Exposicion Faraones Madrid

La antigua civilización egipcia, miles de años después de su desaparición, continúa levantando pasiones. La prueba irrefutable es esa cola kilométrica con la que nos encontramos en el Caixa Forum madrileño un domingo por la mañana, cuando asistimos a la exposición “Faraón: Rey de Egipto”, una de las más esperadas del año en la capital. El hecho de que las fechas coincidieran con el puente de Todos los Santos significaba que a los madrileños se les sumaban miles de turistas que no querían perderse un evento único. Y es comprensible ya que es la primera vez que llegaban a nuestra ciudad estas 164 piezas cedidas por el Museo Británico y que ya este verano habían sido expuestas en el Caixa Forum de Barcelona. A nosotros siempre nos encanta dejar espacio en el blog para los eventos que surgen en torno a Egipto: hace unos meses ya te hablábamos de lo mucho que nos gustó la visita a la réplica del templo de Abu Simbel y también de la exposición “Cleopatra y la fascinación de Egipto” , en la que descubrimos infinidad de secretos de la faraona más enigmática que jamás conoció el imperio egipcio. Así que esperábamos con muchas ganas la llegada de esta exposición, la verdad sea dicha.

Hasta el próximo 20 de Enero podremos disfrutar de esta expo en Madrid. Recomiendo adquirir las entradas por anticipado en la propia web de Caixa Forum y así evitarte esperas extras. El precio, 5 euros, es casi testimonial si lo comparas con lo que te espera dentro; por cierto, nos ha extrañado que en sólo una semana han subido un euro el precio de la entrada, supongo que viendo el éxito que ha tenido la convocatoria. Debemos agradecerle a la entidad lo mucho que ha apoyado la egiptología a lo largo de los años, con exposiciones interesantísimas como “Momias: los secretos de la vida eterna”, “Nubia: los reinos del Nilo en Sudán” o “Animales y faraones: El reino animal en el antiguo Egipto”. En esta ocasión la expectación levantada ha sido tal que se han organizado un montón de actividades en torno a la exposición como conferencias, visitas guiadas, tertulias e incluso eventos pensados para los más pequeños, que disfrutan de la vida de los antiguos monarcas egipcios con la misma intensidad que los adultos.

Faraon Rey Egipto

Pero ¿quiénes eran los faraones y por qué su papel fue tan decisivo para el desarrollo de la cultura egipcia? Deberíamos partir en primer lugar de la base, más que sorprendente, de que en aquella época el título de faraón en realidad no existía y fue acuñado por otras civilizaciones como la hebrea o la romana. Los egipcios sabían de su existencia ya que era cómo se referían a los reyes egipcios las autoridades extranjeras pero no era una palabra utilizada habitualmente en Egipto. Al parecer la denominación surgió asociada a las residencias de los monarcas (“pher” – casa y “aa” – grande) pero los súbditos conocían a los reyes con sus títulos oficiales: por poner un ejemplo, a Cleopatra se la conocía como Hija de Ra. Cada faraón solía tener cinco títulos reales.

Exposicion Faraones Madrid

A lo largo de los 3.000 años que se extendió la existencia de la civilización egipcia, se sucedieron 33 dinastías o lo que es lo mismo, un conjunto de gobernantes que provienen de la misma familia. En un principio, el Alto y Bajo Egipto (las Dos Tierras) eran dos reinos independientes, aunque estos acabarían reunificándose, y los faraones se enfrentaban a la ardua tarea de gobernar el imperio más importante que haya existido nunca. Su poder era absoluto, ya que se consideraba que antes que ellos, habían gobernado los dioses: los faraones serían la reencarnación de Horus, el último gobernante divino que se representaba con cabeza de halcón. Y como reyes-dioses que eran, se consideraba que todo el país era suyo (incluidos sus habitantes) pero también se les culpabilizaba si era época de malas cosechas o hambrunas. Unido ello a las intrigas de palacio y las luchas de poder por ascender al trono, con multitud de crímenes en el seno de las familias, sobre todo cuando los futuros herederos eran aún unos niños, da idea de que la vida de los faraones no era tan idílica como pudiéramos imaginar.

Gracias a la variedad de las piezas expuestas, que abarcan desde papiros a esculturas, joyas, dinteles o relieves, podemos acercarnos a cómo era la vida cotidiana de la realeza egipcia. Los faraones, al ser considerados seres divinos, dejaban clara su lejanía de la vulgar plebe, meros mortales, principalmente a través de la indumentaria. Mientras el pueblo llano se vestía poco y mal y casi siempre con prendas de lino (debido al calor los varones sólo llevaban el shenti, una especie de faldilla corta), los reyes usaban vestimentas muy llamativas y ostentosas en las que el color dorado cobraba protagonismo. Para evitar esas pesadas coronas tan incómodas, las sustituían por el nemes, un tocado de tela azul y color oro que cubría sus cabezas rapadas y les asemejaba a un león. Lo cubrían con una diadema, el uraeus, en la que se representaba una cobra en posición amenazadora, un accesorio que únicamente podía lucir la realeza y que consideraban un amuleto incluso después de la muerte, hasta el punto de que muchos eran enterrados con él puesto.

Uraeus Egipto

Aún así, en muchas ceremonias religiosas y sociales los faraones echaban manos de sus voluminosas coronas. Tutmosis III luce en la escultura de aquí abajo la heydet (corona blanca), característica del Alto Egipto y asociada a la diosa-buitre Nekhbet. Tutmosis III, pese a haber ascendido al trono siendo un niño y que su madre, Hatshepsut, asumiera la regencia, llegó a ser uno de los faraones más poderosos de la Historia, gracias a sus éxitos militares en Oriente Próximo y Nubia. Su expansión territorial fue la mayor del imperio y llegó a movilizar para una sola batalla a más de 20.000 combatientes.

Faraon Tutmosis

El hecho de que tanto egipcios como egipcias se afeitaran la cabeza (aunque ellas usaban pelucas, consideradas un símbolo erótico) no sólo respondía a razones climáticas o religiosas (los sacerdotes consideraban al cabello algo impuro propio de bestias salvajes) sino también sanitarias, ya que de este modo se evitaban los piojos, una epidemia muy común entonces. Era un problema tan extendido que no son raras las ocasiones en que los arqueólogos han encontrado en las tumbas peines con restos de liendres. Y eso que los egipcios estaban obsesionados con la higiene personal (ya podían haber heredado la costumbre civilizaciones posteriores de otros países), se depilaban el cuerpo entero, se exfoliaban la piel con miel y sal marina y los que podían permitírselo, se untaban de ungüentos y perfumes.

Pese al calor, el uso del maquillaje era común: tanto hombres como mujeres e incluso niños eran adictos al khol (nuestro actual lápiz de ojos), que les protegía de la luz del sol, los insectos, el polvo del desierto, la conjuntivitis y además atigraba su mirada. El propio término mesdemet, aplicado a este estilo, puede traducirse como “hacer a los ojos expresarse”. También usaban unas rudimentarias máscaras de pestañas a base de madera, sombras de ojos (generalmente verdes), laca de uñas y avivaban el color de labios y mejillas con óxido de hierro. Para los egipcios era tan importante el cuidado corporal que a menudo eran enterrados con sus productos cosméticos. Productos totalmente naturales en los que jamás se usó la destilación y que provenían principalmente de minerales, flores y arbustos. Las reinas eran las que marcaban tendencia en una época en que el término influencer aún no se conocía.

Esta de aquí abajo es la Paleta de Narmer, la paleta de maquillaje más famosa del mundo. Representa al gobernante, el faraón Narmer (también conocido como Menes), que por primera vez reunificó el Alto y Bajo Egipto en el 3100 AC.

Paleta Narmer Egipto

Relieve con una representación de la Fiesta Sed (jubileo real), en la que se conmemoran los 30 años de reinado de cada faraón: era la festividad más importante del mundo egipcio y se alargaba durante cinco días. Con ella se pretendía “rejuvenecer” al monarca de cara al futuro y se realizaban pomposas ceremonias con procesiones y ofrendas. Era un modo de reafirmar el compromiso real con los dioses. Algunos faraones como Ramsés II ignoraron los 30 años que debían transcurrir entre un festejo y otro y llegaron a celebrarlo catorce veces.

Fiesta Sed Egipto

Las esfinges, elementos poderosos que fusionaban en un mismo ser el cuerpo de un león y una cabeza humana, eran consideradas las protectoras de los templos y tumbas pero además representaban el más alto escalafón de la sociedad egipcia, el faraón, por lo que era común tallarlas con la cara de éste. Se suponía que ahuyentaban a los espíritus maléficos, de ahí la razón de su presencia, flanqueando la entrada, en templos como el de Karnak.

La más conocida de todas, evidentemente, es la de Gizeh, junto a las Pirámides, de 20 metros de altura. El paso del tiempo se llevó consigo su barba postiza, que en la figura del faraón atestiguaba su unión con el dios Osiris. Uno de los pocos dioses a los que se rindió un culto constante durante tres milenios y con el que se reunían los faraones cuando fallecían.

Esfinge Amenemhat IV
Esfinge del faraón Amenemhat IV

Estatua que representa al dios-halcón Re-Horakhty protegiendo el nombre del faraón Ramsés II, quien gobernó durante 66 años (la esperanza media de vida de un egipcio era de 35 años). Durante su reinado se fabricaron miles de estatuas como esta, que conmemoraban sus victorias bélicas. Con fama de mujeriego (tuvo cientos de esposas y concubinas), fue responsable de algunas de las obras arquitectónicas más importantes del imperio egipcio, como el templo de Amon o el de Ramesseum. Su momia se descubrió a finales del siglo XIX.

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El gran Papiro Harris es el mayor hallado hasta la fecha: 42 metros de longitud. En esta sección se muestra al faraón Ramsés III frente a los dioses del templo solar de Heliópolis. En una época en que el papel aún no se había inventado, el papiro era el medio más utilizado en Egipto para dejar por escrito la historia de un pueblo inigualable. Además, las fibras del junco del Nilo con el que se fabricaban constituían un material ideal para la supervivencia de unas pinturas que han sobrevivido durante miles de años.

Muchos de estos papiros representaban el viaje del fallecido al Más Allá: eran los Libros de los Muertos. Gracias a estos papiros (y a muchas inscripciones en piedra) ha llegado hasta el presente la escritura a base de jeroglíficos, tan compleja que los faraones tardaban una media de 12 años en aprender los conceptos más básicos. Tras descubrirse la Piedra Rosetta en 1799, en la que un texto escrito con jeroglíficos se traducía al griego y el demótico, se lograba aclarar el enigma de un lenguaje que hasta aquel momento nos era desconocido, pese al esfuerzo de miles de lingüistas durante años.

Papiro Harris

La costumbre de casar en las familias reales a primos y parientes cercanos viene de antaño: en Egipto era habitual entre la nobleza (no entre las clases bajas) el que hubiera casamientos entre hermanos e incluso entre padres e hijas: el propio Ramsés II se casó con las suyas para asegurar el linaje familiar. Si el dios Osiris se había casado con su hermana Isis ¿por qué no iban a hacerlo ellos, que eran seres divinos? Estas relaciones incestuosas tenían a veces graves consecuencias con las que cargaban los futuros herederos. De hecho, se cree que uno de los faraones más famosos, Tutankamón, podría haber fallecido a la temprana edad de 19 años debido a que sus padres eran hermanos y heredó un montón de malformaciones congénitas. La importancia otorgada a la familia era tal que algunos faraones como Aha ordenó que a la suya la enterraran viva cuando él muriera para que le acompañaran al otro mundo.

Los faraones contaban por tanto con familias muy extensas, ya que podían tener varias esposas, por lo que por todo el país tenían repartidos palacios reales donde alojar a sus parientes y a los visitantes extranjeros. También era común concertar matrimonios con los hijos y hijas de los mandatorios extranjeros para fortalecer alianzas. Dentro de estos harenes eran frecuentes las conspiraciones políticas, ya que todas las esposas querían que sus respectivos hijos llegaran al trono y eran frecuentes los envenenamientos.

Sin embargo, cuando las aguas estaban tranquilas y el faraón no se encontraba lejos luchando contra alguno de sus incontables enemigos, la vida en palacio era de lo más placentera. A menudo se ofrecían grandes banquetes en los que se comía carne de buey, ocas asadas, frutas (reservadas a la élite porque eran escasas), pescado y corrían de aquí para allá las ánforas de vino (las clases bajas sólo bebían cerveza de cebada). Pese a la imagen que tenemos de los faraones, seres estilizados y fibrosos, los arqueólogos han comprobado que muchos de ellos sufrían de obesidad debido a este desenfreno gastronómico. El faraón solía presenciar estos festejos sentado en una silla de alto respaldo, junto a la Gran Esposa Real.

Los músicos amenizaban las fiestas mientras las bailarinas danzaban completamente desnudas, igual que lo estaban las criadas. En ese sentido, los egipcios eran muy desinhibidos. Buena muestra es el Papiro Erótico de Turín (se dice que fue la primera revista porno de la Historia), donde se describen con detalle las costumbres sexuales de la época y aparecen frases como “ven y métemela por detrás”. Entenderéis entonces que el pueblo no se echara las manos a la cabeza ante ese ritual de los faraones en que se masturbaban y su semen caía en las aguas del Nilo.

No se presionaba a las mujeres para llegar vírgenes al matrimonio, la prostitución estaba de lo más extendida (a las meretrices se las conocía como kat tahut (vulva) y hasta había prostitutas especializadas en felaciones y se las distinguía por llevar los labios pintados de un rojo intenso). Y gracias al Papiro de Ebers llegamos a saber que hasta algunos sacerdotes practicaron la necrofilia sin que nadie les castigara por ello. Por dicho motivo, algunas familias comenzaron a contratar guardianes de tumbas, que velaran por el bienestar de los cadáveres de las fallecidas. Cuando las mujeres eran muy bellas, se tardaba varios días en comenzar a momificarlas, para que se descompusieran y olieran mal: así se evitaba que nadie cayera en la tentación de querer tener sexo con ellas.

Aquí abajo podemos ver un relieve representando al faraón junto a una “hija real de su carne”. Los jeroglíficos lo describen como “dios perfecto, señor de las Dos Tierras” y porta varios símbolos reales: una maza, una cola de toro, barba postiza y corona blanca. La princesa luce peluca corta y diferentes joyas.

Faraon Relieve Egipto

En el complejo sistema administrativo, económico y religioso que estaba bajo mandato del faraón y garantizaba la estabilidad de Egipto, la figura del funcionario era fundamental. El rey contaba con el soporte de uno o dos visires (los más altos cargos del gobierno, similares a nuestros ministros de ahora) que supervisaban una amplia red de sacerdotes, escribas y administradores. Así que sí, hablamos de uno de los oficios más antiguos del mundo: los funcionarios ya existían hace más de 4.000 años. Además se consideraba que sus sueldos debían de ser elevados para evitar la corrupción y garantizar la honradez y que no se tuviera en cuenta si estos funcionarios venían de familias ricas o humildes. Un ejemplo del que debieran tomar nota nuestros dirigentes actuales.

El sistema de funcionariado tenía tal éxito en Egipto que los propios romanos lo emularon y crearon un eficaz cuerpo de trabajadores del Estado. Gracias al eficiente trabajo de los funcionarios, quienes contaban con facilidades para poder ascender profesionalmente, se administraba con justicia la riqueza del país (que venía principalmente del producto interior bruto y no de los botines arrebatados a los ejércitos enemigos). Y gracias también a ellos se construyeron algunos de los monumentos más importantes de la Historia de la Humanidad, como las Pirámides, única de las Siete Maravillas de la Antigüedad que ha llegado hasta nuestros días. Contrariamente a lo que se cree, estas no fueron construidas por esclavos sino por trabajadores asalariados. Aunque en Egipto existía la esclavitud, los esclavos solían ser sirvientes domésticos. Y los trabajadores (obreros, artesanos) no se cortaban de organizar huelgas para exigir mejoras laborales, por muy poderoso que fuera el faraón de turno. Se sentaban en el suelo y se negaban a volver al trabajo hasta que se les abonara lo que se les debía.

Estatua de Sennefer, uno de los funcionarios más influyentes durante el reinado de Tutmosis III. En la parte frontal podemos ver una larga inscripción jeroglífica en la que Sennefer solicita ofrendas funerarias.

Estatua Sennefer

Las estatuillas funerarias, conocidas como ushebtis, son tan antiguas que no se conoce su verdadero origen. Eran muy populares, tanto que muchos extranjeros, cuando visitaban Egipto, se las llevaban a sus países: fueron los primeros souvenirs de la Historia. Para ellos eran simples meros elementos decorativos pero para los egipcios tenían una importancia máxima ya que los ushebtis “sustituían” al difunto y realizaban sus trabajos en el Más Allá, en el reino de Osiris. Hasta en la otra vida los faraones se rodeaban de un multitudinario ejército de sirvientes. Muchas de estas pequeñas figuras aparecen representadas con aperos de labranza, cestas o escenificando oficios (panaderos, cerveceros). Sobra decir que los ushebtis, por tanto, sólo existían en las tumbas de los más poderosos, nunca en las de las clases humildes.

A partir del Imperio Medio, la forma de los ushebtis comenzó a variar. Ahora tenían forma de momia, llevaban peluca y en raras ocasiones se les veían las manos. Algunas veces eran tantos los ushebtis depositados en las tumbas que se les fabricaron contenedores bellamente decorados. Y hasta aparece la figura del capataz para poner orden: se le representaba con ropa de diario y un flagelo en la mano, símbolo de su autoridad. Algunos faraones llegaron a tener un ushebti por cada día del año. Y como los guerreros de terracota de Xian, todos eran diferentes y cada pieza, única.

Ushebtis Egipto

Pese a que algunas de las costumbres de los antiguos egipcios hoy nos puedan parecer excéntricas, en otras de ellas estaban bastante avanzados. Aunque la mujer (como casi siempre) no gozaba de los mismos derechos sociales del hombre pero sí ante la ley, tenían una gran independencia. Muchas de ellas trabajaban fuera de casa (y cobraban el mismo salario que los hombres, fijaos si nos llevaban ventaja en algunos temas), podían divorciarse cuando quisieran y no fueron pocas las que llegaron a ser empresarias independientes, funcionarias de alto nivel e incluso faraonas.

Otro de los ejemplos de su avance social era el respeto que sentían hacia los animales. Fue la primera civilización que comenzó a disfrutar de los animales de compañía y solían vivir con perros y monos, aunque su animal favorito era el gato, al que conocían como miu. No sólo daban cariño y afecto a las familias, además evitaban la presencia de ratas y así se evitaba la pérdida de los cereales, el principal sustento de los hogares. Los egipcios querían tanto a sus gatos que cuando morían, les rendían los mismos cultos funerarios que a los seres humanos y se han encontrado infinidad de gatos momificados dentro de minúsculos sarcófagos. Así mismo hubo varias diosas-gata, siendo la más conocida Bastet, la protectora del hogar. Los gatos eran tan importantes en el Antiguo Egipto que si alguien mataba a alguno voluntariamente, se le condenaba a muerte. Y yo, que quiero a mis dos gatos como si fueran mis propios hijos, por ello sólo puedo mostrar ante los antiguos egipcios, por una medida tan drástica y justa, el mayor de mis respetos.

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