Segundo viaje a Cuba

 

Diez años después de haber ido a Cuba por primera vez, regresa­ba a uno de los país­es que más me ha impacta­do en mi vida via­jera. Volver a Cuba era algo que siem­pre tenía en mente, aunque para ser sin­cera no sabía cuan­do. Y de hecho este via­je nos llegó casi de casu­al­i­dad. Nos gus­ta siem­pre guardarnos unos cuan­tos días para el invier­no, bus­can­do huir del frío. Los dos últi­mos años nos habíamos escapa­do a las cál­i­das tem­per­at­uras de Canarias, la primera a Tener­ife y la segun­da a Lan­zarote, y esta vez teníamos inten­ción de irnos a Gran Canaria. Pero parecía que este Diciem­bre los pre­cios de los hote­les se habían dis­para­do en las islas. Y no sólo eso. Los hote­les en Canarias cada vez están más ori­en­ta­dos hacia el tur­is­mo de jubi­la­dos extran­jeros, por lo que si cogías media pen­sión y querías cenar el el hotel…¡el turno de cena acaba­ba a las nueve de la noche! Asi que comen­zamos a bara­jar otras posi­bil­i­dades para los diez días que teníamos. Y cuan­do empezábamos a plan­ear una escapa­da a las islas Mal­divas, que prob­a­ble­mente acabare­mos hacien­do en el futuro, me lle­ga­ba una ofer­ta de vue­los a Cuba para las fechas que queríamos a sólo 579 euros. Si ten­emos en cuen­ta que en diciem­bre los pre­cios sue­len ron­dar los 800–900 euros y además en vue­lo con escalas, un pre­cio así y enci­ma un Madrid-La Habana direc­to era para no pen­sárse­lo. Además, mi mari­do no conocía Cuba y llev­a­ba años dicién­dole que tenía que ir antes de que muri­era Cas­tro y Cuba comen­zara a con­ver­tirse en un país muy difer­ente al que es hoy en día. Y resul­ta que Cas­tro fal­l­e­ció sólo una sem­ana antes. Pero de eso os hablaré más ade­lante en este mis­mo rela­to.

 

Para la solic­i­tud del visa­do, os voy a hac­er una recomen­dación. En cualquier agen­cia de via­jes (y eso la que le de la gana de hacéroslo sin que hayáis con­trata­do el vue­lo con ellos) os van a cobrar una media de 60 euros por per­sona y por trámite. Por eso os recomien­do que los hagáis por medio de Online Tours: incluyen­do los gas­tos de men­sajería, nos salieron los dos visa­dos por 56 euros y en sólo un par de días los teníamos en casa. Otra cosa que debéis ten­er en cuen­ta es que aho­ra el gob­ier­no cubano exige que via­jéis a la isla con seguro médi­co, así que tened vues­tra pól­iza a mano (nosotros esta vez lo hici­mos con Allianz en vez de con Inter­mundi­al porque existía una ofer­ta con­jun­ta con el bil­lete).

 

Tam­bién os hablaré de ello más ade­lante pero las adu­a­nas cubanas per­miten pasar 10 kilos de medica­men­tos por per­sona, siem­pre que estos vayan en una male­ta aparte. Nos pusi­mos en con­tac­to con la ONG Hom­bre Nue­vo Tier­ra Nue­va, que se encar­gan de dis­tribuir dichas med­i­c­i­nas entre famil­ias que viv­en en situación de extrema necesi­dad. Asi que comen­zamos a pre­gun­tar entre nues­tras amis­tades, todo el mun­do se vol­có en donarnos medica­men­tos… y cuan­do quisi­mos darnos cuen­ta habíamos recau­da­do 40 kilos de med­i­c­i­nas. Tuvi­mos que dejar tres cajas en Madrid para que los de la ONG los reco­gier­an cuan­do volviéramos del via­je y las man­daran con otros via­jeros. Así que llen­amos dos male­tas has­ta los topes y las bol­sas de via­je que nos per­mitían subir con nosotros fue donde meti­mos la ropa. En real­i­dad, con el calor que hace allí, con que ech­es el bañador, unas cuan­tas camise­tas y dos pares de pan­talones tienes más que de sobra.

 

Pese a que el bil­lete con Air Europa nos había sali­do estu­pen­do de pre­cio, ten­go que recono­cer que fue todo un caos des­de el prin­ci­pio. Nada más que había vola­do un par de veces hace muchos años con esta com­pañía, una a Mal­lor­ca y otra a Ale­ma­nia, y después de la expe­ri­en­cia del via­je a Cuba, dudo mucho que vuel­va a volar con ellos. Un desas­tre de aerolínea. Nos cam­biaron la fecha del vue­lo a un día después del ini­cial (bueno, aún peor,me la cam­biaron a mí y por lo tan­to tuvo tam­bién que cam­biar­la mi mari­do). A la sal­i­da el vue­lo se retrasó dos horas sin que ape­nas nos dier­an expli­ca­ciones, aunque otros cubanos que via­ja­ban con nosotros nos con­fir­maron que con Air Europa lo de los retra­sos es lo habit­u­al. A la vuelta tam­bién tuvi­mos otro retra­so de otro par de horas. Y el avión… primera vez que hago un vue­lo trasatlán­ti­co sin pan­talla indi­vid­ual para ver pelícu­las, asien­tos estrechísi­mos, si ya de por sí la comi­da de los aviones es penosa, esta ya ni os cuen­to… Vamos, que lo úni­co bueno del vue­lo fue el pre­cio.

 

Llegábamos a las adu­a­nas de La Habana y qué recuer­dos ¡diez años después con­tinu­a­ba sien­do el aerop­uer­to más sur­re­al­ista del mun­do! Y es que ater­rizar en el aerop­uer­to José Martí con­tinúa sien­do toda una expe­ri­en­cia: colas kilo­métri­c­as no sólo para pasar el con­trol de pas­aportes sino tam­bién un sim­ple escaner. En nue­stro caso los trámites se demor­aron aún más al ten­er que revis­arnos los medica­men­tos que llevábamos. Aunque nos tocaron dos policías la mar de amables; una de ellas nos pidió si le podíamos dar una med­i­c­i­na que jus­to nece­sita­ba para su hijo.

Al aerop­uer­to nos venía a bus­car Diana, la hija del mat­ri­mo­nio que nos alo­jaría en La Habana. Al ir nueve días prefer­íamos quedarnos en la cap­i­tal, la ciu­dad más intere­sante de ter­ri­to­rio cubano, y hac­er algu­na excur­sión des­de allí en vez de hac­er un via­je express de un lugar a otro: ya sabéis nues­tra filosofía ¡nun­ca ir con la lengua fuera! Por un lado, para mi mari­do era su primera vez en La Habana y queríamos ambos que la degus­tara a fon­do. En mi caso, me había gus­ta­do tan­tísi­mo la primera vez que estuve que desea­ba volver a recor­rer con cal­ma todos esos rin­cones que me enam­oraron hace una déca­da. La Habana es una ciu­dad llena de his­to­ria (y de his­to­rias) y todo tiem­po es poco para empa­parte de su belleza.

La Habana

En mi ante­ri­or via­je a Cuba, ya comen­té que estu­vi­mos en el Ambos Mun­dos, en ple­na Habana Vie­ja, uno de los hote­les míti­cos habaneros, con un ambi­ente colo­nial úni­co (de hecho volvi­mos a vis­i­tar­lo, os lo relataré más ade­lante). Pero esta vez queríamos quedarnos en casa de una famil­ia cubana, primero, porque es una for­ma de colab­o­rar de una man­era más acti­va con los pro­pios cubanos, y segun­do, porque es una expe­ri­en­cia mucho más boni­ta a niv­el humano. No tiene nada que ver lle­gar al final del día super cansa­do y recluirte en tu habitación que sen­tarte a tomar un café con tus anfitri­ones y char­lar de mil y un temas.

Hay varias pági­nas en inter­net que trami­tan alquil­eres par­tic­u­lares en Cuba. Pero como nosotros queríamos evi­tarnos inter­me­di­ar­ios, tan­to por los dueños como por nosotros mis­mos, bus­camos la casa direc­ta­mente por medio de Tri­pad­vi­sor; además, de ese modo tam­bién podíamos con­trastar opin­iones de otros hués­pedes. Avi­so que si vais en Diciem­bre es tem­po­ra­da altísi­ma, prob­a­ble­mente la más con­cur­ri­da del año, por lo que es recomend­able que arregléis lo del alo­jamien­to unos cuan­tos meses antes. De hecho, nosotros bus­camos la casa en Sep­tiem­bre (tres meses antes) y nos tuvi­mos que quedar las dos últi­mas noches en otra casa porque en la primera no tenían todos los días libres. Así que ya sabes, cuan­ta may­or antelación, mejor. De todos mod­os, haré la reseña de ambas casas para que os sir­van de ref­er­en­cia ya que con las dos quedamos encan­ta­dos.

La primera de ellas es Casa Antigua (calle 28 #258 entre 21 y 23 telé­fono 537 51 75). Sus dueños, Hora­cio y Mar­ta, son un mat­ri­mo­nio fran­ca­mente encan­ta­dor que nos hicieron sen­tir como en casa des­de el primer momen­to. Has­ta tuvieron el detalle de que, coin­ci­di­en­do mi cumpleaños allí uno de los días, me regalaron un par de cuadros de La Habana para que me los lle­vara de recuer­do. Agrad­ables a más no poder, cualquier ocasión era bue­na para sen­tarse a con­ver­sar con ellos.

Juan con Hora­cio, nue­stro anfitrión. ¡Pocas veces nos hemos sen­ti­do tan queri­dos!

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En cuan­to a la casa, mar­avil­losa: una man­sión de 400 met­ros divi­di­da en dos plan­tas. Además, las dos habita­ciones para hués­pedes se encuen­tran ais­ladas en la zona de la azotea, por lo que la intim­i­dad es abso­lu­ta. La nues­tra tenía baño pri­va­do (os acon­se­jo que os llevéis como nosotros siem­pre hace­mos vue­stro pro­pio gel,champú y pas­ta de dientes ya que ya sabéis que el tema de droguería está muy lim­i­ta­do en Cuba y sólo pueden ofre­certe una pastil­la de jabón), tele­visión, frig­orí­fi­co, caja fuerte y aire acondi­ciona­do. El pre­cio, estu­pen­do: 45 CUC con desayuno inclu­i­do (y además casero, con zumos de fru­tas nat­u­rales).

Casa Antigua

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Ya que he cita­do los CUC, que son los pesos con­vert­ibles cubanos, estos (que equiv­alen al val­or del euro) son los que más usan los tur­is­tas, aunque recomien­do que tam­bién cam­biéis una pequeña can­ti­dad, un 10% de lo que llevéis, en peso cubano, que es el que usan los locales, ya que os ven­drá bien para pagar las car­reras en los taxis colec­tivos, de los que os hablaré más ade­lante. Los mejores lugares para cam­biar son las casas de cam­bio, las CADECA, aunque nosotros esta vez aprovechamos para cam­biar en el Hotel Nacional cuan­do lo visi­ta­mos el primer día.

La segun­da casa en la que estu­vi­mos las dos últi­mas noches esta­ba casi al lado de la de Hora­cio y Mar­ta y era de una ami­ga de ellos. Es Casa Diana (calle 21 N. 1408 esq. 28 telé­fono 537 8301104). Casa tam­bién grandísi­ma y con las mis­mas condi­ciones que Casa Antigua: ambos alo­jamien­tos son ofi­ciales, algo a ten­er muy en cuen­ta a la hora de bus­car casa en Cuba. En cuan­to a la ubi­cación, se encuen­tran ambas en el Veda­do; no sé por qué, en mi primer via­je se me quedó la impre­sión de que era un bar­rio demasi­a­do tran­qui­lo pero aho­ra que nos hemos alo­ja­do allí, he de recono­cer que me encan­tó la expe­ri­en­cia y supe val­o­rar de mejor modo su carác­ter de vecin­dario res­i­den­cial. Además, debéis de ten­er en cuen­ta que las mejores casas par­tic­u­lares, las que se encuen­tran en más ópti­mas condi­ciones, se encuen­tran aquí, ya que muchas casas de La Habana Vie­ja son antiquísi­mas y tienen muchas caren­cias.

El Veda­do es un bar­rio res­i­den­cial que vivió su época de may­or  esplen­dor a prin­ci­p­ios del siglo pasa­do, cuan­do muchas famil­ias ric­as y hom­bres de nego­cios con­struyeron aquí sus bel­lísi­mas man­siones. Avenidas anchas con árboles, casas con porch­es con colum­nas y jar­dines… es el recuer­do de la época en que la mafia esta­dounidense cam­pa­ba a sus anchas en La Habana y los gang­sters con­tro­la­ban el juego, los casi­nos y todos los bajos fon­dos de la isla. Un monop­o­lio económi­co que comen­zó con el trá­fi­co de alco­hol exis­tente entre Cuba y Flori­da (recor­dad que en los años 30 USA esta­ba bajo el yugo de la Ley Seca) y que con­tin­uó con el con­trol de hote­les, casi­nos, cabarets y has­ta un hipó­dro­mo, unido todo ello a trá­fi­co de dro­gas, apues­tas clan­des­ti­nas y tim­bas ile­gales. La Habana se había con­ver­tido en el bur­del de Améri­ca bajo el con­sen­timien­to del dic­ta­dor Batista, peri­o­do funesto para la población cubana (que poca rec­om­pen­sa obtenía de esta situación) y que cortó de raíz Fidel Cas­tro cuan­do llegó al poder a finales de los años 50. Hoy en día, El Veda­do con­tinúa man­te­nien­do ese aro­ma a opu­len­cia y lujo, pese a que muchas aceras se encuen­tren con boquetes gigantes y no fun­cio­nen la mitad de las faro­las. Se dice que el que tuvo, retu­vo, y en el caso de El Veda­do es una gran ver­dad.

En el rela­to de mi ante­ri­or via­je a Cuba obvié hablar del tema políti­co, aca­so por la gran con­tro­ver­sia que gen­era la situación atípi­ca de la isla. Hoy, sin embar­go, y debido a los pro­fun­dos cam­bios que se están vivien­do en sue­lo cubano, creo que es de reci­bo hac­er una reflex­ión per­son­al de cómo Cuba ha asim­i­la­do a niv­el social los últi­mos seten­ta años. Lle­gar a Cuba sólo siete días después de la muerte de Cas­tro suponía un momen­to históri­co: era hora de saber cómo afronta­ban los cubanos estos cam­bios. La isla aún se encon­tra­ba en esta­do de con­mo­ción cuan­do ater­rizamos: el peri­o­do de luto, que se extendió una sem­ana, exigía obliga­ciones tan absur­das como no poder tomar alco­hol en el país con el mejor ron del mun­do o no poder escuchar músi­ca sien­do La Habana la ciu­dad más meló­mana del plan­e­ta. Por for­tu­na, cuan­do nosotros lleg­amos jus­to se acaba­ban estas restric­ciones pero son una prue­ba más del niv­el de excen­t­ri­ci­dad y sobre todo de abu­so al que lle­ga el gob­ier­no cubano día sí, día tam­bién.

Hablar de la situación de Cuba, sien­do como soy una per­sona de izquier­das con una famil­ia con ide­ales izquierdis­tas has­ta la médu­la, es una tarea ard­ua. Prin­ci­pal­mente porque a niv­el políti­co, lo que se vive en Cuba poco tiene que ver con los ide­ales que defend­emos las per­sonas de izquier­das: el comu­nis­mo llegó al poder medi­ante una rev­olu­ción, prome­tien­do igual­dad y lib­er­tades para un pueblo que se moría de ham­bre y que quería escapar de una de las dic­taduras más san­guinar­ias que jamás se hayan vis­to en Améri­ca. Y acabo con­vir­tién­dose en un sis­tema cor­rup­to que con­vir­tió a un rev­olu­cionario, Fidel Cas­tro, en un dic­ta­dor de aura div­ina al que nadie podía osar lle­var la con­traria. Todo bajo la excusa del “comu­nis­mo”, cuan­do la real­i­dad es “todo por el pueblo pero sin el pueblo”. Obvi­a­mente, esta no es ni por aso­mo la izquier­da que mil­lones de per­sonas defend­emos.

Mer­ca­do para cubanos

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La may­oría de los cubanos viv­en con el miedo de poder expre­sar sus opin­iones en con­tra del gob­ier­no y el rég­i­men en voz alta. Pero cuan­do hablan con­ti­go en con­fi­an­za, con­fiesan estar har­tos de un sis­tema repre­si­vo al máx­i­mo que se ampara en leyes absur­das: ¿de qué sirve ten­er dere­cho a un techo si ello te obliga a com­par­tir casa con otras cua­tro familias?¿de qué sirve poder estu­di­ar en la uni­ver­si­dad una car­rera de med­i­c­i­na si al final acabas tra­ba­jan­do de taxista?¿de qué sirve ten­er dere­cho a sanidad gra­tui­ta si a cam­bio la lib­er­tad de expre­sión, y ya no dig­amos la de pren­sa, es inex­is­tente? Los que aún pien­san que en esta vida todo es blan­co o negro, cap­i­tal­is­mo o comu­nis­mo (que, a fin de cuen­tas, son dos sis­temas que explotan y desan­gran a la clase humilde), están muy equiv­o­ca­dos. Ahí ten­emos los ejem­p­los de los país­es escan­di­navos, donde ha tri­un­fa­do la socialdemoc­ra­cia y donde hay cabi­da para la ini­cia­ti­va pri­va­da pero tam­bién para la pro­tec­ción de los dere­chos sociales. Con inteligen­cia y jus­ti­cia se pueden con­seguir sis­temas políti­cos que amparen a los más débiles, otra cosa es que a la may­oría de los jer­i­faltes no les intere­sen los sis­temas en los que no se enriquez­can cua­tro lis­tos a expen­sas de unos cuan­tos mil­lones de per­sonas.

He de recono­cer, sin embar­go, que diez años después me encon­tré a la sociedad cubana muy cam­bi­a­da, entién­dase dicho cam­bio den­tro de los parámet­ros en los que ellos se mueven. Con­tinúa existien­do el tema de las car­tillas de racionamien­to, lo que impli­ca que hay caren­cia de muchos pro­duc­tos ali­men­ti­cios bási­cos y que el Esta­do ejerce un con­trol abso­lu­to sobre, por ejem­p­lo, el com­er­cio de la carne: si entras a cualquier mer­ca­do cubano (que más que un mer­ca­do es un econo­ma­to) obser­varás que fal­ta abso­lu­ta­mente de todo. Sin embar­go, esta vez no daba crédi­to cuan­do me encon­tra­ba a un mon­tón de cubanos que en el bol­sil­lo llev­a­ban un Iphone 7 últi­mo mod­e­lo. Son muchos los que tienen famil­iares en Mia­mi y vue­lan a menudo entre esta ciu­dad y La Habana y tam­bién son muchos los cubanos que lle­gan de Esta­dos Unidos car­ga­dos de tele­vi­sores y todo tipo de elec­trodomés­ti­cos.

El gob­ier­no, por fin, comien­za a ser con­sciente de que hay que dejar de asfix­i­ar a la población de esa man­era y poco a poco (muy poco a poco) se van notan­do las mejo­ras en la cal­i­dad de vida. Y no sólo en la de los cubanos sino en La Habana en gen­er­al. La primera vez que via­je aquí, una de las cosas que más me sor­prendió fue encon­trarme a la ciu­dad com­ple­ta­mente a oscuras. Aho­ra, cuan­do lle­gas des­de el aerop­uer­to, la car­retera está ilu­mi­na­da (y además, con faro­las con pla­cas solares) y en La Habana Vie­ja se nota un mon­tón los esfuer­zos que se han hecho para restau­rar muchos edi­fi­cios (aún así, con­tinúa sien­do una ciu­dad en ruinas, que­da mucho tra­ba­jo por hac­er). Dicen los cubanos que bue­na cul­pa del “maquil­la­je” al que se sometió a la cap­i­tal la tuvo la visi­ta de Oba­ma, ya que los diri­gentes cubanos querían demostrar­le que las caren­cias de la isla son “habladurías”. Pero si ello ha servi­do para ir a mejor, bien­venido sea.

El caso es que echan­do la vista diez años atrás, hubo otros aspec­tos en los que me encon­tré a La Habana muy cam­bi­a­da. El gob­ier­no está per­mi­tien­do en los últi­mos tiem­pos abrir muchos más nego­cios par­tic­u­lares, des­de casas de hués­pedes a pal­adares (los pal­adares son restau­rantes par­tic­u­lares que antigua­mente se ubi­ca­ban en los salones de las propias casas y hoy en día muchos de ellos ya tienen sus pro­pios locales hechos y dere­chos).  A estos cubanos que aho­ra tra­ba­jan por cuen­ta propia se les conoce en la isla como “cuen­tapropis­tas”. Cuan­do llegué a la calle Obis­po, que ape­nas tenía com­er­cios una déca­da antes, me la encon­tré llena de tien­das de sou­venirs, com­er­cios de tele­fonía y galerías de arte. Tuve que fro­tarme los ojos para darme cuen­ta que esa era la mis­ma calle de antaño.

Pese a que habíamos vis­i­ta­do la isla en Diciem­bre, durante lo que se supone que es su “invier­no”, nos azotó una ola de calor que pasa­ba de largo los 30 gra­dos: ven­gas en la época que ven­gas, echa siem­pre el pro­tec­tor solar. Diciem­bre es el mes más turís­ti­co y era exager­a­do la can­ti­dad de via­jeros con los que podías cruzarte en La Habana Vie­ja, quizás por ello agradec­i­mos alo­jarnos en El Veda­do, porque por la noche no oías ni una mosca. De todas man­eras, me sigue lla­man­do la aten­ción la can­ti­dad de gente que via­ja a Cuba pero ape­nas inter­ac­túa con los cubanos ni se sumerge o sol­i­dariza con los prob­le­mas del país. Y es una lás­ti­ma.

Como antes de comen­zar el recor­ri­do por La Habana queríamos dejar arreglado el tema de las med­i­c­i­nas, quedamos en que Isaac, el mex­i­cano que lle­va en la ciu­dad el proyec­to Hom­bre Nue­vo Tier­ra Nue­va, nos viniera a recoger en coche para poder lle­var todas las cajas ya que eran 20 kilos de medica­men­tos y que así cono­ciéramos de primera mano dicho proyecto.Su sede se encuen­tra en uno de los bar­rios más des­fa­vore­ci­dos de La Habana y allí pudi­mos cono­cer a la sim­pa­tiquísi­ma Tania, que nos explicó con deten­imien­to el modo de dis­tribuir ali­men­tos y med­i­c­i­nas entre las famil­ias que más lo nece­si­tan, y a algunos de los pro­fe­sores que dan gra­tuita­mente clases de idiomas, infor­máti­ca y preparan acce­sos para la uni­ver­si­dad. De hecho, como nos coin­cidía que se esta­ba impar­tien­do una de las clases, pudi­mos hablar con los alum­nos, quienes nos estu­vieron pre­gun­tan­do acer­ca de muchos fac­tores de cómo era la vida en España y nos expli­caron cómo ven ellos mis­mos el desar­rol­lo políti­co y económi­co de la isla en los últi­mos años. Muy elo­giable la labor de esta orga­ni­zación que se encar­ga de echar una mano a los que viv­en en situación de extrema pre­cariedad.

Mi mari­do, Juan, con algunos de los respon­s­ables de Hom­bre Nue­vo Tier­ra Nue­va

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Y sí, vámonos ya a recor­rer La Habana. Sé que en mi ante­ri­or via­je os real­icé un rela­to con­cien­zu­do de mi paso por la ciu­dad pero con gus­to volveré a hac­er­lo. Pocas, poquísi­mas ciu­dades en el mun­do te brin­dan seme­jante sat­is­fac­ción cuan­do regre­sas una segun­da vez. La Habana es una ciu­dad que siem­pre recibe con los bra­zos abier­tos y de la que cues­ta muchísi­mo des­pedirte cuan­do te vas. Además, he de recono­cer que el hecho de que para mi mari­do todo fuera nue­vo, me hizo a veces sen­tir como si yo mis­ma  la pis­ara por primera vez.

Será cuestión de los gus­tos per­son­ales de cada uno pero al menos yo, después de una vida entera via­jan­do, sigo con­sideran­do a La Habana la ciu­dad más fasci­nante del mun­do. Bási­ca­mente porque es úni­ca y en ella con­viv­en a diario con­trastes increíbles que no podrás encon­trar en ningún otro lugar del plan­e­ta. Su lega­do históri­co es espec­tac­u­lar: más de 900 edi­fi­cios de impor­tan­cia históri­ca rel­e­vante sólo en La Habana Vie­ja. Que es donde vamos a comen­zar nue­stro recor­ri­do. Porque pasear por este ilus­tre vecin­dario es una bor­rachera abso­lu­ta para los sen­ti­dos.

Antes de nada, comen­taros que para moveros por La Habana (ir por ejem­p­lo de El Veda­do a La Habana Vie­ja puede supon­erte una hora de cam­i­na­ta bajo un sol de jus­ti­cia) lo mejor es hac­er­lo en los taxis colec­tivos que se mueven por la ciu­dad, son coches de cin­cuen­ta o sesen­ta años, unos en mejor esta­do que otros, que te cobran 10 cen­tavos de peso cubano por trayec­to (unos cin­co cén­ti­mos de euro, vamos, una ridiculez). Lle­van una pequeña plaqui­ta amar­il­la con el títu­lo de taxi que los dis­tingue de otros coches. Para eso es para lo que os comenta­ba lo de cam­biar algo de dinero en pesos cubanos. Luego hay otros coches de época que te cobran 30 CUC por darte una vuelta de una hora por la ciu­dad, turís­ti­cos a tope y en nues­tra opinión con un rol­lo muy arti­fi­cial. Así que nosotros lo que hici­mos fue coger un coche (taxi) descapotable igual de boni­to para nosotros solos para ir a El Veda­do (qué pasa­da ir en un coche de los años 50 por todo El Malecón) y después de regatear con el taxista, porque lo del rega­teo es un impre­scindible, nos sal­ió la car­rera por sólo 8 CUC.

La Habana

La Habana Vie­ja, insis­to, es fasci­nante. Y eso que con­tinúa estando pla­ga­da de agu­jeros en las aceras, casas con andamios y pare­des descon­chadas y comi­das por la humedad. Pero quizás en ello rad­i­ca su irre­sistible encan­to. Parece men­ti­ra que una ciu­dad que lit­eral­mente se está cayen­do a cachos pue­da ser tan exager­ada­mente bel­la. Ver cir­cu­lar a esos coches de época entre esos sopor­tales de arcos es una expe­ri­en­cia embria­gado­ra que te trans­porta medio siglo atrás. Y es que La Habana es una ciu­dad con­ge­la­da en el tiem­po en todos los sen­ti­dos.

Aunque se supone que se encuen­tra en el dis­tri­to de Cen­tro Habana, lo más seguro es que comiences tu recor­ri­do por La Habana Vie­ja en el edi­fi­cio más impor­tante de la ciu­dad y uno de los más rel­e­vantes del mun­do: el Capi­to­lio. Su cúpu­la, que se ele­va has­ta los 91 met­ros, uno más que el de Wash­ing­ton, al que se ase­me­ja una bar­bari­dad, puede verse des­de muchos pun­tos de la ciu­dad. Es el kilómetro cero de las car­reteras que parten has­ta otras partes del país y quizás la opu­len­cia de la que hace gala, con colum­nas dóri­c­as y salas grandiosas, con­trasta aún más con la decrepi­tud de muchas calles cer­canas, la Drag­ones sin ir más lejos. Hacía sólo unos días se había inau­gu­ra­do como sede par­la­men­taria, aunque sigue sien­do tam­bién sede de la Acad­e­mia de las Cien­cias y la Bib­liote­ca Nacional. Lam­en­ta­ble­mente, esta vez nos lo encon­tramos cer­ra­do al públi­co ya que des­de hace la friol­era de seis años se encuen­tra en pro­ce­so de restau­ración: cuan­do me acerqué a pre­gun­tar­le al vig­i­lante si se sabía la fecha de ter­mi­nación, me dijo rien­do “¡quién sabe!”. Como curiosi­dad, comen­taros que en el inte­ri­or, aparte de la gigan­tesca Estat­ua de la Repúbli­ca (la ter­cera más grande del mun­do bajo techo), se encuen­tra otra del Angel Caí­do, para los que se creen que la úni­ca estat­ua en hon­or de Lucifer la ten­emos en el Retiro madrileño.

Capitolio La Habana

Muy cer­ca tienes el pre­cioso Par­que Cen­tral, siem­pre tan con­cur­ri­do por los fanáti­cos de “la pelota” (el base­ball) en lo que se conoce como la esquina caliente. Es diver­tidísi­mo obser­var el espec­tácu­lo porque aquí se con­cen­tran los fanáti­cos de unos equipos y otros para dis­cu­tir del deporte estrel­la cubano ¡y lo hacen con uñas y dientes! El base­ball es en Cuba lo que el fút­bol en España: lev­an­ta pasiones. En La Habana se encuen­tra el esta­dio más grande del país, el Lati­noamer­i­cano, con capaci­dad para 50.000 espec­ta­dores y hog­ar del equipo Indus­tri­ales. Aho­ra había bas­tante polémi­ca en el país porque se pre­tende cam­biar el horario de los par­tidos, pasán­do­los de la noche a la tarde, y mucha gente se que­ja porque a esa hora aún muchos se encuen­tran tra­ba­jan­do.

En el Par­que Cen­tral se encuen­tra tam­bién la estat­ua lev­an­ta­da en hon­or del máx­i­mo héroe nacional: José Martí.

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Jus­to detrás podéis ver la facha­da del Hotel Inglater­ra, el más antiguo de Cuba y fun­da­do en 1875. En el pasa­do era el favorito de los habaneros para sus ter­tu­lias y su ambi­ente neo­clási­co ha hecho de él uno de los preferi­dos de los via­jeros. Está con­sid­er­a­do Mon­u­men­to Nacional.

El pre­ciosísi­mo Museo de las Bel­las Artes es otro de los edi­fi­cios más impor­tantes de este área. Es uno de los museos más impor­tantes de Améri­ca, con casi 50.000 piezas en su haber, entre ellas cuadros de españoles como Rib­era, Zur­barán o Muril­lo, así como de Rubens e inclu­so piezas de los impe­rios griego y romano. Todo ello dis­tribui­do en 24 salas con exposi­ciones per­ma­nentes y tran­si­to­rias. La entra­da cues­ta 5 CUC (niños gratis). Y muy cerqui­ta ten­emos el grandioso Gran Teatro de La Habana, sede de la Ópera Nacional y del que está con­sid­er­a­do el mejor grupo de bal­let del mun­do, el que dirige Ali­cia Alon­so.

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Seguirás tu recor­ri­do por el Museo de la Rev­olu­ción, ubi­ca­do en el antiguo Pala­cio Pres­i­den­cial: lo más curioso del edi­fi­cio es que alber­gan­do aho­ra el museo rev­olu­cionario, en el pasa­do fue dec­o­ra­do por la pres­ti­giosa Tiffany de Nue­va York.  Aquí, pre­vio pago de 4 CUC (verás a la entra­da un tanque que se uti­lizó en la invasión de la Bahía de Cochi­nos), podrás hac­er un inten­so repa­so por la his­to­ria del pro­ce­so rev­olu­cionario cubano: el asalto al cuar­tel Mon­ca­da, la invasión de Playa Girón, la fun­dación del Par­tido Comu­nista o un con­cien­zu­do análi­sis de lo que fue la vida del Ché Gue­vara. Sin embar­go, y con­trari­a­mente a lo que la gente cree, en el Museo de la Rev­olu­ción tam­bién hay cabi­da en varias salas para la his­to­ria de Cuba des­de el des­cubrim­ien­to de Améri­ca, pasan­do por la época en que la isla fue una can­tera de esclavos o las guer­ras de inde­pen­den­cia. Os recomien­do que después de esta visi­ta bajéis a echar un vis­ta­zo al impac­tante Pala­cio Velas­co, sede de la emba­ja­da españo­la y úni­ca del­e­gación diplomáti­ca situ­a­da en La Habana Vie­ja.

Dirigi­mos nue­stros pasos a la calle Obis­po, una de las arte­rias más ani­madas de la ciu­dad, esa mis­ma que os comenta­ba hace unos pár­rafos que tan­tísi­mo ha cam­bi­a­do en los últi­mos tiem­pos. Se ha insta­l­a­do un cuco mer­cadil­lo de arte­sanía en uno de sus lat­erales donde podrás com­prar sou­venirs bien boni­tos y no demasi­a­do caros. La Obis­po, una de las calles habaneras más antiguas (data del siglo XVI, se con­struyó sólo cua­tro años después de la fun­dación de la cap­i­tal), sigue sien­do un trasiego de gente tan­to de día como de noche. Pero nues­tra sor­pre­sa fue mayús­cu­la cuan­do lleg­amos a las puer­tas del hotel Ambos Mun­dos (donde me alo­jé la primera vez) y vimos con­gre­ga­da una mul­ti­tud en la puer­ta, toda la gente móvil en mano. ¿Qué ocur­ría? Pues algo tan sen­cil­lo (y a la vez tan extra­or­di­nario en tier­ras cubanas) como que el hotel ofrece wifi. Y aquí lleg­amos a la intro­duc­ción del fan­tás­ti­co mun­do de inter­net en Cuba, algo que los locales pens­a­ban que nun­ca podría ocur­rir.

Nosotros sólo nos conec­ta­mos una vez en todo el via­je pues pre­cisa­mente veíamos las difi­cul­tades para acced­er a la red como una ven­ta­ja para desconec­tar unos días del mun­do cibernéti­co, que a veces sien­ta muy bien. Y en real­i­dad lo hici­mos el día de mi cumpleaños para recibir los whatss­ap de felic­itación de ami­gos y famil­iares y poco más. Para conec­tarte, has de com­prar una tar­je­ta que per­mite la conex­ión durante una hora y cuyo pre­cio oscila entre los dos y los cin­co euros, metes la clave y a nave­g­ar. No sólo hay wifi en los hote­les, tam­bién en la may­oría de los par­ques públi­cos y recien­te­mente se ha empeza­do a insta­lar en el Malecón. Nos sor­prendió que los cubanos nos con­taran que esta­ban engan­cha­dos a las mis­mas series que nosotros aquí vemos en la tele­visión por cable o en nue­stro caso en Net­flix. Y es que hecha la ley, hecha la tram­pa: en Cuba existe lo que ellos cono­cen como “paque­te semanal”,es decir, una vez a la sem­ana (y bajo cuerda,claro) te ofre­cen acer­carse a casa con un dis­co duro con las últi­mas novedades de series y pelícu­las para que te las descar­gues en el orde­nador. Entendible si tienes en cuen­ta que la ofer­ta tele­vi­si­va cubana es bas­tante abur­ri­da, se limi­ta a políti­ca, deporte, pelícu­las bas­tante antiguas y músi­ca (a mí siem­pre me ha hecho mucha gra­cia que el prin­ci­pal canal se llame Tel­ere­belde). Nosotros teníamos tele­visión en la habitación y prac­ti­ca­mente ni la encendi­mos.

Habíamos ido has­ta el Ambos Mun­dos porque tenía muchas ganas de que mi mari­do lo conociera. Yo tenía tan buenos recuer­dos del hotel que me apetecía mucho subir a la azotea, siem­pre llena, a tomarme un moji­to dis­fru­tan­do de esas sober­bias vis­tas de La Habana Vie­ja. El Ambos Mun­dos, con su aire ele­gante pero deca­dente, con sus botones uni­for­ma­dos y ama­bilísi­mos recibién­dote en el ascen­sor, con­tinúa sien­do uno de los hote­les más espe­ciales del mun­do. Su huésped más ilus­tre fue Ernest Hem­ing­way, quien vivió aquí durante var­ios años; su habitación, la 511, hoy en día per­manece abier­ta como museo recorda­to­rio de los cuen­tos que escribió aquí. Aunque no tan cono­ci­da la his­to­ria, otro de sus famosos hués­pedes fue Fed­eri­co Gar­cía Lor­ca, quien a prin­ci­p­ios de los años 30 pasó tres meses en Cuba y se quedó enam­ora­do de la isla.

Las vis­tas des­de la azotea del Ambos Mun­dos

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La calle Obis­po no es sólo intere­san­tísi­ma a niv­el social sino tam­bién cul­tur­al: en esta estrechísi­ma aveni­da empe­dra­da podrás vis­i­tar el Museo Numis­máti­co, con mon­edas de todo el mun­do (la entra­da sólo cues­ta 1 CUC), el Museo 28 de Sep­tiem­bre, ded­i­ca­do a los Comités de Defen­sa de la Rev­olu­ción (entra­da 2 CUC), el Museo de Pin­tu­ra Mur­al (gra­tu­ito), el Museo Far­ma­cia Taque­chel, con una intere­sante exposi­ción de piezas antiguas de far­ma­cia y lab­o­ra­to­rio, o el Museo de la Orfebr­ería, ubi­ca­do en una antiquísi­ma casa colo­nial. Además, se dice de la Obis­po que es la calle con más libros por metro cuadra­do de Cuba y aquí podrás entrar a algu­nas de las libr­erías mejor rep­utadas del país como la Ate­neo Cer­vantes, Vic­to­ria o Vene­cia.

Pre­ciosa ima­gen en la calle Obis­po de la escul­tura a San­cho Pan­za

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Y estando en esta zona, es para­da oblig­a­to­ria El Floridi­ta, el míti­co bar habanero que lle­va en pie des­de 1817 y al que se conoce como la cuna del daiquiri ya que fue aquí donde se inven­tó el cono­ci­do cock­tail. Hem­ing­way era un cliente asid­uo (se dice que lle­ga­ba a tomarse una doce­na de daikiris, uno detrás de otro), tan­to que fué él quien lo dió a cono­cer mundial­mente y habló de él en sus libros; durante estos dos sig­los de vida, por El Floridi­ta han pasa­do algunos de los más ilus­tres per­son­ajes que han pisa­do Cuba. Muchos lo acu­san de haberse con­ver­tido en un bar demasi­a­do turís­ti­co pero qué queréis que os diga, para mí con­ser­va aún mucho de su encan­to de antaño.

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Lleg­amos a otro de mis rin­cones favoritos en La Habana, la Plaza de Armas, la más antigua de la ciu­dad y que en sus ini­cios se llam­a­ba la Plaza de la Igle­sia (cam­bió el nom­bre cuan­do los sol­da­dos comen­zaron a realizar aquí sus ejer­ci­cios mil­itares). Flan­quea­da por el sun­tu­oso Pala­cio de los Cap­i­tanes Gen­erales, uno de los mejores ejem­p­los de arqui­tec­tura bar­ro­ca cubana y que acoge al Museo de la Ciu­dad, si hay una plaza en el mun­do que haga hon­or al cal­i­fica­ti­vo de “colo­nial” es esta: es bel­lísi­ma.

En su cen­tro se encuen­tra el mon­u­men­to a Manuel Cés­pedes y en torno a él, des­de horas bien tem­pranas, comien­zan a con­gre­garse los com­er­ciantes de libros de segun­da mano, que ofre­cen autén­ti­cas reliquias, prac­ti­ca­mente imposi­bles de con­seguir en algún otro lugar del mun­do: si tu interés se dirige a la his­to­ria de Cuba y quieres volver a casa doc­u­men­ta­do con algu­nas nov­e­las y ensayos, no lo dudes, este es tu lugar. A niv­el cul­tur­al es otro rincón indis­pens­able ya que aquí se hal­la el Museo del Automóvil, el Pala­cio del Segun­do Cabo, el Tem­plete (esa pequeña capil­la donde se guar­da un bus­to de Cristóbal Colón y que con­mem­o­ra la fun­dación de la ciu­dad) o el Museo de la Nave­gación. La Plaza de Armas es, además, uno de los lugares más pin­torescos de Cuba, con sus ancianas enfun­dadas en tra­jes de vovos col­ores fuman­do puros gigantes imposi­bles de sosten­er.

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En los puestos no sólo se pueden encon­trar libros descat­a­lo­ga­dos sino tam­bién carte­les de pelícu­las, sel­l­os o mon­edas antiguas

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El sis­tema de for­ti­fi­ca­ciones de La Habana Vie­ja, jun­to a todo el cen­tro históri­co, es Pat­ri­mo­nio de la Humanidad de la UNESCO y con más motivos que nadie. Entre dichas for­t­alezas se encuen­tra el mag­ní­fi­co Castil­lo de la Real Fuerza, que responde total­mente a la idea que ten­emos de fuerte de piedra des­de el que los sol­da­dos defendían a las ciu­dades caribeñas de los ataques de los bucaneros a golpe de cañon­a­zo. Es la for­t­aleza más antigua de toda Améri­ca (se tardó en con­stru­ir 20 años, tras la destruc­ción en 1555 del antiguo fuerte a manos del pira­ta francés Jacques de Sores).

Como curiosi­dad, comen­tar que en lo alto de sus tor­res con­ser­va una de las estat­uas más queri­das por los habaneros, La Giraldil­la, que rep­re­sen­ta el amor incondi­cional que pro­fesa­ba Inés de Bobadil­la a su esposo Her­nan­do de Soto, quien sub­ía cada día a otear en el hor­i­zonte ese bar­co que tra­jera de vuelta a su mari­do y que final­mente nun­ca apare­ció. Rodea­do por un pro­fun­do foso, el castil­lo, que en el pasa­do servía res­i­den­cia de los gob­er­nadores, como almacén para los numerosos tesoros que se envi­a­ban en naves a España y después como Bib­liote­ca Nacional, actual­mente acoge al Museo de la Nave­gación. Cues­ta 2 CUC pero como fuimos a últi­ma hora, los guardas de la entra­da fueron tan ame­bles de dejarnos acced­er gratis. Den­tro se exhibe una intere­san­tísi­ma exposi­ción de con­struc­ciones navales y maque­tas del pro­pio castil­lo o el bar­co San­tísi­ma Trinidad, aparte de ofre­cer algu­nas de las mejores vis­tas de la bahía de La Habana.

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Jus­to enfrente, como veis en la fotografía de aquí aba­jo, ten­emos el Castil­lo de los Tres San­tos Reyes del Mor­ro, situ­a­do sobre un saliente rocoso con vis­tas al Atlán­ti­co, y la For­t­aleza de San Car­los de la Cabaña, ambos con impor­tantes tar­eas defen­si­vas. Y es que hay que recor­dar que pese a que La Haba está sal­va­guarda­da por una bahía, era blan­co fácil para los cien­tos de cor­sar­ios que a lo largo de los sig­los asalta­ban la zona y eso que cada noche se extendía una cade­na de 250 met­ros que impedía la entra­da de bar­cos en la bahía. En la actu­al­i­dad den­tro del castil­lo se encuen­tra el Museo Marí­ti­mo y en la for­t­aleza de la col­i­na, en la antigua ofic­i­na de coman­dan­cia, se encuen­tra un pequeño museo ded­i­ca­do al Ché. Y no olvides que todos los días a las nueve de la noche se cel­e­bra la tradi­cional cer­e­mo­nia del cañon­a­zo, que con­mem­o­ra el cierre de la bahía del que os habla­ba antes. Unas horas antes, los vende­dores calle­jeros insta­lan sus puestos en los alrede­dores ofre­cien­do sus pin­turas y pro­duc­tos de arte­sanía.

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Nos vamos aho­ra a otro de los pun­tos más con­cur­ri­dos de la cap­i­tal: la Plaza de la Cat­e­dral. Posi­ble­mente uno de los lugares del mun­do donde bril­la con may­or inten­si­dad el arte bar­ro­co, cuya obra cum­bre es pre­cisa­mente la Cat­e­dral, con sus dos tor­res desiguales y donde los restos de Cristóbal Colón yacieron has­ta 1898. Con una facha­da esplén­di­da dis­eña­da por el ital­iano Bor­ro­mi­ni, la igle­sia dom­i­na una gran plaza rodea­da de man­siones seño­ri­ales como el Pala­cio de los Mar­que­ses de Aguas Claras,con sus boni­tos bal­cones azu­la­dos y su patio inte­ri­or tan sim­i­lar a los andaluces, la Casa del Conde de Lom­bil­lo, el Pala­cio del Mar­qués de Arcos y la Casa de los Con­des de Bay­ona, donde se encuen­tra el Museo de Arte Colo­nial.

En la Plaza, que sin lugar a dudas es uno de los reduc­tos cul­tur­ales más impor­tantes de La Habana, con­ta­mos tam­bién con la Galería Víc­tor Manuel, donde se exhiben pin­turas y fotografías, y en una de las esquinas el Calle­jón del Chor­ro, la antigua Zan­ja Real que sirvió como canal hidráuli­co para abaste­cer a la ciu­dad, así como a la Casa de Baños Públi­cos, de las aguas del río Almen­dares.

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Estat­ua del bailarín Anto­nio Gades, obra de Vil­la Soberón, quien tam­bién creó la estat­ua de John Lennon en La Habana. Gades, cuyas cenizas reposan en Sier­ra Maes­tra, amó con tal pasión a Cuba que aquí se casó con la can­tante Marisol y en Cuba quiso que reposaran sus restos por el resto de la eternidad. Los hon­ores mil­itares que se le rindieron en Cuba (Gades siem­pre se declaró un defen­sor incans­able del pro­ce­so rev­olu­cionario y era ami­go ínti­mo de Raúl Cas­tro), por su condi­ción de extran­jero sólo son equipara­bles a las que se ofrecieron al Ché Gue­vara.

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Hay un lugar impre­scindible de vis­i­tar, La Bode­gui­ta del Medio, aunque aquí sí coin­ci­do con muchos cubanos en que pese a ser uno de los restau­rantes más clási­cos de La Habana, ha acaba­do con­ver­tido en un reclamo para tur­is­tas que poco tiene ya que ver con ese lugar bohemio que fre­cuenta­ban Hem­ing­way o Sal­vador Allende. No obstante, es de reci­bo vis­i­tar­lo, aunque sólo sea durante unos min­u­tos antes de salir huyen­do de los empu­jones de los que pujan por entrar o salir.

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Y hablan­do de restau­rantes, hag­amos un pequeño parón entre tan­ta visi­ta cul­tur­al para dedi­carnos un poco a la gas­tronomía cubana. Ya os hablé de ella en mi otro via­je pero nun­ca está de más recor­dar­la, sobre todo porque esta vez probamos algu­nas cosas nuevas. Aunque no tan vari­a­da como en otros lugares del mun­do (a lo que hay que unir la escasez de ali­men­tos en cier­tas épocas) la coci­na criol­la es bien sabrosa y llena muchísi­mo. Lo más habit­u­al son los moros y cris­tianos (arroz con fri­joles) y no, no es lo mis­mo que el con­grí, ya que en muchas provin­cias cubanas se difer­en­cian ambos platos depen­di­en­do si los fri­joles son negros o col­orados. Mucha fru­ta trop­i­cal (que los calores así lo deman­dan) como el plá­tano, papaya, guanábana o la riquísi­ma guaya­ba, lechón asa­do, pica­dil­lo, aji­a­co, ropa vie­ja (todo un clási­co)…

Se da tam­bién mucha impor­tan­cia a las vian­das, que es como cono­cen los cubanos a la guar­ni­ción de tubér­cu­los que acom­pañan muchas comi­das, caso de la yuca, el boni­a­to, las papas o ( esta no la conocíamos y está riquísi­ma) la malan­ga. Curiosa­mente, pese a que es habit­u­al encon­trar marisco en muchos restau­rantes, sobre todo lan­gos­ta y camarones, el pesca­do resul­ta cada vez más esca­so. Una de las grandes ironías de Cuba que, sien­do una isla, ve como sus pescadores han de aden­trarse en el mar en cas­carones donde se jue­gan la vida y sin hielo donde poder con­ser­var el pesca­do. ¿Y por qué? Porque al gob­ier­no no le intere­sa ten­er grandes embar­ca­ciones que puedan caer en la tentación de huir de aguas cubanas.

La difer­en­cia prin­ci­pal que encon­tré respec­to a hace diez años es que aho­ra exis­ten muchísi­mos más restau­rantes y, sobre todo, pal­adares. Ya os comen­té en el rela­to de aquel primer via­je que uno de mis restau­rantes favoritos era Los Nar­dos, jus­to enfrente del Capi­to­lio. Pues bien, jus­to en el mis­mo edi­fi­cio, donde tam­bién se encuen­tra El Asturi­an­i­to, des­cub­ri­mos un restau­rante muchísi­mo mejor: D’Lirios. Lo curioso es que pese a ser un local bas­tante lujoso para lo que se esti­la en Cuba (¡y grandísi­mo, de dos plan­tas!), el menú no era en gen­er­al caro: salías a unos 20 euros por per­sona pero te ponían platos súper elab­o­ra­dos que no lograbas acabarte de lo abun­dantes que eran, con cervezas, postres, licores y café incluí­dos. Mar­avil­loso lugar.

Mi estu­pen­da bro­cheta de pez espa­da en D’Lirios (como comenta­ba, encon­trar buen pesca­do en Cuba y bien prepara­do no es tan habit­u­al como parece)

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En cuan­to a restau­rantes, nues­tra recomen­dación tam­bién se dirige al encan­ta­dor La Casa de la Par­ra, con una ter­raza inte­ri­or de lo más agrad­able (y fres­ca, algo impor­tante), donde nos atre­vi­mos con la espe­cial­i­dad de la casa, el arroz a la par­ra, fran­ca­mente espec­tac­u­lar. Tam­bién bajamos a cenar varias noches, ya que nos cogía al lado, a La Pachanga: casual­mente habíamos leí­do pre­vi­a­mente bue­nas críti­cas en inter­net antes de ir a Cuba y resul­ta que lo teníamos al lado de casa (unos tacos mex­i­canos sabrosísi­mos, piz­zas caseras y lo mejor, los cock­tails de ron a sólo 3 euros). En cualquier caso, insis­to en que es increíble la can­ti­dad de pal­adares y restau­rantes que se han abier­to en La Habana en los últi­mos años, no te van a fal­tar opciones para com­er.

Ya os hablé largo y ten­di­do de Chi­na­town en mi ante­ri­or via­je y vuel­vo a hac­er­lo aho­ra porque me parece un lugar úni­co y de lo más curioso. Y es que debe ser el úni­co Chi­na­town del mun­do donde ya no quedan chi­nos. A cam­bio tienes a cubanos vesti­dos de chi­nos (esta ima­gen me sigue pare­cien­do de lo más sur­re­al­ista) y que ejercen de camareros en los restau­rantes de la calle Cuchil­lo y alrede­dores. Entre dichos restau­rantes, hay pocos que en la prác­ti­ca ofrez­can comi­da asiáti­ca pese a que sus fachadas digan lo con­trario: gen­eral­mente lo que se sirve de menú es piz­za o pas­ta. Como bien nos con­ta­ba Hora­cio, claro que aún quedan cubanos descen­di­entes de aque­l­los chi­nos que se fueron pero lo cier­to es que nosotros no nos topamos con ninguno. En cualquier caso, ellos son los que están inten­tan­do revivir esta comu­nidad: se edi­ta un per­iódi­co de tira­da sem­anal, el Kwong Wha Po, y se ha abier­to un cen­tro cul­tur­al donde se dan clases de chi­no y de artes mar­ciales. Un bar­rio de lo más atípi­co que os recomien­do no os perdáis si venís a La Habana.

Chinatown La Habana

Cubanos vesti­dos de chi­nos: en este país el inge­nio no conoce límites

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El Hotel Nacional de Cuba es otro lugar impre­scindible den­tro de la ciu­dad. No impor­ta que no te alo­jes allí: puedes pasear tran­quil­a­mente por su inte­ri­or y por sus jar­dines, que ofre­cen unas panorámi­cas marí­ti­mas irre­sistibles y que además exhiben los cañones de San­ta Clara, Pat­ri­mo­nio de la Humanidad. Ofre­cen tam­bién poder usar su pisci­na aunque no seas hue­sped: nos lo pen­samos el día que fuimos porque hacía un calor de muerte pero desis­ti­mos cuan­do vimos el pre­cio (20 CUC por per­sona), para eso ya iríamos a la playa un par de días después.

El Nacional, ubi­ca­do en una situación priv­i­le­gia­da en la col­i­na de Taganana, ha sido con­sid­er­a­do des­de hace décadas el hotel más impor­tante de todo el Caribe. Es una reliquia de casi un siglo donde aún se con­ser­va el telé­fono más antiguo de la isla y que, aunque cueste creer­lo, aún fun­ciona. Allí se han alo­ja­do per­son­ajes tan impor­tantes como Errol Fly­nn, Walt Dis­ney, Nat King Cole o Buster Keaton pero al mis­mo tiem­po, era la sede no ofi­cial de la mafia yan­kee encabeza­da por Lucky Luciano. Como digo, un rincón úni­co que es parte viva de la his­to­ria del país.

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Ten­emos aún pen­di­ente la visi­ta a mi rincón favorito en La Habana, la que es la ima­gen más cono­ci­da de la cap­i­tal cubana: la Plaza de la Rev­olu­ción. Si la primera vez que la vis­ité hace diez años casi me des­mayo por una inso­lación, esta vez el tiem­po nos fue más prop­i­cio y has­ta nos chis­peó un poquito. Y es que en esta inmen­sa explana­da, una de las plazas más grandes del mun­do, no hay ni un árbol que te de som­bra. En ella desta­can el Mon­u­men­to a José Martí y el mur­al de Cami­lo Cien­fue­gos con su céle­bre frase “Vas bien, Fidel”. Pero la ima­gen más famosa es esta, la del míti­co Ché Gue­vara en el muro del Min­is­te­rio del Inte­ri­or. Sólo una sem­ana antes de nues­tra lle­ga­da miles de cubanos se con­cen­tra­ban en la Plaza de la Rev­olu­ción para dar el últi­mo adios a Fidel Cas­tro.

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La Necrópo­lis de Cristóbal Colón, uno de los cemente­rios más grandes del mun­do y con­sid­er­a­do Mon­u­men­to Nacional, fue otra de nues­tras paradas. Si no tienes allí a algún famil­iar o ami­go enter­ra­do (vamos, si como nosotros,eres extran­jero) te cobran 5 CUC por entrar y te dan un mapa para que te ubiques entre tan­tas tum­bas impor­tantes pero en mi opinión merece la pena pagar. Y es que más que un cam­posan­to este es un museo al aire libre, un san­tu­ario prodi­gioso pla­ga­do de mon­u­men­tos cen­te­nar­ios que poco tienen que envidiar a los que encon­tramos en las vie­jas cap­i­tales euro­peas. Pre­ciosas escul­turas como la de los bomberos, en hom­e­na­je a los que murieron en el incen­dio de la fer­retería Isasi en 1890, la capil­la pirami­dal de la famil­ia Fal­la Bonet, pala­cios rena­cen­tis­tas, el Mon­u­men­to a los Estu­di­antes de Med­i­c­i­na, el Pan­teón de los Prela­dos, la Colo­nia France­sa de Cuba, el hom­e­na­je a los Már­tires del Gran­ma, la répli­ca de La Piedad de Miguel Ángel…

Aquí te puedes tirar una mañana entera recor­rien­do sus 560.000 met­ros cuadra­dos. Eso sí, no te vayas sin haber vis­i­ta­do la tum­ba de La Mila­grosa, es muy ven­er­a­da por los locales. Nos relató la leyen­da una cubana que pre­cisa­mente la esta­ba ponien­do flo­res: Amelia Goyri, con sólo 23 años, fal­l­e­ció al dar a luz y su bebé tam­poco sobre­vivió al par­to. Por entonces era cos­tum­bre enter­rar al niño entre las pier­nas de la madre; el viu­do iba a vis­i­tar la tum­ba de su mujer e hijo y tenía la cos­tum­bre de dar tres toques con el puño cada vez que lle­ga­ba para comu­ni­carse con su esposa pues para él sólo esta­ba dormi­da. La sor­pre­sa llegó años después cuan­do al exhumar los cuer­pos, el bebé no se encon­tra­ba entre las pier­nas de su madre sino tier­na­mente abraza­do a su rega­zo. Y des­de ese día, miles de cubanos acu­d­en cada año a la tum­ba para pedir por la salud de sus hijos y pare­jas infér­tiles rezan a los pies de la tum­ba dese­an­do que algún día se les con­ce­da ese bebé que tan­to anhelan.

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En mi ante­ri­or via­je nos acer­camos un día a Varadero, con una playa pre­ciosa pero para mi gus­to demasi­a­do turís­ti­co. Y tam­bién estu­vi­mos en las Playas del Este, a ape­nas veinte min­u­tos de coche de La Habana y ver­dadera­mente espec­tac­u­lares tam­bién: si lo que vienes bus­can­do son las típi­cas playas caribeñas de aguas turque­sas, are­na blan­ca y cocoteros, esta es una mag­ní­fi­ca opción. En esta ocasión, en vez de ir a la de Trop­ic­o­co, nos acer­camos a la Playa de San­ta María, mucho menos con­cur­ri­da: no creo que estu­viéramos tum­badas al sol más de 30 per­sonas ¡qué mar­avil­la! Y es que para los cubanos Diciem­bre es un mes frío y de invier­no, pese a que estu­viéramos a más  de 30 gra­dos, y los tur­is­tas ape­nas vienen a estas playas porque el 90% coge el via­je orga­ni­za­do de La Habana-Varadero. Vamos, que estábamos prac­ti­ca­mente solos y nosotros, obvi­a­mente, encan­ta­dos. Además, encon­tramos un restau­rante playero de lo más autén­ti­co, con su techo de paja, y comi­mos faji­tas de lan­gos­ta por ape­nas 9 CUC cada uno. Un apunte: para venir has­ta aquí, coge los bus­es que salen frente al Hotel Inglater­ra. El últi­mo regre­sa a La Habana a las seis de la tarde pero es que a esa hora ya se está ponien­do el sol.

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En mi primer via­je a Cuba una de las excur­siones que hice fuera de la ciu­dad fue al Valle de Viñales, a unas tres horas de La Habana en coche. Me había gus­ta­do tan­to que le comen­té a mi mari­do si le apete­cería que fuéramos. Como en los hote­les las excur­siones nos parecían bas­tante caras por sólo un día (70 CUC por per­sona), una de las mañanas, mien­tras desayunábamos, les comen­ta­mos a Glo­ria y a Tim, una pare­ja de Nue­va Zelan­da que se alo­ja­ba en nues­tra mis­ma casa, si les apetecía venirse con nosotros. Hablam­os con Hora­cio para que nos pusiera en con­tac­to con algún con­duc­tor y al día sigu­iente nos vino a recoger un señor ami­go suyo de seten­ta y pico años con un coche que era casi tan anciano como él. Imag­i­naos el via­je que pasamos lleno de anéc­do­tas, nue­stro chófer era un crack que había tenido cin­co mujeres y que tenía his­to­rias para escribir tres biografías. Además, nos cobró por ten­er­nos todo el día de via­je menos de la mitad que hubiéramos paga­do en los hote­les: 30 CUC por cabeza.

El Valle de Viñales, en la provin­cia de Pinar del Río, a niv­el paisajís­ti­co posi­ble­mente sea el lugar más boni­to de todo Cuba. Es la Cuba más rur­al y aca­so el camino por car­retera sea lo mejor, pese a que esta se encuen­tre llena de bach­es y socavones y ape­nas cir­culen coches. Cabañas des­perdi­gadas en mitad del cam­po, cabal­los pas­tan­do en las lin­des de la car­retera y niños jugan­do bajo el sol.

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El Valle de Viñales tiene una par­tic­u­lar­i­dad úni­ca en el mun­do, la de los mogotes, mon­tañas de roca cal­iza cubier­tas de veg­etación que ofre­cen un paisaje úni­co. Des­de el Mirador de los Jazmines se ofre­cen las mejores vis­tas. Este valle, reple­to de cuevas pre­históri­c­as y ríos sub­ter­rá­neos, está pla­ga­do de palmeras y responde com­ple­ta­mente a la idea que ten­emos de una isla trop­i­cal. Es una bue­na for­ma además de cono­cer esa otra Cuba que no verás en La Habana y con­tac­tar con la nat­u­raleza más sal­va­je. Además, nue­stro chófer nos llevó a un pal­adar de unos ami­gos, El Sabor de Kire­nia, donde nos pusieron la comi­da más casera y autén­ti­ca­mente cubana de todo el via­je mien­tras unos músi­cos ameniz­a­ban la comi­da. Fue el colofón per­fec­to para un via­je inolvid­able. ¡Que viva Cuba!!!

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8 Comments

  1. Cuba en uno de mis sueños, así que me ha encan­ta­do tu post!! Ojalá pue­da dis­fru­tar pron­to de tus con­se­jos! Un salu­do!

  2. Muchas gra­cias! Espero que tu sueño se cumpla lo antes posi­ble, Cuba es un país mar­avil­loso y en cuan­to lo pis­es estarás dese­an­do regre­sar! Un abra­zo!

  3. Adrián

    at

    Gra­cias por seme­jante post! Yo voy a ir 15 días a la Habana en octubre y me has ayu­da­do mucho . Gra­cias por ese niv­el de detalle en la expli­cación.

  4. Me ale­gro que te haya servi­do, Adrián. ¡Dis­fru­ta mucho del via­je y nos cuen­tas al regre­so!

  5. Laura Blasco

    at

    Leo Libros Cubanos y me ha gus­ta­do este post, tiene mucho que apor­tar 🙂

  6. Gra­cias Lau­ra!

  7. Chicos, cuan­tos días nos recomendáis pasar en La Habana?

  8. Si queréis cono­cer­la en pro­fun­di­dad, creo que no menos de cin­co o seis… hay mucha gente que coge com­bi­na­do Habana-Varadero y sólo la ve por enci­ma pero tiene muu­u­u­cho para vis­i­tar ¡a nosotros es una ciu­dad que nos apa­siona!

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