La salvaje isla de Skye

Nue­stro sigu­iente des­ti­no era otro de los que más nos apetecía en este via­je. Se trata­ba de la remo­ta Isla de Skye, la may­or de las Islas Hébri­das Infe­ri­ores, cono­ci­da entre los esco­ce­ses como Eilean Sgiathanach. Una isla que pese a no ser pequeña, está bas­tante despobla­da: no lle­ga a los 10.000 habi­tantes. Esto era lo que más nos atraía de ella: su soledad. Y es que al ser ya Sep­tiem­bre, parecía haber baja­do bas­tante el trá­fi­co de turistas.¡Qué bien!

Para acced­er a Skye, si vas en coche, puedes hac­er­lo de dos man­eras. Subi­en­do el vehícu­lo al bar­co (te cobran unas 20 libras por el coche y 4 por cada pasajero) o por tier­ra firme, cruzan­do el puente Sky Bridge, que aunque antes se paga­ba pea­je, aho­ra es total­mente gra­tu­ito. Nosotros escogi­mos esta segun­da opción. Aña­do que lo ide­al es que si vis­itáis la isla, lo hagáis motor­iza­dos. Tened en cuen­ta que el trans­porte públi­co en Skye es mín­i­mo y te puedes tirar horas esperan­do un auto­bús que tam­poco sabes muy bien si final­mente acabará apare­cien­do. Ten­er coche no sólo te dará inde­pen­den­cia sino que te per­mi­tirá acced­er a muchos más sitios.

Portree, la ciu­dad más grande de Skye, es sin embar­go bas­tante chiq­ui­ti­ta, no lle­ga a los 2.000 habi­tantes. Aún así, es donde es más fácil encon­trar alo­jamien­to, que pese a ello es esca­so y caro. Hay muy pocos hote­les y bed&breakfast y los dueños se aprovechan de la situación para aumen­tar­los pre­cios. Por este moti­vo, reser­va­mos pre­vi­a­mente tres habita­ciones dobles en una casa par­tic­u­lar (por medio de Airbnb tam­bién), aunque esta vez no tuvi­mos tan­to éxi­to como con el piso de Edim­bur­go. Para empezar, cuan­do lleg­amos con el coche nos infor­maron de que el check-in era bas­tante tarde, a las 16:00, y ni siquiera tuvieron el detalle de per­mi­tir que dejáramos las male­tas mien­tras íbamos a com­er y dábamos una vuelta por el pueblo, asi que las dejamos guardadas en el maletero. Después, cuan­do fuimos a dejar las cosas, la dueña, típi­ca sesen­tona escoce­sa, nos dice que de tres habita­ciones dobles nada, que habíamos reser­va­do una doble y una cuá­dru­ple. Después del can­san­cio que llevábamos acu­mu­la­do tras horas y horas de car­retera, y tenien­do en cuen­ta que no había muchas más opciones de alo­jamien­to, decidi­mos pasar de dis­cu­tir con ella y hac­er la vista gor­da ya que sólo estaríamos una noche. Asi que decidi­mos dormir las chi­cas en la de cua­tro y mi novio y nue­stro otro ami­go en la doble. El prob­le­ma aña­di­do vino cuan­do lleg­amos a la cuá­dru­ple y vemos que de cuá­dru­ple nada: una cama de mat­ri­mo­nio y dos camas indi­vid­uales enca­jon­adas en el hue­co que antigua­mente debía servir de vesti­dor. Vaya hoci­co que se gasta­ba la vie­ja. Para rematar, nos avisó que el desayuno se servía de 07:30 a 08:15 (ni un min­u­to más ni un min­u­to menos) y que deberíamos estar fuera a las 09:30. Vamos, que aquí la ami­ga, entre el check-in tardío y el check-out tem­pra­no, nos había bir­la­do siete horas de alo­jamien­to por toda la cara. Pero bueno, cuan­do las cir­cun­stan­cias no vienen de cara, ton­tería es ago­b­iarse: te adap­tas a ellas y a pasar­lo lo mejor posi­ble. Al menos la casa era acoge­do­ra y el desayuno del día sigu­iente, total­mente casero. Sería mejor quedarse con esa sen­sación.

Típi­ca casa escoce­sa, dejan­do claras sus incli­na­ciones políti­cas y pidi­en­do el YES para el refer­én­dum de la inde­pen­den­cia…

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Como os comen­to, Portree (el Puer­to del Rey), la cap­i­tal de Skye, es bas­tante pequeña, se recorre en un par de horas, pero eso no le res­ta ni un gramo de encan­to. Pueblo marinero has­ta la médu­la, con un boni­to puer­to car­ac­ter­i­za­do por sus lla­ma­ti­vas casas de col­ores, a mí me pare­ció el lugar idó­neo para per­noc­tar, nos gustó un mon­tón. Es real­mente muy tran­qui­lo aunque, como el tiem­po acom­paña­ba, las tres o cua­tro ter­rac­i­tas del cen­tro esta­ban has­ta los topes de gente.

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En Portree, aparte de dar una vuelta por sus cal­lecitas pin­torescas o con­tratar en el puer­to excur­siones de un par de horas en bar­co a la cer­cana isla de Raasay (Lady B Boat Trips, pre­cio 12 libras) tam­poco hay muchas más cosas que hac­er (aquí lo que real­mente impor­ta es el entorno nat­ur­al), asi que nos tomaríamos el día con algo más de tran­quil­i­dad tras var­ios días pate­an­do, que bien nos merecíamos un des­can­si­to. Así que decidi­mos parar a com­er sin prisas en The Gra­nary, uno de los locales más encan­ta­dores de Portree, situ­a­do en el mis­mo cen­tro, y así aprovechar para degus­tar algo de la gas­tronomía local, como los mejil­lones o el bacalao, que, por cier­to, esta­ban exquis­i­tos. Tam­bién probamos las cervezas locales: me llamó la aten­ción que, pese a ten­er tan poca población, Portree con­tara con su propia cerveza, para que veáis la devo­ción (que com­par­ti­mos) de los esco­ce­ses al ben­di­to lúpu­lo. Por cier­to, y hablan­do de cervezas, otro local muy recomend­able para cerve­cear es el The McN­abs Inn, una cerve­cería donde parecíamos estar sólo nosotros y unos cuan­tos lugareños jugan­do al bil­lar.

Después de com­er, volvi­mos a dejar las male­tas a la casa y cogi­mos el coche para pasar la tarde recor­rien­do la isla (ojo,que aquí las car­reteras sí que son estrechísi­mas). El primer lugar en el que pararíamos es en el área de Trot­ternish, donde se encuen­tra el Old Man of Storr, ese curioso pinácu­lo de piedra que veis a la derecha de la fotografía y que prob­a­ble­mente sea una de las imá­genes más cono­ci­das de la isla. Hay muchos excur­sion­istas que suben has­ta arri­ba pero como la escal­a­da suponía más de dos horas, decidi­mos fotografi­ar­lo des­de aba­jo y con­tin­uar nues­tra ruta.

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Otra de las imá­genes más boni­tas de la isla es la de la cas­ca­da de Kilt Rock, que como veis, cae direc­ta­mente al mar. Para mi gus­to, una de las fotografías más boni­tas que hice en todas las High­lands. 60 met­ros de caí­da libre que pudi­mos vis­lum­brar prác­ti­ca­mente solos, ya que el día empez­a­ba a refres­car y eran pocos los vis­i­tantes que se acer­ca­ban por estos lares…

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Algo que mucha gente desconoce es que Skye no es sólo famosa por sus extra­or­di­nar­ios paisajes sino tam­bién por las huel­las de dinosaurios que han sobre­vivi­do has­ta nue­stros días. Estos gigan­tescos ani­males vivieron en Skye hace la friol­era de 165 mil­lones de años, por lo que muchos cono­cen a Skye como The Dinosaur Island. Los ves­ti­gios más impor­tantes se encuen­tran en el pueblo de Staf­fin, donde inclu­so hay un min­imuseo ded­i­ca­do al tema. Eso sí, recuer­da que el museo no abre en invier­no porque no tiene elec­t­ri­ci­dad: si vienes en ver­a­no, aún así trae ropa de abri­go.

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Debe­mos recor­dar por ello que Skye ha esta­do habita­da no sólo por dinosaurios sino tam­bién por humanos des­de épocas pre­históri­c­as. La mejor prue­ba son las brochs, tor­res cir­cu­lares de piedra de la Edad de Hier­ro, que están dis­em­i­nadas por toda la isla, la may­or parte medio en ruinas. Las brochs no sólo eran uti­lizadas como for­t­alezas defen­si­vas: tam­bién eran un sím­bo­lo de autori­dad frente a otras tribus que definían la supe­ri­or­i­dad del pueblo con­struc­tor, cuan­tas más brochs tuvieras, más temi­ble te con­sid­er­a­ban tus ene­mi­gos.

Nos acer­camos a últi­ma hora a echarle un vis­ta­zo al castil­lo de Dun­ve­g­an pero como se nos había ido el san­to al cielo con el tiem­po (tam­poco os creáis que se podía cor­rer mucho más por esas car­reteras) cuan­do lleg­amos esta­ba cer­ra­do. Dimos una vuelta por los alrede­dores pero duramos poco tiem­po: había tal can­ti­dad de mos­qui­tos que decidi­mos irnos antes de que nos extra­jer­an cual vam­piro has­ta la últi­ma gota de san­gre.

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Decidi­mos regre­sar a Portree vis­to que se nos ech­a­ba la noche enci­ma. Ibamos con la inten­ción de cenar, sin recor­dar que a las 9 de la noche prác­ti­ca­mente todos los restau­rantes esta­ban dan­do los últi­mos cole­ta­zos, a esas horas ya casi no se veía un alma por la calle. Asi que como últi­mo recur­so encon­tramos un restau­rante que vendía comi­da asiáti­ca para lle­var y nos cogi­mos unos rol­li­tos viet­na­mi­tas y unos platos de cur­ry para cenar tran­quil­a­mente en casa de la jubi­la­da escoce­sa, que al menos sí nos deja­ba uti­lizar el salón. Como la mañana sigu­iente teníamos el desayuno bas­tante pron­to y estaríamos tem­pra­no en car­retera, aprovechamos para irnos sin mucha demo­ra a la cama. El día sigu­iente nos regalaría otro buen puña­do de kilómet­ros…

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