Por qué estoy enamorada de Tánger (y siempre vuelvo)

Por qué estoy enamorada de Tánger (y siempre vuelvo)

No me enam­oré de Tánger la primera vez. Me enam­oré cuan­do entendí que no intenta­ba gus­tarme.

Acabo de regre­sar de otro nue­vo via­je a Tánger. La ciu­dad que más veces he vis­i­ta­do en mis via­jes por Mar­rue­cos, la primera que conocí en el país hace ya muchísi­mos años y la que, para qué voy a negar­lo, es mi oji­to dere­cho. Y es que para mí Tánger tiene un aro­ma espe­cial y úni­co que no he podi­do encon­trar en otras ciu­dades mar­ro­quíes.

Tal vez otras ciu­dades sean más vis­tosas, inclu­so más exóti­cas, pero nues­tra agrad­able veci­na cuen­ta con una gran ven­ta­ja: ha logra­do reunir en su seno un poquito de todo aque­l­lo que vamos bus­can­do cuan­do lleg­amos a Mar­rue­cos. Cul­tura, his­to­ria, esen­cia, mes­ti­za­je, aut­en­ti­ci­dad. Todo ello adereza­do con esa influ­en­cia occi­den­tal cada vez más pre­sente pero que con­sigue con­vivir en un abra­zo per­fec­to con las tradi­ciones mile­nar­ias que aún per­viv­en en los calle­jones de la med­i­na. Tánger, puer­ta de África, cuna de artis­tas y refu­gio de espías, es esa clase de des­ti­no que despier­ta la imag­i­nación inclu­so antes de pis­ar­lo. Y estos son los motivos por los que regre­so a abrazarla una y otra vez.

Su gente

Si hay algo que cualquier via­jero recuer­da de Marruecos—más allá de sus zocos laberín­ti­cos y el aro­ma del azafrán flotan­do en el aire—es la hos­pi­tal­i­dad de su gente. No impor­ta de dónde ven­gas ni cuán­to tiem­po piens­es quedarte; en Mar­rue­cos siem­pre serás bien­venido, y no en un sen­ti­do figurado,sino con un té de men­ta en la mano y un pla­to de dátiles en la mesa. Y es que si hay algo que car­ac­ter­i­za a los mar­ro­quíes es su dis­posi­ción a ayu­dar. Puedes estar en medio de la med­i­na, per­di­do como un bar­co sin brúju­la, cuan­do de repente alguien aparece y, sin pedir nada a cam­bio, te acom­paña has­ta tu des­ti­no. Bueno, a veces te lle­va por una ruta alter­na­ti­va con para­da en la tien­da de su pri­mo pero la inten­ción es bue­na.

En Mar­rue­cos, las puer­tas nun­ca están del todo cer­radas. Bas­ta con pasear por un bar­rio tradi­cional para que alguien te invite a su casa, aunque sea la primera vez que te vea. No es una tram­pa ni un inten­to de venderte una alfom­bra ; es sim­ple­mente la for­ma en que entien­den el mun­do. Los mar­ro­quíes te invi­tarán a com­er, te servirán un tajín con más carne de la que puedas com­er, y, si dices que ya no puedes más, insi­s­tirán en que todavía te que­da un hue­co en el estó­ma­go.  Y si rec­hazas una invitación, cuida­do: ofend­er a un mar­ro­quí en su hos­pi­tal­i­dad es más grave que decir que el cuscús no te gus­ta. No se toman a la lig­era el arte de recibir.

En los pueb­los la ama­bil­i­dad es aún más evi­dente. La gente te salu­da aunque no te conoz­ca, te pre­gun­tan de dónde vienes y qué te ha traí­do has­ta su tier­ra. No hay prisa (“la prisa mata!”) porque en Mar­rue­cos el tiem­po no se mide en relo­jes sino en momen­tos com­par­tidos. Porque los mar­ro­quíes no entien­den la cortesía como un sim­ple “hola” y un apretón de manos. No. Aquí, la ama­bil­i­dad es una filosofía de vida, una for­ma de enten­der el mun­do. Y quien haya via­ja­do por sus ciu­dades y pueb­los lo sabe: Mar­rue­cos no se recorre, se vive a través de su gente.

Sus alo­jamien­tos mar­avil­losos

Ya dediqué un artícu­lo a este tema, Dormir en riads: fun­da­men­tal cuan­do vamos a Mar­rue­cos. Pero es que es algo en lo que me encan­ta incidir porque pese a que en gen­er­al Mar­rue­cos cuen­ta con pre­ciosos (y lujosos) hote­les “a la euro­pea”, lo suyo cuan­do uno via­ja aquí es alo­jarse es estos bel­lísi­mos refu­gios arabescos que te lle­van a las pági­nas de “Las mil y una noches”: los riads.

Cuan­do uno cam­i­na por las estre­chas y laberín­ti­cas calles de la med­i­na de Tánger puede ser fácil perder­se entre los mer­ca­dos bul­li­ciosos y los aro­mas cau­ti­vadores del cur­ry y el pimen­tón. Pero de repente, detrás de una puer­ta de madera enve­je­ci­da, te encuen­tras con un mun­do com­ple­ta­mente dis­tin­to. Un espa­cio donde la tran­quil­i­dad, el lujo y la cul­tura mar­ro­quí se fusio­n­an a la per­fec­ción. Esta­mos hablan­do de los riads, una de las expe­ri­en­cias más encan­ta­do­ras y autén­ti­cas que puedes vivir en Mar­rue­cos.

Una de las car­ac­terís­ti­cas más nota­bles de los riads es la man­era en la que acti­van todos los sen­ti­dos. Al entrar en uno de estos oasis, te sumerges en una expe­ri­en­cia sen­so­r­i­al com­ple­ta. El sonido suave del agua cayen­do des­de una fuente cen­tral te envuelve mien­tras el aro­ma del jazmín, el cedro y el sán­da­lo flotan en el aire. Las luces suaves que emanan de lám­paras de hier­ro for­ja­do o faroles cre­an una atmós­fera ínti­ma y acoge­do­ra.

Marruecos Riad

Otra de las ven­ta­jas más apre­ci­adas de los riads es su pri­vaci­dad. A difer­en­cia de los grandes hote­les, los riads son pequeños y acoge­dores, lo que sig­nifi­ca que no hay mul­ti­tudes ni rui­dos molestos. Aquí puedes dis­fru­tar de un ser­vi­cio más per­son­al­iza­do, con aten­ción a cada uno de tus detalles y necesi­dades. Des­de un masaje rela­jante en el patio has­ta una expe­ri­en­cia de ham­mam (baño tur­co) tradi­cional en la plan­ta baja, los riads son el lugar per­fec­to para des­cansar y desconec­tar del estrés del mun­do exte­ri­or.

En Tánger, la pop­u­lar­i­dad de los riads ha aumen­ta­do en las últi­mas décadas y aho­ra son una de las for­mas más ele­gantes y autén­ti­cas de alo­jarse en la ciu­dad. La med­i­na, que ha sido tradi­cional­mente el corazón de la ciu­dad, ha vis­to una trans­for­ma­ción en los últi­mos años, y muchos de estos riads han sido restau­ra­dos para con­ser­var su carác­ter históri­co mien­tras ofre­cen las como­di­dades mod­er­nas. Son lugares donde puedes res­pi­rar el alma de Mar­rue­cos, des­cubrir los secre­tos de la ciu­dad vie­ja y, al mis­mo tiem­po, rela­jarte en un refu­gio de paz.

Tánger tiene una larga tradi­ción como cen­tro cul­tur­al y artís­ti­co. La ciu­dad ha atraí­do a escritores, artis­tas y músi­cos des­de el siglo XX y muchos de estos cre­ativos se han hospeda­do en sus riads, encon­tran­do en ellos el entorno per­fec­to para inspi­rarse. El Fes Fes­ti­val de Músi­ca Sagra­da o la pres­en­cia de Paul Bowles, Ten­nessee Williams o William Bur­roughs en los años 50 y 60 son solo algu­nas de las huel­las de un tiem­po en el que los riads fueron el refu­gio de artis­tas y pen­sadores. Hoy en día los riads siguen sien­do un pun­to de encuen­tro para aque­l­los que bus­can paz, inspiración y aut­en­ti­ci­dad. En sus jar­dines y patios, las voces de la his­to­ria pare­cen seguir susurran­do, invi­tan­do a los vis­i­tantes a sumer­girse en una atmós­fera úni­ca que solo Mar­rue­cos sabe ofre­cer.

Su gas­tronomía

Via­jar a Mar­rue­cos sin pro­bar su gas­tronomía es como ir a París y no ver la Torre Eif­fel o como vis­i­tar Italia y no com­er pas­ta: sim­ple­mente no se hace. La coci­na mar­ro­quí no es solo comi­da, es un espec­tácu­lo de aro­mas, col­ores y sabores que te envuelve y te deja con ganas de más. Es el resul­ta­do de sig­los de his­to­ria, de influ­en­cias árabes, bere­beres, mediter­ráneas y africanas, mez­cladas con la pacien­cia de quien coci­na sin prisas, dejan­do que los ingre­di­entes hablen por sí solos. Aquí las espe­cias no se usan con timidez, los platos no son min­i­mal­is­tas y las raciones rara vez dejan espa­cio para el postre (aunque siem­pre se encuen­tra un hue­co). Mar­rue­cos es un país donde se come con el alma y donde cada comi­da es una excusa para com­par­tir.

Hablar de gas­tronomía mar­ro­quí sin men­cionar el cuscús es casi un deli­to. Este pla­to, hecho a base de sémo­la de tri­go coci­da al vapor, es el rey de la mesa, sobre todo los viernes, cuan­do se con­vierte en la comi­da famil­iar por exce­len­cia. Pero no es solo un pla­to: es un sím­bo­lo de unión, de com­par­tir, de sen­tarse jun­tos alrede­dor de una gran fuente y com­er sin prisa ningu­na. El cuscús puede ir acom­paña­do de ver­duras, gar­ban­zos, carne de cordero, pol­lo o tern­era, y siem­pre lle­va esa mez­cla de espe­cias que le da un sabor incon­fundible. Pero lo mejor lle­ga al final: en muchas casas mar­ro­quíes, cuan­do crees que ya has ter­mi­na­do, te sor­pren­den con una últi­ma capa de cebol­la carameliza­da con pasas y canela, como si fuera un pequeño rega­lo de des­pe­di­da.

Otro pla­to que rep­re­sen­ta tan bien la coci­na mar­ro­quí es el tajín. No solo porque su sabor es espec­tac­u­lar sino porque el pro­pio recip­i­ente en el que se coci­na tiene su cien­cia. Ese cono de bar­ro que parece saca­do de un exper­i­men­to medieval no está ahí por estéti­ca: su for­ma per­mite que los jugos de la carne o el pesca­do se man­ten­gan den­tro, logran­do una coc­ción lenta y per­fec­ta. Los hay para todos los gus­tos: de pol­lo con limón y aceitu­nas, de cordero con ciru­elas, de pesca­do con tomate y comi­no… La clave está en la mez­cla de espe­cias y en el tiem­po. En Mar­rue­cos nadie tiene prisa cuan­do se coci­na un buen tajín,porque saben que la pacien­cia es el mejor ingre­di­ente.

Después de una comi­da mar­ro­quí, cuan­do crees que ya no puedes más, lle­gan los dul­ces. Y aquí no se andan con medias tin­tas: la repostería mar­ro­quí es pura deca­den­cia. Chebakia, esas tiras de masa fri­ta bañadas en miel y sésamo, briouats, trián­gu­los cru­jientes rel­lenos de almen­dra y azú­car,  sel­l­ou, una mez­cla energéti­ca de hari­na, miel y fru­tos sec­os, o esa mar­avil­la que des­cub­ri­mos en este últi­mo via­je, la maha­l­abia. Todo esto, por supuesto, acom­paña­do de un buen té de men­ta, que más que una bebi­da es un cierre cer­e­mo­ni­al, la fir­ma final de una gran comi­da. Dulce, aromáti­co y servi­do con la maestría de quien lle­va toda la vida prac­ti­can­do el arte de vert­er­lo des­de lo alto.

Su Cafe Hafa (y sus vis­tas del Estre­cho)

Hay lugares que tienen un aura espe­cial, como si el tiem­po se hubiese detenido en ellos para dejar que el mun­do pase a su alrede­dor sin afec­tar­los. El Café Hafa, en Tánger, es uno de esos sitios. Abier­to en 1921, este café no es solo un pun­to de encuen­tro, es una leyen­da. Un bal­cón con vis­tas al Estre­cho de Gibral­tar donde si prestas aten­ción, aún puedes escuchar el eco de las con­ver­sa­ciones de artis­tas, escritores y, sobre todo, músi­cos de rock que encon­traron en este rincón una inspiración difer­ente. Me enam­oré de él cuan­do lo pisé por primera vez hace más de veinte años y des­de entonces siem­pre voy a des­pedir el día aquí cuan­do me encuen­tro en Tánger. Porque el Café Hafa no es un café cualquiera: es un tro­zo de his­to­ria con sabor a men­ta, un refu­gio donde la cre­ativi­dad y la con­tra­cul­tura encon­traron su lugar entre ter­razas des­gas­tadas y una vista infini­ta del mar. Una café con his­to­ria. Y con his­to­rias.

Cuan­do alguien te habla de un café con más de cien años, lo primero que pien­sas es en un sitio refi­na­do, con camareros de chale­co y luces tenues. Pero el Café Hafa nun­ca ha juga­do en esa liga. Aquí no hay man­te­les de lino ni camareros de eti­que­ta. No hace fal­ta. Su encan­to está en su sen­cillez: pare­des encal­adas, ban­cos de azule­jos, una brisa con­stante y el azul del mar como telón de fon­do. Es el tipo de lugar donde puedes pasar horas sin hac­er nada y sen­tirte tan feliz. Algo que entendieron a la per­fec­ción los per­son­ajes que han pasa­do por aquí. Porque si algo ha car­ac­ter­i­za­do al Café Hafa a lo largo de las décadas es su capaci­dad para atraer mentes inqui­etas, almas errantes y músi­cos en bus­ca de inspiración.

Si el rock tiene un tem­p­lo en Mar­rue­cos, sin duda es este café. En los años 60 y 70, Tánger se con­vir­tió en un imán para la farán­du­la bohemia extran­jera. La ciu­dad tenía algo que atraía a escritores, pin­tores y músi­cos: lib­er­tad, exo­tismo, mis­te­rio y, por supuesto, una bue­na dosis de caos. Aquí lle­garon los Rolling Stones, con Mick Jag­ger a la cabeza, explo­ran­do la esce­na musi­cal mar­ro­quí y empa­pán­dose de la magia del gnawa, ese género hip­nóti­co con raíces africanas. Se dice que en algu­na de las ter­razas del Café Hafa, entre sor­bos de té y humo de cig­a­r­ril­los (y de otras cosas) se ges­taron ideas que luego se trans­for­marían en sonidos y letras inmor­tales.

Pero no fueron los úni­cos. Jim­my Page, gui­tar­rista de Led Zep­pelin, tam­bién pasó por aquí en su búsque­da obsesi­va de influ­en­cias ori­en­tales. La espir­i­tu­al­i­dad y el mist­i­cis­mo de Mar­rue­cos le fascin­a­ban y el Café Hafa fue tes­ti­go de más de una con­ver­sación sobre músi­ca, alquimia y mun­dos invis­i­bles. Y si hablam­os de rock y Mar­rue­cos, no podemos olvi­dar a Jimi Hen­drix, que aunque no dejó con­stan­cia de haber pisa­do exac­ta­mente este café, sí estu­vo en Tánger y en otros rin­cones del país, dejan­do tras de sí his­to­rias que mez­clan real­i­dad y mito.

A pesar del paso del tiem­po, el Café Hafa sigue sien­do fiel a su esen­cia. No ha sucumbido a la mod­ernidad ni ha trata­do de con­ver­tirse en un café de lujo para tur­is­tas. Sigue sien­do un lugar sen­cil­lo, donde se viene a dis­fru­tar del momen­to. El té sigue sirvién­dose en vasos altos y car­ga­do de azú­car y el mar sigue extendién­dose has­ta el infini­to, como un cuadro que nun­ca cam­bia. Así que si algu­na vez pasas por Tánger, visi­ta el Café Hafa. Sién­tate, pide un té, deja el móvil en el bol­sil­lo y sim­ple­mente dis­fru­ta del momen­to. Quién sabe, tal vez seas tú quien escri­ba la próx­i­ma gran can­ción.

Sus mezquitas

Mar­rue­cos es un país de olores, col­ores y sonidos incon­fundibles y entre todos ellos, hay uno que mar­ca el rit­mo de la vida diaria: la lla­ma­da a la oración. Cin­co veces al día, la voz del muecín se alza sobre el bul­li­cio de los zocos y el tra­jín de las calles, recor­dan­do que aquí la espir­i­tu­al­i­dad no es un acto ais­la­do sino un hilo que une la vida cotid­i­ana con lo trascen­den­tal. Y si hay un lugar donde esa conex­ión se hace pal­pa­ble, es en las mezquitas.

Más que tem­p­los, las mezquitas en Mar­rue­cos son autén­ti­cas joyas arqui­tec­tóni­cas, guardianas de his­to­ria y epi­cen­tros de la comu­nidad. Las mezquitas en Mar­rue­cos son mucho más que edi­fi­cios reli­giosos. Son pun­tos de encuen­tro, cen­tros de cul­tura y sím­bo­los de iden­ti­dad. Son el corazón de los bar­rios, el lugar donde la gente se reúne, no solo para rezar sino tam­bién para com­par­tir la vida cotid­i­ana. Y aunque muchas de ellas per­manez­can cer­radas a los ojos de los vis­i­tantes, eso no impi­de que su pres­en­cia se haga sen­tir. Bas­ta con ver sus minaretes recortán­dose en el cielo o escuchar el eco del adhan para enten­der que aquí la espir­i­tu­al­i­dad está en todas partes, inclu­so en los pequeños gestos del día a día.

 

Sus mer­ca­dos

Si hay un lugar donde se siente el alma de Tánger, ese es el mer­ca­do. O mejor dicho, los mer­ca­dos, porque la ciu­dad está reple­ta de zocos, souks y plazas donde el com­er­cio sigue sien­do la esen­cia del día a día. Aquí no hay prisas ni transac­ciones frías: se regatea, se char­la, se ríe, se com­parte un té. Com­prar no es solo com­prar, es una expe­ri­en­cia, una batal­la de astu­cia y sim­patía en la que, si jue­gas bien tus car­tas, te llevas algo más que un buen pre­cio: una his­to­ria para con­tar.

Si Tánger tuviera un corazón, prob­a­ble­mente estaría en el Gran Zoco (Souk Bar­ra). Esta enorme plaza es el pun­to donde la ciu­dad vibra con más fuerza. A primera hora de la mañana los puestos comien­zan a desple­gar sus tesoros: mon­tañas de espe­cias que tiñen el aire de aro­mas inten­sos, ces­tas de aceitu­nas en todos los tonos posi­bles (mi gran pasión cuan­do ven­go a Mar­rue­cos), dátiles bril­lantes como piedras pre­ciosas y pan recién hornea­do. Los vende­dores gri­tan sus ofer­tas con una entonación casi poéti­ca, y los clientes —tan­geri­nos y foras­teros— se sumer­gen en el ir y venir de la mul­ti­tud, proban­do, olien­do, tocan­do. Todo está dis­eña­do para ten­tar: un puña­do de almen­dras aquí, un higo seco allá, un sor­bo de zumo de naran­ja recién exprim­i­do que te hace olvi­dar el calor del mediodía.

A unos pasos del Gran Zoco, el Petit Soc­co es otra his­to­ria. Más que un mer­ca­do es un rincón con sol­era, una plaza con aires de nos­tal­gia donde el tiem­po parece haberse detenido en los días en que Paul Bowles, William Bur­roughs y Ten­nessee Williams se senta­ban en sus cafés a escribir y obser­var el des­file humano. Aquí los vende­dores ya no gri­tan pero los cafés aún rebosan de per­son­ajes que podrían ser pro­tag­o­nistas de una nov­ela: ancianos en chi­l­a­ba jugan­do al dom­inó, com­er­ciantes que nego­cian con un gesto ape­nas per­cep­ti­ble, tur­is­tas que inten­tan cap­turar con sus cámaras el mis­te­rio de un lugar que no se deja atra­par tan fácil­mente.

Y lleg­amos al mer­ca­do de pesca­do. Aquí no hay fil­tros de Insta­gram, solo gente com­pran­do lo que el mar ha ofre­ci­do esa mañana. Pescadores con manos cur­tidas despl­ie­gan sus cap­turas sobre mesas impro­visadas: lubi­nas relu­cientes, cala­mares aún gote­an­do agua sal­a­da, sar­di­nas plateadas que pare­cen recién sacadas del océano. El rega­teo es fer­oz, los pre­cios cam­bian en cuestión de min­u­tos y, si te des­cuidas, puedes acabar con un pez en la mano sin saber muy bien cómo ha ocur­ri­do. Es un mer­ca­do sin con­ce­siones pero si logras inte­grarte en su rit­mo, des­cubrirás una belleza difí­cil de explicar.

Sus gatos

Yo, que con­vi­vo con un gato y dos gatas mar­avil­losos que son los mejores hijos pelu­dos que una pue­da imag­i­nar, qué os voy a con­tar de los gatos de Tánger… Si hay un habi­tante que gob­ier­na en las som­bras cada rincón de Tánger, no es un com­er­ciante, ni un poeta, ni un guía de zoco. No. Es un gato. O mejor dicho, cien­tos, miles de ellos. Tánger es un paraí­so feli­no donde los gatos reinan con una ele­gan­cia inque­brantable, dueños abso­lu­tos de calles, mer­ca­dos y miradores. Aquí no son sim­ples ani­males calle­jeros: son fig­uras emblemáti­cas, guardianes del mis­te­rio tan­geri­no, obser­vadores silen­ciosos de la vida que fluye entre sus calle­jue­las. Algunos dor­mi­tan en los escalones de las mezquitas, otros vig­i­lan des­de los teja­dos, y muchos, muchísi­mos, esper­an pacien­te­mente jun­to a los pescadores, sabi­en­do que siem­pre habrá una rec­om­pen­sa en for­ma de cabeza de sar­di­na o un tro­zo de cabal­la.

Pasear por los mer­ca­dos de Tánger es un espec­tácu­lo en sí mis­mo pero, si miras bien, verás que entre las mon­tañas de espe­cias y los sacos de fru­tos sec­os hay ojos vig­i­lantes y big­otes al ace­cho. En el Gran Zoco los gatos se mueven con la con­fi­an­za de alguien que sabe que es bien­venido. Se pasean entre los pies de los com­pradores sin pedir per­miso y se tum­ban entre los puestos de dátiles y pan. Los vende­dores, lejos de ahuyen­tar­los, los acep­tan como parte del paisaje. De hecho, muchos tienen su “gato res­i­dente”, al que ali­men­tan cada día y que, a cam­bio, mantiene a raya a los ratones y apor­ta un toque de per­son­al­i­dad al nego­cio.

Lo fasci­nante de los gatos de Tánger es que no son calle­jeros en el sen­ti­do clási­co. No son “de nadie”, pero al mis­mo tiem­po son de todos. No tienen dueño pero siem­pre encuen­tran a alguien que les da comi­da, una cari­cia o un rincón donde dormir. En Mar­rue­cos los gatos no son vis­tos como una moles­tia sino como com­pañeros dis­cre­tos, habi­tantes legí­ti­mos de las calles

Su med­i­na

Entrar en la med­i­na de Tánger es como meterse en las pági­nas de un libro que se está escri­bi­en­do a sí mis­mo en tiem­po real. Aquí las his­to­rias no se leen, se cam­i­nan. Calles que pare­cen no lle­var a ningu­na parte pero que, de repente, te abren un pequeño uni­ver­so. Muros encal­a­dos donde el tiem­po ha deja­do su huel­la, puer­tas que escon­den secre­tos, olores que te guían como un hilo invis­i­ble entre la mul­ti­tud. Porque la med­i­na de Tánger no es solo un lugar, es un ser vivo. Un laber­in­to caóti­co y per­fec­to, un tes­ta­men­ti donde cada gen­eración ha deja­do su ras­tro y donde los ecos de via­jeros, com­er­ciantes, espías y escritores siguen flotan­do en el aire.

Si esperas un urban­is­mo lógi­co y orde­na­do, olví­date. Aquí no hay calles rec­tas ni mapas que te sal­ven. La úni­ca man­era de cono­cer la med­i­na es perder­se. Y cuan­to más te resis­tas, más te atra­pará en su juego de pasadi­zos, escaleras imposi­bles y rin­cones que pare­cen dis­eña­dos para con­fundir a los foras­teros. Pero no te pre­ocu­pes: en la med­i­na nun­ca estás real­mente per­di­do. Siem­pre habrá un niño dis­puesto a indi­carte el camino (por una propina sim­bóli­ca, por supuesto), un anciano que te señalará con un gesto la direc­ción cor­rec­ta o un com­er­ciante que te invi­tará a sen­tarte un momen­to a tomar un té antes de seguir tu camino. Y de repente, cuan­do menos lo esperas, desem­bo­cas en una plaza, en un café escon­di­do, en un mirador que te regala una panorámi­ca del Estre­cho. Porque ese es el tru­co de la med­i­na: te enre­da, te despista, pero al final siem­pre te lle­va a un lugar que no sabías que estabas bus­can­do.

En la med­i­na de Tánger la vida no se dis­fraza para los tur­is­tas. Aquí los veci­nos salen a com­prar el pan en bata, los niños jue­gan descal­zos en los calle­jones, los gatos obser­van des­de los alféizares con su habit­u­al aire de supe­ri­or­i­dad. Las tien­das se apre­tu­jan unas con­tra otras, ofre­cien­do des­de alfom­bras teji­das a mano has­ta antigüedades dudosas, pasan­do por lám­paras de latón, babuchas de todos los col­ores y fras­cos de espe­cias que pare­cen saca­dos de una bot­i­ca.Y luego están los olores: el pan recién hecho, el cuero de los talleres, el jazmín que se escapa de un patio inte­ri­or. Aro­mas que cuen­tan una his­to­ria sin necesi­dad de pal­abras.

Sus atarde­ceres

Si hay algo que con­vierte a Tánger en un lugar inolvid­able es la for­ma en que el sol se despi­de de la ciu­dad cada tarde. Los atarde­ceres en Tánger no son solo un cam­bio de luz, son una especie de magia visu­al, un momen­to en que el cielo se con­vierte en un lien­zo en con­stante trans­for­ma­ción, desple­gan­do tonos cáli­dos que van des­de el naran­ja más inten­so has­ta el rojo pro­fun­do, mien­tras el mar refle­ja cada uno de esos col­ores con una cal­ma casi mís­ti­ca.

Tanger Marruecos

La ciu­dad, que durante el día parece agi­ta­da, toma un respiro al final de la jor­na­da. Es como si el sol, en su descen­so, invi­tara a todos a deten­erse, a mirar, a ser tes­ti­gos de algo sub­lime. Y, lo creas o no, hay algo úni­co en estar allí, en ese instante pre­ciso en el que el día y la noche pare­cen fundirse en un abra­zo.

Cuan­do el sol empieza a escon­der­se tras el hor­i­zonte, el Estre­cho de Gibral­tar se con­vierte en un refle­jo dora­do, como una línea de fuego que sep­a­ra dos mun­dos. Des­de la cor­nisa de la med­i­na o des­de los miradores del Café Hafa puedes ver cómo la luz se despl­ie­ga sobre el mar, tiñen­do las aguas de tonos rojos y mora­dos. Es en este pre­ciso momen­to cuan­do Tánger parece deten­erse, como si, al igual que el sol, estu­viera a pun­to de fundirse en el infini­to.

Lo fasci­nante de los atarde­ceres en Tánger es que, al ser una ciu­dad que mira tan­to hacia el mar como hacia la mon­taña, se pueden vivir dos atarde­ceres en uno. Si te encuen­tras en el puer­to, miran­do hacia el oeste, el sol se desplo­ma en el agua como un fuego que se apa­ga lenta­mente. Pero si subes hacia los jar­dines de la Kas­bah, en la parte más alta de la ciu­dad, puedes obser­var cómo el sol se esconde tras las col­i­nas del Rif, como si estu­viera des­pidién­dose del paisaje mar­ro­quí en un últi­mo destel­lo de col­or.

 

Su paseo marí­ti­mo

El Paseo Marí­ti­mo de Tánger es uno de esos lugares donde el tiem­po parece ralen­ti­zarse, per­mi­tien­do que cada paso que des sea una mez­cla de cal­ma, nos­tal­gia y el suave abra­zo del vien­to del mar. Es un paseo que te conec­ta con la esen­cia mis­ma de la ciu­dad: un lugar de encuen­tro entre el viejo mun­do y el nue­vo, entre la his­to­ria y la mod­ernidad. Aquí el mar se extiende ante ti como un lien­zo infini­to, mien­tras las palmeras alin­eadas a lo largo de la cos­ta te invi­tan a cam­i­nar sin prisa, a perderte en los sonidos y las vis­tas que te rodean.

Lo primero que te atrae del Paseo Marí­ti­mo es, sin duda, la vista espec­tac­u­lar. Des­de aquí la ciu­dad de Tánger parece desple­garse con una belleza que no nece­si­ta adornos. A tu izquier­da, el mar de col­or azul inten­so del Estre­cho de Gibral­tar se extiende has­ta perder­se en el hor­i­zonte, sep­a­ran­do dos con­ti­nentes y fusio­n­an­do las aguas del océano Atlán­ti­co con las del mar Mediter­rá­neo. A tu derecha, la ciu­dad se va ele­van­do poco a poco con sus casas encal­adas. La silue­ta de la med­i­na se recor­ta en el hor­i­zonte, como un antiguo tes­ti­go de todas las his­to­rias que han tran­scur­ri­do en sus calles. Y, más allá, si tienes suerte y el día está claro, puedes ver las costas de España al otro lado del estre­cho, como un sueño lejano que se dibu­ja suave­mente sobre el agua.

El Paseo Marí­ti­mo es uno de esos pocos lugares en Tánger donde la tradi­ción y la mod­ernidad se dan la mano de man­era tan nat­ur­al. Mien­tras cam­i­nas por este largo y sin­u­oso paseo, te cruzas con locales que aprovechan la fres­ca brisa mari­na para hac­er su ejer­ci­cio matuti­no, tur­is­tas que dis­fru­tan de una tarde tran­quila jun­to al agua, y famil­ias que se agru­pan en los ban­cos de madera para ver cómo el sol se va ocul­tan­do detrás de las mon­tañas.

A lo largo del paseo, los cafés y restau­rantes ofre­cen un respiro para aque­l­los que desean dis­fru­tar de una bebi­da o de una comi­da con vista al mar. Algunos establec­imien­tos con­ser­van una estéti­ca más clási­ca, con azule­jos de cerámi­ca mar­ro­quí y ter­razas con vista direc­ta al Estre­cho, mien­tras que otros han adop­ta­do un aire más mod­er­no y cos­mopoli­ta, con mue­bles de dis­eño min­i­mal­ista y músi­ca suave que se mez­cla con el sonido de las olas. E inclu­so podrás encon­trarte más de una food truck.

El Paseo Marí­ti­mo de Tánger no es solo para cam­i­nar. Es un lugar donde la vida se mez­cla con la cre­ativi­dad y la espon­tanei­dad. A lo largo de su recor­ri­do, es común ver a músi­cos locales tocan­do sus gui­tar­ras o instru­men­tos tradi­cionales, cre­an­do una ban­da sono­ra per­fec­ta para el paisaje. El bul­li­cio de la vida cotid­i­ana se entre­laza con las notas musi­cales, cre­an­do una atmós­fera úni­ca, que parece ani­mar tan­to a los tur­is­tas como a los habi­tantes locales a deten­erse y dis­fru­tar del momen­to. Y no solo los músi­cos encuen­tran inspiración en este paseo. Los artis­tas plás­ti­cos se acer­can al bor­de del mar, mon­tan­do sus cabal­letes para cap­tar la belleza de la cos­ta, de la ciu­dad y del paisaje que se despl­ie­ga ante ellos. El Paseo Marí­ti­mo, con su ambi­ente rela­ja­do y abier­to, es un pun­to de encuen­tro per­fec­to para aque­l­los que bus­can inspiración, para los que se per­miten sim­ple­mente dis­fru­tar de la cal­ma y para los que quieren sumer­girse en el vaivén de la vida cotid­i­ana de Tánger.

Su tran­quil­i­dad

Tánger es una ciu­dad que, a pesar de su bul­li­cio en algu­nas de sus calles y la energía vibrante que irra­dia, guar­da un secre­to espe­cial: la cal­ma, esa serenidad que, al cam­i­nar por sus rin­cones, se va apoderan­do de ti poco a poco. La tran­quil­i­dad de Tánger no se encuen­tra en el silen­cio abso­lu­to sino en ese equi­lib­rio úni­co entre la vida cotid­i­ana, el mur­mul­lo de las olas y el suave vaivén de la brisa mari­na. Aquí el tiem­po parece moverse a otro rit­mo, invi­tan­do a los que la vis­i­tan a pausar, a res­pi­rar y a dis­fru­tar de una paz que se siente tan­to en el aire como en las calles.

Al final del día Tánger rev­ela una de sus caras más tran­quilas. Cuan­do el sol empieza a escon­der­se detrás de las col­i­nas del Rif, la ciu­dad se tiñe de tonos suaves, y esa cal­ma que siem­pre ha esta­do allí, bajo la super­fi­cie, parece salir a la luz. Las luces de las calles y los cafés se encien­den lenta­mente pero el bul­li­cio de la jor­na­da se dis­uelve, dejan­do lugar a una atmós­fera más ser­e­na. El atarde­cer sobre el mar es un espec­tácu­lo que invi­ta a la med­itación, donde el cielo, el mar y la tier­ra pare­cen fusion­arse en una úni­ca serenidad. Los cafés jun­to al mar se llenan de per­sonas que, sin prisa, sabore­an su té a la men­ta o un vaso de jugo de naran­ja fres­co, dis­fru­tan­do de la qui­etud del momen­to. La ciu­dad parece estar res­pi­ran­do a un rit­mo más lento, como si se estu­viera preparan­do para la noche, pero sin perder esa sen­sación de paz que se ha ido con­struyen­do durante el día.

Si te ale­jas de las prin­ci­pales avenidas, des­cubrirás que Tánger guar­da una serie de rin­cones escon­di­dos que emanan cal­ma. Las pequeñas plazas, las ter­razas ocul­tas y los patios de las casas más antiguas son per­fec­tos para quienes bus­can paz. Los gatos que des­cansan al sol, los aro­mas de las plan­tas en flor y la qui­etud de las calles vacías al final de la tarde son una invitación a la med­itación, a dejar que el cuer­po y la mente se rela­jen en medio de un entorno que parece haberse detenido en el tiem­po.

Su mul­ti­cul­tur­al­i­dad

Tánger es esa ciu­dad donde cada calle­jón parece ten­er una his­to­ria que con­tar, donde puedes oler el azafrán en el aire mien­tras escuchas a alguien regatear en árabe, francés, español o inclu­so inglés con acen­to dudoso. Es un cruce de caminos, un exper­i­men­to mul­ti­cul­tur­al que lle­va sig­los fun­cio­nan­do sin que nadie sepa muy bien cómo. Aquí un café puede durar horas porque la con­ver­sación con el descono­ci­do de la mesa de al lado se alarga más de lo pre­vis­to. Puede ser un viejo mar­ro­quí que te cuen­ta cómo eran los años del pro­tec­tora­do, un español que llegó hace trein­ta años y nun­ca se fue o un joven artista francés que ha encon­tra­do en Tánger la inspiración que París le negó.

Es un lugar donde la lla­ma­da a la oración se mez­cla con el jazz de algún bar escon­di­do, donde puedes desayu­nar un mse­men con miel y cenar una pael­la en un restau­rante que parece saca­do de Cádiz. Un sitio donde la mod­ernidad y la tradi­ción van de la mano, a veces a empu­jones pero siem­pre avan­zan­do. Tánger no es solo una ciu­dad; es un esta­do men­tal, un micro­cos­mos donde lo africano, lo europeo y lo árabe con­viv­en en un equi­lib­rio caóti­co y fasci­nante. No es per­fec­ta pero tal vez por eso es tan autén­ti­ca. 

El Cin­e­ma Rif es un buen ejem­p­lo de ello. Es mucho más que un sim­ple cine: es un autén­ti­co icono cul­tur­al y un pun­to de encuen­tro para artis­tas, ciné­fi­los y curiosos que vis­i­tan la ciu­dad. Ubi­ca­do en la míti­ca Place du 9 Avril 1947 (Gran Zoco), iene una his­to­ria que se remon­ta a los años 30 y ha sobre­vivi­do a los cam­bios políti­cos y sociales de Mar­rue­cos, con­vir­tién­dose en un sím­bo­lo de resisten­cia artís­ti­ca.

Con­stru­i­do en 1938, el Ciné­ma Rif nació en la época en la que Tánger era una ciu­dad inter­na­cional, llena de diplomáti­cos, escritores bohemios y espías. Durante décadas, fue un lujoso cine que proyecta­ba pelícu­las euro­peas y esta­dounidens­es para la élite de la ciu­dad. Sin embar­go, con el tiem­po cayó en el aban­dono, como muchos cines clási­cos del norte de África.

En 2007, el cine fue rescata­do y ren­o­va­do por Yto Bar­ra­da, una artista y cineas­ta mar­ro­quí, quien lo con­vir­tió en un cen­tro cul­tur­al y cin­e­matográ­fi­co inde­pen­di­ente. Aho­ra, además de proyec­tar pelícu­las de autor, cine mar­ro­quí y clási­cos restau­ra­dos, el Rif es la sede de la Cin­e­math­eque de Tanger, un espa­cio ded­i­ca­do a la preser­vación y difusión del cine en Mar­rue­cos.

Su vida en la calle

El rit­mo de la ciu­dad parece nac­er del bul­li­cio de sus calles, donde cada rincón es una esce­na en movimien­to, des­de los mer­ca­dos has­ta las pequeñas tien­das, los taxis col­or turque­sa zigzague­an­do por las avenidas o los vende­dores ambu­lantes ofre­cien­do todo tipo de pro­duc­tos. Sin embar­go, a pesar de esta activi­dad con­stante, lo que real­mente define la vida en la calle de Tánger es la man­era en que los tan­geri­nos viv­en y dis­fru­tan de su entorno urbano con una tran­quil­i­dad que parece desafi­ar el paso del tiem­po.

Una de las cosas que más car­ac­ter­i­za la vida cotid­i­ana en Tánger es, sin duda, el plac­er de sen­tarse en una ter­raza de café. Es una cos­tum­bre que, si bien es común en muchos lugares del mun­do, en Tánger tiene algo espe­cial. Las ter­razas de los cafés no son solo lugares para tomar un café o un té a la men­ta sino espa­cios donde se da cita la vida social, donde se com­parte el tiem­po con ami­gos, veci­nos, tur­is­tas e inclu­so extraños que, en cuestión de min­u­tos, se con­vierten en com­pañeros de con­ver­sación.

El ambi­ente de estas ter­razas es rela­ja­do, casi pau­sa­do. Los mar­ro­quíes dis­fru­tan de este rit­u­al, que no tiene prisa. La gente se sien­ta, no solo a con­sumir algo sino a absorber el ambi­ente, a dis­fru­tar de la vista de la ciu­dad, de la brisa mari­na o del bul­li­cio de la med­i­na. Las ter­razas se con­vierten en esce­nar­ios de con­ver­sa­ciones ame­nas donde se habla de todo: des­de temas políti­cos y sociales has­ta las noti­cias del bar­rio o las his­to­rias de la famil­ia. La gente se sien­ta, se aco­mo­da, y parece que no hay un prisa por lev­an­tarse, porque el acto de estar jun­tos, en ese espa­cio com­par­tido, tiene un val­or en sí mis­mo.

Algunos cafés, espe­cial­mente aque­l­los con vis­tas al mar o al cas­co antiguo de la ciu­dad, son ver­daderos pun­tos de ref­er­en­cia, donde los locales se encuen­tran a diario para pon­erse al día, com­par­tir anéc­do­tas o sim­ple­mente dis­fru­tar de la paz que da estar rodea­do de otros sin necesi­dad de hac­er nada más. Aquí el acto de sen­tarse a obser­var el paso de los transeúntes, el movimien­to de los coches, el ir y venir de la gente, se con­vierte en una for­ma de dis­fru­tar de la vida. No se tra­ta solo de la bebi­da que se está con­sum­ien­do sino de vivir el momen­to.

Sus dul­ces

Si hay algo que define la gas­tronomía mar­ro­quí son, sin lugar a dudas, los dul­ces. Esos pequeños boca­dos de feli­ci­dad que más allá de ser una ten­ta­do­ra explosión de sabores, son una ver­dadera obra de arte. Cada uno de estos man­jares refle­ja sig­los de his­to­ria, de influ­en­cias de cul­turas lejanas, de secre­tos bien guarda­dos que pasan de gen­eración en gen­eración. Los dul­ces mar­ro­quíes no son solo una deli­cia para el pal­adar, son un rega­lo para los sen­ti­dos.

Para los mar­ro­quíes, el té a la men­ta no es solo una bebi­da, sino casi un rito. Y como todo buen rito, no puede fal­tar su acom­pañante, el dulce per­fec­to. Uno de los más cono­ci­dos y queri­dos es el kaab el ghaz­al, o “cuer­no de gacela”, que, con su del­i­ca­do sabor a almen­dra y su masa cru­jiente, se con­vierte en el acom­pañante ide­al de ese té verde car­ga­do de men­ta fres­ca. Pero no es el úni­co. Los mar­ro­quíes tienen una increíble var­iedad de dul­ces a base de almen­dras, pis­ta­chos, sémo­la y miel que son parte fun­da­men­tal de su cul­tura gas­tronómi­ca.

Estos dul­ces se pre­sen­tan a menudo en pequeñas por­ciones, dec­o­ra­dos con toques de azú­car glas, agua de aza­har o inclu­so una lig­era capa de choco­late. A veces, al primer boca­do, es difí­cil decidir si lo que uno está dis­fru­tan­do es un man­jar celes­tial o un sim­ple peda­zo de arte comestible. Ya sea un chebakia o un ghri­ba, la tex­tu­ra cru­jiente y la suavi­dad de los ingre­di­entes se com­bi­nan para for­mar una expe­ri­en­cia de sabor per­fec­ta, que despier­ta en el pal­adar una mez­cla de dulzu­ra y espe­cias sutiles.

Los paste­les de almen­dra son quizás la deli­cia más rep­re­sen­ta­ti­va de la pastel­ería mar­ro­quí. Ya sea en for­ma de pequeñas boli­tas rel­lenas de pas­ta de almen­dra o como del­i­ca­dos makrouts rel­lenos de dátiles y baña­dos en miel, estos dul­ces desta­can por su inten­si­dad de sabor y la suavi­dad de su tex­tu­ra. La almen­dra, tan pre­sente en la coci­na mar­ro­quí, se con­vierte en un pro­tag­o­nista indis­cutible, dán­dole a los dul­ces un toque espe­cial que los hace irre­sistibles.

Uno de los ele­men­tos que hace que los dul­ces mar­ro­quíes sean tan úni­cos es la pres­en­cia de espe­cias como la canela, el cla­vo o el car­damo­mo. Estas espe­cias no solo apor­tan un toque exóti­co sino que son parte de la his­to­ria de un país que ha sido crisol de civ­i­liza­ciones. En muchos dul­ces las espe­cias no solo sir­ven para dar sabor sino que tam­bién evo­can recuer­dos de los mer­ca­dos, de las plazas, de las coci­nas de las abue­las. Este toque de espe­cia es lo que con­vierte a los dul­ces mar­ro­quíes en algo más que una sim­ple golosi­na. Son pequeñas joyas que cuen­tan his­to­rias, que te lle­van a un via­je por la his­to­ria de Mar­rue­cos.

Sus hote­les históri­cos

Tánger, con su atmós­fera de ciu­dad cos­mopoli­ta, ha sido un refu­gio para artis­tas, escritores y via­jeros des­de tiem­pos inmemo­ri­ales. Los hote­les históri­cos de la ciu­dad, con su arqui­tec­tura colo­nial y su encan­to nos­tál­gi­co, son como una cáp­su­la del tiem­po donde se pueden res­pi­rar las mis­mas vibra­ciones que se vivieron en las décadas de oro de la ciu­dad. Entre sus pasil­los se pueden encon­trar his­to­rias de explo­radores, de secre­tos susurra­dos en salones reple­tos de humo de cig­a­r­ro y de noches que se hicieron eter­nas.

Los hote­les en Tánger per­miten al via­jero sumer­girse en el alma mis­ma de la ciu­dad. Cada rincón está impreg­na­do de memo­rias de épocas pasadas y cada uno de estos históri­cos edi­fi­cios tiene sus pro­pios relatos que con­tar. El Hotel Con­ti­nen­tal, sin duda, es uno de los más emblemáti­cos y, como no, uno de los que mejor refle­ja la esen­cia de Tánger.

Ubi­ca­do en el corazón de la ciu­dad, en una de las col­i­nas de la med­i­na, el Hotel Con­ti­nen­tal no es solo un lugar para hospedarse sino un tes­ti­go viviente de la his­to­ria de Tánger. Abier­to en 1870, este hotel fue uno de los primeros en ofre­cer lujo y con­fort a los via­jeros que lle­ga­ban a la ciu­dad en bus­ca de aven­turas, arte o sim­ple­mente para escapar del bul­li­cio europeo. Si sus pare­des pudier­an hablar, con­tarían his­to­rias de per­son­ajes céle­bres que pasaron por allí como los escritores Ten­nessee Williams y Paul Bowles, quienes se sin­tieron inspi­ra­dos por la vibrante vida de la ciu­dad.

El Con­ti­nen­tal es, en muchos sen­ti­dos, un refle­jo de la mez­cla cul­tur­al que Tánger ha sido siem­pre: su arqui­tec­tura de esti­lo colo­nial y los detalles árabes tradi­cionales se fusio­n­an per­fec­ta­mente, cre­an­do un ambi­ente úni­co y fasci­nante. Des­de sus bal­cones con vis­tas al mar has­ta su ele­gante inte­ri­or lleno de detalles vin­tage, el hotel es un via­je en sí mis­mo. Las habita­ciones, algu­nas con mue­bles de época, bal­cones que miran al mar y ven­tanas que dejan pasar la suave brisa mari­na, evo­can esa sen­sación de estar en una pelícu­la antigua, en la que uno puede imag­i­narse toman­do una copa mien­tras se escucha a lo lejos una melodía de jazz.

Una de las cosas que dis­tingue a este históri­co hotel es que, a pesar de su antigüedad y fama, el Hotel Con­ti­nen­tal nun­ca ha caí­do en la ostentación. La sen­cillez de su ele­gan­cia y la calidez de su hos­pi­tal­i­dad lo hacen destacar de una man­era úni­ca. Nada es exager­a­do, todo tiene un toque de dis­tin­ción pero sin perder la esen­cia acoge­do­ra que Tánger ha sabido man­ten­er a lo largo de los años. Es un lugar donde uno se siente parte de la his­to­ria pero tam­bién parte del pre­sente, como si al alo­jarse allí, uno pudiera ser parte de ese flu­jo con­stante de via­jeros que, como gen­era­ciones pasadas, se sien­ten atraí­dos por el encan­to atem­po­ral de Tánger.

Su sur­re­al­is­mo

Mar­rue­cos es uno de esos país­es que te sor­prende a cada paso. Más allá de su his­to­ria fasci­nante y su cul­tura vibrante, hay algo en el aire, una especie de magia inex­plic­a­ble, que trans­for­ma lo ordi­nario en algo com­ple­ta­mente sur­re­al­ista. En las calles de las ciu­dades, entre los mer­ca­dos bul­li­ciosos y las tran­quilas med­i­nas, parece que el tiem­po se dobla y el sen­ti­do común se deshace como are­na entre los dedos. Lo que verás en Mar­rue­cos desafía cualquier expec­ta­ti­va, y esa es, sin duda, una de las cosas que hace que este lugar sea tan fasci­nante. Bue­na prue­ba de ello es esta foto que tomé de un rebaño de ove­jas pas­tan­do den­tro de un cemente­rio. Como si tal cosa y en pleno cen­tro de la ciu­dad.

Porque aquí empieza África

El Kilómetro Cero de África es uno de esos lugares úni­cos y sim­bóli­cos que nos conec­ta de man­era direc­ta con la his­to­ria, la geografía y el espíritu de un con­ti­nente entero. Se encuen­tra aquí, en Tánger, una ciu­dad que ha sido durante sig­los puente entre Europa y África.

Aunque el con­cep­to de “Kilómetro Cero” se aso­cia habit­ual­mente a las cap­i­tales de algunos país­es, como el Kilómetro Cero de Madrid (donde comien­za la numeración de las car­reteras españo­las), el Kilómetro Cero de África tiene una con­no­tación mucho más pro­fun­da. Es el lugar sim­bóli­co que rep­re­sen­ta la entra­da a África des­de Europa, un pun­to que mar­ca la fron­tera no solo físi­ca, sino tam­bién cul­tur­al y psi­cológ­i­ca entre dos mun­dos.

El Kilómetro Cero de África está cer­ca de la Plaza de los Héroes en el cen­tro de Tánger, jus­to frente al mar de Alborán, que conec­ta el Mediter­rá­neo con el Océano Atlán­ti­co. En este pun­to el Estre­cho de Gibral­tar sep­a­ra las aguas del con­ti­nente europeo y el africano y se con­sid­era una de las rutas más estre­chas y tran­si­tadas del mun­do. Este es el lugar donde, en muchos sen­ti­dos, comien­za la aven­tu­ra africana

No sé explicar exac­ta­mente por qué estoy enam­ora­da de Tánger. No es una lista de mon­u­men­tos ni un itin­er­ario per­fec­to. Es esa mez­cla de mar y fron­tera, de caos y hos­pi­tal­i­dad, de Europa tan cer­ca y tan lejos al mis­mo tiem­po.

Hay ciu­dades que vis­i­tas. Y hay ciu­dades que, sin pedirte per­miso, se quedan con­ti­go. Tánger es una de ellas.


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1 Comment

  1. Anónimo

    at

    Mar­rue­cos me encan­ta, Tánger es per­fec­ta tiene playa, gas­tronomía, cul­tura. Ciu­dades cer­canas con un encan­to par­tic­u­lar.

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