Road trip por la Ruta 61 — Ruta 66

EUREKA SPRINGS — SPRINGFIELD — PONTIAC — JOLIET

Para lle­gar des­de Dal­las a Chica­go teníamos por delante casi 1.300 kilómet­ros. Por ello, para no ir ago­b­i­a­dos y que nos diera tiem­po a ver unas cuan­tas cosas por el camino, decidi­mos dar tres días a este tramo de ruta. La primera noche la pasaríamos en Eure­ka Springs (Arkansas), la segun­da en Spring­field (Illi­nois) y la ter­cera ya haríamos noche en Chica­go, nue­stro des­ti­no final del via­je.

Aunque Eure­ka Springs es un pueblo pequeñi­to, de poco más de 2.000 habi­tantes, le escogi­mos porque en nues­tra opinión es uno de los más boni­tos de todo el país, parece un pueblo de muñe­cas. Además, su prox­im­i­dad a las Ozark Moun­tains, un para­je nat­ur­al pre­cioso pla­ga­do de verdes mon­tañas y lagos, hizo muchísi­mo más ameno el via­je en coche. Esa fue una de las cosas que más nos gustó de Eure­ka, lo bien inte­gra­do que está con la nat­u­raleza, como si fuera un pueblecito de cuen­to al que sólo puedes lle­gar por car­reteras sin­u­osas y escon­di­das. De hecho, estas car­reteras son tan atrac­ti­vas a la hora de con­ducir que nos sor­prendió des­cubrir la can­ti­dad de moteros que esco­gen Eure­ka como des­ti­no de vaca­ciones, pre­cisa­mente por la deli­cia que supone con­ducir por los alrede­dores.

El hotel que habíamos reser­va­do, el Colo­nial Inn, bas­tante cuco y, como su pro­pio nom­bre indi­ca, ubi­ca­do en una casa colo­nial, de esas que salían en la serie de “Norte y Sur”, aunque nues­tras habita­ciones se encon­tra­ban en un edi­fi­cio ady­a­cente. Lo regenta­ba un señor pola­co la mar de agrad­able que nos infor­mó que éramos los segun­dos españoles que le vis­ita­ban en lo que iba de año: tenien­do en cuen­ta que era Sep­tiem­bre, nos con­fir­mó con ello que el tur­is­mo que se gen­era en Eure­ka Springs es bási­ca­mente esta­dounidense. Los locales pare­cen haber sido los úni­cos en des­cubrir y sal­va­guardar un pueblecito encan­ta­dor como pocos. El pre­cio de la habitación, 70 euros por noche, con desayuno incluí­do ( desayuno bas­tante rácano, eso sí). Lo mejor es que las habita­ciones eran inmen­sas y que al estar el hotel a las afueras del pueblo, lo primero que veías cuan­do abrías la puer­ta era un bosque super fron­doso, una deli­cia el paisaje.

Eure­ka Springs gozó de cier­ta fama a medi­a­dos del siglo XIX cuan­do, al pare­cer, se des­cubrió que las aguas de sus fuentes nat­u­rales tenían poderes cura­tivos y eran capaces de erradicar males como la ceguera. Por dicho moti­vo, se con­vir­tió en uno de los prin­ci­pales des­ti­nos turís­ti­cos entre los habi­tantes de Arkansas, sobre todo en la época vic­to­ri­ana. Además, nos llamó un mon­tón la aten­ción darnos cuen­ta de lo pro­fun­da­mente reli­giosos que son el pueblo, por aquí y por allá se veían carte­les pub­lic­i­tan­do igle­sias e inclu­so cuen­tan con una estat­ua gigan­tesca, Christ of the Ozarks, que es la estat­ua de Cristo más grande de todo Norteaméri­ca y que curiosa­mente fue con­stru­i­da com­ple­ta­mente a mano. Tam­bién cuen­tan con la curiosa capil­la Thorn­crown Chapel, con sus muros semi­a­bier­tos, aunque cuan­do nos acer­camos a ver­la resultó que esta­ba cer­ra­da. Y has­ta unas vis­i­tas guiadas a una répli­ca que tienen de la East­ern Gate de Jerusalén (vamos, que como com­pro­bamos, en el pueblo son bas­tante beat­il­los). Por cier­to, cer­ca del Christ of the Ozarks se encuen­tra una sec­ción del Muro de Berlín orig­i­nal.

Uno de los lugares más mis­te­riosos de Eure­ka Springs es el Cres­cent Hotel, el que está con­sid­er­a­do el hotel más embru­ja­do de todo Esta­dos Unidos. Hace un tiem­po os hablé de este curioso establec­imien­to en el blog, por lo que copio y pego lo que os con­té en su día…

“Se encuen­tra en Eure­ka, en el esta­do de Arkansas, y des­de hace décadas atrae a via­jeros de todo el mun­do por un moti­vo muy par­tic­u­lar: se le con­sid­era el hotel más embru­ja­do de todo Esta­dos Unidos. Parece ser que la posi­bil­i­dad de encon­trarse un fan­tas­ma cuan­do te lev­an­tas al baño más que una desven­ta­ja es la mejor pro­mo­ción turística.Abierto des­de el año 1886, este gigan­tesco edi­fi­cio vic­to­ri­ano de casi 80 habita­ciones y situ­a­do en lo alto de una mon­taña, lo que incre­men­ta la sen­sación de ais­lamien­to para sus hués­pedes, fue con­sid­er­a­do en su momen­to como uno de los resorts más lujosos de todo el país: te damos el dato de que su salón prin­ci­pal tiene capaci­dad para 500 comen­sales. Sin embar­go, todo el boa­to que rodeó su inau­gu­ración sirvió de poco: los clientes comen­zaron a que­jarse de que las propiedades cura­ti­vas de sus aguas ter­males no servían para nada, has­ta el pun­to de que el hotel empezó a uti­lizarse como tal sólo en ver­a­no mien­tras el resto del año pasa­ba a con­ver­tirse en un cole­gio uni­ver­si­tario para mujeres. Sin embar­go, con el paso de los años, el Cres­cent Hotel recu­peró su esplen­dor debido pre­cisa­mente a las his­to­rias de fan­tas­mas que comen­zaron a propa­gar los pro­pios emplea­d­os del recin­to. El vis­i­tante noc­turno más cono­ci­do es Michael, el espíritu de un irlandés pelir­ro­jo que fal­l­e­ció al caer de un segun­do piso. Ocur­rió en la habitación 218 (con­sid­er­a­da la más encan­ta­da del Cres­cent) y son muchos los hués­pedes que declar­an haber vis­to a Michael, escucharle llo­ran­do y exper­i­men­tar como éste se divierte apa­gan­do y encen­di­en­do luces y tele­vi­sores.

Pero no es el úni­co “morador no desea­do”. Otro de ellos es el espíritu de una enfer­mera, que vaga por los pasil­los des­de que el hotel fue uti­liza­do como clíni­ca (durante los años 30 inclu­so sirvió como morgue, de ahí su fama mis­te­riosa, y otro de los fan­tas­mas apare­ci­dos es el del Dr. Bark­er, quien se ocu­pa­ba de realizar las autop­sias). Y aún hay más:las limpiado­ras se nie­gan a asear la habitación 419 pues es allí donde suele apare­cerse Theodo­ra, una antigua paciente. Y eso no es todo: caballeros de época con som­breros de copa, antiguas camar­eras, menús des­perdi­ga­dos por el salón, sil­las que se mueven, el espíritu de un niño que recorre las coci­nas y se ded­i­ca a tirar al sue­lo panes y mer­me­ladas… son cien­tos las his­to­rias macabras que rodean al Cres­cent Hotel y que, ver­daderas o no, han con­segui­do aumen­tar su leyen­da y con­ver­tir­lo en uno de los lugares más espe­ciales del ter­ri­to­rio amer­i­cano.”

Nosotros nos acer­camos a vis­i­tar­lo, inclu­so estu­vi­mos deam­bu­lan­do por la recep­ción y el patio inte­ri­or, donde esta­ban cel­e­bran­do una boda, sin que nadie nos pusiera la más mín­i­ma pega ya que es habit­u­al que se real­i­cen tours guia­dos donde te rela­tan las leyen­das que rodean al Cres­cent, todo muy tétri­co y mis­te­rioso.

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El cen­tro históri­co de Eure­ka Springs es bas­tante pequeñi­to y aún así, hay has­ta un tran­vía turís­ti­co que va recor­rien­do sus calles. Nosotros prefe­r­i­mos hac­er­lo a pie. La ver­dad que mien­tras paseábamos nos íbamos per­catan­do de lo pijil­lo que era el pueblo, lleno de tien­decitas super boni­tas pero carísi­mas y unos coc­ha­zos de impre­sión.

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Al día sigu­iente teníamos otro cer­ro de kilómet­ros asi que entre el can­san­cio que arras­trábamos y que las tem­per­at­uras en las mon­tañas bajan que da gus­to (fue la primera vez en todo el via­je que nos pusi­mos las cazado­ras), tomamos un par de cervezas noc­tur­nas y a dormir para encar­ar con ganas el nue­vo día. Nue­stro des­ti­no sería Spring­field, la cap­i­tal del esta­do de Illi­nois, aunque es bas­tante pequeña, 100.000 habi­tantes, casi como cualquier cap­i­tal de provin­cia españo­la. Como sabíamos que qui­tan­do los lugares ded­i­ca­dos a Abra­ham Lin­coln (su habi­tante más ilus­tre y en el que Spring­field basa prac­ti­ca­mente todo su tur­is­mo, ya que pre­cisa­mente aquí es donde se encuen­tra enter­ra­do) con­sid­er­amos la visi­ta más como una para­da téc­ni­ca que otra cosa. Además, al ser domin­go se encon­tra­ba prac­ti­ca­mente desier­ta, ape­nas veías un alma por las calles.

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Lo que más nos gustó de esta eta­pa, las cosas como son, fue nue­stro hotel, que habíamos reser­va­do pre­vi­a­mente por inter­net y que para mi gus­to, después del Shack Up Inn de Mis­sis­sip­pi, fue el más autén­ti­co de toda la ruta. Aquí aba­jo le tenéis, el Route 66 Hotel & Con­fer­ence Cen­ter. ¡Ya sólo la entra­da es una pasa­da!

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Sabéis de sobra que a la hora de bus­car alo­jamien­to, siem­pre inten­to encon­trar lugares que se sal­gan de lo típi­co y en ese sen­ti­do el hotel nos encan­tó. Muy bien de pre­cio (poco menos de 60 euros la noche), con pisci­na y con un recep­cionista encan­ta­dor que nos con­tó un mon­tón de cosas de Spring­field. El hotel, como veis, es total­mente temáti­co y en su inte­ri­or guar­da un pequeño museo y tien­da aledaña con can­ti­dad de obje­tos ref­er­entes a la Ruta 66. ¡Fue un plac­er dormir allí!

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Una de las eta­pas que más nos apetecía en este via­je era pre­cisa­mente la de la Ruta 66, que recorre bue­na parte del país y en Illi­nois tiene algu­nas de sus paradas más intere­santes. La Ruta 66, cono­ci­da tam­bién como La Calle May­or de USA, es prob­a­ble­mente la car­retera más famosa del mun­do. Yo ya os comen­té que la había recor­ri­do en parte en mi via­je a Cal­i­for­nia hace algunos años pero en esta parte del país la idol­a­tran, ven­er­an y respetan de una man­era admirable ya que, a fin de cuen­tas, es una prue­ba viviente de la his­to­ria de Esta­dos Unidos. Cruzan­do bue­na parte del país, nacien­do en Chica­go y murien­do en Los Ange­les, la Ruta 66 es esa dama a la que se han ded­i­ca­do tan­tas can­ciones, pelícu­las y nov­e­las.

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Aunque ofi­cial­mente la Ruta 66 sólo estu­vo en acti­vo durante 60 años, a día de hoy son muchos los mitó­manos (nosotros entre ellos) que siguen con­sid­erán­dola una car­retera úni­ca e insusti­tu­ible. Por ello decidi­mos pasar la mañana en el pequeño pueblecito de Pon­ti­ac, donde se encuen­tra el mur­al más grande del mun­do ded­i­ca­do a la Ruta 66, como veis aquí aba­jo…

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Los murales, como podéis obser­var en las sigu­ientes fotografías, son los que real­mente condi­cio­nan la fisionomía del pueblo, otorgán­dole un aro­ma cin­cuentero inigual­able. Fueron pin­ta­dos por los Wall­dogs, un grupo de 150 artis­tas que llegó aquí hace seis años y que los acabaron en sola­mente cua­tro días.

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Aunque a lo largo y ancho de Esta­dos Unidos hay var­ios museos ded­i­ca­dos a la Ruta 66, el que se con­sid­era más com­ple­to se encuen­tra jus­ta­mente aquí, en Pon­ti­ac, el Route 66 Hall of Fame & Muse­um, que para ter­mi­nar de redondear, es gra­tu­ito, aunque admiten dona­ciones. Den­tro se pueden admi­rar, en sus tres plan­tas, un mon­tón de obje­tos que giran en torno a la Ruta 66 y tam­bién en lo que era la vida cotid­i­ana en los años 50, por lo que hay has­ta recrea­ciones de las casas de antaño, la ver­dad que está todo bas­tante con­segui­do, a nosotros nos fascinó fran­ca­mente la visi­ta.

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Así eran las emiso­ras de radio hace 70 años…

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Más imá­genes de Pon­ti­ac

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Nues­tra sigu­iente para­da en la Ruta 66 antes de lle­gar a Chica­go sería otro de los pueb­los míti­cos den­tro de la ruta, Joli­et, pues es aquí donde se cruz­a­ban la Ruta 66 y la Lin­coln High­way. Queríamos parar aquí a com­er pre­cisa­mente en uno de los restau­rantes leg­en­dar­ios de la Ruta 66, el Joli­et Route 66 Din­er, que como veis en las fotos, es una autén­ti­ca pasa­da. Curiosa­mente, allí coin­cidi­mos con otra pare­ja españo­la que tam­bién esta­ban hacien­do la mis­ma ruta. Como veis al fon­do de la foto de aba­jo, en las pare­des cuel­gan fotografías de los Blues Broth­ers ya que fue en este pueblo donde se inspiró la pelícu­la (la prisión, ya cer­ra­da, aparecía en el film y tam­bién en la serie “Prison Break”).

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En Joli­et tam­bién son car­ac­terís­ti­cos los murales

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Y este de aquí aba­jo es el teatro Rial­to, uno de los míti­cos de Esta­dos Unidos. Con­stru­i­do en 1926 en esti­lo neo­bar­ro­co, es el gran sím­bo­lo de Joli­et, con el que nos despedíamos antes de ini­ciar la últi­ma eta­pa del via­je. Nue­stro sigu­iente des­ti­no, la cono­ci­da como Ciu­dad del Vien­to… Chica­go!

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