Por qué nunca me canso de viajar a Sevilla

Hace unos meses, en una de las entre­vis­tas que me hicieron para otro blog de via­jes, una de las pre­gun­tas que me hacían era “¿cuál es tu ciu­dad españo­la favorita?”. Reconoz­co que decantarse por un solo rincón de este fab­u­loso país donde vivi­mos es tarea ard­ua. Mi corazón siem­pre tiende a dividirse entre tres: Madrid (soy madrileña de pura cepa y pese a la con­t­a­m­i­nación, el trá­fi­co y las aglom­era­ciones ¡cada día estoy más enam­ora­da de mi ciu­dad!), Barcelona y la embria­gado­ra heren­cia mod­ernista que nos dejó Gaudí y la ciu­dad que en la entre­vista al final acabé esco­gien­do como mi debil­i­dad abso­lu­ta: Sevil­la. Como bien comenta­ba en dicha entre­vista, si un extran­jero me pre­gun­tara a qué lugar le recomen­daría ir nada más pis­ar España, Sevil­la sería la elegi­da.

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Aca­so porque es la que mejor rep­re­sen­ta lo que el que viene de fuera bus­ca en nue­stro país: sol, cul­tura, bue­na gas­tronomía, gente abier­ta y fla­men­co. De los toros no digo nada porque yo como bien sabéis soy anti­tau­ri­na acér­ri­ma, es un lado oscuro de la ciu­dad que inten­to obviar siem­pre que la vis­i­to (como inten­to obviar­lo en tan­tos otros sitios de nue­stro país, que el camino has­ta la abol­i­ción va a ser largo y tedioso). Pero dejan­do ello aparte, lo cier­to es que ese soni­quete que ha pop­u­lar­iza­do a la per­la del Guadalquivir, “Sevil­la tiene un col­or espe­ci­aaaal”, en este caso no es un tópi­co sino una real­i­dad: Sevil­la es úni­ca.

Tenía muy pen­di­ente dedi­car­le un artícu­lo a Sevil­la ya que prob­a­ble­mente es de las ciu­dades que mejor conoz­co en nue­stro país. El moti­vo es que durante cua­tro años viví en Huel­va, que se encuen­tra a sólo 88 kilómet­ros (ape­nas una hora de coche), y eran muchos los fines de sem­ana que íbamos a pasar­los en una ciu­dad que para mí es pura magia. En cualquier época del año, inclu­so en ver­a­no cuan­do las tem­per­at­uras rayan lo humana­mente inso­portable, Sevil­la se encuen­tra pla­ga­da de tur­is­tas (japone­ses y norteam­er­i­canos prin­ci­pal­mente), lo que invi­ta a recor­darte por qué esta ciu­dad tiene fama mundi­al y por qué cuan­do muchos extran­jeros sueñan con vis­i­tar España, el primer lugar que les viene a la cabeza es Sevil­la y ya se ven en su imag­i­nación rodea­d­os de bailao­ras zap­ate­an­do al gri­to de ¡olé!

Sevil­la, efec­ti­va­mente, puede aso­cia­rse a todos esos tópi­cos, tan­to buenos como mal­os, que inevitable­mente rodean a nue­stro país y que yo siem­pre inten­to tomarme con el mejor humor posi­ble (aunque a veces me cueste cuan­do muchos guiris (no todos) se creen que aquí nos pasamos el día de cachon­deo y con una jar­ra de san­gría en la mano). En ese sen­ti­do, aprove­cho para recomen­daros un libro que he leí­do hace poco, “De Detroit a Tri­ana”, en que Ken Apple­dorn (el mari­do de Jorge Cadaval de Los Moran­cos) rela­ta entre risas como un red­neck amer­i­cano (es decir,él) se ve de repente un día, tras haber deci­di­do venirse a estu­di­ar a España, en el salón del minús­cu­lo piso de una bul­li­ciosa famil­ia tri­an­era ante un señor que en el tele­vi­sor habla­ba un lengua­je inin­tel­igi­ble y que respondía al nom­bre de Chiq­ui­to de la Calza­da. Y es que pese a que me encan­ta devo­rar libros que hablen sobre todos esos país­es mar­avil­losos que nos esper­an ahí fuera, tam­bién me divier­to muchísi­mo des­cubrien­do la cara que se les que­da a muchos extran­jeros ante las curiosas cos­tum­bres que aquí nos gas­ta­mos.

Sevilla Flamenco

A Sevil­la se puede ir en cualquier época del año menos en dos, a no ser que lo tuyo sea el maso­quis­mo: ver­a­no y Sem­ana San­ta. Yo el ver­a­no siem­pre intenta­ba evi­tar­lo porque ya sé en lo que se con­vierte la ciu­dad a par­tir del mes de Junio pero curiosa­mente esta últi­ma vez que hemos esta­do, no nos quedó otra que ir en Agos­to a 40 gra­di­tos a la som­bra y ya no record­a­ba lo que era andar por esas calles total­mente deshidrata­dos: com­prábamos botel­las de agua hela­da cada media hora. Recuer­do que un sevil­lano nos comenta­ba que pese a que los que viv­en allí están más que acostumbrados…”¡ezto no hay quien lo aguante, ozú!”

No os creáis por ello que el tur­is­mo decae en dichas fechas, al con­trario. Agos­to es mes de vaca­ciones en nue­stro país y en las ter­razas no cabía un alfil­er. En cuan­to a la Sem­ana San­ta, yo como soy una atea de tomo y lomo, pues huyo de este tipo de fes­tivi­dades fanáti­cas ya no sólo en Sevil­la sino en cualquier ciu­dad de España. Pero es que en la antigua Hís­palis la Sem­ana San­ta se vive con un fer­vor casi enfer­mi­zo y las aglom­era­ciones de gente lle­gan a nive­les alta­mente per­ju­di­ciales para la salud físi­ca y psíquica, con calles cor­tadas y pre­cios de alo­jamien­to into­ca­bles. ¿Mi con­se­jo? Otoño e invier­no. En invier­no casi siem­pre hace buen tiem­po y yo más de un mes de Diciem­bre he esta­do pase­an­do casi en man­ga cor­ta.

En cuan­to a lle­gar allí, ten­emos tres opciones (y he uti­liza­do las tres). Des­de Madrid, la más cómo­da y ráp­i­da es el AVE. Reconoz­co que el via­je es una goza­da, en vagones preparadísi­mos, y el via­je se te pasa en un sus­piro: el incon­ve­niente es que los bil­letes sue­len estar bas­tante caros. La segun­da opción es el avión, aunque aquí la desven­ta­ja es que no suele haber tan­to trá­fi­co aéreo como en otros grandes aerop­uer­tos españoles como Bara­jas o El Prat: aún así, ha habido veces que he hecho con Vuel­ing el trayec­to Sevil­la-Barcelona por sólo 20 euros ida y vuelta. Además, el aerop­uer­to está bas­tante bien comu­ni­ca­do con la ciu­dad, con la línea EA, cuyo bil­lete cues­ta 4 euros, y te pre­sen­tas en la Plaza de Armas en ape­nas 30 min­u­tos (hace paradas pre­vias, entre ellas en la estación de San­ta Jus­ta, lo que viene genial para enlazar con el AVE).

La ter­cera opción, la que más he usa­do, es el coche. Des­de Madrid y si tienes suerte de no coger trá­fi­co a la sal­i­da, te pre­sen­tas en Sevil­la en ape­nas cin­co hori­tas. Ya allí, puedes dejar aparca­do el coche (si te es difí­cil encon­trar aparcamien­to en pleno cen­tro, te recomien­do que busques por la zona del Paseo de las Deli­cias, que nosotros siem­pre sole­mos encon­trar hue­co allí) e ir andan­do a todos los sitios: aunque el cen­tro históri­co sevil­lano es bas­tante exten­so (recuer­da que hablam­os de la cuar­ta ciu­dad más grande de España), esta es una ciu­dad para cam­i­narla de arri­ba a aba­jo y más cuan­do el buen cli­ma y el sol lucien­do suele ser la tóni­ca habit­u­al.

En cuan­to al alo­jamien­to, casi siem­pre que íbamos a Sevil­la nos quedábamos en casa de una ami­ga que vivía allí pero aún así voy a recomen­daros el últi­mo hotel en el que estu­vi­mos, ya que quedamos encan­ta­dos. Tenien­do en cuen­ta que en el cen­tro inclu­so los hostales sue­len ser bas­tante caros (es lo que tiene ser una ciu­dad tan turís­ti­ca en cualquier época del año), no es mala opción salirse un poco del meol­lo a la hora de dormir. Nosotros escogi­mos esta últi­ma vez el hotel Ser­co­tel Doña Carmela, un tres estrel­las bas­tante majete en el bar­rio de Bellav­ista (ape­nas diez min­u­tos en coche des­de el cen­tro). Puedes aparcar sin prob­le­ma en la mis­ma puer­ta, habita­ciones muy bien equipadas, per­son­al ama­bilísi­mo y aunque no se incluye el desayuno, tienen un restau­rante donde se come estu­pen­da­mente y a pre­cios ase­quibles.

¿El pre­cio? 39 euros por la habitación doble (eso en el mes de Agos­to, que supon­go que con el calo­razo bajan los pre­cios; en invier­no, depen­di­en­do de cuan­do via­jes y que no te coin­ci­dan puentes, los pre­cios pueden vari­ar entre los 45 y 70 euros, aún así, bue­na alter­na­ti­va). Si quieres, eso sí, ir a lo grande y puedes per­mitírte­lo, otra de las mejores opciones es el hotel Las Casas de la Jud­ería (pre­cio medio de la habitación doble 150 euros), donde llegó a estre­nar una de sus 134 habita­ciones Stephen King (no hay ningu­na habitación igual a otra) y que es en real­i­dad un com­ple­jo de 27 casas unidas por pasadi­zos y patios inte­ri­ores: con­ser­van has­ta restos de una antigua mural­la y uno de los mejores spa de Sevil­la, Las Ter­mas de Hís­palis.

Anal­iza­dos ya los datos prác­ti­cos de alo­jamien­to, trans­porte y época elegi­da, vámonos a des­cubrir Sevil­la. Una mar­avil­losa ciu­dad que debería ser un des­ti­no impre­scindible en la vida de cualquier via­jero. Como os digo, han sido muchas las veces que la he recor­ri­do y nun­ca deja de sor­pren­derme, espe­cial­mente por esa chis­pa de la que siem­pre se vana­glo­ri­an los sevil­lanos: la cara que se me quedó la últi­ma vez que estuve allí y vi las tra­duc­ciones sur­re­al­is­tas que han hecho para los tur­is­tas de expre­siones tan suyas como “me gus­ta una jartá” o “este pla­to qui­ta el sen­tío”. Aunque hubo mucha gente que crit­icó la ini­cia­ti­va, a mí la ver­dad que me pare­ció un reclamo turís­ti­co de lo más inge­nioso.

Pabellón Mudéjar Parque María Luisa Sevilla
Pabel­lón Mudé­jar en el Par­que de María Luisa

Vamos a comen­zar nue­stro recor­ri­do de este a oeste, pre­cisa­mente por uno de los lugares que más me gus­ta de Sevil­la: el Par­que de Maria Luisa. Si vis­i­tas la ciu­dad en ver­a­no, es el mejor oasis que vas a encon­trar para poder refu­gia­rte del abrasador sol andaluz. Fue el primer par­que urbano que se con­struyó en España hace más de un siglo y para mí con­tin­ua sien­do de los más boni­tos. Y es que más que un par­que parece un fron­doso jardín botáni­co en el que pueden admi­rarse más de 250 especies de plan­tas, traí­das de los cin­co con­ti­nentes, y pasear bajo la som­bra que ofre­cen sus 3.500 árboles, entre los que desta­can las palmeras o los altísi­mos eucalip­tos.

Por cier­to, que hace unos años, dichos árboles fueron los pro­tag­o­nistas de un even­to cul­tur­al pre­cioso, Los Árboles Par­lantes: Voces de Guatemala, en el que medi­ante un dis­pos­i­ti­vo de sonido, los árboles “recita­ban” poe­mas de escritores guatemal­te­cos. Durante diez años, de 1912 a 1922, el par­que vivió una inten­sa remod­elación con moti­vo de la Exposi­ción Iberoamer­i­cana (ya veis que la primera no fue la de 1992) y de dicha época son algunos de sus rin­cones más exu­ber­antes.

Parque Maria Luisa Sevilla

Es este un par­que en el que abun­dan las glo­ri­etas: la de Béc­quer, con su bus­to en hom­e­na­je al escritor y esa fab­u­losa escul­tura que es “El Amor Heri­do”, la de Luca de Tena (donde antigua­mente se vendían per­iódi­cos), la Glo­ri­eta de los Toreros con sus lla­ma­tivos azule­jos, la de Luis Mon­to­to con su vis­tosa fuente azul, la de San Diego, la de Aníbal González, la de Cer­vantes (una de mis favoritas, con azule­jos que retratan esce­nas de “Don Qui­jote de la Man­cha”), la de los Lotos y su estanque, la de Ofe­lia Nieto, la de Cov­adon­ga… Como comen­to, son muchas y todas pre­ciosas.

En el coque­to Monte Gurugú podrás dis­fru­tar de panorámi­cas del par­que, rela­jarte arropa­do de la tran­quil­i­dad que impera en la Isle­ta de los Pájaros (donde se cuen­ta que el rey Alfon­so XII declaró su amor a María de las Mer­cedes), sen­tarte en la Fuente de las Ranas, que ha servi­do de inspiración para muchos otros patios sevil­lanos, o pasear por otro de mis rin­cones favoritos, la Plaza de Améri­ca, esa impre­sio­n­ante explana­da flan­quea­da por palmeras en la que las palo­mas vue­lan entre el Pabel­lón Real, el Museo de Artes y Cos­tum­bres Pop­u­lares y el Museo Arque­ológi­co.

Des­de el par­que nos vamos a ir dan­do un paseo has­ta uno de los lugares más fotografi­a­dos de toda Sevil­la. Y no nos extraña porque pese a la de veces que la hemos vis­i­ta­do, nos sigue impre­sio­n­an­do como el primer día: hablam­os de la Plaza de España. Tardó en con­stru­irse catorce años y pocos nos pare­cen para lo que sig­nifi­ca la mag­ni­tud de la obra. Una ría semi­cir­cu­lar, que cruzan var­ios puentes lla­ma­dos como los antigu­os reinos de España (Castil­la, León, Aragón y Navar­ra) per­mite el paseo de bar­cas y los sopor­tales ayu­dan a huir del calor mien­tras admi­ramos los escu­d­os de todas las provin­cias españo­las, aquí rep­re­sen­tadas. Con un diámetro de casi 200 met­ros cuadra­dos, la plaza está cus­to­di­a­da por dos tor­res, la Norte y la Sur, y en ella desta­can, aparte de los col­ori­dos ban­cos provin­ciales, las recar­gadas faro­las y los bus­tos de 48 per­son­ajes rel­e­vantes como Queve­do o Velázquez.

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Plaza de España

Muy cerqui­ta de la Plaza de España, yén­donos  hacia la Glo­ri­eta Marineros Vol­un­tar­ios, ten­emos uno de los edi­fi­cios más sor­pren­dentes de la cap­i­tal andaluza: el Cos­turero de la Reina. El primer edi­fi­cio neo­mudé­jar de Sevil­la, un palacete en miniatu­ra que sor­prende encon­trar en las calles sevil­lanas y que parece extraí­do de un libro de cuen­tos caballerescos.

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Cos­turero de la Reina

Jus­to al lado, ten­emos el Casi­no de la Exposi­ción, uno de los cen­tros cul­tur­ales más impor­tantes de la ciu­dad (aquí se ha cel­e­bra­do la Bien­al de Fla­men­co) y el Teatro Lope de Vega, donde se rep­re­sen­tan algu­nas de las obras más impor­tantes que lle­gan a Sevil­la. Cruzan­do el Paseo de Palos de la Fron­tera, nos topamos con la Uni­ver­si­dad, la más impor­tante de Andalucía, donde han estu­di­a­do escritores tan impor­tantes como Pedro Sali­nas, Juan Ramón Jiménez o Jorge Guil­lén. La sede de la Uni­ver­si­dad se encuen­tra en lo que era la Real Fábri­ca de Taba­cos, uno de los edi­fi­cios más boni­tos de toda Sevil­la.

Tomamos la Aveni­da de la Con­sti­tu­ción y en vez de tirar hacia el mar­gen del río Guadalquivir, que recor­rere­mos más ade­lante, giramos a nues­tra derecha y lleg­amos a otro de los edi­fi­cios sevil­lanos más impor­tantes, el Archi­vo Gen­er­al de Indias, que con sus palmeras hace buen hon­or a su nom­bre, al recor­darnos a esas exóti­cas casas de los indi­anos. Teng­amos en cuen­ta que se con­struyó para poder acoger toda la doc­u­mentación, miles y miles de escritos, ref­er­entes a la col­o­nización de Améri­ca, por lo que no hay un lugar en España que guarde más infor­ma­ción detal­la­da de lo que supu­so el des­cubrim­ien­to de dicho con­ti­nente. Actual­mente per­mite la visi­ta gra­tui­ta, aunque recuer­da que los domin­gos cier­ran un poco más pron­to, a las dos de la tarde.

Esta­mos ya en la Cat­e­dral, la may­or igle­sia góti­co-cris­tiana del mun­do. Prepárate, eso sí, a verte rodea­do de mul­ti­tudes en las plazas Vír­gen de los Reyes y Tri­un­fo, ya que aquí es donde se con­cen­tra may­or número de tur­is­tas: nadie quiere perder­se uno de los edi­fi­cios reli­giosos más extra­or­di­nar­ios de nue­stro plan­e­ta que, no podía ser de otra man­era, tiene el títu­lo de Pat­ri­mo­nio de la Humanidad. Ubi­ca­da sobre lo que en época musul­mana fue una gigan­tesca mezqui­ta de la que aún se con­ser­va la Puer­ta del Perdón (que tan­to nos recuer­da a esas boni­tas puer­tas árabes de La Alham­bra granad­i­na), hoy en día lo que desta­ca por enci­ma de todo lo demás es La Giral­da, cuyo nom­bre ya habla por sí mis­mo: a excep­ción de las tor­res de la Sagra­da Famil­ia o de la Cat­e­dral de San­ti­a­go de Com­postela, pocos tem­p­los cris­tianos pueden com­pe­tir en lo que a belleza se refiere con esta torre de casi cien met­ros de altura que ha podi­do con­ser­var, pese al paso del tiem­po, su cuer­po almo­hade, aunque esté remata­da por un cam­pa­nario rena­cen­tista.

Inspi­ra­da en la mezqui­ta de La Koutoubia, mi rincón favorito en Mar­rakech, ella mis­ma sirvió de mod­e­los para otras “giral­das” en el mun­do, como la de Kansas o la del pueblo de L’aborc en Tar­rag­o­na. En cuan­to a la Cat­e­dral, com­pues­ta por cin­co naves y vein­ticin­co capil­las, aparte del Patio de los Naran­jos, puede vis­i­tarse pre­vio pago de nueve euros. Avi­so: las colas para entrar son kilo­métri­c­as.

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Cat­e­dral de Sevil­la

Es hora de recor­rer, aban­i­co en mano, los que para mí (y supon­go que para muchos) son los bar­rios más encan­ta­dores de toda Sevil­la: los de San­ta Cruz y San Bar­tolomé, es decir, donde se ubi­ca­ba la antigua jud­ería. Esta se encon­tra­ba sep­a­ra­da del resto de la ciu­dad por una mural­la, has­ta que en 1391 los cris­tianos tomaron el bar­rio, acu­san­do a los judíos de ser unos usureros que se aprovech­a­ban de la necesi­dad de los demás, les incau­taron sus vivien­das y los judíos huyeron de Sevil­la o se mudaron, oblig­a­dos, a otras partes de la ciu­dad. Sesen­ta años más tarde, y ante la lle­ga­da masi­va de judíos de Tole­do, el rey Alfon­so X donó a los judíos tres mezquitas para que las con­virtier­an en sin­a­gogas y que hoy en día son las igle­sias de San­ta Cruz, San Bar­tolomé y San­ta María la Blan­ca; en esta últi­ma, aún se pueden apre­ciar dos fustes romanos con capite­les visigo­dos y su inte­ri­or bar­ro­co es uno de los más fasci­nantes de Andalucía.

Los judíos volvieron a vivir en paz en el bar­rio, sobre todo bajo el reina­do de Pedro I, has­ta que los cris­tianos volvieron a tomar­la con ellos a medi­a­dos del siglo XIV. Sevil­la había vivi­do en sus carnes la fiereza de la peste negra y sus habi­tantes, deprim­i­dos por las pér­di­das de famil­iares y ami­gos y más pobres que nun­ca, nece­sita­ban una cabeza de tur­co, de nue­vo la comu­nidad hebrea. A finales de siglo lle­garía una matan­za atroz en la que cua­tro mil judíos fueron asesina­dos por sus pro­pios veci­nos, que aprovecharon tam­bién para saque­ar sus tien­das: ape­nas qued­a­ban judíos ya en Sevil­la y la lle­ga­da de la Inquisi­ción años después obligó a huir a los que aún se resistían a aban­donar su hog­ar.

Aunque que­da muy poco de la antigua jud­ería (se encon­traron restos de la necrópo­lis en excava­ciones recientes), el pasa­do históri­co es la excusa per­fec­ta para perder­se en uno de los bar­rios más boni­tos de toda Andalucía. Podemos encon­trar en la calle Már­moles tres colum­nas romanas de un tem­p­lo del siglo II, escapar de los gru­pos de tur­is­tas en la escon­di­da Plaza de San­ta Mar­ta (para mí un lugar muy espe­cial, tan recogidi­ta y silen­ciosa con sus naran­jos en flor), cam­i­nar por el Calle­jón del Agua, parar a tomar unas raciones en la calle Mateo Gagos, donde abun­dan las ter­razas bul­li­ciosas (para nosotros, uno de los mejores sitios en esta calle es Casa Román), admi­rar el Pala­cio Yanuri (que aunque hoy es un ban­co, fue donde nació el pre­mio Nobel Vicente Aleixan­dre) o la poco cono­ci­da torre almo­hade de Abdel Aziz, des­cansar en los Jar­dines de Muril­lo (otro de mis rin­cones favoritos), fotografi­ar la escul­tura ded­i­ca­da a ese Casano­va lit­er­ario que fue Don Juan Teno­rio en la Plaza de los Refi­nadores o ir has­ta la Casa de Pilatos y el Pala­cio Arzo­bis­pal, tomarnos un vino dulce en la Plaza de los Ven­er­a­bles o des­cubrir las boni­tas plazas de Doña Elvi­ra o de la Alian­za.

No dejes tam­poco de ver la casa Pick­man con su atrac­ti­va y recar­ga­da facha­da, que además en su parte trasera con­ser­va la puer­ta más estrecha de la ciu­dad, o dar una vuelta has­ta el Pala­cio de Vil­la­panés, que aunque actual­mente es un hotel, siem­pre puedes colarte a echar un vis­ta­zo al ele­gante inte­ri­or de este edi­fi­cio del siglo XVIII, y ojear al pre­cioso patio que hay en la calle Ximénez Enciso. San­ta Cruz es un bar­rio úni­co, de calles estre­chas y mac­etas en las ven­tanas, el autén­ti­co corazón sevil­lano, cuya belleza inspiró óperas como “El Bar­bero de Sevil­la” y que ha sabido con­ser­var su encan­to como pocos lugares en nue­stro país.

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Bar­rio de San­ta Cruz

En el bar­rio de San­ta Cruz, los amantes del fla­men­co tienen una visi­ta impre­scindible en el Museo del Baile Fla­men­co, apadri­na­do por una de las mejores bailao­ras de la his­to­ria, Cristi­na Hoyos, y ubi­ca­do en un edi­fi­cio del siglo XVIII. Cristi­na ha sido la encar­ga­da de coor­di­nar las core­ografías de los espec­tácu­los que se cel­e­bran cada día a par­tir de las 20:00 y cuya entra­da cues­ta 20 euros: creemos que es el mejor sitio que podemos recomen­darte si quieres dis­fru­tar de fla­men­co puro y duro y no de otros engañabo­bos para tur­is­tas (que, por des­gra­cia, en Sevil­la tam­bién los hay). Tam­bién es recomend­able el Cen­tro Cul­tur­al Casa de la Gui­tar­ra, con tar­i­fas algo más baratas (17 euros).

Ya que esta­mos por esta zona, vamos a aprovechar para vis­i­tar los Reales Alcázares, otro Pat­ri­mo­nio de la Humanidad que ulti­ma­mente ha servi­do de dec­o­ra­do en pelícu­las como “Ala­triste” o la serie “Juego de Tronos” y que jun­to a la Alham­bra granad­i­na y la mezqui­ta de Cór­do­ba es en mi opinión uno de los grandes tesoros arqui­tec­tóni­cos de Andalucía. Con­s­ta de var­ios edi­fi­cios y palacetes de difer­entes épocas (aún se con­ser­van, por ejem­p­lo, restos del pala­cio islámi­co como el Patio del Yeso), entre los que sobre­salen el Pala­cio Góti­co y el Pala­cio Mudé­jar, así como sus jar­dines (con nom­bres tan exóti­cos como el de Mer­cu­rio o el de Troya) y sus pre­ciosos patios: para mí el más boni­to es el de las Don­cel­las, que tan­to recuer­da a la Alham­bra. La entra­da cues­ta 9,50 euros pero no te despistes porque el aforo del mon­u­men­to es de sólo 750 per­sonas.

Reales Alcázares Sevilla
Reales Alcázares

En la Plaza Nue­va ten­emos otra visi­ta recomend­able, la del Ayun­tamien­to (martes, miér­coles y jueves de 17,30 a 18,00), que tiene la curiosi­dad de ten­er la efigie de Grace Kel­ly tal­la­da en su facha­da, y en la ter­raza del Hotel Inglater­ra podremos tomar una cerveza mien­tras dis­fru­ta­mos de las mejores panorámi­cas de Sevil­la. Yén­donos hacia la Plaza de la Maes­tran­za, ten­emos el Hos­pi­tal de la Cari­dad y des­de allí nos ire­mos a otra de las imá­genes que mejor rep­re­sen­ta a Sevil­la, la de la Torre del Oro (de niña recuer­do que mis padres tenían en casa una botel­la con su for­ma y siem­pre soña­ba con ver­la en per­sona). Hoy sede del Museo Naval (entra­da 3 euros), esta antigua torre árabe luce majes­tu­osa, sobre todo de noche, en la rib­era del río Guadalquivir.

Como curiosi­dad, comen­tar que en Sevil­la tam­bién hay una Torre de Pla­ta (en la calle San­tander) y una Torre de Bronce, aunque de esta últi­ma sólo se con­ser­va la base. Por cier­to, te recomien­do que ya que estás en el Paseo de Colón, hagas una para­da un poco más ade­lante en los boni­tos Jar­dines de Mon­tesinos, que mucho vis­i­tante desconoce y para mí es un rincón muy espe­cial.

Torre del Oro Sevilla
Torre del Oro

Sevil­la es una ciu­dad de pala­cios, qué duda cabe. Ahí ten­emos como ejem­p­los el Pala­cio de Mon­salves, el Pala­cio de Altami­ra, el del Mar­qués de la Mon­til­la o el de los Mar­que­ses de Alga­ba. Y aca­so uno de los más boni­tos sea el Pala­cio de las Dueñas (entra­da 8 euros), propiedad de la Casa de Alba. Con­ser­va algunos de los patios más exu­ber­antes de la ciu­dad, así como una capil­la y cabal­ler­izas, por no hablar de las incon­ta­bles obras de arte de autores como Sorol­la o Romero de Tor­res: la Casa de Alba no sólo es de las más ric­as de nue­stro país sino la que más títu­los nobil­iar­ios ate­so­ra, se dice que la fal­l­e­ci­da Cayetana de Alba era el úni­co per­son­aje ilus­tre al que por títu­los nobil­iar­ios debería ced­er el paso el pro­pio monar­ca.

Otro de los pala­cios más recomend­ables es el Pala­cio de la Con­de­sa de Lebri­ja, cer­ca de la calle Sier­pes, una de las más com­er­ciales de la ciu­dad y siem­pre llena de paseantes. Aquí podrás admi­rar algu­nas de las fachadas más boni­tas de Sevil­la, como las de la relo­jería El Cronómetro o el bar Rob­les Lare­do. Cer­ca tam­bién tienes la Igle­sia de San José, cuyo inte­ri­or es tan recar­ga­do (hay que ver lo que les gus­ta a los sevil­lanos todo lo que brille) que casi nece­si­tas gafas de sol.

Las Setas de Sevil­la (o Met­rosol Para­sol, como pre­fieras lla­mar­lo) es la may­or estruc­tura de madera del mun­do y prob­a­ble­mente el mon­u­men­to más curioso de la ciu­dad. Aquí además podrás vis­i­tar el Museo Arque­ológi­co y el Mirador y se encuen­tra donde antigua­mente se ubi­ca­ba el Mer­ca­do de la Encar­nación. Espec­tac­u­lar ¿ver­dad?

Las Setas de Sevilla
Las Setas de Sevil­la

Nos vamos a ir al río Guadalquivir, en el que podrás dis­fru­tar de difer­entes cruceros flu­viales, para des­cubrir algunos de los puentes más boni­tos de la ciu­dad, como el del Alamil­lo, el de la Bar­que­ta, el del Cristo de la Expiración, el de Isabel II, el de San Tel­mo, el de los Reme­dios, el de las Deli­cias, el de Tri­ana (el puente de hier­ro más antiguo de España) o el del V Cen­te­nario.

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El Guadalquivir a su paso por Sevil­la

Os recomien­do tam­bién daros una bue­na cam­i­na­ta (mejor a la som­bra) por el Paseo de las Deli­cias, ya que aquí se encuen­tran muchos de los extra­or­di­nar­ios pabel­lones que se con­struyeron para la Exposi­ción Iberoamer­i­cana de 1929. Algunos de los más boni­tos son el Pabel­lón de Argenti­na, actu­al Con­ser­va­to­rio de Dan­za, el de Colom­bia o el de Méx­i­co. Es una de las calles sevil­lanas más boni­tas. Además, si os morís de calor, siem­pre podéis hac­er una para­di­ta en la ter­raza del Muelle de Nue­va York, donde sir­ven refres­cant­es cock­tails.

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Nos mete­mos, ya cruzan­do el río, en otro de los bar­rios más emblemáti­cos de Sevil­la: Tri­ana. El bar­rio que tam­bién dio nom­bre al grupo más impor­tante de la his­to­ria del rock andaluz tal vez no esté pla­ga­do de mon­u­men­tos como la otra oril­la del río (aún así, muy recomend­able la pre­ciosa capil­la mudé­jar de la Vír­gen del Car­men, el patio de la Casa de las Flo­res o el Castil­lo de San Jorge, antigua sede de la San­ta Inquisi­ción, por el Calle­jón de la Inquisi­ción con­tiguo es por donde se llev­a­ba a los pre­sos a la hoguera) pero sin lugar a dudas es uno de los más autén­ti­cos si uno quiere dejarse envolver por la más pura esen­cia sevil­lana; sus habi­tantes se describen como tri­aneros, no como sevil­lanos, y una pla­ca en sus calles reza “mira si soy tri­anero que estando en la calle Sier­pes me con­sidero extran­jero”.

Además, aquí se encuen­tran algunos de los mejores locales de tapas de la ciu­dad (el bar Salomón, el San­ta Lucía, la Casa Cues­ta, el Sol y Som­bra y no te vayas sin catar las estu­pen­das beren­je­nas rel­lenas de gam­bas del Blan­ca Palo­ma) y el Mer­ca­do de Tri­ana, donde podrás degus­tar algu­nas de las mejores cervezas sevil­lanas (la Albero, la Taifa o la Car­tu­jana y así te olvi­das de la Cruz­cam­po, que hay que ver qué mala está y qué manía tienen de encas­quetártela en todos los bares ¡yo antes que una Cruz­cam­po, pre­fiero beber agua!), catar las ortigu­il­las (esa deli­cia del mar que se puede encon­trar sólo en Huel­va, Sevil­la y Cádiz ¡están riquísi­mas!) o inclu­so ver una obra en el teatro Casala. En Tri­ana son muy pop­u­lares tam­bién las tien­das de cerámi­ca, el cor­ral de come­dias que se cel­e­bra cada ver­a­no o la calle Betis con sus boni­tas casas de col­ores.

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Calle Betis en el bar­rio de Tri­ana

Si aún te que­da tiem­po, te recomien­do que des un paseo para ver lo que que­da de la Expo 92 (sí, aque­l­la en la que la mas­co­ta era ese hor­ro­roso muñe­co lla­ma­do Cur­ro, que rival­iz­a­ba en feal­dad con Cobi, la mas­co­ta de las olimpiadas de Barcelona). Algunos de los edi­fi­cios, des­gra­ci­ada­mente, han sido des­man­te­la­dos y es una lás­ti­ma en el esta­do de aban­dono que se encuen­tran muchas partes de La Car­tu­ja después de todo el din­er­al que se invir­tió: el Canal de los Des­cubrim­ien­tos hoy está comi­do por la hier­ba ¿cómo se puede per­mi­tir tan­ta dejadez?  Pero aún quedan en pie, por pon­er un ejem­p­lo de los pabel­lones más lus­trosos, el de Mar­rue­cos, que es una autén­ti­ca pre­ciosi­dad, el de Hun­gría (semi­a­ban­don­a­do ¡qué lás­ti­ma!), el de Nue­va Zelan­da con su pared rocosa y donde tan­to éxi­to tuvieron en su día las dan­zas maoríes o el de Méx­i­co, este tam­bién en desu­so. Aquí tam­bién se hal­la (este sí en acti­vo) Isla Mág­i­ca, el par­que de atrac­ciones temáti­co inspi­ra­do en el siglo XVI (entra­da de día com­ple­to 29 euros) y puedes dar un paseo por el Par­que del Alamil­lo, que está pre­cioso en pri­mav­era.

¿Que tienes aún más tiem­po? Entonces date un capri­cho y pasa una tarde en los Baños Árabes de Sevil­la. Estuve hace años y salí mar­avil­la­da, los más fasci­nantes en los que he esta­do nun­ca. Se lla­man Aire de Sevil­la, se encuen­tran en un edi­fi­cio pre­cioso del siglo XVI que fue la casa-pala­cio del Vir­rey de las Indias y está con­sid­er­a­do uno de los ham­mans más boni­tos de Europa. Muy, muy recomend­able ¡sales como nue­vo!

Más con­se­jos: si tienes la suerte de que tu visi­ta a Sevil­la caiga en jueves, aprovecha para pasarte por la calle Feria y recor­rer su mer­cadil­lo al aire libre: es el más antiguo de Sevil­la y podrás encon­trar antigüedades y pro­duc­tos de segun­da mano de lo más intere­santes. La plaza del Cabil­do es otro de los lugares que no sue­len fre­cuen­tar los tur­is­tas y que sin embar­go tiene mucho encan­to. Recuer­da que si te gus­tan los cara­coles, la mejor época para pro­bar­los es en pri­mav­era y en Sevil­la los coci­nan como nadie, espe­cial­mente en Casa Diego en la calle Alfar­ería y en Bode­ga Umbrete en la Plaza del Pumare­jo. En la Gaz­pachería Andaluza, como su pro­pio nom­bre indi­ca, preparan un gaz­pa­cho como pocos vas a encon­trar y para tomar pesca­di­to frito bueno y bara­to te recomen­damos los Mesones del Ser­ran­i­to (además tienen unos postres buenísi­mos). Si quieres com­er bue­nas tapas por poco dinero (avi­so que las tapas son enormes) no dejes de pasarte por alguno de los dos locales de Las Colo­niales: tienen un salmore­jo de chu­parse los dedos. Y acabamos este artícu­lo con la ima­gen de uno de los edi­fi­cios más boni­tos de la ciu­dad y que tan bien ilus­tra el poderío sevil­lano: el Pala­cio de San Tel­mo.

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Aquí te dejamos nue­stros dos pro­gra­mas ded­i­ca­dos a Sevil­la…


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4 Comments

  1. Es un des­ti­no que ten­go pen­di­ente!!!
    “Mis huel­las y el Mun­do”

  2. Pues ya sabes…¡es una ciu­dad super espe­cial!

  3. Miar­ma, porque es mu boni­ta, con su cam­po der Beti!

  4. Jaja­ja­ja­ja­ja­ja muy grande tu com­ment!

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