“Malditos viajes”: la cara oculta de viajar por el mundo

Debo reconocerlo: vaya hartón de carcajadas que me ha proporcionado este libro de Enric Balasch. Quizás sea porque, como él, soy una amante acérrima del humor negro y me ha encantado el sentido irónico que impregna toda su narración. Y es que ante este tipo de inconvenientes viajeros que Balasch nos relata, nada mejor que una dosis extra de paciencia y buen humor: hay cosas que, lamentablemente, es difícil cambiar cuando se encuentran tan profundamente arraigadas en la mentalidad popular. Por lo tanto, la solución perfecta ante tal cúmulo de despropósitos es sentarse… ¡y disfrutar del espectáculo!

Hace unos meses escribí un artículo acerca de por qué no nos gustaba Fitur y lo poco que nos atraía esta visión comercial e impersonal que constantemente imponen a sus clientes las agencias de viajes. Y este libro, “¡Malditos viajes!”, me ha traído varias veces a la cabeza dicho artículo. En realidad, no es que vaya a realizar una reseña a fondo de esta novela sino que me ha servido como excusa e inspiración para relatar yo también las anécdotas que todos hemos vivido alguna vez y que, nunca mejor dicho, servirían para escribir un libro.

Nos encanta viajar, es nuestra principal pasión en la vida. Salir tan a menudo de viaje nos supone muchos sacrificios económicos a lo largo del año que, sin embargo, hacemos con gusto por una buena causa y nos reporta tal cantidad de satisfacciones que la mayor parte de las veces nos cuesta enumerarlas. Sin embargo ¿significa esto que viajar sea siempre idílico? Obviamente, no. Como todo en esta vida, cualquier asunto que se precie cuenta con sus pros y sus contras. Para nosotros viajar cuenta con tantas ventajas que casi siempre se nos olvidan los inconvenientes, intentamos quitarles importancia y disfrutar de todo lo bueno que acarrea echarse la mochila al hombro. Pero que intentes ignorar las desventajas no significa que estas no existan. Y eso es lo que ha hecho Enric Balasch, recopilar todas esas cosas que no nos gustan cuando viajamos y reirse de ellas, que es lo más sano.

El autor inicia el relato de la mejor manera: realizando una comparativa entre cómo se viajaba antaño y cómo viajamos ahora, En mi caso, han pasado más de 25 años desde la primera vez que cogí un avión y sí, efectivamente las cosas han cambiado mucho, en algunos casos para bien y en otros para mal. En aquel entonces, ir a un aeropuerto era privilegio de sólo unos pocos: un viaje entre Madrid y Mallorca podía suponer 50.000 pesetas de las de entonces, lo que implicaba estar ahorrando todo un año para gastarlo en un vuelo de apenas una hora de duración. Buena culpa de estos precios desorbitados la tenía el monopolio existente de las aerolíneas para viajar a algunos destinos: en muchos casos ni siquiera había un vuelo diario a ciertas ciudades (cuando ahora muchas compañías realizan el trayecto entre la ciudad A y la ciudad B varias veces al día). ¿Billete electrónico? Eso eran inventos de películas de ciencia-ficción. Nos entregaban en papel nuestro boleto aéreo y a guardarlo como oro en paño en casa hasta el día en que todo ilusionados cogiéramos nuestra maleta. Las azafatas, un empleo que por aquel entonces era el sueño de todas las niñas, eran la amabilidad personificada: hoy en día tienes que presenciar espectáculos dantescos donde azafatas sin apenas preparación y mucho menos modales se permiten echar la bronca a los pasajeros de muy malas maneras, hablándoles como si sufrieran algún tipo de discapacidad intelectual, para acto seguido pasearse por el pasillo del avión ofreciéndote revistas del corazón tipo Cuore, relatándote las vacaciones en Marbella de Paquirrín, y casi obligándote a comprar alguno de los boletos de las rifas que se realizan a bordo: muchas veces te parece estar dentro de aquella mítica película de Mariano Ozores, “Los bingueros”. Compañías como Ryanair han intentado llevar tan a rajatabla lo de los recortes en los gastos que muchas veces estos también parecen recortar en buena educación. Se siente una muchas veces como en la escuela, esperando la regañina de la maestra si protestas porque tu asiento está roto. Vamos, que parezca que los que te hagan el favor sean ellos por gastarte el dinero en sus billetes aéreos.

Obviamente, no todas las azafatas de las compañías low cost son unas rancias, no generalicemos, también hemos vivido gratas experiencias con muchas de ellas y alabamos el empeño que ponen en su trabajo. Comprendemos también que la actitud de ciertos pasajeros acaba con la paciencia de cualquiera: el que haya trabajado alguna vez de cara al público (y aunque afortunadamente ya no,yo lo he hecho) sabe que hay que tener nervios de acero para no mandar a ciertas personas al barrio más escondido de Tegucigalpa. Llegamos entonces a otro de los grandes problemas con que nos encontramos cuando pisamos un aeropuerto: los propios pasajeros. Con esta novedad de que los billetes de avión salgan por 20 euros, volar por Europa es algo accesible para casi cualquiera. Lo que es una ventaja, claro que sí. Pero también por ello nos damos con sujetos que no han volado en la vida y que creen que meterse en un avión es lo más parecido a cuando en el colegio te llevaban de excursión a Aranjuez, canciones escolares incluídas. Aunque tengan su asiento asignado, se plantan en la cola de la puerta de embarque hora y media antes: me recuerdan a muchos que en Nochevieja se acodaban en la barra desde primera hora y pedían tres cubatas de golpe, no se fuera a acabar la barra libre. Cuando llega la hora de entrar, todo son carreras y empujones…¡que el avión no se va a ir sin tí,hombre! Aunque me temo que ese ansia por ser el primero responde sobre todo al deseo de coger libre el compartimento superior de tu asiento para guardar el bolso de viaje. Gracias a Enric, he descubierto que si el tuyo se encuentra ocupado, tienes derecho a pedir a la azafata que te lo vacíen: yo era lo que había pensado siempre pero como estos agonías,que no sólo monopolizan los compartimentos con maletas sino también con abrigos, ordenadores portátiles, tablets y bolsas con botellas de ginebra, se encargan de ocupar tu compartimento ya que con el suyo no les es suficiente (abrigos y demás enseres han de llevarse en el asiento pero parece que nadie lo cumple), estaba acostumbrada a que mi bolsa de viaje tuviera que ubicarse treinta filas más para atrás. Pues ya lo sé para el próximo vuelo.

>Que los aeropuertos no son lo que eran es algo que, resignadamente, también asumimos. Ahora los duty free en realidad sirven para poco: si comparas los precios de los artículos con las tiendas de fuera, casi siempre es similar e incluso a veces en el aeropuerto es aún mayor. Con la excusa de la seguridad, que parece que andamos todos un poco paranoicos con el tema (dos horas que tardamos en pasar el control de Chicago), ahora en muchos aeropuertos te obligan a hacerte un escáner de cuerpo completo (aunque no te desvistas,te sacan la “radiografía” desnudo), te inspeccionan hasta el esófago, te pasan por las palmas de las manos unos papelitos que denuncian si hay restos de explosivos y, por último, la medida más chorra de todas: no permitir que entres al embarque recipientes con más de 100 centilitros de líquido (que digo yo que si metes diez botecitos de 90, ya casi tienes un litro entero). Todo esto a sabiendas que la mayor parte de los atentados se han llevado a cabo con la complicidad de trabajadores de los aeropuertos y los artefactos se han colado por lugares que poco tienen que ver con los controles de entrada de pasajeros. Entonces ¿para qué tanta histeria? Y sobre todo ¿de qué sirven estos controles rutinarios si los mismos no se llevan a cabo en autobuses o vagones de metro, que muchas veces tienen más capacidad que algunos aviones?

Si el fenómeno low cost ha llegado a los aeropuertos, existía desde mucho antes en el sector hostelero. Contrariamente a lo que mucha gente cree (o al menos esa es mi opinión tras toda una vida viajando) ser mochilero no ha de implicar dormir siempre en tugurios de mala muerte, compartiendo habitación con desconocidos a los que les huelen los pies. Al menos yo nunca he tenido necesidad de compartir habitación con nadie que no conociera por ahorrarme cuatro duros sino que, a cambio, he buscado alojamientos económicos con dos necesidades básicas (limpieza y agua caliente), pese a que las habitaciones fueran totalmente espartanas, dato que afecta poco si en realidad sólo vas a ducharte y dormir, que es lo que hago casi siempre. Además, en lugares con un nivel de vida bastante más bajo que en Europa, vease el caso de Asia, África o Sudamérica, perfectamente se pueden encontrar habitaciones privadas por unos 20 euros la noche: si por ahorrarte cuatro o cinco euros (que luego te gastas en comprar cualquier souvenir o tomarte una cerveza) prefieres dormir con gente que no conoces… tú mismo.

>Los hábitos de los turistas pueden llegar a ser a veces de lo más cargantes. Entre ellos, uno de los más cansinos es ese que parece obligarles a llevarte a su casa y mostrarte, una por una, todas y cada una de las fotos del viaje, generalmente hiper-retocadas por Photoshop, así hasta llegar a las 2.500, que hay que ver la capacidad de almacenaje que tienen las cámaras digitales de ahora. Fotografían todo lo que se les cruce por delante, desde una papelera a una taza de café, sus propios pies en el horizonte (este parece haberse convertido en un clásico de las vacaciones) o a un señor cruzando un semáforo. Que al buen hombre no le conocen de nada pero como el señor en cuestión es romano en vez de oriundo de Villaconejos, le da un puntito exótico y se merece estar en el álbum. Huye de estos pesados como de la peste: generalmente no te aportan ningún conocimiento cultural relevante.

Llegamos ahora al mal entendido “turismo de aventura”. Ahora que está tan de moda lo del running, el spinning, el trekking y cualquier actividad que acabe en -ing (a fin de cuentas es el gerundio anglosajón, vamos, que el mismo deporte sería eating, drinking y fucking), hacerte fotos en el gimnasio y colgarte un aparatito que controla la de kilómetros que corres, llegamos al más difícil todavía: el turismo para aprendices de Indiana Jones. Lo que ahora llamamos rafting es lo que hacían (y siguen haciendo en muchos países) los leñadores para transportar sus troncos por las fieras aguas de los ríos; acampar en el desierto tiene poco de “aventura” si lo haces en una jaima con cocinero propio y retrete portátil. ¿Significa esto que debamos privarnos de estas actividades si realmente nos apetece hacerlas? Por supuesto que no. Lo equivocado es creerse Lawrence de Arabia cuando visitas Petra en un grupo organizado de cincuenta personas. Como bien explica Enric en el libro, para ciertas personas subirse en un avión ya supone de por sí una aventura similar a una expedición por el Antártico: no dudan por ello en disfrazarse de exploradores de los años 20, con sus botas de media caña, su brújula y sus chalecos con cinco mil bolsillos (curiosamente, casi todos vacíos). No suben un machete al avión porque no les dejan, no por falta de ganas. Y en cuanto llegan al país de destino en cuestión, lo primero que hacen es acercarse al bazar más próximo para vestirse como los locales, lease disfrazarse de keniata o camboyano, porque debe resultarles motivo de vergüenza usar sus ropas occidentales en países “exóticos”: lo mismo se creen que un rubio de dos metros con una chilaba pasa de lo más desapercibido en cualquier kasbah de Marruecos, sobre todo cuando llevas colgada al cuello una cámara fotográfica de nueve kilos de peso.

Enric relata en otro de los pasajes del libro una anécdota bastante graciosa acerca de un viaje organizado en el Amazonas en el que el guía local, día tras día, hacía a los excursionistas la misma broma para que “sintieran el riesgo en sus carnes”: hacerles creer que se habían perdido en mitad de la selva. Más espontaneidad, imposible. Este tipo de espectáculos preparados son los que denigran aún más a las agencias de viajes. Cuando te pierdes de verdad, como me ha ocurrido a mí en Tailandia, en un paraje selvático sin cobertura en el móvil, con media botella de agua, rodeada por el sonido de los rugidos de un montón de animales, acribillada por los mosquitos y a punto de anochecer, creedme: la experiencia es cualquier cosa menos placentera y no tiene nada de emocionante. Sin embargo, las agencias se emperran en vender este tipo de viajes como el no va más de la temeridad; en mi opinión, estas “aventuras ficticias” poco mérito tienen si hay un señor detrás cubriéndote las espaldas. Luego están los descerebrados que creen que la “aventura” es tirarse borracho desde el balcón de un hotel de Ibiza, lo que comunmente se conoce como balconing: como veis, otra modalidad más de estos deportes-gerundio. El problema no es que se mate él, que así hay más sitio para aparcar, sino que le caiga encima a un pobre transeunte que no tiene la culpa de este tipo de turismo de majaderos.

Nos vamos ahora al “turismo de guerra”: aunque a muchos nos parezca increíble, hay gente a la que el dinero le sale por las orejas y no ve mayor excentricidad que la de contratar un viaje (generalmente carísimo, de cerca de diez mil euros) para ir a “vivir el riesgo” a una zona de conflicto bélico, ya sea Ucrania, Somalia o Afganistán. Partiendo de la base de que la acción en sí ya es una locura y que los occidentales son peritas en dulce para los secuestradores locales (España ha gastado más de 9 millones de euros en liberar secuestrados y eso sale de las arcas del Estado,no de empresas particulares), este tipo de “excursiones” suponen una falta de respeto brutal a las personas, cientos de miles, que han perdido la vida, en el peor de los casos, y sus hogares y sus trabajos, en los casos menos malos. Una guerra no es un juego, al contrario, es una realidad con miles de víctimas humanas, con niños huérfanos, mujeres violadas, campos de refugiados, ciudades destruidas y el miedo constante de que caiga un obús en una escuela, un hospital o en mitad de tu salón. Hacer de este tipo de tragedias un espectáculo turístico demuestra lo miserable que puede llegar a ser el ser humano, si es que de humano le queda algo.

Pero este no es el único “turismo para ineptos”. Ahora se ha puesto de moda también vivir penurias así porque sí, sin motivo alguno pero de manera no-gratuita (porque encima dichos “viajes al infierno” cuestan una pasta, el eslogan debe ser “¡sea masoca!¡pague usted por sufrir!”). Estamos hablando de esas “placenteras experiencias” que, por poner unos cuantos ejemplos, te ofrece la isla de Goli Otok (Croacia), donde pagas porque te traten como a un preso de la Segunda Guerra Mundial, picando piedra y comiendo mendrugos de pan: en realidad, esta es la versión light de las penalidades que sufrían aquellos prisioneros, que no sabían si al día siguiente serían ejecutados y recibían palizas contínuas. En Nonthaburi (Tailandia) van más allá todavía y te permiten compartir habitación con un preso (no sé qué pensarán de este tipo de turismo los extranjeros condenados a cadena perpetua en otras cárceles tailandesas por tráfico de drogas). Y ya en el colmo de la estupidez, una empresa en Hong Kong ofrece que te encarcelen de verdad: firmas un contrato previo, pasas con un artículo ilegal por la aduana (generalmente estupefacientes), te encarcelan, das el soborno de turno al policía y ay pobre de tí si este se niega a aceptarlo o pierdes el contrato de la agencia de viajes explicando este singular juego macabro porque te juegas pasar unos cuantos años a la sombra. Esto no es turismo extremo: es más bien turismo para imbéciles.

Hay otro capítulo del libro con el que me he reído muchísimo, el del turismo religioso, ahí tengo que reconocer que me ha podido mi condición atea, que no deja de extrañarse ante la ingenuidad de muchos beatos, que pagan auténticas barbaridades por reliquias de plástico (en Roma podréis ver en los kioskos estampitas, rosarios y hasta calendarios protagonizados por curas y monaguillos). En este sentido, ciudades como Jerusalén, Fátima, Lourdes e incluso varios pueblos del Camino de Santiago se llevan la palma sacándole los cuartos a los pobres piadosos. Hacer el Camino de Santiago porque pasa por algunas de las poblaciones más bonitas de España me parece una idea sensacional; hacer dicha ruta creyéndose que el apostol pasó hace dos milenios por estas tierras, cuando no hay ninguna prueba histórica que lo atestigüe, es de ser un iluso.

Tenemos ante nosotros otro tipo de turismo, el sexual, que dice ya bastante de la pobreza de la condición humana: de los 800 millones de viajes que se hacen al año por causas vacacionales, 160 millones (casi una cuarta parte) están motivados porque los viajeros que los llevan a cabo en su país de orígen follan menos que los Ropper. Triste pero cierto.He conocido casos de gente que alardeaba sin ningún tipo de pudor el haberse llevado a la cama a una menor en la República Dominicana a cambio de permitir a la adolescente subir a la habitación y darse un baño con sales y champú. Países como Cuba, Camboya, Brasil o Tailandia se han convertido en los destinos preferidos de los que quieren utilizar los servicios de prostitutas y prostitutos por muy poco dinero, sin importarles la situación de penuria que viven estos esclavos sexuales. Luego acallan sus conciencias apadrinando un niño en Guatemala por 20 euros al mes. En Tailandia me resultabA habitual encontrarme avisos en las habitaciones para que denuncies cualquier comportamiento sexual que implique a menores, los más perjudicados en estas redes: no mires hacia otro lado si ves a un jubilado inglés barrigón llevando a una niña de la mano.

Otro turismo que se ha puesto muy de moda en los últimos tiempos es el turismo rural, es decir, lo mismo que hacíamos en nuestra infancia cuando nuestros padres nos enviaban con los abuelos al pueblo y el mayor divertimento era entrar al corral a darle de comer a las vacas y ayudar al tío Nicasio a recoger olivas. Ojo, soy la primera que piensa que hay casas rurales encantadoras y donde nos hemos sentido impecablemente tratados. Pero también hay otras muchas que lejos de estar censadas como tales y mucho menos pagar impuestos, se aprovechan de esta locura colectiva por “volver al campo”, te cogen una casa herencia de los bisabuelos que está que se cae a cachos y perdida en cualquier aldea, se limitan a acondicionarla colgando de las paredes dos rastrillos y una hoz para que parezcan más “auténticas” (nada de poner calefacción o remodelar los baños) y a cobrarte un riñón por dejarte dormir en una “casa rural de pura cepa”. Vaya hocico que tienen algunos.

Y llegamos al último capítulo del libro pero no por ello el menos importante: el de los viajes organizados. La pesadilla más horrible de cualquier buen viajero. Eso de tener que ir hasta al baño con cuarenta personas, cada una de ellas con su palo-selfie correspondiente, que no conoces absolutamente de nada (muchas de ellas es la primera vez que salen de España y se pasan medio viaje quejándose de todo y el otro medio echando de menos las costumbres españolas y, por supuesto, comparándolas con el país que visitan), hacer caso a un guía que te dice donde comer (en el restaurante donde se lleva comisión), donde comprar  (en la tienda donde se lleva comisión) y donde tomarse una cerveza (generalmente se va tan apretado de tiempo que no suele quedar hueco para esta última actividad), en mi opinión es una de las peores experiencias que se le puede desear a un ser humano. Dentro de estos viajes organizados, también son altamente populares los que por un módico precio, te meten en un vuelo charter y te plantan en un resort todo incluído del que el turista de turno generalmente ni se molesta en salir: ¿para qué si aquí tengo buffet libre y barra libre de cocktails?¿A quién le importan los monumentos de ahí fuera, relacionarse con la población local, comer en un mercadillo? Aunque parezca increíble, hay gente que hace miles de kilómetros para encerrarse en un hotel y no salir ni a la puerta de la calle. Por supuesto, este tipo de turista es el que jamás se comprometerá socialmente con la realidad del país que visitan porque basicamente no la ven (y si la vieran, les daría igual porque volverían a España con su misma mentalidad retrógrada, hay mucha gente a la que viajar a otros lugares les sirve de bien poco, aparte de para enseñar a la vuelta el reportaje fotográfico a amigos y familares). Como diría Iker Jiménez, este tipo de turistas “están ahí fuera… y son muy inquietantes”.

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