Ruta por Asturias

¡Qué ganas teníamos de regre­sar a Asturias! En mi caso, hacía casi diez años que no lo pis­a­ba y lo cier­to es que las ante­ri­ores veces me había cen­tra­do en ciu­dades grandes como Gijón u Oviedo, qui­tan­do en una ocasión que nos recor­ri­mos los Picos de Europa. Por ello, teníamos pen­di­ente dedi­carnos por com­ple­to a la Asturias más rur­al (que, en real­i­dad, es la más boni­ta) y aprovechamos el puente de Mayo para pegar­nos una escapa­da a aque­l­las tier­ras. ¡Lo hemos dis­fru­ta­do muchísi­mo!

Cin­co hori­tas en coche des­de Madrid para lle­gar a uno de los alo­jamien­tos más entrañables donde hemos esta­do nun­ca. Nos habían regal­a­do unos ami­gos un paque­te de Won­der­box que nos incluía dos noches con sus respec­tivos desayunos y cenas. Después de ojear las difer­entes opciones que había por la zona, ya que buscábamos un hotel rur­al para sen­tirnos en ple­na nat­u­raleza (y cuan­to más recón­di­to, mejor) nos decanta­mos por el hostal Buho de Remoli­na en Bode, una pequeña aldea de 60 habi­tantes en el con­ce­jo de Par­res, muy cerqui­ta de Arrion­das, lo que viene muy bien por si nece­si­tas acer­carte a com­prar cualquier cosa ya que la aldea se com­pone bási­ca­mente de unas cuan­tas casas y poco más, que es lo que en real­i­dad íbamos bus­can­do.

Sin­ce­ra­mente, si estás bus­can­do un lugar para dormir que se ale­je del típi­co hotel con­ven­cional, este es tu sitio. Es una casa rur­al de piedra per­di­da en mitad de la mon­taña, la lle­van un mat­ri­mo­nio joven majísi­mo que tam­bién vive allí con sus dos niños, una per­ra, dos gatos y unas cuan­tas gal­li­nas, con un jardín enorme donde puedes aparcar el coche y unas habita­ciones pre­ciosas, total­mente rús­ti­cas (nos dieron una súper boni­ta abuhardil­la­da). Ninguno de los cuar­tos tiene tele­visión, habrá gente que vea en ello un incon­ve­niente pero no era nue­stro caso, pues a fin de cuen­tas habíamos ido allí a desconec­tar. El desayuno es total­mente casero y las cenas tam­bién, aunque debo con­fe­sar que las cenas ape­nas las aprovechamos porque los platos fueron tan abun­dantes en las comi­das que hici­mos en los restau­rantes que estu­vi­mos que cuan­do lle­ga­ba la noche no nos cabía nada más! Aunque el desayuno es en mesa com­par­ti­da, a nosotros no nos importó porque así aprovechamos para char­lar con otras dos pare­jas que tam­bién habían venido de Madrid. En cuan­to a los dueños, Car­los y Humi, nos trataron de mar­avil­la, ama­bilísi­mos, nos dieron un mon­tón de recomen­da­ciones para hac­er rutas y nos hicieron sen­tir como en casa. Asi que un 10 para el alo­jamien­to y, sobre todo, el trato.¡Así da gus­to salir de via­je!

Hotel rur­al El Búho de la Remoli­na

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Pre­cisa­mente en Arrion­das, el pueblo de al lado, fue donde comi­mos nada más lle­gar. Y qué mejor que atre­verse con unas bue­nas fabes con alme­jas (o fabes con ama­sue­les, como las cono­cen los astures), el pla­to más típi­co de su gas­tronomía ¡esta­ban riquísi­mas! Lo cier­to es que ya comen­zamos a notar las difer­en­cias de pre­cio respec­to al via­je a Navar­ra que hici­mos un mes antes (como bien comenta­ba la dueña de nue­stro hotel, los pre­cios por com­er en el norte van de oeste a este, lo más caro el País Vas­co y Navar­ra, luego Cantabria, después Asturias y por últi­mo Gali­cia, donde te pones has­ta arri­ba de marisco por cua­tro duros). Elegi­mos para com­er la sidr­ería El Mirador, súper autén­ti­ca ¡olía todo el local a sidra escan­ci­a­da! y con una comi­da casera espec­tac­u­lar a un pre­cio inmejorable: fabes con alme­jas para dos, entre­cot, albóndi­gas en sal­sa, postres y cafés, 16 euros por per­sona.

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Uno de los sitios que más ganas teníamos de vis­i­tar en Asturias era Las­tres (o Llas­tres en bable). En mi caso, me enam­oré de este pueblo gra­cias a la serie “Doc­tor Mateo” (donde fic­ti­ci­a­mente se llam­a­ba San Martín del Sel­la). Aunque no es muy grande, ape­nas 2.000 habi­tantes, es uno de los pueb­los más espec­tac­u­lares de toda la cos­ta del Mar Can­tábri­co. Sus casas blan­cas se agru­pan en un acan­ti­la­do que cae al mar, con cal­lecitas estre­chas y emp­inadas que pro­por­cio­nan unas vis­tas pre­ciosas de la playa y el puer­to pes­quero. La pesca (y aho­ra el tur­is­mo) fueron el motor de Las­tres en la antigüedad, su puer­to fue uno de los más impor­tantes de la comar­ca y has­ta hay un mon­u­men­to ded­i­ca­do a las sar­dineras, en hom­e­na­je a todas esas mujeres luchado­ras que recor­rían los pueb­los cer­canos inten­tan­do vender sus ces­tas llenas de sar­di­nas.

Lo mejor es que cuan­do llegues te acerques a la Ofic­i­na de Tur­is­mo, está enfrente de la Casa de Pedro Suarpérez, donde te aten­derán de mar­avil­la… y te darán un mapi­ta con la Ruta del Doc­tor Mateo! Y es que la serie ha dado tan­ta fama al pueblo que sus habi­tantes, agrade­ci­dos con los fans de la serie, han crea­do un itin­er­ario que recorre los lugares más rel­e­vantes del roda­je (la casa del médi­co, la de la maes­tra, la emiso­ra de radio e inclu­so la Taber­na de Tom,de la que en real­i­dad sólo grabaron los exte­ri­ores y cuan­do lle­gas y te aso­mas por la ven­tana, no hay taber­na ningu­na sino un local al aire libre comi­do por la hier­ba). Son reseñables la igle­sia de San­ta María de Sába­da, la Torre del Reloj y el faro cer­cano pero lo boni­to de Las­tres es sen­tarte a tomar una bue­na sidra (sidra de ver­dad, no la de El Gaitero) miran­do al mar. Nosotros escogi­mos el bar Bitá­co­ra para hac­er­lo.

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Ya que estás en la zona de Col­un­ga, tienes a pocos kilómet­ros el Museo del Jurási­co de Asturias, cuyo edi­fi­cio emu­la la huel­la de un dinosaurio y donde no sólo se repasa la evolu­ción de estos grandes rep­tiles sino que has­ta exhiben un mon­tón de répli­cas de las difer­entes especies. Hay que recor­dar que a lo largo de la cos­ta que va des­de Tazones has­ta Caman­gu se han encon­tra­do un mon­tón de huel­las y fósiles y esa es la razón de ser del museo. A la vuelta de Las­tres íbamos a haber para­do en el Mirador de Fito pero bajó la niebla y nos privó de las vis­tas de la Reser­va Nat­ur­al del Sueve. No obstante, lo anoto para que lo apun­téis en la lista de posi­bles vis­i­tas.

Cuan­do estuve hace años recor­rien­do los Picos de Europa, uno de los lugares que más me gustó fueron los Lagos de Cov­adon­ga, los lagos Enol y Erci­na. Mi mari­do no los conocía así que después de desayu­nar, cogi­mos el coche y nos acer­camos has­ta allí. Aho­ra ya no te dejan subir el coche has­ta los lagos sino que has de aparcar y subir en uno de los bus­es estatales (me parecieron algo caros, 8 euros ida y vuelta, salen des­de Can­gas de Onís y des­de la Basíli­ca de Cov­adon­ga). Aparte de estar has­ta arri­ba de gente por el puente, nos aclararon que como era la época de subir el gana­do a pas­tar, los auto­bus­es no podían bajar a recoger gente has­ta pasa­da una hora. Así que como no queríamos perder la mañana y Asturias tiene otro mon­tón de rin­cones igual de espec­tac­u­lares, decidi­mos cam­biar los planes e irnos a otro área de los Picos de Europa, un poquito más al sur, más conc­re­ta­mente al área de Cabrales (sí,donde el famoso queso,que aunque mucha gente piense que su sabor es fortísimo,a mí me parece un autén­ti­co man­jar). Cruzamos pueb­los súper boni­tos como Are­nas de Cabrales para lle­gar has­ta el Mirador del Naran­jo de Bulnes, des­de donde se obtienen unas vis­tas idíli­cas del Pico Urriel­lu.

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Uno de los lugares más espec­tac­u­lares de esta zona a niv­el paisajís­ti­co es el Des­filadero de la Her­mi­da, que con sus 21 kilómet­ros es el más largo de España. A nosotros nos impre­sionó muchísi­mo. Recor­rer esas car­reteras sin­u­osas, engul­li­dos por mon­tañas de roca cal­iza de más de 600 met­ros de alti­tud y atrav­es­an­do aldeas de sólo tres o cua­tro casas fue una expe­ri­en­cia extra­or­di­nar­ia. El des­filadero se encuen­tra jus­to en la fron­tera entre Asturias y Cantabria e insis­to en que es un lugar que se merece una visi­ta sí o sí. Nosotros pre­cisa­mente aprovechamos para parar a hac­er fotos en el boni­to pueblo medieval de La Her­mi­da, que ofrece una de las mejores estam­pas de la zona.

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Nues­tra idea era lle­gar a Potes para com­er. Y la ver­dad es que fue el pueblo que más nos gustó de todo el via­je (y añadiría que uno de los que más me ha impacta­do en todos mis via­jes por España). Cap­i­tal de la Comar­ca de Liébana y atrav­es­a­do por el río Quiv­iesa, su ubi­cación priv­i­le­gia­da entre mon­tañas nevadas (sí,pese a la bue­na tem­per­atu­ra las cimas aún tenían nieve) te hacen sen­tir como si estu­vieras en Suiza.

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La Torre del Infan­ta­do, de ori­gen medieval, es tam­bién sede del Ayun­tamien­to de Potes. Jun­to a la Igle­sia de San Vicente, es el edi­fi­cio más desta­ca­do de la local­i­dad

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Cuan­do lleg­amos vimos que había una exposi­ción en la Torre Ore­jón de la Lama sobre bru­jería, ocultismo y tor­tu­ra medieval. Sin embar­go, a esas horas esta­ba cer­ra­da. Por lo tan­to, aprovechamos para dar un paseo por el pueblo, pre­si­di­do por una plaza prin­ci­pal total­mente atípi­ca, asimétri­ca y escalon­a­da (con tem­plete de músi­ca incluí­do), frente al edi­fi­cio de Corre­os, uno de los edi­fi­cios estatales más boni­tos que he vis­to nun­ca. Los calle­jones aledaños, empe­dra­dos y llenos de encan­to, están has­ta arri­ba de ten­deretes donde se venden pro­duc­tos típi­cos de la tier­ra (que­so, patés, fabes, anchoas y sobre todo oru­jo, del pro­duc­to que más orgul­loso se siente Potes).

Casa Cayo es el restau­rante más afama­do del pueblo pero lo cier­to es que está siem­pre has­ta arri­ba asi que fuimos a com­er a otra opción más que recomend­able, el restau­rante Los Cama­chos (direc­ción Plaza del Llano s/n). Y es que teníamos muchas ganas de pro­bar el pla­to más típi­co de la zona, el coci­do leban­iego, que está sabrosísi­mo. Además, como os comenta­ba antes, por esta zona son de llenar bien los platos y el per­o­lo que nos tra­jeron era más bien para cua­tro per­sonas que para dos, obvi­a­mente ni logramos acabárnoslo. Se com­pone de un entrante de sopa y un segun­do, con gar­ban­zos de potes y el famoso com­pan­go asturi­ano (chori­zo, mor­cil­la, hue­so de jamón y toci­no), aparte de carne de tern­era y el rel­leno (una masa de huevo,pan y pere­jil). Para el postre aprovechamos para pro­bar el flan de café con oru­jo, tam­bién muy típi­co de aquí y riquísi­mo.

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Como llevábamos un par de días recor­rien­do pueb­los de mon­taña (que hay que ver qué boni­tos que son!) y nos apetecía dis­fru­tar tam­bién el lado marinero de Asturias, decidi­mos irnos has­ta Llanes. Además, el tiem­po acom­paña­ba (para ser Asturias, sólo nos lloviznó muy de vez en cuan­do y ni tuvi­mos que sacar los paraguas).

Llanes es uno de los pueb­los más impor­tantes de Asturias pero ello no le ha impe­di­do man­ten­er su orgul­loso pasa­do y su traza­do medieval. En la Edad Media Llanes era cono­ci­do como Puebla de Aguilar y fue el rey Alfon­so X el Sabio el que la encum­bró como vil­la (de hecho, de esa época son orig­i­nar­ias las mural­las que aún se con­ser­van). Llanes además fue un pun­to clave en el ofi­cio de tejero y envi­a­ba cuadrillas de tra­ba­jadores a los pueb­los cer­canos para que se ocu­paran de los techa­dos de los hórre­os.

El boni­to Llanes con­ser­va un con­jun­to históri­co impor­tan­tísi­mo, donde desta­can la Igle­sia de San Sal­vador, el Pala­cio del Conde de la Vega del Sel­la, el Pala­cio de los Duques de Estra­da, el Pala­cio de Posa­da Her­rera y la Casa de los Leones.

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Merece tam­bién la pena acer­carse a ver la Playa del Sablón, de traza­do semi­cir­cu­lar, y dar un paseo por las cer­canías, con unas vis­tas pre­ciosas de los acan­ti­la­dos

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Os acon­se­jo que tam­poco os vayáis sin vis­i­tar los pre­ciosos Cubos de la Memo­ria. Se encuen­tran en el puer­to y son obra del artista Agustín Ibar­ro­la, quien aprovechó los blo­ques de hormigón para crear una obra mag­ní­fi­ca. Después de vis­i­tar­los, nos dimos un des­can­si­to en la cafetería Xana para tomar un sor­bete de cham­pán y fre­sas y diri­girnos al sigu­iente pun­to de nue­stro recor­ri­do: Rib­ade­sel­la.

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Rib­ade­sel­la (en asturi­ano Ribeseya) es más pequeñi­to que Llanes pero cuen­ta con unas playas espec­tac­u­lares y además, es el pun­to de par­ti­da del descen­so del río Sella,que se cel­e­bra cada mes de Agos­to y con­gre­ga a miles de per­sonas que bajan el río en piragua (entre ellos mi padre, que lle­va un mon­tón de años sin fal­tar a su cita anu­al). Por ese moti­vo, la local­i­dad está llena de establec­imien­tos que ofre­cen difer­entes deportes de aven­tu­ra. Su con­jun­to mon­u­men­tal se apoya en las difer­entes igle­sias (la de San­ta Mag­dale­na o la de San­ta María de Jun­co), aunque a nosotros lo que más nos gustó fue su larguísi­mo paseo marí­ti­mo.

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Habíamos aprovecha­do estu­pen­da­mente los días y cuan­do nos quisi­mos dar cuen­ta se nos esta­ba aca­ban­do el via­je. Sin embar­go, el domin­go por la mañana quisi­mos aprovechar para acer­carnos al mer­ca­do de Can­gas de Onís, uno de los más antigu­os de España y donde cada domin­go se dan cita los agricul­tores y ganaderos de la zona para traer sus pro­duc­tos. Asi que qué mejor ocasión que esta para llenar el maletero de ver­duras ecológ­i­cas (de las de huer­to de ver­dad!), fabes, com­pan­go y que­sos (ufff!los que seais que­seros como yo no cometáis el peca­do de volver de Asturias sin traeros que­so!) Así al menos podríamos preparar en casa una bue­na faba­da asturi­ana, recor­dan­do el buen sabor de boca que nos han deja­do estas verdísi­mas y mar­avil­losas tier­ras.

Aquí puedes escuchar el pro­gra­ma que dedicamos a Asturias en La Ruta 61 de Radio Via­jera:


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