“Billete al fin del mundo”: la historia del tren Transiberiano

Billete al fin del mundo Transiberiano

 

Llev­a­ba var­ios meses esperan­do la pub­li­cación de este nue­vo libro del británi­co Chris­t­ian Wol­mar pre­cisa­mente porque venía aval­a­do por las bue­nas críti­cas y por con­sid­erárse­le una de las obras cum­bres lit­er­arias en lo que al Tran­si­beri­ano se refiere. Un tren míti­co, casi de leyen­da, sobre el que se han escrito infinidad de libros y al que Wol­mar no sólo saca el doble de jugo por ser uno de los peri­odis­tas espe­cial­iza­dos en trans­porte fer­roviario mejor rep­uta­dos del mun­do sino por su condi­ción, además, de hijo de un ruso, cir­cun­stan­cia que le ha supuesto escuchar his­to­rias de este tren des­de que era niño.

Con el paso de los años, Chris­t­ian Wol­mar real­izó su propia trav­es­ía fer­roviaria jun­to a su mujer, para cono­cer por fin de primera mano aque­l­los paisajes que atraviesa ese leg­en­dario tren que yace en la imag­i­nación y sueños de cualquier buen via­jero. Yo mis­ma me incluyo entre ellos: mis primeras ref­er­en­cias las obtuve de muy niña, cuan­do echaron por tele­visión (en esa tele­visión que sólo con­sta­ba de dos canales) aque­l­la pelícu­la de ter­ror, con­ver­ti­da ya en clási­co y pro­tag­on­i­za­da por Christo­pher Lee, “Páni­co en el Tran­si­beri­ano”. Fue mi primera toma de con­tac­to con ese robus­to tren que en la soledad más abso­lu­ta sur­ca­ba las heladas tier­ras siberi­anas.

“Bil­lete al fin del mun­do” no es un libro-guía para preparar un via­je en el Tran­si­beri­ano. Si es eso lo que buscáis, os recomien­do entonces otro libro que leí hace poco, “Asia de ida y vuelta: bitá­co­ra del Tran­si­beri­ano, Mon­go­lia y la Ruta de la Seda”, donde José Luis Bauset, del fan­tás­ti­co blog Via­je­fi­los, os dará un mon­tón de con­se­jos prác­ti­cos acer­ca de lo que nece­si­tas para preparar un via­je de esta índole (y no es poco ya que la buro­c­ra­cia rusa sigue exigien­do un mon­tón de papeleos, visa­dos y reser­vas pre­vias de bil­letes por tramos; no obstante, es un via­je que, afor­tu­nada­mente, ha reduci­do mucho sus pre­cios durante los últi­mos años y se puede hac­er aprox­i­mada­mente por unos 1400–1600 euros si real­izas todos los trámites por tu cuen­ta y con los menos inter­me­di­ar­ios posi­bles).

Train

El pre­cio tam­bién depende de la clase que eli­jas: las más lujosas pueden supon­er un desem­bol­so final de entre 6.000 y 9.000 euros. Lo ide­al es no hac­er­lo todo de golpe sino reser­var los tick­ets por tramos para poder ir vis­i­tan­do las ciu­dades que vayas atrav­es­an­do. Se recomien­da preparar el via­je con tres o cua­tro meses de antelación: cada estación del año tiene su encan­to, ya que aunque el ver­a­no garan­ti­za mejores tem­per­at­uras, el invier­no te pro­por­cionará imá­genes idíli­cas de una Siberia com­ple­ta­mente cubier­ta de nieve (y, además, los bil­letes son más económi­cos). Aunque hay un mon­tón de paradas para ele­gir, las más recomend­ables son Irkut­sk (que te per­mi­tirá dis­fru­tar del lago  Baikal, el Ojo Azul de Siberia, que acoge un 20% del agua dulce del mun­do), Novosi­birsk (la ciu­dad más grande de Siberia y la ter­cera de Rusia), Omsk y Eka­ter­im­bur­go. Te recor­damos que es impre­scindible trami­tar con tiem­po los visa­dos, con su cor­re­spon­di­ente car­ta de invitación, lle­var seguro médi­co y, preferi­ble­mente, reser­var bil­letes de tren y hote­les con al menos dos meses de antelación. Y no olvides abaste­certe de comi­da y agua en cualquier super­me­r­ca­do de Moscú antes de subir al tren: pese a que en las paradas puedes com­prar ali­men­tos, algu­nas ciu­dades son muy pequeñas y puede que no encuen­tres lo que bus­cas.

Como comen­to, este libro es un recor­ri­do mucho más bohemio por la his­to­ria del Tran­si­beri­ano, la ruta de tren más larga del mun­do. Aunque con el pasar de los años han ido surgien­do nuevos ramales, como el Trans­mon­go­liano o el Trans­man­churi­ano que se desvían de la ruta prin­ci­pal para desem­bo­car en Pekín, el recor­ri­do más reseñable, lo que muchos cono­cen como el “autén­ti­co Tran­si­beri­ano”, con­tinúa sien­do esa ruta que nace en Moscú y muere en Vladi­vos­tok. Más de 9.000 kilómet­ros que se recor­ren durante una sem­ana y que atraviesan nada más y nada menos que siete husos horar­ios (por pon­er un ejem­p­lo y com­parar la exten­sión, Esta­dos Unidos tiene cua­tro). Hoy en día los vagones están mucho más mod­ern­iza­dos (algunos camarotes son lujosas suites en miniatu­ra) y lejos quedan ya aque­l­los tiem­pos en que el Tran­si­beri­ano daba sus primeros pasos a medi­a­dos del siglo XIX.

Transiberiano

Mien­tras país­es como Gran Bre­taña, Canadá o Esta­dos Unidos comen­z­a­ban a con­stru­ir líneas fer­roviarias de miles de kilómet­ros, los trenes en Rusia (un país por aquel entonces muy sub­de­sar­rol­la­do) eran prác­ti­ca­mente inex­is­tentes. Las prin­ci­pales vías de comu­ni­cación eran los ríos pero debido al frío, que los man­tenía hela­dos la may­or parte del año, el trá­fi­co flu­vial sólo era posi­ble cin­co meses al año y aún así, los bar­cos se las veían y desea­ban para nave­g­ar al encon­trarse con tém­panos de hielo (ice­bergs en miniatu­ra) y puentes en tan mal esta­do que cor­rían ries­go de der­rumbe.

La otra opción, el via­je por car­retera, no era mucho más cómo­da: los car­ru­a­jes, rudi­men­ta­r­ios has­ta el pun­to de que eran amplias canas­tas sin asien­tos donde los sufri­dos via­jeros debían via­jar de pie apiña­dos jun­to al equipa­je, ape­nas super­a­ban los 13 kilómet­ros por hora: a la trav­es­ía se le añadía el peli­gro de ser asalta­dos por ban­di­dos (gen­eral­mente pre­sos que escapa­ban de las pri­siones siberi­anas y que solían asesinar a las víc­ti­mas de los robos para no dejar tes­ti­gos) y las inclemen­cias cli­ma­tológ­i­cas, con tor­men­tas de nieve que podían durar var­ios días. Para dar­le más emo­ción al asun­to, las postas (casas de hués­pedes) eran escasas, carecían de habita­ciones (se debía dormir en el sue­lo), esta­ban infes­tadas de cucarachas y ratas y las duchas eran inex­is­tentes. En defin­i­ti­va: via­jar por Rusia hace dos sig­los era una autén­ti­ca odis­ea sólo reser­va­da a los más valientes.

La con­struc­ción del Tran­si­beri­ano, sin embar­go, no vino sólo condi­ciona­da por la necesi­dad de la gente para via­jar a Siberia sino tam­bién por otros motivos. Por un lado, había miles de pueb­los a los que era imposi­ble hac­er lle­gar ali­men­tos y pro­duc­tos de primera necesi­dad y cuan­do estos lle­ga­ban (si es que lle­ga­ban) ape­nas eran acce­si­bles para los campesinos debido al alto pre­cio que exigía la fal­ta de trans­porte. Por otro lado, eran muchas las famil­ias de la nobleza que poseían casas en el cam­po y se las veían y desea­ban para poder acced­er a ellas: atrav­es­ar Siberia podía supon­er un trayec­to que dura­ba casi un año. Pero la prin­ci­pal razón para que los zares de entonces se auto­con­vencier­an de la con­struc­ción del fer­ro­car­ril, pese a que el Esta­do no pudiera asumir al com­ple­to dicho gas­to y pre­tendiera per­suadir a inver­sores pri­va­dos (empre­sa en la que no tuvieron mucho éxi­to), fue la mil­i­tar, ya que las tropas (y con ellas las armas) podrían de este modo trasladarse con más facil­i­dad a las batal­las del momen­to.

Aunque sea triste recono­cer­lo, el moti­vo béli­co fue el que con­sigu­ió que Siberia final­mente dejara de estar ais­la­da del resto del mun­do. Y más triste aún es con­fir­mar que el grue­so prin­ci­pal de tra­ba­jadores que con­struyó el fer­ro­car­ril pre­de­ce­sor del Tran­si­beri­ano, el Niko­laiev que enlaz­a­ba Moscú y San Peters­bur­go, esta­ba con­stru­i­do por “sier­vos”, esclavos rusos a los que se paga­ba una mis­e­ria que, para más inri, se les iba en pagar manu­ten­ción y alo­jamien­to y que tra­ba­ja­ban des­de el amanecer has­ta la pues­ta de sol, domin­gos y fes­tivos inclu­i­dos (sólo para­ban los días de llu­via). Pero, al menos, se con­sigu­ió a cam­bio que lle­garan (aunque débiles) nuevos tiem­pos de lib­er­tad: en una Rusia dic­ta­to­r­i­al en la que se debía de pedir per­miso para via­jar entre una provin­cia y otra, para subir al Tran­si­beri­ano basta­ba con sólo enseñar el pas­aporte. Los campesinos gas­taron sus pocos ahor­ros en com­prar los primeros bil­letes de tren: la may­oría de ellos se veían oblig­a­dos a via­jar en los vagones de car­ga, pues era a lo úni­co que les per­mitía acced­er su salario, pero imag­inemos la cara de feli­ci­dad de aque­l­los pobres des­gra­ci­a­dos que jamás habían sali­do de la aldea en la que nacieron. Los trenes de primera clase eran otro can­tar: salones lujosa­mente dec­o­ra­dos, camarotes con sábanas de seda y vagones sep­a­ra­dos por sex­os.

Sin embar­go, la con­struc­ción del Tran­si­beri­ano se desar­rol­ló poco a poco y no estu­vo exen­ta de polémi­ca. Mien­tras unos la veían como una opor­tu­nidad para mod­ern­izar Siberia y de este modo aplacar las voces nacional­is­tas que exigían la inde­pen­den­cia de Rusia (los siberi­anos, con razón, se que­ja­ban de ser un ter­ri­to­rio aban­don­a­do que sólo servía para con­stru­ir gulags), otras voces clam­a­ban que los con­tribuyentes no podían hac­er frente a un proyec­to tan cos­toso que esta­ba vacian­do las arcas del Esta­do. Tuvo que lle­gar Ser­guéi Witte, Min­istro de Finan­zas y pos­te­ri­or­mente de Trans­portes, para pon­er orden: fue un vision­ario que vaticinó que la con­struc­ción del gran fer­ro­car­ril iría uni­da a la inevitable indus­tri­al­ización de Rusia y con ello el éxi­to económi­co. El zarévich Nicolás, hijo del zar Ale­jan­dro III, inau­gu­raría el tramo ori­en­tal en Vladi­vos­tok, una mísera urbe de calles embar­radas y chozas de adobe que iba encam­i­na­da a cam­biar su lúgubre des­ti­no. Además, comen­z­a­ban a impon­erse nor­mas como una máx­i­ma sep­a­ración entre esta­ciones de 33 kilómet­ros (para que los via­jeros no quedaran ais­la­dos en caso de avería) y una afinidad arqui­tec­tóni­ca entre dichas esta­ciones.

Aunque el Tran­si­beri­ano comen­zó sien­do un tren poco fiable, con loco­mo­toras medioc­res y traza­dos fer­roviar­ios imposi­bles que debían sortear ríos y mon­tañas (en 1901 hubo más de 500 acci­dentes con un resul­ta­do de más de 90 muer­tos y medio mil­lar de heri­dos, debido sobre todo a que los puentes de madera no soporta­ban el peso, las vías eran colo­cadas direc­ta­mente sobre el bar­ro y las pen­di­entes eran demasi­a­do incli­nadas), el tren comen­zó a ganar pop­u­lar­i­dad, espe­cial­mente entre las clases aco­modadas, atraí­das por la opu­len­cia de su primera clase. Con el paso de los años, sin embar­go, se con­vir­tió en un tren que era el sím­bo­lo más recono­ci­ble de la cul­tura rusa y la más boni­ta for­ma de cono­cer el país, acce­si­ble además a todos los bol­sil­los. Y es que como comenta­ba Eric New­by, autor de “The Big Red Train Ride”: “No existe via­je en el mun­do que pue­da com­parárse­le en cuan­to a dis­tan­cia. El Tran­si­beri­ano es el gran tren: todo lo demás es mis­e­ria”.


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2 Comments

  1. Lo voy a leer!! Me dieron muchas ganas de hac­er­lo. Salu­dos!

  2. Seguro que te va a encan­tar, ya nos con­tarás. Un abra­zo!

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