Viaje al norte de Portugal — Braga, Guimarães y Bragança

Guimaraes Portugal

Lle­ga­ban las vaca­ciones de Sem­ana San­ta y aquí andábamos, de nue­vo, bara­jan­do des­ti­nos. Como siem­pre, inten­tábamos huir de las pro­ce­siones en España pero al mis­mo tiem­po esta vez queríamos evi­tar coger aviones ante los rumores de una posi­ble huel­ga en los aerop­uer­tos (mejor pre­venir que curar, que ya sabéis que estas fechas sue­len ser com­pli­cadas). Fue entonces cuan­do nos acor­damos de un via­je que teníamos en mente hace bas­tante tiem­po, el del norte de Por­tu­gal. Nos encan­tan Opor­to y Lis­boa, de hecho en la cap­i­tal por­tugue­sa habíamos esta­do por ulti­ma vez la Sem­ana San­ta del pasa­do año, pero cada vez dis­fru­ta­mos más de ese Por­tu­gal pro­fun­do, de pequeñas ciu­dades, en el que se ven muchos menos tur­is­tas. Y eso que las noti­cias avis­a­ban que serían muchos los españoles que se acer­carían a tier­ras por­tugue­sas, inten­tan­do evi­tar los altísi­mos pre­cios de los hote­les en nue­stro país en estas fechas. Pero la may­oría debieron escoger Lis­boa, Opor­to o el Algarve porque nosotros bási­ca­mente lo que nos encon­tramos fue con unos cuan­tos gal­le­gos, a los que por cer­canía el norte de Por­tu­gal les coge a tiro de piedra.

Aunque temíamos encon­trarnos unos atas­cos bru­tales al salir de Madrid el miér­coles después de com­er, no nos podíamos creer nues­tra bue­na suerte: poco trá­fi­co a esas horas. Llen­amos has­ta arri­ba el depósi­to (es algo en lo que insis­ti­mos cada vez que os hablam­os de un via­je a Por­tu­gal, la gasoli­na está mucho más cara en nue­stro país veci­no) y de nue­vo en camino hacia tier­ras lusi­tanas. Que hay que ver lo que nos gus­tan.  Comen­taros tam­bién el tema de los pea­jes. Al pasar la fron­tera, debéis intro­ducir en el puesto cor­re­spon­di­ente la tar­je­ta de crédi­to, que inmedi­ata­mente se aso­cia a vues­tra matrícu­la y os irán descon­tan­do los pea­jes cor­re­spon­di­entes. Esto no os exime de si pasáis un pea­je con tick­et, lo cojáis y lo debáis pagar.

Podíamos haber hecho el via­je del tirón hacia Guimarães pero prefe­r­i­mos curarnos en salud y hac­er noche en Freine­da, una pequeña aldea pasa­da ya la fron­tera después de Ciu­dad Rodri­go. Es minús­cu­la, ape­nas 50 casas y una igle­sia, y cuan­do lleg­amos no vimos ni un alma por la calle. De hecho, habíamos reser­va­do en el estu­pen­do Pátio da Cae­tana y cuan­do lleg­amos esta­ba cer­ra­do: una nota avis­a­ba que nos aten­dería la veci­na de la casa de al lado (una seño­ra ama­bilísi­ma, por cier­to). Buenísi­ma elec­ción la que hici­mos: casa de pueblo con mucho encan­to y a pre­cio imbat­i­ble (36 euros la habitación doble). Incluía un desayuno casero riquísi­mo durante el cual coin­cidi­mos con una pare­ja de vas­cos que tam­bién iban a Por­tu­gal.

Guimarães

Nue­stro primer des­ti­no sería Guimarães. Una ciu­dad a la que se acer­ca bas­tante gente cuan­do visi­ta Opor­to ya que sólo las sep­a­ra hora y cuar­to de tren. Nosotros, sin embar­go, siem­pre habíamos desea­do dis­fru­tar­la con más cal­ma, no en una excur­sión de un día, por lo que habíamos preferi­do “guardar­la” para futur­os via­jes. E hici­mos muy requete­bién. Pese a que Guimarães no es muy grande, nue­stros cámaradas lusi­tanos se sien­ten muy orgul­losos de ella ya que se la con­sid­era la cuna de la nación (y de hecho, como podéis ver en la fotografía de aba­jo, su lema es “aquí nasceu Por­tu­gal” — “aquí nació Por­tu­gal”). Razón tam­poco les fal­ta a los lusos para ten­er­la tan­to car­iño y que aquí se desate su vena patrióti­ca ya que jus­ta­mente en Guimarães, a prin­ci­p­ios del siglo XII, se dieron los primeros pasos para la inde­pen­den­cia del país, tras la batal­la de São Mamede que llevó al trono al rey Alfon­so, el primer monar­ca que tuvo Por­tu­gal.

Guimaraes

Antes de comen­zar con  nues­tra visi­ta, os hablam­os del alo­jamien­to. Como llevábamos coche, no nos importa­ba que el hotel no estu­viera en pleno cen­tro si a cam­bio este con­ta­ba con una mejor relación cal­i­dad-pre­cio, por lo que reser­va­mos en el Hotel do Paco, en un pueblecito al lado de Guimãraes, Vila de Ponte. 88 euros las dos noches la habitación doble con desayuno: habitación grandísi­ma y mod­er­na en un entorno súper tran­qui­lo (tenéis un Lidl a dos min­u­tos en coche si nece­sitáis com­prar algo). En cuestión de pre­cios, como podéis com­pro­bar, Por­tu­gal está a años luz en com­para­ción con España en tem­po­ra­da alta.

Podemos comen­zar la visi­ta en Guimarães yén­donos al Monte Lati­to (el Monte Sagra­do), ya que allí se encuen­tran las dos con­struc­ciones más impor­tantes de la ciu­dad: todo el cen­tro históri­co es Pat­ri­mo­nio de la Humanidad de la UNESCO. Tan­to el Caste­lo como el Pala­cio de los Duques de Bra­gança pueden vis­i­tarse con una entra­da con­jun­ta que cues­ta 6 euros.

El Caste­lo de Guimarães fue man­da­do con­stru­ir en el siglo X (en un prin­ci­pio como monas­te­rio y no como castil­lo) por uno de los per­son­ajes más queri­dos del norte de Por­tu­gal, la con­de­sa Mumadona Dias, a quien hay inclu­so ded­i­ca­da una estat­ua frente al Pala­cio de Jus­ti­cia. Al quedarse viu­da del conde Hermenegildo, heredó múlti­ples ter­ri­to­rios en Vimaranes, que es como se llam­a­ba Guimarães entonces. Como la ciu­dad era con­stan­te­mente ata­ca­da por árabes y nor­man­dos, se decidió edi­ficar un monas­te­rio-for­t­aleza para pro­te­ger a la comu­nidad cris­tiana de los ene­mi­gos. Pos­te­ri­or­mente, en el siglo XII y ya for­ma­do el Con­da­do de Por­tu­calense, los duques Enrique y Tere­sa se encar­garon de ampli­ar­lo.

Guimaraes

Monar­cas suce­sivos con­tin­uaron las obras, real­izan­do el traza­do defin­i­ti­vo de las mural­las y reforzan­do los muros. Esto no impidió, no obstante, que con el paso de los sig­los el castil­lo quedara obso­le­to y fuera per­di­en­do su rel­e­van­cia mil­i­tar, pasan­do a ser primero sede de la Cade­na Munic­i­pal y más tarde, en el siglo XVII, vién­dose aún más degrada­do al con­ver­tirse en el pajar de la famil­ia real. El castil­lo de Guimarães iba arru­inán­dose poco a poco, per­di­en­do ele­men­tos como la Torre de San Ben­i­to. Afor­tu­nada­mente, a prin­ci­p­ios de 1937 se ini­ció su recu­peración como mon­u­men­to históri­co y hoy en día está abier­to al públi­co. Den­tro no que­da gran cosa pero se ha aprovecha­do su inte­ri­or para la exposi­ción que repasa la vida y obra de la monar­quía por­tugue­sa.

Nos gustó aún más el pre­ciosísi­mo Pala­cio de los Duques de Bra­gança, con esos aires a los grandes pala­cios de Cen­tro Europa. El edi­fi­cio se ha con­ser­va­do impeca­ble­mente y se con­sigue recrear la época medieval con actores dis­fraza­dos con tra­jes de época y mul­ti­tud de pueste­cil­los donde se venden dul­ces caseros ¡todo el pala­cio olía a canela! El pala­cio, que data del siglo XV, no puede fotografi­arse por den­tro usan­do flash pero merece mucho la pena la visi­ta porque las estancias son deslum­brantes: largas mesas donde se servían opí­paros ban­quetes, camas con dosel, porce­lana exquisi­ta, tapices de var­ios met­ros que cubren los muros y que recre­an batal­las como la de Assi­lah en Mar­rue­cos, colec­ciones de armas antiguas… Real­mente boni­to.

Palacio Duques Braganza Guimaraes

Palacio Duques Braganza Guimaraes

Entre el castil­lo y el pala­cio se encuen­tra la igle­sia de São Miguel do Caste­lo, un tem­p­lo románi­co donde recibió bautismo el rey Alfon­so. Tam­bién ten­emos al lado el Con­ven­to de San­to António dos Capu­chos, que acabó con­ver­tido en hos­pi­tal y hoy está abier­to al públi­co.

Aunque no lográbamos desem­barazarnos de la per­sis­tente llu­via que nos acom­pañó todo el via­je, fue una deli­cia pasear por el cen­tro históri­co de Guimarães, para mí uno de los más bel­los de todo Por­tu­gal. Calle­jones empe­dra­dos que te lle­van has­ta la Praça de São Tia­go, donde desta­can las boni­tas fachadas de las antiquísi­mas casas que la rodean.

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Se comu­ni­ca con la plaza Largo da Oliveira (que recibe su nom­bre por un oli­vo que se plan­tó jus­to aquí) por los sopor­tales de los Anti­gos Paços do Con­cel­ho, donde hoy se hal­la la Ofic­i­na de Tur­is­mo. En esta plaza se encuen­tra el mon­u­men­to más curioso de Guimarães, el Padrao do Sal­a­do, que con­mem­o­ra la vic­to­ria en la batal­la de Sal­a­do y gra­cias a la cual el rey Alfon­so IV pasó a cono­cerse como El Bra­vo. Cada 14 de Agos­to la ciu­dad entera cel­e­bra en torno al mon­u­men­to la hero­i­ci­dad de dicha ges­ta que tan­to condi­cionó la vida de la ciu­dad.

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Tam­bién aquí podemos vis­i­tar la igle­sia de Nos­sa Sen­ho­ra de Oliveira, Nues­tra Seño­ra del Oli­vo, la primera con­struc­ción góti­ca de la región del Min­ho, y en cuya cole­gia­ta estudió Pedro His­pano, que pasaría a con­ver­tirse en el papa Juan XXI. Otro de los edi­fi­cios rel­e­vantes de la plaza es el Pala­cio del Con­ce­jo. Ire­mos des­de aquí dan­do un paseo por la Rua San­ta María, una de las más antiguas de Guimarães y donde podremos admi­rar la Casa del Arco, el Con­ven­to de San­ta Clara, la Casa de los Peixo­tos y la Casa de los Val­adares. Cer­ca está el Museo Alber­to Sam­paio, crea­do en 1928 para acoger las colec­ciones artís­ti­cas de diver­sas igle­sias de Guimarães, con algu­nas de las mejores piezas de orfebr­ería de Por­tu­gal como el cál­iz del rey Don San­cho I, la ima­gen de San­ta María de Guimarães o las cruces pro­ce­sion­ales.

Las mural­las donde antes vimos lo de “aquí nasceu Por­tu­gal” antigua­mente lle­ga­ban a los dos kilómet­ros de lon­gi­tud, aunque sólo se con­ser­va el tramo que se ve al lle­gar al cen­tro de la ciu­dad y una de las ocho tor­res, la que se encuen­tra jun­to a la Puer­ta de la Vil­la. Des­de aquí podemos ir andan­do has­ta la grandísi­ma Plaza Largo do Tour­al, en la que está la igle­sia de San Pedro, donde una fuente con­mem­o­ra la fun­dación de Guimarães y en la que antigua­mente se hacía la feria de gana­do bovi­no. Seguimos por la pro­lon­gación de la Alame­da de São Damas­so, una boni­ta aveni­da en cuyas inmedia­ciones se encuen­tra la igle­sia de San Fran­cis­co, del siglo XV y con un claus­tro de dos pisos.

Guimaraes

Sede del PCP en Guimaraes, el Par­tido Comu­nista de Por­tu­gal. Pese a que aún mucho igno­rante siga aso­cian­do al bloque de la izquier­da a situa­ciones como la de la Rusia estal­in­ista o el de Corea del Norte, regímenes total­mente ajenos a la izquier­da euro­pea, quedán­dose en los clichés baratos y facilones de que si la izquier­da lle­ga al poder nos van a dar car­tillas de racionamien­to (cuan­do pre­cisa­mente en este país las may­ores penurias se han vivi­do, y se siguen vivien­do, con los gob­ier­nos de dere­chas), lo cier­to es que la situación políti­ca actu­al en Por­tu­gal es total­mente atípi­ca y tiene un mer­i­to abru­mador pero no veréis que se hable de ello en los tele­di­ar­ios y los per­iódi­cos porque a los medios de comu­ni­cación, comp­in­cha­dos con los gob­ier­nos neolib­erales, no les intere­sa que se sepa que hay alter­na­ti­vas a esos par­tidos de dere­chas que bus­can enrique­cerse a cos­ta del pueblo.

Des­de que el Blo­co de Esquer­da, el Par­tido Comu­nista y el Par­tido Ecol­o­gista Os Verdes unieron fuerzas jun­to a los social­is­tas para gob­ernar el país, se ha acor­da­do la subi­da grad­ual en cua­tro años de ¡un 25%! el suel­do mín­i­mo, se ha baja­do la tasa del paro a un 9,4% (el mejor dato en diez años), se han subido un 20% las pen­siones (aquí un 0,25%), los libros de tex­to son gratis, se han incre­men­ta­do las becas uni­ver­si­tarias (y se han baja­do las tasas), se han par­al­iza­do las pri­va­ti­za­ciones y el país ya crece a un rit­mo del 3% (es decir, todo lo con­trario a lo que sucede en España). Esta­mos ante lo que muchos diar­ios escan­di­navos han denom­i­na­do como “el mila­gro por­tugués”. Cuan­do se os acerque cualquier “cuñao” a deciros que si aquí gob­ier­na la izquier­da vamos a acabar como en Venezuela, pre­sen­ta­dle estos datos para que sus ton­terías se las vaya a con­tar a algún otro ilu­so que se las crea.

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La igle­sia más boni­ta de Guimarães (al menos a mí me pare­ció espec­tac­u­lar su entorno) es la de Nos­sa Sen­ho­ra da Con­so­laçao e San­tos Pas­sos, situ­a­da en la aveni­da Largo Repúbli­ca do Brasil. Cono­ci­da tam­bién como la igle­sia de San Gual­ter, patrón de la ciu­dad en cuyo hon­or se cel­e­bran las fies­tas gual­te­ri­anas a primeros de Agos­to y durante las cuales se ilu­mi­na de noche la igle­sia, sus tor­res geme­las pueden divis­arse des­de diver­sos pun­tos del cen­tro históri­co.

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Podemos acabar la visi­ta de la ciu­dad en el Pala­cio de Vila Flor, que albergó en el pasa­do depen­den­cias de la uni­ver­si­dad, una acad­e­mia de músi­ca o un taller de teatro: hoy se usa como recin­to de exposi­ciones.

Al lle­var el coche, pudi­mos dis­fru­tar de las impac­tantes vis­tas des­de el Monte de San­ta Cata­ri­na (cono­ci­do tam­bién como la Mon­tan­ha da Pen­ha); tam­bién se puede acced­er en tele­féri­co des­de el Par­que das Hor­tas, el pre­cio del trayec­to de ida y vuelta es de poco más de cua­tro euros. Aquí nos encon­tramos con el San­tu­ario da Pen­ha y un poco más ale­ja­do el Monas­te­rio de San­ta Mar­in­ha da Cos­ta (hoy recon­ver­tido en pou­sa­da por­tugue­sa); los alrede­dores son mag­ní­fi­cos, unos de los lugares favoritos de los guimaraens­es para venir de pic­nic el fin de sem­ana.

Braga

Nue­stro sigu­iente des­ti­no sería Bra­ga, la ter­cera ciu­dad más impor­tante de Por­tu­gal tras Lis­boa y Opor­to: pese a ello, no sobrepasa los 200.000 habi­tantes. Como unos ami­gos nue­stros esta­ban en A Guar­da (Pon­teve­dra), se acer­caron a ver­nos a Bra­ga y aprovechamos para com­er jun­tos: bacalao al douro y arroz marinero. Antes de acer­carnos a ver la ciu­dad, quedamos con ellos a las afueras, en Tenões, en el impre­sio­n­ante San­tu­ario de Bom Jesus do Monte, el más boni­to de todo el país.

Bra­ga está con­sid­er­a­do el cen­tro reli­gioso de Por­tu­gal y temíamos encon­trarnos las calles ati­bor­radas de pro­ce­siones pero lo cier­to es que tuvi­mos suerte y úni­ca­mente nos cruzamos en el san­tu­ario con un mon­tón de pere­gri­nos. Que vaya méri­to el suyo subir andan­do has­ta lo alto de la mon­taña (hay otros que uti­lizan el funic­u­lar, que fue el primero de la Penín­su­la Ibéri­ca). Lo curioso de que Bom Jesus ten­ga la mis­ma impor­tan­cia que Lour­des o Fáti­ma a niv­el reli­gioso es que su ima­gen no está aso­ci­a­da a ningún san­to o mila­gro.

Bom Jesus Braga portugal

Bom Jesus Braga portugal

Des­de aquí hay unas mar­avil­losas vis­tas de Bra­ga pero lo real­mente rel­e­vante son las ele­gantes escali­natas que ascien­den has­ta la igle­sia, con 600 escalones y que sal­van un desniv­el de más de 100 met­ros. Algunos pere­gri­nos, dese­an­do remem­o­rar el sufrim­ien­to de Cristo (hay gente para todo) suben las escali­natas de rodil­las. La escalera está divi­di­da en var­ios tramos, uno de ellos en hon­or al Via Cru­cis, otro a los Cin­co Sen­ti­dos y el ter­cero a las tres vir­tudes del catoli­cis­mo (fe, esper­an­za y cari­dad). No nos extraña que sea la igle­sia más fotografi­a­da del país: es espec­tac­u­lar.

Ya que estáis aquí arri­ba, podéis acer­caros tam­bién a vis­i­tar el San­tu­ario de Nues­tra Seño­ra de Sameiro, uno de los lugares del mun­do donde con más devo­ción se ven­era a la Vir­gen María. Si en mis muchos via­jes a Por­tu­gal me había queda­do sufi­cien­te­mente claro lo pro­fun­da­mente reli­giosos que son los por­tugue­ses (no he vis­to un lugar con más igle­sias por metro cuadra­do), en Bra­ga esa sen­sación se mul­ti­pli­ca por diez.

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Como en Guimarães, en Bra­ga tam­poco el tiem­po nos parecía acom­pañar pero ello no nos impidió, paraguas en mano, dar un paseo por la ciu­dad. En el cen­tro el aparcamien­to está algo com­pli­ca­do pero como los park­ings son baratos, unos 4 euros al día, dejamos allí el coche y a cam­i­nar. Empezamos el recor­ri­do por la Praça da Repúbli­ca, el corazón de Bra­ga, reple­ta de bares y cafeterías. En su cen­tro, la fuente de Vian­na (así se lla­ma tam­bién el café más antiguo de Bra­ga) y en una de sus esquinas, la igle­sia de los Con­gre­ga­dos. Puedes aprovechar para acer­carte aquí a la Ofic­i­na de Tur­is­mo, donde nos dieron un mapa de la ciu­dad.

Braga Portugal

Del antiguo castil­lo úni­ca­mente ha sobre­vivi­do la Torre de Menagem, con su escu­do de Don Fer­nan­do en la puer­ta de entra­da.

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La Cat­e­dral de Bra­ga, del siglo XI, es la más antigua de Por­tu­gal y se encuen­tra donde en el pasa­do se ubi­ca­ba una mezqui­ta árabe. Aquí se encuen­tran, en la Capela dos Reis, las tum­bas de Enrique y Tere­sa, los padres de Alfon­so, el primer rey de Por­tu­gal del que ya os hablam­os en nues­tra visi­ta a Guimarães. Com­bi­nan­do esti­los como el románi­co, el góti­co, el bar­ro­co y el manueli­no, es uno de los tem­p­los más curiosos del país. En su inte­ri­or se con­ser­va la Capela de São Ger­al­do, en cuyos azule­jos se recorre la vida del primer arzo­bis­po de Bra­ga, y la Capela da Glo­ria, donde está la tum­ba de Gonça­lo Pereira.

En los Jar­dines de San­ta Bár­bara se encuen­tra el pala­cio-for­t­aleza del arzo­bis­po, que fue restau­ra­do por el gob­ier­no por­tugués y hoy en día alber­ga la Bib­liote­ca. Y aunque Bra­ga cuen­ta con más de 50 igle­sias, os recomen­damos que no os vayáis sin vis­i­tar la igle­sia de la Mis­eri­cor­dia. A nosotros nos encan­tó, quizás por ese aire melancóli­co y funesto de las mural­las de piedra que la pro­te­gen.

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Entre otras igle­sias a ten­er en cuen­ta podemos incluir la igle­sia do Pópu­lo, la de San­ta Cruz, la Capela des Coim­bras y la de San Mar­cos, esta últi­ma anexa al hos­pi­tal del mis­mo nom­bre, donde se atendía en el pasa­do a pobres y pere­gri­nos.

Braga Portugal

Algu­nas de las calles más ani­madas de la ciu­dad son la Rua do Souto, pla­ga­da de tien­das de sou­venirs y comu­ni­ca­da con el Cam­po das Hor­tas por el seño­r­i­al Arco da Por­ta Nova, la para­lela Rua dos Capelis­tas y la larguísi­ma Aveni­da da Liber­dade, donde se con­cen­tran un mon­tón de tien­das de ropa y el Teatro Cir­co.

Bragança

Y de Bra­ga nos iríamos a Bra­gança, donde pasaríamos la últi­ma noche del via­je. En esta ocasión nos decanta­mos por el Hotel San­ta Apolo­nia , una bril­lante elec­ción. Un tres estrel­las acoge­dor al máx­i­mo, con aparcamien­to pri­va­do y un desayuno buf­fet fan­tás­ti­co ¡tenían has­ta tar­ta de zana­ho­ria! El pre­cio fue de 50 euros la habitación doble y no admitían tar­je­ta de crédi­to (al menos cuan­do estu­vi­mos nosotros). Como siem­pre que vamos a Por­tu­gal, hemos queda­do con­tentísi­mos con los alo­jamien­tos.

Braganza Portugal

Bra­gança, la cap­i­tal de la región de Tras-os-Montes y situ­a­da cer­ca de la fron­tera con Zamo­ra, lo que la con­vir­tió en un enclave deci­si­vo en épocas pasadas en las batal­las entre españoles y por­tugue­ses, es una ciu­dad pequeñi­ta pero con mucho encan­to. Car­ac­ter­i­za­da por esas emp­inadísi­mas calles que se diri­gen a la parte alta y rodea­da de bosques, la recomien­do de todas-todas en una ruta por el norte de Por­tu­gal. Para el que le guste el senderis­mo en ple­na nat­u­raleza, a sólo un paso cuen­ta con el Par­que de Mon­tesin­ho, donde aún sobre­viv­en colo­nias de lobos sal­va­jes entre cas­taños y pequeñas aldeas de piedra.

Vis­tas des­de el Miradouro da Cidadela a 700 met­ros de alti­tud

Braganza Portugal

Comen­zamos nues­tra ruta en el Castil­lo de Bra­gança, con­stru­i­do bajo orden del rey San­cho y en el que desta­ca la Torre del Hom­e­na­je, de más de 30 met­ros de altura: en su inte­ri­or se encuen­tra el Museo Mil­i­tar (entra­da 2 euros). Al lado se hal­la la Torre de la Prince­sa.

Braganza Portugal

El castil­lo está den­tro de la antigua ciu­dadela amu­ral­la­da, uno de los mejores ves­ti­gios medievales de Por­tu­gal, con pequeñas cal­lecitas en las que pro­lif­er­an las tien­das de vian­das de la región. Se accede a ella a través de la Por­ta da Vila, flan­quea­da por dos torre­ones. En el lado opuesto se entra­ba por la Por­ta do Sol.

Braganza Portugal

Aquí se encuen­tra tam­bién el Domus Munic­i­palis, el con­sis­to­rio más antiguo del país, jus­to al lado de la igle­sia de San­ta María do Caste­lo. Den­tro de la ciu­dadela ten­emos además el mon­u­men­to del Pelour­in­ho, del siglo XIII, en el que apare­cen las fig­uras de un hom­bre, un per­ro y un pájaro. Para los que gustéis de las fes­tivi­dades medievales, cada mes de Agos­to se cel­e­bra la Fes­ta da História, en la que se recre­an jus­tas medievales y se orga­ni­zan mar­ca­dos calle­jeros.

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Según bajamos de la ciu­dadela (podemos hac­er­lo por la Rua Ser­pa Pin­to y dis­fru­tar de esas fachadas tan típi­cas por­tugue­sas) nos encon­tramos con la igle­sia de São Ben­to, la igle­sia de São Vicente, donde se cree que se casaron en secre­to Pedro I e Inés de Cas­tro, y la Capela de Nos­sa Sen­ho­ra da Saúde, adosa­da a la mural­la. Entre las igle­sias de Bra­gança desta­ca la antigua cat­e­dral, la (la nue­va se encuen­tra a las afueras), que aún con­ser­va el claus­tro y frente a la que está el Cruzeiro, un obelis­co labra­do en piedra. En la plaza se encuen­tra una de las vivien­das más boni­tas de Bra­gança, el Solar dos Calaín­hos.

Braganza Portugal

Dimos un paseo por la Aveni­da João Cruz, un boule­vard ajar­di­na­do donde se encuen­tra el Mon­u­men­to a Abilio Beça. Enfrente del edi­fi­cio de Corre­os podéis ver la entrañable escul­tura que se erigió en hon­or de los carteros, Hom­e­nagem ao Carteiro. Des­de allí nos fuimos has­ta el  Restau­rante Pocas , uno de los mejores de la ciu­dad y que llevábamos ano­ta­do. Todo un acier­to: nos tocó esper­ar diez min­u­tos ya que esta­ba has­ta arri­ba de gente pero mere­ció la pena. En la zona de Tras-os-Montes son típi­cas las cas­tañas y queríamos pro­bar el guiso de jabalí con cas­tañas, así como la tar­ta de cas­tañas y cre­ma. ¡Riquísi­mos ambos!

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Otro de los lugares que llevábamos apun­ta­dos era Hops N’ Beer , una tien­da de cerveza arte­sanal escon­di­da en el cen­tro históri­co, prin­ci­pal­mente para lle­varnos cervezas de Dois Cor­vos, que habíamos proba­do en Lis­boa. Tenían un sur­tido espec­tac­u­lar, has­ta el pun­to de que nos lle­va­mos una caja entera de cervezas de difer­entes tipos y nos tocó acer­carnos a por el coche para no car­gar con ellas. El dueño, ama­bilísi­mo, nos atendió inmejorable­mente y has­ta tuvo el detal­la­zo, cuan­do le comen­ta­mos que nos gusta­ban mucho Moon­spell (la ban­da más impor­tante de rock por­tugués), de regalarnos el par de botel­las que habían saca­do con moti­vo del 20 aniver­sario de “Irre­li­gious” y que esta­ban descat­a­lo­gadas. El mejor sou­venir que podíamos traer­nos de tier­ras por­tugue­sas.


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