Confiésalo: a ti también te han ocurrido estas cosas mientras viajabas

A menudo, cuan­do nos jun­ta­mos a tomar unas bir­ras con ami­gos a los que tam­bién les encan­ta via­jar, la may­oría de las veces acabamos rién­donos a car­ca­ja­da limpia y comen­tan­do que pare­ce­mos todos el abue­lo Cebol­leta cuan­do sacamos a colación muchas de las his­to­rias que nos han ocur­ri­do estando de via­je. His­to­rias rocam­bo­lescas que dejarían en bra­gas al mejor monól­o­go de El Club de la Come­dia. Porque debe­mos recono­cer que en muchas oca­siones la real­i­dad supera la fic­ción. Y aunque en el momen­to se te que­da cara de pok­er cuan­do estás en mitad de situa­ciones tan estram­bóti­cas, es cier­to que cuan­do las recuer­das a pos­te­ri­ori pien­sas “¡qué coño!¡que me quiten lo “bailao”! Sin esos miles de anéc­do­tas, nue­stros via­jes no hubier­an sido lo mis­mo. Y el otro día, bara­jan­do temas para futur­os artícu­los, me vino a la cabeza com­par­tir­las con vosotros. Porque fijo que con más de una os sen­tís iden­ti­fi­ca­dos.

Hostales: historias del inframundo

Hace unos meses pub­licábamos el artícu­lo Pros y con­tras de alo­jarse en un hostal . Nos gus­tan los hostales. Mucho. No excluye que nos alo­je­mos en otro tipo de lugares como hote­les o casas par­tic­u­lares pero los hostales, qué duda cabe, tienen un aro­ma espe­cial. Y las cosas como son, tienes muchas más posi­bil­i­dades de que den­tro de alguno de ellos te ocur­ra una de esas his­to­rias “para con­tar a los nietos”. Porque los per­son­ajes que pul­u­lan por los hostales son de lo más var­i­opin­to. Cuan­do crees que ya lo has vis­to todo, te das cuen­ta de que no, que siem­pre hay algo que supera a lo ante­ri­or.

Voy a comen­zar mis his­to­rias “hostel­eras” por el peor hostal donde he esta­do jamás: el Hel­lo Viet­nam de Hanoi. Debo aclarar antes de nada que lo reser­va­mos pen­san­do que era un hotel: al menos es así como ellos se anun­cia­ban. En Viet­nam los pre­cios del alo­jamien­to son tan ridícu­la­mente bajos que decidi­mos tirar por hote­les en vez de por hostales. Este nos salía la noche por ape­nas 15 euros la habitación doble con baño y desayuno, los pre­cios que veíamos que tenían otros hote­les sim­i­lares de tres estrel­las. Como además se encon­tra­ba en el cas­co viejo de la ciu­dad, que era donde queríamos quedarnos, diji­mos “¡venga!¡p’alante!”.

Este via­je le hice con Cristi­na y Vir­ginia, dos ami­gas que nun­ca habían esta­do en Asia. Como yo, se las prometían muy felices cuan­do nos vinieron a bus­car en coche los del hostal (porque sí, en los 15 euros tam­bién se incluía el trasla­do al aerop­uer­to ¡no me negaréis que era un chol­la­zo!). En cuan­to lleg­amos a la puer­ta del hostal, ya nos empezamos a oler por qué el sitio era tan bara­to. Esta­ba en un calle­jón que olía a per­ros muer­tos, inun­da­do de vieje­cil­las con su par­tic­u­lar top man­ta: de hecho tuvi­mos que esqui­var a más de una en la entra­da. La recep­ción no prometía mucho por den­tro. Pero peor fue cuan­do comen­zamos a subir las escaleras. Col­chones apoy­a­dos en las ven­tanas (la teoría de Vir­ginia es que era en pre­ven­ción de que volvier­an los amer­i­canos a bom­bardear el país, había que tomárse­lo a guasa) y trastos api­la­dos en cualquier esquina. Un par de hués­pedes con cara de resaca se aso­maron a ver quienes eran las nuevas valientes que lle­ga­ban.

maletas

La habitación era para ver­la. Dos camas que debían haber recogi­do de algún vert­edero, una mesil­la llena de descon­chones, una sil­la con la pata rota… y poco más. Por no haber, no había ni corti­nas: las ven­tanas se habían cubier­to pegan­do hojas de per­iódi­co enci­ma. El baño era de esti­lo asiáti­co, sin sep­a­ración entre ducha, lavabo e inodoro, por lo que cada vez que me duch­a­ba, se inund­a­ba el baño y parte de la habitación. Pero lo mejor de todo era el recep­cionista. Nos dijo su nom­bre en viet­na­mi­ta, que no recuer­do, pero insis­tió en que le llamáramos Raúl porque era su jugador favorito del Real Madrid. A mí lo de lla­mar Raúl a un tipo más amar­il­lo que un  limón se me hacía extrañísi­mo pero es que no respondía a otro nom­bre, por más que insistieras.

Este mis­mo recep­cionista era el encar­ga­do de hac­er­nos el desayuno. En real­i­dad, debía ser el úni­co emplea­do porque jamás vimos a las seño­ras de la limpieza (en cualquier caso, en los cua­tro días que estu­vi­mos, nun­ca nos limpiaron la habitación). Lo curioso del tema es que cuan­do digo “hac­er el desayuno”, me refiero a que el hom­bre saca­ba un camp­ing-gas en mitad de la recep­ción y allí, en cuclil­las y a la vista de otros ater­ror­iza­dos clientes, nos prepara­ba un par de huevos fritos. El hall de recep­ción tam­bién servía de restau­rante, con un par de mesas que se caían a cachos. Y de dor­mi­to­rio de este pobre hom­bre, que cuan­do lle­ga­ba la noche, saca­ba un colchón, lo colo­ca­ba detrás del mostrador y allí se ech­a­ba a dormir.

Si creéis que estas casas de los hor­rores sólo se pueden encon­trar en país­es de Asia o África, estáis muy equiv­o­ca­dos. Lo com­pro­baréis con mis próx­i­mos ejem­p­los. El primero es en Van­cou­ver (Canadá). Otro que se anun­cia como hotel, el St. Clair, y que de hotel no tiene nada. En esta ocasión via­ja­ba con una ami­ga y habíamos lle­ga­do a Canadá sin alo­jamien­to reser­va­do, por lo que en el pro­pio aerop­uer­to, ped­i­mos en un stand de infor­ma­ción que nos recomen­daran un hotel bueno, boni­to, bara­to y cén­tri­co. Lo úni­co cier­to era que sí, era bara­to (creo que nos sal­ió por unos 50 euros la doble) y esta­ba bien situ­a­do. Pero lo de bueno y boni­to…

Cuan­do entramos a la habitación, vimos que hacía un frío que pela­ba (aclaro que via­jamos en pleno mes de Diciem­bre). Coño, como que toqué el radi­ador y esta­ba frío. Salí a pre­gun­tar al recep­cionista si la cale­fac­ción se había estro­pea­do y me dijo que no, que el prob­le­ma era con los radi­adores de nue­stro cuar­to pero que era la úni­ca habitación que les qued­a­ba disponible. Al día sigu­iente nos cam­biarían a una triple por el mis­mo pre­cio para com­pen­sar las moles­tias. Sien­do las diez de la noche, nos apetecía poco coger las male­tas y pon­er­nos a bus­car otro hostal. Decidi­mos que pasaríamos la noche como pudiéramos. Y no nos quedó más reme­dio que acostarnos las dos en la mis­ma cama para no morir con­ge­ladas, con los abri­gos y los gor­ros puestos. Cada vez que hablábamos, salía una bocana­da de vaho. Nos entró un ataque de risa que se nos caían los lag­ri­mones porque des­de luego, esa no era la primera noche cana­di­ense que habíamos imag­i­na­do antes de volar.

Canada Invierno
Canadá en invier­no y sin cale­fac­ción: el Apoc­alíp­sis

A la mañana sigu­iente nos cam­biaron a la habitación triple. Qué calen­ti­tos esta­ban esos radi­adores, me abracé a uno de ellos y decidí que a par­tir de entonces se con­ver­tiría en mi mejor ami­go. Tal vez nos habíamos pasa­do de pejilgueras. Pero no. Porque según aso­mamos la nar­iz por la puer­ta, nos per­cata­mos de quienes eran nue­stros com­pañeros de hostal. Bor­ra­chos, dro­ga­dic­tos y trastor­na­dos. Estoy preparan­do un artícu­lo en el que os detal­laré esa curiosa situación que vive Van­cou­ver, la ciu­dad del mun­do con may­or con­cen­tración de junkies por metro cuadra­do. El caso es que todos parecían haberse con­cen­tra­do allí y noso­tras dos éramos las úni­cas extran­jeras. Debo aclarar que los baños eran com­par­tidos. Cada vez que iba a la ducha, me ase­gura­ba de estar sola y echar el pestil­lo, que ya me veía como la pro­tag­o­nista de “Psi­co­sis”.

Como la señal del wifi no lle­ga­ba a la habitación, nos toca­ba pasar mucho tiem­po en el pasil­lo, por lo que teníamos bas­tante con­tac­to con nue­stros sim­páti­cos com­pañeros, que venían con unas melo­peas que a duras penas logra­ban subir las escaleras. Nue­stro favorito era el que pasamos a lla­mar “el Kei­th Richards cana­di­ense”. Un abuelete engan­cha­do al crack que con sus seten­ta y muchos años se pasea­ba sin pudor ninguno en cal­z­on­cil­los y con una cin­ta hip­pie que le sujeta­ba la mele­na. El enig­ma era por qué llev­a­ba col­ga­do del slip un mano­jo de llaves. Un día que pasó por delante nue­stro, se tiró tal pedo que las llaves se cayeron al sue­lo. No nos pre­gun­téis por qué aguan­ta­mos allí cua­tro días más: supon­go que para ten­er his­to­rias gra­ciosas que con­tar a la vuelta.

Si hay un lugar del mun­do que se lle­va la pal­ma en lo que a hostales costrosos se refiere, este es Lon­dres. Recuer­do una vez que via­jamos un fin de sem­ana para ver un concier­to de Lynyrd Skynyrd y cuan­do entré con mi ami­go Anto­nio a la habitación, me quería morir. Esas sábanas no se lava­ban des­de el Neolíti­co. Opté por acostarme vesti­da y por los baños com­par­tidos ni me atreví a pasar: iba al ser­vi­cio cuan­do entrábamos a com­er a algún restau­rante. Me empara­noié tan­to con el sitio que en cuan­to llegué a casa, me rocié la cabeza con vina­gre y me la enr­rol­lé con una toal­la blan­ca, a ver si había pil­la­do pio­jos. Hubo suerte: mi cabellera esta­ba sana y sal­va.

La primera vez que fui a Lon­dres, que debía yo ten­er 19 añi­tos, fue con unas ami­gas. En aque­l­los tiem­pos lo de inter­net era una utopía, así que en una agen­cia de via­jes reser­va­mos un par de aparta­men­tos. No tenían nada que envidiar al peor de los hostales: en aque­l­la moque­ta debían vivir famil­ias enteras de Grem­lins. El agua del baño tenía un sospe­choso col­or par­duz­co. Y lo peor fue cuan­do mi ami­ga Car­men perdió la llave del can­da­do de la male­ta (porque cualquiera deja­ba allí den­tro las male­tas sin ase­gu­rar), se emper­ró en que se la debía haber tra­ga­do la aspi­rado­ra de la seño­ra de la limpieza (yo no esta­ba muy de acuer­do con esa teoría porque esa moque­ta no debían haber­la limpia­do nun­ca) y acabó abrien­do la male­ta con un cuchil­lo de coci­na que parecía saca­do de las pelis de “Viernes 13”. La fotografi­amos para inmor­talizar aquel entrañable momen­to.

Del hostal de Sin­ga­pur tam­bién os hablam­os en nue­stro via­je allí. Avi­so a via­jeros porque los Fra­grance tam­bién se anun­cian como “hote­les” pero en real­i­dad es una fran­qui­cia de pic­a­deros: el nue­stro esta­ba en pleno bar­rio rojo. Ech­a­ba para atrás el pes­ta­zo a ambi­en­ta­dor, supon­go que para dis­im­u­lar los mal­os olores, y la habitación era un cubícu­lo minús­cu­lo donde nos sal­ió algu­na cucaracha, la puer­ta del baño esta­ba rota y todas las noches se oía gente gri­tan­do por los pasil­los. Era de las pocas opciones baratas en Sin­ga­pur pero si algu­na vez regre­so al país, os ase­guro que no me impor­tará gas­tarme algo más de dinero e ir a un sitio que cumpla las más ele­men­tales nor­mas san­i­tarias.

¿Y qué me decís de los mote­les de car­retera de Esta­dos Unidos? Dan para escribir un libro ¿ver­dad? Super­an a cualquier cosa que hayas vis­to en el cine. Con la difer­en­cia de que aquí tu veci­no de al lado puede ten­er una pis­to­la en la mesil­la de noche. He esta­do en mote­les fan­tás­ti­cos pero tam­bién en otros per­di­dos en medio de la nada que daban ver­dadero pavor. En USA sí que os acon­se­jo que ojeéis las críti­cas antes de acabar en un motel de mala muerte: la pro­por­ción de tara­dos que te puedes encon­trar es asom­brosa.

En defin­i­ti­va: quien no haya cono­ci­do un hostal infer­nal, muy poco ha via­ja­do.

Aviones: historias para no dormir

He cogi­do tan­tos aviones en mi vida que cada vez que mon­to en uno, ten­go la sen­sación de que me encuen­tro en mi segun­da casa. Y he via­ja­do en aviones de todo tipo de cat­e­gorías, des­de los más lujosos, como los de Emi­rates o Eti­had, a aviones minús­cu­los para hac­er un Madrid-Grana­da. O aviones de hélice, como con el que volé una vez des­de Zurich a Gote­borg o como uno que tomé una vez en Tai­lan­dia con Bangkok Air­ways, que ese sí que daba miedo. No sé cómo nos atre­vi­mos a mon­tarnos porque según lo vimos, creí­mos que lo habían saca­do del set de roda­je de algu­na pelícu­la de acción de los 80. ¿En serio eso vola­ba? Han sido los 40 min­u­tos más lar­gos de mi vida. En real­i­dad mien­to porque los más lar­gos fueron una vez que volábamos a Lis­boa y cuan­do las ruedas del avión iban a tocar el sue­lo, el avión volvió a subir y se hizo un silen­cio sepul­cral. Nos enfren­tábamos a unas rachas de vien­to tan fuertes que nos tuvieron que desviar a Faro y allí que nos tuvieron tres horas encer­ra­dos en el avión, sin darnos ni un vaso de agua. Unos cuan­tos pasajeros se bajaron y se fueron a Lis­boa en coche de alquil­er. Los que aguan­ta­mos como jabatos, más tarde lográbamos ater­rizar.

avion

Curiosa­mente, una de mis peo­res expe­ri­en­cias a bor­do de un avión ha sido en la que está con­sid­er­a­da una de las mejores aerolíneas del mun­do, Air France. No me pre­gun­téis por qué pero como éramos los úni­cos españoles del avión (todos los demás eran france­ses), las azafa­tas sólo nos habla­ban en francés. Les expli­camos en inglés muy edu­cada­mente (los buenos modales siem­pre por delante) que sólo hablábamos inglés y castel­lano: se reían y pasa­ban de nosotros. Estábamos fli­pan­do de lo groseras que esta­ban sien­do. Cuan­do nos sirvieron la comi­da, con mi mesi­ta ple­gable exten­di­da, el señor de delante, un ricachón parisi­no, reclinó su asien­to al máx­i­mo y me clavó la mesi­ta en el pecho. Le dije, tam­bién muy amable­mente, si podía echar para ade­lante el asien­to, que aún no había acaba­do de com­er, y me con­testó muy aira­do que tenía dere­cho a pon­er el asien­to como le diera la gana. Llamé a la azafa­ta y lejos de ayu­darme, se puso a hablar con el tipo en francés y a reírse. Me enfadé tan­to que tiré la ban­de­ja en mitad del pasil­lo (y cuan­do digo tirar, es volan­do y que lle­gara quince filas más para atrás). Al momen­to me di cuen­ta que se me había ido la pin­za y que lo mis­mo me detenían al bajar del avión pero al final la azafa­ta acabó pidién­dome dis­cul­pas.

A algunos lo de bañarse antes de com­par­tir espa­cio vital con otros seres humanos como que les sue­na a chi­no. Una vez me tocó en el asien­to de al lado un tipo que no debía ver una ducha des­de hacía lo menos dos meses. El olor era tan soporífero que a los dos min­u­tos tuve que lev­an­tarme para ir al baño al vom­i­tar. El prob­le­ma fue que cuan­do llegué al baño, me di de bruces con una de esas esce­nas que sólo ves en las pelícu­las pero que dudas que ocur­ran en la real­i­dad. Pues sí, ocur­ren: en ese baño microscópi­co esta­ba una pare­ja dan­do rien­da suelta a su líbido. Lo de for­nicar en los aviones es un fetiche sex­u­al que todavía algunos lle­van a la prác­ti­ca, por muy minús­cu­lo que sea el espa­cio donde vas a desa­tar tus instin­tos más pri­mar­ios. Que tam­poco te ocur­ra lo de que en un vue­lo de Ryanair a un pasajero le dé un  ama­go de infar­to y a la azafa­ta le dé un ataque de nervios. La cara que se te que­da es para enmar­car­la en medio del salón.

Si los aviones dan de sí, no lo hacen menos los aerop­uer­tos. En una ocasión me tocó com­par­tir una pequeñísi­ma sala de espera con un grupo de 50 albane­ses que vola­ban a Tirana. Habían exten­di­do por el sue­lo las man­tas y allí esta­ban todos tum­ba­dos, que parecía aque­l­lo un cam­pa­men­to de refu­gia­dos. En un momen­to dado, dos de ellos, que esta­ban echán­dose una par­ti­da a las car­tas, comen­zaron a dis­cu­tir por el juego y acabaron a hos­tia limpia. Menos mal que entonces a la gente no le daba por grabar con los telé­fonos móviles porque aquel vídeo se hubiera con­ver­tido en viral.

¿Qué me decís acer­ca de dormir en un aerop­uer­to? Lo he hecho dece­nas de veces. O porque mi vue­lo salía demasi­a­do pron­to o porque lo hacía demasi­a­do tarde. Soy exper­ta en jun­tar dos ban­cos y con­ver­tir la mochi­la en una almo­ha­da. A todo te acabas adap­tan­do.

En cualquier caso, no me pre­gun­téis por qué, debo ten­er cara de delin­cuente porque sue­len pararme en muchas adu­a­nas y escáneres. En la de Canadá, sin ir más lejos, me tuvieron media hora acribil­lán­dome a pre­gun­tas, como si iba allí a bus­car tra­ba­jo o mari­do. Y en la de Norue­ga acabé en pelota pic­a­da porque el per­ro de turno decía (o ladra­ba) que mi chu­pa olía a canu­to. Aunque no lle­vara enci­ma sus­tan­cia ile­gal ningu­na. Pero qué sería de mis via­jes sin estas anec­dotil­las.

Ojo con los timos

Por mucho que te informes antes de ir a los sitios o vayas con mil ojos, nadie nos sal­va­mos de que algu­na vez te la cue­len. Cuan­do tenía 14 o 15 años, mis padres reser­varon con unos ami­gos suyos, medi­ante una agen­cia, un chalet en la playa. Has­ta pisci­na pri­va­da se suponía que tenía. Cuan­do lleg­amos, aque­l­lo era un aparta­men­to minús­cu­lo en un edi­fi­cio peta­do de gente. Mi padre, que no se calla ni deba­jo del agua, llamó a la agen­cia, les puso finos y le devolvieron el dinero. El prob­le­ma era que a ver qué hacían dos mat­ri­mo­nios con tres niñas un dos de Agos­to en las playas de Ali­cante, con una ocu­pación del 100%. Mi madre y su ami­ga se metieron en una panadería a pre­gun­tar cuan­do se les acer­có un indi­vid­uo de lo más sospe­choso ofre­cién­doles una gan­ga en primera línea de playa de Jávea. Y no men­tía: un pisazo de cien met­ros dec­o­ra­do a todo trapo por un pre­cio irriso­rio. Allí que nos insta­lam­os, pese a que mis padres y sus ami­gos se dieron cuen­ta que el portero del edi­fi­cio alquil­a­ba el piso a escon­di­das de sus dueños, que eran unos sue­cos que sólo venían un par de veces al año. Vamos, que éramos unos oku­pas en toda regla. Pero nos daba lo mis­mo: si los sue­cos aparecían, que le pidier­an cuen­tas al portero.

Timos viajes
Al via­jar, cui­da tus perte­nen­cias…

Cuba es uno de los país­es donde la picaresca está más agudiza­da. La primera vez que fuimos nos la clavaron nada más lle­gar por la noche. Imagí­nate, apare­ces en La Habana a las nueve de la noche con un jet­lag del copón y lo úni­co que te apetece es cenar algo rápi­do y acostarte. En la puer­ta del hotel, un cubano de lo más sim­páti­co nos ofre­ció ir a un pal­adar cer­cano. Ya habíamos oído hablar de los pal­adares, los restau­rantes caseros. Cuan­do ter­mi­namos de cenar, un par de sopas y unos filetes de pol­lo, nos vino la dueña y nos dijo que 60 euros por las dos cenas. Tuvi­mos una bron­ca de campe­ona­to, que si pago, que si no pago, y al final estábamos tan cansa­dos, que pag­amos y decidi­mos que jamás volveríamos a sen­tarnos a com­er en un pal­adar sin pre­gun­tar antes el pre­cio. Conoci­mos después a un mon­tón de via­jeros que les había ocur­ri­do lo mis­mo. Y no nos volvió a pasar. Con una tuvi­mos más que sufi­ciente.

En cualquier país en gen­er­al, jamás cam­biéis dinero en la calle. Nosotros no lo hemos hecho nun­ca pero sí cono­ce­mos a gente a la que le han hecho el timo de la estampi­ta. Y pasad total­mente de los que te quieren lle­var “a la tien­da de su pri­mo”, que de esos sí que es difí­cil librarse. Te atosi­gan, te ago­b­ian, te pre­sio­n­an y no, no voy a ningu­na tien­da que no me apetez­ca pis­ar. Sobre todo tenien­do en cuen­ta que en los via­jes cada vez com­pro menos porque no me apetece luego ir car­ga­da como un cara­col. En cualquier caso, ya que hablam­os de tien­das, si algu­na vez com­pras algo, ver­i­fi­ca lo que te estás lle­van­do, que hay muchas fal­si­fi­ca­ciones. De Tokio, que se supone que es uno de los lugares más civ­i­liza­dos y hon­estos del mun­do, me tra­je yo un repro­duc­tor de MP3 que me dejó de fun­cionar a las dos sem­anas y lo adquirí en una tien­da de lo más pin­tona.

¿Y esto?¿Te suena?

¿Cuán­tos de vosotros no acabáis har­tos de que como via­jas mucho, todo el mun­do se pasa la vida encar­gán­dote cosas? Los primeros años acep­tas encan­ta­da pero lle­ga ya un pun­to en que dices STOP. Sobre todo porque la gente tiene un mor­ro que se lo pisa: cada vez te encar­gan cosas más caras y son pocos los que te ade­lan­tan el dinero, aunque luego te lo paguen. Enci­ma tienes que perder un par de tardes yen­do de tien­da en tien­da bus­can­do el encar­go en cuestión. Lo peor es cuan­do vas a Japón , que es muy goloso. Piqué en mi primer via­je y acep­té un mon­tón de encar­gos. Ya no me volvió a pasar en los dos sigu­ientes: el que quiera dis­cos, que los pida por correo y pague los arance­les cor­re­spon­di­entes.

Jet­lag: el ene­mi­go públi­co num­ber one. Cuan­do era más jovenci­ta ape­nas me afecta­ba. Aho­ra cuan­do regre­so de un via­je transoceáni­co, pasan var­ios días has­ta que recu­pero mi ciclo de sueño nor­mal. Puedo pasar una sem­ana entera des­pertán­dome a las tres de la madru­ga­da y tenién­dome que ir al cur­ro sin haber pega­do ojo. Si alguien conoce un reme­dio infal­i­ble con­tra el jet­lag, se acep­tan prop­ues­tas: he proba­do todas.

Los locales se empeñan en que te vis­tas como ellos. Que no hom­bre, que no. Que si voy a Japón no me pien­so dis­frazar de geisha ni en Mar­rue­cos me voy a pon­er una chi­l­a­ba ni un velo azul en la cabeza a lo Lawrence de Ara­bia. De hecho, me dan bas­tante vergüen­za aje­na esos tur­is­tas que lle­gan a esos pun­tos. No hagáis el ridícu­lo, por favor.

Hombre Ingles
Haznos caso: no es nece­sario que te dis­fraces de nati­vo.

Lle­gas a un remo­to país lejano y allí, en la lejanía, ves un puesto donde pone “Pael­la”. Te acer­cas por curiosi­dad y oh my God. Aque­l­lo es un gur­ruño de arroz gelati­noso al que le han echa­do maíz y judías verdes. Estás rodea­do de locales que sus­pi­ran y cier­ran los ojos mien­tras dicen “¡mmm, qué rica la comi­da españo­la!”. Esta gente no sabe lo que es un buen salmore­jo. Ni tam­poco lo sabían los de ese restau­rante “español” que pisé una vez en Lon­dres y donde la tor­tilla de patatas era una tor­tilla france­sa con patatas fritas como guar­ni­ción.

Paella
No. esto, defin­i­ti­va­mente, no es una pael­la.

Via­jar, qué duda cabe, agudiza el inge­nio. Recuer­do hace muchos años en Ham­bur­go que entramos al metro y no había for­ma humana de encon­trar las máquinas expende­do­ras de bil­letes. Ni tam­poco había taquillera ningu­na. Os juro y per­juro que nues­tra inten­ción era pagar. De hecho, no me mola nada la gente que se cuela en el trans­porte públi­co. Pero por más que pre­gun­tábamos, no había man­era de saber dónde se adquirían los tick­ets. Así que lo reconoz­co: nos colam­os. Cuan­do llevábamos sólo un par de esta­ciones recor­ri­das, apare­ció un revi­sor al que daba miedo ver­le (un bigar­do de dos met­ros y 120 kilos) y se vino direc­to a nosotros. Vamos, que máquinas de tick­ets no había pero cámaras debía de haber por todos lados. Así que como solu­ción de emer­gen­cia, nos susurramos en castel­lano “¿y si nos hace­mos pasar por unos-pocas-luces?”. La cosa es que se nos fue de las manos porque comen­zamos a bal­bucear en plan “ejjj-que-no-chabe­mos-mucho-inglé”, que estábamos a pun­to de que otros via­jeros nos echa­ran limosna de la pena que dábamos. El revi­sor nos miró res­ig­na­do en plan “joder, son imbé­ciles pero imbé­ciles de ver­dad”, nos per­donó la mul­ta y nos hizo bajar y com­prar un bil­lete. Le dimos mil veces las gra­cias y nos moríamos de la risa en cuan­to perdi­mos al pobre hom­bre de vista. Nues­tra actuación había sido de Oscar.

Pon­erse malo durante un via­je. ¿A quién no le ha pasa­do? Y eso que yo parez­co ten­er el estó­ma­go a prue­ba de bom­bas. En Indone­sia, por pon­er un ejem­p­lo, nos atre­vi­mos a pro­bar el sam­bal oelek, con­sid­er­a­do uno de los platos más picantes del mun­do. Pero en real­i­dad mis gas­troen­teri­tis han venido por pro­duc­tos en mal esta­do, no por el picante, y curiosa­mente las peo­res provo­cadas por el mis­mo ali­men­to: los tacos. Tan­to en Méx­i­co como en Cuba me puse que acabé al bor­de de la deshidrat­ación y des­de entonces no he vuel­to a pro­bar­los.

Ten­er más miedo de la policía que de los ladrones. Y es que las cosas como son, hay país­es donde el niv­el de cor­rup­ción entre los maderos es el pan nue­stro de cada día. Com­pren­demos que en muchos lugares los suel­dos son bajísi­mos. Pero hac­er el Agos­to a cos­ta de los extran­jeros tam­poco es algo muy hon­esto. Así que como dice la can­ción: “mucha policía, poca diver­sión”. Cuan­to más lejos de estos especímenes, mejor.

No hay un lugar en el mun­do donde no sean castel­lano-par­lantes donde pro­nun­cien bien tu nom­bre. Lo tienes asum­i­do.

La hucha para via­jes: el obje­to más cuida­do de tu hog­ar. La ilusión que hace cuan­do ves cómo se va llenan­do.

Med­i­mos la vida en via­jes, no lo podemos evi­tar. Cuan­do escuchas a la veci­na de arri­ba con­tar que se ha gas­ta­do 2.000 euros en un sofá, pien­sas para tus aden­tros” joder, con eso me com­pro yo cua­tro vue­los de ida y vuelta a Améri­ca”. Yo, la ver­dad, cada vez soy menos mate­ri­al­ista. Hace ya mucho que me dejé de gas­tar el dinero en cosas super­flu­as (que no digo que un sofá lo sea pero ten­er un armario donde ya no puedo meter más ropa, sí) y lo invier­to en vivir la vida. Que eso que me lle­vo.

Ves un mapa en cualquier sitio y ya se te ilu­mi­na la bom­bil­la enci­ma de la cabeza. Es supe­ri­or a tus fuerzas. De niña el mejor rega­lo que me hicieron mis padres fue un globo ter­ráqueo. Cuan­do te sien­tas en el avión y ves en la revista de la aerolínea con las rutas aéreas, se te dis­para la imag­i­nación.

Ningún via­je está com­ple­to si no echas en la male­ta una bue­na mues­tra de ali­men­tos locales. Mejor sou­venir que ese, ninguno.

Te has acaba­do con­vir­tien­do en la guía par­tic­u­lar de todos tus ami­gos. Y en la de sus cono­ci­dos, que te escriben o lla­man dicien­do “es que Fulan­i­to me ha comen­ta­do que me podrías echar una mano con la plan­i­fi­cación de tal ruta”. La de lec­tores que he gana­do en el blog sim­ple­mente con el boca a boca.

No has acaba­do un via­je y ya estás plan­i­f­i­can­do los cua­tro próx­i­mos. Esa es la ale­gría de vivir, gente. Y que nos quiten lo “bailao”.


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8 Comments

  1. Me he sen­ti­do iden­ti­fi­ca­da con algu­na de tus anéc­do­tas: en Lon­dres, en un hotel ubi­ca­do en Kens­ing­ton, edi­fi­cio esti­lo inglés anun­ci­a­do como tres estrel­las, nos acosta­mos luego de via­jar 30 horas des­de nue­stro hog­ar en Argenti­na. Me desplomé de sueño has­ta que Juan, mi mari­do, me des­pertó sacud­ién­dome: el piso de la habitación esta­ba cubier­to de pequeños habi­tantes col­orados sim­i­lares a las chinch­es, que habían sali­do de sus madrigueras cuan­do se apagó la luz. Otra vez a vestirse, armar la male­ta, salir al frío medio dormi­da… Nos trasladaron a otro hotel cer­cano y nos pidieron dis­cul­pas; lo bueno del caso fue que Juan se lev­an­tara para ir al baño y al encen­der la luz viera el ejérci­to de bichos. No quise imag­i­nar nun­ca lo que hubiera pasa­do si dor­míamos allí…
    Un salu­do para ti des­de Argenti­na.

  2. El primer via­je con Ryanair fue de los de enmar­car con mi hijo. A la hora de venderte todo lo que podían, mi hijo con 5 años, empezó lev­an­tar la mano y llevó lica a la azafa­ta. Luego pen­sé que fue una bue­na her­ramien­ta la que gastó el peque para pasarse­lo bien en esta situación tan sin­gu­lar de los vue­los low cost. Otro dia te cuen­to una pen­sion en Vene­cia. ..

  3. según iba leyen­do, iba afir­man­do con la cabeza… cuán­ta razón!! seguro que a más de uno le pasa como a mi, que además de con­tar la vida en via­jes “con 2000€ me voy a…” cuen­to tam­bién el tiem­po con la ayu­da de los via­jes “la cámara tiene 5 años porqué la com­pré en Japón en 2013” 😛

  4. Bel­lae­spir­i­tu yo ten­go fobia a los bichos ¡y eso que en Cam­boya comí insec­tos jaja! Pero entien­do per­fec­ta­mente lo que cuen­tas, a mi me hubiera dado un patatús! Lo puedo pasar en país­es trop­i­cales porque te come la veg­etación pero en hostales europeos por fal­ta de higiene, como que no. ¡Un abra­zo!

  5. Via­jarsin­bil­lete: tu hijo hizo muy bien. Tú tienes que aguan­tar­les a ellos con sus tóm­bo­las y sor­te­os ¿no? Pues a respon­der con la mis­ma mon­e­da.

  6. Cre­cien­do­con­misvi­a­jes, yo no sabes la de din­erales que me gasta­ba antes en ropa y en músi­ca. ¿Todo para qué? Para ten­er un armario en el que aún ten­go dece­nas de pren­das sin estre­nar con las eti­que­tas pues­tas y entre mi mari­do y yo una colec­ción de casi 5.000 Cds que obvi­a­mente no ten­emos ape­nas tiem­po de escuchar. Por eso ya lle­va­mos mucho tiem­po gastán­donos el dinero en via­jes, porque ya no nos cabe en casa más parafer­na­lia y porque sin­ce­ra­mente, lo dis­fru­ta­mos mucho más!

  7. siem­pre digo que al final de este vida nos vamos como vin­i­mos, con una mano delante y otra detrás. Lo mate­r­i­al se que­da aquí para el dis­frute de otros, lo úni­co que nos lle­vare­mos son las expe­ri­en­cias y lo que hayamos vivi­do, ¡así que a vivir la vida!

  8. […] Con­fiésa­lo: a tí tam­bién te han ocur­ri­do estas cosas mien­tras via­jabas | Mil y un via­jes por el m… […]

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