Ruta por Navarra, valle de Baztan y País Vasco Francés

Por mucho que uno via­je, ten­emos tan­ta suerte de vivir en un país con un tan amplio pat­ri­mo­nio cul­tur­al como el nue­stro que siem­pre te acabarán quedan­do rin­cones por des­cubrir. En nue­stro caso uno de ellos era la región de Navar­ra y en ello aprovechamos la Sem­ana San­ta de este año, en coger el coche y recor­rer algunos de sus pueb­los más boni­tos. Un via­je que pre­cisa­mente nos dio tan­to de sí jus­ta­mente por ello, por lle­var nue­stro pro­pio coche, y que además nos per­mi­tió dis­fru­tar de unos paisajes de mon­taña total­mente espec­tac­u­lares.

Viaje Navarra

Olite

Tuvi­mos suerte con la operación sal­i­da y ape­nas cogi­mos trá­fi­co: parece ser que los madrileños son más de bus­car el calor de las costas del Mediter­rá­neo en estas fechas. Nosotros, sin embar­go y pese a ser el norte, con­ta­mos la may­or parte del tiem­po con un cli­ma de lo más salud­able, con tem­per­at­uras en torno a los 20 gra­dos, lo que para ser Abril en esa zona es un lujo. En unas tres horas y cuar­to de trayec­to nos plan­ta­mos en la que sería nues­tra primera para­da, Olite, y donde además teníamos el alo­jamien­to, por lo que nos serviría de base para explo­rar la región.

Las tres noches de hotel nos las habían regal­a­do unos ami­gos y ten­go que decir que mejor hotel no podían haber elegi­do: Casa Zan­i­to. En pleno cen­tro de Olite, en la calle May­or, un hotel rur­al pre­cioso que regen­ta la mis­ma famil­ia des­de hace más de 50 años y cuyas habita­ciones están dec­o­radas con un regus­to antiguo que hacen de la estancia una expe­ri­en­cia de lo más espe­cial. Además cuen­ta con un restau­rante fab­u­loso, con­sid­er­a­do uno de los mejores de la provin­cia, donde cen­amos una de las noches. El menú degustación, que nor­mal­mente cues­ta 25 euros, se nos que­da a los clientes en 19 y es una opción de lo más recomend­able: el restau­rante es muy coque­to y acoge­dor y ofrece un exquis­i­to resumen de la gas­tronomía navar­ra (en nue­stro caso opta­mos por las pochas con perdiz a la navar­ra, ensal­a­da de que­so de cabra y un par de rod­a­bal­los tiernísi­mos). Todo muy,muy casero. Aprove­cho tam­bién para recomen­dar otro restau­rante en la mis­ma calle, La Mural­la: tened en cuen­ta que los pre­cios de las comi­das en el norte, o al menos en esta zona, son más ele­va­dos que en otras regiones: el menú del día suele ron­dar los 17 euros, por lo que lle­var apun­ta­dos unos cuan­tos sitios para com­er nun­ca está de más.

Olite es un pueblo bas­tante pequeñi­to, no lle­ga a los 4.000 habi­tantes, pero cuen­ta con un tesoro mag­ní­fi­co, elegi­do como la primera mar­avil­la medieval de España: el Pala­cio de los Reyes de Navar­ra. En torno a él gira toda la vida de Olite, tan­to la de los locales como la de los tur­is­tas. Su ubi­cación tan cén­tri­ca, en ple­na plaza del Ayun­tamien­to, donde se agol­pan las ter­rac­i­tas, llenas por el solecito del que estábamos dis­fru­tan­do, hacen de él el pro­tag­o­nista abso­lu­to. En mi opinión, y tras haber vis­i­ta­do unas cuan­tas dece­nas a lo largo de mi vida, uno de los castil­los más boni­tos de nue­stro país con difer­en­cia y que tan bien responde a la ima­gen de castil­lo que teníamos en los cuen­tos de nues­tra infan­cia.

Castillo Olite

La entra­da, si no coges la visi­ta guia­da, es bas­tante económi­ca: 4,50 euros por adul­to. Al ser Jueves San­to había bue­nas colas para entrar: muchos via­jeros habían aprovecha­do las vaca­ciones para vis­i­tar­lo, espe­cial­mente vas­cos, a quien les pil­la muy cerqui­ta. Cal­cu­la entre hora y hora y media para ver­lo entero: por den­tro está total­mente hue­co, no hay mobil­iario ninguno, pero eso no le res­ta ni un ápice de belleza a este edi­fi­cio impac­tante que se dis­eñó inspi­ra­do en el esti­lo góti­co francés. Sólo falta­ba una damisela rubia lan­zan­do por la ven­tana sus larguísi­mas tren­zas.

Aunque debo reseñar que en real­i­dad lo que vemos es una recon­struc­ción. En España, que somos muy dados a destrozar lo que tan­to costó lev­an­tar, nos damos con situa­ciones como esta: en la Guer­ra de Inde­pen­den­cia el gen­er­al Espoz y Mina ordenó incen­di­ar­lo a prin­ci­p­ios del siglo XIX para que las tropas ene­mi­gas france­sas no se atrincher­aran entre sus muros. Debió pen­sar el muy patán que muer­to el per­ro, se acabó la rabia. Durante el siglo pos­te­ri­or cayó en el más triste de los aban­donos has­ta que en 1937, en ple­na Guer­ra Civ­il (una guer­ra acabó con él y otra lo vió renac­er) la Diputación Foral de Navar­ra comen­zó su recon­struc­ción.

Olite

Ujue

En Olite, aparte del Pala­cio Viejo (recon­ver­tido en Parador de Tur­is­mo) y la Igle­sia de San Pedro (real­mente boni­ta y cuya ima­gen podeis ver ahí arri­ba) tam­poco hay mucho más para vis­i­tar ya que el cas­co históri­co, aunque muy bien con­ser­va­do con esas calle­jue­las estre­chas e imposi­bles, es bas­tante pequeño. Asi que decidi­mos coger el coche y acer­carnos a Ujue,  un minús­cu­lo pueblo medieval que más que pueblo es aldea (198 habi­tantes). Situ­a­do en lo alto de una col­i­na de más de 800 met­ros, sus casas de piedra y sus calles emp­inadas llenas de recov­ecos hacen de él el per­fec­to ejem­p­lo de vil­la medieval norteña. En Ujue desta­ca abso­lu­ta­mente el San­tu­ario de San­ta María, mon­u­men­to nacional, en la cima del pueblo. Esta igle­sia-for­t­aleza se edi­ficó sobre otra más antigua románi­ca, con unas galerías de piedra bel­lísi­mas des­de las que dis­fru­ta­mos las impac­tantes vis­tas y el atarde­cer navar­ro.

Ujue

Valle de Baztan

Zugarramurdi

El día sigu­iente íbamos a gas­tar­lo en el valle de Baz­tan, una de las zonas más boni­tas de la geografía españo­la. Mon­tañas verdes, bosques infini­tos, ríos de aguas claras y pueb­los minús­cu­los, car­reteras no aptas para car­dia­cos y la sen­sación de estar en una región ais­la­da y ancla­da en sus más ances­trales tradi­ciones. Por ello, ini­cia­ríamos la ruta en Zugar­ra­mur­di, aca­so el pueblo más mis­te­rioso de nue­stro país, con­sid­er­a­do por muchos “pueblo maldito” y que a nosotros lit­eral­mente nos enam­oró des­de el mis­mo momen­to en que lo pisamos.

Zugarramurdi

Ya lin­dan­do con la fron­tera con Fran­cia y escon­di­do entre mon­tañas, Zugar­ra­mur­di no sólo se encuen­tra en un para­je nat­ur­al extra­or­di­nario: su impor­tan­cia es aún may­or si cabe debido a las tris­te­mente famosas cazas de bru­jas que tuvieron lugar aquí en 1610 y que lo con­virtieron en el prin­ci­pal foco de la bru­jería en España, moti­vo prin­ci­pal de nues­tra visi­ta. En dicha época, una de las veci­nas del pueblo, María de Jureteguía, fue acu­sa­da de bru­jería por otra mujer: esta acabó con­fe­san­do sus oscuras prác­ti­cas y a par­tir de entonces se desató una his­te­ria colec­ti­va que acabó enfrentan­do a los esca­sos 200 habi­tantes de Zugar­ra­mur­di por aquel entonces.

La San­ta Inquisi­ción envió a unos cuan­tos del­e­ga­dos de su sede en Logroño para inves­ti­gar el episo­dio y ver qué había de cier­to en la exis­ten­cia de sorgiñas, que es como se conoce a las bru­jas en euskera. Fue entonces cuan­do sal­ió a la luz que en una cue­va cer­cana (de la que aho­ra hablare­mos) se cel­e­bra­ban los aque­lar­res que dieron fama a Zugar­ra­mur­di: hay que recor­dar que pre­cisa­mente la pal­abra aque­larre, famosa en el mun­do entero, es euskera y proviene de aker=macho cabrío y larre=pradera (se supone que los aspi­rantes a bru­jos real­iz­a­ban sus ritos en dicha gru­ta alrede­dor de Lucifer). Unos cuan­tos sig­los después, aún seguimos sin saber con seguri­dad cuán­to hubo de cier­to en estas supues­tas prác­ti­cas pero lo cier­to es que once per­sonas acabaron que­madas en la hoguera (cin­co de ellas ya esta­ban muer­tas por lo que se las quemó sim­bóli­ca­mente). Lo que es innegable es que tris­te­mente Zugar­ra­mur­di se con­vir­tió en el ejem­p­lo viviente de la per­se­cu­ción que sufrió la lib­er­tad de expre­sión en aque­l­la época, con una Igle­sia omnipresente empeña­da en demo­nizar, nun­ca mejor dicho, cualquier com­por­tamien­to que no se adap­tara a sus retrógradas doc­tri­nas.

La pelícu­la “Las bru­jas de Zugar­ra­mur­di” de Alex de la Igle­sia ha dado aún más fama si cabe al pueblo, por lo que el día que fuimos había un mon­tón de gente intere­sa­da en ver los esce­nar­ios del roda­je. Nos acer­camos a vis­i­tar el Museo de las Bru­jas (pre­cio de la entra­da 4,50 euros), que la ver­dad que nos encan­tó: aunque es pequeño, echamos allí bue­na parte de la mañana ya que es muy com­ple­to y expli­ca inmejorable­mente cómo fue todo el pro­ce­so de la caza de bru­jas: des­de exposi­ción de doc­u­men­tales a mues­tras de ves­tu­ario y actas jurídi­cas de la época, así como un amplio repa­so a toda la mitología vas­ca, que tan­to peso tuvo en el pasa­do en estas tier­ras (e inclu­so me atrevería a afir­mar que has­ta el día de hoy).

El ais­lamien­to de estas pequeñas aldeas pire­naicas, tan afer­radas a los ritos paganos y tan rea­cias a asumir el yugo del cris­tian­is­mo, ha for­ja­do una per­son­al­i­dad úni­ca en sus gentes. La diosa Mari, pro­fun­da­mente lig­a­da a la nat­u­raleza, era ado­ra­da por las citadas sorgiñas, sus sac­er­do­ti­sas, pero el lis­ta­do de seres mitológi­cos vin­cu­la­dos a la magia era más que numeroso, des­de duen­decil­los (los iratxoak), el basa­jaun (hom­bre de los bosques), sire­nas y hadas (lami­ak) y los mamar­ros, los duen­des del hog­ar: aún en la actu­al­i­dad son muchos los vas­cos y navar­ros que creen cie­ga­mente en la exis­ten­cia de estos seres, unas veces pro­tec­tores y otras malig­nos.

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La cue­va donde pre­sun­ta­mente las bru­jas y bru­jos cel­e­bra­ban sus orgías satáni­cas

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Ainhoa

Como Zugar­ra­mur­di esta­ba peta­do de gente y los esca­sos restau­rantes ya ni os cuen­to, decidi­mos irnos a com­er a un restau­rante cer­ca de Urdax (que,pese al nom­bre, Casa Paco, ofrecía una curiosa mez­cla de gas­tronomía navar­ra y france­sa), y de allí coger de nue­vo el coche y pasar a Fran­cia, a la región de Aqui­tania, para dar una vuel­tecita por Ain­hoa, que aunque es muy pequeñi­to, ha sido elegi­do varias veces como uno de los pueb­los más boni­tos de Fran­cia. Fun­da­do por pere­gri­nos y hoy con­sid­er­a­do pueblo bohemio refu­gio de artis­tas, desta­ca por las boni­tas fachadas de sus casas, expo­nente níti­do de la pre­ciosa arqui­tec­tura vas­co-france­sa, la Igle­sia de Nues­tra Seño­ra de la Asun­ción, en pie des­de el siglo XIII, y el míti­co fron­tón de casi dos sig­los que ha sido tes­ti­go de tan­tos y tan­tos par­tidos de pelota vas­ca, el deporte euskaldún por exce­len­cia. Un pueblecito bucóli­co, con cafeterías y pastel­erías donde degus­tar dul­ces france­ses y dejarse lle­var por la cal­ma ser­e­na de estas tier­ras.

Ainhoa Pais Vasco Frances

Elizondo

Tan­to mi mari­do como yo somos muy fans de la Trilogía de Baz­tan, esos tres estu­pen­dos libros que Dolores Redon­do ha crea­do inspirán­dose pre­cisa­mente en esa mitología vas­ca de la que habla­ba antes (y es que Navar­ra, no en la teoría pero sí en la prác­ti­ca, es la cuar­ta de las provin­cias vas­cas, con ikur­riñas en los bal­cones y muchos de los baz­tane­ses hablan­do entre sí en euskera). Sin embar­go, ni por aso­mo creíamos que nos íbamos a encon­trar en Eli­zon­do, la cap­i­tal del valle y esce­nario de las his­to­rias fic­ti­cias de los libros, a tan­to vis­i­tante recor­rien­do el pueblo inspi­ra­do por la obra lit­er­aria. Pero al pare­cer el éxi­to de la trilogía ha sido tal que has­ta el pro­pio patrona­to de tur­is­mo orga­ni­za vis­i­tas guiadas.

Hayas leí­do o no los libros, lo cier­to es que Eli­zon­do merece mucho la pena. Es uno de esos pueb­los casi mági­cos, detenidos en el tiem­po, que ha sabido con­ser­var de un modo impeca­ble sus man­siones y pala­cios seño­ri­ales, casi todos propiedad de emi­grantes que fueron a hac­er las Améri­c­as y que con la for­tu­na amasa­da regre­saron a su tier­ra de nacimien­to. Pasear por las oril­las del río Baz­tan mien­tras admi­ras esas casonas antiquísi­mas fue uno de los mejores momen­tos del via­je. Además, tuvi­mos la suerte de toparnos con un mer­cadil­lo de pro­duc­tos navar­ros, donde pudi­mos adquirir unas cuan­tas cervezas arte­sanales de Naparbier, la cerveza navar­ra más rep­uta­da y con un mon­tón de vari­antes para ele­gir.

Elizondo

Elizondo

Saint Jean Pied de Port

Aunque para el día sigu­iente vimos en la pre­visión mete­o­rológ­i­ca que daban llu­vias en los Piri­neos, echamos los paraguas en el maletero y no nos quisi­mos quedar con las ganas de volver de nue­vo a Fran­cia, pese a la hora y media larga de coche que teníamos des­de Olite. Por unas car­reteras de mon­taña sin­u­osas al máx­i­mo pero la rec­om­pen­sa fue la can­ti­dad de pueblecitos minús­cu­los, per­di­dos en las laderas pire­naicas, que encon­tramos a nue­stro paso, y nue­stro des­ti­no final, el pre­cioso pueblo medieval de Saint Jean Pied de Port, que fue de lo que más me gustó de todo el via­je. Este es uno de los pun­tos clave den­tro del Camino de San­ti­a­go, por lo que vimos un mon­tón de pere­gri­nos aguan­tan­do esto­ica­mente el chap­ar­rón.

Saint Jean Pied de Port está atrav­es­a­do por el río Nive (Ebor­ri en euskera) y en un enclave priv­i­le­gia­do, no hay más que ver la foto de aquí aba­jo.

Saint Jean Pied de Port

Fun­da­da en el siglo XII, esta vil­la, debido a su situación cer­cana a la fron­tera, ha sido tes­ti­go mun­do de incon­ta­bles batal­las entre navar­ros y france­ses. Por este moti­vo se con­struyó la ciu­dadela for­ti­fi­ca­da, que estu­vi­mos recor­rien­do y de la que aún se con­ser­van unas robustísi­mas mural­las.

Saint Jean Pied de Port

Pamplona

Como parecía que el día se ponía bas­tante feo y no iba a dejar de llover, decidi­mos coger el coche e irnos a Pam­plona, ya que jus­to unos ami­gos nue­stros esta­ban pasan­do allí unos días y así aprovechábamos para tomarnos con ellos unas sidras navar­ras, ya que aunque la más cono­ci­da es la asturi­ana, en Navar­ra tam­bién son unos artis­tas en esto de escan­ciar y la preparan riquísi­ma. Además, así teníamos la opor­tu­nidad de dar una vuel­tecita por Pam­plona, que tam­poco la conocíamos.

Ten­go que decir, y ahí sí que inter­fiere mi opinión sub­je­ti­va, que la ciu­dad, pese a ser muy recogidi­ta, me encan­tó si no fuera por esa devo­ción exager­a­da que tienen hacia los San­fer­mines, con escaparates reple­tos de mon­teras y sou­venirs tau­ri­nos. A mí, que soy anti­tau­ri­na has­ta la médu­la y que lle­vo fatal vivir en un país donde la fies­ta nacional se sus­ten­ta en el sufrim­ien­to de un ani­mal, me dio bas­tante gri­ma encon­trarme con tan­to extran­jero como loco por hac­erse una foto dis­fraza­do de torero. Pero bueno, supon­go que es algo con lo que tiene uno que lidiar, nun­ca mejor dicho, cuan­do viene a Pam­plona: es lo que mueve su tur­is­mo. Sin embar­go, ten­go que decir tam­bién que al menos a mí me decep­cionó un poco la Plaza del Ayun­tamien­to: es pre­ciosa pero cuan­do la vemos en la tele ati­bor­ra­da de pam­plone­ses vitore­an­do el chupina­zo y gri­tan­do “viva San Fer­mín!” parece mucho más grande.

Pamplona

En el cen­tro históri­co puedes recor­rer la calle Estafe­ta, famosa por ser donde se cor­ren los encier­ros. La Cat­e­dral de San­ta María sólo la vimos por fuera ya que nos dijeron muy amable­mente en la entra­da que como no era hora de misa, había que pagar 5 euros (y entre que somos ateos y nos da por culo dar un duro a los curas, pues pasamos). Estu­vi­mos tam­bién recor­rien­do las mural­las, de las que se con­ser­va un perímetro de nada más y nada menos que cin­co kilómetros,y la ciu­dadela con sus incon­fundibles balu­artes, la bul­li­ciosa calle Mer­caderes y los boni­tos Jar­dines de la Tacon­era. La tarde la acabamos en una de las sidr­erías con más sol­era de Pam­plona, la Chez­be­lagua, brin­dan­do por una región mar­avil­losa, la navar­ra, que nos ha deja­do con ganas de más.

Pamplona


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