Tallín: viaje a la capital de Estonia

 

Nues­tra sigu­iente eta­pa en el via­je por Escan­di­navia nos lle­varía a Esto­nia, más conc­re­ta­mente a su cap­i­tal, Tallin. Como os comen­té en la entra­da del via­je a Fin­lan­dia, via­jar de Helsin­ki a Tallin no sólo es muy cómo­do sino tam­bién muy bara­to. El pre­cio del trayec­to en bar­co ape­nas lle­ga a los veinte euros. Y no sólo merece la pena por el pro­pio via­je en sí (ir sur­can­do las aguas del Mar Bálti­co es una boni­ta expe­ri­en­cia) sino que además te pre­sen­tas en Tallin en dos horas y media. Os recuer­do que tenéis que estar en la ter­mi­nal de embar­que una hora y media antes para los trámites de adu­a­na y demás. Los bar­cos que real­izan este trayec­to entre ambas cap­i­tales varias veces al día son autén­ti­cas ciu­dades flotantes, bar­cos de var­ios pisos en los que todo está ori­en­ta­do a la diver­sión, con dece­nas de bares y dis­cote­cas e inclu­so super­me­r­ca­dos con artícu­los libres de impuestos, por lo que hay muchos fin­lan­deses que lle­gan, hacen la com­pra y regre­san a su ciu­dad en el sigu­iente bar­co. Otros muchos aprovechan para pon­erse has­ta arri­ba de beber porque aquí el alco­hol tam­poco paga tasas (y os recuer­do que el pre­cio medio de una cerveza en Helsin­ki es de nueve euros); yo no he enten­di­do muy bien lo de embor­racharse subido a un bar­co pero lo cier­to es que estas naves son tan grandes que ape­nas notas el movimien­to.

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Teníamos mucha curiosi­dad por cono­cer Esto­nia ya que aparte de ser uno de los país­es menos pobla­dos de Europa, con poco más de un mil­lón de habi­tantes, su situación históri­ca como repúbli­ca ex soviéti­ca nos resulta­ba de lo más atrac­ti­va. Los pobres esto­nios se han pasa­do la vida bajo el yugo de gob­er­nantes extran­jeros, des­de los Caballeros Teutóni­cos has­ta la Coro­na de Sue­cia, los nazis ale­manes y final­mente la Unión Soviéti­ca, lo que ha provo­ca­do a lo largo de su his­to­ria la ger­mi­nación de innu­mer­ables movimien­tos nacional­is­tas. El tiem­po que pasamos en el país con­stata­mos de largo que los esto­nios están muy orgul­losos de ser quienes son, de sus raíces y cos­tum­bres y, sobre todo, de su final­mente con­segui­da inde­pen­den­cia como nación, que no se con­solidó has­ta el año 1991. El camino has­ta declararse como un país inde­pen­di­ente ha esta­do pla­ga­do de san­gre y lágri­mas.

En cualquier caso (lo notarás cuan­do pasees por Tallin) el pasa­do soviéti­co de Esto­nia con­tinúa estando bien pre­sente en la vida diaria del país, no obstante, una cuar­ta parte de la población es rusa y tam­bién viv­en aquí muchos ucra­ni­anos y bielor­ru­sos; no es de extrañar ya que des­de el año 2004 Esto­nia pertenece a la Unión Euro­pea, con todas las ven­ta­jas que ello con­ll­e­va, lo que ha atraí­do a muchos expa­tri­a­dos de otras repúbli­cas ex soviéti­cas. La con­viven­cia de cul­turas eslavas es la tóni­ca habit­u­al en estas tier­ras. Y una curiosi­dad más: pese a la can­ti­dad de igle­sias y tem­p­los que se agol­pan en Tallin, Esto­nia es el país menos reli­gioso del mun­do: ape­nas un 20% de sus habi­tantes se declara prac­ti­cante de algún cul­to. Supon­go que tan­tos años de dolor y penurias les ha enseña­do que el dios en el que más se puede con­fi­ar es uno mis­mo.

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Desem­bar­cábamos en Tallin y lo primero que hacíamos al lle­gar a la ter­mi­nal de los fer­ries era irnos a sacar dinero a un cajero. Con tan­to lío de país­es en este via­je, pen­sábamos que en Esto­nia aún usa­ban la coro­na pero no, des­de hace pocos años ya uti­lizan como nosotros el euro. Mejor, así no teníamos que estar con cál­cu­los ni con­ver­siones. Después de venir de un país como Fin­lan­dia, con un niv­el de vida altísi­mo y unos pre­cios que daban miedo, era un des­can­so lle­gar a Esto­nia y com­pro­bar que los pre­cios eran algo más bajos que los que estil­am­os en España. Por pon­er un ejem­p­lo, el alo­jamien­to que habíamos escogi­do, los Cen­tral Apart­ment Kala­ma­ja , ape­nas nos salía por 53 euros por noche y era un aparta­men­to grandísi­mo con todo tipo de como­di­dades. Lo encon­tramos por Book­ing y fue todo un acier­to; eso sí, dadles un tele­fon­a­zo quince min­u­tos antes de lle­gar porque los dueños tienen aparta­men­tos en otras partes de la ciu­dad, para que os estén esperan­do.

Nosotros nada más lle­gar com­pro­bamos la ama­bil­i­dad de los esto­nios cuan­do un señor, al ver­nos lla­mar y que nadie nos abri­era, se ofre­ció a lla­mar a los dueños él mis­mo des­de su móvil y así de paso ya char­ló con nosotros un rati­to y nos con­tó lo enam­ora­do que se había queda­do de España cuan­do había vis­i­ta­do nue­stro país. Lo bueno del aparta­men­to es que esta­ba en la calle Val­ge­base, en una zona res­i­den­cial tran­quilísi­ma llena de jar­dines y casitas antiguas, a ape­nas diez min­u­tos andan­do de las mural­las del cen­tro históri­co y muy cer­ca tam­bién de la prin­ci­pal estación de auto­bus­es, vamos, que la ubi­cación era ide­al. Además, teníamos a dos min­u­tos un super­me­r­ca­do grandísi­mo que nos vino genial para hac­er com­pra de cervezas locales (la más cono­ci­da es la Viru) y apro­vi­sion­arnos de cosas para el desayuno. Por cier­to, el dueño del aparta­men­to majísi­mo, él mis­mo nos dejó pedi­do un taxi para la mañana del día que nos íbamos, ya que el vue­lo de Air Baltic a Esto­col­mo nos salía bas­tante tem­pra­no. Lo bueno es que el aerop­uer­to de Tallin está bas­tante cer­ca de la ciu­dad, a ape­nas diez kilómet­ros, y el trayec­to nos costó poco más de diez euros.

Aunque en Tallin la may­oría de la población sólo habla esto­nio (prin­ci­pal­mente) y en menor medi­da letón, litu­ano y ruso, al ser una ciu­dad bas­tante turís­ti­ca no tuvi­mos demasi­a­do prob­le­ma para hac­er­nos enten­der y en gen­er­al los esto­nios nos parecieron super amables. Todo ello tenien­do en cuen­ta que, al fin y al cabo, son norteños, y que no es tan habit­u­al lo de pon­erse a char­lar con cualquiera como en los país­es lati­nos pero lo cier­to es que con la fama de fríos y dis­tantes que tienen, a nosotros en gen­er­al nos sor­prendieron para bien.

Mercado medieval Tallin

Antes de comen­zar con nue­stro paseo por la ciu­dad, comen­to que hay muchos tur­is­tas, los que via­jan en crucero, que úni­ca­mente vis­i­tan Tallin durante unas horas, el tiem­po que les per­miten estar los del bar­co cor­re­spon­di­ente. Por este moti­vo, el cas­co antiguo se encuen­tra lit­eral­mente abar­ro­ta­do de gente por las mañanas (hay calles en las que ape­nas se puede andar) y, sin embar­go, cuan­do cae la tarde, la ciu­dad se que­da casi desier­ta y nosotros paseábamos por muchas de esas calles sin cruzarnos prác­ti­ca­mente con nadie. Inde­pen­di­en­te­mente de que en mi opinión Tallin es una ciu­dad imposi­ble de degus­tar a fon­do en sólo una mañana, recomien­do encar­e­ci­da­mente lo de dormir allí pre­cisa­mente para poder dis­fru­tar de Tallin con cal­ma por las tardes, que es cuan­do real­mente te empa­parás de su encan­to. Además, hay vida más allá del cen­tro históri­co: nosotros estu­vi­mos tres días y aún así podíamos haber esti­ra­do la visi­ta bas­tante más. Comen­to esto porque aunque la ciu­dad parez­ca algo pequeña (no lle­ga al medio mil­lón de habi­tantes, un ter­cio de la población nacional vive aquí), a niv­el pat­ri­mo­nio históri­co tiene muchísi­mo que ofre­cer. Lo bueno a cam­bio es que prác­ti­ca­mente puedes lle­gar a todos los sitios intere­santes andan­do.

Comence­mos ya. El cas­co históri­co de Tallin no es que sea espec­tac­u­lar, no, es que lit­eral­mente está con­sid­er­a­do como el cas­co medieval mejor con­ser­va­do de toda Europa, que se dice pron­to tenien­do en cuen­ta las ciu­dades tan bel­lísi­mas con las que ha de com­pe­tir. Antiquísi­mo (empezó a con­stru­irse en el siglo XIII aunque la primera for­t­aleza que se erigió data de nada menos que del 1050), es prue­ba pal­pa­ble de cómo la ciu­dad comen­zó a enrique­cerse a raíz de su perte­nen­cia a la Liga Hanseáti­ca, esa aso­ciación de com­er­ciantes que establecieron que sus rutas pasaran por ciu­dades como Gdan­sk, Ham­bur­go, Riga, Vis­by o Reval (que es como se conocía a Tallin en aque­l­la época). Las ele­gan­tísi­mas man­siones que pueden encon­trarse den­tro de las mural­las así lo ates­tiguan.

Hablan­do de mural­las, todo el cas­co antiguo se encuen­tra com­ple­ta­mente amu­ral­la­do, lo que da a la ciu­dad un aire de cuen­to de hadas embria­gador. Es una autén­ti­ca deli­cia entrar y salir del cas­co antiguo por algu­na de sus numerosas puer­tas, a cual más boni­ta. Esta de aquí aba­jo, por ejem­p­lo, es la Monastery Gate, por la que acced­i­mos la primera mañana. Si no fuera por los coches y los tur­is­tas, pare­cería que fuéramos a encon­trarnos de un momen­to a otro con Mer­lín el Encan­ta­dor.

Tallin

Recor­rer el perímetro de las mural­las, tan­to por el exte­ri­or como por el inte­ri­or, es algo en lo que te acon­se­jo que gastes un par de horas (si no más). Hay un mon­tón de tor­res, de dis­tin­tas for­mas y difer­entes épocas, lev­an­tadas a lo largo de los muros defen­sivos y además varias de ellas se pueden vis­i­tar por den­tro. Algu­nas de ellas como la Maid­en Tow­er, que antigua­mente ejer­ció como cár­cel para pros­ti­tu­tas, es sin embar­go hoy en día una coque­ta cafetería. Algu­nas de las más boni­tas son la Nun’s Tow­er, la Kiek in the Kök (en cuyo inte­ri­or hay un pequeño museo acer­ca de las for­ti­fi­ca­ciones de Tallin), la Sauna Tow­er, la Gold­en Leg Tow­er, la Epping Tow­er y la robustísi­ma Fat Mar­garet, que se con­struyó con la inten­ción de impre­sion­ar a los vis­i­tantes que lle­garan por primera vez a Tallin. Aquí os dejamos las fotografías de algu­nas de ellas.

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El corazón del Old Town es, como no, la Raeko­ja Plats (nom­bre que se usa des­de 1923) o lo que es lo mis­mo, la Town Wall Square. Aquí se encuen­tra el bel­lísi­mo Ayun­tamien­to, el más antiguo de toda Escan­di­navia y las naciones bálti­cas y el úni­co ayun­tamien­to de esti­lo góti­co del norte de Europa. Lo cier­to es que vis­to des­de lejos parece más una igle­sia que un con­sis­to­rio. Los talli­nens­es tienen mucho car­iño a este pre­cioso edi­fi­cio porque aquí se encuen­tra la pequeña estat­ua del sim­páti­co Old Thomas, el sím­bo­lo de la ciu­dad, un campesino que era todo un prodi­gio mane­jan­do el arco y las fle­chas y al que Tallin quiso rec­om­pen­sar sus vir­tudes dán­dole de por vida el puesto de guardián de la ciu­dad.

El Ayun­tamien­to fue con­stru­i­do en la antigua Plaza del Mer­ca­do y aparte de acoger un almacén gigan­tesco y una amplísi­ma sala de reuniones, en el pasa­do llegó a ser uti­liza­do como teatro y en la actu­al­i­dad, aparte de usarse para tar­eas admin­is­tra­ti­vas, tam­bién alber­ga en su inte­ri­or un museo, que se puede vis­i­tar en Julio y Agos­to, y una sala de concier­tos. Sus más de 600 años de antigüedad no han hecho mel­la ningu­na en su apari­en­cia majes­tu­osa.

Ayuntamiento Tallin

Si vis­i­tas Tallin cuan­do comien­zan las bue­nas tem­per­at­uras en ver­a­no, te encon­trarás la Town Hall Square llena de acoge­do­ras ter­rac­i­tas y si vienes en invier­no, com­pro­barás que la plaza es uti­liza­da, como hace sig­los, para orga­ni­zar uno de los mer­cadil­los navideños más boni­tos de Europa alrede­dor de un altísi­mo árbol de Navi­dad. Aquí tam­bién encon­trarás la Raeapteek, una de las far­ma­cias más antiguas de Europa, en fun­cionamien­to des­de el siglo XV. Hoy en día es uno de los edi­fi­cios más vis­i­ta­dos de la ciu­dad y una de sus curiosi­dades es que, según cuen­ta la leyen­da, aquí se inven­tó el maza­pán mien­tras los bot­i­car­ios exper­i­menta­ban con nuevos medica­men­tos. Cerqui­ta tienes el Kalev Marzi­pan Room, una tien­da-museo donde podrás admi­rar (y com­er) un mon­tón de maza­panes a cual más orig­i­nal.

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He comen­ta­do antes la can­ti­dad de restau­rantes que puedes encon­trarte en la plaza pero la may­oría de ellos son exager­ada­mente turís­ti­cos y con pre­cios bas­tante altos para los nive­les de vida esto­nios. En ese sen­ti­do, quizás hayas vis­to en otros blogs que se acon­se­ja com­er en el restau­rante Olde Hansa, que en nues­tra opinión es una tram­pa para tur­is­tas donde te soplan 40 euros por bar­ba con el rol­lo de que sus camar­eras van dis­frazadas de corte­sanas. Nosotros nos aso­mamos a echar un vis­ta­zo y fran­ca­mente, nos pare­ció un sitio bas­tante arti­fi­cial. Asi que opta­mos por ir al restau­rante que llevábamos ano­ta­do y que, sin­ce­ra­mente, nos pare­ció uno de los grandes des­cubrim­ien­tos de Tallin, el espec­tac­u­lar III Draakon . Este pequeñi­to restau­rante medieval (medieval has­ta el pun­to de que no tienen luz eléc­tri­ca y cenas a la luz de las velas), no sólo es autén­ti­co a más no poder, con sus mesas de madera, sus muros de piedra y su cubert­ería de bar­ro (vamos, como si estu­vieras en ple­na Edad Media) sino que enci­ma la comi­da está riquísi­ma (opta­mos por sidra arte­sanal, salchichas caseras, cos­til­las y una deli­ciosa sopa de alce, uno de los platos estrel­la del medie­vo esto­nio) y ape­nas pag­amos 20 euros por una cena para dos. Asi que ya sabes, cuan­do vayas a Tallin, no olvides que el III Draakon es uno de los lugares más espe­ciales de la ciu­dad para darte un hom­e­na­je gas­tronómi­co.

III Draakon Tallin

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La calle Pikk (la Pikk Tänav en esto­nio) a mí fue uno de los lugares que más me gustó de Tallin. No sólo es una de las calles más largas e impor­tantes del cas­co viejo, tam­bién con­ser­va algunos de los edi­fi­cios más boni­tos de la ciu­dad, tan­to medievales como otros de art noveau. La calle comien­za en la antes men­ciona­da Torre de Fat Mar­garet, que antigua­mente se usó como armería y como prisión y actual­mente acoge el Museo Marí­ti­mo de Esto­nia.
Great Coast Gate

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La calle Piik es refu­gio de los artis­tas locales y es donde se pueden encon­trar las mejores galerías de arte, entre las que desta­ca la Nav­it­rol­la, por lo que es un buen lugar para hac­erse con sou­venirs. Aquí se encuen­tra tam­bién la Sociedad Filar­móni­ca de Tallin, que a menudo ofrece concier­tos de músi­ca clási­ca, el boni­to café Maiasmokk (en acti­vo des­de 1864 y el lugar con más glam­our en la era soviéti­ca), el hotel Three Sis­ters, uno de los más emblemáti­cos de la ciu­dad, y la Casa de la Her­man­dad de los Cabezas Negras, una aso­ciación de mer­caderes solteros ger­manos que en tiem­pos medievales se ocu­pa­ban de las labores defen­si­vas de la ciu­dad. Al final de la calle se hal­la tam­bién la igle­sia luter­ana de la San­tísi­ma Trinidad.

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La Igle­sia de San Olav, que tardó nada más y nada menos que cua­tro sig­los en estar acaba­da, cuen­ta con una torre de 124 met­ros de altura (en su época, en el siglo XII, fue con­sid­er­a­da el edi­fi­cio más alto del mun­do). Puedes subir a su torre para admi­rar Tallin des­de las alturas. Aunque en la actu­al­i­dad ejerce como igle­sia bap­tista, lo cier­to es que su inte­ri­or es bas­tante espar­tano. Una de las curiosi­dades de la Igle­sia de San Olav es que cuan­do los soviéti­cos se “adueñaron” de Esto­nia en 1944, una de sus pri­or­i­dades era impedir a la población ten­er con­tac­to con el mun­do occi­den­tal, por lo que usaron la torre como base de opera­ciones para blo­quear la señal de tele­visión que lle­ga­ban des­de la veci­nas Fin­lan­dia y Sue­cia. Los rusos temían la pro­pa­gan­da políti­ca extran­jera pero en real­i­dad a los esto­nios lo que más curiosi­dad les pro­ducía era ver si era ver­dad que en los canales sue­cos se retrans­mitían pelícu­las eróti­cas.

Coquetísi­ma pelu­quería en las calles de Tallin

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En la calle Pikk podemos encon­trar el edi­fi­cio donde el Comité para la Seguri­dad del esta­do, es decir, la KBG instaló durante la Guer­ra Fría sus ofic­i­nas cen­trales y su emiso­ra de radio y donde los sospe­chosos de ir con­tra el gob­ier­no eran inter­ro­ga­dos y la may­oría de las veces tam­bién tor­tu­ra­dos. Las ven­tanas eran tapi­adas para que no se pudiera ver nada de lo que ocur­ría en el inte­ri­or ni se escucha­ran los gri­tos de los pri­sioneros. Una pla­ca en el exte­ri­or recuer­da que “aquí comen­zó el sufrim­ien­to de miles de esto­nios”.

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Por cier­to, si estás intere­sa­do en cono­cer un poco más del pasa­do comu­nista de Tallin, que abar­có des­de 1944 a 1991, te recomien­do que te dejes caer por el Museo de la KGB en el Hotel Viru, que en su momen­to fue el más grande de toda la Unión Soviéti­ca. En su últi­mo piso, el 23 (aunque ofi­cial­mente los ascen­sores sólo lle­ga­ban has­ta el 22) era donde tra­ba­ja­ban los espías rusos y las habita­ciones donde se encuen­tran los viejos telé­fonos que les comu­ni­ca­ban direc­ta­mente con Moscú se encuen­tran en idén­ti­co esta­do a cómo fueron hal­ladas después de que se aban­donaran pre­cip­i­tada­mente en el año ’91. El Viru era el úni­co hotel donde podían alo­jarse los pocos extran­jeros a los que se per­mitía la entra­da a Esto­nia y había micró­fonos y espías dis­frazadas de camar­eras y bailar­i­nas por todas partes.

Igle­sia de San Olav

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Este de aquí aba­jo es el Great Guild, expo­nente mag­ní­fi­co de la arqui­tec­tura de Tallin y uno de los edi­fi­cios medievales mejor con­ser­va­dos de la ciu­dad, tenien­do en cuen­ta que estu­vo en fun­cionamien­to con­tin­u­a­do des­de prin­ci­p­ios del siglo XV has­ta 1920, aco­gien­do difer­entes even­tos orga­ni­za­dos por el gremio de los com­er­ciantes. Actual­mente alber­ga el Museo Históri­co de Esto­nia (entra­da 5 euros), que recorre la his­to­ria del país des­de los tiem­pos neolíti­cos.

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La Igle­sia de San Nicolás, fun­da­da en 1230, es una de las más curiosas de la cap­i­tal ya que en su inte­ri­or se encuen­tran las pin­turas de la Dan­za de la Muerte. Este esti­lo arqui­tec­tóni­co, que puede encon­trarse tam­bién en otras ciu­dades como París o Basilea, fue muy pop­u­lar en la Baja Edad Media, aca­so debido a enfer­medades como la peste negra, que se lle­varon con­si­go miles de vidas. Con estas pin­turas se pre­tende sim­bolizar la frag­ili­dad de la vida humana y la inevitable lle­ga­da de la muerte, que a todos nos afec­ta por igual. En las pin­turas se puede ver dan­zan­do a los esquele­tos con reyes y sac­er­dotes.

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El cine Soprus es el más antiguo de toda Esto­nia y recibe cer­ca de 7.000 vis­i­tantes diar­ios. Fue uno de losa edi­fi­cios más impor­tantes de la época estal­in­ista y en la actu­al­i­dad, aparte de orga­ni­zar fes­ti­vales ciné­fi­los, emite pelícu­las de cine inde­pen­di­ente.

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El Cather­ine’s Pas­sage es uno de los rin­cones más pin­torescos de Tallin. Es un pequeñi­to calle­jón medieval, cono­ci­do antigua­mente como la Calle de los Mon­jes, que afor­tu­nada­mente se mantiene intac­to y que actual­mente guar­da en su inte­ri­or coque­tas tien­decitas de artis­tas locales, algu­nas de ellas escon­di­das en sub­ter­rá­neos y donde prin­ci­pal­mente se vende cerámi­ca y cristal. Las casas aledañas son del siglo XV y algu­nas de ellas han sido restau­radas para que no se pier­da la esen­cia de sig­los pasa­dos. Al lado se hal­la el Claus­tro del Monas­te­rio de los Domini­cos del año 1246.

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En las calles de Tallin el tiem­po parece haberse detenido hace sei­scien­tos años…

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Nos vamos a la zona de Toom­pea, la col­i­na que se encuen­tra 30 met­ros por enci­ma del cas­co históri­co y des­de la que se obtienen unas bel­lísi­mas vis­tas de la ciu­dad. La subi­da se hace por unos calle­jones empe­dra­dos. Des­de la antigüedad, esta parte de Tallin ha sido la más cod­i­ci­a­da por los gob­er­nantes, ya que per­mitía con­tro­lar todo el área cir­cun­dante y los castil­los que a lo largo de la his­to­ria se han emplaza­do aquí resulta­ban más fáciles de defend­er. La aris­toc­ra­cia dane­sa fue una de las primeras en escoger­la como lugar de res­i­den­cia y des­de entonces las asperezas entre los nobles y los vasal­los (que vivían en la parte baja) han sido con­tin­uas.

El Dan­ish King’s Gar­den es uno de los lugares más boni­tos de esta zona. Según cuen­ta la leyen­da, una ban­dera cayó del cielo mien­tras las tropas de Dina­mar­ca invadían la ciu­dad (y al pare­cer, de ahí viene el ori­gen de la actu­al ban­dera dane­sa).

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Las vis­tas de la ciu­dad des­de los miradores son impre­sio­n­antes

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Prob­a­ble­mente el edi­fi­cio que más me gustó en todo Tallin: la Cat­e­dral de Alexan­der Nevsky. Y es que cuan­do uno se imag­i­na las gél­i­das tier­ras rusas ¿qué es lo primero que le viene a la cabeza? Las típi­cas igle­sias orto­doxas con cúpu­las de cebol­la. En ese sen­ti­do, cuan­do te ves frente a la cat­e­dral, creeme, te pare­cerá estar en el corazón de San Peters­bur­go pues sim­boliza muy bien el poder de los zares antes de la rev­olu­ción. Fue con­stru­i­da a finales del siglo XIX, cuan­do Esto­nia era una provin­cia más del impe­rio ruso, y estu­vo a pun­to de ser demol­i­da unos años más tarde por las autori­dades locales, que la aso­cia­ban con la dom­i­nación soviéti­ca. Menos mal que se impu­so el sen­ti­do común y la man­tu­vieron en pie: nun­ca he enten­di­do esa cabezon­ería de muchos gob­ier­nos de destru­ir lo que otros con­struyeron antes, en vez de val­o­rar el val­or históri­co y arqui­tec­tóni­co de muchos edi­fi­cios.

La cat­e­dral se puede vis­i­tar por den­tro, aunque ten­gas que aguan­tar pacien­te­mente a que entre y sal­ga gente (es uno de los tem­p­los más vis­i­ta­dos por lo exóti­co de su facha­da): la entra­da es gra­tui­ta y aunque está pro­hibido fotografi­ar su inte­ri­or, a nosotros nos pare­ció que la visi­ta mere­ció mucho la pena.

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La Cat­e­dral de San­ta María, cono­ci­da en esto­nio como Toomkirik, es la más antigua de la ciu­dad y con un san­gri­en­to pasa­do (los mon­jes que comen­zaron a con­stru­ir­la sobre las bases de otra antigua de madera fueron asesina­dos por los Caballeros Teutóni­cos). Aquí es donde se encuen­tra la sede del arzo­bis­pa­do de Tallin y en su inte­ri­or se encuen­tran enter­ra­dos algunos de los per­son­ajes más rel­e­vantes de la his­to­ria de Esto­nia.

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Aquí ten­emos el Castil­lo de Toom­pea, que des­de el siglo IX, cuan­do los caballeros ger­máni­cos lev­an­taron la primera for­t­aleza, ha sido con­stru­i­do, demoli­do y vuel­to a recon­stru­ir una y otra vez. Por aquí han pasa­do todos y cada uno de los con­quis­ta­dores de Esto­nia. Hoy en día es la sede del Par­la­men­to y se puede vis­i­tar su inte­ri­or de lunes a viernes. La torre de 46 met­ros que veis en la fotografía, la de Pikk Her­mann, cuen­ta con su propia leyen­da: cualquiera que con­si­ga ondear la ban­dera de su país en lo alto habrá demostra­do que gob­ier­na en Esto­nia.

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Un últi­mo apunte antes de irnos a las afueras de Tallin a vis­i­tar el Eston­ian Open Air Muse­um: os recomen­damos para com­er este restau­rante, el Hell Hunt . Menudo des­cubrim­ien­to. Una car­ta larguísi­ma de cervezas arte­sanales y un menú de escán­da­lo (no os vayais sin pro­bar las empanadil­las rusas y, sobre todo, el pato con puré de patatas): sal­imos a unos 18 euros por per­sona y además el local es pre­cioso.

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Uno de los lugares que vete a saber por qué la may­oría de los que vis­i­tan Tallin sue­len pasar de largo es el Eston­ian Open Air Muse­um. De hecho, cuan­do cogi­mos el auto­bús para ir para allá (se encuen­tra a las afueras de la ciu­dad, en Roc­ca al Mare), vimos que éramos los úni­cos no-esto­nios, lo que ya nos llamó bas­tante la aten­ción. Y lo con­stata­mos cuan­do lleg­amos al museo y vimos que prac­ti­ca­mente no había ape­nas vis­i­tantes, lo que nos dió bas­tante pena ya que nos pare­ció un lugar intere­san­tísi­mo. Para nosotros mejor porque lo recor­ri­mos prac­ti­ca­mente solos (ape­nas nos cruzamos con un par de tur­is­tas) pero es una lás­ti­ma que el gob­ier­no se haya esforza­do tan­to en mon­tar un museo al aire libre tan gigan­tesco como este y casi todo el mun­do se lim­ite a vis­i­tar el cen­tro históri­co.

El Museo al Aire Libre de Esto­nia se encuen­tra en mitad de un fron­doso bosque, cubre casi 80 hec­táreas (vamos, que te puedes tirar pate­an­do toda la mañana, nosotros no creo que entre unas cosas y otras andáramos menos de ocho o diez kilómet­ros) y es una recreación mar­avil­losa de lo que era la vida en el cam­po en Esto­nia hace var­ios sig­los. Se han traslada­do casi un cen­te­nar de casas de todo el país y se han reunido cre­an­do un idíli­co pueblo al aire libre. Todo ello, como digo, en mitad de la nat­u­raleza y escuchan­do mien­tas cam­i­nas el can­to de los pájaros. Una goza­da. Además, la entra­da sólo cues­ta 8 euros: me pare­ció bas­tante bara­ta para todo el prove­cho que se saca a la visi­ta.

Den­tro del museo, que como os digo abar­ca un área grandísi­ma, se pueden encon­trar des­de difer­entes gran­jas a saunas, capil­las de madera, bar­ra­cas de pescadores, taber­nas, moli­nos de vien­to y de agua, cuar­te­les de bomberos y has­ta una escuela. Además, las casas se pueden vis­i­tar por den­tro, ya que se mantiene el mobil­iario orig­i­nal así como las her­ramien­tas de labran­za, para que te hagas una idea bas­tante fidedigna de cómo vivían antaño en el entorno rur­al. Como veis en las fotos, es una visi­ta la mar de didác­ti­ca; os recomien­do que si venís a Tallin, no os vayais sin gas­tar una mañana entera en el Eston­ian Open Air Muse­um, quizás el secre­to más valioso de la cap­i­tal bálti­ca.

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