Viajes a las Highlands (Tierras Altas) de Escocia

Nues­tra sigu­iente eta­pa en el via­je escocés nos lle­varía en primer lugar a Stir­ling, una pequeña ciu­dad de 45.000 habi­tantes situ­a­da a poco más de 50 kilómet­ros de Edim­bur­go. Era hora de coger ya nues­tra fur­gone­ta de alquil­er y aden­trarnos en esas tier­ras tan verdes, en la Esco­cia más pro­fun­da. Comen­z­a­ba nue­stro camino hacia las High­lands, las bel­lísi­mas Tier­ras Altas.

Aunque en real­i­dad Stir­ling se encuen­tra a medio camino entre las Tier­ras Bajas y las Tier­ras Altas, lo que la dio una impor­tan­cia máx­i­ma en la antigüedad a niv­el estratégi­co, para nosotros ya era el ini­cio de un via­je por las zonas menos pobladas de Esco­cia. Para empezar, después de Stir­ling la pal­abra “autovía” comien­za a ser una descono­ci­da en esos para­jes. Las car­reteras secun­darias, muy estre­chas y de doble sen­ti­do, provo­can que casi debas meterte en el arcén cada vez que te cruzas con algún vehícu­lo volu­mi­noso (gen­eral­mente camiones que abaste­cen al norte de Esco­cia). Hay un mon­tón de tramos donde es difí­cil encon­trar algún pueblo, como mucho algu­na casita per­di­da en mitad de las mon­tañas. Ese es el encan­to de esta zona del país. Que pese a que haya tur­is­mo, que aunque no tan­to como Edim­bur­go, claro que lo hay, éste no ha orig­i­na­do un cam­bio en las infraestruc­turas más bási­cas. El respeto al medio ambi­ente es pri­mor­dial y en la may­oría de las zonas que visi­ta­mos te sen­tías a menudo como en la Esco­cia de hace cin­co sig­los.

De camino a Stir­ling nos topamos con los Kelpies, las gigan­tescas escul­turas que veis ahí aba­jo. Son los mon­u­men­tos ded­i­ca­dos a cabal­los más grandes del mun­do. Los kelpies en real­i­dad son criat­uras fan­tás­ti­cas de la mitología celta, seres acuáti­cos y malig­nos que se apare­cen ante los humanos con for­ma equina y que atraen con estrat­a­ge­mas a los via­jeros para llevárse­los al lago donde viv­en.

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En Stir­ling estu­vi­mos una mañana porque aunque la ciu­dad es pre­ciosa, es pequeña, se puede recor­rer con facil­i­dad y lo que más nos interesa­ba era su impo­nente castil­lo. Muchos le con­sid­er­an inclu­so más boni­to que el de Edim­bur­go y yo en cier­to modo coin­ci­do en la opinión. Después de con­cluir la visi­ta, me quedé con la gra­ta sen­sación de que el de Stir­ling, aparte de mucho más ele­gante, mues­tra de un modo aún más fiable si cabe la vida den­tro de los muros de pala­cio.

A la puer­ta de la entra­da de Stir­ling, no podía ser de otra man­era, la estat­ua del héroe nacional, Robert the Bruce (ya os comen­té en la entra­da de Edim­bur­go que los mon­u­men­tos de su per­sona se reparten por toda Esco­cia). La Scot­land Pass nos incluía la entra­da al castil­lo, asi que otro lugar que íbamos a tachar de la lista.

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La situación del Castil­lo de Stir­ling, como era de esper­ar, se ubi­ca en lo alto de una col­i­na con acan­ti­la­dos escarpa­dos. Sus orí­genes se remon­tan al siglo XIV y la ver­dad, cues­ta creer lo bien que han aguan­ta­do el paso de estos siete sig­los muchas de las depen­den­cias, sobre todo tenien­do en cuen­ta que Stir­ling siem­pre fue uno de los pun­tos calientes más cod­i­ci­a­dos por los ingle­ses. Bue­na cul­pa de ello la tiene la robus­ta mural­la alme­na­da que lo pro­tege de los peli­gros exte­ri­ores y que hicieron de él una for­t­aleza real­mente com­pli­ca­da para las tropas ene­mi­gas. Los más de 16 ataques que de may­or o menor inten­si­dad ha sufri­do a lo largo de su his­to­ria no han logra­do su obje­ti­vo: ensom­bre­cer su incom­bustible grandeza.

La visi­ta al recin­to no debería lle­varte menos de dos o tres horas si quieres degus­tar­la con deten­imien­to, sobre todo porque, por for­tu­na, la may­oría de los edi­fi­cios ofre­cen exposi­ciones detal­ladas de la vida palac­i­e­ga, con un mon­tón de información.Este fue hog­ar durante var­ios sig­los de la famil­ia de los Estu­ar­do, que le pro­por­cionaron su boa­to actu­al, pero que además vivieron en sus entrañas un mon­tón de intri­gas, todo un cule­brón de san­gre azul. Felic­i­to por ello a los respon­s­ables del man­ten­imien­to y con­ser­vación de Stir­ling por su impeca­ble tra­ba­jo: pocas veces he sali­do tan sat­is­fecha de la visi­ta a un edi­fi­cio históri­co.

Aunque la leyen­da haya queri­do dibu­jar al Castil­lo de Stir­ling como la míti­ca for­t­aleza de Camelot que encum­bró al leg­en­dario Rey Arturo, es sólo eso, leyen­da, pero yo quise afer­rarme a ella para dis­fru­tar aún más del recor­ri­do. Voy a ir des­granan­do poco a poco las depen­den­cias empezan­do por la más impor­tante: el hog­ar de los monar­cas, el Pala­cio Real.

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El impul­sor de la con­struc­ción del Pala­cio fue el rey James V, quien desea­ba dar un hog­ar a su segun­da esposa, la france­sa Mary de Guise, a la altura de su condi­ción real. Está con­sid­er­a­do uno de los castil­los más espec­tac­u­lares del Reino Unido, tan­to en el exte­ri­or como en el inte­ri­or. Los aposen­tos reales con­sta­ban cada uno de tres estancias (un hall exte­ri­or, uno inte­ri­or y el pro­pio dor­mi­to­rio). Sin embar­go, era una excep­ción que los reyes dur­mier­an aquí ya que goz­a­ban de otras alcobas más ínti­mas y acoge­do­ras: en real­i­dad, estas habita­ciones solían uti­lizarse para recibir a invi­ta­dos, reuniones, bailes y dis­cu­siones de Esta­do. En los aposen­tos de la reina, desta­ca un tapiz gigan­tesco lla­ma­do “La caza del uni­cornio”. La elab­o­ración de estos tapices, autén­ti­cas obras maes­tras, podía ocu­par un peri­o­do de entre dos y cua­tro años. Al final de la visi­ta, por cier­to, pudi­mos ver en uno de los edi­fi­cios a unas teje­do­ras con sus cor­re­spon­di­entes telares.

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Las coci­nas, que se encon­tra­ban en los bajos del castil­lo, han sido tan bien recreadas que a los ali­men­tos (fic­ti­cios) que des­cansan en sus mesas y ala­ce­nas dan ganas de hin­car­les el diente. En aque­l­la época los grandes ban­quetes esta­ban a la orden del día y en la Gran Coci­na no sólo prepara­ban sopas, esto­fa­dos y postres: tam­bién fab­ri­ca­ban su pro­pio pan, cerveza y vino.

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Los patios que sep­a­ran los difer­entes edi­fi­cios son gigan­tescos, no sólo para impre­sion­ar a los vis­i­tantes de los reyes sino porque el trasiego de tra­ba­jadores y cri­a­dos era con­tín­uo. Hay inclu­so una enorme capil­la, donde entre otros even­tos se llevó a cabo la coro­nación de la reina María de Esco­cia: en el momen­to en que se la declaró reina, la pequeña prince­sa con­ta­ba con sólo seis días de edad, por lo que reinó prác­ti­ca­mente des­de su nacimien­to. La vida de la reina estu­vo pla­ga­da de sins­a­bores: viu­da con sólo 18 años, tomó por segun­do esposo a un hom­bre que no era del gus­to de su famil­ia, se vió envuelta en un sin fin de intri­gas políti­cas, pasó var­ios años encar­ce­la­da en diver­sos castil­los de Gran Bre­taña y acabó murien­do eje­cu­ta­da, acu­sa­da de alta traición. La vida de los reyes, como veis, no era siem­pre un camino de rosas.

Otros edi­fi­cios rel­e­vantes son el King’s House, donde el rey James II fue asesina­do con sólo 29 años. El impo­nente edi­fi­cio des­cansa sobre un ver­tig­i­noso acan­ti­la­do, con pre­ciosas vis­tas al monte Ben Lomond. Hoy en día sirve como museo (se expone la his­to­ria del Argyll & Suther­land High­landers) y es una de las depen­den­cias más desta­cadas, jun­to a The Great Hall, que en sus tiem­pos fue el may­or edi­fi­cio de Esco­cia. Solía uti­lizarse como come­dor para los fas­tu­osos ban­quetes que ofrecía el monar­ca y que podían alargarse durante jor­nadas enteras.

Una de las cosas que más nos gus­taron del castil­lo: sus dia­bóli­cas gár­go­las, inspi­radas en la arqui­tec­tura france­sa…

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Al salir del castil­lo, dimos una vuelta por Stir­ling antes de hac­er un alto para com­er. Como una ami­ga nues­tra ya conocía la ciu­dad, fuimos a com­er a un pub, el más grande de la ciu­dad, con una dec­o­ración pre­ciosa y muy buenos pre­cios: dos platos a 9,99 libras. Su nom­bre es The Cold Beer Com­pa­ny y se encuen­tra muy cén­tri­co, en el 84 de Mur­ray Pl.

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No nos enr­rol­lam­os en la sobreme­sa ya que por delante teníamos unos cuan­tos kilómet­ros y unas cuan­tas vis­i­tas por hac­er en lo que qued­a­ba de jor­na­da. La sigu­iente sería al impre­sio­n­ante mon­u­men­to a William Wal­lace, situ­a­do en una col­i­na a casi 70 met­ros de altura.

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Nues­tra sigu­iente para­da sería en el castil­lo de Doune, uno de los lugares que más ganas tenía de cono­cer en este via­je. Y es que soy muy fan de la saga de libros “Can­ción de hielo y fuego” de George R. Mar­tin y el castil­lo fue uti­liza­do, sim­u­lan­do el hog­ar de la famil­ia Stark, el castil­lo de Win­ter­fell, en la adaptación tele­vi­si­va, la serie “Juego de tronos”. La ver­dad que fue lle­gar allí y venirte a la mente la ima­gen del rey Robert Baratheon atrav­es­an­do los patios al frente de toda su comi­ti­va! Pero no ha sido la úni­ca vez que el castil­lo de Doune ha apare­ci­do en la gran pan­talla, tam­bién se le uti­lizó como esce­nario en la pelícu­la “Ivan­hoe” y en “Los Caballeros de la Mesa Cuadra­da” de los Mon­ty Python.

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La entra­da a Doune tam­bién esta­ba incluí­da en la Scot­land Pass. Temía que fuera a estar ati­bor­ra­do de tur­is­tas, vis­to el éxi­to de la serie, pero la ver­dad que tuvi­mos bas­tante suerte y lo estu­vi­mos recor­rien­do prác­ti­ca­mente solos.

Aunque por den­tro ape­nas hay mobil­iario, sólo en el salón prin­ci­pal, y es bas­tante chiq­ui­ti­to en com­para­ción con otros castil­los esco­ce­ses, fue una deli­cia subir y bajar por esas angostas escaleras empe­dradas de cara­col, muy útiles a la hora de defend­er­se de los ene­mi­gos, pues lo úni­co que había que hac­er era echar agua hirvien­do des­de arri­ba con­tra cualquier intru­so que osara acer­carse. Como digo, sólo hay mue­bles en la Lord’s Tow­er (en real­i­dad, el salón ha sido restau­ra­do) y cuen­ta con la curiosi­dad de con­ser­var dos chime­neas, algo no muy habit­u­al en aque­l­la época. Las coci­nas, que se encon­tra­ban en otra torre, tienen un horno de casi seis met­ros, vamos, que podían asar una vaca entera sin pre­ocu­parse de despedazarla.

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En nue­stro camino hacia Bal­lachul­ish, donde haríamos noche, atrav­es­amos parte del Par­que Nacional Loch Lomond. Este área es una de las más espec­tac­u­lares de Esco­cia, lo cier­to es que nos encan­tó. Pudi­mos parar un rati­to en el Loch Lub­naig (el Lago Tor­ci­do en gaéli­co), bue­na mues­tra de lo que es el típi­co paisaje escocés…

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En Bal­lachul­ish nos aguard­a­ba el que en mi opinión fue el mejor hotel del via­je: el Bal­lachul­ish Hotel. Tam­bién fue el más caro, 69 libras, aunque si tienes en cuen­ta lo pre­ciosísi­mo que es, meti­do ya en valle de Glen­coe (del que hablaré en la próx­i­ma eta­pa), que incluía un desayuno buf­fet gigan­tesco, que com­par­ti­mos con un mon­tón de jubi­la­dos esco­ce­ses (entre los viejetes y el paisaje me sen­tía en la peli “En el estanque dora­do”) y su fan­tás­ti­ca ubi­cación, con unas vis­tas idíli­cas al lago Loch Lev­en, yo creo que al final nos sal­ió has­ta bara­to. Prob­a­ble­mente, el alo­jamien­to donde más nos sen­ti­mos dur­mien­do “a la escoce­sa”. Eso sí, del pueblo, pequeñísi­mo, no esperes gran cosa: a las nueve de la noche esta­ban cer­ran­do el úni­co pub que logramos encon­trar. Esa es la máx­i­ma en el norte de Esco­cia: madru­gar mucho y acostarse pron­to…

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Otra nue­va jor­na­da en nue­stro via­je por Esco­cia. Esta vez subiríamos por Fort Williams, atrav­es­an­do el impac­tante valle de Glen­coe, con­sid­er­a­do uno de los paisajes más boni­tos del país. Cono­ci­do tam­bién como el Valle del Llan­to, es un para­je espec­tac­u­lar: mon­tañas total­mente verdes por las que se deslizan cien­tos de cas­cadas que arras­tran el agua de llu­via de las cimas. Nosotros, sin embar­go, y pese a que de vez en cuan­do echábamos miradas de pre­ocu­pación al cielo encapota­do, seguíamos sin sufrir ningu­na tor­men­ta. Menu­da suerte estábamos tenien­do con el cli­ma!

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La belleza de Glen­coe es tal que en estos esce­nar­ios tan típi­ca­mente esco­ce­ses (des­de luego,a mí me pare­ció que eran los que más se ajusta­ban a la idea que tenía de Esco­cia antes de via­jar allí) se grabaron pelícu­las como “Brave­heart” o “Rob Roy”. Este últi­mo, cono­ci­do como el Robin Hood escocés, fue otro de los grandes héroes de la patria. Su nom­bre en gaéli­co era Roibeart Ruadh (Rober­to el Rojo, cono­ci­do así por el col­or de su pelo). Aunque la may­or parte de su vida fue ganadero, se vió oblig­a­do a luchar con­tra las injus­ti­cias de los nobles, con­vir­tién­dose en un ejem­p­lo de valen­tía y cora­je. Aunque no nos dio tiem­po a vis­i­tar su tum­ba en Balquhid­der Kirk, donde está enter­ra­do jun­to a su mujer y dos de sus hijos, tuvi­mos muy pre­sente su figu­ra durante todo el via­je.

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La eta­pa de hoy parecía que iba a con­tar con un alto com­po­nente cin­e­matográ­fi­co. Y es que nues­tra sigu­iente para­da sería el Castil­lo de Eilean Donan, donde tam­bién se han graba­do muchísi­mas pelícu­las, como “La vida pri­va­da de Sher­lock Holmes” o “El mun­do nun­ca es sufi­ciente”, aunque la que más lo pop­u­lar­izó fue la fan­tás­ti­ca “Los Inmor­tales”, pro­tag­on­i­za­da pre­cisa­mente por uno de nue­stros esco­ce­ses favoritos, Sir Sean Con­nery, una de las per­sonas que mejor ha pub­lic­i­ta­do por el mun­do el nom­bre de Esco­cia.

Eilean Donan, situ­a­do cer­ca de Kyle of Losachlsh, es uno de los lugares más vis­i­ta­dos de la fisionomía escoce­sa, de hecho cuan­do lleg­amos había un mon­tón de auto­cares y tur­is­tas cámara en mano. Nosotros esa tarde queríamos estar ya en la Isla de Skye: por ese moti­vo (la fal­ta de tiem­po), que no nos entra­ba en la Scot­land Pass y,sobre todo,que var­ios ami­gos nos habían comen­ta­do que no merecía mucho la pena ver­lo por den­tro (no se puede vis­i­tar entero ya que el clan propi­etario sigue uti­lizán­do­lo de res­i­den­cia y además el inte­ri­or está dec­o­ra­do de un modo poco fiel al orig­i­nal), decidi­mos pasear un rato y dis­fru­tar­lo des­de fuera. En real­i­dad, es su bel­lísi­mo exte­ri­or lo que real­mente impre­siona.

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Aunque los orí­genes del Eilean Donan se remon­tan al siglo XIII, las suce­si­vas batal­las a las que se vió expuesto le han vis­to destru­irse y volver a rea­pare­cer en al menos cua­tro oca­siones. Aún así, con­ser­va ese aire de antigüedad mile­nar­ia de los castil­los esco­ce­ses pero este con una car­ac­terís­ti­ca muy pecu­liar: el castil­lo des­cansa sobre una pequeña isle­ta en el lago Duich, lo que orig­i­na una estam­pa real­mente boni­ta. El castil­lo parece flotar sobre las aguas, ajeno al paso del tiem­po y el avance de la Humanidad. Un lugar mági­co que con­sti­tuía un pre­lu­dio mag­ní­fi­co para nues­tra sigu­iente eta­pa: la Isla de Skye.

Esta nue­va eta­pa por Esco­cia nos tra­jo un rega­lo ines­per­a­do. Y es que aunque en gen­er­al nos hizo muy buen tiem­po, el día que visi­ta­mos el lago Ness nos hizo un sol esplén­di­do, has­ta el pun­to de que bue­na parte del día nos quedamos en man­ga cor­ta. Qué mar­avil­la poder gozar de esas tem­per­at­uras en Esco­cia, cuyo esta­do habit­u­al es llu­vioso y con nebli­na.

De camino a Inver­ness, que es donde haríamos noche, pasamos la mañana en los para­jes del míti­co lago Ness. Es boni­to, sí, pero hemos vis­to otros mucho más fab­u­losos en Esco­cia. Aún así, era una for­ma muy agrad­able de vivir de cer­ca la relación de los esco­ce­ses con Nessie, la mas­co­ta “casi ofi­cial” de Esco­cia: pese a que la may­oría sep­a­mos que es una leyen­da sin base cien­tí­fi­ca ningu­na, es boni­to afer­rarse al mito para dis­fru­tar de los paisajes. No obstante, los esco­ce­ses, que ton­tos no son y saben de su tirón turís­ti­co, han aprovecha­do el mis­te­rio que rodea al lago Ness para abrir un cen­tro para vis­i­tantes donde se expone todo lo rel­a­ti­vo a Nessie y un mon­tón de tien­das de rega­los donde nue­stro queri­do mon­stru­ito es el pro­tag­o­nista: camise­tas, huchas, cal­en­dar­ios, llaveros, muñe­cos de peluche… Nessie está inmor­tal­iza­do de mil y una man­eras.

Aquí aba­jo una répli­ca del mon­struo…

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La leyen­da del mon­struo del Lago Ness viene de largo: cir­cu­la entre la población local des­de hace 1.500 años. Pero fue a prin­ci­p­ios de 1930 cuan­do el per­iódi­co Inver­ness Couri­er lanzó la noti­cia que pon­dría al lago Ness en el ojo del huracán: una pare­ja declar­a­ba haber vis­to emerg­er de las aguas a una mon­stru­osa criatu­ra, de cuel­lo largo y cabeza pequeña, con un curioso pare­ci­do a los dinosaurios. Esto dis­paró la hipóte­sis de que Nessie era un mon­struo pre­históri­co que, no se sabe muy bien cómo, había logra­do sobre­vivir en las gél­i­das aguas del Loch Ness. Pero ¿eran uno o var­ios mon­stru­os pertenecientes a la mis­ma familia?¿De qué se alimentaba?¿Suponía un peli­gro para los humanos?¿Cuántos años tenía en real­i­dad? Estas y otras muchas incóg­ni­tas atra­jeron a reporteros de todo el mun­do. El revue­lo que había mon­ta­do un minús­cu­lo per­iódi­co local comen­z­a­ba a dar sus primeros fru­tos, ante el rego­ci­jo de los hote­les y restau­rantes de la zona, que se frota­ban las manos sabi­en­do que detrás de los peri­odis­tas, fotó­grafos y crip­tól­o­gos ven­drían los tur­is­tas.

La fan­tás­ti­ca his­to­ria con­tin­uó engor­dan­do: sólo un año después de la noti­cia aparecía “casual­mente” la primera foto ofi­cial de Nessie, esa que habréis vis­to mil veces pero que yo aún así os mue­stro ahí aba­jo. La foto fue toma­da supues­ta­mente por el ciru­jano R. K. Wil­son. Sin embar­go, tiem­po después su autor real, un reportero del Dai­ly Mail, con­fesa­ba haber tru­ca­do la fotografía. Pero eso ya era lo de menos:la semi­l­la de la leyen­da ya esta­ba más que plan­ta­da. Años después, son muchos los que afir­man sin rubor ninguno haber vis­to en la lejanía a la criatu­ra y se han segui­do mostran­do fotos del supuesto mon­struo...

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Lo cier­to es que a día de hoy uno de los que más se ben­e­fi­cia de la leyen­da es el pequeñi­to pueblo de Drum­nadro­chit, donde paramos un rato. Allí se encuen­tra el Loch Ness Exhi­bi­tion Cen­tre (pre­cio de la entra­da 8 libras) donde se expo­nen fotografías y noti­cias en torno a Nessie, así como los equipos sub­mari­nos uti­liza­dos para bus­car­le bajo el agua. Si estás muy intere­sa­do en el tema, te recuer­do que todos los días des­de Sem­ana San­ta has­ta Diciem­bre el Nessie Hunter, un bar­co con cámaras sub­mari­nas, ofrece paseos por el lago Ness a razón de 10 libras por per­sona.

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Ya que estábamos en el lago Ness, aprovechamos para vis­i­tar el castil­lo Unquhart, ya que nos entra­ba en la Scot­land Pass. Aunque qué queréis que os diga, si no lleváis la tar­je­ta, pagar las 8 libras que cues­ta la entra­da en mi opinión tam­poco merece mucho la pena. Me refiero a que vas a pagar más por ten­er unas mag­ní­fi­cas vis­tas del lago que por lo que que­da del castil­lo. Te puedo ase­gu­rar que en España ten­emos castil­los aban­don­a­dos en un mon­tón de pueb­los en mejores condi­ciones que éste y total­mente gra­tu­itos. Lo que pasa es que los esco­ce­ses aprovechan cualquier mín­i­ma ruina para sacar­le un ben­efi­cio económi­co y estas, estando en un lugar turís­ti­co a tope como el lago Ness, debían ser rentabi­lizadas sí o sí pero lo que os digo, tam­poco me pare­ció gran cosa en com­para­ción con otros castil­los esco­ce­ses. Además, está peta­do de tur­is­tas que vienen a hac­er cruceros por el lago.

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Era ya hora de tirar para Inver­ness. Aunque es la cap­i­tal de las High­lands, las Tier­ras Altas, es bas­tante chiq­ui­ti­ta (50.000 habi­tantes), ya os he comen­ta­do que en gen­er­al esta parte de Esco­cia está bas­tante despobla­da. Es la ciu­dad más fría de todo el Reino Unido y aquí sí que nos hizo fal­ta tirar de las cazado­ras aunque, por suerte, con­tinu­a­ba sin llover.

Lo primero que hici­mos fue acer­carnos al Bed&Breakfast que habíamos reser­va­do, el Wim­ber­ley House. Qué difer­en­cia con el de Portree, leñe. Los dueños, un mat­ri­mo­nio encan­ta­dor, han crea­do un alo­jamien­to de lo más cuco y acogedor:las habita­ciones eran tan hog­a­reñas que te sen­tías como en tu propia casa (pre­cio por noche 56 libras). Un diez para ellos.

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Lo más rel­e­vante de Inver­ness es su castil­lo, aunque no sea tan impre­sio­n­ante como otros esco­ce­ses. Además, es bas­tante más reciente (data del siglo XIX). De todos mod­os no se puede vis­i­tar por den­tro, sólo están abier­tos al públi­co los jar­dines. Se supone que William Shake­speare se inspiró en un castil­lo pre­de­ce­sor del siglo XI, con­stru­i­do en el mis­mo sitio y destru­i­do después por el rey Robert I, para escribir una de sus obras más impor­tantes, “Mac­beth”.

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Hemos habla­do de héroes esco­ce­ses como Robert the Bruce, William Wal­lace y Rob Roy pero no de heroí­nas, que tam­bién las hay. La más queri­da por los esco­ce­ses es Flo­ra McDon­ald. Mujer muy reli­giosa, ayudó al príncipe Car­los Estu­ar­do, aspi­rante al trono apoy­a­do por los jaco­bitas, a entrar en Esco­cia dis­fraza­do de mujer. Sin embar­go, en Portree la des­cubrieron, se la lle­varon a Lon­dres y la encar­ce­laron. Al tiem­po fue lib­er­a­da, se casó con un capitán, se mudaron a Car­oli­na del Norte en Esta­dos Unidos y con el paso de los años, regresó a su ama­da Esco­cia, donde pasó sus últi­mos días. Hoy, tres sig­los después, una estat­ua en Inver­ness y diver­sas fun­da­ciones por todo el país hon­ran su memo­ria.

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Aba­jo la Cat­e­dral de Inver­ness, cono­ci­da tam­bién como Igle­sia de Saint Andrew

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¿Sabías que el uni­cornio es uno de los sím­bo­los nacionales de Esco­cia? Los esco­ce­ses se iden­ti­f­i­can enorme­mente con este ani­mal mitológi­co ya que es un ani­mal que pre­fiere morir antes que ser cap­tura­do. Vamos, lo que han vivi­do los esco­ce­ses a lo largo de su dilata­da his­to­ria. En la mitología celta el uni­cornio es rep­re­sen­ta­do como sím­bo­lo de pureza e inocen­cia, otras dos vir­tudes a las que se agar­ran los esco­ce­ses: podrás ver su figu­ra rep­re­sen­ta­da en mul­ti­tud de sel­l­os heráldicos y en Inver­ness has­ta le han ded­i­ca­do un mon­u­men­to.

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Dimos una vuelta por el cen­tro de Inver­ness, real­mente boni­to, para hac­er algu­nas com­pras y ojear la ciu­dad. Aprove­cho para recomen­daros los super­me­r­ca­dos The Co-oper­a­tive Food, repar­tidos por todo el país, con muy buenos pre­cios y donde te podrás abaste­cer para las largas rutas en coche. Y para com­er, un pub estu­pen­do, el Num­ber 27. Muy boni­to, nada caro (las sopas son espec­tac­u­lares!) y platos más que gen­erosos. El roast beef a la escoce­sa fue lo que más me gustó. Buenísi­ma opción gas­tronómi­ca den­tro de Inver­ness, no la dejes pasar…

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