Una réplica del templo de Abu Simbel en Madrid

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Como enamorada que soy de todo lo que supuso y rodeó a la cultura egipcia, siempre ando a la caza y captura de cualquier evento o exposición que se organice en Madrid en torno a la tierra de los faraones. Por suerte, en Madrid es habitual que a menudo recalen muchas exposiciones itinerantes que van recorriendo el mundo mostrando lo que supuso Egipto para nuestro planeta. La civilización egipcia ha sido la más larga de la Historia: más de 5.000 años. Por dicho motivo, los misterios y sombras que envuelven su propio desarrollo, pese a lo mucho y concienzudamente que se ha estudiado sobre ella, continúan posicionándola como la civilización más atrayente de la historia de la humanidad para millones de personas, entre las que me incluyo. Libros y películas no han hecho más que engrandecer el mito que envuelve al pueblo egipcio, vapuleado en los últimos tiempos por múltiples atentados que han exterminado casi por completo el turismo extranjero y principal causa para que hayamos pospuesto nuestro viaje a Egipto varias veces. Esperemos, por el propio bien de los egipcios, que viven del turismo, y por los viajeros que aún tenemos pendiente pisar la tierra de las pirámides, que las aguas acaben volviendo a su cauce y el país bañado por el Nilo recupere el esplendor que la convirtió en el primer destino turístico de la Historia.

Este 2017 los madrileños estamos de enhorabuena ya que durante un año entero tendremos a nuestra disposición una exposición única: “Ramsés, Rey de Reyes”. El templo de Abu Simbel, Patrimonio de la Humanidad desde el año 1979 y considerado por méritos propios el más impresionante de Egipto, llega a Madrid convertido en réplica (a menor escala, claro) pero fielmente idéntico al original, que como recordaréis debió ser “desmontado” y trasladado a finales de los años 60 debido a la construcción de la Presa de Aswan.  España participó activamente en esta titánica empresa y el pueblo egipcio agradeció la ayuda regalándonos uno de los grandes orgullos de Madrid, el Templo de Debod, del que hablaremos largo y tendido algún día en este blog.

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El artesano egipcio Hany Mostafa, al que tuvimos la suerte de conocer cuando visitamos la exposición, ha empleado cinco años de su vida para llevar a cabo este bonito y al mismo tiempo meticuloso proyecto. Para documentarse y que la réplica fuera exactamente igual que el templo original realizó más de cien viajes al templo de Abu Simbel: sólo la pintura de la Batalla de Qadesh le supuso más de ocho meses de trabajo. Y es que pese a que la réplica sea menor, sus medidas siguen siendo colosales: la altura de la entrada principal es de 6 metros y el pasillo que atraviesa el templo se va hasta los 24 metros de longitud. Una bonita experiencia la de sentirte en el Antiguo Egipto habiendo recorrido sólo unos kilómetros en coche. Os detallamos que la exposición se ubica en el Jardín de la Vega de Alcobendas, abre todos los días de la semana (hasta las 20,30, excepto viernes y sábado , que lo hace hasta las 21,00) y la entrada sólo cuesta siete euros, un precio casi ridículo si lo comparamos con el esfuerzo que ha puesto Mostafa en levantar esta impresionante obra. Además, la visita es guiada, por lo que descubriréis un montón de anécdotas y curiosidades de uno de los templos más interesantes del mundo, que estuvo oculto bajo toneladas de arena hasta principios del siglo XIX. Aún no se sabe con certeza que llevó a Ramses II a construir dicho templo tan lejos de todo (o, al menos, tan lejos de ciudades como Luxor o Tanis), aunque se baraja la posibilidad de que al ser Nefertari nubia (su esposa favorita), quisiera construirlo en la tierra de nacimiento de su amada.

El templo de Abu Simbel está erigido en honor al faraón más importante de toda la historia de Egipto: Ramses II. Con un reinado larguísimo, de casi 70 años, y una vida aún más longeva (murió con más de 90 años cuando la esperanza de vida en el Egipto de entonces era de apenas 35 ), este rey que se consideraba a sí mismo un dios que estaba por encima de los humanos (recordemos que su momia, que se encuentra en El Cairo, demuestra que era pelirrojo en una tierra donde lo habitual era la piel oscura y por dicho motivo se consideraba que era hijo de Ra, el Dios del Sol, y que era muy alto para la época, lo que le diferenciaba aún más del resto de la población), Ramses II pasó a la Historia como un gobernante valeroso, audaz e inteligente que, además, dejó una prole de más de 150 hijos, lo que le convirtió en un semental de su época. Aunque a lo largo de su vida tuvo ocho esposas reales y 200 concubinas, su gran amor fue la reina Nefertari, a quien incluso dedicó un templo menor en Abu Simbel y cuya fachada también se muestra en esta exposición: de él hablaremos más adelante con detalle por la peculiaridad de la que hace gala.

El templo de Abu Simbel, Templo del Padre de la Espiga y conocido también como Ryamsese-Meryamun (Templo de Ramsés, el Amado de Amon), tardó más de 20 años en ser construido: aunque parezca mucho tiempo, a mí me parece bastante poco teniendo en cuenta sus enormes dimensiones y la meticulosidad con que se decoró su interior. Pero hablamos de los egipcios, los mejores arquitectos de la Historia, capaces de levantar edificios laberínticos como las Pirámides que a día de hoy continúan constituyendo un enigma para los constructores actuales, quienes no dejan de sorprenderse de lo avanzadísima que estaba la civilización egipcia en muchísimas materias.

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El mayor de los templos, el de Ra Harakhte, cuenta con una fachada que es probablemente una de las imágenes más conocidas de Egipto: cuatro colosales estatuas de Ramses II de más de 20 metros de altura. Una de ellas se partió debido a un terremoto y en la réplica igual la tenemos, con la cabeza del faraón tirada a los pies. Las estatuas están coronadas por un friso de babuinos, esos simios a los que los egipcios consideraban adoradores del sol ya que cuando amanece muestran las palmas de las manos para recibir la luz y el calor del astro rey. A los pies de las estatuas se encuentran representados diferentes familiares del monarca. Abu Simbel no sólo es excepcional por su construcción directa en la roca sino también porque dos veces al año, el 21 de Octubre y el 21 de Febrero, los rayos del sol entran en el interior del templo, iluminando casi por completo la estancia (en especial las caras de los dioses Amon, Ra y Ramsés, no así la de Ptah, considerado el dios de la oscuridad). Se cree que estos días coincidían con las fechas de nacimiento y coronación de Ramses II.

Dentro del templo, la sala principal es la hipóstila (la original tiene 18 metros de longitud). A esta sala ya no tenía acceso el pueblo llano, únicamente la aristocracia y la nobleza, aparte de los sacerdotes, el faraón y la familia real, obviamente. En dicha sala nos encontramos ocho estatuas de Osiris representado como Ramses II: ya sabéis que los faraones se consideraban a sí mismos dioses humanos. Estas estatuas ejercen de columnas, de un modo similar a las Cariátides en la Acrópolis griega. En dicha sala podemos apreciar que tanto el techo como los muros interiores se encuentran decorados, principalmente con escenas bélicas que confirmaban la supremacía de Egipto sobre otros pueblos vecinos como Libia, Nubia y Siria.

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La más importante de estas batallas fue la de Qadesh, que en Abu Simbel se relata mediante diferentes escenas y que al mismo tiempo es la primera batalla documentada de la Historia, así como el primer tratado de paz del que se tiene conocimiento. Gracias a la eficacia de los carros militares egipcios y la veterana carrera como soldado de Ramses II, quien no se amilanaba a la hora de acompañar a sus tropas, los egipcios vencieron a los hititas. Egipto contaba con un poderosísimo ejército, ya que muchos campesinos preferían alistarse y servir como soldados ya que ello no sólo les permitía prosperar económicamente sino también aspirar a ser parte de la nobleza. Una de las curiosidades que se daban en el campo de batalla es que a muchos soldados se les pagaban sus honorarios conforme a la cantidad de enemigos que hubieran abatido. ¿Y cómo lo demostraban? Aportando las manos que les cortaban a los caídos en combate: a mayor número de manos, mejores recompensas monetarias.

En la segunda sala en las pinturas se puede apreciar la presencia de lo que los egipcios consideraban el árbol de la vida, el olivo, por ser esta una planta muy longeva, escarabajos, que en la mitología egipcia simbolizaban la eternidad, e incluso un león junto a Ramses (y, efectivamente, en la realidad tenía uno que había criado desde pequeño y mediante el cual el faraón intentaba evidenciar su poder absoluto también sobre el mundo de los animales). Otras pinturas muestran a Ramses ofreciendo prisioneros nubios a la triada de dioses de Tebas, representaciones de Min (el dios de la fertilidad), flores de loto (que para los egipcios eran sagradas y eran símbolo de pureza) e incluso escenas en las que dioses como Amon son los que realizan ofrendas a Ramses, en este caso la llave de la eternidad.

Después de atravesar la sala de las ofrendas, llegamos al santuario. Aquí se encuentran las cuatro estatuas de Amon, Ra, Ramses y Ptah; en algunos casos los brazos están rotos ya que al imponer Roma el cristianismo como religión oficial y ser Egipto provincia romana, se dio vía libre a los cristianos coptos para destrozar los antiguos templos egipcios por considerarlos paganos, entre los que se incluyó la fabulosa Biblioteca de Alejandría, que fue quemada hasta los cimientos. Los coptos nos privaron de tener hoy en día una de las obras maestras de la arquitectura.

En cuanto al Templo de Hathor, el templo menor dedicado a Nefertari y a la diosa Hathor, la fachada cuenta con seis estatuas de 10 metros de altura que representan al rey y la reina. No era común que los faraones se equipararan con sus esposas pero Ramses estaba tan enamorado de Nefertari, su segunda mujer y con la que se casó en la adolescencia, que no dudó un instante a la hora de esculpirla en piedra y otorgarla cualidades divinas. Nefertari, cuyo nombre significa “la bella” y a la que también se conoció como “La Dama de las Dos Tierras”, no fue sólo una reina consorte sino que participó activamente en asuntos políticos y su poder como reina sólo fue superado años después por el de la mismísima Cleopatra. Por poner un ejemplo, su tumba está considerada la más bella de todas las del Valle de las Reinas, pese a que no está abierta al público debido al delicado estado de conservación de las pinturas del interior, por lo que sólo se permite el acceso a los restauradores. Nefertari murió con apenas 30 años y después de haber dado a Ramses II seis hijos.

La réplica que tenemos del templo de Hathor es justo la mitad de grande que el original. También se construyó en roca y está dedicado a Nefertari y Hathor, la diosa del amor: es el único templo egipcio en homenaje a una esposa real. Nefertari está representada a la misma altura que Ramses, un hecho completamente insólito. Aunque la réplica es sólo de la fachada, en el interior del templo original destacan las frases de amor dedicadas por el faraón a su esposa, como la que reza “que el sol sale cada mañana sólo para iluminar el rostro de Nefertari”.

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Por último, en la exposición también podemos admirar la réplica del sarcófago del faraón más famoso de Egipto: Tutankamon. Pese a que su reinado fue muy breve (fue coronado a los 12 años y falleció a los 18), su tumba ha sido una de las más importantes de la que han descubierto los arqueólogos, ya que milagrosamente no fue saqueada y se encontraba intacta y repleta de tesoros. El sarcófago original se expone en Londres (no así la máscara funeraria, que se encuentra en El Cairo), pesa 110 kilos y está hecho de oro macizo.

6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Maribel dice:

    Me ha fascinado , precioso.

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    1. Muchas gracias, tocaya! A ver si algún día logramos visitar el original!

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  2. Muy interesante, no lo conocía. Un saludo!

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    1. Merece muchísimo la pena, una de las mejores exposiciones que tendremos en Madrid este año. Un abrazo!

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  3. Marcos A dice:

    Muy interesante Se pudo ver en Alcobendas

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    1. Sí, está hasta finales de año.

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