Viaje a Edimburgo, la siniestra capital de Escocia

Como este era un via­je de 23 días que íbamos a com­bi­nar con Polo­nia e Italia (a Esco­cia le daríamos 8 días), el vue­lo le cogi­mos con Easy­jet pero sólo trayec­to de ida, aprox­i­mada­mente unos 70 euros más lo que te cobran por fac­turar la male­ta aparte del equipa­je de mano. En cuan­to al alo­jamien­to, avi­so que en gen­er­al es Esco­cia es bas­tante caro: por más que mirábamos y remirábamos, un Bed & Break­fast medi­ana­mente decente en Edim­bur­go no baja­ba de los 100–120 euros por la habitación doble con baño com­par­tido. Al ir seis ami­gos, opta­mos entonces por alquilar un piso por medio de Airbnb, que nos salía muchísi­mo más económi­co. Encon­tramos uno bas­tante grande, con 3 habita­ciones y todas las como­di­dades (wifi, lavado­ras, lavava­jil­las) a sólo 15 min­u­tos andan­do del cen­tro. El pre­cio final,más que ase­quible: 3 noches a 75 euros por per­sona. Vamos, una gan­ga en toda regla para ser Edim­bur­go salir a 25 euros la noche. En cuan­to al tema coche, lo alquil­am­os con Sixt, pre­via reser­va por inter­net. Una van de siete plazas nos sal­ió entre los seis por poquito más de 300 euros cin­co noches (para Edim­bur­go no lo nece­sitábamos). Teníamos la suerte de que uno de nue­stros ami­gos ya había con­duci­do varias veces por la izquier­da en Gran Bre­taña y fue él el que se ocupó de con­ducir. En gasoli­na nos gas­ta­mos aprox­i­mada­mente unos 35 euros por per­sona, otro chol­la­zo por ten­er tu pro­pio vehícu­lo y orga­ni­zar las rutas como mejor te con­ven­ga.

Esta vez nos ahor­rábamos el seguro médi­co ya que la Tar­je­ta de la Seguri­dad Social Euro­pea nos cubría cualquier per­cance (se puede solic­i­tar por inter­net, es gra­tui­ta y tiene una validez de dos años). Otra cosa que os recomien­do es haceros con la His­toric Scot­land Explor­er Pass . Puedes com­prar­la por inter­net (te envían un archi­vo pdf que tienes que imprim­ir y lle­varte con­ti­go) o en alguno de los mon­u­men­tos a los que puedes acced­er con ella y cuya lista os dejo ahí aba­jo. Al cam­bio cues­ta unos 48 euros y com­pen­sa, claro que com­pen­sa. Sólo los castil­los de Edim­bur­go y Stir­ling vale la entra­da 15 libras cada uno.A poco que vis­ites algún lugar más, ya has amor­ti­za­do el pre­cio. Te la sel­l­an en el primer mon­u­men­to que vis­ites y a par­tir de ahí comien­zan a con­tar los días.

Para lle­gar del aerop­uer­to a Edim­bur­go, puedes hac­er­lo en trans­porte públi­co. Pero como había taxis para seis per­sonas, cogi­mos uno y nos salía inclu­so más bara­to (22 libras entre los seis). La ver­dad que via­jar allí en grupo nos ha supuesto un mon­tón de ahor­ro en varias cosas. Sobre todo tenien­do en cuen­ta que Esco­cia en gen­er­al es mucho más bara­ta que el resto del Reino Unido (qué difer­en­cias tan abis­males entre los pre­cios de Lon­dres y los de Edim­bur­go).

Edim­bur­go es una ciu­dad rel­a­ti­va­mente pequeña en com­para­ción con otras urbes euro­peas que,sin embar­go, ya quisier­an para sí gozar de un pat­ri­mo­nio históri­co tan amplio e intere­sante. Por este moti­vo, es fácil recor­rerla a pie sin tirar del trans­porte públi­co, nosotros fuimos a todos los sitios andan­do. Como el tiem­po acom­paña­ba (sólo nos llovió una noche un ratín, increíble sien­do Esco­cia en el mes de Sep­tiem­bre) lo de salir a pasear suponía por ello una tarea aún más pla­cen­tera. Con una media de tem­per­atu­ra de 19 gra­dos (casi siem­pre llevábamos las cha­que­tas en la mano) nos dimos más que sat­is­fe­chos.

La may­oría de los rin­cones rel­e­vantes de Edim­bur­go se amon­to­nan en su cen­tro históri­co, en la Roy­al Mile y sus aledaños. La Roy­al Mile, de casi dos kilómet­ros de largo, es la calle más ani­ma­da de la ciu­dad y des­de donde deberías empezar a tomar­le el pul­so a la cap­i­tal escoce­sa. Tien­das y restau­rantes de todo tipo aca­paran las fachadas de sus edi­fi­cios cen­te­nar­ios, y son miles de locales y tur­is­tas los que deam­bu­lan por sus aceras (Edim­bur­go, dada su belleza, atrae a miles de via­jeros durante todo el año). Asi que vete apun­tan­do que vis­i­tarás la Roy­al Mile varias veces en el via­je, tan­to para com­er, com­prar y beber como para  pasear y,sobre todo, vis­i­tar los mar­avil­losos edi­fi­cios y mon­u­men­tos que te ofrece.

Edimburgo

La Roy­al Mile une así mis­mo los dos castil­los más impor­tantes de la ciudad:el de Edim­bur­go y el de Holy­rood­house. Prob­a­ble­mente comiences tu visi­ta por el Castil­lo de Edim­bur­go, así que es el primero que vamos a des­gra­nar.

Como comen­té antes, la entra­da cues­ta 16 libras (sí, en Esco­cia vis­i­tar los castil­los es caro, sobre todo porque la may­oría pertenecen a clanes par­tic­u­lares que saben que son el prin­ci­pal reclamo turís­ti­co del país). A nosotros nos entra­ba den­tro de la Scot­land Pass, asi que aprovechamos para sel­l­ar­la. El Castil­lo de Edim­bur­go es el mon­u­men­to más vis­i­ta­do de Esco­cia: hay largas colas para acced­er a su inte­ri­or y te lo tienes que tomar con filosofía porque hay mucha, mucha gente. No obstante, creo que el pre­cio está total­mente jus­ti­fi­ca­do. Más que un castil­lo, es una ciu­dad en miniatu­ra y la visi­ta te puede lle­var fácil­mente unas tres horas si quieres ver los dis­tin­tos edi­fi­cios con deten­imien­to. Tómate­lo con cal­ma, ese es mi con­se­jo: para com­pren­der la tumul­tu­osa his­to­ria escoce­sa, mar­ca­da por las batal­las san­gri­en­tas y las luchas de poder, es indis­pens­able aden­trarse en las entrañas del castil­lo real e inten­tar imag­i­narse cómo era la vida en pala­cio tan­to en tiem­pos de paz como en otros más con­vul­sos.

Las pre­ciosas calles de Edim­bur­go

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Antes de meter­nos con el castil­lo en sí, con­sidero apropi­a­do hac­er un breve resumen de las vidas y actos hero­icos que encum­braron a los dos per­son­ajes más queri­dos por los esco­ce­ses y de los que en aña­didu­ra más orgul­losos se sien­ten. Estos no son otros que Robert the Bruce y William Wal­lace. Sin ellos, la his­to­ria de Esco­cia hubiera toma­do senderos muy difer­entes. Su patri­o­tismo per­filó la colum­na ver­te­bral del país. Y sí, inci­do en lo de país porque aunque Esco­cia pertenez­ca al Reino Unido (del refer­én­dum ya hablare­mos luego), los esco­ce­ses con­tinúan vién­dose a sí mis­mos como una nación inde­pen­di­ente, con sus propias cos­tum­bres, dialec­tos y unos orí­genes ajenos a sus com­pa­tri­o­tas (impuestos) ingle­ses. Inclu­so tienen has­ta su propia mon­e­da, las libras escoce­sas, mucho más boni­tas que las ester­li­nas y que inclu­so muchos com­er­cios ofi­ciales del resto de Reino Unido se nie­gan a acep­tar, pese a que sean total­mente legales. Yo tam­bién tuve esa sen­sación durante todo el via­je, la de estar en un país que úni­ca­mente com­parte con Inglater­ra el mar que la rodea. Quizás por eso me gustó tan­to el via­je. Porque los esco­ce­ses no son ingle­ses. Ni fal­ta que les hace.

Pese a ello, en la cap­i­tal escoce­sa tam­bién puedes encon­trarte las típi­cas y afamadas cab­i­nas británi­cas…

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Rober­to I de Esco­cia, alias Robert the Bruce, es el rey que más han queri­do y respeta­do los esco­ce­ses. Con­trari­a­mente a lo que se esti­l­a­ba entre otros reyes europeos, no saber hac­er la o con un canu­to, Robert the Bruce fue un hom­bre cul­to que des­de su infan­cia inten­tó llenar su vida de conocimien­tos. Durante años peleó con­tra las tropas ingle­sas exigien­do su dere­cho al trono pero, sobre todo, defen­di­en­do a los esco­ce­ses del abu­so inglés: con­sigu­ió la inde­pen­den­cia de Esco­cia y se mantiene en la memo­ria de los locales como el héroe que mejor sal­va­guardó la iden­ti­dad escoce­sa. Las estat­uas erigi­das en su hon­or, 800 años después de su reina­do, se reparten por todo el país.

En cuan­to a William Wal­lace, quizás es más famoso aún debido al film que Mel Gib­son real­izó sobre su vida, “Brave­heart”, no hay escocés ni escoce­sa que no lleve la ima­gen de este valiente guer­rero en lo más hon­do de su corazón. Al igual que Robert the Bruce, fue el hom­bre que con más fiereza luchó por la inde­pen­den­cia, cas­ti­gan­do a los ingle­ses con der­ro­tas humil­lantes. La ven­gan­za de sus veci­nos fue atroz cuan­do tras muchas penurias y bajas entre sus tropas lograron cap­turar­le. Se le tor­turó de todas las man­eras posi­bles, como escarmien­to se le eje­cutó par­tien­do su cuer­po en cua­tro tro­zos (su cabeza fue expues­ta clava­da en una pica en la Torre de Lon­dres) y sus extrem­i­dades se repartieron por todo el Reino Unido, ante las lágri­mas y pesar de su pueblo, humil­la­dos por esta mues­tra de cru­el­dad gra­tui­ta que arras­tra­ba por el fan­go el nom­bre del hom­bre que con más pasión amó a Esco­cia.

La men­ción a estos dos héroes esco­ce­ses vienen pre­cisa­mente porque las estat­uas de ambos pres­i­den la entra­da al Castil­lo de Edim­bur­go. El castil­lo se alza en lo alto de una col­i­na, lo que le con­vir­tió en una de las for­t­alezas más fáciles de defend­er de toda Esco­cia: hoy puede admi­rarse, grandioso y altane­ro, des­de un mon­tón de pun­tos de la ciu­dad. Aden­trarse en él por la impre­sio­n­ante Puer­ta Portcullis es entrar en una reliquia viviente de la his­to­ria escoce­sa.

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Insis­to en que la visi­ta al castil­lo ha de realizarse con tran­quil­i­dad para poder dis­fru­tar de sus múlti­ples edi­fi­cios. Inten­ta, eso sí, que la visi­ta coin­ci­da a las 13:00 con el cañon­a­zo que se real­iza a diario, des­de el One O’Clock Gun (un cañón de la Segun­da Guer­ra Mundi­al), es una cer­e­mo­nia bien boni­ta. Por delante tienes un mon­tón de calle­jue­las con un mon­tón de atrac­tivos, des­de el Museo Nacional de la Guer­ra de Esco­cia, donde se repasan las batal­las que azo­taron el país a lo largo de su his­to­ria, la St. Mar­garet Chapel (el edi­fi­cio más antiguo de Edim­bur­go) al pro­pio Pala­cio Real, donde se exhiben las joyas de la coro­na, cono­ci­das como los Hon­ores de Esco­cia (la coro­na, el cetro y la espa­da del Esta­do). En el pala­cio tam­bién puede admi­rarse el rincón más vis­i­ta­do de todo el recin­to: la Piedra del Des­ti­no (aunque no puedes fotografi­ar­la). Tras años y años en ter­ri­to­rio inglés, en 1996 regresa­ba a Esco­cia esta piedra mile­nar­ia, cuyos orí­genes provienen de Tier­ra San­ta, donde han sido coro­n­a­dos tan­tos monar­cas esco­ce­ses. Aunque son muchos los que creen que en real­i­dad lo que se expone es una imitación y la orig­i­nal pue­da estar escon­di­da en algún rincón recón­di­to de Esco­cia, lo cier­to es que la may­oría de los esco­ce­ses se enorgul­le­cen has­ta la exten­uación de con­tar con la Piedra en su poder, sím­bo­lo de su supe­ri­or­i­dad ante los ingle­ses. En cualquier caso, hay que ver­la, admi­rar­la y sen­tir­la como la piedra angu­lar, nun­ca mejor dicho, del pueblo escocés.

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Para los que no seais muy fans de la parafer­na­lia mil­i­tar y béli­ca, que es la que pre­dom­i­na en el castil­lo, os doy la bue­na noti­cia de que éste con­ser­va otros muchos rin­cones intere­santes a la par que curiosos. Entre ellos, un cemente­rio de mas­co­tas, para que los sol­da­dos tuvier­an un lugar donde llo­rar a sus per­ros, o las pri­siones en los sótanos, que a mí fue de lo que más me gustó. Se las conocía como vaults y se han recrea­do, muy bien, por cier­to, las condi­ciones de vida de los pri­sioneros, la may­or parte de ellos cap­tura­dos como botín de guer­ra. Me llamó la aten­ción que pese al haci­namien­to, el frío y la humedad y la fal­ta de higiene de entonces, ningún pre­so se veía pri­va­do de una bue­na pin­ta de cerveza en su ración diaria, que aparte de con­sti­tuir­les una bue­na fuente de ali­men­to por la ceba­da, les ayud­a­ba a lle­var de un modo menos penoso su cau­tive­rio.

Aquí aba­jo podeis ver las hamacas que hacían de camas en las cárce­les sub­ter­ráneas…

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Lo cier­to es que estas pri­siones aco­gieron a pre­sos de todo tipo y condi­ción. En sus orí­genes, a delin­cuentes comunes, pero después a pri­sioneros políti­cos, sol­da­dos ene­mi­gos, sol­da­dos en rebeldía, traidores, jaco­bitas, covenan­ters, católi­cos.. todo dependía de quién estu­viera en el poder en ese momen­to.

El otro gran castil­lo de Edim­bur­go es el Pala­cio de Holy­rood, res­i­den­cia ofi­cial de la reina Isabel II, que suele venir a Esco­cia en ver­a­no (entra­da 11 libras). Desta­ca jun­to a él, hoy en ruinas, la abadía, lev­an­ta­da hace casi mil años. Su hue­sped más ilus­tre fue la reina María Estu­ar­do. Y al igual que el Castil­lo de Edim­bur­go, del que se cuen­ta que alber­ga en sus túne­les el alma en pena de un gaitero, el de Holy­rood tam­bién tiene su pro­pio fan­tas­ma, el de un sol­da­do que se perdió en sus pasadi­zos y que deja oir su can­to en las frías noches de invier­no.

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Cuan­do via­jo, lo cier­to es que en gen­er­al soy algo rea­cia a con­tratar tours y me gus­ta vis­i­tar las cosas por mi cuen­ta, con la guía bajo el bra­zo. Sin embar­go, en Edim­bur­go hici­mos una excep­ción con un par de vis­i­tas guiadas, ambas intere­san­tísi­mas y nada caras (unas 10 libras por per­sona). Se pueden con­tratar en la propia Roy­al Mile (hay tam­bién tours en español) y uno de ellos, el de Mary King’s Close, es total­mente indis­pens­able ya que es la úni­ca man­era de acced­er a uno de los rin­cones más sinie­stros y oscuros de Edim­bur­go.

Los clos­es, que es cómo se conoce a los calle­jones en Edim­bur­go y muchos de los cuales han sobre­vivi­do has­ta la actu­al­i­dad, ofre­cen la cara más mis­te­riosa de la ciu­dad y, sobre todo, expo­nen de man­era trág­i­ca las tristes condi­ciones de vida con las que se oblig­a­ba a vivir al pueblo llano. Uno de los más impor­tantes en su época fue el Mary King’s Close, una aveni­da com­er­cial a la que ape­nas lle­ga­ba la luz del sol debido a sus altísi­mos edi­fi­cios de siete u ocho plan­tas (fueron con­sid­er­a­dos los primeros ras­ca­cie­los de Europa). Las clases adin­er­adas solían insta­larse en las plan­tas inter­me­dias, a sal­vo de los mal­os olores de la calle y evi­tan­do los pisos más altos que les oblig­a­ban a subir y bajar escaleras. Las famil­ias más pobres se hacin­a­ban en habita­ciones minús­cu­las, con­vivien­do varias de ellas en una mis­ma estancia y oblig­a­dos a hac­er sus necesi­dades sin la más mín­i­ma intim­i­dad: los cubos de excre­men­tos se guard­a­ban en las casas, exten­di­en­do sus olores nau­se­abun­dos, has­ta que lle­gara el momen­to de poder lan­zar­los a la calle, lo que se per­mitía sólo dos veces al día, una por la mañana y otra por la tarde, al gri­to de “garde loue!”, lo que era en gaéli­co “agua va!”. Sin embar­go, la casa del últi­mo super­viviente del calle­jón, un hom­bre acau­dal­a­do que se resis­tió a ser evac­ua­do con uñas y dientes, con­ta­ba con un prim­i­ti­vo retrete, que hoy per­manece en pie como sím­bo­lo de que lo que hoy a nosotros nos parece algo habit­u­al y nece­sario en cualquier hog­ar, era con­sid­er­a­do un autén­ti­co lujo hace algunos sig­los.

El calle­jón de Mary King’s Close ha podi­do lle­gar has­ta nue­stros días debido pre­cisa­mente a que jus­to enci­ma se con­struyó el Ayun­tamien­to, lo que ha sal­va­guarda­do su estruc­tura orig­i­nal. En mi opinión, es una visi­ta muy entreteni­da pero sobre todo didác­ti­ca. Además, han recrea­do de una for­ma bas­tante fidedigna las cos­tum­bres y el modo de vida de la época pero, ante todo, el infier­no que supu­so vivir en esta zona de la ciu­dad cuan­do llegó a Edim­bur­go la peor pla­ga que han cono­ci­do en su his­to­ria: la temi­da peste. A medi­a­dos del siglo XVII, bar­cos proce­dentes de Europa e infes­ta­dos de ratas extendieron la enfer­medad por el país. Sin embar­go, con­trari­a­mente a lo que mucha gente cree, no fueron las ratas las que propa­garon el mal negro sino las pul­gas que venían con ellas. Miles de per­sonas fueron con­ta­giadas, espe­cial­mente en Mary King’s Close. Allí se oblig­a­ba a los enfer­mos y sus famil­ias a recluirse en sus minús­cu­las casas, hacién­doles que col­gar­an una ban­dera blan­ca en las ven­tanas que advirtiera de su cuar­ente­na. Fueron muchos los médi­cos que ayu­daron a la población, arries­gan­do sus propias vidas, drenan­do los bubones que aparecían en las axi­las de los apes­ta­dos. Como no sabían que las que lo propaga­ban eran las pul­gas y tenían la idea errónea de que la enfer­medad se extendía por las mias­mas, la may­oría de los galenos uti­liz­a­ban “la más­cara de la muerte”, esa famosa más­cara tan típi­ca de la cul­tura vene­ciana. La nar­iz picu­da que la car­ac­ter­i­z­a­ba no era más que un recip­i­ente donde se unt­a­ban hier­bas que evita­ban que los eflu­vios de los enfer­mos lle­garan a las fos­as nasales de los médi­cos.

La visi­ta a Mary King’s Close dura algo más de una hora y se pre­cisa calza­do cómo­do, ya que vas a subir y bajar por calle­jones empe­dra­dos y angos­tos con­tin­u­a­mente. No se lo recomien­do a per­sonas con claus­tro­fo­bia o per­sonas con prob­le­mas de ansiedad ya que en oca­siones es algo ago­b­iante, aunque en mi opinión merece mucho la pena. Se van vis­i­tan­do difer­entes estancias, con mobil­iario de la época y recrea­ciones con muñe­cos de cera que sim­u­lan ser los apes­ta­dos de entonces. Uno de los lugares más escalofri­antes es la casa de Annie, una niña que quedó huér­fana al morir sus padres debido a la peste y que según la leyen­da, vaga por los calle­jones, llo­ran­do por no poder estar con su muñe­ca favorita. por ese moti­vo, en su habitación los vis­i­tantes han deja­do cien­tos de muñe­cos que hagan más lle­vadero su deam­bu­lar por el lim­bo.

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El otro tour que hici­mos, igual de intere­sante que el ante­ri­or pero para mi gus­to aún más escalofri­ante: el Tour de los Fan­tas­mas. Hay que recor­dar que los esco­ce­ses en gen­er­al son muy super­sti­ciosos, dan total cred­i­bil­i­dad a sus leyen­das (por algo Esco­cia es cono­ci­do como el País de los Fan­tas­mas) y de hecho, la de Edim­bur­go es la úni­ca ciu­dad euro­pea que cuen­ta con la car­rera de Para­p­si­cología. Nosotros tuvi­mos una guía mag­ní­fi­ca, Raquel, que nos metió total­mente en situación con sus his­to­rias macabras; lo mejor de todo ello fue poder hac­er el tour por la noche, ya que así te encon­tra­bas más sug­es­tion­a­do (y en mi caso, era la primera vez que recor­ría un cemente­rio de noche y sí, impre­siona mucho).

El tour te va lle­van­do por algunos de los rin­cones más sinie­stros de Edim­bur­go y no sólo se ali­men­ta de leyen­das sino tam­bién de casos reales, que por ser verídi­cos son aún más espeluz­nantes. Uno de ellos es el del caníbal James Dou­glas, un noble que con sólo diez años se comió a uno de sus cri­a­dos, o el clan de Gal­loway, que tam­bién se zam­pa­ba a los via­jeros a los que logra­ban atra­par (hay una pelícu­la francesa,“El alber­gue rojo”, inspi­ra­da en este hecho, que aprove­cho para recomen­daros, aunque se le haya dado un toque trag­icómi­co). Tam­bién fue muy pop­u­lar en su época la his­to­ria de Mag­gie Dick­son (inclu­so hay un pub que lle­va su nom­bre). Esta pobre sirvien­ta dio a luz a escon­di­das, debido a que su hijo era un bas­tar­do, y lo aban­donó jun­to a un río. Pero un veci­no la vió, la denun­ció y fue con­de­na­da a la hor­ca. Cuan­do el sepul­turero traslad­a­ba al cadáver en una car­reta, Mag­gie demostró que de cadáver nada, revivien­do mis­te­riosa­mente. Pero no podían volver a ahor­car­la porque su con­de­na fue a la hor­ca, no a la muerte, y des­de entonces se la cono­ció como Mag­gie Medio Col­ga­da.

Otro de los lugares que nos lle­varon a vis­i­tar es la casa de Thomas Weir, cono­ci­do como el Mago de West Bow. La casa a día de hoy no ha con­segui­do ser alquila­da pre­cisa­mente porque tiene fama de estar encan­ta­da. Thomas no sólo prac­ti­ca­ba habit­ual­mente el inces­to con su propia her­mana sino que ambos dedi­caron su vida a la magia negra y el cul­to a Lucifer, por lo que fue eje­cu­ta­do. Él no fue el úni­co eje­cu­ta­do por afi­cionarse a las cien­cias ocul­tas: Edim­bur­go vivió la que­ma de cien­tos de bru­jas. En la explana­da que reposa frente al castil­lo una fuente recuer­da este ver­gonzoso hecho, pro­duc­to de la repre­sión reli­giosa, como en tan­tos otros lugares de Europa.

Pero si hay un lugar real­mente boni­to, y a la vez espeluz­nante, es el cemente­rio de Greyfri­ars, que visi­ta­mos primero a la luz del sol por nues­tra cuen­ta y después por la noche con el Tour de los Fan­tas­mas. Antes de ir con él, hablare­mos del per­son­aje más queri­do de dicho cemente­rio: el per­ro Bob­by.

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Bob­by es la mas­co­ta más queri­da de Esco­cia, has­ta el pun­to de que se le ha lev­an­ta­do la estat­ua que veis en la fotografía (dicen que da suerte fro­tar­le la nar­i­cil­la, nosotros lo hici­mos por si aca­so). Su dueño murió de tuber­cu­lo­sis y Bob­by, con­sum­i­do por la pena, per­maneció jun­to a la tum­ba de su amo catorce lar­gos años, todo un ejem­p­lo de fidel­i­dad del que tan­to deberían apren­der tan­tos humanos. Des­de entonces, como veis en las fotografías de aba­jo, los restos de Bob­by des­cansan en el cemente­rio (en real­i­dad, está su láp­i­da, Bob­by des­cansa en el exte­ri­or de Greyfri­ars ya que es tier­ra con­sagra­da y no se per­mite enter­rar a los ani­males) e inclu­so hay un pub ded­i­ca­do en su hon­or.

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Pero regre­san­do a la his­to­ria del cemente­rio de Greyfri­ars, que pese a lo sinie­stro de su tras­fon­do es real­mente boni­to, éste tiene varias pecu­liari­dades. Una de ellas son sus sin­gu­lares tum­bas, algu­nas de ellas enjauladas debido al robo de cadáveres, hechos habit­uales hace años debido a que los estu­di­antes de anatomía no podían ten­er acce­so a los cuer­pos por las restric­ti­vas leyes reli­giosas. Estas jaulas podían per­mitírse­las sólo las famil­ias más acau­dal­adas; las más pobres se veían oblig­adas a que algún famil­iar mon­tara guardia jun­to a la tum­ba durante las tres primeras noches, que era a par­tir de cuan­do el cuer­po comen­z­a­ba a descom­pon­erse y resulta­ba inservi­ble para su estu­dio. Se habla del caso de una mujer que fue enter­ra­da con catalep­sia (lo que con­fundió a los médi­cos, que la dieron por muer­ta) y resucitó cuan­do los ladrones de cadáveres iban a amputar­le una mano (los cuer­pos podían vender­se com­ple­tos o por partes, todo muy lúgubre, la ver­dad).

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El lugar, sin embar­go, más espeluz­nante de Greyfri­ars es un cam­posan­to cer­ra­do al públi­co y que sólo se puede vis­lum­brar a través de una ver­ja. ¿Y por qué está cer­ra­do? Pues porque el pro­pio Ayun­tamien­to, y eso es lo más curioso, con­sid­era que es peli­groso debido a los más de 450 casos de pol­ter­geist que se han reg­istra­do en el lugar y que incluyen ataques y mord­e­duras a los vis­i­tantes por parte de seres descono­ci­dos o lo que es lo mis­mo, las almas de los covenan­ters, el grupo reli­gioso que per­manece aquí enter­ra­do.

Detrás del cemente­rio se encuen­tra el pre­cioso cole­gio de George Heri­ot. Al pare­cer, J.K. Rowl­ing se inspiró en él para crear la escuela de magia de Har­ry Pot­ter. Si te intere­sa el tema, pásate por la cafetería The Ele­phant House, en George IV Bridge, donde la auto­ra pasó varias tardes escri­bi­en­do pági­nas y pági­nas. Por cier­to, muy cerqui­ta tienes el Pub Franken­stein, en el número 26 de la mis­ma calle, que tam­bién se merece una visi­ta por su impre­sio­n­ante dec­o­ración. Nosotros nos acer­camos una noche y no veais la que tenían mon­ta­da los esco­ce­ses a rit­mo de karaoke.

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El últi­mo lugar que visi­ta­mos en el tour, y donde creo que todos pasamos autén­ti­co miedo, fueron las crip­tas sub­ter­ráneas que aún per­ma­nen­cen bajo los arcos del puente South Bridge. Al prin­ci­pio sirvieron como talleres de zap­a­teros y tra­ba­jadores del cuero. Pero la humedad y el aire vici­a­do comen­zaron a vacia­r­las de inquili­nos. Y así,  durante años sirvieron de refu­gio a mendi­gos, ladrones y foras­teros que arrib­a­ban en la ciu­dad y no encon­tra­ban otro lugar donde guare­cerse. Las autori­dades ecle­siás­ti­cas las aprovecharon tam­bién para tor­tu­rar a las supues­tas bru­jas y sus famil­ias, lo que incluía tam­bién a niños pequeños, para que veais la cru­el­dad y sadis­mo que se alcan­z­a­ba en dicha época. Es uno de los lugares de Edim­bur­go donde los esco­ce­ses creen que vagan más almas en pena: de hecho, han venido has­ta aquí a realizar psi­co­fonías var­ios pro­gra­mas de tele­visión de fenó­menos para­nor­males de diver­sos lugares del mun­do. No están ilu­mi­nadas, por lo que hay que alum­brarse con la luz de los móviles, y la guía nos pro­pu­so apa­gar­los durante un min­u­to y quedarnos en total oscuri­dad para sen­tir lo opre­si­vo del lugar. Se te ponían los pelos de pun­ta!

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Uno de los per­son­ajes más queri­dos en Esco­cia: Sher­lock Holmes. El autor de los libros, Sir Arthur Conan Doyle, nació en Edim­bur­go y creó uno de los per­son­ajes de fic­ción más famosos de la his­to­ria de la lit­er­atu­ra, basán­dose en la figu­ra real de Joseph Bell, un médi­co forense famoso por recono­cer car­ac­terís­ti­cas de sus pacientes sólo echán­doles un vis­ta­zo y anal­izan­do has­ta el más mín­i­mo detalle. Hoy la estat­ua al gran Sher­lock se lev­an­ta en Picardy Place, el lugar que vió nac­er a Sir Arthur Conan Doyle.

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Este de aquí aba­jo es el hotel Bal­moral, prob­a­ble­mente el más lujoso de la ciu­dad: dormir en una de sus habita­ciones no baja de 250 euros la noche. Su belleza es real­mente impac­tante.

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El kilt es la pren­da más cono­ci­da de Esco­cia: el tra­je de gala escocés para los hom­bres se com­pone, curiosa­mente, de una fal­da. Y creedme, se usa y mucho. Como veréis en las fotos de aba­jo, son muchos los esco­ce­ses que lo siguen uti­lizan­do, espe­cial­mente para even­tos impor­tantes, como una boda con la que nos topamos uno de los días. Hay muchos mitos acer­ca de su ori­gen: se dice que el col­or difer­en­cia­ba a los difer­entes clanes esco­ce­ses y que muchos de los usuar­ios lo uti­lizan sin nada deba­jo (que ya hay que ser valiente con las humedades que se gas­tan por estos lares). La tela con la que se con­fec­cio­nan se denom­i­na tartán y ha crea­do escuela en todo el mun­do, yo aún me acuer­do cuan­do era niña y lo común era que lleváramos “fal­das escoce­sas” de cuadros sim­i­lares a los kilt. Los esco­ce­ses más autén­ti­cos inclu­so lo uti­lizan cuan­do son ellos los que se casan, no sólo cuan­do asis­ten de invi­ta­dos a otros enlaces. Es un boni­to recuer­do para lle­varse del via­je (aunque luego no lo uses) pero recuer­da que si quieres uno de cal­i­dad, no son pre­cisa­mente baratos. Ese pequeño bol­si­to de cuero o piel es el sporran, uti­liza­do como bol­so mas­culi­no.

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Esco­ce­ses en una boda con su kilt cor­re­spon­di­ente

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La Cat­e­dral de St. Giles, uno de los edi­fi­cios más deslum­brantes de Edim­bur­go. En real­i­dad no es cat­e­dral, ya que no tiene obis­po. La entra­da es gra­tui­ta, así que no desaprovech­es la opor­tu­nidad de ver­la por den­tro ya que el inte­ri­or es pre­cioso, con vidri­eras espec­tac­u­lares e inclu­so angeli­tos que tocan la gai­ta.

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Otro de los mon­u­men­tos más impac­tantes de Edim­bur­go es el que se erigió a uno de los escritores más famosos naci­dos en Esco­cia: Sir Wal­ter Scott. Autor del céle­bre “Ivan­hoe” o la biografía de Rob Roy (de quien hablare­mos en nue­stro recor­ri­do pos­te­ri­or por las Tier­ras Altas), su figu­ra es con­mem­o­ra­da por este grandioso mon­u­men­to de más de 60 met­ros de altura. Es una autén­ti­ca pre­ciosi­dad.

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Como veis en la fotografía de aba­jo, por toda la ciu­dad podías encon­trarte carte­les ani­man­do a la gente a votar en el ref­er­en­dum por la inde­pen­den­cia. Cuan­do nosotros estu­vi­mos, falta­ban sólo dos sem­anas para la votación. Sin­ce­ra­mente, estábamos casi seguros de que el pueblo escocés votaría el sí: sobre todo en las High­lands, en el entorno más rur­al de los pueb­los pequeños, ven­tanas y bal­cones esta­ban cubier­tos de pan­car­tas pidi­en­do es “YES”. Sin embar­go, el 18 de sep­tiem­bre ganó el NO: pese a que el escocés es patri­o­ta has­ta la médu­la y mantiene una relación de amor-odio con los inva­sores británi­cos, la cri­sis económi­ca les metió el miedo en el cuer­po y fueron muchos los que se asus­taron, sin saber hacia donde iría el país sin las sub­ven­ciones británi­cas ni euro­peas. Si Esco­cia hubiera sido más próspera (y feliz) con la inde­pen­den­cia es un enig­ma que ya ninguno de nosotros podremos descifrar, al menos a cor­to pla­zo.

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Este de aquí aba­jo es el Par­la­men­to Escocés, dis­eña­do curiosa­mente por un arqui­tec­to catalán, Enric Miralles.

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Otra de las curiosi­dades de Edim­bur­go es que son tan­tas y tan­tas las igle­sias des­perdi­gadas por la ciu­dad que el Ayun­tamien­to se las ve y se las desea para poder ocu­parse de su man­ten­imien­to. Así, antes de ver cómo se caen a peda­zos, han deci­di­do alquilar algu­nas de ellas para ase­gu­rar su con­ser­vación. Es el caso de Tron Kirk, en 9 Hunter Square, donde nos acer­camos una de las noches y que recon­ver­ti­da en pub, aho­ra ofrece músi­ca en direc­to. ¡Fijaos qué lugar más fab­u­loso para tomarse una cerveza!

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Hablan­do de pubs, la gas­tronomía escoce­sa no es tan tacaña en var­iedad como su veci­na ingle­sa pero tam­poco os creáis que da para mucho. El pla­to nacional es el hag­gis: pul­mones, corazón y híga­do de cordero prepara­do con hari­na y cebol­la. A nosotros par­tic­u­lar­mente no nos gustó, sobre todo por la tex­tu­ra, y no porque no nos guste la cas­quería. Sin embar­go, nos encan­tó el black pud­ding (las mor­cil­las escoce­sas), así como las sopas, de las que hay infini­tas var­iedades y que se ofre­cen en casi todos los menús de los pubs. No te vayas tam­poco de Esco­cia sin pro­bar su deli­cioso salmón ahu­ma­do, en mi opinión una autén­ti­ca del­i­cate­sen, y pro­bar su marisco, espe­cial­mente los mejil­lones. En Edim­bur­go com­bi­namos la comi­da típi­ca escoce­sa en pubs tradi­cionales y en la cade­na Fill­ing Sta­tion (raciones abun­dantes y nada caras) con comi­das en otros sitios como La Bel­la Italia (que tam­bién tiene var­ios locales repar­tidos por la ciu­dad) o un hindú fab­u­loso, el Red Fort (10 Dru­mond Street, buf­fet libre a sólo diez libras, no venden alco­hol pero te per­miten traer tus propias cervezas). Y hablan­do de cervezas, pese a que el whisky escocés sea la bebi­da local por exce­len­cia, las cervezas de la tier­ra son más que apeteci­bles, desta­can­do la Ten­nents (la más cono­ci­da y la que más se sirve), la Bel­haven y la Cale­do­nia. Con unas bue­nas pin­tas dábamos por con­clu­i­da nues­tra primera fase de este emo­cio­nante via­je por Esco­cia.


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