Viaje a Texas: el estado más redneck de todo USA

Dejábamos atrás el esta­do de Mis­sis­sip­pi y nos íbamos a nues­tra sigu­iente eta­pa, que nos lle­varía a pasar unos días en Texas. A la hora de plan­i­ficar el via­je, como vimos que eran bas­tantes kilómet­ros y nos veríamos oblig­a­dos a hac­er al menos una noche entre un pun­to y otro, decidi­mos bus­car un sitio algo orig­i­nal para dormir y lo encon­tramos a medio camino. En el pequeñísi­mo pueblo de Murfrees­boro (Arkansas), donde se encuen­tra el Dia­mond Old West Cab­ins, un hotel per­di­do en mitad del cam­po (por la noche no se veía ni una luz), que ha inten­ta­do recrear de man­era bas­tante fidedigna los antigu­os pueb­los del viejo Oeste, como podéis ver en las fotografías. La ver­dad es que cuan­do logramos encon­trar­lo, después de que el GPS nos lle­vara por car­reteras polvorien­tas que no con­ducían a ningún sitio, alu­ci­namos al ver lo cur­ra­do que esta­ba, mucho más con­segui­do inclu­so que lo que habíamos ojea­do pre­vi­a­mente en inter­net.

Habíamos reser­va­do una habitación cuá­dru­ple para las dos pare­jas: lo curioso es que como esta sim­u­la­ba ser el establo, por den­tro has­ta tenía una especie de cor­ral con sus cor­re­spon­di­entes rejas, todo muy fuera de la nor­ma. El pre­cio fue de aprox­i­mada­mente 140 euros entre los cua­tro, prác­ti­ca­mente lo mis­mo que nos hubiera costa­do dormir en un hotel con­ven­cional, mere­ció un mon­tón la pena la expe­ri­en­cia. Eso sí, cuan­do lleg­amos la recep­ción esta­ba com­ple­ta­mente desier­ta pero otra pare­ja nos avisó que podíamos encon­trar la llave de nues­tra cabaña deba­jo del felpu­do. ¡Todo muy de andar por casa!

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Como Murfrees­boro es bas­tante pequeño y tam­poco había mucho para ver, aparte de que estábamos reven­ta­dos del via­je, bajamos úni­ca­mente al pueblo a com­er en el restau­rante mex­i­cano Los Agaves, que por cier­to espec­tac­u­lar, para mí de lo mejorci­to de esas tres sem­anas. Con un camarero ama­bilísi­mo (mexicano,claro) que se vol­có con nosotros en cuan­to nos escuchó hablar en castel­lano (nos repu­so gra­tuita­mente los nachos al menos cin­co veces), un lugar súper acoge­dor, con pre­cios increíble­mente baratos — aprox­i­mada­mente unos 12 dólares por per­sona — y la comi­da deli­ciosa.

Como en Texas nos moveríamos entre Dal­las y Fort Worth los días que estu­viéramos allí (ambas ciu­dades están sep­a­radas por sólo 55 kilómet­ros), habíamos reser­va­do el motel a las afueras de Fort Worth, el Micro­tel Inn & Suites Fort Worth. De los mejores del via­je en cuan­to a cal­i­dad-pre­cio: 60 euros por pareja/noche/habitación, con desayuno incluí­do y un cuar­to grandísi­mo con microon­das y frig­orí­fi­co. Fue el úni­co motel que nos ase­gu­ramos de que tuviera pisci­na ya que en Texas en ver­a­no las tem­per­at­uras son extremas. La uti­lizamos una de las tardes y nos estu­vi­mos bañan­do nosotros solos, parece que en los mote­les las pisci­nas son poco uti­lizadas por los clientes.

Lo mejor de nue­stro hotel es que al estar a las afueras no había prob­le­ma ninguno de aparcamien­to y enci­ma teníamos enfrente un restau­rante-pub gigante que era la repera. Red­neck Heav­en, su nom­bre lo dice todo (los red­necks son los pale­tos yan­kees, se les conoce con ese nom­bre ya que en sus orí­genes eran gente muy humilde que tra­ba­ja­ba en el cam­po y que tenían los cuel­los col­orados de tan­to dar­les el sol, de ahí lo de “red neck”). La ver­dad sea dicha, Texas hace hon­or a su fama de esta­do de pale­tos-pale­tos, sólo había que ver la clien­tela del bar, un mon­tón de tíos solos con sus botas de piel de coco­dri­lo y sus gor­ros de vaque­ro apu­ran­do una Bud­weiss­er detrás de otra, aten­tísi­mos a las pan­tallas donde retrans­mitían los par­tidos de los Dal­las Cow­boys, mien­tras las camar­eras (que iban prác­ti­ca­mente desnudas, no exagero, una de las noches que fuimos a tomar algo el suje­ta­dor era una cin­ta amar­il­la de esas que usan los policías en las esce­nas del crimen), cada vez que uno las daba 20 dólares, se arrea­ban unas a otras con un cin­turón . Ese tipo de cosas que sólo se pueden pres­en­ciar en los bare­tos de Esta­dos Unidos. Eso sí, hay que recono­cer que el gar­i­to tenía siem­pre un mon­tón de ambi­ente, con bue­na músi­ca y unos filetes de bisonte espec­tac­u­lares.

La carne de bisonte, la espe­cial­i­dad del Red­neck Heav­en

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Nue­stro recor­ri­do por Texas comen­zaría por Dal­las, la ciu­dad más grande de todo el esta­do, esa que de por vida aso­cia­re­mos al petroleo y, sobre todo, a la cono­ci­da serie de tele­visión del mis­mo nom­bre que pop­u­lar­izó a la urbe en todo el mun­do durante trece años. Y es que hablar de Dal­las es traerte a la cabeza a ese malo malísi­mo que fue JR y todas las intri­gas que se desar­rol­la­ban en su famil­ia. Por cier­to, que os comen­to que el ran­cho donde se rod­a­ba y que servía a la vez de casa fic­ti­cia de los Ewing, el South­fork Ranch, ofrece vis­i­tas guiadas por un pre­cio de unos 12 dólares. Nosotros al final no fuimos porque habíamos leí­do que decep­ciona un poco y que es más pequeño que lo que esperas pero los que seais muy fans de la serie, tened pre­sente que ahí está la opción.

Dal­las, pese a no ser una ciu­dad exce­si­va­mente grande (poco más de un mil­lón de per­sonas), cuen­ta sin embar­go con uno de los sky­lines más impac­tantes de todo el ter­ri­to­rio esta­dounidense y el sex­to más grande del país, con un mon­tón de ras­ca­cie­los entre los cuales una vein­te­na super­an de largo los 150 met­ros de altura. Aca­so el más cono­ci­do sea Torre Reunion, uno de los grandes sím­bo­los de Dal­las, con un restau­rante gira­to­rio en su azotea y que ofrece, pre­vio pago de 15 dólares de entra­da para acced­er al mirador, algu­nas de las mejores vis­tas de la ciu­dad.

Dallas

El Renais­sance, con sus 56 pisos de altura y sede de la com­pañía Block­buster, es el segun­do ras­ca­cie­los más alto de Dal­las.

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Aunque ante­ri­or­mente he comen­ta­do que Dal­las no es muy grande en cuan­to a población, en exten­sión a nosotros nos pare­ció enorme. Quizás a ello con­tribuyó el calo­razo que hace en ver­a­no en esta parte del país, por lo que nece­si­tas coche sí o sí. Inten­ta­mos ir andan­do de un rincón a otro pero al final desis­ti­mos e imi­ta­mos a los locales, que van motor­iza­dos a cualquier sitio. Los pocos peatones que se veían por la calle era via­jeros como nosotros cámara en mano, tex­anos esperan­do en la para­da del auto­bús y oficin­istas que iban a su lugar de tra­ba­jo. Además, os avi­so que en las rutas de acce­so a la ciu­dad se mon­tan unos atas­cos de trá­fi­co impre­sio­n­antes, debido pre­cisa­mente a que Dal­las está vivien­do un segun­do boom en el sec­tor de la con­struc­ción y no sólo se lev­an­tan grandísi­mos edi­fi­cios, tam­bién muchísi­mas car­reteras se encuen­tran en obras (que hay que ver qué méri­to el de los obreros, casi todos mex­i­canos, tra­ba­jan­do con el alquitrán bajo un sol implaca­ble, para que luego ven­ga a decir Don­ald Trump que los inmi­grantes son unos parási­tos que no apor­tan nada al país).

Si hay un hecho que colocó a Dal­las en su momen­to en el pun­to de mira del mun­do entero, fue el asesina­to el 22 de Noviem­bre de 1963 del pres­i­dente John Fitzger­ald Kennedy. A día de hoy, un 61% de los esta­dounidens­es sigue sin creerse que el crimen fuera lle­va­do a cabo por un hom­bre solo, Lee Har­vey Oswald, quien casual­mente fue asesina­do sólo dos días después de la muerte de Kennedy y se llevó el secre­to a la tum­ba. Las estreme­ce­do­ras imá­genes de ese tiro que voló la tapa de los sesos del pres­i­dente (y que no se emi­tieron has­ta diez años después, lo cier­to es que son crudísi­mas) com­po­nen uno de los capí­tu­los más inqui­etantes de toda la his­to­ria de Esta­dos Unidos. Nadie parece creerse la ver­sión ofi­cial (yo entre ellos) : son mucho más prob­a­bles las dis­tin­tas teorías que hablan de otros posi­bles eje­cu­tores, como la mafia (a quien Kennedy hosti­ga­ba sin tapu­jos pese a que su famil­ia siem­pre andu­vo lig­a­da a sus tur­bios nego­cios), la propia CIA, resen­ti­da con Kennedy por su neg­a­ti­va a invadir Cuba, la KGB, refu­gia­dos anti­cas­tris­tas… Kennedy y sus políti­cas se crearon múlti­ples y poderosos ene­mi­gos en muy poco tiem­po. Y pese a la de libros y pelícu­las que han inten­ta­do arro­jar algo de luz al mag­ni­cidio (quizás la más famosa “JFK” de Oliv­er Stone), la real­i­dad es que a día de hoy no sabe­mos con seguri­dad quien ordenó la elim­i­nación de Kennedy. Y prob­a­ble­mente no llegue­mos a saber­lo nun­ca.

Esta de aquí aba­jo es la Kennedy Memo­r­i­al Plaza, donde se con­struyó en 1970 este ceno­tafio (o tum­ba abier­ta) en memo­ria del pres­i­dente.

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Este edi­fi­cio de aquí aba­jo (lo habréis vis­to mil veces por tele­visión) es des­de donde se supone que Lee Har­vey Oswald dis­paró los tres tiros que intenta­ban acabar con la vida de Kennedy. Esto hubiera supuesto que los tres dis­paros se realizaran en sólo cin­co segun­dos y con un arma que, según se com­pro­bó después, tenía la mira telescópi­ca defec­tu­osa. De estas tres balas, una de ellas provocó siete heri­das difer­entes en Kennedy y en el gob­er­nador John B. Con­nal­ly, que iba en la parte delantera de la lim­ou­si­na, otra incóg­ni­ta sin resolver (de hecho, se la conoce como la “bala mág­i­ca”). Lee Har­vey Oswald defendió de todas las man­eras posi­bles, en los dos días que le dejaron vivo, que él era un cabeza de tur­co al que querían encas­que­tar el muer­to y nun­ca mejor dicho. Por ese moti­vo, no entramos a vis­i­tar el Sixth Floor Muse­um que se encuen­tra en este edi­fi­cio, porque no nos creemos la his­to­ria “ofi­cial” que allí se cuen­ta.

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El pun­to exac­to, en la Dealey Plaza y col­in­dante con Elm Street, donde Kennedy fue acribil­la­do. Como podéis ver en la fotografía, en la calza­da está mar­ca­do con una cruz el lugar del dis­paro.

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Local­iza­do en pleno bar­rio de West End se encuen­tra el Old Red Muse­um, en mi opinión el edi­fi­cio más boni­to de toda la ciu­dad y en cuyo inte­ri­or se expone un recor­ri­do por la his­to­ria de Dal­las des­de su fun­dación en el año 1841.

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Museo del Holo­caus­to, fun­da­do por más de un cen­te­nar de judíos super­vivientes de la Segun­da Guer­ra Mundi­al.

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Uno de los rin­cones más entrañables de Dal­las: el mon­u­men­to a Rosa Parks, la mujer negra que en 1955 se negó en Alaba­ma a cam­biarse de asien­to en el auto­bús y ced­er el sitio a un blan­co (recor­dad que en aque­l­la época los bus­es eran seg­re­ga­dos y los negros debían ir sen­ta­dos en la parte de atrás). Su valeroso gesto, que la con­du­jo a la cár­cel, encendió la mecha que des­en­ca­denaría la lucha por los dere­chos civiles de los negros, encabeza­da por Mar­tin Luther King. Rosa Parks se con­vir­tió en la primera mujer afroamer­i­cana en ten­er un mon­u­men­to den­tro del hall del Capi­to­lio de Wash­ing­ton. La estat­ua de Rosa Parks en Dal­las se encuen­tra jus­to al lado de una de las prin­ci­pales paradas de bus­es de la ciu­dad para que los pasajeros recuer­den a esta mujer que, según reza el dicho, “logró lev­an­tarse sen­tán­dose”.

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La Pio­neer Plaza, un lugar fran­ca­mente bel­lísi­mo. Ubi­ca­da jun­to al Con­fed­er­ate War Memo­r­i­al, donde se rinde hom­e­na­je a los caí­dos en la Guer­ra de Sece­sión, su may­or atrac­ti­vo es con­ser­var la may­or estat­ua de bronce del mun­do, com­pues­ta por 49 escul­turas de las long horns cows, las vacas tan típi­cas tex­anas. A nosotros nos encan­tó.

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Hay un lugar intere­san­tísi­mo que, sin embar­go, parece pasar desapercibido para muchos vis­i­tantes, que se encuen­tra en Old Park y no es otro que el Dal­las Her­itage Vil­lage. Y comen­to lo de que injus­ta­mente parece ser igno­ra­do por los tur­is­tas porque la mañana que nos acer­camos a ver­lo estu­vi­mos hacién­do­lo com­ple­ta­mente solos, has­ta el pun­to de que algu­nas de las casas esta­ban cer­radas y el señor que tra­ba­ja­ba en recep­ción, al ver que éramos españoles y lo intere­sa­dos que estábamos en la visi­ta, nos las abrió para que las pudiéramos recor­rer por den­tro y además ejer­ció de impro­visa­do guía, explicán­donos con un mon­tón de detalles cómo era la vida antaño en estas tier­ras.

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El Dal­las Her­itage Vil­la, cuya entra­da (9 dólares) nos pare­ció bas­tante bara­ta para lo exten­so que es, fue con­struí­do gra­cias al trasla­do de un mon­tón de casas de todo Texas que fueron traí­das has­ta aquí para que inten­te­mos com­pren­der el modo de vida de los tex­anos en el siglo XIX. Son un total de 38 vivien­das dis­em­i­nadas, entre las que se incluyen ban­cos, ofic­i­nas de corre­os o escue­las, que pudi­mos vis­i­tar por den­tro y admi­rar el mobil­iario, impeca­ble­mente con­ser­va­do, de hace dos sig­los.

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Esta de aquí arri­ba es la primera cabaña de madera de la famil­ia Miller, con la curiosi­dad de que le añadieron ven­tanas de cristal, que no eran lo habit­u­al en dicha época. Como el señor Miller era mae­stro, con­struyó esta escuela impro­visa­da, donde se daban clases a los niños de las gran­jas cer­canas. En esta pequeña cabaña lle­garon a vivir cer­ca de 20 per­sonas.

Los Miller, que eran una famil­ia aco­moda­da de ter­rate­nientes de planta­ciones de algo­dón, con­struyeron con la ayu­da de sus esclavos esta pre­ciosa man­sión de madera de cedro y roble, que es donde ellos residían. La casa, inspi­ra­da en la arqui­tec­tura grie­ga, fue dis­eña­da de tal modo que se aprovechara al máx­i­mo la brisa, debido a las altas tem­per­at­uras que sue­len reg­is­trarse en las tier­ras de Texas, sobre todo en ver­a­no. En el patio trasero con­ta­ban con una cis­ter­na para recoger el agua de la llu­via, ya que esta era más agrad­able al tac­to que la que se alma­cen­a­ba en los pozos. Como podéis ver, en las difer­entes estancias se ha man­tenido el mobil­iario orig­i­nal.

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En las casas ady­a­centes pudi­mos obser­var cómo antigua­mente se llev­a­ban a cabo todas las tar­eas rela­cionadas con la agri­cul­tura, de una man­era total­mente arte­sanal.

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La Ren­ner School fue trans­porta­da des­de una comu­nidad rur­al al norte de Dal­las, donde los alum­nos cursa­ban des­de primer has­ta sép­ti­mo gra­do. La pin­tu­ra gris de las pare­des ha logra­do aguan­tar impertér­ri­ta casi dos sig­los. En aque­l­la época, eran muy pocos los niños que se podían per­mi­tir una edu­cación ya que la may­oría de las famil­ias, sin recur­sos económi­cos, nece­sita­ban de su ayu­da lab­o­ral para salir ade­lante, por lo que el cur­so esco­lar se solía desar­rol­lar entre las cose­chas de otoño y las siem­bras de pri­mav­era.

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Así eran los hos­pi­tales en Texas a medi­a­dos de 1800

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Pre­cioso mur­al en la Main Street. Cada pueblo tenía su calle prin­ci­pal, que gen­eral­mente era una car­retera que conecta­ba con otras comu­nidades y alrede­dor de la cual se con­struían los edi­fi­cios más impor­tantes de la población, como hote­les, ban­cos y taber­nas.

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Y has­ta tenían, como no, su pro­pio saloon, ese que tan­tas veces sale en los west­erns y donde los cow­boys bor­ra­chos acaba­ban estam­pán­dose en la cabeza sil­las y botel­las, después de unas cuan­tas par­tidas de bil­lar y naipes. No se per­mitía la entra­da a las damas de la época por con­sid­er­ar­lo un lugar demasi­a­do sór­di­do para las señori­tas.

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Las “tien­das de abar­rotes” eran uno de los com­er­cios más pop­u­lares en el siglo XIX. En estas tien­das uno podía encon­trar prac­ti­ca­mente de todo, des­de pro­duc­tos fres­cos y enlata­dos a ropa y medica­men­tos. Los dueños gen­eral­mente fia­ban a los clientes, por lo que el papel de estas tien­das era fun­da­men­tal en el desar­rol­lo económi­co de los pueb­los. Además, con­sti­tuían el pun­to de encuen­tro para que los veci­nos char­laran acer­ca de las últi­mas novedades acae­ci­das en la comu­nidad.

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Algu­nas fotos más del Dal­las Her­itage Vil­lage

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¡Qué mejor sou­venir de Dal­las que un bol­so con sus cor­re­spon­di­entes pis­to­las!

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Antes de dejar Dal­las, sólo una recomen­dación, ya que hablam­os de com­pras. Creo que os he comen­ta­do en otras entradas de blog lo fan que soy de la cade­na de tien­das Buf­fa­lo Exchange, donde puedes encon­trar ropa de segun­da mano de mar­cas chulísi­mas por cua­tro duros y en per­fec­to esta­do. Os acon­se­jo que os acerqueis al 3424 de Greenville Avenue a echarle un ojo al local de Dal­las porque es grandísi­mo y os ven­drá estu­pen­da­mente para las com­pras o inclu­so lle­var algo de recuer­do.

Fort Worth

Nos vamos aho­ra a Fort Worth, la segun­da ciu­dad más grande de Texas, aunque real­mente lo más rel­e­vante para vis­i­tar se encuen­tra en su dis­tri­to históri­co, Stock­yards. Cuan­do aquí llegó el fer­ro­car­ril en 1876, este pasó a con­ver­tirse en uno de los cen­tros ganaderos más impor­tantes de todo el país (recor­dad que la carne de res tex­ana está con­sid­er­a­da una de las mejores del mun­do). A prin­ci­p­ios de 1900 se vendían aquí más de un mil­lón de cabezas de gana­do por año. Y es que hay que recor­dar que pese a que nosotros somos más de ver­du­ra, los esta­dounidens­es son unos grandes con­sum­i­dores de carne (así les pasa luego, que hay infar­tos a cas­co­por­ro): sólo hay que echar un ojo a uno de los pro­gra­mas más pop­u­lares de su tele­visión, “Cróni­cas carnívo­ras”.

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Actual­mente se mantienen en pie casi 50 edi­fi­cios históri­cos que recuer­dan aque­l­la época. Cuan­do lleguéis, os recomien­do que os vayáis has­ta el final del dis­tri­to, ya que allí podréis dejar el coche en un park­ing total­mente gra­tu­ito y ahor­raros unas pelil­las (está en la calle del esta­dio donde se cel­e­bran los rodeos los viernes y los sába­dos).

La ver­dad que si hay un lugar que remem­o­re de man­era bas­tante fidedigna cómo era la vida de los cow­boys (y las cow­girls, que tam­bién las hay) antigua­mente, este es Stock­yards. Se la conoce como “la ciu­dad donde comen­z­a­ba el Oeste”, ya que tras el Red Riv­er ya se encon­tra­ba el ter­ri­to­rio donde vivían los indios, y aunque es cier­to que para mi gus­to está muy tur­is­ti­za­da (la may­oría de los edi­fi­cios actual­mente se han con­ver­tido en salones, restau­rantes y tien­das de sou­venirs) aún se logra con­ser­var ese ambi­ente de antaño. Eso sí, os recomien­do que si hacéis este via­je y bus­cais ropa west­ern, la com­préis en Nashville que es mucho más bara­ta que aquí, en Stock­yards los pre­cios eran into­ca­bles pre­cisa­mente por la can­ti­dad de tur­is­tas que atrae.

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Este de aquí aba­jo es el Cow­town Col­i­se­um, donde como os comenta­ba antes se siguen cel­e­bran­do rodeos (la entra­da no es cara, unos 15 dólares, tenien­do en cuen­ta que el espec­tácu­lo dura unas dos horas).

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En las calles de Stock­yards aún se pueden ver a autén­ti­cos cow­boys

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Cada día, a las once y media de la mañana y a las cua­tro de la tarde, se puede pres­en­ciar el Fort Worth Herd Long­horn Cat­tledrive, donde los cow­boys dan un paseo por Stock­yards acom­paña­dos de sus reses. Inten­ta estar pun­tu­al porque el paseo no dura más de diez min­u­tos.

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En las calles de Stock­yard se puede ver la pla­ca ded­i­ca­da a Wyatt Earp, uno de los per­son­ajes más leg­en­dar­ios de la his­to­ria del Old West, cono­ci­do por la mano dura que se gasta­ba con los delin­cuentes y a quien se han ded­i­ca­do tan­tas y tan­tas pelícu­las.

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La dec­o­ración de los bares, tan­to la exte­ri­or como la inte­ri­or, es fran­ca­mente espec­tac­u­lar…

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La antigua estación de fer­ro­car­ril de Stock­yard es actual­mente una galería llena de tien­das y bares (aunque hay un tren turís­ti­co que aún sigue en acti­vo).

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Y para rematar el día, os acon­se­jo que lo hagais en el Bil­ly Bob’s Texas, os ase­guro que no he esta­do en un bar más alu­ci­nante en la vida. Este honky tonk gigan­tesco (ya os hablé de los honky tonks en la eta­pa de Nashville) tiene la exten­sión de var­ios cam­pos de fút­bol (de hecho cuan­do estu­vi­mos has­ta esta­ban ofre­cien­do un concier­to), cervezas a pre­cios pop­u­lares, lo que era de agrade­cer, y es aquí donde las noches de los fines de sem­ana, como veis en la fotografía, los tex­anos y las tex­anas se acer­can a bailar coun­try y de paso, a ver si lig­an. Era un espec­tácu­lo ver a las pare­jas bai­lan­do en una pista enorme, con la gente de seguri­dad pen­di­ente de que nadie las moleste. Den­tro del recin­to puedes encon­trar dece­nas de mesas de bil­lar (no os exagero, yo llegué a con­tar cer­ca de trein­ta), toros mecáni­cos, tien­das… ¡aque­l­lo no se acaba­ba nun­ca!

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Y lo mejor, que a la sal­i­da te encuen­tras varias pare­des for­radas con las huel­las de las manos de muchos de los ilus­tres vis­i­tantes que han pasa­do por el Bil­ly Bob’s Texas!

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