Los faraones de Egipto llegan a Madrid

Exposicion Faraones Madrid

La antigua civ­i­lización egip­cia, miles de años después de su desapari­ción, con­tinúa lev­an­tan­do pasiones. La prue­ba irrefutable es esa cola kilo­métri­ca con la que nos encon­tramos en el Caixa Forum madrileño un domin­go por la mañana, cuan­do asis­ti­mos a la exposi­ción “Faraón: Rey de Egip­to”, una de las más esper­adas del año en la cap­i­tal. El hecho de que las fechas coin­ci­dier­an con el puente de Todos los San­tos sig­nifi­ca­ba que a los madrileños se les sum­a­ban miles de tur­is­tas que no querían perder­se un even­to úni­co. Y es com­pren­si­ble ya que es la primera vez que lle­ga­ban a nues­tra ciu­dad estas 164 piezas cedi­das por el Museo Británi­co y que ya este ver­a­no habían sido expues­tas en el Caixa Forum de Barcelona. A nosotros siem­pre nos encan­ta dejar espa­cio en el blog para los even­tos que sur­gen en torno a Egip­to: hace unos meses ya te hablábamos de lo mucho que nos gustó la visi­ta a la répli­ca del tem­p­lo de Abu Sim­bel y tam­bién de la exposi­ción “Cleopa­tra y la fasci­nación de Egip­to” , en la que des­cub­ri­mos infinidad de secre­tos de la faraona más enig­máti­ca que jamás cono­ció el impe­rio egip­cio. Así que esperábamos con muchas ganas la lle­ga­da de esta exposi­ción, la ver­dad sea dicha.

Has­ta el próx­i­mo 20 de Enero podremos dis­fru­tar de esta expo en Madrid. Recomien­do adquirir las entradas por antic­i­pa­do en la propia web de Caixa Forum y así evi­tarte esperas extras. El pre­cio, 5 euros, es casi tes­ti­mo­ni­al si lo com­paras con lo que te espera den­tro; por cier­to, nos ha extraña­do que en sólo una sem­ana han subido un euro el pre­cio de la entra­da, supon­go que vien­do el éxi­to que ha tenido la con­vo­ca­to­ria. Debe­mos agrade­cer­le a la enti­dad lo mucho que ha apoy­a­do la egip­tología a lo largo de los años, con exposi­ciones intere­san­tísi­mas como “Momias: los secre­tos de la vida eter­na”, “Nubia: los reinos del Nilo en Sudán” o “Ani­males y faraones: El reino ani­mal en el antiguo Egip­to”. En esta ocasión la expectación lev­an­ta­da ha sido tal que se han orga­ni­za­do un mon­tón de activi­dades en torno a la exposi­ción como con­fer­en­cias, vis­i­tas guiadas, ter­tu­lias e inclu­so even­tos pen­sa­dos para los más pequeños, que dis­fru­tan de la vida de los antigu­os monar­cas egip­cios con la mis­ma inten­si­dad que los adul­tos.

Faraon Rey Egipto

Pero ¿quiénes eran los faraones y por qué su papel fue tan deci­si­vo para el desar­rol­lo de la cul­tura egip­cia? Deberíamos par­tir en primer lugar de la base, más que sor­pren­dente, de que en aque­l­la época el títu­lo de faraón en real­i­dad no existía y fue acuña­do por otras civ­i­liza­ciones como la hebrea o la romana. Los egip­cios sabían de su exis­ten­cia ya que era cómo se refer­ían a los reyes egip­cios las autori­dades extran­jeras pero no era una pal­abra uti­liza­da habit­ual­mente en Egip­to. Al pare­cer la denom­i­nación surgió aso­ci­a­da a las res­i­den­cias de los monar­cas (“pher” — casa y “aa” — grande) pero los súb­di­tos conocían a los reyes con sus títu­los ofi­ciales: por pon­er un ejem­p­lo, a Cleopa­tra se la conocía como Hija de Ra. Cada faraón solía ten­er cin­co títu­los reales.

Exposicion Faraones Madrid

A lo largo de los 3.000 años que se extendió la exis­ten­cia de la civ­i­lización egip­cia, se sucedieron 33 dinastías o lo que es lo mis­mo, un con­jun­to de gob­er­nantes que provienen de la mis­ma famil­ia. En un prin­ci­pio, el Alto y Bajo Egip­to (las Dos Tier­ras) eran dos reinos inde­pen­di­entes, aunque estos acabarían reunificán­dose, y los faraones se enfrenta­ban a la ard­ua tarea de gob­ernar el impe­rio más impor­tante que haya exis­ti­do nun­ca. Su poder era abso­lu­to, ya que se con­sid­er­a­ba que antes que ellos, habían gob­er­na­do los dios­es: los faraones serían la reen­car­nación de Horus, el últi­mo gob­er­nante divi­no que se rep­re­senta­ba con cabeza de hal­cón. Y como reyes-dios­es que eran, se con­sid­er­a­ba que todo el país era suyo (inclu­i­dos sus habi­tantes) pero tam­bién se les cul­pa­bi­liz­a­ba si era época de malas cose­chas o ham­brunas. Unido ello a las intri­gas de pala­cio y las luchas de poder por ascen­der al trono, con mul­ti­tud de crímenes en el seno de las famil­ias, sobre todo cuan­do los futur­os herederos eran aún unos niños, da idea de que la vida de los faraones no era tan idíli­ca como pudiéramos imag­i­nar.

Gra­cias a la var­iedad de las piezas expues­tas, que abar­can des­de papiros a escul­turas, joyas, din­te­les o relieves, podemos acer­carnos a cómo era la vida cotid­i­ana de la realeza egip­cia. Los faraones, al ser con­sid­er­a­dos seres divi­nos, deja­ban clara su lejanía de la vul­gar plebe, meros mor­tales, prin­ci­pal­mente a través de la indu­men­taria. Mien­tras el pueblo llano se vestía poco y mal y casi siem­pre con pren­das de lino (debido al calor los varones sólo llev­a­ban el shen­ti, una especie de faldil­la cor­ta), los reyes usa­ban ves­ti­men­tas muy lla­ma­ti­vas y osten­tosas en las que el col­or dora­do cobra­ba pro­tag­o­nis­mo. Para evi­tar esas pesadas coro­nas tan incó­modas, las susti­tuían por el nemes, un toca­do de tela azul y col­or oro que cubría sus cabezas rapadas y les ase­me­ja­ba a un león. Lo cubrían con una diade­ma, el uraeus, en la que se rep­re­senta­ba una cobra en posi­ción ame­nazado­ra, un acce­so­rio que úni­ca­mente podía lucir la realeza y que con­sid­er­a­ban un amule­to inclu­so después de la muerte, has­ta el pun­to de que muchos eran enter­ra­dos con él puesto.

Uraeus Egipto

Aún así, en muchas cer­e­mo­nias reli­giosas y sociales los faraones ech­a­ban manos de sus volu­mi­nosas coro­nas. Tut­mo­sis III luce en la escul­tura de aquí aba­jo la hey­det (coro­na blan­ca), car­ac­terís­ti­ca del Alto Egip­to y aso­ci­a­da a la diosa-buitre Nekhbet. Tut­mo­sis III, pese a haber ascen­di­do al trono sien­do un niño y que su madre, Hat­shep­sut, asum­iera la regen­cia, llegó a ser uno de los faraones más poderosos de la His­to­ria, gra­cias a sus éxi­tos mil­itares en Ori­ente Próx­i­mo y Nubia. Su expan­sión ter­ri­to­r­i­al fue la may­or del impe­rio y llegó a mov­i­lizar para una sola batal­la a más de 20.000 com­bat­ientes.

Faraon Tutmosis

El hecho de que tan­to egip­cios como egip­cias se afeitaran la cabeza (aunque ellas usa­ban pelu­cas, con­sid­er­adas un sím­bo­lo eróti­co) no sólo respondía a razones climáti­cas o reli­giosas (los sac­er­dotes con­sid­er­a­ban al cabel­lo algo impuro pro­pio de bes­tias sal­va­jes) sino tam­bién san­i­tarias, ya que de este modo se evita­ban los pio­jos, una epi­demia muy común entonces. Era un prob­le­ma tan exten­di­do que no son raras las oca­siones en que los arqueól­o­gos han encon­tra­do en las tum­bas peines con restos de lien­dres. Y eso que los egip­cios esta­ban obse­sion­a­dos con la higiene per­son­al (ya podían haber hereda­do la cos­tum­bre civ­i­liza­ciones pos­te­ri­ores de otros país­es), se depil­a­ban el cuer­po entero, se exfo­li­a­ban la piel con miel y sal mari­na y los que podían per­mitírse­lo, se unt­a­ban de ungüen­tos y per­fumes.

Pese al calor, el uso del maquil­la­je era común: tan­to hom­bres como mujeres e inclu­so niños eran adic­tos al khol (nue­stro actu­al lápiz de ojos), que les pro­tegía de la luz del sol, los insec­tos, el pol­vo del desier­to, la con­jun­tivi­tis y además ati­gra­ba su mira­da. El pro­pio tér­mi­no mes­demet, apli­ca­do a este esti­lo, puede tra­ducirse como “hac­er a los ojos expre­sarse”. Tam­bién usa­ban unas rudi­men­ta­rias más­caras de pes­tañas a base de madera, som­bras de ojos (gen­eral­mente verdes), laca de uñas y aviv­a­ban el col­or de labios y mejil­las con óxi­do de hier­ro. Para los egip­cios era tan impor­tante el cuida­do cor­po­ral que a menudo eran enter­ra­dos con sus pro­duc­tos cos­méti­cos. Pro­duc­tos total­mente nat­u­rales en los que jamás se usó la des­ti­lación y que provenían prin­ci­pal­mente de min­erales, flo­res y arbus­tos. Las reinas eran las que mar­ca­ban ten­den­cia en una época en que el tér­mi­no influ­encer aún no se conocía.

Esta de aquí aba­jo es la Pale­ta de Narmer, la pale­ta de maquil­la­je más famosa del mun­do. Rep­re­sen­ta al gob­er­nante, el faraón Narmer (tam­bién cono­ci­do como Menes), que por primera vez reunificó el Alto y Bajo Egip­to en el 3100 AC.

Paleta Narmer Egipto

Relieve con una rep­re­sentación de la Fies­ta Sed (jubileo real), en la que se con­mem­o­ran los 30 años de reina­do de cada faraón: era la fes­tivi­dad más impor­tante del mun­do egip­cio y se alarga­ba durante cin­co días. Con ella se pre­tendía “reju­venecer” al monar­ca de cara al futuro y se real­iz­a­ban pom­posas cer­e­mo­nias con pro­ce­siones y ofren­das. Era un modo de reafir­mar el com­pro­miso real con los dios­es. Algunos faraones como Ram­sés II igno­raron los 30 años que debían tran­scur­rir entre un fes­te­jo y otro y lle­garon a cel­e­brar­lo catorce veces.

Fiesta Sed Egipto

Las esfin­ges, ele­men­tos poderosos que fusion­a­ban en un mis­mo ser el cuer­po de un león y una cabeza humana, eran con­sid­er­adas las pro­tec­toras de los tem­p­los y tum­bas pero además rep­re­senta­ban el más alto escalafón de la sociedad egip­cia, el faraón, por lo que era común tal­lar­las con la cara de éste. Se suponía que ahuyenta­ban a los espíri­tus malé­fi­cos, de ahí la razón de su pres­en­cia, flan­que­an­do la entra­da, en tem­p­los como el de Kar­nak.

La más cono­ci­da de todas, evi­den­te­mente, es la de Gizeh, jun­to a las Pirámides, de 20 met­ros de altura. El paso del tiem­po se llevó con­si­go su bar­ba pos­ti­za, que en la figu­ra del faraón ates­tigua­ba su unión con el dios Osiris. Uno de los pocos dios­es a los que se rindió un cul­to con­stante durante tres mile­nios y con el que se reunían los faraones cuan­do fal­l­ecían.

Esfinge Amenemhat IV
Esfin­ge del faraón Amen­emhat IV

Estat­ua que rep­re­sen­ta al dios-hal­cón Re-Horakhty pro­te­gien­do el nom­bre del faraón Ram­sés II, quien gob­ernó durante 66 años (la esper­an­za media de vida de un egip­cio era de 35 años). Durante su reina­do se fab­ri­caron miles de estat­uas como esta, que con­mem­o­ra­ban sus vic­to­rias béli­cas. Con fama de mujeriego (tuvo cien­tos de esposas y con­cu­bi­nas), fue respon­s­able de algu­nas de las obras arqui­tec­tóni­cas más impor­tantes del impe­rio egip­cio, como el tem­p­lo de Amon o el de Rames­se­um. Su momia se des­cubrió a finales del siglo XIX.

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El gran Papiro Har­ris es el may­or hal­la­do has­ta la fecha: 42 met­ros de lon­gi­tud. En esta sec­ción se mues­tra al faraón Ram­sés III frente a los dios­es del tem­p­lo solar de Heliópo­lis. En una época en que el papel aún no se había inven­ta­do, el papiro era el medio más uti­liza­do en Egip­to para dejar por escrito la his­to­ria de un pueblo inigual­able. Además, las fibras del jun­co del Nilo con el que se fab­ri­ca­ban con­sti­tuían un mate­r­i­al ide­al para la super­viven­cia de unas pin­turas que han sobre­vivi­do durante miles de años.

Muchos de estos papiros rep­re­senta­ban el via­je del fal­l­e­ci­do al Más Allá: eran los Libros de los Muer­tos. Gra­cias a estos papiros (y a muchas inscrip­ciones en piedra) ha lle­ga­do has­ta el pre­sente la escrit­u­ra a base de jeroglí­fi­cos, tan com­ple­ja que los faraones tard­a­ban una media de 12 años en apren­der los con­cep­tos más bási­cos. Tras des­cubrirse la Piedra Roset­ta en 1799, en la que un tex­to escrito con jeroglí­fi­cos se tra­ducía al griego y el demóti­co, se logra­ba aclarar el enig­ma de un lengua­je que has­ta aquel momen­to nos era descono­ci­do, pese al esfuer­zo de miles de lingüis­tas durante años.

Papiro Harris

La cos­tum­bre de casar en las famil­ias reales a pri­mos y pari­entes cer­canos viene de antaño: en Egip­to era habit­u­al entre la nobleza (no entre las clases bajas) el que hubiera casamien­tos entre her­manos e inclu­so entre padres e hijas: el pro­pio Ram­sés II se casó con las suyas para ase­gu­rar el lina­je famil­iar. Si el dios Osiris se había casa­do con su her­mana Isis ¿por qué no iban a hac­er­lo ellos, que eran seres divi­nos? Estas rela­ciones inces­tu­osas tenían a veces graves con­se­cuen­cias con las que car­ga­ban los futur­os herederos. De hecho, se cree que uno de los faraones más famosos, Tutankamón, podría haber fal­l­e­ci­do a la tem­prana edad de 19 años debido a que sus padres eran her­manos y heredó un mon­tón de mal­for­ma­ciones con­géni­tas. La impor­tan­cia otor­ga­da a la famil­ia era tal que algunos faraones como Aha ordenó que a la suya la enter­raran viva cuan­do él muri­era para que le acom­pañaran al otro mun­do.

Los faraones con­ta­ban por tan­to con famil­ias muy exten­sas, ya que podían ten­er varias esposas, por lo que por todo el país tenían repar­tidos pala­cios reales donde alo­jar a sus pari­entes y a los vis­i­tantes extran­jeros. Tam­bién era común con­cer­tar mat­ri­mo­nios con los hijos y hijas de los manda­to­rios extran­jeros para for­t­ale­cer alian­zas. Den­tro de estos harenes eran fre­cuentes las con­spir­a­ciones políti­cas, ya que todas las esposas querían que sus respec­tivos hijos lle­garan al trono y eran fre­cuentes los enve­ne­namien­tos.

Sin embar­go, cuan­do las aguas esta­ban tran­quilas y el faraón no se encon­tra­ba lejos luchan­do con­tra alguno de sus incon­ta­bles ene­mi­gos, la vida en pala­cio era de lo más pla­cen­tera. A menudo se ofrecían grandes ban­quetes en los que se comía carne de buey, ocas asadas, fru­tas (reser­vadas a la élite porque eran escasas), pesca­do y cor­rían de aquí para allá las ánforas de vino (las clases bajas sólo bebían cerveza de ceba­da). Pese a la ima­gen que ten­emos de los faraones, seres estiliza­dos y fibrosos, los arqueól­o­gos han com­pro­ba­do que muchos de ellos sufrían de obesi­dad debido a este desen­freno gas­tronómi­co. El faraón solía pres­en­ciar estos fes­te­jos sen­ta­do en una sil­la de alto respal­do, jun­to a la Gran Esposa Real.

Los músi­cos ameniz­a­ban las fies­tas mien­tras las bailar­i­nas dan­z­a­ban com­ple­ta­mente desnudas, igual que lo esta­ban las cri­adas. En ese sen­ti­do, los egip­cios eran muy desin­hibidos. Bue­na mues­tra es el Papiro Eróti­co de Turín (se dice que fue la primera revista porno de la His­to­ria), donde se describen con detalle las cos­tum­bres sex­u­ales de la época y apare­cen fras­es como “ven y métemela por detrás”. Enten­deréis entonces que el pueblo no se echara las manos a la cabeza ante ese rit­u­al de los faraones en que se mas­turba­ban y su semen caía en las aguas del Nilo.

No se pre­sion­a­ba a las mujeres para lle­gar vír­genes al mat­ri­mo­nio, la pros­ti­tu­ción esta­ba de lo más exten­di­da (a las mere­tri­ces se las conocía como kat tahut (vul­va) y has­ta había pros­ti­tu­tas espe­cial­izadas en fela­ciones y se las dis­tin­guía por lle­var los labios pin­ta­dos de un rojo inten­so). Y gra­cias al Papiro de Ebers lleg­amos a saber que has­ta algunos sac­er­dotes prac­ti­caron la necro­fil­ia sin que nadie les cas­ti­gara por ello. Por dicho moti­vo, algu­nas famil­ias comen­zaron a con­tratar guardianes de tum­bas, que velaran por el bien­es­tar de los cadáveres de las fal­l­e­ci­das. Cuan­do las mujeres eran muy bel­las, se tard­a­ba var­ios días en comen­zar a momi­fi­car­las, para que se descom­pusier­an y olier­an mal: así se evita­ba que nadie cay­era en la tentación de quer­er ten­er sexo con ellas.

Aquí aba­jo podemos ver un relieve rep­re­sen­tan­do al faraón jun­to a una “hija real de su carne”. Los jeroglí­fi­cos lo describen como “dios per­fec­to, señor de las Dos Tier­ras” y por­ta var­ios sím­bo­los reales: una maza, una cola de toro, bar­ba pos­ti­za y coro­na blan­ca. La prince­sa luce pelu­ca cor­ta y difer­entes joyas.

Faraon Relieve Egipto

En el com­ple­jo sis­tema admin­is­tra­ti­vo, económi­co y reli­gioso que esta­ba bajo manda­to del faraón y garan­ti­z­a­ba la esta­bil­i­dad de Egip­to, la figu­ra del fun­cionario era fun­da­men­tal. El rey con­ta­ba con el soporte de uno o dos visires (los más altos car­gos del gob­ier­no, sim­i­lares a nue­stros min­istros de aho­ra) que super­vis­a­ban una amplia red de sac­er­dotes, escribas y admin­istradores. Así que sí, hablam­os de uno de los ofi­cios más antigu­os del mun­do: los fun­cionar­ios ya existían hace más de 4.000 años. Además se con­sid­er­a­ba que sus suel­dos debían de ser ele­va­dos para evi­tar la cor­rup­ción y garan­ti­zar la hon­radez y que no se tuviera en cuen­ta si estos fun­cionar­ios venían de famil­ias ric­as o humildes. Un ejem­p­lo del que debier­an tomar nota nue­stros diri­gentes actuales.

El sis­tema de fun­cionar­i­a­do tenía tal éxi­to en Egip­to que los pro­pios romanos lo emu­la­ron y crearon un efi­caz cuer­po de tra­ba­jadores del Esta­do. Gra­cias al efi­ciente tra­ba­jo de los fun­cionar­ios, quienes con­ta­ban con facil­i­dades para poder ascen­der pro­fe­sion­al­mente, se admin­is­tra­ba con jus­ti­cia la riqueza del país (que venía prin­ci­pal­mente del pro­duc­to inte­ri­or bru­to y no de los botines arrebata­dos a los ejérci­tos ene­mi­gos). Y gra­cias tam­bién a ellos se con­struyeron algunos de los mon­u­men­tos más impor­tantes de la His­to­ria de la Humanidad, como las Pirámides, úni­ca de las Siete Mar­avil­las de la Antigüedad que ha lle­ga­do has­ta nue­stros días. Con­trari­a­mente a lo que se cree, estas no fueron con­stru­idas por esclavos sino por tra­ba­jadores asalari­a­dos. Aunque en Egip­to existía la esclav­i­tud, los esclavos solían ser sirvientes domés­ti­cos. Y los tra­ba­jadores (obreros, arte­sanos) no se corta­ban de orga­ni­zar huel­gas para exi­gir mejo­ras lab­o­rales, por muy poderoso que fuera el faraón de turno. Se senta­ban en el sue­lo y se nega­ban a volver al tra­ba­jo has­ta que se les abonara lo que se les debía.

Estat­ua de Sen­nefer, uno de los fun­cionar­ios más influyentes durante el reina­do de Tut­mo­sis III. En la parte frontal podemos ver una larga inscrip­ción jeroglí­fi­ca en la que Sen­nefer solici­ta ofren­das funer­arias.

Estatua Sennefer

Las esta­tu­il­las funer­arias, cono­ci­das como ushebtis, son tan antiguas que no se conoce su ver­dadero ori­gen. Eran muy pop­u­lares, tan­to que muchos extran­jeros, cuan­do vis­ita­ban Egip­to, se las llev­a­ban a sus país­es: fueron los primeros sou­venirs de la His­to­ria. Para ellos eran sim­ples meros ele­men­tos dec­o­ra­tivos pero para los egip­cios tenían una impor­tan­cia máx­i­ma ya que los ushebtis “susti­tuían” al difun­to y real­iz­a­ban sus tra­ba­jos en el Más Allá, en el reino de Osiris. Has­ta en la otra vida los faraones se rode­a­ban de un mul­ti­tu­di­nario ejérci­to de sirvientes. Muchas de estas pequeñas fig­uras apare­cen rep­re­sen­tadas con aper­os de labran­za, ces­tas o escenif­i­can­do ofi­cios (panaderos, cerve­ceros). Sobra decir que los ushebtis, por tan­to, sólo existían en las tum­bas de los más poderosos, nun­ca en las de las clases humildes.

A par­tir del Impe­rio Medio, la for­ma de los ushebtis comen­zó a vari­ar. Aho­ra tenían for­ma de momia, llev­a­ban pelu­ca y en raras oca­siones se les veían las manos. Algu­nas veces eran tan­tos los ushebtis deposi­ta­dos en las tum­bas que se les fab­ri­caron con­tene­dores bel­la­mente dec­o­ra­dos. Y has­ta aparece la figu­ra del cap­ataz para pon­er orden: se le rep­re­senta­ba con ropa de diario y un fla­ge­lo en la mano, sím­bo­lo de su autori­dad. Algunos faraones lle­garon a ten­er un ushebti por cada día del año. Y como los guer­reros de ter­ra­co­ta de Xian, todos eran difer­entes y cada pieza, úni­ca.

Ushebtis Egipto

Pese a que algu­nas de las cos­tum­bres de los antigu­os egip­cios hoy nos puedan pare­cer excén­tri­c­as, en otras de ellas esta­ban bas­tante avan­za­dos. Aunque la mujer (como casi siem­pre) no goz­a­ba de los mis­mos dere­chos sociales del hom­bre pero sí ante la ley, tenían una gran inde­pen­den­cia. Muchas de ellas tra­ba­ja­ban fuera de casa (y cobra­ban el mis­mo salario que los hom­bres, fijaos si nos llev­a­ban ven­ta­ja en algunos temas), podían divor­cia­rse cuan­do quisier­an y no fueron pocas las que lle­garon a ser empre­sarias inde­pen­di­entes, fun­cionar­ias de alto niv­el e inclu­so faraonas.

Otro de los ejem­p­los de su avance social era el respeto que sen­tían hacia los ani­males. Fue la primera civ­i­lización que comen­zó a dis­fru­tar de los ani­males de com­pañía y solían vivir con per­ros y monos, aunque su ani­mal favorito era el gato, al que conocían como miu. No sólo daban car­iño y afec­to a las famil­ias, además evita­ban la pres­en­cia de ratas y así se evita­ba la pér­di­da de los cereales, el prin­ci­pal sus­ten­to de los hog­a­res. Los egip­cios querían tan­to a sus gatos que cuan­do morían, les rendían los mis­mos cul­tos funer­ar­ios que a los seres humanos y se han encon­tra­do infinidad de gatos momi­fi­ca­dos den­tro de minús­cu­los sar­cófa­gos. Así mis­mo hubo varias diosas-gata, sien­do la más cono­ci­da Bastet, la pro­tec­to­ra del hog­ar. Los gatos eran tan impor­tantes en el Antiguo Egip­to que si alguien mata­ba a alguno vol­un­tari­a­mente, se le con­den­a­ba a muerte. Y yo, que quiero a mis dos gatos como si fuer­an mis pro­pios hijos, por ello sólo puedo mostrar ante los antigu­os egip­cios, por una medi­da tan drás­ti­ca y jus­ta, el may­or de mis respetos.


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