Los pueblos donde vivían las brujas en España

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Pese a que hoy en día Cernégula, en la provincia de Burgos, es una pequeña aldea de poco más de 70 habitantes, hay que recordar que en el pasado fue un importante foco de brujería. Aquí llegaban las brujas de Cantabria y Navarra, que huían de la persecución de los inquisidores durante los siglos XV y XVI. La Charca de Cernégula, conocida por los locales como La Pila, una minúscula laguna donde una estatua de una bruja nos recuerda los aquelarres que aquí se celebraban, sirvió como principal punto de encuentro entre las brujas norteñas y castellanas, quienes intercambiaban en las orillas de estas aguas pócimas y conocimientos. Muchas de las casas del pueblo también lucen en sus tejados una veleta con una bruja, sinónimo del orgullo que sienten los lugareños de sus antepasadas. La leyenda cuenta que al anochecer de los sábados, las brujas se reunían en esta laguna y la cercana Venta de la Parra y untaban sus cuerpos de ungüentos a base de mandrágora, cicuta, solano y adormidera; al grito de “sin dios y sin santa María ¡por la chimenea arriba!” se lanzaban a volar sobre sus escobas. Esto es lo que cuenta la tradición oral aunque tenga una base científica real. Y es que es muy cierto que las hechiceras utilizaban estas plantas para entrar en éxtasis y “volar”, aunque fuera metafóricamente.

Castilla fue una de las regiones de España donde durante tres siglos más se cebó la Inquisición. Más de 44.000 procesados aunque también es cierto que, en la práctica, “sólo” se llevaron a la hoguera a unas decenas de personas, que aunque sigue siendo un dato espeluznante, está a años luz de las 10.000 personas que fueron quemadas vivas en Alemania. Burgos fue precisamente crucial en estos procesos, ya que fue donde nació Alonso Salazar Frías, conocido como “el salvador de brujas”, ya que se dedicó a repetir interrogatorios y a poner en duda las sospechas de otros inquisidores que, empujados por una histeria colectiva, se dedicaron a acusar a unos y a otros de brujería sin argumento ninguno.

Pero por desgracia, las persecuciones no se limitaron a Castilla. Ya hablamos aquí hace un par de meses de Zugarramurdi, que estuvimos visitando en Semana Santa y probablemente el pueblo más famoso de nuestro país en ese aspecto. En Aragón, más concretamente en Trasmoz (Zaragoza), Gustavo Adolfo Bécquer se refugió para escribir “Rimas y Leyendas”, inspirado por las historias de hechicería locales. Incluso hoy en día se mantiene en pie un Museo de la Brujería. Y de hecho, a día de hoy es el único pueblo excomulgado de España debido a sus fiestas paganas. En Granada, según la leyenda popular, existe uno de los pocos pueblos fundados por brujas, Soportújar: al parecer eran meigas que escaparon de su Galicia natal. Cada verano, los habitantes del pueblo las rinden homenaje en la Feria del Embrujo y hasta hay un Centro de la Interpretación de la Brujería para que conozcamos como estas rebeldes de su tiempo elaboraban sus poderosos hechizos. En Salvador de Coiro (Pontevedra) las brujas celebraban sus aquelarres en la playa y varias de ellas fueron sentenciadas a morir en la hoguera. Ahigal, en la provincia de Cáceres, es otro de los pueblos que mejor ha conservado su tradición brujeril: las leyendas locales hablan de brujas que se convertían en gallinas, lechuzas o gatos negros. Ya en Cataluña, la zona del Llucanés es considerada “la capital de la brujería catalana”: para honrar a las mujeres ejecutadas por la iglesia, cada noche del 31 de Octubre se celebra la Feria de las Brujas, donde más de 150 actores recrean historias antiquísimas en honor de estas mujeres que se negaron a doblegarse ante las imposiciones retrógradas de su tiempo.

Jabaloyas, en la Sierra de Albarracín, es uno de los pueblos de España donde más se dejó notar la brujería a partir del siglo XII, como atestiguan varios escritos pertenecientes a dicha época. De hecho, la leyenda está tan arraigada en esta pequeña población que hace cuatro años se celebraron unas Jornadas sobre Brujería en las que varios expertos dieron su visión del tema y se celebra cada víspera de San Juan los Encuentros del Solsticio de Verano, que recuerdan de un modo entrañable la presencia de estas misteriosas damas amantes de las artes oscuras. Los habitantes de Jabaloyas mantienen viva su superstición pintando en las puertas de sus casas cruces de Caravaca que les alejen del mal de ojo.

El aislamiento que sufría Jabaloyas en aquella época y la gran cantidad de bosques colindantes, fuente indispensable para los suministros que las brujas necesitaban para sus pócimas, parecen ser las dos razones principales para que en este pueblo proliferaran las hechiceras. Se cuenta que las brujas de Jabaloyas bajaban al pueblo cercano de Frías de Albarracín para abastecerse de la flor del tejo,que sólo florece en la noche de San Juan y según la leyenda, permitía entrar en éxtasis y ponerse en contacto con el diablo. Los aquelarres eran habituales en el Castillo de San Cristóbal y se dice que tenían una “ciudad secreta” en el Pico Jabalón. Es por ello que cada noche de San Juan se reúnen allí los vecinos de Jabaloyas alrededor de una hoguera para brindar con aguardiente por sus ilustres antepasadas.

 

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