Hoteles-balneario ¡la vida es bella!

Una de mis pelícu­las favoritas, obra del genial Alan Park­er, creador de “El corazón del ángel” o “El expre­so de medi­anoche”, es “El bal­n­eario de Bat­tle Creek”. Esta diver­tidísi­ma come­dia, obra cum­bre del humor negro, es una excén­tri­ca par­o­dia (lle­va­da al extremo, eso sí) acer­ca de los tratamien­tos de salud en los bal­n­ear­ios. Y los motivos de la mofa no eran otros que la aso­ciación, has­ta hace no tan­tos años, de estos cen­tros de relax-salud con las clases altas: eran las úni­cas famil­ias que podían per­mi­tirse estos carísi­mos tratamien­tos.

Termas Pallares

En el caso del film, la ridi­culización se acen­túa aún más al mostrar unos pro­ced­imien­tos médi­cos demasi­a­do “par­tic­u­lares” y cuya base cien­tí­fi­ca era más que dudosa: el Dr. Kel­log (que, efec­ti­va­mente, fue un per­son­aje verídi­co ¿quién creéis que inven­tó los copos de maíz más famosos del mun­do?) tor­tura­ba a sus pacientes con unas téc­ni­cas inau­di­tas, tales como la irri­gación en los intesti­nos de litros y litros de agua.

Afor­tu­nada­mente, la real­i­dad de los hote­les-bal­n­ear­ios en los tiem­pos actuales es bien dis­tin­ta: económi­ca­mente son muy acce­si­bles, por lo que cualquiera puede per­mitírse­los, están más que com­pro­ba­dos los ben­efi­cios de los tratamien­tos (amén de los avances médi­cos obtenidos en el últi­mo siglo) y las insta­la­ciones se han mod­ern­iza­do, sin por ello perder el encan­to de antaño. Este es el caso del Hotel Bal­n­eario Ter­mas Pal­larés, en Alhama de Aragón, al que acud­i­mos cada pri­mav­era, del que os hablare­mos hoy y que nos ha servi­do como excusa per­fec­ta para hac­er este repor­ta­je acer­ca del tur­is­mo de bal­n­ear­ios.

Des­de hace miles de años, el ser humano ha sido ple­na­mente con­sciente de los ben­efi­cios que el agua podía regalar a nue­stro organ­is­mo. Bue­na prue­ba de ello son las saunas, que se nutren de vapor de agua, o el ham­man árabe(el nom­bre de “Alhama”, el pueblo donde estu­vi­mos, proviene pre­cisa­mente de “Al-Ham­mam”, los baños). Tam­bién uti­liz­a­ban la hidroter­apia los grie­gos, quienes asid­u­a­mente usa­ban los man­an­tiales, llen­a­ban tinas de agua fría y acom­paña­ban los tratamien­tos con dietas estric­tas y hier­bas cura­ti­vas. Pero si hubo una civ­i­lización que rindió un cul­to abso­lu­to al agua esta fue la romana y pre­cisa­mente ellos prop­i­cia­ron el orí­gen de la pal­abra spa (salutem per aquam).

En Roma, por pon­er un ejem­p­lo, en el siglo I había casi 200 casas de baño. Los romanos que se lo podían per­mi­tir tenían sus propias ter­mas en las vil­las de su propiedad pero sobre todo les gusta­ba pasar el tiem­po en las ter­mas públi­cas, las ther­mae. A ellas acud­ían tam­bién las clases más bajas, como los ple­be­yos y los esclavos (si el emper­ador de turno era gen­eroso ofrecía entra­da gra­tui­ta); las clases adin­er­adas las uti­liz­a­ban como cen­tro social y cel­e­bra­ban sus reuniones entre vapores, lle­gan­do a tomar aquí deci­siones políti­cas de suma impor­tan­cia: por dicho moti­vo, muchas pisci­nas tenían escalones, para per­mi­tir a la gente sen­tarse y con­ver­sar tran­quil­a­mente. Si en la actu­al­i­dad las reuniones de tra­ba­jo se lle­van a cabo en torno a una bue­na comi­da, en la antigüedad los senadores debatían los asun­tos guber­na­men­tales prác­ti­ca­mente desnudos.

Las ter­mas romanas, además, con­sti­tuyeron en su día algunos de los mejores ejem­p­los de arqui­tec­tura, con techos aboveda­dos y mosaicos dec­o­ran­do los muros; los dis­tin­tos emper­adores siem­pre intenta­ban super­ar al ante­ri­or en lo que a la grandiosi­dad de las ter­mas se refiere. Algu­nas, como la que con­struyó Dio­cle­ciano, podían acoger a más de 5.000 bañis­tas. Con­ta­ban con un patio cen­tral, la palestra, que servía como gim­na­sio y donde los romanos hacían ejer­ci­cios unta­dos de ceniza o are­na que les pro­te­giera del sol;  a su alrede­dor se agru­pa­ban los ves­tu­ar­ios, el nata­tio (pisci­na sufi­cien­te­mente pro­fun­da como para per­mi­tir la nat­ación), el lacon­icum (baño de vapor donde las tem­per­at­uras sobrepasa­ban los sesen­ta gra­dos y se debía acced­er calza­do, pre­cisa­mente para que nadie se que­mara las plan­tas de los pies), el alveus (pisci­na de agua caliente), el tep­i­dar­i­um (pisci­na de agua tem­pla­da) y por últi­mo el frigi­dar­i­um (pisci­na de agua fría).

El agua solía traerse de man­an­tiales situ­a­dos a muchos kilómet­ros, de ahí la impor­tan­cia de los acue­duc­tos, tenían un sis­tema de dis­tribu­ción de aire caliente (el hipocaus­to) y solían dividirse en dos estancias, unas para los hom­bres y otras para las mujeres (a veces, si sólo había una sala, se repartían los horar­ios); en un prin­ci­pio las ter­mas eran mix­tas pero se orga­ni­z­a­ban unas bacanales tremen­das y se decidió entonces sep­a­rar a la gente por sex­os.

Con­ta­ban con salas de masaje donde además se per­fum­a­ba a los clientes (los más pobres se masaje­a­ban unos a otros con hari­na), grandes jar­dines exte­ri­ores para las reuniones y, aunque cueste creer­lo, has­ta pequeños tem­p­los, tien­das de comestibles y bebidas, bib­liote­cas y salas de con­fer­en­cias. Lam­en­ta­ble­mente, la may­oría de las ter­mas desa­parecieron, arrasadas tras las inva­siones ger­máni­cas o sim­ple­mente devo­radas por el aban­dono de muchas ciu­dades. Algu­nas de las más impor­tantes de las que han logra­do sobre­vivir son las de Bath en Inglater­ra (el nom­bre de la ciu­dad lo dice todo), las de Cara­calla en Roma o las de Alange, a pocos kilómet­ros de Méri­da.

Ter­mas romanas de Bath (Inglater­ra)

Aragón fue una de las regiones de España donde más éxi­to tuvieron las ter­mas romanas. Se han encon­tra­do ruinas en lugares como Arza­ila (las más antiguas), en Uncastil­lo, en Bil­bilis, en Cala­torao, en Hino­josa…  Unas de las más impor­tantes fueron las de Aquae Bil­bil­i­tano­rum en Alhama de Aragón, que des­de época romana fue uno de los más impor­tantes bal­n­ear­ios de la penín­su­la. Más de dos mile­nios después, con­tinúa sién­do­lo, gra­cias a los ocho man­an­tiales de los que bro­ta agua a más de trein­ta gra­dos de tem­per­atu­ra.

Este pequeño pueblo de ape­nas mil habi­tantes, situ­a­do a poca dis­tan­cia del Monas­te­rio de Piedra, vive en su total­i­dad del tur­is­mo de bal­n­ear­ios y son var­ios los hote­les que ofre­cen tratamien­tos de salud. En alguno de ellos, como el Hotel Bal­n­eario Alhama de Aragón, aún se con­ser­van  galerías de baño del siglo XI, de las más antiguas de España, cono­ci­das como el Baño del Moro. Otros, como el Ter­mas Pal­larés, donde nos alo­jamos, mantienen ese aire seño­r­i­al tan car­ac­terís­ti­co de los bal­n­ear­ios del siglo XIX y que han hecho de él uno de los hote­les más boni­tos de nue­stro país.

Con­stru­i­do en el año 1863 y ubi­ca­do jun­to al río Jalón, el Ter­mas Pal­larés con­ta­ba en sus ini­cios con un casi­no que atra­jo a famil­ias nobles, políti­cos y miem­bros de la realeza. Aunque el casi­no ya no fun­ciona como tal, sí lo hace como salón-cafetería y es una goza­da poder tomarse un cock­tail al anochecer en la ter­raza, rodea­d­os de fron­dosos jar­dines donde no se oye ni un rui­do. Es el úni­co hotel que ofrece acce­so exclu­si­vo al lago ter­mal al aire libre (si no te alo­jas aquí la entra­da cues­ta 20 euros); en dicho lago el agua tiene una tem­per­atu­ra con­stante de 28º (por lo que has­ta podrás bañarte en invier­no) y se renue­van cada 32 horas sus más de dos mil­lones de litros. Su escasa pro­fun­di­dad, algo más de dos met­ros, lo hace ide­al no sólo para la nat­ación sino tam­bién para rela­jarse bajo el sol.

Las aguas del lago, gra­cias a ser ric­as en cal­cio, sulfa­to y mag­ne­sio, tienen mul­ti­tud de propiedades ter­apéu­ti­cas: se pre­scriben para el reuma, afec­ciones res­pi­ra­to­rias, asma, bron­quitis, ansiedad y estrés. El lago es úni­co en Europa y sólo pueden encon­trarse lagu­nas ter­males sim­i­lares en Hun­gría e Islandia. En el pro­pio hotel te facil­i­tan albor­no­ces para que bajes al lago y no te pasees en bañador; hay disponibles hamacas y has­ta unos orig­i­nales flota­dores alarga­dos para que logres una desconex­ión abso­lu­ta. El lugar, como veis en las fotos, es idíli­co, con el tor­reón medieval que aún se con­ser­va en una col­i­na de Alhama, con puentecitos y en ple­na nat­u­raleza (son más de 60.000 met­ros cuadra­dos de jar­dines): mien­tras nos bañábamos, vimos unos cuan­tos buitres volan­do sobre nosotros.

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Hay que reseñar que uno de los clientes más asid­u­os del lago era nue­stro admi­ra­do José Luis Sampe­dro, quien fue nom­bra­do hijo adop­ti­vo de Alhama de Aragón, local­i­dad que vis­itó por primera vez de niño y donde llegó a casarse; de hecho, el fin de sem­ana que estu­vi­mos pudi­mos vis­i­tar una exposi­ción que se le había ded­i­ca­do en el pueblo a títu­lo pós­tu­mo en un palacete del siglo XVI y que recor­ría la biografía de un escritor úni­co que, además, siem­pre estu­vo com­pro­meti­do con mul­ti­tud de causas sociales y ayudó sin des­can­so a los más des­fa­vore­ci­dos.

El Ter­mas Pal­larés tiene otros dos edi­fi­cios, el Hotel Par­que y el Gran Hotel Cas­ca­da, este últi­mo de supe­ri­or cat­e­goría (cin­co estrel­las). Nosotros hemos esta­do en los tres hote­les; incluyen el desayuno buf­fet en un pre­cioso salón y además el cir­cuito de Aquather­ma, que emu­la los tratamien­tos en época romana pero con los ade­lan­tos de nue­stros tiem­pos. Has de reser­var hora ya que el acce­so está lim­i­ta­do a un número deter­mi­na­do de usuar­ios pre­cisa­mente para que no haya sat­u­ración de gente en las insta­la­ciones. El recin­to evo­ca a las antiguas ter­mas romanas (¡una mar­avil­la!) y sus bocas ter­males, de siete toneladas, son las orig­i­nales de 1863; cuen­ta con tum­bonas con cale­fac­ción, llu­via neb­u­liza­da, pisci­nas de agua fría y cas­cadas grul­la.

Los ben­efi­cios del agua son múlti­ples: dis­minuir la con­trac­tura mus­cu­lar, abrir los poros o aumen­tar el flu­jo san­guí­neo, aparte de su efec­to sedante, que te sumer­girá en un esta­do cer­cano al nir­vana. El hotel, además, ofrece otros difer­entes tratamien­tos como masajes, envolvimien­tos (con choco­late o algas), fisioter­apia o el uso de difer­entes duchas y aerosoles.


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