Viaje a Chiang Rai y el Triángulo de Oro (Tailandia)

La zona de Chi­ang Rai y el Trián­gu­lo de Oro en el norte, en la fron­tera con Laos y Myan­mar, sería la ter­cera eta­pa de nue­stro cuar­to via­je tai­landés. Una región a la que teníamos muchas ganas ya que por unas causas o por otras no habíamos podi­do recor­rerla en nue­stros ante­ri­ores viajes.Viajaríamos allí des­de Chi­ang Mai, por lo que ped­i­mos en la recep­ción de nue­stro hotel si nos podían reser­var los bil­letes de auto­bús des­de allí: nos dieron un códi­go y con este nos acer­camos a un 7Eleven cer­cano para que nos lo can­jear­an por los bil­letes físi­cos. El pre­cio baratísi­mo, un trayec­to de bus de tres horas entre una ciu­dad y otra ape­nas nos costó siete euros. Los auto­bus­es algo antigu­os pero efi­cientes. Y lo más impor­tante, sal­ió a su hora, algo no tan habit­u­al en Tai­lan­dia. Comen­zábamos bien.

Chi­ang Rai es bas­tante pequeño pero aún así decidi­mos reser­var un hotel bas­tante cén­tri­co que nos cogía a diez min­u­tos andan­do de la estación de auto­bus­es y además nos per­mitía ir a todos los lugares cam­i­nan­do. Nue­stro elegi­do fue el Baan Jaru , un encan­ta­dor hotel famil­iar: a Mar­ta le dieron una de las habita­ciones del pequeño edi­fi­cio y Juan y yo nos quedamos en una cabaña pre­ciosa con baño de piedra. El pre­cio, fan­tás­ti­co: al cam­bio unos 30 euros por noche con desayuno inclu­i­do. El chaval que lo regenta­ba fue ama­bilísi­mo, des­de el primer momen­to nos asesoró acer­ca de los lugares que podíamos vis­i­tar y nos dio un mon­tón de recomen­da­ciones. Durante los días que pasamos allí vimos muy pocos clientes y estu­vi­mos tran­quilísi­mos.

Chiang Rai streets

Como os digo, Chi­ang Rai es una ciu­dad pequeña, ape­nas 60.000 habi­tantes, pero esto no la impi­de ser uno de los lugares más atrac­tivos de Tai­lan­dia a niv­el turís­ti­co. Mucha gente, para cono­cer­la, real­iza una excur­sión de un día des­de Chi­ang Mai pero en mi opinión Chi­ang Rai se merece pasar aquí unas cuan­tas noches. No sólo porque la ciu­dad en sí ya ofrece un buen puña­do de rin­cones intere­santes sino porque los alrede­dores son igual de atrayentes (inclu­so más). Puede que la may­oría de los tur­is­tas eli­jan Tai­lan­dia por sus islas par­adis­ía­cas de aguas cristali­nas, y no le quito méri­to a su belleza, pero para mí no hay nada que se pue­da com­parar al norte del país. Es espec­tac­u­lar.

Los primeros días los dedi­caríamos a patear, patear y patear. No uti­lizamos ningún tipo de trans­porte públi­co ni taxis, las dimen­siones de la ciu­dad te van a per­mi­tir ir a cualquier lado andan­do. Al igual que en Chi­ang Mai, y pese a estar en el norte, nos hizo bas­tante calor, tened­lo en cuen­ta pese a que vengáis en invier­no. En real­i­dad, el invier­no no existe como tal en Tai­lan­dia, sim­ple­mente entre Noviem­bre y Febrero es la tem­po­ra­da seca y las llu­vias tien­den a desa­pare­cer pero las tem­per­at­uras con­tinúan sien­do bas­tante altas.

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Nues­tra primera visi­ta sería al tem­p­lo que jus­to nos pil­l­a­ba al lado del hotel, el Wat Jed Yod (no con­fundir con otro de nom­bre sim­i­lar en Chi­ang Mai). No es muy grande pero en su inte­ri­or se encuen­tra una curiosa estat­ua de un Buda son­ri­ente, rodea­da por muros dec­o­ra­dos con detalle.

Wat Jet Yod Chiang Rai

Curiosa­mente, uno de los rin­cones más boni­tos de Chi­ang Rai ape­nas tiene diez años de vida. Fue en el 2008 cuan­do el artista tai­landés Chalerm­chai Khosit­pi­pat dis­eñó esta pre­ciosa Torre del Reloj (un hom­e­na­je al fal­l­e­ci­do rey Bhu­mib­hol) que se encuen­tra jus­to en mitad de una roton­da, en la con­flu­en­cia de las calles Thanon Jet Yot y Thanon Baan­pa Pra­garn . Es igual de impre­sio­n­ante tan­to de día, cuan­do bril­la bajo el sol, como al caer la noche, cuan­do difer­entes luces le van dan­do diver­sas tonal­i­dades y además se le añade músi­ca, dan­do lugar a un mon­u­men­to fran­ca­mente orig­i­nal.

Golden Clock Chiang Rai

Es una lás­ti­ma que Chi­ang Rai se encuen­tre eclip­sa­da a niv­el pat­ri­mo­nio por su veci­na Chi­ang Mai ya que la ciu­dad cuen­ta con un buen puña­do de tem­p­los a ten­er en cuen­ta. Uno de ellos es el tem­p­lo Wat Ming Muang. Un tem­p­lo con 700 años de vida que fue en su día uno de los favoritos de los monar­cas del impe­rio Lan­na y que hoy acoge uno de los Budas más ven­er­a­dos del norte de Tai­lan­dia. Fue man­da­do con­stru­ir por la reina Ta La Mae Sri, la esposa del rey Mung Rai.

Wat Ming Muang Chiang Rai

Wat Ming Muang Chiang Rai

Den­tro del tem­p­lo desta­can la capil­la de madera, la Viharn Mai La Khum, en cuyo teja­do se pueden admi­rar 34 fig­uras de cisnes, la estu­pa (cuyo dis­eño mez­cla los esti­los de Myan­mar y Tai­lan­dia) y el pozo sagra­do, del que se recomend­a­ba beber a los pere­gri­nos antes de par­tir para de este modo atraer a la bue­na for­tu­na.

Otro de los tem­p­los que más nos gustó fue el Wat Mung Muang. Tan antiguo que se cree que fue con­stru­i­do inclu­so antes de la fun­dación de Chi­ang Rai. Se cuen­ta que durante la Segun­da Guer­ra Mundi­al (Tai­lan­dia se man­tu­vo neu­tral pero fue inva­di­da por las tropas japone­sas) cayeron ocho bom­bas den­tro del tem­p­lo pero ningu­na explotó, lo que aumen­taría la creen­cia pop­u­lar de que este es un lugar sagra­do.

La ima­gen del Buda, la Phara Chao Song Sri, de más de seis sig­los y hecha de bronce, es la más ven­er­a­da de la ciu­dad. Las bases de la estu­pa son cua­tro ani­males mitológi­cos, los kochas­ri, una mez­cla de leones y ele­fantes.

Wat Mung Muang Chiang Rai

El Wat Phra Kaew se encuen­tra rodea­do de veg­etación, lo que le otor­ga una apari­en­cia aún más exóti­ca si cabe. Fue pre­cisa­mente aquí donde se des­cubrió en 1354 el Buda Esmer­al­da que actual­mente se exhibe en Bangkok, el más impor­tante del país. Y su des­cubrim­ien­to fue por casu­al­i­dad, cuan­do durante una tor­men­ta un rayo destrozó el che­di, cayó el estu­co y apare­ció esta figu­ra de jade, que debido a su col­or verde pasó a ser cono­ci­da como el Buda Esmeralda.(aunque su nom­bre ofi­cial es Phra Kaew Morakot). Antes de ello pere­grinó por difer­entes local­iza­ciones, has­ta que durante el reina­do de Rama I acabó reca­lan­do en la cap­i­tal. Se cree que el Buda se esculpió en la India y pasó por Cam­boya y Sri Lan­ka antes de lle­gar a Tai­lan­dia.

Wat Phra Kaew Chiang Rai

Wat Phra Kaew Chiang Rai

No se sabe la fecha exac­ta de la con­struc­ción del tem­p­lo, aunque se cree que debió de ser a prin­ci­p­ios del siglo XIV. Y en hom­e­na­je al Buda Esmer­al­da que una vez acogió, actual­mente exhibe una copia del orig­i­nal, algo más pequeña, esculp­i­da por el noven­ta cumpleaños de la reina Sri­na­garindra. El viharn es rel­a­ti­va­mente pequeño si lo com­para­mos con el de otros tem­p­los pero su facha­da, con pan­e­les dec­o­ra­dos, es fran­ca­mente mag­ní­fi­ca. La entra­da está cus­to­di­a­da por dos ser­pi­entes, las nagas; detrás del viharn se encuen­tra el che­di donde fue hal­la­do el Buda Esmer­al­da.

En el mis­mo recin­to hay un pequeño edi­fi­cio con­ver­tido en museo donde se mues­tran arte­fac­tos de la época Lan­na, muy didác­ti­co a la hora de com­ple­tar la visi­ta. Cuan­do paseéis por los jar­dines, com­pro­baréis que el tem­p­lo bulle de activi­dad, ya que son muchos los mon­jes que aún con­tinúan vivien­do aquí.

El Wat Phra Singh data del año 1385: fue con­stru­i­do un siglo después de que el rey Men­grai fun­dara la ciu­dad. Su nom­bre se aso­cia al Buda que antigua­mente se encon­tra­ba aquí y que aho­ra se encuen­tra en el tem­p­lo de mis­mo nom­bre en Chi­ang Mai. Actual­mente con­tiene una répli­ca de dicha figu­ra.

Wat Phra Singh Chiang Rai

Como sabéis, hay muchas for­mas de rep­re­sen­tar a Buda pero la más habit­u­al es la de la pos­tu­ra sen­ta­do, con las rodil­las dobladas, y la mano derecha apoy­a­da en las pier­nas seña­lan­do hacia el sue­lo. Esta pos­tu­ra tiene un porqué, enlaza­do con un pasaje de la vida de Buda. Cuan­do este esta­ba un día med­i­tan­do bajo un árbol, apare­ció Mara, un demo­nio, acom­paña­do por sus tres bel­las hijas, quienes intenta­ban dis­traer a Buda y apartar­lo de su camino a la ilu­mi­nación. Buda tocó la tier­ra con su mano derecha y la diosa ter­re­nal, Phra Mae Tho­rani, acud­ió en su ayu­da: lanzó tor­rentes de agua con­tra los ejérci­tos de Mara, ahogán­do­los a todos. Esta es una de las esce­nas más repeti­das en muchos murales de los tem­p­los de Tai­lan­dia.

Una de las par­tic­u­lar­i­dades del Wat Phra Singh es que acoge una escuela de pali, que es el idioma con el que se escri­bieron las antiguas escrit­uras bud­is­tas, cono­ci­das como Trip­i­ta­ka. A su entra­da se encuen­tran rep­re­senta­ciones de the­wadas, los ánge­les divi­nos.

El Wat Klang Wiang, pese a ser uno de los tem­p­los más boni­tos de Chi­ang Rai, curiosa­mente ape­nas recibe vis­i­tantes y de hecho lo estu­vi­mos recor­rien­do com­ple­ta­mente solos. Y eso que se encuen­tra en pleno corazón de la ciu­dad, a sólo un par de calles del Ayun­tamien­to. Aunque es uno de los tem­p­los más antigu­os de Chi­ang Rai, debió ser recon­stru­i­do en el siglo XX ya que una vio­len­ta tor­men­ta dañó la may­or parte de las estruc­turas. Aún así, como veis en las fotos, el tra­ba­jo de restau­ración ha sido espec­tac­u­lar.

Wat Klang Wiang Chiang Rai

Wat Klang Wiang Chiang Rai

Entre tan­to tem­p­lo bud­ista, íbamos a encon­trarnos, casi sin esper­ar­lo, con una de las mezquitas más impor­tantes del norte de Tai­lan­dia: la Daruna­man Mosque, tam­bién cono­ci­da como Ban Haw. Es un edi­fi­cio bas­tante curioso ya que fusiona dos esti­los arqui­tec­tóni­cos, el islámi­co y el chi­no: de hecho, en lugar de la típi­ca cúpu­la car­ac­terís­ti­ca del Islam, aquí ten­emos orna­men­tos chi­nos.

En Tai­lan­dia aún viv­en muchos musul­manes, prin­ci­pal­mente en el sur del país, en las zonas de Yala o Pat­tani; no es raro por tan­to des­cubrir que los alrede­dores de la mezqui­ta están pla­ga­dos de restau­rantes halal. No es la úni­ca mezqui­ta de Chi­ang Rai, hay algu­nas más como la Masjid Nurul pak­istaní o la Masjid Al-Munauwara, aunque la de Daruna­man es la más impor­tante. Aunque en gen­er­al en Tai­lan­dia bud­is­tas y musul­manes sue­len con­vivir en per­fec­ta armonía, la con­struc­ción de algu­nas mezquitas acar­reó protes­tas por parte de los bud­is­tas. Sin embar­go, las autori­dades argu­men­tan que aunque en Chi­ang Rai no vive una comu­nidad musul­mana demasi­a­do numerosa, son más de 200.000 musul­manes los que cada año pasan por la ciu­dad, muchos de ellos camino de las planta­ciones de cau­cho, donde tra­ba­jan. Los bud­is­tas se defien­den dicien­do que no se opo­nen a que exis­tan otras reli­giones pero que no quieren las mezquitas jus­to jun­to a sus tem­p­los.

Darunaman Mosque Chiang Rai

Al igual que ocurre en Chi­ang Mai, Chi­ang Rai cuen­ta con un ani­madísi­mo mer­ca­do noc­turno en el que puedes com­prar cualquier cosa que te imag­ines. Allí era donde gastábamos las noches. Además hay una explana­da enorme con cien­tos de puestos de comi­da y qué mejor idea que cenar al aire libre con ese calor que nos gastábamos. Fue pre­cisa­mente aquí donde probamos uno de los platos más típi­cos de Chi­ang Rai, el hot pot. Se prepara en una tina­ja de bar­ro (oji­to con tocar­la que lle­ga ardi­en­do) y es una sopa de carne, gen­eral­mente pol­lo o tern­era, con huevos, ver­duras y noo­dles. Se dice del hot pot que es la fon­due tai­lan­desa ya que lo nor­mal es com­par­tir­la debido a su tamaño.

Los ingre­di­entes te lle­gan crudos y tú eres el encar­ga­do de pre­ocu­parte del pun­to de coc­ción. Tenien­do en cuen­ta que el hot pot grande ape­nas costa­ba 100 baths, unos tres euros, pag­amos más por las cervezas que por la cena. Y hablan­do de comi­das (ya os hablam­os de nues­tras thai foods favoritas en el artícu­lo Diez platos que nun­ca me pier­do cuan­do via­jo a Tai­lan­dia), os recomien­do que cuan­do vayáis al Night Bazaar busquéis un puesto que hay en una de las entradas, el de la seño­ra Pa Ouan, una antigua cocin­era de la Casa Real que aho­ra está al frente de un ten­derete: unas colas larguísi­mas de gente esperan­do os darán la pista. Pre­gun­ta­mos qué ocur­ría y nos dijeron “¡hacen Bua Loy!”. El mejor postre que he proba­do en mi vida, se te ponían los ojos en blan­co al catar­lo. Bolas de arroz hela­do en leche de coco con gomi­no­las como guar­ni­ción. Ma-ra-vi-llo-so.

El Chi­ang Rai Night Bazaar se con­cen­tra alrede­dor de dos plazas en las que no solo se come, tam­bién podrás dis­fru­tar de actua­ciones en direc­to (de lo más vari­adas, des­de espec­tácu­los de drag queens a gru­pos de rock o can­tantes de pop tai­landés). Y en las calles cer­canas, la que esta­ba al lado de nue­stro hotel sin ir más lejos, había un mon­tón de pubs donde tomarte una cerveza por la noche con bue­na músi­ca de fon­do. Y por si esto no fuera sufi­ciente, un mon­tón de salones de masajes para rela­jarte después de las cam­i­natas. Nosotros escogi­mos uno de los mejores de Chi­ang Rai, el Mon­mueang Lan­na, con unos pre­cios buenísi­mos y un mon­tón de tratamien­tos para ele­gir. 500 baths por un masaje tai­landés de una hora, de esos que te esti­ran todos los mús­cu­los del cuer­po, te cla­van codos y rodil­las y te cru­je has­ta el píloro. Pero te quedas como nue­va.

Como nos interesa­ba mucho recor­rer los alrede­dores de Chi­ang Rai y hac­er­lo en trans­porte públi­co era una locu­ra, sobre todo por la pér­di­da de tiem­po para desplazarse entre un lugar y otro, hablam­os con el chico de nue­stro hotel para con­tratar un con­duc­tor que nos lle­vara a donde nosotros quisiéramos. El pre­cio más que cor­rec­to, 1000 baths por per­sona (26 euros) por una jor­na­da com­ple­ta. Nos tocó un chaval majísi­mo y super cachon­do que se moría de la risa cada vez que cogíamos el micró­fono dora­do que llev­a­ba en el coche e impro­visábamos un karaoke para amenizar la excur­sión. Vaya car­ca­jadas que nos echamos con él.

Decidi­mos madru­gar bas­tante ya que el primer lugar que íbamos a ver prometía estar lleno de tur­is­tas. Y no nos extraña ya que para mí es lo más boni­to que jamás he vis­to en Tai­lan­dia: hablam­os del Tem­p­lo Blan­co. Y eso que es un tem­p­lo reciente (se con­struyó en 1997) y, al mis­mo tiem­po, de lo más extraño. Además, ni siquiera está acaba­do del todo porque se planea seguir aña­di­en­do edi­fi­cios; de hecho, cuan­do lo visi­ta­mos, había alguno en con­struc­ción y se cree que los tra­ba­jos no estarán acaba­dos ¡has­ta el año 2070! Cuan­do la obra com­ple­ta esté final­iza­da, prob­a­ble­mente este pase a con­ver­tirse, con todo el dere­cho del mun­do, en uno de los lugares más impre­sio­n­antes de nue­stro plan­e­ta. Ese al que lle­varíamos de visi­ta a los aliení­ge­nas para demostrar­les lo mar­avil­loso que es el mun­do en el que nos ha toca­do vivir.

White Temple Chiang Rai

Templo Blanco chiang rai

El Wat Rong Khun, que casi todo el mun­do conoce como el Tem­p­lo Blan­co, era orig­i­nar­i­a­mente un viejo tem­p­lo que se encon­tra­ba en un pési­mo esta­do pero que las autori­dades, debido a la fal­ta de inver­sión económi­ca, no se ani­ma­ban a restau­rar. Fue entonces cuan­do llegó un artista local, Chalerm­chai Kosit­pi­pat (el mis­mo de la Torre del Reloj) y se ofre­ció para ren­o­var el com­ple­jo con su pro­pio dinero. Nada más y nada menos que un mil­lón de dólares lle­va inver­tido en el proyec­to y ha nece­si­ta­do la ayu­da de 120 tra­ba­jadores.

Su obra ya podía admi­rarse en el primer tem­p­lo bud­ista de Gran Bre­taña, el Wat Bud­da­padi­pa. Quién nos iba a decir entonces que sería capaz de crear una obra maes­tra que super­ara todos los sueños artís­ti­cos de arqui­tec­tos y escul­tores, con­vir­tién­dose en un autén­ti­co vision­ario. De entre los más de 40.000 tem­p­los que exis­ten en Tai­lan­dia, no podemos encon­trar ni uno solo que se ase­me­je lo más mín­i­mo al Tem­p­lo Blan­co.

Templo Blanco Chiang Rai

Situ­a­do a las afueras de Chi­ang Rai, el Wat Rong Khun es una visi­ta oblig­a­da no solo por su belleza y sin­gu­lar­i­dad sino tam­bién para com­pren­der cómo el sueño de un hom­bre puede acabar hacién­dose real­i­dad. La imag­i­nación des­bor­dante de Kosit­pi­pat le llevó a crear un tem­p­lo que rompía con todos los tópi­cos ante­ri­ores y que inten­ta sim­bolizar el sam­sara, el cír­cu­lo bud­ista que se desar­rol­la entre el nacimien­to y la muerte. Un tem­p­lo blan­co (lo nun­ca vis­to), que con dicho col­or pre­tende ensalzar la pureza de lo sacro, al que se accede por un puente ase­di­a­do por las escul­turas de esas almas que sufren en el infier­no. Una ima­gen fasci­nante. Y al mis­mo tiem­po ter­rorí­fi­ca.

Pero lo que nos espera den­tro del ubosot, la capil­la prin­ci­pal, es aún más descon­cer­tante. Porque si en el inte­ri­or de muchos tem­p­los tai­lan­deses las pin­turas de fig­uras mitológ­i­cas nos ayu­dan a enten­der la vida de Buda, aquí esa biografía la rela­tan per­son­ajes que jamás esper­aríamos encon­trar entre las pare­des de un tem­p­lo sagra­do: extrater­restres, Neo de la pelícu­la “Matrix”, Michael Jack­son, Kung Fu Pan­da, Spi­der­man, Har­ry Pot­ter, Fred­dy Kruger, Ter­mi­na­tor… has­ta un retra­to de las Tor­res Geme­las ardi­en­do. En cier­to modo, recuer­da a esos cuadros sur­re­al­is­tas de Dalí en los que cualquier ele­men­to, por extraño que este pareciera, tenía cabi­da.

Templo Blanco Chiang Rai

Cuan­do regre­samos al exte­ri­or, con­tinúan las sor­pre­sas. Mien­tras paseas entre un mon­tón de mon­jes que vienen aquí a ofre­cer sus ple­garias y que deam­bu­lan entre tur­is­tas cámara en mano, te toparás con un mon­tón de estam­pas que siguen deján­dote con la boca abier­ta: echad un ojo a las imá­genes.

Templo Blanco Chiang Rai

Templo Blanco Chiang Rai

Templo Blanco Chiang Rai

Templo Blanco Chiang Rai

Aunque cueste creer­lo, esto de aquí aba­jo son… ¡unos cuar­tos de baño!

Templo Blanco Chiang Rai

Después de vis­i­tar el Tem­p­lo Blan­co, creíamos que ya nada podría sor­pren­der­nos. Qué equiv­o­ca­dos estábamos. Teníamos por delante un día entero, en el que cono­ceríamos algunos de los lugares más impac­tantes que he pisa­do en Asia. Uno de ellos fue el Wat Rong Suea Ten, la Casa de los Tigres Dan­zantes, lla­ma­da así porque en el pasa­do a los tigres les encanta­ba jugar y saltar en un río cer­cano. O lo que es lo mis­mo, el Tem­p­lo Azul. Qué lugar más mag­ní­fi­co. Local­iza­do tam­bién a las afueras de Chi­ang Rai, es mucho menos cono­ci­do que el Tem­p­lo Blan­co, por lo que aquí encon­trarás muchos menos tur­is­tas. El dis­eño cor­rió a car­go de un pupi­lo del pro­pio Kosit­pi­pat, Put­tha Kabkaew.

Wat Rong Suea Ten Chiang Rai

En el año 1996, los habi­tantes del pueblo cer­cano, Rong Suea Ten, accedieron a la reha­bil­itación de un antiguo tem­p­lo que esta­ba casi en ruinas: desea­ban ten­er un cen­tro de med­itación donde poder ir a orar. Las obras tar­daron nueve años en ini­cia­rse y se lle­varon a cabo durante más de una déca­da: nos con­sid­er­amos unos priv­i­le­gia­dos por haber­lo vis­i­ta­do ya que se acabó hace sólo un par de años, en el 2016. El resul­ta­do final, como veis, es sor­pren­dente. La influ­en­cia del mae­stro Kosit­pi­pat es más que noto­ria, tan­to en el inte­ri­or como en el exte­ri­or. Aunque en esta ocasión el col­or elegi­do fue el azul, que rep­re­sen­taría el dhar­ma, el méto­do con el que los bud­is­tas inten­tan encon­trar la feli­ci­dad y la paz inte­ri­or. El col­or azul tam­bién iría aso­ci­a­do a la pureza y la sabiduría y es fre­cuente­mente usa­do en otras reli­giones como el cris­tian­is­mo o el hin­duis­mo.

Wat Rong Suea Ten

Wat Rong Suea Ten Chiang Rai

Aún no nos habíamos logra­do repon­er de tal bor­rachera visu­al cuan­do cogíamos el coche y nos veíamos delante de otro lugar impre­sio­n­ante: la Casa Negra o Baan Dam. Un ambi­cioso proyec­to de otro artista tai­landés, Thawan Ducha­nee, que durante var­ios años creó este espa­cio mági­co: 40 edi­fi­cios a cual más impac­tante. Una obra deslum­brante en la que mod­ernismo y tradi­ción cam­i­nan de la mano.

Recomien­do comen­zar el recor­ri­do por la may­or de las estruc­turas, la prin­ci­pal, porque si sor­prende su exte­ri­or, más lo hace lo que te espera den­tro. Mesas de madera que pare­cen preparadas expre­sa­mente para un ban­quete vikingo, crá­neos de ani­males, pieles… Una obra con­tro­ver­ti­da en la que a través de la muerte se quiere recor­dar todo el sufrim­ien­to que Buda pres­en­ció en sus via­jes. El negro es el col­or pre­dom­i­nante, otor­gan­do un aura de oscuri­dad y mis­te­rio a las casas de madera. Se me ponen los pelos de pun­ta al pen­sar en lo que debe ser recor­rer este inmen­so jardín uno solo en mitad de la noche. Es como una pelícu­la de ter­ror.

Casa Negra Chiang Rai

Sin embar­go, pese a esa primera impre­sión tan sinies­tra que se que­da en el vis­i­tante nada más lle­gar, cuan­do llevas un buen rato cam­i­nan­do entre estas orig­i­nales con­struc­ciones, comien­zas a com­pren­der el humor tan negro que se gasta­ba Ducha­nee. Él mis­mo parece quer­er reírse de lo funesto que nos parece el mun­do del más allá, cre­an­do escul­turas satíri­c­as a base de cuer­nos y hue­sos, ser­pi­entes, garu­das, calav­eras… El artista no esca­timó esfuer­zos a la hora de dejar volar la imag­i­nación.

Casa Negra Chiang Rai

Casa Negra Chiang Rai

Casa Negra Chiang Rai

Casa Negra Chiang Rai

Aca­so las men­tal­i­dades más con­ser­vado­ras, que de eso aún que­da mucho en Tai­lan­dia, con­sid­er­an que Ducha­nee ha rebasa­do todos los límites con esta obra. Pero yo creo que lo que se inten­ta es remover la con­cien­cia del que se enfrenta a estas sin­gu­lares crea­ciones y lo con­sigue de largo. Ducha­nee fal­l­e­ció en el 2014 pero como heren­cia nos dejó un tra­ba­jo pio­nero que prob­a­ble­mente inspi­rará a otros muchos artis­tas en el futuro. Pocas veces se ha lle­va­do la arqui­tec­tura y escul­tura a extremos tan rad­i­cales y ello con­vierte a sus dis­eños en algo úni­co e incom­pa­ra­ble. Pese a que él mis­mo no se con­sid­er­a­ba una per­sona reli­giosa (en un país en el que la religión es todo), es innegable la influ­en­cia bud­ista en muchas de las casas negras, en algu­nas de las cuales se rep­re­sen­ta ese infier­no tan temi­do, pre­si­di­do por un espíritu que ejerce de juez y ver­dugo. La vio­len­cia, el ero­tismo, la locu­ra… todos esos fenó­menos con los que con­vive el hom­bre mod­er­no y que mantienen una lucha con­stante con las creen­cias reli­giosas, forma­ban parte de las excén­tri­c­as ideas de Thawan y aquí quedan refle­jadas.

Para una tetera redo­ma­da como yo, la sigu­iente visi­ta, que nos lle­varía a zonas mon­tañosas, era otro de los pun­tos fuertes del día: la plantación de té de Choui Fong. Las ter­razas donde se plan­ta el té, como podéis ver, son pre­ciosas y respon­den total­mente a esa ima­gen que ten­emos del exo­tismo asiáti­co. La plantación lle­va fun­cio­nan­do más de cien años y está con­sid­er­a­da una de las mejores del país: la alti­tud, más de mil met­ros sobre el niv­el del mar, y lo ben­efi­cioso del ter­reno con­tribuyen a otor­gar a este té una cal­i­dad úni­ca. En sus tien­das, que se encuen­tran allí mis­mo, venden catorce tipos de té difer­entes, todos cul­ti­va­dos allí, des­de el de jen­gi­bre al Pou­chong, el Flower Blos­som o té verde. Yo aproveché para com­prar varias bol­sas y de paso lle­var algu­nas de rega­lo a mis ami­gas teteras.

Plantación de té de Choui Fong

Al aden­trarnos en un área tan rur­al, donde la Nat­u­raleza es la autén­ti­ca pro­tag­o­nista, aprovechamos para hac­er una para­da en Tham Pla (Cue­va de los Peces), donde los monos cam­pan a sus anchas y se acer­can para pedirte cac­ahuetes. Hay estanques pla­ga­dos de peces y un poco más arri­ba, en la ladera de la mon­taña (oji­to cuan­do sub­áis que las escaleras res­bal­an) ten­emos la cue­va de Tham Pum, con una estat­ua de Buda en su inte­ri­or. Nece­si­taréis encen­der la lin­ter­na del móvil ya que el inte­ri­or es muy oscuro: inten­tad ir con deporti­vas, nada de chan­clas, ya que el sue­lo está muy húme­do.

Tham Pla Chiang Rai

Tham Pla

Con­tin­uábamos con  el coche nues­tra ruta hacia el norte, aden­trán­donos en esa Tai­lan­dia pro­fun­da que tan­to nos gus­ta. Nada que ver con el bul­li­cio de Bangkok o los bares rui­dosos de las playas. La región de Mae Sai es idíli­ca: pequeños pueb­los escon­di­dos en valles donde los mer­ca­dos locales llenan de activi­dad los calle­jones, tan estre­chos que a duras penas lográbamos cir­cu­lar por ellos. Aquí ape­nas se ven tur­is­tas, los pocos que via­jan a este área es con la inten­ción de ren­o­var el visa­do al estar aquí la fron­tera con Myan­mar o aprovechar para pasar unos días en el país veci­no. Si subes a lo alto de la mon­taña, estas son las vis­tas de Myan­mar y la ciu­dad de Tachiliek.

Golden Triangle Tailandia

Ya que estábamos en esta zona, quisi­mos aprovechar para ir a vis­i­tar el Wat Phra That Doi Wao, un tem­p­lo donde en la antigüedad el rey Wao guardó la reliquia del cabel­lo de Buda. Se le conoce tam­bién como el Tem­p­lo del Escor­pión por esa escul­tura de un escor­pión gigante (wao sig­nifi­ca escor­pión en tai­landés).

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Llegábamos ya por fin a lo que es el autén­ti­co Trián­gu­lo de Oro, el Gold­en Tri­an­gle. La inter­sec­ción des­de la que puedes divis­ar des­de las alturas la con­flu­en­cia de tres país­es (Tai­lan­dia, Laos y Myan­mar), una región míti­ca debido a haber sido durante sig­los el may­or foco del opio del plan­e­ta (aho­ra ese “hon­or” le cor­re­sponde a Afgan­istán, a ver por qué os creéis que las tropas de Esta­dos Unidos lle­van años inten­tan­do hac­erse con el con­trol del ter­ri­to­rio, que no os engañen con excusas baratas). El opio siem­pre ha sido muy cod­i­ci­a­do, has­ta el pun­to de que ha provo­ca­do san­gri­en­tas batal­las entre país­es, como la que enfren­tó a Chi­na y el Reino Unido en el siglo XIX: sólo en la Segun­da Guer­ra Mundi­al los ale­manes cul­ti­varon más de dos toneladas. La mor­fi­na se hacía más que nece­saria para las heri­das de guer­ra de los sol­da­dos y sin ella actual­mente muchos enfer­mos no podrían sopor­tar el dolor: ningún hos­pi­tal puede vivir sin mor­fi­na.

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Curiosa­mente el cul­ti­vo de opio no surgió aquí sino en el Mediter­rá­neo y su con­sumo esta­ba ampli­a­mente exten­di­do entre las pobla­ciones de impe­rios como el egip­cio, el romano, el per­sa o el griego. En la antigüedad, cuan­do no existían los pre­juicios sobre las sus­tan­cias psi­cotrópi­cas, las plan­tas que, como en este caso la adormidera, pro­por­ciona­ban al indi­vid­uo la ocasión de acer­carse al nir­vana, no sólo no esta­ban pro­hibidas sino que eran muy apre­ci­adas. No se uti­liz­a­ban sólo en rit­uales que pre­tendían con­seguir una comu­nión con los dios­es, tam­bién eran de uso diario para com­bat­ir enfer­medades cotid­i­anas como el dolor de oídos o la lum­bal­gia o para repel­er el insom­nio.

En el caso del opio, el dere­cho romano llegó a pro­te­ger su ven­ta y con­sumo de tal man­era que se con­vir­tió en un bien con el que no se podía espec­u­lar, como el pan o la vivien­da. De hecho, era uno de los pro­duc­tos que más dinero traía a las arcas del Esta­do, con­sti­tuyen­do un 15% de la recau­dación de impuestos. Los romanos con­sid­er­a­ban que el opio, admin­istra­do con cautela y en su jus­ta medi­da, no tenía efec­tos secun­dar­ios y pro­por­ciona­ba una may­or cal­i­dad de vida. Si les hubier­an dicho que dos mil años después sería una sus­tan­cia pro­hibi­da y defen­estra­da, prob­a­ble­mente se hubier­an lle­va­do las manos a la cabeza.

Para acer­carnos a la his­to­ria del opio y lo que éste ha supuesto para la Humanidad, resul­ta más que intere­sante la visi­ta al Museo del Opio en Chi­ang Sen. A nosotros nos encan­tó. En este museo de dos plan­tas se hace un repa­so con­cien­zu­do por la huel­la deja­da por el opio en difer­entes civ­i­liza­ciones (espe­cial­mente la chi­na, cuyos fumaderos de opio se expor­taron a otros muchos lugares del mun­do). Podremos analizar difer­entes tipos de semi­l­las, des­cubrir los difer­entes usos ter­apéu­ti­cos de esta plan­ta u obser­var pipas antiquísi­mas.

Ya que estábamos en esta zona, aprovechamos tam­bién para vis­i­tar algunos otros lugares cer­canos. Entre ellos, el tem­p­lo Wat Phra That Chom Kit­ti, situ­a­do en lo alto de una col­i­na, y el Wat Phra That Pha Ngao (un tem­p­lo al que se con­sid­era el “Lour­des tai­landés” y al que acu­d­en cada año miles de pere­gri­nos con la esper­an­za de ver curadas sus enfer­medades). Pre­ciosos tem­p­los en un enclave priv­i­le­gia­do.

Ima­gen del Buda de Phra Chi­ang Saen Si Phaendin

Phra Chiang Saen Si Phaendin Chiang Rai

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Tras ello, gas­ta­mos las últi­mas horas de luz dis­fru­tan­do del anochecer sobre el río Mekong, la boni­ta fron­tera nat­ur­al entre Laos, Tai­lan­dia y Myan­mar y que los locales cono­cen como Sop Ruak, ya que es aquí donde se fun­den los ríos Mekong y Ruak. Qué mejor lugar para finalizar este cuar­to via­je tai­landés que en el Trián­gu­lo de Oro, un des­ti­no de leyen­da que hay que vis­i­tar al menos una vez en la vida.


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