or fueron insta­l­adas dos ele­gantes cab­i­nas for­radas en madera con capaci­dad para 24 per­sonas cada una, que per­miten el ascen­so y descen­so de los tur­is­tas. Sube has­ta la Plaza do Car­mo y es una autén­ti­ca deli­cia uti­lizar­lo. Una vez arri­ba se puede optar por cruzar la pasarela que lle­va direc­to al Chi­a­do o bien remon­tar una escalera de cara­col (no recomen­da­da para quienes temen a las alturas) para subir has­ta la cafetería insta­l­a­da en lo alto, des­de cuya ter­raza se pueden apre­ciar esplén­di­das vis­tas del Castil­lo de San Jorge.

Lleg­amos a la siem­pre vibrante Plaza Rossio (lla­ma­da ofi­cial­mente Praça de Dom Pedro IV, aunque se la conoce más comun­mente por el nom­bre de sus orí­genes medievales). Aunque cueste creer­lo, en épocas de la Inquisi­ción se real­iz­a­ban aquí las eje­cu­ciones (igual que en la Plaza de Com­er­cio) y no sólo eso, has­ta llegó a ser usada…¡como una plaza de toros!! De todos los edi­fi­cios orig­i­nales que aquí se alz­a­ban (Pala­cio de Estaus, Hos­pi­tal Real de Todos los San­tos, Pala­cio de Alma­da) sólo sobre­vivió al terremoto/tsunami este últi­mo pero aún así la plaza con­ser­va un mon­tón de mosaicos del siglo XIX y sigue sien­do pun­to de reunión para los lis­boetas en cualquier cel­e­bración pop­u­lar. A sólo unos pasos se encuen­tra otra plaza emblemáti­ca, la de Figueira (Plaza de la Higuera), que durante muchísi­mos años acogió un ani­ma­do mer­ca­do de comi­da al aire libre y actual­mente es la mora­da de miles de palo­mas. En su cara norte se encuen­tra el impo­nente Teatro Nacional Doña María II.

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Muy cerqui­ta se encuen­tra otro de los grandes edi­fi­cios mon­u­men­tales por­tugue­ses, la estación de Rossio. La estación de trenes, de esti­lo neo­manueli­no, es de Luis Mon­teiro pero Gus­tave Eif­fel fue el que ideó los techos inte­ri­ores; des­de aquí salen los trenes hacia Sin­tra, asi que no sólo podrás admirarla,sino tam­bién sacar­la su prove­cho prác­ti­co. A cin­co min­u­tos andan­do se encuen­tra la Plaza de los Restau­radores, que es donde pre­cisa­mente nace la Aveni­da da Liber­dade, una sen­cil­la plaza rec­tan­gu­lar cuyo orgul­lo es el gran obelis­co cen­tral que con­mem­o­ra la inde­pen­den­cia de Por­tu­gal frente a España en 1640. En el Pala­cio Foz, un palacete con inte­ri­ores rica­mente dec­o­ra­dos, encon­trarás la Ofic­i­na de Tur­is­mo. Ya que estás aquí, te ani­mo a que comas en Casa do Alen­te­jo, donde se pueden degus­tar los platos tradi­cionales de la provin­cia más grande de Por­tu­gal, además de dis­fru­tar de dan­zas y can­tos típi­cos los fines de sem­ana.

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Esta­mos ya en la Aveni­da da Liber­dade, una ani­madísi­ma aveni­da que antigua­mente era el esce­nario de los paseos de la aris­toc­ra­cia (inclu­so había muros y rejas para que sólo los ricos pudier­an cam­i­nar por aquí) y que en la actu­al­i­dad es una de las calles con más vida de Lis­boa. Se dice de ella que rep­re­sen­ta para Lis­boa lo que los Cam­pos Elíseos a París y es un boule­vard ele­gan­tísi­mo, pla­ga­do de árboles y de palacetes seño­ri­ales, muchos de ellos con­ver­tidos aho­ra en hote­les de lujo que con­viv­en mano a mano con las tien­das de las grandes fir­mas de ropa. Nosotros a la caí­da de la tarde siem­pre gustábamos de darnos un paseí­to por esta fab­u­losa aveni­da de casi un cen­te­nar de met­ros de anchu­ra.

Es el turno aho­ra de meter­nos a calle­jear por el Chi­a­do en el Bar­rio Alto. Puedes lle­gar has­ta aquí con el ele­vador de San­ta Jus­ta, uti­lizan­do los tran­vías o esca­lan­do con pacien­cia las incli­nadísi­mas cues­tas pero su visi­ta es indis­pens­able. Este es uno de los bar­rios lis­boetas más pin­torescos, pese a estar en pleno cen­tro con­ser­va aún su ambi­ente famil­iar y campechano, como si aún viviéramos en un pequeño pueblo. Si optas por subir en el ele­vador, te toparás de frente con las ruinas del antiguo Con­ven­to do Car­mo. Durante el ter­re­mo­to el techo se desplomó sobre los fieles que ati­borra­ban el templo,se incendió una bib­liote­ca con más de cin­co mil volúmenes y por recomen­dación de la Aso­ciación de Arqueól­o­gos Por­tugue­ses, se ha deci­di­do man­ten­er las ruinas sin remod­e­lar­las como recorda­to­rio del desas­tre nat­ur­al que casi se tragó por com­ple­to a nues­tra queri­da Lis­boa.

En cuan­to al Chi­a­do, no se sabe con exac­ti­tud el ori­gen de su nom­bre aunque se cree que proviene del rui­do que hacían las ruedas de los car­ru­a­jes cuan­do chirri­a­ban al subir las cues­tas (chiar) y otros sostienen que en real­i­dad lo tomó del apo­do del poeta Anto­nio Ribeiro ‘O Chi­a­do’ .En cualquier caso, una estat­ua hom­e­na­jea al poeta en Largo do Chi­a­do, sen­ta­do en un ban­co y con la mano lev­an­ta­da en acti­tud de relatar un cuen­to.

El Chi­a­do fue siem­pre muy fre­cuen­ta­do por los int­elec­tuales y eso se percibe inmedi­ata­mente. Frente a la estat­ua de Ribeiro, en el otro extremo de la calle la Praça Luis de Camoes recuer­da al gran escritor. La Rua Gar­rett fue lla­ma­da así en hon­or al poeta João Almei­da Gar­rett. En esta calle se encuen­tran antigu­os cafés de prin­ci­p­ios del siglo XX, como el Café A Brasileira, en cuya ter­raza hay una estat­ua del gran poeta Fer­nan­do Pes­soa sen­ta­do en una mesa (sen­tarse jun­to a él para una foto es un clási­co entre los tur­is­tas). El escritor Eça de Queiroz tam­bién tiene su reconocimien­to en la Rua do Ale­crim, de pie jun­to a una musa casi sin ropas que parece inspi­rar­lo.

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El Chi­a­do prob­a­ble­mente sea el “bar­rio de las artes” por exce­len­cia y es aquí donde se encuen­tra el Teatro Nacional San Car­los, ded­i­ca­do a las rep­re­senta­ciones de ópera (jus­to enfrente tienes la casa donde nació Pes­soa en 1888). En la mis­ma calle se ubi­ca el Museo del Chi­a­do (antes Museo de Arte Con­tem­po­ra­neo) y el Teatro Munic­i­pal San Luis, que ha recu­per­a­do el boa­to de antaño tras décadas de aban­dono. Las calles del Chi­a­do son muy pin­torescas, bor­deadas de casas col­ori­das y edi­fi­cios que rezu­man his­to­ria. Es el caso de la antigua cerve­cería Trindade, hoy un pres­ti­gioso restau­rante cuyo inte­ri­or está cubier­to por bel­lísi­mos pan­e­les de azule­jos. Inau­gu­ra­da en 1836, fun­ciona­ba aquí la más antigua fábri­ca de cerveza de Por­tu­gal. El inmue­ble fue declar­a­do en 1986 pat­ri­mo­nio cul­tur­al de la ciu­dad con la aper­tu­ra de una galería de arte. A no mucha dis­tan­cia pero ya fuera del Chi­a­do (aún en el Bar­rio Alto) se encuen­tra el ele­gante Pala­cio Sao Ben­to, la Basil­i­ca da Estrela y el Mer­ca­do da Ribeira, un lugar encan­ta­dor donde se vive has­ta el fon­do la esen­cia lis­boeta.

A cin­co kilómet­ros del cen­tro históri­co, lleg­amos al dis­tri­to de Belem (lo mejor es que ven­gas has­ta aquí en uno de los bar­cos que sur­can el estu­ario) o tomar el tran­vía 15 en la estación de Cais do Sodré, en la Plaza de Com­er­cio (por cier­to, en esta línea aten­ción a los car­ter­is­tas). Aquí se encuen­tra la pre­ciosísi­ma Torre de Belem, uno de los mon­u­men­tos más cono­ci­dos (y vis­i­ta­dos) de todo Por­tu­gal. En 1983 fue declar­a­da Pat­ri­mo­nio Cul­tur­al de la Humanidad por la UNESCO y aunque ini­cial­mente sirvió para la defen­sa de la ciu­dad, pos­te­ri­or­mente se con­vir­tió en cen­tro adu­anero y faro. Abre de 10:00 a 17:00 en invier­no y has­ta las 18:30 en ver­a­no entra­da 5 euros).Se encuen­tra muy cer­ca del Monas­te­rio de los Jerón­i­mos (tam­bién Pat­ri­mo­nio de la Humanidad), cuya visi­ta tam­poco debes perderte (entra­da gra­tui­ta a la igle­sia; al claus­tro, siete euros pero si lo com­bi­nas con la Torre de Belem, te salen ambas entradas por ocho).

Jun­to a la Torre y el Monas­te­rio se encuen­tra el tam­bién famosísi­mo Mon­u­men­to a los Des­cubrim­ien­tos,con sus 52 met­ros de altura,un grupo escultóri­co con for­ma de pun­ta de cara­bela sobre el que el Infante abre camino a numerosos per­son­ajes que tuvieron que ver con los grandes des­cubrim­ien­tos de la his­to­ria de Por­tu­gal. La entra­da cues­ta 2,50 euros y ofrece unas mar­avil­losas vis­tas de la Torre de Belem. Jun­to al Monas­te­rio de los Jerón­i­mos, olvid­a­ba recordároslo, se encuen­tra el tam­bién muy intere­sante Museo de Antropología, con salas bas­tante chu­las ded­i­cadas a Egip­to y el Islam. Y no olvides, ya que estás en Belem, pro­bar algunos de sus deli­ciosos pastelitos. ¡Son inigual­ables!

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Y ter­mi­namos nue­stro recor­ri­do por Lis­boa por la parte más nue­va y mod­er­na de la ciu­dad, el Par­que de las Naciones, con­stru­i­do con moti­vo de la Exposi­ción Uni­ver­sal de 1998, al que se accede por el puente Vas­co de Gama y cuyo prin­ci­pal atrac­ti­vo es la futur­ista estación de Ori­ente. El área está lleno de restau­rantes y cen­tros com­er­ciales, no está mal para darse una vuelta pero no tiene ni pun­to de com­para­ción con la Lis­boa antigua. Al menos yo, pre­fiero guardar una ima­gen de la ciu­dad como esta de aquí aba­jo en mi reti­na.

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Antes de que tire­mos para Sin­tra, sólo un par de con­se­jos. Los restau­rantes por­tugue­ses cier­ran bas­tante pron­to (algunos entre las nueve y las diez de la noche), así que no demor­es mucho la hora de la cena. ¿Mis recomen­da­ciones? El bacalao en cualquiera de sus rec­etas (dicen que los por­tugue­ses saben preparar­lo de más de mil for­mas dis­tin­tas) y la cat­a­plana de marisco. Y aprovecha tam­bién para pasarte por algu­na casa de fado (las mejores están en Alfama) porque a cualquiera que ame la músi­ca, es una expe­ri­en­cia que pone los pelos de pun­ta.

Sintra, Cascais y Estoril

Si has podi­do reser­var para tu visi­ta a Lis­boa unos cuan­tos días (al menos yo no recomien­do menos de cua­tro), puedes realizar algu­na excur­sión a los alrededores,ya que esta zona cuen­ta con sitios her­mosísi­mos. Hay gente que tira por Obidos, otros por Ses­im­bra, pero en mi opinión no hay nada que iguale al trián­gu­lo Sin­tra-Esto­ril-Cas­cais. Puedes ir y venir en el día aunque te recomien­do tam­bién que si puedes, duer­mas en alguno de los hote­les de Cas­cais o Esto­ril; si no vas en tem­po­ra­da muy alta, salen tira­dos de pre­cio y es una pasa­da acostarte vien­do des­de la ven­tana con la fuerza que el Atlán­ti­co gol­pea las costas por­tugue­sas.

Para ir a Sin­tra, situ­a­da a sólo 30 kilómet­ros de Lis­boa, puedes hac­er­lo en coche o en tren (como dije antes, hay un tren que te lle­va direc­to des­de la estación de Rossio). Si vas en coche, aprovecha y de paso te pasas por el Pala­cio de Queluz, en la local­i­dad del mis­mo nom­bre; con sus jar­dines a la france­sa y su esti­lo bar­ro­co a menudo es ref­er­en­ci­a­do como el “Pequeño Ver­salles” por­tugués.

En mi opinión, la belleza de Sin­tra es tan evi­dente que casi con­sidero una aber­ración que estés en Lis­boa y no te acerques aquí a gas­tar una mañana. Este pequeño pueblo de ori­gen medieval, enclaustra­do en la pre­ciosa sier­ra de Sin­tra, ha sido des­de tiem­pos antiquísi­mos refu­gio de reyes, artis­tas y reli­giosos, y actual­mente es uno de los pueb­los más vis­i­ta­dos de todo el ter­ri­to­rio por­tugués (por eso vuel­vo a insi­s­tir lo de evi­tar ir en ver­a­no, que se pone de tur­is­tas has­ta las patas). Antes de subir a su atrac­ción prin­ci­pal, el Pala­cio da Pena, date una vuelta por la Vila Vel­ha (el cas­co antiguo) porque de veras es inolvid­able y así entras a ver el Pala­cio Nacional de Sin­tra, con sus chime­neas cóni­cas de 33 met­ros de altura. Sus calle­jue­las pare­cen trans­portarte a épocas de hace sig­los (el pueblo está muy bien con­ser­va­do) y aquí se encuen­tra la román­ti­ca Quin­ta da Regaleira, uno de los lugares más fasci­nantes que haya pisa­do jamás.

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A esca­sos met­ros del cen­tro históri­co de Sin­tra e inm­er­sa en una fron­dosa veg­etación, la Quin­ta da Regaleira es un espa­cio con alma propia. Ape­nas atraveza­da la puer­ta de entra­da el impre­sio­n­ante pala­cio provo­ca a un tiem­po sen­sa­ciones de curiosi­dad, asom­bro y has­ta un cier­to temor; es que todo en el lugar, des­de el pala­cio a los intrin­ca­dos jar­dines escon­den sim­bologías que tienen que ver con la alquimia, la franc­ma­son­ería, los caballeros tem­plar­ios y el rosacru­cis­mo. Éste fue el capri­cho de un hom­bre singular,Carvalho Mon­teiro, un brasileño que heredó una gran for­tu­na gra­cias al com­er­cio de café y que encar­gó al arqui­tec­to ital­iano Lui­gi Mani­ni esta man­sión de cuen­to de bru­jas. Sus jar­dines, inmen­sos, están salpic­a­dos de lagos, laber­in­tos, túne­les y estat­uas de seres mitológi­cos (se dice que Mani­ni se inspiró en “La Div­ina Come­dia” de Dante) y los cin­co euros que vas a pagar por la entra­da te van a pare­cer ridícu­los después de ver por den­tro todo lo que esta mis­te­riosa fin­ca ofrece.

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Aho­ra a pon­er en prue­ba tus pan­tor­ril­las con la escal­a­da a dos castil­los que se alzan en las col­i­nas: el Castil­lo de los Moros y el Pala­cio do Pena. En el caso del castil­lo, lo que quedan son las ruinas… ¡pero menudas ruinas! Casi 500 met­ros de mural­las que ser­pen­tean por las mon­tañas y var­ios torre­ones, el más impor­tante la Torre Real (ojo que la subi­da aquí es de 500 pel­daños). Den­tro del recin­to del castil­lo, se con­ser­van los restos de una inmen­sa cis­ter­na y una capil­la; no hay visi­ta guia­da (te ten­drás que lim­i­tar a recor­rerlo por las escali­natas y pasare­las que se han colo­ca­do allí) pero sí pre­cio que abonar: cin­co euros.

Pero si hay algo espec­tac­u­lar has­ta la exten­uación en Sin­tra es esto: el deslum­brante Pala­cio do Pena

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A 500 met­ros de altura y a sólo 4 kilómet­ros de Sin­tra (hay un trenecito que te sube has­ta arri­ba de la cima pero yo te recomien­do que lo hagas andan­do, el bosque que se extiende a las fal­das del pala­cio invi­ta al paseo sí o sí) se encuen­tra el Pala­cio da Pena, tan suma­mente bel­lo que parece una postal. Fue la real­ización de un sueño, la de Fer­nan­do de Sajo­nia Cobur­go-Gotha, príncipe alemán que con­tra­jo enlace con la reina María II, con­vir­tién­dose entonces en rey con­sorte de Por­tu­gal. Des­de que vio por primera vez la Sier­ra de Sin­tra, al igual que tan­tos otros nobles y artis­tas Fer­nan­do se enam­oró del paisaje y decidió adquirir los ter­renos de la col­i­na y cir­cun­dantes para con­stru­ir allí el más bel­lo pala­cio, al esti­lo de los pala­cios de Baviera.

Es uno de los pocos pala­cios por­tugue­ses que con­ser­va todo el mobil­iario orig­i­nal. Sor­prende el lla­ma­do Arco del Tritón, una extraña criatu­ra medio hom­bre medio pez, una ale­goría de la creación del mun­do. Este pór­ti­co lle­va al Patio dos Arcos, cuya galería de arcos moriscos ofrece her­mosas vis­tas de la sier­ra; des­de aquí se ingre­sa a la capil­la, que tiene un pre­cioso retablo de már­mol, y a los claus­tros del antiguo monas­te­rio restau­ra­do, cubier­to de azule­jos polícro­mos, y donde desta­ca la torre con reloj. En esta zona merece una visi­ta el Salón Árabe, de dec­o­ración ori­en­tal, cuyo techo pin­ta­do con tram­pan­to­jos es uno de los más bel­los del pala­cio. La entra­da un poco cara, 11 euros, pero la ver­dad que merece la pena;es uno de mis lugares favoritos en Por­tu­gal.

Y ya que te has acer­ca­do has­ta Sin­tra, de lo que fijo no te arrepi­entes, esti­ra el día y vente a cono­cer dos vil­las por­tugue­sas mag­ní­fi­cas: Esto­ril y Cas­cais. Se encuen­tran casi pegadas la una a la otra (sólo las sep­a­ran tres kilómet­ros) y durante años fueron la sede “ofi­cial” de la clase alta por­tugue­sa. De hecho, una de las cosas que más me sor­prendió ver des­de el coche fue la can­ti­dad de man­siones aban­don­adas que hay en los alrede­dores, cuyos dueños,antaño gente pudi­ente, aho­ra no pueden afrontar económi­ca­mente las tar­eas de man­ten­imien­to de las mis­mas y es una pena ver como muchos palacetes lit­eral­mente se caen a cachos.

Aun así,sigue sien­do la zona más cara de Por­tu­gal y com­prar una casa aquí no suele bajar del medio mil­lón de euros y todavía se siguen vien­do muchos yates lujosos en el puer­to, aparte de seguir en fun­cionamien­to var­ios casi­nos y de cruzarte con unos cuan­tos Tes­tar­rosa por la car­retera. Dos pueb­los super agrad­ables (en los que, te insis­to, deberías per­noc­tar) que pueden supon­er el cierre per­fec­to para un via­je a la adic­ti­va cap­i­tal de Por­tu­gal: la mág­i­ca Lis­boa.

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Aquí tienes los dos pro­gra­mas que dedicamos a Lis­boa


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