MALTA – Un pequeño tesoro en el Mar Mediterráneo

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Escoger una sola fotografía que resumiera nuestro viaje a Malta de entre todas las que nos hemos traído como recuerdo estaba complicado. Pero finalmente he decidido elegir esta, con la que abrimos el reportaje, porque entre todas las particularidades que caracterizan a este minúsculo país mediterráneo (de las que hablaremos más adelante), hay una que sobresale por encima de todas: la pasión con la que los malteses viven el catolicismo, presente en todos los áreas de su vida. Hasta el punto de que puedes toparte con imágenes tan surrealistas como esta en mitad de la calle: un Click de Playmobil con su correspondiente crucifijo en la mano. Hablamos de un país donde el 93% de la población es católica y, además, practicante. Imagínate entonces lo que supone visitar Malta en plena Semana Santa, cuando la mayoría de las iglesias se encuentran iluminadas por las noches con miles de bombillas y los malteses viven, nunca mejor dicho, su semana grande.

Llevábamos muchos años con las ganas de conocer Malta pero como he repetido en otras muchas entradas del blog, el mundo es tan grande que al final siempre debes sacrificar unos destinos en beneficio de otros. Sin embargo, a la hora de planificar futuros viajes, nos fijamos este 2016 como fecha tope para nuestra escapada maltesa. Sabiendo que el país goza de más de 300 días de sol al año, la Semana Santa, coincidente con el inicio de la primavera, nos parecía la época ideal; sin embargo, no caímos en lo del fervor religioso hasta unas cuantas semanas después de haber comprado los billetes. ¿Nos encontraríamos las calles plagadas de procesiones cuando precisamente nos íbamos de España para huir de las de nuestro país? Lo cierto es que la suerte nos sonrió: pese a que por los canales de televisión malteses vimos que en muchos pueblos estas se estaban celebrando, nosotros nos salvamos y no encontramos ni una. Y en cuanto a la afluencia de turistas, nos habían asustado tanto con las advertencias previas (“¡no os vais a poder ni mover!”), que nos habíamos imaginado ya un panorama de lo más agobiante y, las cosas como son, no fue para tanto. Turismo claro que hay, principalmente británicos e italianos, pero afortunadamente no esas multitudes de hooligans y domingueros que abarrotan lugares tan insoportables como Benidorm o Torrevieja en pleno mes de Agosto. Quizás en verano Malta esté intransitable pero en Semana Santa, aún a sabiendas de que también es temporada alta, nosotros al menos nos sentimos la mar de a gusto. De todos modos, hay que tener una cosa clara antes de ir allá: Malta es el país más densamente poblado de toda Europa, casi 1.500 habitantes por kilómetro cuadrado (en la capital, La Valletta, esta cifra se eleva hasta más de 9.000 habitantes). Desde el avión, según nos íbamos acercando y divisábamos la isla desde lo alto, sorprendía certificar que apenas se veían espacios verdes o terrenos de siembra: Malta está tan sumamente urbanizada que prácticamente unas ciudades se funden con otras. Encontrar lindes y fronteras entre los distintos pueblos es casi tarea imposible. Sorprende esta saturación humana cuando, al mismo tiempo, su isla hermana, Comino, se encuentra desierta.

Comencemos con los datos prácticos. Malta, al pertenecer a la Unión Europea, sólo te exige el DNI (o pasaporte) a la hora de entrar al país y además funcionan con euros. El vuelo, directo, le realizamos con Ryanair aunque al ser Semana Santa, lo reservamos con varios meses de antelación para que no se nos dispararan los precios, que ya sabéis que en esas fechas se quintuplican. Al final nos salió por 120 euros el billete de ida y vuelta. Los horarios, además, fantásticos: el jueves despegábamos muy temprano (estábamos en Malta antes de las diez de la mañana) y el domingo el vuelo no nos salía hasta las 20,30, por lo que pudimos aprovechar los cuatro días completos. Recalco que debido a las pequeñas proporciones del archipiélago, que tiene poco más de 300 kilómetros cuadrados, Malta se convierte en el destino ideal para una escapada de tres o cuatro días. Y eso teniendo en cuenta que aunque el país es muy pequeño, tiene muchísimo para ver y patear.

Como sabíamos que en Malta se conduce por la izquierda, herencia que les dejaron los británicos, desechamos el tema de alquilar coche para evitar complicaciones; justo unos días antes un amigo había vuelto de Malta y me había hecho saber que el tráfico es infernal (dato que comprobamos nosotros después): las carreteras son, en realidad, una rotonda detrás de otra, por no hablar de la ausencia de autopistas, la limitación máxima de 80 kilómetros por hora, lo pésimamente que está señalizada la mayor parte de los lugares y lo complicado que es aparcar en cualquier sitio. Vamos, que todo eran inconvenientes. Así que decidimos movernos en transporte público, que es bastante barato (1,50 euros por trayecto y esto incluye los viajes interurbanos).

Al no existir el metro ni los tranvías, malteses y turistas se mueven por la isla gracias a la extensísima red de autobuses que llegan casi a cualquier rincón; además, en las paradas se suele señalizar los horarios de paso de cada línea. Aun así, aviso que los conductores de los buses son una especie sobre la que se podrían escribir varios libros: conducen como locos, regañan a los pasajeros y paran solamente si les da la gana. Nosotros vivimos la experiencia de que pese a no ir llenos, los autobuses salieran del inicio de línea dejando a pasajeros en tierra o que pasaran delante de nuestras narices y no pararan pese a haber hueco de sobra. Es todo un poco una lotería. Por lo tanto,si vais en grupo (en nuestro caso, viajábamos cuatro) y teniendo presente que algunos buses pasan cada hora, la opción del taxi también es factible. En general, son bastante más baratos que en España y, compartiéndolos, puedes moverte de una ciudad a otra por cuatro o cinco euros por cabeza. De todas formas, es bueno que sepáis las tarifas, que ahora os detallo, entre unos sitios y otros, ya que nuestra experiencia fue que en casi todos los taxis que cogimos, los taxistas nos querían cobrar de más y en todos nos tocó regatear. Aunque por ley estén obligados a poner el taxímetro, la mayoría no lo hacen y lo mejor es dejar el precio pactado antes de montarte en el coche. Doy algunas cifras de precios aproximados para que os hagáis una idea: taxi desde el aeropuerto a La Valletta o Sliema / Saint Julian 18 euros, La Valletta > Sliema 13 euros, Sliema > Mdina 18 euros.

Alojamiento: La Valletta, la capital más pequeña de la Unión Europea (sólo 7.000 habitantes o lo que es lo mismo, lo equivalente a un pueblo minúsculo en España), tiene pocos hoteles y, por regla general,más caros. Lo mejor es buscar cama en la zona de Sliema y Saint Julian, que está a sólo cinco minutos de ferry de La Valletta. Y es que aunque en realidad ambas sean consideradas ciudades autónomas,en la práctica y por cercanía son dos barrios más de La Valletta pero con la ventaja de contar con un paseo marítimo larguísimo (recorrerlo al completo no lleva menos de dos o tres horas). En esta zona, además, se concentra la mayor oferta de ocio de la isla: restaurantes, pubs, discotecas, cervecerías y heladerías (lo que les gustan a los malteses los helados, qué ricos los hacen y qué baratos son, poco más de un euro). Poder cenar al lado del mar o dar un paseo junto a las olas era uno de los principales atractivos a la hora de decidir alojarnos aquí en Sliema.

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Alquilamos un apartamento grandísimo, el Blue Haven, por medio de Booking. Totalmente renovado, con una cocina equipadísima, dos habitaciones dobles y dos cuartos de baño, balcón y menaje super completo (secador, tetera, plancha, wifi…) Además, se preocuparon de dejarnos un montón de mapas y folletos de Malta para ayudarnos con nuestros recorridos y contratamos con ellos directamente el transfer desde el aeropuerto (nos costaba igual que el taxi, 18 euros, y nos venían a recoger). El precio por las 3 noches, 315 euros para 4 personas, por lo que salimos a poco más de 25 euros persona/noche. Y una nota más: su fantástica ubicación, a sólo diez minutos andando del paseo marítimo y las paradas de autobuses pero en una calle tranquilísima, por la noche no se oía ni una mosca. Además, en la misma puerta teníamos un supermercado pequeñito, lo que nos vino de lujo para comprar agua, cervezas y unas cosas para el desayuno.

Ya que hemos citado las cervezas, comentaros que los malteses están bien orgullosos de la cerveza nacional, la Cisk, aunque a nosotros nos pareció bastante normalita. En cualquier caso, verás que es la que te sirven en todos los bares (como aquí hace años la Mahou) y en vasos de pinta de medio litro, bastante baratos, una media de euro y medio incluso en terrazas en puntos muy turísticos. Se pueden encontrar también cervezas importadas pero repito que lo habitual es beber Cisk.

En Sliema y San Julian, quitando algunas iglesias gigantescas (en Malta hay una iglesia cada dos pasos), a nivel cultural tampoco hay mucho que ver, por lo que comenzaremos nuestro recorrido por Malta en la capital, La Valletta. Podríamos haber cogido el ferry del que os hablé antes (es muy barato, cuesta poco menos de un euro) pero como el muelle nos cogía más retirado que la parada del autobús, fuimos en bus y gastamos allí el primer día, aprovechando que habíamos aterrizado tan pronto. El autobus nos dejaba en la Estación Central de Autobuses de Malta, que se encuentra justo en la Plaza de la Puerta de la ciudad, a la misma entrada de La Valletta. Aquí es donde os comentaba que se montan los guirigays para lograr montarte a un autobús en el comienzo de línea. No creáis,hasta tiene su encanto,nosotros al final nos acabábamos riendo de ver los cabreos que se agarraban los pasajeros (casi todos extranjeros,los malteses están muy acostumbrados a este caos en el transporte). Por cierto, en la plaza se encuentra la bonita Fuente del Tritón.

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Aunque el territorio total de Malta, formada por varias islas e islotes, sea de 316 kilómetros cuadrados, la isla principal, la propia Malta, tiene sólo 246 (27 kilómetros de ancho y 14 de largo), por lo que es comprensible que su capital sea una ciudad liliputiense que, sin embargo, cuenta con un patrimonio histórico y cultural que ya quisieran para sí otras muchas ciudades más grandes. Pero para adentrarnos en sus antiquísimos recovecos, que datan de hace casi 500 años, deberíamos repasar previamente la historia de un país que, debido a su privilegiada situación geográfica, desde la que se puede controlar el Mar Mediterráneo así como la costa norte de Africa y las rutas marítimas entre Occidente y Oriente, ha sido codiciado por todo el mundo a lo largo de la Historia. Unas islas ya pobladas desde el Neolítico, con algunos de los yacimientos arqueológicos más antiguos del mundo, cuya época de esplendor comenzó con la llegada de fenicios y cartagineses, quienes se enriquecieron a base de comerciar con los griegos que por aquel entonces vivían en Sicilia.

Cuando llegaron los romanos, Malta aumentó sus privilegios municipales, estableciendo su capital en Mdina (una de las ciudades más bonitas de Malta, que recorreremos más adelante). De la época de la invasión bizantina poco se sabe; posteriormente, en el año 870 y con la facilidad que suponía para los colonizadores que Malta estuviera tan cerca de tierras africanas, llegaron los musulmanes, quienes sentaron las bases lingüísticas para el maltés, junto al inglés el idioma oficial (aunque todo el mundo chapurree, con mucho acento, el inglés, el maltés es lo que más se escucha en las calles). Los musulmanes también introdujeron el cultivo del cáñamo y los cítricos; era la época gloriosa del imperio árabe, que en aquella época extendía su territorio desde España hasta la India. La mayor parte de los nombres de los pueblos de Malta provienen del árabe pero esta no ha sido la única herencia recibida: en las costumbres de los malteses (y sobre todo en su fisionomía) siguen teniendo un gran peso los genes musulmanes.

Más de dos siglos después de la colonización musulmana, llegaban a la isla las primeras incursiones normandas, la primera la de Roger de Hautville, conde de Sicilia: se dice que los colores de la bandera maltesa, blanco y rojo, tienen sus orígenes en el estandarte que portaban las tropas del conde Roger, quien además dió los primeros pasos para que los nobles sicilianos comenzaran a mudarse al pequeño país que les quedaba al sur. Los musulmanes, que habían sido muy tolerantes con los cristianos durante los 200 años que dominaron Malta, aún no estaban en minoría, pues cuadriplicaban en volumen de población a los cristianos y controlaban casi todas las riquezas, pero se les empezó a exigir pagar tributos y vieron como Malta finalmente era anexionada a Sicilia y, por lo tanto, al Reino de Aragón. Durante años, los sarracenos de Túnez y las tropas turcas intentaron apoderarse de las islas, con insatisfactorios resultados. Los 15.000 habitantes de Malta, mientras tanto y al igual que en la mayor parte de Europa, vivían bajo un régimen feudal en el que los dirigentes católicos (ya existía un obispo de Malta) comenzaban a tomar posiciones: en aquella época ya podían encontrarse en Malta más de 400 iglesias.

Pero aún quedaba por delante la era en que Malta vió realmente forjada su identidad como país: la llegada de la Orden de los Caballeros de Malta. Conocidos como los Hermanos del Hospital de San Juan de Jerusalén o Caballeros Hospitalarios, esta orden religiosa, que nació con tintes benéficos para atender médicamente a los peregrinos y cuyo “uniforme” eran hábitos negros con cruces de ocho puntas, acabaron convirtiéndose en militares, al estilo de los Templarios. La orden era regida por un gran maestre (elegido por los miembros mayores de 18 años) y se guiaba por tres votos básicos (pobreza, castidad y obediencia). La mayor parte de los miembros venían de la nobleza y podían dividirse en tres clases: los Caballeros (eran los que iban armados), los Capellanes (se ocupaban de los servicios religiosos) y los Hermanos Sirvientes, criados de los primeros y los segundos. En Malta contaron con una poderosa flota naval que se encontraba fuertemente protegida en el Gran Puerto de Malta.

Aunque al principio los malteses no aceptaron de buen grado la presencia de la Orden de Malta, también eran conscientes de que nadie como ellos les defendería de las invasiones. Los caballeros, acostumbrados a vivir junto al mar, desecharon la idea de instalarse en la capital interior, Mdina, y se establecieron en la localidad costera de Borgo (frente a La Valletta, lo que hoy se conoce como Vittoriosa). Construyeron fortalezas para repeler las amenazas otomanas, como el Fuerte de San Miguel, que prácticamente quedó destruido tras los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Pero si hay una fortaleza mítica en la historia de Malta, esta sin duda es la de Saint Elmo.

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La Batalla de Saint Elmo fue de tal repercusión que ha pasado a los libros de Historia como un suceso que acaso roza la epopeya. Jean Parisot de La Vallette, el gran maestre de la Orden de Malta en aquel entonces, se vió casi solo ante el peligro (sólo contaba con un ejército de 100 caballeros y 500 soldados) frente a las tropas turcas, que se presentaron en las costas maltesas con 190 barcos y 38.000 hombres armados hasta los dientes. Los otomanos se las prometían muy felices ante su superioridad numérica pero no esperaban una defensa tan intensa por parte de los locales, quienes por las noches sustituían por hombres frescos los cadáveres de los caídos en combate (y los turcos, que eran muy supersticiosos, comenzaron a creer que los muertos regresaban al mundo de los vivos). Más de 6.000 proyectiles diarios caían sobre las murallas de Saint Elmo, mientras los cristianos se defendían con fuego griego (tinajas de arcilla con combustibles en llamas que convertían a los soldados turcos en antorchas humanas). Con el verano llegó el calor, la falta de agua y el debilitamiento turco; además, los invasores habían perdido en la batalla al general que les lideraba, el pirata Dragut, acabando de minar la ya baja moral de los combatientes. Tras varios meses de asedio, a principios de Septiembre llegaban 8.000 soldados cristianos de refuerzo, enviados por el Tercio de Sicilia: cuatro días después, los turcos se batían en retirada.

Tras el sangriento asedio, La Valletta hubo de ser reconstruida en muchos puntos: aunque el gran maestre (cuyo apellido, Vallette, dió nombre a la ciudad) se involucró a nivel personal en el proyecto, no logró verlo acabado ya que falleció en 1568. En cualquier caso, y pese a lo heroico de la Batalla de Saint Elmo, la permanencia de la Orden de Malta en la isla tenía fecha de caducidad: poco más de dos siglos más tarde, Napoleón les expulsó, obligándoles a exiliarse en Italia e iniciando un periodo caracterizado por la pérdida de su poder. Aún así, a día de hoy la Orden de Malta tiene privilegios como contar con un Priorato en la misma Roma (nosotros lo estuvimos visitando en nuestro viaje romano: tanto la embajada como la sede central de la orden se consideran edificios extraterritoriales y, por lo tanto, teóricamente no pertenecen a Italia, no dejes de echar un ojo a la misteriosa cerradura que hay allí desde donde se divisa la silueta perfecta de la Basílica de San Pedro). El caso es que se fueron los Caballeros de la Orden pero les sucedieron los franceses con Napoleón, que venían con intención de arrasar con todo y dejar vacías las despensas; indefensos, los malteses buscaron cobijo en Inglaterra, quien a cambio de protegerles, declaró la adhesión de Malta a sus dominios en el año 1814. Tontos no eran: teniendo en su poder puertos coloniales estratégicos como Gibraltar, Singapur o Hong Kong, Malta se sumaba a los puntos claves para extender la soberanía británica en los mares de medio mundo.

Hay que reseñar que, cuando viajas por Malta, la influencia británica continúa estando muy presente, pese a que Malta se independizara y se convirtiera por fin en un país autónomo en el año 1964. Prueba de ello, como veis en la fotografía de ahí abajo, es la existencia de las famosas cabinas de teléfono inglesas. Pero también se nota la influencia british en el idioma (obviamente, el inglés ha facilitado aún más la llegada del turismo y que Malta sea uno de los lugares del mundo donde más estudiantes vienen a aprender inglés) y no extraña por ello la cantidad de británicos que viven en esta isla, recuerdo de cuando Malta era una colonia más del gran imperio anglosajón.

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Aunque Malta se independizó del Reino Unido a mediados de los 60, desde 1921 gozaban de un autogobierno, permitiéndose el nacimiento de los partidos políticos malteses como el Laborista (de quien vimos varias sedes desperdigadas por las islas), el Constitucional y el Nacionalista Democrático; este último tenía claras tendencias pro italianas (en Malta comprobarás in situ que muchos de sus habitantes también hablan italiano, de hecho fue idioma oficial hasta 1936) y estos fueron, los nacionalistas, los que animaron a Mussolini a que invadiera la isla a mediados de 1940, sólo un día después de que Italia hiciera oficial su participación en la Segunda Guerra Mundial.

Los británicos, desprevenidos, se encontraron en una peligrosa situación ya que sólo contaban con tres viejos aviones militares para defender Malta. Dos de ellos, el Esperanza y el Caridad, acabaron abatidos en combate; el tercero, el Fe, se encuentra actualmente expuesto en el Fuerte de Saint Elmo. Unos meses después llegarían también los ataques de los nazis alemanes y La Valletta fue sometida a intensos bombardeos (pese a ello, muchos de sus monumentos, especialmente fortalezas y murallas, lograron sobrevivir milagrosamente intactos). El rey Jorge VI, intentando animar a los malteses en la batalla, les concedió la Cruz de San Jorge, el más alto honor británico concedido a civiles. Pese a la situación crítica en que se hallaba la isla, las victorias inglesas en el norte de Africa dieron un respiro a los sufridos malteses, que en la contienda habían sufrido la baja de 1.500 ciudadanos y la destrucción de 35.000 edificios. El gobierno británico gastó más de 30 millones de libras esterlinas en la reconstrucción de La Valletta y permitieron la celebración de las primeras elecciones, que ganó el Partido Laborista. La independencia de Malta era ya imparable: el 24 de Septiembre de 1964 era proclamado país soberano, pese a continuar perteneciendo a la Commonwealth, por lo que en la teoría, la reina Isabel II seguía siendo la jefa de estado. Gran Bretaña comenzaba a replegar dos tercios de sus tropas, lo que supuso tumultuosas protestas por parte de la Unión General de Trabajadores, el mayor sindicato de Malta, ya que 7.000 personas trabajaban para el ejército británico. Pero Malta, pese a su tormentoso pasado bélico, iba encaminada a convertirse en un país no alineado, ajeno a guerras y batallas: las fuerzas de la OTAN se retiraban de la isla y en 1974 la Constitución convertía a Malta en república.

Bella instantánea de La Valletta, con la cúpula de la Basílica de Nuestra Señora de Monte Carmelo sobresaliendo sobre el resto de edificios.

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Desde entonces, pese a que los malteses se consideran profundamente creyentes y practicantes, el gobierno ha intentado despojar de privilegios abusivos a la iglesia, que poseía el 80% de los inmuebles y en la práctica controlaba la totalidad de la enseñanza en las escuelas (vimos varios colegios en cuyas fachadas se especificaba claramente que las clases estaban separadas por sexos, pese a que el ejecutivo estableció una ley que imponía la enseñanza laica). Malta pertenece a la Unión Europea desde el año 2004, convirtiéndose de este modo en el país más pequeño de la unión y gobernado por el citado anteriormente Partido Laborista.

Analizada ya la agitada historia pasada de Malta, crucemos las impresionantes puertas amuralladas de La Valletta, su capital, para adentrarnos en una ciudad que pese a sus diminutas dimensiones, es una de las más bonitas de Europa.

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La Valletta, conocida cariñosamente por los malteses como The City y de la que se dice “fue construida por caballeros para que vivieran caballeros”, se encuentra ubicada sobre una pequeña península en el Monte Sceberras y tiene en su haber el que está considerado mejor puerto natural de Europa, el Gran Harbour. La ciudad es de tal belleza que toda ella al completo está considerada Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO: en sus escasas 55 hectáreas de extensión, se agolpan más de 300 monumentos.

Iglesia de Santa Bárbara en La Valletta

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El arquitecto que planificó la ciudad, Francesco Laparelli, era uno de los alumnos aventajados de Miguel Angel. De orígen toscano, ante sí se encontraba un ambicioso proyecto: uno de los mejores exponentes de ciudad cuadriculada (esta disposición facilitaba la brisa en las calles) en la que el abastecimiento de agua era imprescindible, de ahí la construcción de fosos subterráneos. Los vecinos debían acatar severas normas para cumplir las leyes municipales, entre ellas no ampliar las fachadas ya que las calles de por sí ya eran muy estrechas, contar con un pozo en los patios de las casas y una costumbre que se ha mantenido hasta nuestros días: la de instalar la imagen de un santo en las esquinas de los edificios.

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Una de las grandes ventajas de La Valletta, aparte de lo pequeña que es (un kilómetro de ancho y 600 metros de largo, lo que te permite recorrerla en una mañana), es que la mayor parte de su territorio es peatonal, por lo que es una delicia pasear sin estar pendiente de coches y pasos de cebra. Tras atravesar por la Puerta de la Ciudad las robustas murallas que, junto a los fosos de casi 20 metros, protegían a la ciudad y que fueron construídas por más de 8.000 hombres, llegamos a la Plaza de la Libertad (Freedom Square) y lo primero que nos encontramos es el Parlamento (hasta el año 1976 los parlamentarios se reunían en el Palacio del Gran Maestre).

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El Parlamento se ha construido junto a las ruinas del antiguo Royal Opera House, que databa de 1866 y fue destruido por los bombardeos aéreos en la Segunda Guerra Mundial, en una de las pérdidas arquitectónicas más tristes de la historia de Malta. Sin embargo, los malteses han querido conservar las ruinas del antiguo teatro de la ópera y lo han reconvertido en un teatro al aire libre, cuyo nombre es ahora Pjazza Teatru Rjal. Por cierto, si quieres hacerte una idea de cómo era el teatro, en el Teatro Manoel se expone una maqueta del edificio original. A la izquierda del teatro se ubica el Palacio Ferreria (la antigua armería de los Caballeros de Malta), hoy sede del Ministerio de Política Social.

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Republic Street, que antiguamente se conocía como Strada San Giorgio o Kingsway (Camino Real) en la época de los ingleses, con su medio kilómetro de largo es la calle más importante de La Valletta. Repleta de tiendas y restaurantes, en sus aledaños se encuentran algunos de los rincones más interesantes de la ciudad. Destacan la Casa Rocca Piccola, un palacio del siglo XVI que ofrece visitas guiadas por sus más de 50 habitaciones con mobiliario de época y el Auberge de Provence, donde se encuentra el Museo de Arqueología y en el que se exponen varias piezas encontradas en los yacimientos de Malta, algunas con una antigüedad de más de 5.000 años. Los albergues (o auberges) eran residencia de los caballeros de la orden y cada uno de ellos estaba dedicado a cada una de las ocho lenguas oficiales de la Orden de Malta. Uno de los más importantes es el Auberge de Castille, donde se alojaban los Caballeros de Castilla, León y Portugal. Por cierto, muy cerquita tienes un rincón muy curioso: la esquina de St. Ursula Street, donde cuenta la leyenda que dos oficiales británicos acompañaron a su casa a una doncella que no quería pasear sola. Pero al despedirla, olvidaron su pitillera y al ir a buscarla a la mañana siguiente, se encontraron con una casa vieja y abandonada.

La Republic Street está siempre llenísima de gente: sólo hay que echar un ojo a la fotografía.

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Es recomendable también que recorráis la calle paralela a la Republic, la Strait Street (los malteses la conocen como The Gut), ya que antiguamente fue refugio de militares británicos y americanos, que venían aquí a ahogar sus penas y mitigar la añoranza de su hogar entre botellas de licor. En una época como la que vivimos, en la que por desgracia los prejuicios hacia otras razas y etnias están a la orden del día, Strait Street representa la multiculturalidad en estado puro, un bello recuerdo de cuando aquí convivían felizmente ingleses, italianos y malteses, la calle donde se amontonaban los clubs de jazz y los prostíbulos, el barrio rebelde que se enfrentaba a la mentalidad beata de aquella época.

La Plaza de San Jorge, la más amplia e importante de La Valletta (se la conoce en maltés como Misrah il-Palazz) es un precioso espacio al aire libre, presidido por fuentes que ayudan a atenuar los calores de la isla. Nosotros, pese a ir en Semana Santa, estuvimos buena parte de los días en manga corta.

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Una de las ceremonias que se pueden presenciar en la plaza es el cambio de guardia (que, inexplicablemente, estuvo suspendido hace un año durante nueve meses). Entre las 09:30 y las 16:30 los guardias realizan dicho cambio una vez cada media hora.

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El Palacio del Gran Maestre (Il-Palazz tal-Granmastru), que es el que precisamente custodian esos dos centinelas de la Guardia Principal Maltesa, actualmente es la sede de la Presidencia de la República y en su fachada se pueden admirar placas conmemorativas de los momentos más importantes de la historia del país.

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El Palacio del Gran Maestre es el palacio más importante de Malta. Se construyó en 1569 y su acceso se realiza por dos patios, el de Neptuno (cuya estatua de bronce del dios del mar antiguamente se encontraba en el mercado de pescado del puerto) y el del Príncipe Alfredo, con su bellísima Torre del Reloj, que se puede divisar desde muchos puntos de La Valletta.

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El palacio, además de acoger el despacho del primer ministro y diversos actos oficiales, sirvió durante más de tres siglos como residencia oficial del Gran Maestre de los Caballeros de San Juan. Entre sus distintas dependencias se encuentran el Comedor de Estado, el Salón del Embajador o la Cámara del Consejo, aunque la joya de la corona es la Armería, donde se exponen más de 5.000 objetos referentes a las armas bélicas, entre ellos una armadura de más de 50 kilos de peso. Hay que recordar que cuando llegaron aquí Napoleón y sus tropas francesas, había más de 25.000 piezas pero los galos se llevaron todo lo que pudieron, realizando un expolio cultural vergonzoso. Dentro del palacio se pueden admirar retratos de diversos monarcas, grandes maestres y príncipes europeos y tapices antiquísimos. El Palacio abre todos los días de 10:00 a 16:00 y se pueden visitar la mayor parte de los salones si en dicho momento no hay recepciones oficiales.

La Biblioteca Nacional de Malta, fundada hace casi cinco siglos (aunque no se abrió al público hasta 1812), es uno de los edificios más bonitos de la capital y en su fachada luce orgullosa el busto de Dun Karm Psaila, el poeta creador del himno nacional. La Biblioteca fue creada para salvaguardar los casi 10.000 volúmenes de la Orden de Malta, considerada una de las colecciones más importantes del mundo a nivel histórico y cultural. Nosotros aprovechamos para comer en las terracitas de la plaza de la Biblioteca: no tengáis miedo por los precios, pese a que sea un lugar muy turístico, el menú fue estupendo y abundante y no pagamos más de 15 euros por persona. De la gastronomía maltesa hablaremos un poquito más adelante.

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Las gallarijas, que es como se conoce en el idioma local a los curiosos balcones de madera de las casas maltesas, son hermosísimas. Aunque no se sabe exactamente cuál es su procedencia (unos dicen que acaso árabe, para que las mujeres pudieran ver sin ser vistas, otros apuntan que pudo ponerlos de moda la Corte de Aragón), lo cierto es que es una de las estampas más características de la isla. Te los encontrarás por toda Malta pero, en mi opinión, los más bonitos se encuentran precisamente aquí, en La Valletta.

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Uno de los lugares más encantadores de La Valletta son los Upper Barrakka Gardens (Il-Barrakka ta’ Fuq, también conocidos como El Belvedere de Italia), desde cuyo mirador se obtienen unas preciosas vistas de la ciudad. Además, aquí se realiza a diario la Saluting Battery, donde cada día, a las 12 de la mañana, se emite un cañonazo a modo de saludo. Pero no menos bonitos son los Lower Barrakka Gardens, sus jardines hermanos, un remanso de paz dentro de la bulliciosa Valletta. Además de, como veis en la fotografía, ofrecer unas impresionantes vistas del puerto, cuenta con monumentos importantísimos, como la escultura dedicada a Alexander Bell, el almirante inglés al que tanta estima tenían los malteses y que fue el primer gobernador de Malta.

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Justo enfrente tenemos el Memorial del Sitio de Malta, aunque este se refiere al que sufrió la ciudad en la Segunda Guerra Mundial, cuando más de 7.000 civiles perdieron la vida (el otro Gran Sitio de Malta, el más famoso, es el que os comentamos anteriormente que acaeció en 1565 frente a las tropas turcas). Como podéis ver, aquí se encuentra también la gigantesca escultura en homenaje al Soldado Desconocido.

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En una ciudad en la que en pleno verano fácilmente se pueden alcanzar los cuarenta grados, las fuentes son una parte más del paisaje urbano. Son auténticas obras de arte.

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El Teatro Manoel no sólo es el más importante de Malta sino también el tercero en Europa en antigüedad que aún permanece en activo. Se abrió al público en el año 1732. Hay tours guiados todos los días por la mañana: cuestan cuatro euros y permiten acceder al pequeño museo del teatro.

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Preciosa imagen del Bastión de San Gregorio

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Dejando a un lado la cantidad de iglesias que se acumulan en La Valletta, destacando entre ellas la de Saint Paul, la de Santiago, la de Santa Catalina de Italia,la de San Domenico o la de Nuestra Señora de Damasco, la visita a La Valletta ha de complementarse con un recorrido por las Tres Ciudades: Vittoriosa, Cospicua y Senglea. Estas se encuentran al sur de La Valletta y su industria portuaria y naval las han convertido en el motor económico de la capital (de hecho, acogen el Museo Marítimo). La que más atractivos históricos ofrece es Vittoriosa, con un pequeño casco antiguo de orígen medieval en el que destacan la Iglesia de la Anunciación y el Palacio del Inquisidor, donde se conservan las antiguas prisiones. Otro de sus puntos fuertes es el Fuerte de Saint Angelo (hoy en día practicamente abandonado). Durante la Segunda Guerra Mundial, fue alcanzado en sesenta y nueve ocasiones por las bombas. En cuanto a Senglea, lo más remarcable son los jardines Safe Haven y en Cospicua la Iglesia de la Inmaculada Concepción.

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Aunque en un principio parezca que La Valletta es bastante pequeña (que lo es) lo cierto es que tiene tantísimos rincones para visitar que al final se nos fue el día entero. Suma a ello que casi todos son cuestas y escaleras, así que cuando llegamos esa noche al apartamento no nos podíamos ni mover, sobre todo teniendo en cuenta que al volar tan temprano, nos habíamos levantado a las cuatro de la mañana. No obstante, de camino de vuelta a Sliema, paramos en el paseo marítimo en una agencia local para comenzar a organizarnos el siguiente día, ya que queríamos ir a Gozo y Comino, las dos ilas cercanas. Se puede hacer en ferry y montar en el barco tu propio coche pero como nosotros, ya lo he comentado, no alquilamos vehículo, vimos que nos venía mejor contratar una excursión completa ya que esta también incluía el transporte dentro de Gozo. De precio bastante bien, 35 euros por persona por el día entero.

A la mañana siguiente, nos dirigimos al muelle de los ferries de Sliema (que es desde donde salen también los que cruzan a La Valletta), ya que nuestro ferry zarpaba a las diez de la mañana. El trayecto dura aproximadamente hora y media y no está de más que echéis una chaqueta si queréis salir a cubierta para hacer fotos. Por cierto, en el ferry había barra libre de cerveza, vino y refrescos.

En mi opinión, venir a Malta y no aprovechar para visitar Gozo y Comino es una pena. Aunque Comino es muy pequeñita y está practicamente desierta (hay un chiringuito donde venden helados y poco más), ofrece unos paisajes bien bonitos. Y pese a que Gozo es bastante más pequeña que Malta y muchísimo menos poblada, también merece la pena una visita. Además, aquí sí que se pueden disfrutar de zonas verdes y curiosos cultivos en terrazas (que instauraron los árabes), amén de poblaciones mucho más tranquilas que, eso sí, viven volcadas con el turismo que diariamente les visita desde Malta. La mayoría de los pequeños pueblos que aquí existen se ubican en colinas, ya que de este modo les era más fácil defenderse de las escaramuzas de los piratas que llegaban en el pasado a estas tierras.

Victoria (que anteriormente se llamaba Rabat, como otra de las ciudades maltesas que visitamos al día siguiente) es la capital de Gozo: aquí viven 6.000 de los 30.000 habitantes que posee la isla. Aunque es una ciudad muy pequeñita, nada más pisarla sorprende gratamente la magnitud de su ciudadela, conocida como Gran Castelo. Se cree que en este área de la isla ya existían asentamientos desde la época del Neolítico y la primera vez que fue fortificada fue en la Edad de Bronce. La ciudadela actual data del siglo XV: la parte norte fue construida por la Corte de Aragón y la parte sur por los Caballeros de San Juan, después de que los turcos invadieran la ciudad en 1551.

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Dentro del casco antiguo se encuentra la Catedral de Gozo (que,no sabemos por qué, cuando fuimos estaba cerrada, sólo pudimos verla desde fuera). Los callejones aledaños son encantadores: debemos remarcar que la ciudad, al igual que La Valletta, fue diseñada por Francesco Laparelli. En el centro histórico también se encuentran el Palacio del Obispo, los Museos Arqueológicos, el de Historia Natural y el del Folclore. A las afueras de la ciudadela tenemos la plaza it-Tokk, llena de terracitas y donde se celebra el mercado local.

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Otro de los lugares imprescindibles de Gozo, en la Bahía de Dwejra, es la Ventana Azul, Azure Window o it-Tieqa, que es como lo conocen los malteses. Este impresionante fenómeno natural, que la erosión del viento y el agua han convertido en un arco de roca gigantesco, sirvió de escenario de la boda de la khaleesi Daenerys Targaryen con Khal Drogo en la serie “Juego de Tronos” (somos muy fans de los libros de “Canción de Hielo y Fuego”, así que para nosotros era una visita indispensable). (***** Actualización: El 8 de Marzo de 2017 un fuerte temporal hizo derrumbarse la Ventana Azul, desapareciendo así uno de los grandes símbolos de Malta ¡nos sentimos afortunados por haberlo logrado conocer!)

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Desde Gozo nos fuimos hasta Comino en el ferry, donde aprovecharíamos para continuar estirando un poco las piernas. Y es que teníamos muchas ganas de conocer por fin la Blue Lagoon, la Laguna Azul, sobre todo teniendo en cuenta que el tiempo se había aliado con nosotros, nos estaba luciendo un sol estupendo y que al no haber llegado aún el verano, no habría tantísima gente como en los meses estivales. El color esmeralda de las aguas es real como la vida misma: probablemente el paisaje más bonito de toda Malta.

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Antes de irnos al tercer día del viaje, vamos a hacer un alto para el tema gastronómico. En general Malta nos pareció un lugar bastante más barato que España a la hora de comer: si decidías sentarte en un restaurante, era raro que la comida saliera por más de 20 euros por cabeza. El plato estrella es el conejo, que preparan de mil y una maneras (aunque la más común es aderezado con vino) pero también es muy típico el pulpo (les sale buenísimo) y, sobre todo, la pasta maltesa, clara influencia de sus vecinos italianos. En ese sentido, me gustaría recomendaros en Sliema el restaurante italiano Viva Nappoli: pese a tener dos plantas grandísimas, la primera noche no pudimos cenar de la gente que había. Cuando conseguimos mesa la noche siguiente, entendimos el motivo: las pizzas caseras al horno de leña eran totalmente espectaculares.

En otro restaurante que cenamos una de las noches, el Bocconcino (la comida estaba riquísima pero nos tardaron en servir hora y cuarto) no perdimos la oportunidad de atrevernos con los aperitivos malteses: deliciosas aceitunas, el gbeniet (exquisito queso de cabra, los malteses son muy queseros) y la bigilla, que es la versión maltesa del hummus pero elaborada con alubias. Y otro apunte: a los malteses les encanta el dulce y el chocolate. Aparte de pastelerías a porrillo, hay un montón de puestos callejeros donde te venden cientos de dulces de todos los tamaños y sabores y también los típicos pastizzi, bollitos de hojaldre rellenos de pasta de guisantes.

A los malteses les vuelve locos el conejo, que ellos conocen como fenek (en Malta salir con los amigos a cenar conejo es algo muy común y se le conoce como fenkata). Nosotros hasta probamos los raviolis rellenos de conejo…¡una exquisitez!

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Kinnie es el refresco más famoso del país, se sienten orgullosísimos de él, como los argentinos del mate. Los malteses lo beben a todas horas.

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El tercer día en Malta íbamos a dedicarlos a Mdina y Rabat, dos ciudades unidas en el interior del país. Sobre todo nos interesaba Mdina, considerada una de las ciudades medievales más bonitas y mejor conservadas de Europa. Conocida como “la ciudad del silencio” y antigua capital de Malta, que no os engañen sus escasas dimensiones (poco más de dos kilómetros cuadrados) ni su minúscula población (300 habitantes): es asombrosa.

Hay un autobús que lleva directamente a Mdina desde Sliema. Pero después de estar esperándole ¡como no! pasó de largo y decidimos regatear con un taxista para acercarnos hasta allí (en ese tema, el del regateo, las costumbres árabes se mantienen más vivas que nunca entre los malteses). Según llegábamos con el coche, nos maravillábamos de lo impresionante que se muestra la bellísima Mdina en la lejanía, situada en lo alto de una montaña. Los fenicios, que ya habitaban estas tierras 700 años antes de Cristo, se dieron cuenta de que esta colina sería el lugar perfecto para fundar una ciudad, Malat, que significa “lugar protegido”, y que los romanos renombraron como Melita, vocablo del que según diversas teorías derivaría el nombre de Malta.

Cuando los sarracenos llegaron a la ciudad en el 870, decidieron separar Mdina (que es como la llamaron) de Rabat, que era el antiguo cementerio romano y pasó a convertirse en un suburbio (he ahí otra herencia árabe, ya que Rabat es como se llama también la capital de Marruecos). La importancia de la ciudad en la historia de Malta ya era palpable ya que se supone que aquí residió el gobernador Plubio, reconvertido al cristianismo y primer obispo de Malta.

Cuando llegó a Mdina el conde Roger, del que ya os hablé al principio de este artículo, lo primero que hizo fue imponer un sistema feudal en el que quedara claro quien estaba arriba y quien abajo. De este modo, Mdina pasó a convertirse en la urbe donde aspiraba a residir todo aristócrata que se preciase, siendo la familia Inguanez la más importante de la nobleza de Malta y los que ostentaban el título de Capitano della Verga, que era como se conocía a los que controlaban la asamblea gubernamental y se ocupaban de recolectar tributos y de las relaciones sociales con el virrey de Sicilia, que pertenecía a la Corte de Aragón. Durante años fue codiciada por árabes y cristianos: la leyenda cuenta que el apóstol San Pablo la salvó de la invasión de los sarracenos de Túnez blandiendo una espada de fuego en lo alto de las murallas. Ya sabéis, los cristianos y sus milagros.

A lo largo de los siglos, sobre todo con la llegada de la Orden de Malta (quienes como hemos recalcado antes establecieron su sede en La Valletta), los nobles continuaron eligiendo a Mdina como lugar de residencia. En cualquier caso, la importancia de la ciudad era tal que cada vez que era elegido un nuevo Gran Maestre, este era “coronado” a las puertas de Medina, donde se le hacía entrega de las llaves de la ciudad. Pero con el paso del tiempo, sobre todo a raíz del crecimiento de La Valletta (a principios del siglo XVII La Valletta tenía 11.000 habitantes frente a los 500 de Mdina), la ciudad fue poco a poco perdiendo sus privilegios, hasta el punto de que el Gran Maestre Lascaris estuvo a punto de destruir las murallas y dejarla indefensa ante el avance de los turcos. Lo impidieron las valerosas mujeres de Mdina, quienes se enfrentaron a las tropas de los caballeros, y desde entonces llamar “lascaris” a alguien en Malta significa insultarlo de la manera más ultrajante posible, calificándolo de despreciable.

Después de haber sobrevivido a duras penas al terremoto de 1693, que obligó a la reconstrucción de muchos edificios de la ciudad, entre ellos la catedral, de la que sólo sobrevivió el ábside, los habitantes de Mdina se enfrentaron a la llegada de los franceses, quienes venían con la intención de saquear las iglesias y se encontraron con una población dispuesta a matar o morir. Y eso hicieron, lanzar al capitán Mason por un balcón, provocándole la muerte, y acabar con los soldados franceses que se refugiaron en la ciudadela. Los mdinenses eran pocos pero los tenían muy bien puestos.

A día de hoy, Mdina es un reducto histórico de lo que supuso en el pasado pero su belleza se mantiene intacta. Esta de aquí abajo es la mencionada Puerta Principal de la ciudad, donde comentábamos que antaño se nombraba al Gran Maestre.

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El grosor de las murallas de Mdina es de varios metros. Una vez las hayas cruzado, lo primero que te encontrarás es la Torre del Estandarte (ahora reconvertida en cuartel desde la policía), donde antiguamente se prendían hogueras para alertar de la presencia de enemigos. Un poco más adelante nos topamos con las capillas de Santa Bárbara, San Pedro, el monasterio de San Benedetto (donde las monjas sólo atienden a mujeres, el único hombre al que se le permite la entrada es al médico) y el Palacio de los Inguanez, una de las residencias más antiguas de la ciudad (data del siglo XIV): en su interior viven los barones descendientes de esta familia de nobles.

Catedral de San Pablo, con sus campanarios gemelos y sus campanas venecianas

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En la misma plaza de la catedral se halla el Palacio del Obispo y el Palacio Gourgion

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La calle más importante de Mdina es Villegaignon, donde se encuentra la casa del notario Becinna, desde cuyo balcón lanzaron al militar francés que os comentábamos antes. Una de las curiosidades de las casas en Malta (y especialmente en Mdina) son sus elaborados llamadores en las puertas, a cual más original. Por cierto, como curiosidad comentaros que en maltés “calle” se escribe “triq”.

Las calles de Mdina, como veis en las fotografías, han permanecido inalterables pese al paso de los siglos

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Las ciudades de Mdina y Rabat se encuentran separadas por los cuidados Jardines de Howard, junto a los que se encuentra el Museo de Antigüedades Romanas, donde se exhiben mosaicos bastante bien conservados. Un poco más adelante se halla la iglesia de San Pablo, con su gruta y sus catacumbas, que acogen, en un mausoleo gigante, más de 1.400 tumbas. En la misma calle también se encuentra otra cripta, la de Santa Agata. Aunque Rabat no tiene tanto para ver como Mdina, sí merece un paseo. Nosotros aprovechamos para comer en uno de los mejores restaurantes de la ciudad (sacamos la recomendación de la Lonely Planet), el Grotto Tavern. No es barato, unos 30 euros por cabeza, pero está en un local precioso y la comida es estupenda.

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Como el domingo no nos salía el avión hasta las 20,30, decidimos acercarnos al aeropuerto para dejar las maletas en consigna (5 euros) e irnos a pasar el día al sur de Malta, a la bahía de Marxaslokk, al pueblecito del mismo nombre (Marsaxlokk viene del áraba, marsa=puerto y xlokk=siroco). Esta es la villa de pescadores más grande de toda Malta y lo ideal es visitarla el domingo, que es cuando se celebra el mercado del pescado y se instala un mercadillo callejero larguísimo que no tardas menos de un par de horas en recorrer.

Lo más característico del pueblo de Marxaslokk son las curiosas luzzu, típicas embarcaciones maltesas de vivos colores que suelen llevar en la proa un ojo de Osiris, amuleto de orígen fenicio y muy popular en el mundo árabe que ahuyenta a los malos espíritus y da buena suerte a los pescadores. Dar un paseo por el puerto en una de estas encantadoras barquitas cuesta sólo 4 euros. Y un último apunte: ya que estás aquí, no pierdas la ocasión de quedarte a comer pescado local en alguno de los muchos restaurantes que se alinean en el paseo marítimo. Hay que esperar bastante para coger mesa ya que no sólo hay turistas sino también locales: a los malteses les encanta venir aquí a gastar el día (y, aunque parezca increíble, “se visten de domingo” y lucen sus mejores galas, las maltesas son expertas en andar por esas calles empedradas con taconazos de 15 centímetros). Nuestra recomendación es el restaurante Ta Frenc il-Koy: se le conoce popularmente como “Las Tres Hermanas” y por unos 20 euros por persona, te pones hasta arriba de pescado local: imprescindible probar el lampuki, una de las delicias maltesas.

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