Viaje a Portugal — Aveiro, Costa Nova, Coimbra, Óbidos, Nazaré

Lo he comen­ta­do miles de veces: parece men­ti­ra que tenien­do como veci­no un país con tan­tas cosas que ofre­cer como Por­tu­gal y con un pat­ri­mo­nio históri­co que puede enorgul­le­cerse de ser de los más com­ple­tos del mun­do, aún haya tan­tísi­mos españoles que jamás han puesto un pie en tier­ras lusi­tanas. Suele decirse que aca­so los país­es que nos cogen más cer­canos son pre­cisa­mente los que menos cono­ce­mos y Por­tu­gal, como Mar­rue­cos, es el ejem­p­lo más claro. Mi caso, sin embar­go, es todo lo con­trario: des­de bien jovenci­ta he inten­ta­do siem­pre aprovechar la opor­tu­nidad de nues­tra priv­i­le­gia­da situación geográ­fi­ca para recor­rer uno y otro cada vez que he con­ta­do con unos cuan­tos días libres.

Aunque a pri­ori Por­tu­gal y Mar­rue­cos parez­can encon­trarse el uno del otro a años luz a niv­el cul­tur­al, les unen unas cuan­tas ven­ta­jas de las que, insis­to, deberíamos sacar mucho más par­tido: la ya cita­da cer­canía a España, sus pre­cios bas­tante más bajos que los nue­stros, una población local fran­ca­mente hos­pi­ta­lar­ia, un mon­tón de ciu­dades intere­san­tísi­mas, una gas­tronomía sana, sabrosa y vari­a­da, buen cli­ma, kilómet­ros de costas con sucu­len­tas playas y mul­ti­tud de rin­cones ape­nas toca­dos por el tur­is­mo inter­na­cional. Si seme­jantes reclam­os siguen sin pare­certe sufi­cientes para aden­trarte en nues­tras tier­ras veci­nas… ¡ya no sabe­mos qué más ofre­certe!

Los tres pun­tos fuertes del tur­is­mo por­tugués se cen­tran en el Algarve (el más elit­ista, donde se con­cen­tran ingle­ses y escan­di­navos en bus­ca del sol del sur de Europa), su deca­dente y al mis­mo tiem­po inigual­able cap­i­tal, Lis­boa, y la que en mi opinión es la ciu­dad más boni­ta de todo el ter­ri­to­rio por­tugués, Opor­to. Sin embar­go, en el momen­to en que extien­des la ruta, aún más si esta lo hace hacia el inte­ri­or del país, comen­zamos a darnos con el Por­tu­gal más pro­fun­do, ese que tan­tos car­i­ca­tur­is­tas han par­o­di­a­do, rep­re­sen­ta­do en una anciana total­mente vesti­da de negro sen­ta­da a las puer­tas de una casa de pueblo con las pare­des descon­chadas. Ese Por­tu­gal existe, por supuesto, al igual que en España, donde miles de aldeas lan­guide­cen sin ape­nas habi­tantes bajo un sol de jus­ti­cia. Pero entre esos pueb­los per­di­dos a lo largo y ancho de Por­tu­gal y ciu­dades como Opor­to y Lis­boa se encuen­tra un atrayente lim­bo de ciu­dades medi­anas, no tan pro­mo­cionadas a niv­el turís­ti­co, que ofre­cen un mon­tón de atrac­tivos; cuen­tas además con la ven­ta­ja, espe­cial­mente cuan­do comien­zan a acer­carse los meses de ver­a­no, de poder escapar de las mul­ti­tudes de tur­is­tas que, cada vez más, lle­gan a otras partes del país. La ame­naza ter­ror­ista en otros país­es mediter­rá­neos como Túnez, Egip­to o Turquía, los ele­va­dos pre­cios de Italia, Fran­cia y España en tem­po­ra­da alta o el calor infer­nal que cas­ti­ga a Mar­rue­cos durante los meses esti­vales han prop­i­ci­a­do que cada vez más via­jeros del norte de Europa eli­jan Por­tu­gal como des­ti­no de vaca­ciones. Por ello, bus­car alter­na­ti­vas y un plan B a veces es la mejor opción en este país. Como tienes la suerte de ten­er tan­to para escoger, la com­bi­nación de rutas por Por­tu­gal puede ser infini­ta, pocos lugares en el mun­do ofre­cen tan­ta var­iedad en tan esca­so ter­reno.

Nosotros en esta ocasión, aprovechan­do el puente de primeros de Mayo, opta­mos por la que es cono­ci­da como región de Beira, cen­trán­donos más especí­fi­ca­mente en la Beira Alta y la Beira Litoral, una región que se sitúa, bor­de­an­do el océano Atlán­ti­co, entre Opor­to y Lis­boa. Comen­zaríamos nues­tra ruta al norte de Por­tu­gal, en Aveiro, para ir bajan­do y cul­mi­nar el recor­ri­do en Nazaré, a no mucha dis­tan­cia de Lis­boa. Si elegís este itin­er­ario, como lo haréis en coche, tened en cuen­ta que al cruzar el puesto fron­ter­i­zo, debéis intro­ducir vues­tra tar­je­ta de crédi­to o débito en las máquinas situ­adas en dicho puesto para que el sis­tema de pea­jes fotografíe vues­tra matrícu­la y se os vaya descon­tan­do la cor­re­spon­di­ente tasa en fun­ción a los kilómet­ros que recor­ráis. Hay muchos tramos que evi­den­te­mente se pueden hac­er por car­reteras regionales pero al final te gas­tas lo mis­mo en la gasoli­na extra y enci­ma pierdes tiem­po. Es mucho más cómo­do y recomend­able tirar de autopis­tas (las por­tugue­sas son de las mejores de Europa), nosotros al final pag­amos en total unos 18 euros de pea­je en todo el via­je, no obstante, según vayas con­ducien­do, verás que hay un mon­tón de carte­les infor­ma­tivos que te van recor­dan­do lo que te cobran en cada tramo (gen­eral­mente para tur­is­mos las tar­i­fas por tramo sue­len ser de euro y medio). Y otra cosa muy impor­tante, sé que lo recuer­do siem­pre que escri­bo entradas de blog sobre Por­tu­gal pero es que supone un ahor­ro impor­tante de dinero: llenad el tanque del coche antes de entrar en el país porque aquí la gasoli­na y el diésel suele estar un 20% más caro que en España, esta últi­ma vez el litro roz­a­ba el pre­cio de 1,30 euros.

Con­tenido de este artícu­lo

Aveiro

Nue­stro primer des­ti­no en el via­je sería Aveiro. Yo había esta­do allí hace años en uno de los fes­ti­vales más impor­tantes que se hace en ter­ri­to­rio por­tugués, el Vagos Open Air, pero lo cier­to es que como los concier­tos ter­mina­ban tan tarde por la noche, al final ape­nas tuvi­mos ocasión de hac­er tur­is­mo y era una visi­ta que tenía pen­di­ente. Hablan­do de esto, unas chi­cas de una tien­da allí me con­fir­maron que la ubi­cación del fes­ti­val se ha acaba­do trasladan­do a Lis­boa, oca­sio­n­an­do una gran pér­di­da de ingre­sos a niv­el turís­ti­co para la ciu­dad, una lás­ti­ma.

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Como casi siem­pre hace­mos, las reser­vas de los alo­jamien­tos las real­izamos a través de Book­ing. En Aveiro estu­vi­mos en el hotel Cale do Oiro, situ­a­do en pleno cen­tro (suele ser zona de pago a niv­el aparcamien­to pero no los fines de sem­ana, por lo que dejamos el coche en la mis­ma puer­ta del hotel com­ple­ta­mente gratis). Como la recep­ción cier­ra a las 20,00 y nosotros llegábamos algo después, nos lla­maron por telé­fono para con­fir­marnos que nos enviarían al móvil un men­saje con instruc­ciones: cada habitación tiene un nom­bre, por lo que nos detal­larían cuál era la nues­tra, deján­donos la llave den­tro y facil­itán­donos un códi­go de acce­so para entrar por la puer­ta lat­er­al, no encon­tramos may­or prob­le­ma para entrar cuan­do lleg­amos. El hotel es muy agrad­able, muy moder­ni­to, y con dos bazas impor­tantes a su favor: se encuen­tra en pleno meol­lo y es económi­co, 40 euros la noche. Los pre­cios más bajos de Por­tu­gal com­para­dos con España, no sólo en hote­les sino tam­bién en restau­rantes y cafeterías, son otro de los grandes reclam­os para via­jar a nue­stro país veci­no. Como ejem­p­lo, la mañana sigu­iente desayu­namos en una cafetería cer­cana un café, un té y dos tostadas con jamón por ape­nas cua­tro euros.

Aveiro es una ciu­dad pequeñi­ta, de poco menos de 60.000 habi­tantes, situ­a­da a poco menos de cien kilómet­ros del sur de Opor­to, de lo más agrad­able, muy tran­quila (tiene además fama de ser la ciu­dad por­tugue­sa con mejor cal­i­dad de vida), que invi­ta a paseos matuti­nos por la rib­era de los canales que ser­pen­tean por el cen­tro. Aunque en mi opinión denom­i­narla “la Vene­cia por­tugue­sa”, que es como se la conoce, sea algo exager­a­do, es ver­dad que su may­or atrac­ti­vo son pre­cisa­mente dichos canales, que otor­gan a la ciu­dad mucho encan­to y de los que además viv­en muchos aveirens­es.

Estos canales son sur­ca­dos por los moli­ceiros, esas embar­ca­ciones dec­o­radas con dibu­jos col­ori­dos, pare­ci­das a las gón­dolas vene­cianas y que antigua­mente servían como vehícu­lo de mer­cancía y trans­porte del moli­co, un alga de la ría de Aveiro uti­liza­da como ali­men­to para ani­males. Pero en la actu­al­i­dad su fun­ción es bási­ca­mente turís­ti­ca, ofre­cien­do a los vis­i­tantes la opor­tu­nidad de un paseo por los canales en estas bar­cazas de más de 15 met­ros. A finales de Julio, cada año tam­bién se orga­ni­za con ellos la Rega­ta de Moli­ceiros, cuan­do com­piten entre ellas pero movién­dose con velas y la fuerza del vien­to en vez de motores. Si quieres uti­lizarlas (el via­je por los canales dura menos de una hora), sue­len par­tir del Canal do Peixe en pleno cen­tro. No te pre­ocu­pes que las encon­trarás ensegui­da y si no, ya se ocu­parán de recordárte­lo la mul­ti­tud de guías vesti­dos de verde que están por las oril­las en bus­ca de poten­ciales clientes. Cuan­do nosotros estu­vi­mos por los canales, quizás aún más sien­do sába­do y con el solecito que nos esta­ba lucien­do, había un mon­tón de gente esperan­do para mon­tarse en las bar­cas. Y nos llamó mucho la aten­ción darnos en las inmedia­ciones con una escul­tura ded­i­ca­da a los fogueteiros, que eran las per­sonas espe­cial­izadas en el mane­jo de la pirotec­nia… pero tam­bién los que lan­z­a­ban cohetes para avis­ar a los traf­i­cantes de dro­gas de la pres­en­cia de policía en las inmedia­ciones.

Aveiro

Aveiro es una ciu­dad abso­lu­ta­mente marí­ti­ma, rodea­da de playas larguísi­mas y sali­nas, y su espíritu marinero, que ha per­mi­ti­do la super­viven­cia de las vie­jas casas de los pescadores, le da a la ciu­dad un aro­ma muy espe­cial. Quizás el bar­rio más car­ac­terís­ti­co es el de Beira Mar, con sus casa de col­ores y su irre­me­di­a­ble olor a sal y a pesca­do en cada esquina. Este bar­rio con­trasta pro­fun­da­mente con otros muchos edi­fi­cios art noveau, de lo más ele­gantes, que a niv­el mod­ernismo han hecho de Aveiro una de las ciu­dades más sug­er­entes del sur de Europa, recordán­donos a pince­ladas algu­nas vie­jas calle­jue­las de Fran­cia.

Este naran­ja de aquí aba­jo, por pon­er un ejem­p­lo, es la Casa de la Coop­er­a­ti­va Agrí­co­la de Aveiro, jun­to a ese otro tan boni­to blan­que­ci­no que es el Museo de la Repúbli­ca.. El divis­mo de estas casas seño­ri­ales y la limpieza de las calles de Aveiro están en clara con­tra­posi­ción con otras ciu­dades por­tugue­sas, dejadas al aban­dono más injus­to.

Aveiro

En Por­tu­gal, el azule­jo no es un mero ele­men­to dec­o­ra­ti­vo: es casi un modo de vida. Raro es el rincón luso, inclu­so los pueb­los más pequeños, donde no te das de bruces con un mon­tón de fachadas “azule­jeadas”. Esta­ciones de tren, edi­fi­cios ofi­ciales, calles escon­di­das y antiguas casonas par­tic­u­lares ven sus muros bor­da­dos de azule­jos bril­lantes y blan­quiza­ula­dos. Eran los libros de antaño, cuan­do el arte se veía así rep­re­sen­ta­do, a través de la arqui­tec­tura, y las pin­turas en azule­jo se encar­ga­ban de con­tarnos his­to­rias reli­giosas como las vidas de los san­tos y otras bas­tante más pro­fanas.

Y no es una prác­ti­ca empareda­da en el pasa­do, muchos con­struc­tores, cuan­do lev­an­tan nuevos edi­fi­cios, con­tinúan dan­do una impor­tan­cia máx­i­ma a la azule­jería, aunque en una línea más van­guardista. A los por­tugue­ses les encan­ta verse rodea­d­os de azule­jos a todas horas. En muchos edi­fi­cios mod­ernistas de Aveiro el ceramista más rep­uta­do de la ciu­dad, Bor­da­lo Pin­heiro (a quien inclu­so hay un meso ded­i­ca­do en Lis­boa), dotó a dichas casonas con miles de bal­dosas con motivos nat­u­rales. Pero dichos azule­jos tam­bién pueden encon­trarse a pie de calle, en las casas de cualquier veci­no nor­mal y cor­ri­ente.

La Igle­sia de Nues­tra Seño­ra de la Pre­sentación, con sus lla­ma­tivos murales de azule­jos en la facha­da

Iglesia de Nuestra Señora de la Presentación Aveiro

Decía Fer­nan­do Pes­soa, el mejor escritor que haya sali­do jamás de tier­ras por­tugue­sas, que “el fado no es ale­gre ni triste: el fado es la fati­ga del alma fuerte, el mirar de des­pre­cio de Por­tu­gal al Dios en que creyó y tam­bién le aban­donó”. Bue­na descrip­ción para el can­to que mejor describe la eter­na melan­colía por­tugue­sa, pre­sente en el país des­de hace casi ocho sig­los: nadie lle­ga a cono­cer del todo la autén­ti­ca esen­cia lusi­tana si no pres­en­cia algu­na vez un espec­tácu­lo de fados, esas odas a la nos­tal­gia en las que el por­tugués se recrea llorán­dole a la mala suerte. Razones no les fal­tan. Por­tu­gal, que jun­to a España, Inglater­ra, Fran­cia y Holan­da fue en el pasa­do uno de los grandes impe­rios europeos, con colo­nias repar­tidas por medio mun­do, es sin embar­go hoy una de las naciones más empo­bre­ci­das del viejo con­ti­nente. El por­tugués parece arras­trar siem­pre detrás de sí, como un aci­a­go com­pañero, un aura de tris­teza que no le aban­dona has­ta el día de su muerte.

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Por­tu­gal tiene fama de ser uno de los país­es del mun­do que may­or var­iedad gas­tronómi­ca ofrece en lo que a pesca­do se refiere: cal­i­dad a bajos pre­cios y la posi­bil­i­dad de pro­bar un mon­tón de pesca­do autóctono prepara­do de mil y una man­eras. En Aveiro cada mañana se cel­e­bra la lon­ja en el Mer­ca­do do Peixe.

lonja en el Mercado do Peixe Aveiro

Hablan­do de com­pras, en el cen­tro tuvi­mos la suerte de encon­trar una coque­ta tien­decita, Zeca (Lado da Apre­sen­te­cao 1), donde vendían cerveza arte­sanal por­tugue­sa, lo que nos vino de lujo para poder lle­varnos unas cuan­tas botel­las de una de las mejor rep­utadas y además típi­ca de Aveiro, la Maldita (no con­fundir con otra españo­la con el mis­mo nom­bre).

Costa Nova

Uno de los grandes des­cubrim­ien­tos que hici­mos en este via­je fue Cos­ta Nova, una bel­lísi­ma playa a unos diez kilómet­ros de Aveiro, con un paseo marí­ti­mo espec­tac­u­lar, como podéis com­pro­bar en las fotografías. La cer­canía del mar abier­to hacía bajar var­ios gra­dos la tem­per­atu­ra respec­to a la ciu­dad, con potentes ráfa­gas de vien­to, pero eso no le restó ni una piz­ca de encan­to a nue­stro paseo por allí, si aca­so se lo añadió. En Cos­ta Nova desta­can, tan boni­tas que pare­cen extraí­das de un óleo, sus pin­torescas casas tradi­cionales, de rayas de col­ores. Son los pal­heiros, las antiguas casas de pescadores que pueden encon­trarse a todo lo largo del litoral por­tugués. Actual­mente son vivien­das par­tic­u­lares: no conoz­co lugar más boni­to para residir frente al mar.

Costa Nova Aveiro

Costa Nova Aveiro

Coimbra

Queríamos ya com­er en Coim­bra, más que nada porque habíamos queda­do sobre las cua­tro con la casera del aparta­men­to que habíamos alquila­do allí (genial el aparta­men­to, 40 euros la noche, puedes encon­trar­lo en Book­ing bajo el nom­bre de Lycias Apart­ment). Sabi­en­do por tan­to que nos qued­a­ba una hora de via­je aún, después del paseo por Cos­ta Nova cogi­mos el coche y tiramos para la ter­cera ciu­dad más grande de Por­tu­gal, por una autopista que atraviesa pequeñas col­i­nas llenas de veg­etación: esta parte del recor­ri­do es pre­ciosa de hac­er por car­retera pues en invier­no es una de las zonas más llu­viosas de Por­tu­gal y todo el paisaje se cubre de verde el resto del año.

Vis­tas del río Mon­dego a su paso por Coim­bra

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Aparcamos a diez min­u­tos andan­do del cen­tro y nos fuimos a dar un paseo por el cas­co históri­co, la Baixa, un deli­cioso rincón de cal­lecitas empe­dradas y ter­razas donde por­tugue­ses y tur­is­tas aprovech­a­ban para com­er al sol (recor­dad que en Por­tu­gal son bas­tante más “europeos” que nosotros y entre las doce y la una ya están comien­do, lo comen­to para que no te confíes,no te vayas a encon­trar con las coci­nas de los restau­rantes cer­radas). Nosotros comi­mos en un fab­u­loso restau­rante, A Brasileira, en la Rua Fer­reira Borges, una de las calles prin­ci­pales de la Baixa (en la parte Alta de Coim­bra vivía antaño la nobleza y aquí, en la Baixa, era donde se con­cen­tra­ban las clases pop­u­lares). El A Brasileira fue un hal­laz­go mag­ní­fi­co: la plan­ta que da a la calle es una pastel­ería grandísi­ma (hacen unas natas espec­tac­u­lares, el dulce más típi­co de Por­tu­gal y cuya ver­sión más cono­ci­da son los Pastelitos de Belem) y en la plan­ta supe­ri­or se encuen­tra el restau­rante, dec­o­ra­do en un blan­co impo­lu­to, donde ¡como no! comi­mos un buen bacalao, que hay que ver qué riquísi­mo lo preparan los por­tugue­ses, y una botel­la de vino de Opor­to (que hay que ver tam­bién como pega!). Con una ensal­a­da, los postrés y los cafés, no sal­imos a más de 15 euros por cabeza, da gus­to com­er por dichos pre­cios.

El Jardín del Man­ga, que sim­boliza la fuente de la vida eter­na y está con­sid­er­a­da una de las fuentes rena­cen­tis­tas más boni­tas de Europa. Tiene cin­co sig­los y pertenecía al extin­to con­ven­to de San­ta Cruz; su fun­ción prin­ci­pal en el pasa­do fue la de hos­pi­tal reli­gioso.

Jardin del Manga Coimbra

Una de las imá­genes más boni­tas de Coim­bra, la de la Igle­sia de Sao Tia­go, en la Praça do Com­er­cio, que data nada más y nada menos que del siglo XII, con­vir­tién­dola en uno de los tem­p­los más antigu­os de la urbe. Ded­i­ca­da al após­tol San­ti­a­go, es uno de los mejores ejem­p­los de románi­co por­tugués; lam­en­ta­ble­mente, no pudi­mos ver su inte­ri­or de madera ya que, inex­plic­a­ble­mente, cier­ra los fines de sem­ana y fes­tivos. El cas­co antiguo de Coim­bra es ide­al para perder­se en sus calle­jones estre­chos y empe­dra­dos, para subir y bajar por sus emp­inadísi­mas cues­tas y dis­fru­tar de sus tien­decitas minús­cu­las, muchas de ellas ded­i­cadas a la piel y el cuero.

Iglesia de Sao Tiago Coimbra

Coim­bra es, ante todo y sobre todo, una ciu­dad uni­ver­si­taria (la ver­sión de nues­tra Sala­man­ca), siem­pre reple­ta de estu­di­antes: no obstante, los que estu­di­an en su afama­da Uni­ver­si­dad, más de 27.000, con­sti­tuyen una sex­ta parte de la población de la ciu­dad. La may­oría viv­en en las Repúbli­cas, las res­i­den­cias para estu­di­antes que se amon­to­nan alrede­dor de las fac­ul­tades. Los estu­di­antes por­tugue­ses siem­pre han tenido fama de com­bat­ivos y rev­olu­cionar­ios: aún hoy en día se pueden ver muchas pin­tadas reivin­dica­ti­vas en las fachadas de muchos edi­fi­cios.

La Uni­ver­si­dad es todo para Coim­bra: su cam­pus históri­co es de tal belleza, uno de los más boni­tos del mun­do, que la UNESCO le con­cedió hace tres años el títu­lo de Pat­ri­mo­nio de la Humanidad. Una uni­ver­si­dad que lle­va en acti­vo des­de el siglo XIII, una de las más antiguas de Europa , donde estudió uno de los mejores escritores de la lit­er­atu­ra por­tugue­sa, Eça de Queirós, pero tam­bién el dic­ta­dor Salazar, que durante 36 años tiranizó a los pobres por­tugue­ses, rival­izan­do en cru­el­dad y despo­tismo con su veci­no Fran­cis­co Fran­co.

Nosotros visi­ta­mos Coim­bra sólo unos días antes de que los estu­di­antes, (los recién lle­ga­dos se cono­cen como los caloiros), cel­e­braran la famosa queima das fitas (que­ma de las cin­tas), cuan­do se que­man sim­bóli­ca­mente las cin­tas que rep­re­sen­tan a cada fac­ul­tad, rep­re­sen­tan­do la cul­mi­nación de un nue­vo cur­so.

Actual­mente, la Uni­ver­si­dad cuen­ta con ocho fac­ul­tades, ubi­cadas en unos edi­fi­cios bel­lísi­mos, ocu­pan­do lo que era la antigua alcaz­a­ba, donde hace sig­los vivían los nobles. Al encon­trarse en la parte alta de Coim­bra, en la cima de una col­i­na, lo recomend­able es que vengáis en coche, nosotros no encon­tramos may­or prob­le­ma para aparcar. La entra­da no puede ser más tri­un­fal: se real­iza por la impre­sio­n­ante Puer­ta Fer­rea, donde desta­can las escul­turas del rey Dinis, el pre­cur­sor de la Uni­ver­si­dad, y el rey Joao III jun­to a un enorme mosaico que rep­re­sen­ta la Sapi­en­cia.

Universidad Coimbra

Esta que veis aquí es la Torre del Reloj: su cam­pana, cono­ci­da como “la cabra”, es la encar­ga­da de regir los horar­ios de los estu­di­antes. Des­de la antigüedad, en la Uni­ver­si­dad reina la ley no impues­ta de que “después de que sue­na la cam­pana, ningún estu­di­ante ha de andar por las calles de Coim­bra”. La Torre, así como sus edi­fi­cios aledaños, se encuen­tra en el Paço de las Esco­las, un pala­cio real que se cedió para el estu­dio uni­ver­si­tario. La que se encuen­tra jun­to a la Torre es la Capil­la de San Miguel, con su extra­or­di­nario por­tal manueli­no con vis­tas a la Via Lati­na. Su inte­ri­or es un hom­e­na­je abso­lu­to al lujo y opu­len­cia del que nun­ca se ha pri­va­do de hac­er ostentación la Igle­sia a lo largo de su his­to­ria.

Paço de las Escolas Coimbra

El cam­pus uni­ver­si­tario es grandísi­mo y está reple­to de mon­u­men­tos: la Bib­liote­ca Joan­i­na, el Jardín Botáni­co (perteneciente al Museo de His­to­ria Nat­ur­al), la Sala de los Cape­los, con sus incon­fundibles tonos carmesí, sede de los actos más impor­tantes de la vida académi­ca, la Sala de los Arqueros, donde se expo­nen las armas que uti­liz­a­ba la antigua guardia que cus­to­di­a­ba la Uni­ver­si­dad… Inclu­so per­vive la cár­cel académi­ca, que pos­te­ri­or­mente se uti­lizó como almacén de libros.

Coimbra

Universidad Coimbra

En Coim­bra exis­ten dos cat­e­drales, la Vie­ja y la Nue­va. La Nue­va se encuen­tra muy cer­ca de la Uni­ver­si­dad. Lo de “nue­va” es rel­a­ti­vo: comen­zó a con­stru­irse en el siglo XVI

Catedral Coimbra

Antes de dejar Coim­bra, un apunte: a nosotros no nos dió tiem­po a vis­i­tar­la, por lo que lo dejamos pen­di­ente para un futuro, pero cer­ca de Coim­bra se encuen­tra Coním­bri­ga, la ciu­dad romana mejor con­ser­va­da de todo el país, con ter­mas públi­cas, antiguas vivien­das, restos de mural­las y, sobre todo, muchísi­mos mosaicos, lo comen­to por si te intere­sa incluír­lo en la visi­ta.

Óbidos

Nues­tra sigu­iente para­da, a hora y cuar­to en coche de Coim­bra, sería uno de los pueb­los medievales más boni­tos de todo Por­tu­gal: Óbidos. El pueblo es pequeño pero vive total­mente vol­ca­do en el tur­is­mo, ya que los fines de sem­ana está ates­ta­do de vis­i­tantes: al ser domin­go, era increíble la can­ti­dad de auto­cares que se agol­pa­ban en el park­ing próx­i­mo. Tam­poco nos extraña porque el pueblo, de veras, es una autén­ti­ca mar­avil­la, inclu­so extra­muros, ya que lo primero que te recibe antes de lle­gar es el Acue­duc­to de Usseira, de tres kilómet­ros de lon­gi­tud. En sus alrede­dores, al ser domin­go, se cel­e­bra­ba un grandísi­mo mer­cadil­lo donde dece­nas de por­tugue­ses vendían cualquier artícu­lo de segun­da mano que tuvier­an por casa. Es increíble lo que les gus­ta a nue­stros veci­nos lusi­tanos un buen ras­tril­lo.

Acueducto de Usseira Obidos

El pueblo es pre­cioso tan­to des­de fuera como en su inte­ri­or. Se encuen­tra total­mente for­ti­fi­ca­do, con una larguísi­ma mural­la que lo rodea, y en él desta­ca su castil­lo, Mon­u­men­to Nacional y con­sid­er­a­do una de las Siete Mar­avil­las de Por­tu­gal. Actual­mente fun­ciona como hotel super exclu­si­vo, con ape­nas media doce­na de suites, y donde puedes dormir si reser­vas con mucha antelación y no te impor­ta pagar una bue­na can­ti­dad de euros. Como curiosi­dad, veréis en la foto un car­tel pub­lic­i­tan­do el Fes­ti­val Inter­na­cional del Choco­late de Óbidos, que jus­to se había cel­e­bra­do una sem­ana antes.

Castillo Obidos Portugal

La entra­da a la vil­la de Óbidos no puede resul­tar más impac­tante: se real­iza a través de la Por­ta da Vila, revesti­da en su inte­ri­or por un gigan­tesco mur­al de azule­jos (y en esta ocasión con un músi­co calle­jero amenizan­do el ambi­ente).

Porta da Vila Obidos

La Igle­sia de San­ta María es la más impor­tante de Óbidos. Data del siglo XII y se encuen­tra a espal­das del Museo Munic­i­pal

Iglesia Santa Maria Obidos

La otra gran igle­sia de Óbidos es la de Sao Tia­go, cer­ca de la entra­da del castil­lo. Se con­struyó tam­bién en el siglo XII pero la der­rum­bó un ter­re­mo­to cin­co sig­los después, por lo que debió ser recon­stru­i­da.

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Óbidos, pese a sus tres mil habi­tantes esca­sos, es uno de los pueb­los más ele­gantes de Por­tu­gal, ya que durante años se le cono­ció como la Vil­la de las Reinas ya que los monar­cas solían ofrecérse­lo como rega­lo de bodas a sus esposas. Y es un pueblo rel­e­vante no sólo a niv­el artís­ti­co sino tam­bién históri­co y políti­co, ya que aquí se comen­zó a preparar el alza­mien­to rev­olu­cionario del 25 de Abril, que acabó por fin, tras tan­tos años de injus­ti­cias, con la bru­tal dic­tadu­ra de Salazar.

Las casas encal­adas de Óbidos, con sus puer­tas y ven­tanas pin­tadas de difer­entes col­ores, son una de sus imá­genes más car­ac­terís­ti­cas. El pueblo en su prác­ti­ca total­i­dad es peaton­al, lo que hace muy agrad­ables las cam­i­natas por sus cal­lecitas emp­inadas; además, los com­er­cios que más abun­dan, tien­das de sou­venirs y restau­rantes, han respeta­do mag­ní­fi­ca­mente las fachadas orig­i­nales de las casas, por lo que la sen­sación de pueblo medieval se acen­túa aún más si cabe. Ya que he men­ciona­do los sou­venirs, debo recor­darte que lo más típi­co de Óbidos es la gin­jin­ha, un licor de cerezas áci­das. Verás que lo venden en todos lados y que, por un euro, te ofre­cen en muchos bares beberte un chupi­to en un vasito de choco­late.

Obidos Portugal

Obidos Portugal

Obidos Portugal

Tras darnos una bue­na cam­i­na­ta por Óbidos y ya que pega­ba el calor de lo lin­do, decidi­mos quedarnos allí a com­er. Teníamos anto­jo de arroz de marisco y habíamos vis­to que lo prepara­ban en un restau­rante jus­to a la entra­da de las mural­las y como el día invita­ba a ello, podíamos com­er al aire libre en su amplísi­ma ter­raza. Se lla­ma Por­ta da Vila y pese a ser Óbidos un lugar muy turís­ti­co y ten­er los pre­cios más ele­va­dos que en otras pobla­ciones, comi­mos los dos, con arroz, ensal­a­da de salmón, cervezas y cafés incluí­dos, por poco menos de 45 euros. El arroz esta­ba de escán­da­lo.

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Nazaré

El últi­mo des­ti­no de nue­stro via­je sería la boni­ta ciu­dad costera de Nazaré. Aquí habíamos reser­va­do para dormir un bun­ga­low en el camp­ing Vale Paraí­so, en una ubi­cación priv­i­le­gia­da en lo alto de un acan­ti­la­do y con un mon­tón de como­di­dades: restau­rante, gim­na­sio, pisci­na, lavan­dería… no le falta­ba de nada. Muy bien de pre­cio (40 euros la noche) y con un bun­ga­low total­mente equipa­do: era una deli­cia salir al porche y verte rodea­da de árboles por todos sitios.

Muy cer­ca de nue­stro camp­ing se encon­tra­ba el Promon­to­rio do Sitio, el altísi­mo acan­ti­la­do que acoge el Mirador do Suber­co, des­de donde se obtienen unas mag­ní­fi­cas vis­tas de Nazaré (como podeis obser­var en la fotografía de aba­jo, en la parte infe­ri­or se pueden apre­ciar las vías del funic­u­lar, que fun­ciona en ver­a­no para trans­portar a los vis­i­tantes has­ta lo alto del mirador, que se encuen­tra a más de cien met­ros en ver­ti­cal).

La vil­la, cuen­ta la leyen­da, se fundó debido a que el alcalde de un pueblo cer­cano, yen­do de cac­ería tras un vena­do, apare­ció al trote en este acan­ti­la­do y al ver que el cabal­lo no podía fre­nar, se encomendó a la vír­gen, pen­san­do que ya nada podría sal­var­le del desas­tre; sin embar­go, mila­grosa­mente su cabal­lo paró en el mis­mo bor­de del precipi­cio y el buen hom­bre, que debía ser muy pia­doso (como buen por­tugués que era), con­struyó una capil­la en hon­or a la vír­gen y alrede­dor de ella comen­zaron a lev­an­tarse las vivien­das de los feli­gre­ses que venían a vis­i­tar­la. Ya sabéis que los por­tugue­ses son pro­fun­da­mente reli­giosos y te encuen­tras una igle­sia en cada esquina.

Fab­u­losas vis­tas de Nazaré y su larguísi­ma playa de are­na blan­ca. La ima­gen es idíli­ca porque aún no ha comen­za­do el ver­a­no: en Julio y Agos­to, debido a su prox­im­i­dad con Lis­boa, la playa se encuen­tra pla­ga­da de case­tas y bañis­tas. Afor­tu­nada­mente, en estas fechas había menos gente y las veci­nas locales recor­rían el paseo marí­ti­mo ofre­cien­do car­tel en mano el alquil­er de aparta­men­tos.

Nazare Portugal

Nazaré es un pre­cioso pueblo de casitas blan­cas, cuya may­or ani­mación se encuen­tra pre­cisa­mente aquí, en la Playa de Ban­hos. Asi que cogi­mos el coche y allí nos fuimos a dar una vuelta. Con el buen tiem­po que esta­ba hacien­do, el paseo marí­ti­mo y las calles aledañas del bar­rio de pescadores esta­ban llenas de gente que aprovech­a­ba para venir a cenar: en Nazaré se pueden encon­trar dece­nas de restau­rantes que ofre­cen algunos de los mejores pesca­dos de Por­tu­gal. Nosotros elegi­mos un coque­to restau­rante a pie de playa lla­ma­do A Bús­so­la, para des­pedirnos de este via­je con la cerveza nacional, la Sagres, una bue­na ración de sepia y el pla­to estrel­la de la gas­tronomía por­tugue­sa, del que nun­ca nos cansamos… ¡el bacalao!

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