Banteay Srei: el templo rosa construido por mujeres

Curiosa­mente, uno de los tem­p­los que más me gustó en Angkor resultó ser un per­fec­to descono­ci­do para mí: no había oído hablar de Ban­teay Srei nun­ca y eso que me había instru­i­do un mon­tón sobre Angkor antes de ir. Esto da fe de todo lo que escon­den en su inte­ri­or las ruinas cam­boy­anas, kilómet­ros y kilómet­ros de tesoros mile­nar­ios. Cues­ta creer cómo ha con­segui­do sobre­vivir has­ta la actu­al­i­dad el tes­ta­men­to, casi inabar­ca­ble, de una civ­i­lización tan grandiosa.

Banteay Srei Camboya Angkor

El tem­p­lo de Ban­teay Srei se encuen­tra a unos vein­ticin­co kilómet­ros al norte de Angkor, cer­ca de las mon­tañas Kulen: lo ide­al es que ven­gas lo más pron­to posi­ble no sólo para evi­tar a otros tur­is­tas sino porque la piedra rosa­da del tem­p­lo tiene un bril­lo espe­cial antes de lle­gar al mediodía. En las lin­des del camino veíamos a los niños bañán­dose desnudos en el río y a vacas tan escuál­i­das que parecía que se les iban a salir del cuer­po las cos­til­las (debía ser algo genéti­co y no porque pasaran ham­bre porque hier­ba les sobra­ba). No se si fue por el esta­do de la car­retera o por el rit­mo de nue­stro tuk tuk (y eso que Piseth le daba una caña que no veas, parecía el Fiti­pal­di de Siem Reap) pero me dio la impre­sión de que Ban­teay se encon­tra­ba per­di­do en medio de la nada, lo que acen­tu­a­ba la sen­sación de sen­tirte en un lugar úni­co, en un tem­p­lo que no se puede com­parar a ningún otro. Y de hecho así es. La Ciu­dadela de las Mujeres o Ciu­dadela de la Belleza (se le conoce por ambos nom­bres aunque en real­i­dad se lla­ma Trib­hu­nama­h­es­vara, El Señor de los Tres Mun­dos) goza de una serie de par­tic­u­lar­i­dades que no se pueden encon­trar en ningún otro tem­p­lo de Angkor. Por si no tuviera sufi­ciente con ser uno de los tem­p­los más bel­los que he vis­to jamás.

Banteay Srei

Al con­trario que muchos otros tem­p­los de Angkor, Ban­teay Srei no fue con­ce­bido como un lugar de cul­to en el que tam­bién viviera la famil­ia real. Fue man­da­do con­stru­ir por Yaj­navara­ha, uno de los con­se­jeros de Rajen­dravar­man y futuro gurú del rey Jayavar­man V.  A Yaj­nava­hara se le con­cedieron unos ter­renos en las oril­las del río Siem Reap y jun­to a su her­mano ordenó con­stru­ir Ban­teay, que estu­vo final­iza­do sólo un año antes de la muerte del rey Rajen­dravar­man. Fue aprox­i­mada­mente en el siglo XII cuan­do pasó a manos de un poderoso sac­er­dote, Divaraka­pan­di­ta, quien implan­tó el cul­to a Shi­va. Alrede­dor del tem­p­lo cre­ció, como era habit­u­al en estos casos y en esta época, un asen­tamien­to humano: era la pequeña ciu­dad de Isvara­pu­ra.

Los his­to­ri­adores dicen de Ban­teay Srei que es la autén­ti­ca joya arqui­tec­tóni­ca del arte khmer y no creo que exageren lo más mín­i­mo. Todo ello pese a que es un tem­p­lo bas­tante pequeño en com­para­ción con otros de Angkor, de hecho parece una miniatu­ra hecha adrede a escala, y sor­prende su escasa exten­sión, debido a que al no ser un tem­p­lo real, no se con­tó con el mis­mo pre­supuesto que tuvieron otros tem­p­los may­ores. Aca­so por ella ten­ga más méri­to que en un tem­p­lo tan minús­cu­lo haya tan­ta mag­nif­i­cen­cia acu­mu­la­da. No imag­i­namos la cara que se les quedaría a los miem­bros del Ser­vi­cio Geográ­fi­co Francés cuan­do se toparon con él en mitad de la jungla en 1914, enter­ra­do bajo la are­na y la maleza: yo me habría tenido que sen­tar de la impre­sión.

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Lo curioso es que cuan­do el tem­p­lo comen­zó a adquirir noto­riedad fue años más tarde, en 1923, cuan­do el escritor André Mal­raux, que pos­te­ri­or­mente llegó a ser min­istro de cul­tura durante el gob­ier­no de De Gaulle, robó cua­tro devatas, aunque afor­tu­nada­mente ensegui­da fueron recu­per­adas y devueltas a su lugar de ori­gen: pese a que las autori­dades cam­boy­anas le detu­vieron y le con­denaron a tres años de prisión, el muy cretino nun­ca entró en la cár­cel. Este espo­lio dio pie al interés arque­ológi­co por Ban­teay y fue después com­pen­sa­do por el mag­ní­fi­co tra­ba­jo de restau­ración de otro francés, Hen­ri Mar­chal, quien apren­di­en­do de los restau­radores ale­manes que habían tra­ba­ja­do en los tem­p­los del este de la India, uti­lizan­do la téc­ni­ca de la anas­tilo­sis (en la que como si de un rompecabezas se tratara se recom­pone todo el armazón arqui­tec­tóni­co de un mon­u­men­to), con­sigu­ió que Ban­teay Srei recu­per­ara la sun­tu­osi­dad de antaño.

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Ban­teay Srei se cree que fue con­stru­i­do en el año 967 antes de Cristo, cien­to cin­cuen­ta años antes que Angkor Wat, o al menos eso es lo que dicen las inscrip­ciones más antiguas encon­tradas: fun­cionó como tem­p­lo has­ta bien entra­do el siglo XIV. La creen­cia de que fue con­stru­i­do por mujeres reside en la del­i­cadeza de sus escul­turas (se pens­a­ba que sólo ellas serían capaces de con­seguir una per­fec­ción de tal cal­i­bre) y en el hecho de que serían las mujeres las úni­cas con dere­cho a acced­er al recin­to sagra­do. Además, por todo el tem­p­lo podremos encon­trar fig­uras de apsaras (nin­fas) y devatas (diosas menores). Así que ya sabéis, Ban­teay Srei era en su época la may­or expre­sión del fem­i­nis­mo, quizás por ello lo dis­fruté tan­to. De hecho, muchas aso­cia­ciones y ONGs del país que luchan a favor de recu­per­ar los dere­chos de las mujeres lle­van el nom­bre de Ban­teay Srei, para rendir hom­e­na­je a estas bravas cam­boy­anas que vivieron aquí hace más de mil años.

Rodea­do de cam­pos de arroz,un pequeño lago y un cen­tro de infor­ma­ción donde se mues­tran cómo fueron los tra­ba­jos de restau­ración, el camino de entra­da, de poco más de sesen­ta met­ros, nos lle­va has­ta la puer­ta de acce­so, que es tan pequeñi­ta que casi se puede tocar con las manos el mar­co supe­ri­or (y para que lo diga yo, que soy super chiq­ui­ti­ta…) : esta­mos en la gopu­ra en la que Indra está rep­re­sen­ta­do con Aira­va­ta, su ele­fante de tres cabezas. Efec­ti­va­mente, Ban­teay es un tem­p­lo hin­duista que al menos a mí me record­a­ba en muchos aspec­tos a algunos de los más boni­tos de la India como los de Kha­ju­ra­ho. La gopu­ra se ubicó en un lugar que se encon­tra­ba per­fec­ta­mente alin­ea­do con el sol, la luna y las difer­entes con­stela­ciones.

Otros seten­ta met­ros, flan­quea­d­os por los restos de trein­ta y dos colum­nas de piedra, nos sep­a­ran del sigu­iente recin­to: como podréis com­pro­bar, pese a que Ban­teay es pequeño, se dio pri­or­i­dad a la ampli­tud al con­ce­bir los espa­cios. En los lat­erales aún se pueden obser­var los restos de lo que fueron las antiguas galerías, que en el pasa­do esta­ban cubier­tas por techos de mosaicos. En una de ellas, la más larga que va hacia el sur, se puede ver un fron­tón que nos mues­tra a Shi­va y su esposa Uma sobre el toro Nan­di; en otra de las galerías está Vish­nu, trans­for­ma­do en el león Narasimha, cogien­do del pecho al rey Hiranyakasipu.

Banteay

La sigu­iente gopu­ra, cus­to­di­a­da por leones de piedra, es la ver­dadera entra­da al tem­p­lo en sí, la parte más sagra­da del recin­to. Aquí nos pararemos a con­tem­plar las fig­uras de Sita poseí­da por el demo­nio Virad­ha; en el otro fron­tón, que aho­ra se exhibe en el Museo Guimet de París, se mues­tra una esce­na de dos her­manos luchan­do, Sun­da y Upa­sun­da. Es la ante­sala del tem­p­lo, el lugar más sor­pren­dente de Ban­teay ya que te sientes como en los mun­dos de Gul­liv­er: todo parece adap­ta­do a la estatu­ra de unos niños, no de los adul­tos. Por pon­er un ejem­p­lo, la puer­ta prin­ci­pal del san­tu­ario mide poco más de un metro de altura. Este san­tu­ario (ded­i­ca­do a Shi­va) está flan­quea­do por otros dos san­tu­ar­ios (ded­i­ca­dos a Vish­nu) aún más pequeños y pre­ce­di­do por una antarala, una antecá­mara que conecta­ba con la segun­da estancia, la man­da­pa, que era donde se real­iz­a­ban los difer­entes rit­uales y fes­te­jos.

Seis dimin­u­tas escaleras con­ducen has­ta la platafor­ma prin­ci­pal. Las escul­turas que aquí se encuen­tran son répli­cas, lo que no impidió que muchos ladrones de antigüedades inten­taran llevárse­las, pen­san­do que eran autén­ti­cas, por lo que muchas de ellas están dañadas.: las orig­i­nales se encuen­tran el Museo Nacional de Phnom Penh. Estas escul­turas de guardianes son humanos con cabezas de ani­males como monos o leones.

Los din­te­les, fron­tones y dec­o­ra­ciones de Ban­teay Srei están con­sid­er­a­dos de los más exquis­i­tos del impe­rio khmer. La arenis­ca roja que se uti­lizó para la con­struc­ción, que da al tem­p­lo ese mar­avil­loso tono rosa­do, ya es de por sí sufi­cien­te­mente atrac­ti­va pero aña­di­da la fab­u­losa colec­ción de tal­la­dos que ador­nan Ban­teay, el resul­ta­do final deja lit­eral­mente sin pal­abras. Sobre todo tenien­do en cuen­ta lo con­cien­zu­do que fue el tra­ba­jo, ya que muchas de las fig­uras están tal­ladas en tres dimen­siones. La gran ven­ta­ja es que al ser este un tem­p­lo dimin­u­to, ten­emos los graba­dos a la altura de los ojos, lo que nos per­mite apre­cia­r­los con may­or detalle. A mí una de las que más gustó fue la que mues­tra a Shi­va Nataraj dan­zan­do mien­tras prepara la destruc­ción del kalpa, el ciclo de la vida, y en la otra facha­da Dur­ga en for­ma de león enca­de­na­do.

Banteay Srei

En los lat­erales del recin­to se encuen­tran, una a cada lado, las bib­liote­cas donde se guard­a­ban las escrit­uras sagradas. Las tym­pa­nas, los pan­e­les recar­gadísi­mos que se sitúan sobre sus puer­tas, son fasci­nantes. En ellos se vuel­ven a rep­re­sen­tar esce­nas de la mitología hindú: Ravana, el demo­nio de varias cabezas, sacu­d­i­en­do el Monte Kailasa, donde están sen­ta­dos Shi­va y Uma, el dios del amor , Kama, lan­zan­do una flecha a Shi­va, Indra (dios del cielo) cre­an­do llu­via para apa­gar el fuego del bosque Khan­da­va, Krish­na matan­do a su tío Kam­sa… En defin­i­ti­va, que pasear por el corazón de Ban­teay Srei es como hac­er­lo por el inte­ri­or de un cuen­to de hace mil años, donde las pági­nas son rocas rosadas y ten­emos tan cer­ca a los pro­tag­o­nistas de estas fan­tás­ti­cas epopeyas que casi podemos escuchar­los res­pi­rar.


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