Viaje a Helsinki, la capital finlandesa

Aunque hace ya más de diez años, cuan­do tra­ba­ja­ba para revis­tas de músi­ca, vis­ité Fin­lan­dia para hac­er un repor­ta­je con una ban­da en la Laponia fine­sa (via­je del que guar­do un gratísi­mo recuer­do ya que me per­mi­tió dis­fru­tar de ese mar­avil­loso espec­tácu­lo que es la auro­ra bore­al a 23 gra­dos bajo cero), en aque­l­la ocasión mi paso por Helsin­ki se lim­itó a una escala de camino a Kit­ti­la, el pueblo donde estuve tra­ba­jan­do a sólo 200 kilómet­ros del Cír­cu­lo Polar Árti­co. Por lo tan­to, Helsin­ki era la úni­ca de las cua­tro cap­i­tales escan­di­navas que me qued­a­ba por cono­cer. Aunque es cier­to que tiene fama de ser mucho menos atrac­ti­va que Esto­col­mo, Oslo y Copen­h­ague, al final nos pare­ció una ciu­dad ide­al para una escapa­da de fin de sem­ana, ya que en un par de días la ves de sobra. Además, te puede servir como puer­ta de entra­da para des­cubrir el resto de Fin­lan­dia: el hecho de que se le conoz­ca como el País de los Mil Lagos no es casu­al­i­dad ya que a niv­el nat­u­raleza los fine­ses tienen mucho que ofre­cer.

Nosotros en este caso elegi­mos Helsin­ki como pun­to de par­ti­da de un via­je por Europa que nos lle­varía pos­te­ri­or­mente a Tallin, Esto­col­mo y París. La elec­ción de Helsin­ki venía tam­bién porque Espoo, en las afueras de Helsin­ki, era la úni­ca ciu­dad euro­pea, aparte de Lon­dres, donde King Dia­mond tocaría en soli­tario y en recin­to cer­ra­do, por lo que el concier­to nos servía de excusa para comen­zar nue­stro via­je.

El vue­lo lo real­izamos con la com­pañía Nor­we­gian, que uti­lizábamos por primera vez. El vue­lo de ida nos sal­ió por 90 euros: el check-in online sólo te per­miten realizar­lo 24 horas antes del despegue pero a cam­bio es de las pocas aerolíneas que te ofre­cen wifi gra­tu­ito a bor­do. El vue­lo, direc­to, te plan­ta en poco más de cua­tro horas en la cap­i­tal fin­lan­desa. Y no nece­si­tas visa­do ni cam­biar mon­e­da ya que en Fin­lan­dia se usa el euro. Para lle­gar des­de el aerop­uer­to a la ciu­dad, lo mejor el tren: tar­da poco, sale a menudo y es bara­to, poco más de cin­co euros. Los bil­letes los adqui­r­i­mos en el pro­pio tren com­prán­do­los a la revi­so­ra.

En Fin­lan­dia los pre­cios son bas­tante más altos que en España, lo que tam­poco te va a impedir que en tu estancia en Helsin­ki tu bil­letera se vaya a ver demasi­a­do afec­ta­da si te lo sabes mon­tar. Por ejem­p­lo, a la hora de bus­car alo­jamien­to com­pro­bamos que el pre­cio de los hote­les era astronómi­co ya que, además, no hay demasi­a­dos: lo más ase­quible que encon­trábamos era un hostal con baño com­par­tido y el pre­cio de la habitación doble ya era de 90 euros por noche. Decidi­mos por ello tirar de nues­tra segun­da opción en este tipo de casos: ben­di­to Airbnb. Al ser Helsin­ki una ciu­dad pequeña no había tan­ta ofer­ta de pisos como en otras ciu­dades donde hemos usa­do esta platafor­ma para el tema del alquil­er, por lo que es recomend­able que reserves con bas­tante antelación. Al ir con otra pare­ja ami­ga nues­tra, alquil­am­os un aparta­men­to grandísi­mo que nos salía por 140 euros noche entre los cua­tro. Esta­ba bas­tante cer­ca del cen­tro (el tran­vía nos deja­ba en 10 min­u­tos al lado del puer­to) y con un super­me­r­ca­do en la mis­ma puer­ta; además, al ser una zona res­i­den­cial, por la noche se dor­mía de lujo… si tienes en cuen­ta que en esas fechas (Junio) en Escan­di­navia anochece pasadas las once de la noche, a las tres y media amanece y los fin­lan­deses, tan nece­si­ta­dos de sol, no cono­cen ese mar­avil­loso inven­to lla­ma­do per­sianas.

Helsin­ki, com­para­da con otras ciu­dades euro­peas con muchos más sig­los (inclu­so mile­nios) de antigüedad, es una urbe rel­a­ti­va­mente nue­va ya que su fun­dación se pro­du­jo en el año 1550 por el rey Gus­ta­vo de Sue­cia y partía con una población pequeñísi­ma, 500 habi­tantes, bue­na parte de ellos com­er­ciantes de las aldeas cer­canas. En real­i­dad, su fun­ción des­de el prin­ci­pio fue esa, com­er­cial, para com­pe­tir con Tallin en las rutas com­er­ciales con Rusia. Por aquel entonces, ese inmen­so ter­reno yer­mo que era Fin­lan­dia pertenecía a la coro­na sue­ca; hay que ten­er en cuen­ta que el país ha esta­do bajo dominio de Sue­cia durante más de siete sig­los, por lo que no es de extrañar que a día de hoy el sue­co, tras el finés, sea el segun­do idioma ofi­cial y se man­ten­gan muchas cos­tum­bres heredadas de su país veci­no. Eso sí, no con­fun­das a un fin­landés con un sue­co, que se les lle­van los demo­ni­os. Y con razón.

A par­tir de 1700 y tras una aci­a­ga época mar­ca­da por la peste, que se llevó por delante a dos ter­cios de la población local, Helsin­ki (que en real­i­dad no pasa­ba de ser un pequeño pueblo) vió como en los años suce­sivos rusos y sue­cos se repartían, una guer­ra tras otra por medio, el con­trol de la ciu­dad. En 1713, fue arrasa­da por el fuego has­ta los cimien­tos (como veis, los pobres res­i­dentes no gan­a­ban para sus­tos) y tras muchas batal­las entre un ban­do y otro, la dis­puta­da Fin­lan­dia por fin obtu­vo su inde­pen­den­cia en 1917, así que cuan­do nosotros la visi­ta­mos, el país esta­ba a pun­to de cumplir su primer siglo de vida.

Fin­lan­dia es un país muy poco pobla­do para ser el sex­to más grande de Europa (poco más de cin­co mil­lones de per­sonas) y la may­oría de los habi­tantes viv­en al sur del país, donde el cli­ma es algo más favor­able (quien dice favor­able habla de que en Enero la tem­per­atu­ra media es de cin­co gra­dos bajo cero). Pero no te asustes: cuan­do comien­za el ver­a­no, a niv­el ambi­en­tal Helsin­ki es una ciu­dad de lo más agrad­able, con tem­per­at­uras que sue­len ron­dar los 25º. A nosotros nos hizo un poquito más de frío pero a cam­bio nos lució bas­tante el sol y tenien­do en cuen­ta que en esa época las horas de luz ron­dan las 20 horas diarias, tuvi­mos tiem­po más que sufi­ciente para dar largas cam­i­natas. Además, pese a que Helsin­ki ape­nas cuente con 600.000 habi­tantes, es una ciu­dad muy viva, espe­cial­mente por la noche, que es cuan­do la gente sale a los bares. A los fin­lan­deses les gus­ta un mon­tón trasnochar, espe­cial­mente cuan­do lle­ga el buen tiem­po, por lo que llam­a­ba la aten­ción encon­trarse las calles del cen­tro tan pla­gas de gente a altas horas de la noche y que, sin embar­go, a ape­nas cien met­ros luego ya no te encon­traras ni un alma.

Voy a recomen­darte comen­zar el recor­ri­do por Helsin­ki en el rincón que siem­pre tiene más vidil­la y a la vez más encan­to: Mar­ket Square o Kaup­pa­tori, que es como lo cono­cen los fine­ses. Cuan­do may­or movimien­to tiene es des­de pri­mav­era a otoño y aquí podrás dis­fru­tar de un mer­cadil­lo al aire libre donde tan­to locales como tur­is­tas pasean entre los puestos (ten en cuen­ta, eso sí, que a las 16,00 reti­ran los ten­deretes, por lo que lo ide­al es acer­carse por la mañana). Se venden des­de gor­ros para el frío a sou­venirs y recuer­dos de todo tipo (caros, eso sí, un sim­ple imán para la nev­era costa­ba siete euros) pero tam­bién podrás encon­trar bayas de tem­po­ra­da, fram­bue­sas, arán­danos, fre­sas, carne de cier­vo y reno, aren­ques, pesca­do local, cuchil­los vikin­gos y arte­sanía de todo tipo.

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Tenien­do en cuen­ta que en gen­er­al Helsin­ki es un lugar bas­tante caro a la hora de com­er, es una muy bue­na opción gas­tronómi­ca, ya que podrás catar las deli­cias culi­nar­ias fine­sas por un módi­co pre­cio. Nosotros comi­mos allí uno de los días, sen­ta­dos al aire libre, este fab­u­loso salmón en sal­sa con guar­ni­ción (hay que ver qué riquísi­mo está el salmón en Escan­di­navia, siem­pre que vamos nos ponemos mora­dos); el pla­to cues­ta 13 euros pero con uno comes más que de sobra y además te incluyen todo el café o té que quieras de for­ma gra­tui­ta.

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A sólo un paso de los puestecitos se encuen­tra el Mer­ca­do Viejo. El edi­fi­cio, que fue inau­gu­ra­do en 1888, es pre­cioso tan­to por den­tro como por fuera. Aunque no com­pres nada ya que los pre­cios de cualquier pro­duc­to eran bas­tante altos (nos llamó la aten­ción encon­trarnos tetra­bricks de gaz­pa­cho, eso sí, costan­do cua­tro veces más que en España), merece la pena darse una vuelta por las tien­das inte­ri­ores y dis­fru­tar del ambi­ente que se res­pi­ra cada mañana (está abier­to has­ta las seis de la tarde, los domin­gos cier­ra a las cua­tro). Además, den­tro tam­bién hay unos cuan­tos restau­rantes, puedes aprovechar para tomarte una deli­ciosa sopa fin­lan­desa o pro­bar un munkkipos­su (los donuts fin­lan­deses). Eso si con­sigues coger sitio porque nor­mal­mente los establec­imien­tos están has­ta arri­ba.

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En el área del mer­ca­do, que bañan las aguas del Mar Bálti­co, es de donde parten muchos de los fer­ries a Tal­lín, San Peters­bur­go, Esto­col­mo y algu­nas ciu­dades de Ale­ma­nia y Polo­nia. Muchos cruceros por el Bálti­co real­izan para­da en Helsin­ki, por lo que es habit­u­al encon­trarse un mon­tón de tur­is­tas, espe­cial­mente rusos, que desem­bar­can para dar un paseo de unas horas por la ciu­dad. Nosotros uti­lizamos el fer­ry para mover­nos unos días después a Tallin, la cap­i­tal de Esto­nia. El pre­cio del pasaje es súper bara­to, ape­nas 20 euros (puedes com­prar los bil­letes pre­vi­a­mente por inter­net, como nosotros hici­mos para curarnos en salud, pero la ver­dad que los bar­cos son tan grandes que no ten­drás prob­le­mas para adquirir los tick­ets in situ), y en sólo dos horas y media ya estás en el país veci­no. Estos bar­cos gigan­tescos de varias plan­tas, autén­ti­cas ciu­dades flu­viales, son muy uti­liza­dos por los fin­lan­deses, que aprovechan los fines de sem­ana para acer­carse a Esto­nia a realizar la com­pra ya que allí los pre­cios son muchísi­mo más bajos. Otros lo usan como esce­nario de juer­gas ya que al encon­trarse en aguas inter­na­cionales, el alco­hol es mucho más económi­co. E inclu­so sor­prendía encon­trarse den­tro del fer­ry salas enteras llenas de máquinas tra­gaper­ras.

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Para moverte por Helsin­ki puedes uti­lizar los tran­vías. Aunque no son baratos (casi 3 euros el bil­lete, puedes pagárse­lo al mis­mo con­duc­tor) fun­cio­nan muy bien, has­ta la una de la madru­ga­da, y pasan con bas­tante fre­cuen­cia; además, verás que en las paradas unos pan­e­les elec­tróni­cos te infor­man de cuan­tos min­u­tos quedan para que llegue el sigu­iente. Nosotros no los uti­lizamos mucho, bási­ca­mente para ir des­de nue­stro aparta­men­to al cen­tro (estábamos allí en un pis pas), ya que el cas­co históri­co es bas­tante pequeño y puedes ir prac­ti­ca­mente a todos los sitios andan­do pero supon­go que en invier­no vienen de lujo para que no se te con­gele la nar­iz. Hay dos líneas, la 2 y la 3, que real­izan un cir­cuito en for­ma de 8 por la ciu­dad y te ven­drán de fábu­la para acer­carte a los mon­u­men­tos más impor­tantes si no tienes ganas de andar. El metro es poco prác­ti­co para los tur­is­tas ya que tiene una sola línea y ape­nas pasa por pun­tos de interés reseñable.

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Hablan­do de trans­portes, la Estación Cen­tral de Helsin­ki, Rautatiease­ma, de la que parten todos los trenes de larga dis­tan­cia y es el final del trayec­to de los que lle­gan de Moscú y San Peters­bur­go, ha sido elegi­da como una de las más boni­tas del mun­do. Por aquí pasan cada día más de 200.000 pasajeros.

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El Esplana­di, en pleno corazón de Helsin­ki, es el pul­món verde de la ciu­dad. Aunque la ver­dad, Helsin­ki es ya de por sí una urbe total­mente integra­da en la nat­u­raleza. En invier­no esta larguísi­ma aveni­da se ve cubier­ta por pueste­cil­los navideños; en ver­a­no, cuan­do nosotros lo visi­ta­mos, los fin­lan­deses se tum­ba­ban en la hier­ba, ávi­dos de rayos de sol, y todas las tardes podías encon­trarte con algún concier­to de un grupo local: es el lugar preferi­do por los fine­ses para orga­ni­zar cualquier tipo de even­to cul­tur­al. Además, aquí podrás encon­trar un mon­tón de restau­rantes (muy cer­ca se encuen­tra el Hard Rock Café, que nos acer­camos a vis­i­tar), cafeterías y un mon­tón de tien­das de ropa cara-carísi­ma, sólo apta para los bol­sil­los más pudi­entes. Y ya que men­cionamos el tema culi­nario, si te lo puedes per­mi­tir, date un hom­e­na­je en el Kap­peli, un bel­lísi­mo restau­rante acrista­l­a­do que con sus 140 años de vida está con­sid­er­a­do el mejor de la cap­i­tal. Ningún lugar mejor para atre­verse con la gas­tronomía nórdi­ca.

Uno de los concier­tos que se esta­ban cel­e­bran­do en Esplana­di

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En los aledaños de Esplana­di se encuen­tra la que posi­ble­mente es la fuente más cono­ci­da de Helsin­ki: Havis Aman­da. La sire­na desnu­da, con la que el escul­tor Ville Vall­gren pre­tendía sim­bolizar el renacimien­to de Helsin­ki tras tan­tos años de penurias, es escogi­da cada 1 de Mayo por lo estu­di­antes uni­ver­si­tar­ios para cel­e­brar el Walpur­gis (que en fin­landés se conoce como Vap­pu), tras haber orga­ni­za­do pic­nics en par­ques cer­canos.  El Walpur­gis (o Noche de Bru­jas) es una fes­tivi­dad muy pop­u­lar en Ale­ma­nia y los país­es nórdi­cos, con raíces en antigu­os ritos paganos en los que se real­iz­a­ban ofren­das a los dios­es de la fer­til­i­dad; aca­so por dicho moti­vo la leyen­da cuen­ta que aquel hom­bre que beba de las aguas de la fuente de Havis Aman­da verá reforza­da su poten­cia sex­u­al.

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Esta de aquí aba­jo es la calle Man­ner­heim­intie, la más impor­tante de Helsin­ki y ded­i­ca­da al mil­i­tar Carl Gustaf Emil Man­ner­heim. Desta­can en ella el Teatro Sue­co (que fue el primero de la ciu­dad y data de prin­ci­p­ios del siglo XIX) , la Casa de la Ópera, la Ofic­i­na Cen­tral de Corre­os y los grandes almacenes Stock­mann, que vis­i­tan cada año 13 mil­lones de per­sonas. Otro de los lugares destaca­bles es el Museo Nacional de Fin­lan­dia, donde se da repa­so exhaus­ti­vo a la con­vul­sa his­to­ria del país.

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La capil­la de Kamp­pi (tam­bién cono­ci­da como Capil­la del Silen­cio) es con seguri­dad una de las más orig­i­nales de toda Europa. Se encuen­tra en la Plaza Narinkka­tori y parece cualquier cosa menos una igle­sia. No es la úni­ca igle­sia atípi­ca de la ciu­dad: cer­ca del cen­tro tam­bién tienes Temp­peli­aukio o Igle­sia de la Roca, como su pro­pio nom­bre indi­ca excava­da en piedra y donde habit­ual­mente se pro­gra­man concier­tos debido a su exce­lente acús­ti­ca. Por cier­to, que aquí es habit­u­al que se organ­i­cen shows de Heavy Met­al, orga­ni­za­dos por el cura Haka Këkälainen, que con su mele­na y su chu­pa de cuero es una autén­ti­ca cele­bri­dad. La músi­ca rock, para for­tu­na de los fine­ses, es en este país todo un modo de vida.

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Pero si hay un tem­p­lo en Helsin­ki que es el sím­bo­lo abso­lu­to de la cap­i­tal fin­lan­desa y que a mí, sin dudar­lo, me pare­ció de los más boni­tos que he vis­to en el Viejo Con­ti­nente este es la Cat­e­dral. Se encuen­tra jus­to en el medio de la gigan­tesca Plaza del Sena­do y siem­pre está rodea­da de cien­tos de tur­is­tas que vienen a fotografi­ar­la. Blan­ca como la nieve y majes­tu­osa como pocas, esta bel­lísi­ma igle­sia luter­ana, con­struí­da en hon­or al zar Nicolás I, es indud­able­mente el edi­fi­cio más boni­to de todo Helsin­ki.

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Y si hay otra igle­sia que rival­iza en belleza y ele­gan­cia con la Cat­e­dral, esta es la la Cat­e­dral Orto­doxa de Uspen­s­ki, cono­ci­da como la igle­sia roja. Se encuen­tra en la penín­su­la de Katana­jok­ka, en lo alto de una pequeña col­i­na, y sus cin­co cúpu­las están total­mente recu­bier­tas de oro.

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Aquí nos encon­tramos en la boni­ta entra­da del Museo de His­to­ria Nat­ur­al, con la escul­tura de un reno,  cuyo acce­so es gra­tu­ito los jueves. Aprove­cho para comen­tar que en Helsin­ki se puede entrar a muchos museos de for­ma gra­tui­ta: a diario, al Helsin­ki City Muse­um, al Museo del Ban­co de Fin­lan­dia, a la Klu­u­vi Gallery, al Museo Paivahleti y al Museo de las Cul­turas; los viernes puedes entrar gratis al Museo Nacional y el primer viernes de cada mes al Museo de Arte y al Museo de Arqui­tec­tura.

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En las calles de Helsin­ki tam­bién puedes encon­trarte con algo habit­u­al en otras muchas ciu­dades euro­peas: los puentes con los can­da­dos del amor.

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Un lugar que parece pasar desapercibido para muchos tur­is­tas y que nosotros no queríamos dejar de vis­i­tar es uno de los rin­cones más orig­i­nales de Helsin­ki: el hotel-prisión Kata­janok­ka. Puedes acced­er a la isla donde se encuen­tra a través de uno de sus tres puentes. Los cua­tro edi­fi­cios, que datan de finales del siglo XIX y fueron man­da­dos con­stru­ir por el zar Ale­jan­dro III, daban for­ma en el pasa­do a la cár­cel más impor­tante de la ciu­dad, donde inclu­so estu­vo recluí­do un primer min­istro. Las más de 160 cel­das han sido recon­ver­tidas en habita­ciones (y dotadas de cuar­tos de baño, de los que carecían); aho­ra puedes dormir en una de ellas por el módi­co pre­cio de 200 euros la noche. Nosotros, evi­den­te­mente, no estábamos allí alo­ja­dos pero como siem­pre le echamos cara al asun­to, aprovechan­do que se cel­e­bra­ba allí un fiestor­ro de padre y muy señor mío, nos hici­mos pasar por clientes para poder fotografi­ar­lo por den­tro.

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Curioso edi­fi­cio en las calles de Helsin­ki

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Helsin­ki es una goza­da para los que amamos la músi­ca y, en espe­cial, las tien­das de dis­cos. En unos tiem­pos en los que estas pare­cen des­ti­nadas a la extin­ción por la piratería y la ven­ta por inter­net, la cap­i­tal fin­lan­desa con­tinúa con­ser­van­do algu­nas de las más impor­tantes de Escan­di­navia y donde, además, se pueden encon­trar aún vini­los y no sólo Cds. Music Hunter (que fue la que más me gustó, era increíble la can­ti­dad de mer­chan­dise que podían ten­er acu­mu­la­do en sus cua­tro o cin­co salas), Fenic­ca y Hellsin­ki Rock Shop son algu­nas de las más recomend­ables si lo tuyo es el rock n’ roll.

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Aparte de pro­bar una sauna (en Helsin­ki todavía quedan algu­nas públi­cas, como la sauna de madera de Koti­har­jun, cuya entra­da cues­ta 9 euros) o acer­carte a ver el Mon­u­men­to a Sibelius, hay una excur­sión que te recomen­damos no perderte porque es intere­san­tísi­ma: la de la For­t­aleza de Suomen­lin­na. Para ir a recor­rerla sac­ri­fi­camos ir a vis­i­tar el Seurasaari Open Air Muse­um, ya que no nos daba tiem­po a ambas cosas, pero después hablan­do con una ami­ga fin­lan­desa nos comen­tó que habíamos hecho bien en escoger Suomen­lin­na ya que merecía mucho más la pena.

Para lle­gar a esta inabar­ca­ble for­t­aleza, que se asien­ta sobre nada más y nada menos que seis islas, hay que coger un fer­ry que parte des­de la Plaza del Mer­ca­do. Puedes com­prar allí mis­mo los tick­ets, en las máquinas expende­do­ras, cues­ta seis euros el trayec­to y te deja en la for­t­aleza en ape­nas 15 min­u­tos. El via­je en bar­co recorre los alrede­dores de Helsin­ki y te brin­da imá­genes tan boni­tas como esta.

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La For­t­aleza de Suomen­lin­na, que tiene el títu­lo de Pat­ri­mo­nio de la Humanidad de la UNESCO des­de el año 1991, es un lugar úni­co porque, curiosa­mente, está habita­do (aunque, por fortuna,por muy poca gente, sólo 800 veci­nos, que tienen la suerte de ten­er sus res­i­den­cias en un para­je envidi­a­ble). Son mju­chos los fin­lan­deses que aprovechan los fines de sem­ana para venirse car­ga­dos con sus sand­wich­es y sus cervezas para hac­erse un pic­nic impro­visa­do al aire libre; de hecho, cuan­do desem­bar­camos una de las primeras cosas que nos encon­tramos fue un concier­to que habían mon­ta­do en una de las praderas.

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Esta inmen­sa for­t­aleza, que es casi una ciu­dad en miniatu­ra, comen­zó a con­stru­irse en 1748 bajo orden de la coro­na sue­ca, que pre­tendía fre­nar de este modo las ansias impe­ri­al­is­tas de los rusos, que como os con­ta­ba más arri­ba, se pasaron sig­los inten­ta­do arrebatar estas cod­i­ci­adas tier­ras a los sue­cos. Muchos de los antigu­os bar­ra­cones han acaba­do con­ver­tidos en vivien­das, coque­tas cafeterías, restau­rantes, museos y salas de con­fer­en­cias y exposi­ciones, además de acoger talleres de arte­sanía y de remod­elación de veleros de madera.

La his­to­ria de Suomen­lin­na dió mucho de sí. En 1750 fue denom­i­na­da ofi­cial­mente Sve­aborg (aunque luego se la cam­bió el nom­bre), en 1808 fue toma­da por el ejérci­to ruso (quien la ocupó durante 110 años), en 1855, durante la Guer­ra de Crimea, la flota anglofrance­sa la bom­bardeó, oca­sio­n­an­do gravísi­mos daños mate­ri­ales, en 1918, en la Guer­ra Fin­lan­desa, se la cam­bió el nom­bre y se con­vir­tió en un gigan­tesco cam­po de pri­sioneros, en 1939, en la Segun­da Guer­ra Mundi­al, se uti­lizó como base de baterías anti­aéreas y sub­mari­nos, y final­mente en 1973 el ejérci­to fin­landés aban­donó el archip­iéla­go y se trans­fir­ió su restau­ración y con­ser­vación al Min­is­te­rio de Edu­cación y Cul­tura.

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Recor­rer Suomen­lin­na puede lle­varte fácil­mente una mañana entera. Lo recomend­able es seguir las indi­ca­ciones de la Ruta Azul, que cir­cun­vala la isla prin­ci­pal de norte a sur (tam­bién hay otra ruta dis­eña­da para per­sonas con mobil­i­dad reduci­da y en sil­las de ruedas, lo que es un detal­la­zo). Ten mucho ojo donde pones los pies ya que hay que subir y bajar por varias pen­di­entes llenas de pedr­us­cos, el ter­reno es bas­tante rocoso. En ver­a­no se ofre­cen vis­i­tas guiadas a pie en fin­landés, sue­co, inglés y ruso, aunque nosotros cua­tro la hici­mos por nues­tra cuen­ta sin ningún incon­ve­niente.

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Den­tro de las islas podemos encon­trar has­ta una igle­sia orto­doxa (que a prin­ci­p­ios del siglo XX fun­cionó como tem­p­lo luter­a­no) y donde actual­mente aún se con­ser­va un faro con el que se con­tro­la el trá­fi­co aéreo y naval. El Patio de Armas, dis­eña­do por Agustin Ehrensvärd (quien se encuen­tra aquí enter­ra­do y fue el fun­dador de Suomen­lin­na) es otro de los pun­tos más impor­tantes del recor­ri­do. En el dique seco, uno de los astilleros más antigu­os del mun­do y aún en fun­cionamien­to, se con­struyeron los buques de la flota sue­ca y en la actu­al­i­dad se ded­i­ca a la restau­ración de bar­cos antigu­os. Todo ello en un para­je idíli­co, como podéis ver en la fotografía.

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En Kus­taan­miek­ka se pueden aún obser­var las líneas de defen­sa costeras, donde se con­ser­van los potentes cañones que con­struyó la artillería rusa.

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Los antigu­os depósi­tos de pólvo­ra, que se mantienen igual que cuan­do se con­struyeron en 1880, pare­cen casas de hob­bits…

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Aún pueden verse den­tro de la for­t­aleza antigu­os sub­mari­nos y aden­trarte en los túne­les donde se escondían las tropas. Estos últi­mos los tuvi­mos que recor­rer alum­bra­dos por las lin­ter­nas de nue­stros telé­fonos móviles.

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Vis­tas de la for­t­aleza

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La impre­sio­n­ante Puer­ta del Rey (cono­ci­da en finés como Kuninkaanportti),construida entre 1753 y 1754, era la puer­ta de entra­da a la For­t­aleza de Suomen­lin­na y hoy en día es su ima­gen más pop­u­lar.
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