FRANCIA — Viaje a Carcassonne y Región de Midi-Pyrénées

Carcassonne

 

Fran­cia es mucho más que París. No obstante, nue­stro país veci­no durante muchos años ha sido el país más vis­i­ta­do del mun­do. Pocas naciones cuidan con tan­to mimo y esmero su pat­ri­mo­nio cul­tur­al e históri­co y tenien­do en cuen­ta que pese a ser con­sid­er­a­do un país caro para el tur­ista, los pre­cios han baja­do muchísi­mo en los últi­mos tiem­pos, son infini­tas las posi­bil­i­dades que ofrece la antigua Galia a la hora de moverse den­tro de sus fron­teras.

En mi opinión, la Fran­cia rur­al es bas­tante más atrac­ti­va que muchas de sus grandes ciu­dades, y ya es decir vis­to el nivelón que se gas­tan las ciu­dades france­sas. Lo com­pro­bamos hace unos años cuan­do recor­ri­mos la Alsa­cia (puedes ojear el artícu­lo Via­je a Alsa­cia, una de las regiones más boni­tas de Fran­cia) y en este últi­mo via­je por el sur de Fran­cia lo hemos vuel­to a con­fir­mar. Además, si via­jas fuera de tem­po­ra­da, es decir, en pleno invier­no, los pre­cios bajan has­ta unos nive­les casi irriso­rios en pueb­los pequeños. A nosotros no nos echa para atrás el frío (a fin de cuen­tas, nada que no pue­da solu­cionar un buen abri­go y un par de guantes) y obten­drás como rec­om­pen­sa poder pasear prác­ti­ca­mente solo por lugares que en ver­a­no son bul­li­ciosas col­me­nas de tur­is­tas.

Viaje Carcassonne

Aprovechábamos un puente a prin­ci­p­ios de Enero para embar­carnos en este via­je. ¿Quién puede resi­s­tirse a un vue­lo Madrid-Toulouse a sólo 40 euros ida y vuelta? Además, los horar­ios con Ryanair eran fan­tás­ti­cos ya que salíamos muy pron­to el primer día (ater­rizábamos antes de las ocho de la mañana) y el últi­mo día volábamos por la noche, lo que nos per­mitía aprovechar el via­je al máx­i­mo. El vue­lo a Toulouse dura ape­nas una hora, por lo que casi ni nos dio tiem­po a echar una cabeza­da para des­perezarnos y repon­er­nos del madrugón, que ese día estábamos en pie des­de las tres y media de la madru­ga­da.

Estábamos a primeros de Enero y Toulouse nos recibía con un frío glacial y no, no exager­amos: via­jábamos a Fran­cia en medio de una ola de frío que azota­ba a toda Europa. Pero lo que real­mente nos importa­ba es que no nos lloviera y en ese sen­ti­do habíamos tenido suerte: el parte mete­o­rológi­co pronos­ti­ca­ba días de sol, aunque este en la prác­ti­ca ejerciera de mero ele­men­to dec­o­ra­ti­vo. Esto nos per­mi­tiría dis­fru­tar al máx­i­mo los lugares que habíamos incluí­do en nue­stro plan­ning de ruta.

En el aerop­uer­to de Toulouse recogíamos el coche que habíamos reser­va­do con la com­pañía Hertz, a razón de 50 euros diar­ios. Apunte impor­tan­tísi­mo a ten­er en cuen­ta porque os va a incre­men­tar el gas­to en el via­je: todas, abso­lu­ta­mente todas las com­pañías de alquil­er de coche del aerop­uer­to ponen un límite aprox­i­ma­do de 200 kilómet­ros diar­ios. Lo que sobrepase esta can­ti­dad sale a razón de 50 cén­ti­mos el kilómetro extra. Nos quedamos alu­ci­na­dos porque era la primera vez que nos topábamos con esta lim­itación a la hora de alquilar un coche y nos pare­ció un sacacuar­tos, sobre todo tenien­do en cuen­ta que nosotros haríamos una media de 400 kilómet­ros diar­ios y al final pagaríamos en extras lo mis­mo que nos costa­ba el alquil­er.

Pero esto es como las lente­jas: es lo que hay y si quieres las coges y si no, las dejas. La próx­i­ma vez que vayamos a Fran­cia exten­der­e­mos la duración del via­je y lle­vare­mos nue­stro pro­pio coche. A cam­bio, tuvi­mos suerte con el tema pea­jes ya que muchas de las car­reteras france­sas son de pago (otro nego­cio el que se tienen mon­ta­do) pero en la prác­ti­ca ape­nas acabamos pagan­do 20 euros entre unas cosas y otras, aca­so porque al final bue­na parte de nue­stro recor­ri­do se desar­rol­ló por car­reteras secun­darias de mon­taña, que era el úni­co modo de acced­er a cier­tos pueb­los. Así que al menos una cosa com­pen­só la otra. La gasoli­na sólo esta­ba un pelín más cara que en España.

Carcassonne

Toulouse no era una ciu­dad que nos atra­jera demasi­a­do y a fin de cuen­tas queríamos cen­trarnos en pobla­ciones pequeñas. Así que la desechamos des­de el prin­ci­pio y des­de el pro­pio aerop­uer­to par­ti­mos en direc­ción a la que sería primera para­da de nues­tra ruta, la bel­lísi­ma ciu­dad de Car­cas­sonne, situ­a­da a unos cien kilómet­ros de Toulouse. Si por méri­tos pro­pios Car­cas­sonne ya era una ciu­dad famosísi­ma en Europa por su inigual­able pat­ri­mo­nio medieval, el roda­je aquí a prin­ci­p­ios de los 90 de “Robin Hood, príncipe de los ladrones” la con­vir­tió en un des­ti­no turís­ti­co impre­scindible a niv­el mundi­al. Por ello nos felici­ta­mos al haber escogi­do Enero para vis­i­tar­la: algunos ami­gos habían esta­do en ver­a­no y nos habían comen­ta­do que era tal la aglom­eración de gente que ape­nas se puede andar.

Antes de comen­zar a des­gra­nar Car­cas­sonne, quiero hac­er una intro­duc­ción acer­ca de los cátaros, ya que pre­cisa­mente la ciu­dad esta­ba con­sid­er­a­da la cap­i­tal del País de los Cátaros, que abar­ca­ba una región bas­tante exten­sa del sureste de Fran­cia. El boom turís­ti­co que ha sufri­do (o goza­do) esta zona en los últi­mos años responde tam­bién al éxi­to del best­seller de “El códi­go Da Vin­ci” de Dan Brown, aunque en mi opinión es una nov­ela bas­tante mediocre y lo que es peor, equiv­o­cada­mente doc­u­men­ta­da. Si quieres empa­parte un poco de la his­to­ria cátara de un modo bas­tante más rig­uroso y fiel a la real­i­dad, te acon­se­jo entonces que comiences por “Nosotros, los cátaros” de Michel Roque­bert y “Los cátaros: la here­jía per­fec­ta” de Stephen O’Shea, bas­tante más intere­santes y didác­ti­cos que la nov­ela de Brown.

Pero ¿quiénes fueron los cátaros? Miles de hom­bres y mujeres que no sólo vivieron en el sur de Fran­cia sino tam­bién en otras zonas euro­peas como la Lom­bardía ital­iana, el reino de Aragón, Ale­ma­nia o Flan­des. Sus creen­cias provenían del prin­ci­pio de los tiem­pos, cuan­do muchas sociedades prim­i­ti­vas se regían por la teoría de que en este mun­do sólo exis­ten dos fuerzas supre­mas, el Bien y el Mal, la primera rep­re­sen­ta­da por la parte espir­i­tu­al del ser humano y la segun­da por el Dia­blo, que se man­i­fes­taría en todas las pos­e­siones mate­ri­ales.

Los cátaros pre­tendían vivir como lo hacían los primeros cris­tianos, basan­do su exis­ten­cia en la pobreza y la sen­cillez, eran paci­fis­tas al máx­i­mo, per­mitían el sui­cidio entre sus seguidores (algo con­sid­er­a­do peca­do mor­tal por la igle­sia católi­ca), ayun­a­ban tres veces por sem­ana, tenían pro­hibi­da la grasa y la men­ti­ra y con­sid­er­a­ban abom­inables la Bib­lia y el sím­bo­lo de la cruz, lo que, obvi­a­mente, les supu­so las antipatías de la todopoderosa Inquisi­ción. Y tam­bién con­trari­a­mente a lo que preg­o­na­ba la igle­sia de entonces, opin­a­ban que la mujer no era un sim­ple cuer­po para ten­er hijos sino que exigían su eman­ci­pación e inde­pen­den­cia.

La Igle­sia, que veía una ame­naza en cualquier otra religión que pudiera robar­le feli­gre­ses, les con­sid­eró here­jes y ordenó su per­se­cu­ción y pos­te­ri­or eje­cu­ción: muchos de ellos murieron que­ma­dos, miles de per­sonas asesinadas por razones absur­das. Así de “pia­doso” era el cris­tian­is­mo con aque­l­los que no se doble­ga­ban ante él. Además, la Igle­sia ani­mó a los nobles a unirse a su cruza­da prometién­doles poder quedarse con las tier­ras con­fis­cadas a los here­jes, algo pare­ci­do a lo que se hizo en España con los judíos, por lo que en real­i­dad la moti­vación de estas guer­ras con­tra el infiel tenía poco de reli­giosa y bas­tante más de económi­ca. Fue un geno­cidio en toda regla que lle­varon a la prác­ti­ca miles de cazafor­tu­nas que bus­ca­ban enrique­cerse a cos­ta de estos pobres persegui­dos y ampara­dos por el Papa, la máx­i­ma autori­dad ecle­siás­ti­ca.

A día de hoy, Car­cas­sonne es una prue­ba viviente de lo que supu­so el mun­do cátaro. Un reduc­to de la His­to­ria que debe ayu­darnos a com­pren­der los peli­gros que acar­rea cualquier tipo de intol­er­an­cia, ya no sólo reli­giosa sino tam­bién racial o étni­ca. Car­cas­sonne era el prin­ci­pal feu­do de los cátaros y en ella puso su pun­to de mira la Igle­sia. Día tras día, la ciu­dad amanecía con dece­nas de hogueras y cadáveres chamus­ca­dos. A prin­ci­p­ios del siglo XIII, este era uno de los lugares de Europa donde más posi­bil­i­dades tenías de morir ajus­ti­ci­a­do: sólo basta­ba con que algún veci­no envidioso te acusara de here­je.

He real­iza­do este resumen de la his­to­ria de los cátaros para que lo ten­gas siem­pre en mente a la hora de vis­i­tar Car­cas­sonne, ya que te ayu­dará a enten­der mejor las duras condi­ciones de vida que sufrieron en el pasa­do sus habi­tantes. Trasladarse a dicha época es fácil: tras aparcar en los alrede­dores de La Cité y según nos íbamos acer­can­do a la ciu­dadela amu­ral­la­da, surgien­do impo­nente en el hor­i­zonte, se nos iban ponien­do los pelos de pun­ta ya que hay poquísi­mos lugares en el mun­do que se hayan con­ser­va­do tan impeca­ble­mente bien (a ello ha con­tribui­do tam­bién los esfuer­zos real­iza­dos por los restau­radores).

La Ciu­dad Medieval, Pat­ri­mo­nio de la Humanidad de la UNESCO y una de las más impor­tantes del mun­do (tan­to por exten­sión, ya que es la may­or ciu­dadela for­ti­fi­ca­da de Europa, como por val­or históri­co), está rodea­da por dos cír­cu­los con­cén­tri­cos de mural­las de más de tres kilómet­ros de lon­gi­tud y se encuen­tra en lo alto de una col­i­na. El Puente Viejo, uno de los más antigu­os de Europa, conec­ta la ciu­dadela con la Basti­da de San Luis.

Nosotros acced­i­mos a la ciu­dadela por su entra­da más espec­tac­u­lar, la Puer­ta Nar­bonaisse, con sus dos robus­tas tor­res ejer­cien­do como cen­tinelas (hay otra entra­da en la parte oeste, la Puer­ta de Aude, tam­bién bas­tante boni­ta). En la Puer­ta Nar­bonaisse ten­emos un bus­to de la Dama Car­cas (quien da nom­bre a la ciu­dad): según cuen­ta la leyen­da, esta valerosa mujer, esposa del rey Bal­lak, se hizo car­go del gob­ier­no a quedarse viu­da y se enfren­tó con bravu­ra al ejérci­to de Car­lo­mag­no; vien­do como su pueblo agon­i­z­a­ba por el ham­bre, lanzó des­de las mural­las un cer­do rel­leno de ceba­da y esta, mila­grosa­mente, se con­vir­tió en toneladas de cereales que abastecieron a la población. Cuan­do el ejérci­to ene­mi­go se batía en reti­ra­da, la Dama Car­cas hizo repicar las cam­panas para fir­mar la paz y un sol­da­do exclamó “Señor, Car­cas te sonne”. Y de ahí viene el nom­bre de Car­cas­sonne.

Carcassonne

Mi recomen­dación antes de aden­traros en el cas­co históri­co es que deis un paseo por la palestra o liza, la zona de aprox­i­mada­mente un kilómetro exis­tente entre ambas mural­las, ya que veros rodea­d­os por una a cada lado pone bas­tante en situación acer­ca de las labores defen­si­vas que hicieron famosa a Car­cas­sonne en el pasa­do. Des­de ahí fuimos en primer lugar a la Ofic­i­na de Tur­is­mo para hac­er­nos con un mapa que nos sirviera de guía (se ofre­cen vis­i­tas guiadas pero nosotros prefe­r­i­mos hac­er­la por nues­tra cuen­ta).

Quizás vis­i­tar el Castil­lo Con­dal en pleno ver­a­no con­sti­tuya una odis­ea de pro­por­ciones épi­cas pero para nosotros fue una deli­cia ya que pese a ser sába­do, las bajas tem­per­at­uras parecían haber espan­ta­do al tur­is­mo y éramos muy poquitos los que aque­l­la mañana de sába­do lo recor­ríamos por den­tro. La entra­da cues­ta poco más de ocho euros y en mi opinión es una visi­ta impre­scindible ya que aunque su inte­ri­or no sea tan vis­toso como el de otros pala­cios france­ses como el de Ver­salles, es enorme y además te per­mi­tirá poder dis­fru­tar­lo pase­an­do por las larguísi­mas mural­las inte­ri­ores.

Rodea­do por un pro­fun­do foso,  cuen­ta con nueve tor­res , una bar­ba­cana de acce­so, galerías de madera des­de donde antigua­mente se lan­z­a­ban los proyec­tiles, un salón donde se expone una grandísi­ma maque­ta de la ciu­dad medieval, los restos de una capil­la y el Museo Lap­i­dario, donde se expo­nen estat­uas y sar­cófa­gos des­cu­bier­tos en difer­entes excava­ciones. Des­de el castil­lo, además, se obtienen unas boni­tas vis­tas de la Basíli­ca de Saint Nazaire, que era la antigua cat­e­dral has­ta que este títu­lo pasó a manos de la Igle­sia de Saint Michel.

Castillo Condal Carcassonne

La ciu­dadela se puede recor­rer per­fec­ta­mente en una mañana y a nosotros nos encan­tó perder­nos por esos calle­jones medievales que degus­ta­mos prác­ti­ca­mente en soli­tario. Muchas de las tien­das esta­ban cer­radas y unido al silen­cio, se incre­menta­ba aún más esa sen­sación de soledad abso­lu­ta: casi podías pal­mar con las manos esa etérea sen­sación de que al entrar en un calle­jón o un patio fueras a cruzarte con una campesina rodea­da de gan­sos o con un labrador con sus bueyes.

En la Plaza Mar­cou, que es la más impor­tante de la ciu­dadela, ape­nas nos cruzamos con diez o doce tur­is­tas y muchos de los restau­rantes se encon­tra­ban semi­vacíos, por lo que los pre­cios de los menús en estas fechas eran bajísi­mos: ape­nas 12 euros por per­sona. Nosotros escogi­mos para com­er un coque­to restau­rante, Mai­son du sire de Tre­can­del, y aprovechamos para pro­bar el pla­to típi­co de Car­cas­sonne, la cas­soulet, un guiso de pato con­fi­ta­do, alu­bias, panc­eta y chori­zo (vamos, de lo más light); lo cier­to es que con el frío que hacía y después del pal­izón de día que llevábamos nos entonó el cuer­po.

Cassoulet de Carcassonne
Cas­soulet de Car­cas­sonne

Des­de Car­cas­sonne a Roca­madour teníamos dos horas y media de via­je en coche y como pre­veíamos que en la may­oría de los pueb­los nos sería difí­cil encon­trar establec­imien­tos abier­tos (y no sabéis has­ta qué pun­to tuvi­mos razón), decidi­mos curarnos en salud y de camino parar en un super­me­r­ca­do E.Leclerc gigante y abaste­cer­nos de pan, embu­ti­do, cervezas arte­sanales para por la noche en el hotel, un par de ban­de­jas de sushi y el mejor sou­venir que nos podíamos traer a España: paté francés. En los super­me­r­ca­dos es mucho más bara­to que en las tien­das gourmet y tienes cien­tos de mar­cas para ele­gir, eso sí, si no vas a fac­turar male­ta, coge recip­i­entes que no sobrepasen los cien gramos ya que te los pueden con­sid­er­ar líqui­do (cues­ta creer­lo pero es así).

Nue­stro alo­jamien­to se encon­tra­ba a ape­nas quince kilómet­ros de Roca­madour, en el pequeño pueblo de Mey­ronne. Y cuan­do digo pequeño, es pequeño de ver­dad, ape­nas 250 habi­tantes. El GPS se volvió un poco loco has­ta que con­sigu­ió dar con Au Picatal, que era la pre­ciosa casa rur­al en mitad del cam­po donde habíamos reser­va­do habitación. Los pre­cios de tem­po­ra­da baja, mag­ní­fi­cos: ape­nas 60 euros la noche con desayuno casero incluí­do. La casona de piedra la lle­van una pare­ja jovenci­ta majísi­ma con un par de niños pequeños que se deshicieron en aten­ciones con nosotros. Habitación grandísi­ma con techos abuhardil­la­dos y un baño pre­cioso: lugar mag­ní­fi­co y super recomend­able.

Rocamadour

Cuan­do nos lev­an­ta­mos por la mañana, hacía aún más frío que el día ante­ri­or: a las siete y media de la mañana el ter­mómetro mar­ca­ba como quien no quiere la cosa nueve gra­dos bajo cero. Menos mal que habíamos venido prepara­dos con plumífer­os, botas y gor­ros: afor­tu­nada­mente, ni una nube en el cielo ¡nos volvíamos a librar de la llu­via! Asi que nos dimos un buen desayuno para coger fuerzas y cogi­mos el coche rum­bo a Roca­madour, el que está con­sid­er­a­do el pueblo más boni­to de toda Fran­cia y el ter­cer lugar más vis­i­ta­do del país tras París y el Monte Saint Michel. Anual­mente mil­lones de per­sonas pasan por este pueblo minús­cu­lo de ape­nas 600 habi­tantes. Si en ese momen­to nos dicen que lo íbamos a recor­rer casi solos , no nos lo hubiéramos creí­do. Pero así fue.

Roca­madour es uno de esos pueb­los “imposi­bles” que cues­ta creer que exis­tan. Col­ga­do de un risco ver­tig­i­noso de más de cien met­ros de altura, desafian­do la ley de la gravedad en las cer­canías del río Alzou, cuyo cau­dal se pierde entre la veg­etación, os recomien­do que antes de bajar a recor­rer Roca­madour os acerquéis a dis­fru­tar­lo des­de el mirador que hay jus­to enfrente. Las vis­tas, como podréis obser­var, son impre­sio­n­antes.

Rocamadour Francia

Roca­madour, ubi­ca­do en el depar­ta­men­to de Lot, atrae cada año tan­tas vis­i­tas no sólo por su belleza y la espec­tac­u­lar­i­dad de su dis­eño urbanís­ti­co, que hacen de él uno de los pueb­los más boni­tos de Fran­cia, sino tam­bién porque al igual que Lour­des, Fati­ma o San­ti­a­go de Com­postela es meta final para miles de pere­gri­nos, ya que aquí se encuen­tra el San­tu­ario de la Vír­gen Negra y las reliquias de San Amador, que es quien en real­i­dad da nom­bre al pueblo (Roca de Amador).

San Amador, según cuen­ta la leyen­da (porque esto de la religión para nosotros los ateos es lo que al final supone: un cúmu­lo de leyen­das) en real­i­dad sería Zaqueo, un rico de Jer­icó que se con­vir­tió al cris­tian­is­mo al cono­cer a Jesús en per­sona y que acabó emi­gran­do con su esposa Veróni­ca a tier­ras france­sas. En 1166 se encon­tra­ba enter­ra­do su cuer­po incor­rup­to y ya teníamos la excusa per­fec­ta para mon­tar un san­tu­ario en su hon­or y el de la Vír­gen Negra: dicha vír­gen ya era famosa entre los marineros por tocar la cam­pana (que tam­bién se guar­da aquí) para sal­var­les de encallar durante las tem­pes­tades (lo que lla­ma la aten­ción es que su san­tu­ario se encuen­tre en un pueblo que se encuen­tra tan lejos del mar). Curiosa­mente, la razón de que su ros­tro sea negro es tan sen­cil­la como que el humo de los cirios, año tras año, fue tiznán­do­lo has­ta oscure­cer­lo: nada que ver con otras muchas vír­genes negras que eran así rep­re­sen­tadas por orig­i­narse su cul­to en antigu­os ritos celtas en los que se adora­ba a las diosas de la fer­til­i­dad.

Rocamadour Francia

Rocamadour Francia

Para bajar (o subir) a Roca­madour hay que hac­er­lo por la Grand Escalier. 216 escalones que antigua­mente los pen­i­tentes sub­ían des­ol­lán­dose las rodil­las para mostrar su devo­ción (aho­ra hay ascen­sores pero nosotros ni nos planteamos usar­los). Entre estos devo­tos se encon­tra­ban per­son­ajes tan impor­tantes como Enrique II de Inglater­ra, Leonor de Aqui­tania o el rey Luis IX de Fran­cia. Y aquí ten­emos el bel­lísi­mo San­tu­ario de Roca­madour, con sus siete capil­las (en la antigüedad existían doce más, estas son las que se han podi­do con­ser­var): la basíli­ca Saint-Saveur,  la capil­la de Sainte-Anne, la crip­ta de San Amador,  y las capil­las de Saint-Blaise, Saint-Jean Bap­tiste, Saint-Michel y la de Notre-Dame, esta últi­ma la más impor­tante y san­tu­ario de la vír­gen.

La entra­da es gra­tui­ta así que fuimos vis­itán­dolas una a una. En algu­na de ellas nos llamó la aten­ción ver enmar­cadas camise­tas de equipos de fút­bol que se habían entre­ga­do como ofren­da, suponemos que para agrade­cer el haber ven­ci­do en algu­na com­peti­ción euro­pea. Hay que ver qué apaña­dos son estos san­tos, que lo mis­mo te mul­ti­pli­can los panes y los vinos que ayu­dan a que te piten un penalti a favor. Otra de las curiosi­dades del san­tu­ario es que en su exte­ri­or se encuen­tra clava­da una espa­da que perteneció a Roldán, el sobri­no de Car­lo­mag­no. Un poco más arri­ba se encuen­tra el seño­r­i­al Pala­cio de los Obis­pos de Tulle y en lo alto de Roca­madour, el antiguo castil­lo (aunque su uso es pri­va­do y sólo se pueden vis­i­tar las mural­las).

Rocamadour Francia

Rocamadour Francia

Nosotros habíamos deja­do el coche en la parte de arri­ba del pueblo. Fijaos si había poca gente que cuan­do descendi­mos por el camino en zigzag que ser­pen­tea des­de el castil­lo y donde paramos en la Gru­ta de la Nativi­dad, nos cruzamos con tres per­sonas y las tres nos salu­daron con el cor­re­spon­di­ente “bon­jour!”. En todo el pueblo no vimos a más de diez per­sonas en total. Todos los com­er­cios com­ple­ta­mente cer­ra­dos: abso­lu­ta­mente todos, des­de cafeterías y restau­rantes a tien­das de sou­venirs y del­i­catessen.

Habrá quien vea un incon­ve­niente en esto; nosotros, una ven­ta­ja. ¿Sabéis qué priv­i­le­gia­dos nos sen­tíamos al estar pase­an­do por la calle prin­ci­pal, la Rue Couron­ner­ie, con el úni­co sonido de nues­tras voces? El cas­co antiguo en ver­a­no se encuen­tra lleno de gente y con un trenecito que trans­porta a los más vaguetes, la gente ha de esper­ar turno para ced­er­se el paso en la entra­da prin­ci­pal del pueblo, la Porte du Figu­ier: imag­i­nad entonces lo que es recor­rer estas antiquísi­mas aceras medievales cuan­do aún están desier­tas.

Así esta­ba la calle prin­ci­pal de Roca­madour: com­ple­ta­mente vacía

Rocamadour Francia

Vis­tas des­de arri­ba de Roca­madour

Rocamadour Francia

Como pese a que lucía el sol el día esta­ba resul­tan­do real­mente frío y aún nos qued­a­ba una hora y pico de coche para la zona de Con­ques, donde teníamos el alo­jamien­to, nos preparamos unos bocadil­los y tiramos hacia Con­ques, ya que queríamos ver­lo de noche antes de volver a vis­i­tar­lo al día sigu­iente. Hici­mos bien en com­prar comi­da porque todos los pueb­los que fuimos atrav­es­an­do eran pueb­los fan­tas­mas. Ni un mísero restau­rante abier­to y en muchos casos ni luces en las casas. Con el frío que hacía se hubiera agrade­ci­do un té calen­ti­to.

Para lle­gar a Con­ques nos perdi­mos unas cuan­tas veces por esas sin­u­osas car­reteras de mon­taña has­ta el pun­to de que en una ocasión acabamos en un camino rur­al en el que las pasamos canu­tas para salir. Y ahí rad­i­ca el encan­to de estos pueblecitos: estar per­di­dos en medio de la nada. En Con­ques aguan­ta­mos diez min­u­tos porque caí­da la noche se te hela­ba has­ta el pen­samien­to. Así que decidi­mos tirar para Escan­dolieres, el dimin­u­to pueblo donde haríamos noche.

Esta vez nos quedábamos en una fin­ca lla­ma­da La Roumec (impre­scindible el nave­g­ador, en serio). Era una casona gigante de piedra que llev­a­ban un mat­ri­mo­nio sim­pa­tiquísi­mo de jubi­la­dos ingle­ses. Como éramos sus úni­cos hués­pedes, nos dejaron la mitad de la casa para nosotros solos. Teníamos a nues­tra entera dis­posi­ción la mitad de las dos plan­tas, es decir, una habitación triple súper acoge­do­ra con baño, un salón rús­ti­co con su cor­re­spon­di­ente est­u­fa de leña que nosotros mis­mos nos encar­gábamos de avi­var y en la parte de arri­ba una coci­na grandísi­ma con su cor­re­spon­di­ente come­dor. Todo ello por sólo 50 euros la doble y enci­ma nos incluía un desayuno casero de esos que parece que ya sólo se ven en las pelícu­las, con una mesa llena de crois­sants, botes de con­fi­tu­ra, zumo de naran­ja y bol­los recién hornea­d­os. Estábamos encan­tadísi­mos.

Este ter­cer día madrug­amos bas­tante ya que iba a ser aje­trea­do, el plan­ning era vis­i­tar cua­tro pueb­los difer­entes que aunque no esta­ban exce­si­va­mente ale­ja­dos unos de otros (como mucho una hora de camino entre el des­ti­no A y el B), al ser car­reteras secun­darias de mon­taña había que ir despaci­to, lo que a cam­bio nos per­mitía dis­fru­tar de unos paisajes espec­tac­u­lares y unas inolvid­ables panorámi­cas. La Fran­cia rur­al es una goza­da en dicho sen­ti­do y con­stan­te­mente atrav­es­ábamos riachue­los de aguas cristali­nas y bosques donde el úni­co automóvil era el nue­stro.

Conques

Nues­tra primera para­da era Con­ques, que de largo me pare­ció el pueblo más boni­to de todo el via­je (inclu­so más que Roca­madour) y que tan­to me recordó a esos neva­dos pueb­los de piedra de los Piri­neos. Este se encuen­tra ya en el depar­ta­men­to de Ayre­on, que está pla­ga­do de aldeas pre­ciosas. A Con­ques le pre­cede el puente romano sobre el río Dour­dou y es otro gran cen­tro de pere­gri­nación (de hecho for­ma parte del Camino francés de San­ti­a­go); bue­na cul­pa la tiene la Abadía de Sainte-Foy, una de las obras cum­bres del arte románi­co y en donde se puede admi­rar una sober­bia esce­na del Juicio Final donde salen rep­re­sen­ta­dos 125 per­son­ajes.

Con­ques, rodea­do por com­ple­to por fron­dosos bosques y con­ser­van­do aún algu­nas de sus mural­las, con esas vis­tosas casas de piedra de teja­dos negruz­cos, es sin dudar­lo uno de los pueb­los más boni­tos de toda Fran­cia. Sus fuentes, con más de mil años de antigüedad, sus calles llenas de recov­ecos, las fachadas car­co­mi­das por el tiem­po y el cli­ma severo, la soledad de ese mar­avil­loso claus­tro donde sólo escuchábamos el piar de los pájaros y las impac­tantes vis­tas que este nos pro­por­ciona­ba nos regaló uno de los momen­tos más idíli­cos de este via­je. De las cien per­sonas que viv­en aquí en invier­no vimos ape­nas a dos o tres y eso que era domin­go y el sol invita­ba a pasear.

Conques Francia

Conques Francia

Conques Francia

Conques Francia

Saint-Cirq-Lapopie

Nues­tra sigu­iente para­da sería un pueblo muy, muy pequeñi­to pero encan­ta­dor: Saint-Cirq-Lapopie. Se encuen­tra enclava­do en el verdísi­mo Par­que Nat­ur­al de Causs­es du Quer­cy, sur­ca­do por ríos y reple­to de praderas y mon­tañas salpic­a­das por galiottes, refu­gios de piedra muy rudi­men­ta­r­ios que uti­liz­a­ban los labradores para guardar sus her­ramien­tas y los pas­tores para guare­cerse del frío. Tam­bién per­viv­en los cay­rous, val­las de piedra que delim­ita­ban las difer­entes parce­las agrí­co­las.

Saint-Cirq-Lapopie, como buen pueblo mon­tañoso que es, se encuen­tra en lo alto de una col­i­na, casi cien met­ros por enci­ma del río Lot, donde aún se con­ser­van antigu­os moli­nos y cuan­do lle­ga el buen tiem­po las embar­ca­ciones de recreo nave­g­an por sus aguas. Como comenta­ba antes, el camino has­ta aquí es igual de vis­toso, ya que la car­retera se va estrechan­do, cor­rien­do para­lela a acan­ti­la­dos abrup­tos.

Y aunque esta pequeña vil­la medieval no alber­gue grandes mon­u­men­tos, a excep­ción de las ruinas del castil­lo de la famil­ia Car­dail­lac (des­de las que se obtienen las mejores panorámi­cas) y la Casa-Museo Rig­nault (que sólo abre de Abril a Octubre), su ver­dadero encan­to reside en esas calles laberín­ti­cas enca­jon­adas entre casonas cen­te­nar­ias. Entre ellas, desta­ca el Alber­gue de los Marineros, la Casa de la Four­donne, con esos robus­tos ban­cos de piedra a sus pies, y la Mai­son Dau­ra, una casa medieval del siglo XIII que en la actu­al­i­dad acoge a diver­sos artis­tas. Las rús­ti­cas fachadas, con sus car­ac­terís­ti­cos entra­ma­dos de madera que tan­to nos record­a­ban a la arqui­tec­tura alsa­ciana, las arcadas que pro­tegían los calle­jones, la tran­quil­i­dad que nos rode­a­ba en la escon­di­da Plaza de Car­ol... momen­tos que se quedan en tu reti­na de por vida.

Saint-Cirq-Lapopie

Saint-Cirq-Lapopie

Saint-Cirq-Lapopie

Saint-Cirq-Lapopie

Najac

Una hora más de camino en coche para lle­gar a otra de las per­las del sur de Fran­cia: Najac. Otra deli­cia de recor­ri­do que bor­dea las gar­gan­tas del río Avey­ron. Najac es un pueblo atípi­co ya que se com­pone prin­ci­pal­mente de una larguísi­ma calle que dis­curre en la cima de una mon­taña, brindán­donos una ima­gen tan curiosa como esta…

Najac Francia

Como en todos los pueb­los que visi­ta­mos, la entra­da del coche está pro­hibi­da ya que la may­oría de las calles son peatonales y lo suyo es recor­rerlas a pie. No sólo no tuvi­mos prob­le­ma en los park­ings, que esta­ban vacíos, sino que enci­ma nos salían gratis: otra ven­ta­ja respec­to a vis­i­tar estos pueb­los en tem­po­ra­da alta. De todos los pueb­los que visi­ta­mos, Najac fue el que nos exigió may­or esfuer­zo físi­co: la úni­ca man­era de recor­rerlo es hacien­do pier­nas, subir para luego bajar.

Comen­zamos el recor­ri­do por su castil­lo del siglo XIII, en la cima de una mon­taña de 200 met­ros de alti­tud. Este se con­struyó durante dos peri­o­dos, primero bajo la orden de los Con­des de Toulouse y después bajo la de Alfon­so de Poitiers. Desta­ca su Torre del Hom­e­na­je de 40 met­ros de altura. Cer­ca aún se mantiene en pie la Porte de la Pique, que forma­ba parte del edi­fi­cio defen­si­vo perteneciente a las mural­las.

Najac Francia
El Castil­lo de Najac, al fon­do de la calle prin­ci­pal de Najac

En un extremo de dicha aveni­da se encuen­tra la Igle­sia de San Juan Evan­ge­lista, con­stru­i­da por los pro­pios habi­tantes de Najac, pena que les impu­so hace sig­los la Inquisi­ción cuan­do les con­sid­eró ove­jas descar­ri­adas que flirte­a­ban con el cataris­mo. Aunque a sim­ple vista parez­ca una igle­sia bas­tante sen­cil­la, fue el primer edi­fi­cio góti­co lev­an­ta­do en la región . Des­de aquí se tienen las mejores vis­tas del valle.

Najac Francia

En el otro extremo ten­emos la plaza más impor­tante, la Plaza de Faubourg, que en el pasa­do acogía el mer­ca­do de la ciu­dad y cualquier cel­e­bración rel­e­vante (como en la may­oría de los pueb­los). En el cen­tro se ubi­ca la Fuente de los Cón­sules del año 1344. Las casas que la rodean datan del siglo XV y aún con­ser­van los sopor­tales que per­mitían a mer­caderes y clientes res­guardarse de la llu­via. Aquí encon­trarás la Ofic­i­na de Tur­is­mo, que como verás en la foto se encuen­tra pre­cisa­mente en una casona bel­lísi­ma. Otros edi­fi­cios destaca­bles en el cas­co históri­co son la Casa del Gob­er­nador (que esta­ba en pleno pro­ce­so de restau­ración) y la Mai­son du Senechal.

Najac Francia

Cordes sur Ciel

El pun­to final de nues­tra ruta nos lle­varía has­ta otro pueblo real­mente entrañable: Cordes Sur Ciel. Su nom­bre (Cordes sobre el cielo) le viene que ni pin­ta­do pues los días de niebla parece flotar sobre las nubes. Nos enam­oramos per­di­da­mente de él cuan­do vimos fotos suyas en inter­net y nos parecía el mejor esce­nario posi­ble para cer­rar este road trip por tier­ras galas. Hablan­do de coche, fue el úni­co pueblo donde pag­amos park­ing: es el más grande de todos (900 habi­tantes) y todo el pueblo es zona azul. Por fin un lugar donde nos cruzábamos con gente por la calle. Ya empezábamos a pen­sar que éramos los últi­mos habi­tantes del plan­e­ta Tier­ra.

Cordes sur Ciel es otro de los enclaves míti­cos de la Ruta de los Cátaros, ya que fue una vil­la clave en las cruzadas reli­giosas y sus habi­tantes sufrieron las iras de la Inquisi­ción, como tan­tas otras aldeas de este área. Se le con­sid­era un pueblo rodea­do de leyen­das y un halo de mis­te­rio y no cues­ta envol­verse en dicha atmós­fera cuan­do recor­res sus emp­inadas calles empe­dradas y te ves rodea­do por unas fachadas donde la veg­etación es omnipresente.

La ciu­dad vivió una esplen­dorosa época de pros­peri­dad gra­cias al com­er­cio y aquí lev­an­taron sus palacetes góti­cos los nobles de la época. En muchas de estas fachadas aún sobre­vive la figu­ra del dragón, aso­ci­a­da de por vida a esta vil­la amu­ral­la­da. Las vie­jas man­siones aco­gen en sus plan­tas bajas talleres de arte­sanías y acoge­do­ras tien­das que han sabido respetar con el may­or de los orgul­los la arqui­tec­tura orig­i­nal. Todas las sem­anas se orga­ni­za un mer­ca­do local y en ver­a­no se con­gre­gan aquí los artis­tas de la zona para vender sus pro­duc­tos con­fec­ciona­dos a mano.

Cordes sur Ciel Francia

La Puer­ta de L’Hor­loge es una de las imá­genes más emblemáti­cas de Cordes. Otras reseñables son la Puer­ta de Ormeaux, la de Jane y la de Por­tanel

Cordes sur Ciel Francia

En la Plaza del Mer­ca­do podrás abaste­certe de pro­duc­tos típi­cos como vinos, patés o mer­me­ladas. Aquí se encuen­tra un pozo de más de 100 met­ros de pro­fun­di­dad en el que según cuen­ta la leyen­da reposan los restos de los tres inquisidores que vinieron aquí a hac­er de las suyas y que fueron recibidos por la cólera de los veci­nos. Bien mere­ci­do se lo tenían.

Cordes Sur Ciel

Aunque no sea demasi­a­do grande, Cordes sur Ciel llegó a ten­er en el pasa­do más de 5.000 habi­tantes (lo cual era mucho en dicha época) y heren­cia de aque­l­la impor­tan­cia son la igle­sia de Saint-Michel y los Museos Charles Por­tal, el Museo del Choco­late y el Museo de Arte Mod­er­no. Antes de des­pedirnos, te acon­se­jamos que, si vienes en ver­a­no, aprovech­es para vis­i­tar Cordes sur Ciel a medi­a­dos de Julio, ya que aquí se cel­e­bra una de las fies­tas medievales más impor­tantes y mul­ti­tu­di­nar­ias de toda Occ­i­ta­nia.

Cordes Sur Ciel

Cordes sur Ciel Francia


Descubre más desde Mil y un viajes por el mundo

Suscrí­bete y recibe las últi­mas entradas en tu correo elec­tróni­co.

4 Comments

  1. A nosotros nos encan­tó tam­bién la zona, ya me hubiera gus­ta­do leerte antes de ir. Afor­tu­nada­mente, no tuvi­mos prob­le­mas con el alquil­er de coche en cuan­to a lim­ita­ciones de km recor­ri­dos. Por si os sirve para otra vez, alquil­am­os con Álamo.

  2. Gra­cias por tu comen­tario, Eva. Nosotros com­para­mos en todas las ofic­i­nas del aerop­uer­to y parecían haberse puesto de acuer­do para ten­er esa políti­ca. Nos apun­ta­mos en cualquier caso lo de Alamo, mil gra­cias por la recomen­dación. Un abra­zo!

  3. Daniel Carletti

    at

    HOLA, MUY BUENA RESEÑA. TENEMOS PENSADO CONOCER LA ZONA A FINALES DE FEBRERO. SOMOS UN MATRIMONIO ARGENTINO CON NIÑOS DE 10 Y 14 AÑOS.
    LA CONSULTA ES SI LAS AUTOPISTAS Y CAMINOS SON SEGUROS, O SI PUEDES ENCONTRARTE CON NIEVE YA QUE NO ESTAMOS ACOSTUMBRADOS A MANEJAR EN ESAS CONDICIONES. POR OTRA PARTE, SI TE PARECE ADECUADO IR CON NIÑOS…SOBRE TODO PORQUE ESTA CASI TODO CERRADO (SERA ASI PARA FINES DE FEBRERO TAMBIEN?).
    TODO LO QUE PUEDAS COMENTARNOS SERA DE AYUDA. IREMOS EN AUTO DESDE PARIS

  4. Mil y un Viajes por el Mundo

    at

    Hola Daniel. Nosotros estu­vi­mos en Enero y tuvi­mos la suerte de que no nos nevara pero es zona mon­tañosa y no sería raro encon­trar nieve, por lo que si alquiláis coche, ase­gu­raos en la agen­cia de que os dan cade­nas. Sin prob­le­ma ninguno para ir con niños aunque al estar casi todos los establec­imien­tos cer­ra­dos en los pueb­los, es acon­se­jable que paréis en algún super­me­r­ca­do grande (hay var­ios en pueb­los más impor­tantes) y llenéis el maletero con algu­nas pro­vi­siones. Tam­bién es recomend­able que llevéis ya reser­va­do el alo­jamien­to porque como digo muchos hote­les están cer­ra­dos. Estu­vi­mos en casas par­tic­u­lares alo­ja­dos y nos trataron mar­avil­losa­mente.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde Mil y un viajes por el mundo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo