IRLANDA – Dublin (Viaje II)

Aunque en este mismo blog ya teníamos hecha una entrada, con un montón de información y consejos, acerca de nuestro viaje a Dublín en 2009, como este le realizamos hace siete años, he pensado que sería buena idea volver a hacer un recorrido por las calles irlandesas, sobre todo teniendo en cuenta que en los viajes los destinos se disfrutan de diferente forma cuando la ciudad en cuestión ya lo has visitado anteriormente. Es lo bueno de regresar a un lugar por segunda vez: ya no andas con esas prisas de que te vas a dejar monumentos sin visitar y saboreas todo con mucha más calma, dándole al viaje una perspectiva totalmente diferente. No obstante, para los que estéis preparando una escapada a la capital de Irlanda, os recomiendo que complementéis esta entrada de blog con la otra que hicimos de nuestro viaje anterior, para que tengáis completa toda la información.

Como ya comenté previamente en el anterior viaje, las dimensiones bastante pequeñas de Dublín y  el hecho de que la mayor parte de los atractivos turísticos se encuentren concentrados en el centro, la convierten en un destino ideal para un fin de semana largo. Y no, no vayáis con el miedo de que os vais a quedar cortos. Puedes ir prácticamente a todos los lugares más importantes andando. Nosotros esta vez nos fuimos el viernes y volvimos el domingo. Mi marido y la pareja de amigos con la que viajábamos no conocían Dublín asi que me encantó poder ejercer para ellos de guía improvisada. Si la ciudad me enamoró la primera vez que estuve, os aseguro que en esta ocasión he regresado a Madrid mucho más encandilada si cabe. Qué maravilla de ciudad.

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Volvíamos a viajar con Ryanair. Que ya sabeis que no es precisamente nuestra aerolínea favorita pero como era la que mejor precio (80 euros ida y vuelta) y horarios ofrecía y además el vuelo es muy cortito, poco más de dos horas, esta era la mejor opción. Desde el aeropuerto tienes varios autobuses que te acercan al centro pero nosotros, al ir cuatro, preferimos esta vez coger un taxi ya que incluso nos salía más barato (22 euros). Por cierto, si en otros lugares del mundo los taxistas dejan bastante que desear, intentándote timar a las primeras de cambio, en Dublín son todo lo contrario, amabilísimos y parlanchines, uno de ellos incluso nos estuvo contando que había llegado a conocer a Phil Lynott en persona antes de que muriera. Phil, vocalista de Thin Lizzy, es el gran héroe de la ciudad: de nuestro amado personaje charlaremos más adelante.

En mi otro viaje me había alojado en el hostal Jacob’s Inn pero esta vez no tenían habitaciones libres por lo que hicimos la reserva en la segunda opción que teníamos, el Isaac’s Inn (parece que aquí se lleva lo de poner a los hostales nombres bíblicos). Después de la experiencia de quedarnos allí, la conclusión es que sólo cuenta con dos ventajas: está bastante céntrico, a unos 20 minutos andando del Temple Bar, y es barato (59 euros la habitación doble con desayuno). La verdad es que me sorprendió bastante comprobar como de unos años a esta parte el precio del alojamiento en Dublín se ha disparado: no se llega a las barbaridades de Londres pero si quieres una habitación bien situada y con baño privado, prepara de 90 euros para arriba por noche. Pero volviendo al Isaac’s, opción totalmente desaconsejable, especialmente si lo comparo con el Jacob’s, que en su momento me encantó. En esta ocasión nos encontramos con unas habitaciones tan austeras que parecían de un convento de clausura (dos camas, una cómoda y poco más, encima la calefacción estaba tan alta que te achicharrabas), el baño era exterior (lo que en general no me importa si está limpio, que no era el caso, y poquísimas duchas para tantos clientes), el agua caliente brillaba por su ausencia, el desayuno era propio de cualquier campo de concentración (aparte el show que era entrar en la cocina y encontrarte a un tío en calzoncillos como Pedro por su casa), el wifi no llegaba a las habitaciones, sólo a las salas comunes, y lo peor el resto de clientela, veinteañeros que van a Dublín el fin de semana a ponerse tibios de cerveza y que se pasan la noche gritando y corriendo por los pasillos (la solución que te da el personal que trabaja allí es que compres unos tapones para los oídos que ellos mismos te venden en recepción). Vamos, que un desastre todo. Menos mal que, como siempre, al final pisábamos el hostal para dormir y poco más. Pero insisto en mi recomendación de antes: si enganchas habitaciones libres en el Jacob’s Inn, el hostal en el que estuve en mi primer viaje… cógelas.

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Las puertas de colores de Dublín son una de las señas identificativas de la capital irlandesa. La leyenda cuenta que su orígen se encuentra en el gusto de los irlandeses por empinar el codo: al parecer, un hombre llegó a casa a altas horas de la madrugada con una cogorza considerable y se encontró a su mujer en la cama con otro hombre. En mitad de un ataque de ira, los asesinó a ambos; al despertar, se dió cuenta de que se había equivocado de casa y había apuñalado a sus vecinos. El resto de habitantes del barrio pensó que pintando las puertas de colores diferentes ya no habría equivocación posible en situaciones futuras similares.

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Habrá quien piense que qué temerarios viajar a Dublín en pleno mes de Enero. Nos hizo un frío tremendo, es verdad, de ese que te deja la cara como si te hubieran metido un par de inyecciones de botox. Pero sólo nos chispeó un ratín el domingo por la mañana y el sábado no cayó ni una gota, lo que en Irlanda, desde luego, no es lo habitual, por lo que nos sentimos afortunados de al final no usar apenas los paraguas. Tampoco os creais que a los dublineses les tira para atrás lo del clima maléfico, están más que acostumbrados: los fines de semana las calles se encuentran a rebosar, tanto de locales como de turistas. Y españoles a punta pala, se oía casi más hablar en castellano que en inglés.

Nos vamos en primer lugar al edificio más prestigioso de la ciudad y probablemente el más bonito: el Trinity College o lo que es lo mismo, la universidad más antigua de toda Irlanda (tiene más 400 años de antigüedad). Sólo su campus tiene una extensión de casi 200.000 metros cuadrados, puedes tirarte una mañana entera paseando por sus cuidadísimos jardines. Sin embargo, si hay algo por lo que el Trinity es famoso en el mundo entero, es por su vieja biblioteca, con sus tres millones de volúmenes, y, sobre todo, por el Libro de Kells, escrito por unos monjes en el año 800 y considerado el documento más importante de la literatura medieval irlandesa. La entrada cuesta 9 euros (para la gente con minusvalía es gratuita, lo cual me parece un detallazo). Un lugar absolutamente increíble.

Así de espectacular es por dentro el Trinity College

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En los jardines del Trinity se pueden encontrar esculturas tan curiosas como esta…

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El Temple Bar, el barrio que ha dado fama a Dublín en el mundo entero (os recordamos que fue el pub el que tomó el nombre del vecindario,no al contrario), sigue siendo el rincón de Dublín con más bullicio, tanto de noche como de día. Sus calles empedradas, sus coquetos bares y su trasiego de visitantes continúan haciendo de él un lugar único. Sólo hubo una cosa que eché en falta: los músicos callejeros de los que disfruté en mi primer viaje y que llenaban cualquier rincón del Temple de embriagadores melodías. Al parecer, como hizo en su día la inútil de Ana Botella en Madrid, el ayuntamiento actualmente está poniendo mil y una trabas para que los músicos nos permitan disfrutar de su arte, cargándose de ese modo la esencia más pura de Dublín: la música. Ahora, si quieres disfrutar de ella, debes entrar a los bares a tomarte una pinta. Algo totalmente inexplicable en una ciudad que a lo largo de la historia ha tenido a la música como uno de sus mayores orgullos y que, además, la ha explotado como uno de sus principales atractivos turísticos.

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Ya que hablamos del tema melómano, uno de los lugares más entrañables del Temple, aunque esté algo escondido (puedes encontrarlo cerca de Meeting House Square) es la esquina dedicada a Rory Gallagher, donde se halla una placa conmemorativa y una réplica de su famosa Fender Stratocaster. Junto a Phil Lynott, a nivel de rock Rory ha sido el músico más genial que haya salido jamás de tierras irlandesas. Y uno de los que más se enorgullece Dublín, aunque él no naciera allí sino en Ballyshannon, un pequeño pueblo del norte de Irlanda. Pese a que Rory murió con sólo 47 años, debido a problemas derivados de su adicción al alcohol, la gran lacra irlandesa, nos ha dejado como herencia una discografía espectacular por la que no pasan los años: sus discos permanecen imperturbables, curiosa fusión del rock setentero más transgresor y las influencias irish que siempre estuvieron presentes en cada uno de sus trabajos.

La Rory Gallagher Corner

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El otro gran héroe dublinés (no es para menos) es Phil Lynott, quien también nos dejó demasiado pronto, con sólo 36 años, parece que tanto él como Rory hicieron honor a ese dicho de “vive rápido y muere joven”. Pese a ello, su carrera con Thin Lizzy fue de lo más fructífera (14 albums y tres discos en solitario). Su ex banda continúa girando a menudo por Europa:yo he podido disfrutarles en vivo no menos de una decena de veces y sigue poniendo los pelos de punta escuchar en directo los temas que Phil compuso y que, al igual que los de Gallagher, eran un profundo homenaje a la música tradicional irlandesa. Por ello, es inevitable que siempre que vayas a Dublín, aproveches para fotografiarte con la estatua que se levantó en su honor en el Temple, frente al bar Bruxelles, mi favorito de la ciudad. Como curiosidad, comentarte que este homenaje es por partida doble ya que también hay una estatua suya en el Museo de Cera. E incluso si tienes tiempo y eres muy fan de Thin Lizzy, puedes acercarte hasta Sutton, donde se encuentra su tumba en el St. Fintan’s Cemetery y donde se halla su casa natal, que su madre, Philomena, ha convertido en una exposición permanente de la obra del artista y que muestra ella misma a todos los visitantes.

Estatua de Phil Lynott

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Grafton Street, la calle donde a los dublineses les encanta venir a comprar, especialmente los fines de semana, continua siendo la arteria más viva de la ciudad, plagada de tiendas, restaurantes y bares donde tomar una buena cerveza. Lo cierto es que han abierto un montón de locales chulísimos desde la última vez que estuve: irremediablemente, pasearás varias veces por aquí y sus aledaños a lo largo de tu estancia. Además, muy cerquita se halla la estatua de Molly Malone (sí, la misma que ha dado el nombre a la franquicia de pubs), ese personaje que pese a no ser real (la leyenda cuenta que era una prostituta vendedora de mejillones) es uno de los más amados por los dublineses.

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Los tours por la ciudad son de lo más originales: te permiten visitar la ciudad a bordo de un vehículo de la Segunda Guerra Mundial.

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Pese a que Guinness sea la cerveza irlandesa más popular (a mí,no obstante,me parece una del montón en comparación con otras cervezas del país), mi recomendación es que no os quedéis en lo típico y aprovechéis de la cultura cervecera en Irlanda para atreveros con otras artesanales bastante mejores. La carta de los pubs suele ofrecer muy buenas opciones, desde Franciscan Well a Kinsale, O’Haras, Kilkenny o Beamish, por no hablar de sus deliciosas sidras, que para mí son de las mejores de Europa. Ello no excluye, sin embargo, que te acerques a la fábrica de Guinness porque es un clásico de la ciudad (y no, no exagero, se incluye hasta en los trayectos de los buses turísticos). La entrada es cara (16 euros) y en mi opinión no merece mucho la pena si antes, por ejemplo, has visitado abadías belgas pero llama la atención llegar a la puerta y encontrarte con un montón de japoneses haciéndose fotos. Que la fábrica de Guinness sea uno de los principales reclamos de Dublín ya dice bastante de lo mucho que sus ciudadanos adoran al lúpulo, manjar de dioses. Por cierto, si también eres amante del whisky (no es mi caso) puedes acercarte a la destilería Jameson en la Bow Street. La entrada cuesta 14 euros.

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En tus paseos por el centro, puedes pasar a visitar también la cárcel de Kilmainham y el castillo de Dublín (podéis mirar toda la información en mi viaje anterior). O deambular por alguno de sus mercadillos cerrados donde podrás encontrar joyería celta muy original y a buen precio. Lo cierto es que Dublín es una ciudad para patearla de arriba a abajo, especialmente sus parques, que los jardineros mantienen con mimo y están limpísimos. Y ya que mencionamos estos, os animo a que os acerqueis al Merrion Square Park (es una de las cinco plazas georgianas de Dublín). Aquí se encuentra el emotivo memorial que la ciudad ha dedicado a uno de sus escritores más célebres, Oscar Wilde. No sólo podrás fotografiarte con la bonita y original estatua de Wilde que se le levantó en el parque sino también acercarte hasta el número uno de Merrion Square, que es donde se halla su casa natal y donde vivió 23 años, desde 1855 a 1878. Es el perfecto ejemplo de arquitectura georgiana (también hay una casa georgiana abierta al público en el 29 de Lower Fitzwilliam Street, se la conoce como la Casa Número 29) y permite hacerse a la idea de cómo fueron los primeros años de un escritor que también falleció jovencísimo, con sólo 46 años, que vivió una existencia llena de tormentos (pese a que estuvo casado e incluso compartió novia con Bram Stoker, el creador de “Drácula”, Wilde era homosexual y por dicho motivo fue encarcelado y sufrió la tiranía de la sociedad retrógrada de su época) y que acabó muriendo en París en la más infame de las indigencias. Triste e inmerecido final para uno de los genios más brillantes que nos ha dado la literatura. Yo descubrí su obra de muy niña, cuando mis padres me regalaron el cuento de “El príncipe feliz” (probablemente mi cuento favorito de la infancia) y ya de más mayor, me sumergí sin remedio en otras novelas suyas como “El retrato de Dorian Gray”, posiblemente su libro más popular, “El fantasma de Canterville”, “Un marido ideal”, “Salomé” o “La importancia de llamarse Ernesto”, tantas veces llevada a los teatros de medio mundo. Su obra, al igual de la que hablábamos antes de Lynott o Gallagher, es un bien cultural imperecedero.

Monumento a Oscar Wilde

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El otro gran escritor dublinés es James Joyce, coetáneo también de Wilde (aunque por poco tiempo). De este modo, dirigimos nuestros pasos a O’Connell Street, la otra gran calle dublinesa, donde se encuentra su escultura (que, curiosamente, muchos dublineses conocen como “the prick with the stick- el gilipollas con el palo). Pese a este apodo ligeramente despectivo, Joyce es considerado el más importante escritor irlandés: hay muchas rutas literarias que recorren sus pasos por la ciudad y hasta existey un centro dedicado a su obra en la calle North Great George (abre a diario excepto los domingos, si quieres visitarlo). Yo debo reconocer que hace años comencé a leerme “Ulises”, la que está considerada su obra cumbre, y tuve que dejarla a la mitad porque me resultaba espesísima; al parecer no soy la única, son muchos los irlandeses que reconocen que pese a que Joyce sea uno de los grandes orgullos irlandeses, es complicado atreverse con sus libros.En plena O’Connell tenemos también el monumento que más sobresale en el horizonte dublinés, The Spire, la aguja de 120 metros levantada en el año 2003.

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Los irlandeses son profundamente religiosos (no obstante, ello les ha llevado a sangrientas luchas entre católicos y protestantes) y Dublín, pese a lo chiquitita que es, está plagada de iglesias mires a donde mires. La más importante es la Catedral de San Patricio (dedicada al patrón de Irlanda), con unos bellísimos jardines en su entrada, pero también son recomendables la de Christ Curch (en su sótano se halla una cripta del siglo XII), la de San Michan, también con momias en sus plantas subterráneas, la de Santa Ana, la de San Audoen o la de Santa Teresa, estas tres últimas con entrada gratuita. También podéis acercaros a visitar la exposición permanente de Dublinia en Christchurch Place, donde se hace un repaso de la historia de la ciudad.

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