El encanto de Donosti (alias San Sebastián)

San Sebastián para los castel­lano-par­lantes, Donos­ti para los ami­gos. Conocí a la ciu­dad más ele­gante de España sien­do muy jovenci­ta, con ape­nas 17 años, en un via­je de insti­tu­to. Allí me teníais en pleno mes de Febrero, quitán­dome botas y cal­cetines para meter, aunque fuera un segun­do, los pies en esas aguas heladas del Can­tábri­co. Porque venir a la playa de La Con­cha por primera vez y no dejar que la sal te lama la piel debería con­sid­er­arse peca­do mor­tal.

Donostia

Qué buenos recuer­dos guard­a­ba de aquel primer via­je a Donos­ti en la ado­les­cen­cia y qué ganas tenía de repe­tir con la gran duque­sa vas­ca. Regre­so allí en este nue­vo via­je que es el de revivir los recuer­dos de hace sólo dos o tres meses, como si fuera ayer el largo paseo bajo ese cielo encapota­do que ame­nazó pero no cumplió con su prome­sa de llu­via. En cualquier caso, llue­va, nieve, truene o brille el sol, Donos­ti (porque a mí siem­pre me ha gus­ta­do más lo de Donos­ti (o Donos­tia) que San Sebastián, como tam­bién pre­fiero lla­mar Euska­di al País Vas­co) es una ciu­dad mag­ní­fi­ca en cualquier época del año. Ya era hora de dedi­car­le un artícu­lo de lo más amplio, como bien ella lo merece.

A Donos­ti lleg­amos en coche e inmedi­ata­mente nos desen­tendi­mos de él porque la ciu­dad es y está para recor­rerla a pie. Opta­mos por un park­ing bas­tante cén­tri­co (si no recuer­do mal el de San Martín) pero tenien­do en cuen­ta que en Donos­ti los park­ings del cen­tro sue­len ser bas­tante caros, a una media de unos 25 euros el día. No obstante, a nosotros nos com­pens­a­ba porque íbamos cin­co en el coche pero si vais menos, os sug­iero los park­ings dis­ua­so­rios que hay a las afueras. Allí coges un auto­bús lan­zadera (1,75 euros) que te deja en el cen­tro en cuar­to de hora. Aquí aba­jo os dejo los planos de los park­ings ya que os resul­tarán bas­tante útiles al venir a la ciu­dad.

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Primera parada: la playa de la Concha

El primer lugar a donde debes diri­girte (es inevitable) es a la ima­gen más cono­ci­da de Donos­ti, a la playa de La Con­cha. Situ­a­da entre los montes Iguel­do y Urgull, con su kilómetro y medio de lon­gi­tud se ha con­ver­tido en la madre pro­tec­to­ra de donos­tiar­ras y tur­is­tas, que aquí vienen a res­pi­rar la brisa mari­na, ver y ser vis­tos (porque sí, Donos­ti es una ciu­dad donde al paseante le gus­ta expon­erse) y rela­jarse divisan­do en el hor­i­zonte la pequeña isla de San­ta Clara.

Islote que en la antigüedad sirvió como refu­gio / prisión para los enfer­mos de peste y que en la actu­al­i­dad acoge un faro en su cima y poco más. Des­de Junio a Sep­tiem­bre puedes acer­carte en bar­co (4 euros ida y vuelta, sal­i­das cada media hora). Otros, los más osa­dos, van a nado des­de la playa de Ondar­reta porque ¿qué es medio kilómetro para un vas­co? ¡Ná de ná! Y si se cansan, tienen unas platafor­mas, los gabar­rones, donde parar a coger aire y fuerzas.

Playa Concha

La barandil­la de la playa es tan impor­tante para los locales que pro­tag­on­i­za ese dicho de “eres más de Donos­ti que la barandil­la de La Con­cha”. La his­to­ria de la barandil­la del paseo (prob­a­ble­mente sea esta la baran­da más famosa de España) es digna de ser con­ta­da. Se con­struyó a prin­ci­p­ios del siglo XX y tras años de vien­tos, humedades y mal cli­ma, se desmon­tó tramo a tramo, casi tre­scien­tos, para ser restau­ra­da en su total­i­dad. Cuan­do hay que susti­tuir algún tramo, ya no se puede ced­er o vender a par­tic­u­lares, al ser con­sid­er­a­do un bien pat­ri­mo­ni­al. Y hablan­do de tramos, hay uno que es difer­ente a los demás, el que está donde se encon­tra­ba la Case­ta Real.

Barandilla Playa Concha

Bailar­ines de bal­let en la playa de La Con­cha. La pres­en­cia de miles de jóvenes bai­lan­do agar­ra­dos a la míti­ca barandil­la se ha con­ver­tido en una ima­gen indis­pens­able de la pri­mav­era donos­tiar­ra.

Desta­ca en el paseo el pre­cioso Pala­cio de Mira­mar, que ordenó con­stru­ir la reina María Cristi­na hace más de 125 años. El arqui­tec­to fue Sel­dor Wor­num, quien ya había dis­eña­do otros palacetes en Biar­ritz o San Juan de Luz. Una casa vic­to­ri­ana a la ingle­sa de esti­lo Tudor con unos jar­dines pre­ciosos, que sirvió durante décadas de casa de ver­a­no de la famil­ia real y donde cada año sue­len cel­e­brarse las renom­bradas fies­tas del Fes­ti­val de Cine de San Sebastián. Tam­bién se orga­ni­zan en sus salones los cur­sos de ver­a­no de la Uni­ver­si­dad del País Vas­co.

Palacio

Las otras playas de Donosti

Sep­a­ra­da por un promon­to­rio rocoso, el Pico del Loro, ten­emos a su her­mana menor, la playa de Ondar­reta, delim­i­ta­da en uno de sus flan­cos jus­ta­mente por el Pala­cio de Mira­mar y con el dec­o­ra­do de las casas de plan­ta baja del bar­rio Antiguo. Con marea alta, goza de más espa­cio de are­na que la de la Con­cha, aca­so por ello su ambi­ente sea más famil­iar y son muchos los que aquí se acer­can con sus críos pequeños.

Aquí se encuen­tra la escul­tura el Peine del Vien­to, uno de los sím­bo­los más recono­ci­bles de Donos­tia. Obra de Eduar­do Chill­i­da, el escul­tor vas­co más impor­tante del últi­mo siglo (naci­do en San Sebastián). Quien quiera inda­gar en su obra puede hac­er­lo yen­do a vis­i­tar la exposi­ción del artista, la Chill­i­da Leku, a las afueras de Donos­ti (12 euros).

Peine del Viento San Sebastian

La playa de San­ta Clara, la de la isla del mis­mo nom­bre, es otra apeteci­ble opción. Aunque es bas­tante pequeña, ape­nas 30 met­ros de lon­gi­tud, ofrece una alter­na­ti­va difer­ente y más sal­va­je que las ante­ri­ores.

Además ten­emos la playa de Zur­ruio­la, la que más gus­ta a los surfer­os, con un litoral de casi un kilómetro y donde se con­cen­tra el públi­co más joven. Los alrede­dores están llenos de establec­imien­tos ded­i­ca­dos al surf, deporte muy pop­u­lar en Euska­di.

La Parte Vieja

El cas­co viejo de San Sebastián es sen­cil­la­mente deli­cioso. Pocos lugares en España con tan­ta ele­gan­cia por metro cuadra­do. Comen­zan­do por la coque­ta Plaza de la Con­sti­tu­ción, sede del antiguo ayun­tamien­to y donde antaño los france­ses colo­caron una guil­loti­na donde ajus­ti­cia­ron a más de uno. Actual­mente es donde los donos­tiar­ras cel­e­bran sus even­tos más impor­tantes, con espe­cial aten­ción para la tam­bor­ra­da que cada 20 de Enero hom­e­na­jea a San Sebastián.

La tradición de la tamborrada

A la medi­anoche se iza la ban­dera y miles de donos­tiar­ras viv­en el momen­to más grande del año, cuan­do dan comien­zo las fies­tas de la ciu­dad. Es muy emo­ti­vo ver a tan­tas per­sonas con la sen­si­bil­i­dad a flor de piel, atavi­a­dos con sus uni­formes y tra­jes de la época de las guer­ras napoleóni­cas (aguado­ras, sol­da­dos, cocineros). Cer­ca de 15.000 par­tic­i­pantes tocan sus tam­bores durante un peri­o­do de 24 horas (alternán­dose unos con otros, claro). Has­ta 1980 no se dejó par­tic­i­par a las mujeres, que has­ta entonces sólo fig­ura­ban como can­ti­neras en los des­files. Hoy en día no sólo par­tic­i­pan sino que prob­a­ble­mente son aún más acti­vas que los hom­bres, para com­pen­sar tan­tos años de veto. Tam­bién los niños salen por los difer­entes bar­rios apor­re­an­do sus tam­bores.

Emo­cio­nantes imá­genes de la tam­bor­ra­da donos­tiar­ra

Otra de las fies­tas grandes de Donos­ti acon­tece el 21 de Diciem­bre, cuan­do se cel­e­bra San­to Tomás. La gran pro­tag­o­nista es la txis­tor­ra y los pro­duc­tos arte­sanales que se venden en los pueste­cil­los, la may­oría de ellos elab­o­ra­dos por baser­ri­tar­ras, los habi­tantes de los caseríos. Estos aldeanos son los que mejor han sabido con­ser­var las tradi­ciones vas­cas .

Aden­trarse por los calle­jones empe­dra­dos del cas­co viejo equiv­ale al mejor de los paseos. Sor­prende encon­trarse de pron­to entre esas calles angostas un tem­p­lo tan impo­nente como la Basíli­ca de San­ta María del Coro, una de las igle­sias más boni­tas que puedes encon­trar en el norte de nue­stro país. Deslum­brante su entra­da, con ese pór­ti­co bar­ro­co recar­ga­do al máx­i­mo. Pre­ciosa.

Basílica de santa Clara

El cas­co viejo se con­struyó en el siglo XII y se man­tu­vo intac­to has­ta que un gran incen­dio lo arrasó en 1813 (se dice que ante la fal­ta de agua cor­ri­ente, los donos­tiar­ras intenta­ban apa­gar el fuego con sidra). Hoy una estat­ua hom­e­na­jea a esas valientes mujeres que se enfrentaron a las lla­mas, inten­tan­do sal­var el alma de Donos­ti.

San Sebastian

El Ayuntamiento que ocupó un Gran Casino

El Ayun­tamien­to de Donos­tia, frente a los jar­dines de Alder­di Eder y el pre­cioso car­rusel répli­ca del ante­ri­or de 1900, ocu­pa actual­mente el que fue posi­ble­mente el edi­fi­cio más glam­ouroso de la ciu­dad: el Gran Casi­no. En el siglo XIX Donos­ti comen­z­a­ba a con­sid­er­arse, espe­cial­mente entre la realeza, como uno de los des­ti­nos de moda de los via­jeros que bus­ca­ban un tur­is­mo ben­efi­cioso para la salud. Su cli­ma tem­pla­do y unas playas pro­te­gi­das del olea­je del Can­tábri­co atra­jeron las miradas de per­son­ajes como Isabel II, que arras­tra­ba prob­le­mas cutá­neos; detrás de ella ven­drían nobles y un buen puña­do de famil­ias adin­er­adas.

Ayuntamiento San Sebastian

Todo este grupo de tur­is­tas de lujo no sólo bus­ca­ban mejo­rar su condi­ción físi­ca sino tam­bién ocio y entreten­imien­to. Para ello se con­struyó en 1887 el Gran Casi­no sobre un solar donde se encon­tra­ban las antiguas mural­las, a cuya inau­gu­ración asistieron 3.000 per­sonas. Curiosa­mente, a los donos­tiar­ras se les per­mitían cier­tos jue­gos legales pero no otros, que se desar­rol­la­ban en las plan­tas supe­ri­ores y a los que sólo podían acced­er los tur­is­tas: la sociedad local con­tinu­a­ba sien­do con­ser­vado­ra con los jue­gos de azar.

Durante la Primera Guer­ra Mundi­al, el Gran Casi­no se con­vir­tió en pun­to de reunión de espías y con­fi­dentes. Era su época de oro y se habla­ba de él en toda Europa. Pero en 1924 Pri­mo de Rivera aprovech­a­ba la tiranía de su dic­tadu­ra para pro­hibir los jue­gos en los casi­nos y los tur­is­tas que venían a San Sebastián comen­zaron a desplazarse a la cer­cana Biar­ritz, donde sí era legal jugar.

Pocos años después, al estal­lar la Guer­ra Civ­il, Donos­ti se declar­a­ba repub­li­cana pero los mil­itares se atrincher­aron en var­ios edi­fi­cios, entre ellos el Gran Casi­no. Los pescadores anar­quis­tas tor­pedearon el edi­fi­cio, obligan­do a los rebeldes a huir: aún hoy en día están pre­sentes en la facha­da los bal­a­zos recibidos en época de guer­ra. Fue la eta­pa más con­vul­sa de su his­to­ria, antes de con­ver­tirse en 1947 en sede del nue­vo ayun­tamien­to. El antiguo salón de fies­tas pasa­ba a alber­gar la cel­e­bración de los plenos con­sis­to­ri­ales y de las bodas civiles de todos los donos­tiar­ras.

El majestuoso Monte Urgull

El Monte Urgull no sólo es uno de los pul­mones verdes de la ciu­dad sino tam­bién uno de sus rin­cones claves a niv­el históri­co y cul­tur­al (unas líneas más aba­jo te detal­lam­os cómo vis­i­tar aquí el Museo San Tel­mo y la Casa de His­to­ria). Se tra­ta esta col­i­na de una de las for­t­alezas con las que con­ta­ba la cap­i­tal guipuz­coana, con unas bel­lísi­mas vis­tas del puer­to y de la bahía. Podrás fotografi­arte con uno de los ele­men­tos más curiosos de Donos­ti: la bom­bar­da de bronce Rosi­ta Waik­er, recu­per­a­da de un bar­co inglés que naufragó en la cer­cana bahía de Pasa­ia. Y sen­tarte a des­cansar en lo que los locales cono­cen como “la hor­ca”, un antiguo cam­panil des­de donde se avis­a­ba a la población de los bom­bardeos en las guer­ras carlis­tas.

Monte Urgull

Monte Igueldo

En el monte Iguel­do con­ta­mos con el funic­u­lar más antiguo del País Vas­co, en fun­cionamien­to des­de hace más de un siglo (pre­cio 2,50), y un boni­to par­que de atrac­ciones con una vein­te­na de atrac­ciones de aire retro (se pagan indi­vid­uales, a una media de entre 2 y 5 euros). Además, des­de aquí en el mirador obten­dremos algu­nas de las vis­tas más encan­ta­do­ras de la bahía de la Con­cha.

La visi­ta al Monte Iguel­do podemos ampli­ar­la yen­do a ver la Fac­toría Marít­ma Vas­ca, Albao­la (entra­da a 7 euros). Aquí podrás admi­rar de primera mano la his­to­ria del míti­co bar­co bal­len­ero San Juan, que naufragó en las costas de Canadá en 1565. Cua­tro sig­los más tarde lo encon­traría hun­di­do Parcs Cana­da, con­cluyen­do tras 30 años la más impor­tante inves­ti­gación que se haya hecho jamás sobre un buque del siglo XVI. Actual­mente se está real­izan­do en Albao­la una con­struc­ción de la répli­ca de este bar­co leg­en­dario.

Ballenero San Juan

Ya que estás en la boni­ta local­i­dad de Pasa­ia, pega­da a Donos­ti, aprovecha para vis­i­tar la casa de Vic­tor Hugo (entra­da gra­tui­ta). El pin­tor francés se enam­oró de la cos­ta donos­tiar­ra y pasó aquí largas tem­po­radas, has­ta el pun­to de que en tier­ras vas­cas escribió “Los Piri­neos”. La casa donde vivió es un hom­e­na­je al lit­er­a­to y acoge además exposi­ciones tem­po­rales de otros artis­tas locales que fomen­tan la cul­tura vas­ca.

Con­se­jo: una for­ma espec­tac­u­lar de acced­er a Pasa­ia es en un bar­co pequeñi­to en el que sólo cabe una dece­na de per­sonas y que sale cada ver­a­no a las 11:00 del puer­to, del muelle Mol­laber­ria Kalea. El pasaje cues­ta 16 euros y el trayec­to ape­nas dura 30 min­u­tos pero te per­mite dis­fru­tar de la cau­ti­vado­ra cos­ta de Donos­ti.

De compras por Donostia

El Mer­ca­do de la Bretxa es una visi­ta de lo más agrad­able. Su nom­bre responde a las inva­siones del Duque de Berwik y sus tropas france­sas, que abrieron bre­chas en la mural­la, jus­to en el mis­mo lugar donde aho­ra se encuen­tra el mer­ca­do. Invi­ta a des­cubrir­lo su boni­ta facha­da neo­clási­ca del siglo XIX y sus entradas en for­ma de arco. Den­tro se encuen­tra uno de los rin­cones más autén­ti­cos de la ciu­dad, ya que 150 años después de su con­struc­ción, con­tinúan aquí lle­gan­do a diario pro­duc­tos de las huer­tas y gran­jas de los pueb­los cer­canos.

Al vas­co le encan­ta com­er pro­duc­tos fres­cos y de tem­po­ra­da: aquí encon­trarás los mejores. Qué mejor sitio para hac­erse con algunos de los man­jares estrel­la como los espár­ra­gos o los chule­tones. O un buen que­so de Idi­az­a­bal, con­sid­er­a­do uno de los mejores del mun­do y al que has­ta hay ded­i­ca­do un museo. Yo ya sabéis que soy que­sera a tope, así que para mi es una autén­ti­ca exquis­itez. Déjate perder entre los puestos: es habit­u­al encon­trarse a alguno de los afama­dos chefs hacien­do sus propias com­pras.

Comer en San Sebastian

Los vas­cos son cono­ci­dos en el mun­do entero por su afi­ción a la bue­na comi­da. Cada vez que hemos ido de via­je a tier­ras vas­cas, se nos ponen los ojos como paelleras cuan­do vemos los platos enormes, gigan­tescos, que te traen en los restau­rantes. A los vas­cos todo les parece poco y por eso les encan­tan las sociedades gas­tronómi­cas. Estas surgieron antigua­mente cuan­do las clases humildes asistían a las sagar­dote­gis (sidr­erías) a las afueras de la ciu­dad y el ayun­tamien­to comen­zó a impon­er horar­ios severos. Al crearse estas sociedades, se podía quedar a cualquier hora del día al ser even­tos pri­va­dos y además se abarata­ban gas­tos ya que los socios son los encar­ga­dos de traer la comi­da.

En Donos­tia hay cer­ca de 120 sociedades gas­tronómi­cas, algu­nas de ellas con cen­tenares de miem­bros. Son la excusa per­fec­ta para verse con los ami­gos / socios en su local-despen­sa: allí coci­nan (los hom­bres), comen y aca­ban bebi­en­do y can­tan­do en sobreme­sas que no se aca­ban nun­ca. A estas sociedades sólo se puede asi­s­tir invi­ta­do por uno de sus miem­bros. A raíz de esta cos­tum­bre tan arraiga­da, el ser cír­cu­los cer­ra­dos y exclu­sivos, saltó hace poco la polémi­ca, ya que diver­sas agen­cias ofrecían tours gas­tronómi­cos con menú en algu­nas de estas sociedades (que se man­tenían en un total anon­i­ma­to): la bro­ma podía lle­gar a costar 400 euros. Muchas de las sociedades se han que­ja­do porque estas aso­cia­ciones se crearon ale­jadas del áni­mo de lucro y además cor­ren el ries­go de perder la esen­cia con la que nacieron.

Con­sid­er­a­da, con razón, una de las cap­i­tales gas­tronómi­cas del mundo: después de Kioto, no hay otra urbe con may­or número de estrel­las Miche­lin por metro cuadra­do, superan­do a Nue­va York o París. De hecho tres de sus restau­rantes han gana­do el máx­i­mo galardón culi­nario (tres estrel­las): Ake­larre, Arzak y Martín Berasategui. En cualquier caso, no nece­si­tarás irte a estos lujosos establec­imien­tos para degus­tar unas bue­nas kokotxas, un bacalao al pil pil, unos chipirones en su tin­ta o un apeti­toso mar­mi­tako. Hay infinidad de restau­rantes escon­di­dos en las calle­jue­las donde, pese a la fama de cara que tiene Donos­ti (que lo es), ofre­cen entre­se­m­ana ase­quibles menús del día mold­ea­d­os por chefs no tan cono­ci­dos pero igual de cre­ativos y efi­cientes.

Irse de pintxos

El que via­ja al País Vas­co sabe que a la hora de com­er o a la de cenar, ha de lograr encon­trar un hue­co para hac­erse una ruta de pin­tx­os. Es común encon­trárse­los expuestos tras las cristaleras de las bar­ras de los bares, mostrán­dose sug­er­entes bajo las más vari­adas for­mas, col­ores y a base de infini­tos ingre­di­entes. En Donos­ti uno de los bares de pin­tx­os con más sol­era es el Txepetxa, donde se enorgul­le­cen de servir los mejores pin­chos a base de anchoas des­de hace más de un siglo.

En la calle 31 de Agos­to se con­cen­tran algunos de los mejores bares de Donos­ti: el Gan­darias (famoso por sus pimien­tos rel­lenos de txan­gur­ro… por cier­to, qué mar­avil­la es el txan­gur­ro, el cen­tol­lo a la donos­tiar­ra), A Fuego Negro (men­ción espe­cial a los cala­mares) y el Bar Martínez, que fue el primer bar de pin­tx­os que vis­ité en mi primer via­je a Donos­ti hace muchos años y alu­ciné con esos diez met­ros de bar­ra has­ta arri­ba de pin­tx­os espec­tac­u­lares. Hay que emu­lar a los vas­cos (que de com­er saben mucho) y afer­rarse a esa ben­di­ta cos­tum­bre que es el txiki­teo, salir con los ami­gos a acom­pañar los pin­tos con txik­i­tos (chatos de vino) o zuri­tos (cerveza).

Pintxos Donostia

Hablan­do de vinos, el vas­co más cono­ci­do es el txakoli, que se pro­duce prin­ci­pal­mente aquí, en las local­i­dades costeras de Gipuzkoa. Blan­co y afru­ta­do, es ide­al para acom­pañar pesca­dos y mariscos, espe­cial­mente anchoas y atún. En Donos­ti hay agen­cias que ofre­cen excur­siones para que puedas vis­i­tar bode­gas y hac­er catas.

En todo el País Vas­co es muy pop­u­lar el pin­txo pote o lo que es lo mis­mo, la hora feliz de los pin­tx­os. Así, son var­ios los locales que deter­mi­na­dos días de la sem­ana ofre­cen pintxo+bebida por un módi­co pre­cio. En Donos­ti más de 200 bares se han apun­ta­do a esta cos­tum­bre aunque es los jueves en el bar­rio de Gros donde las can­ti­nas y restau­rantes se ponen has­ta los topes de gente bebi­en­do y tape­an­do.

Y por últi­mo, no piens­es que en Donos­tia todo se ciñe a lo sal­a­do. Hay dos postres mar­avil­losos, la pan­tx­ine­ta y el pas­tel vas­co, que es peca­do irse sin catar.

San Sebastián y el cine

Donos­tia y el cine, el cine y Donos­tia. Dos amantes que no saben vivir el uno sin el otro. La ciu­dad vas­ca mantiene un eter­no romance con el mun­do del celu­loide, que alcan­za su máx­i­mo apo­geo cuan­do cada año, a finales de Sep­tiem­bre, se cel­e­bra el Zinemal­dia, el Fes­ti­val de Cine de San Sebastián en el Pala­cio de Con­gre­sos, el Kur­saal. Es este el fes­ti­val de cine más impor­tante de nue­stro país (y jun­to al de Cannes o el de Berlín, tam­bién de Europa), el úni­co español que cuen­ta con la cat­e­goría A de los fes­ti­vales ciné­fi­los.

La Con­cha de Pla­ta ha sido entre­ga­da, des­de su primera edi­ción en 1953, a actores y actri­ces tan impor­tantes como Audrey Hep­burn, Sophia Loren, Ava Gard­ner, Kirk Dou­glas, Al Paci­no, Michael Caine o Hec­tor Alte­rio.

Kursaal

Museos de Donostia

Para quien llegue sobra­do de tiem­po, puede dedicar uno o dos días a dis­fru­tar con cal­ma de algunos de los museos de la ciu­dad. Destacare­mos entre ellos:

Museo San Tel­mo: Des­de 1902 mostran­do a los vis­i­tantes la parte históri­ca, artís­ti­ca y arque­ológ­i­ca de los donos­tiar­ras en un mag­ní­fi­co con­ven­to del siglo XVI. A través de una enorme exposi­ción de 26–000 obje­tos y exposi­ciones tem­po­rales, un bril­lante repa­so a la his­to­ria del País Vas­co. Pre­cio: 6 euros.

Casa de la His­to­ria: Al igual que el museo San Tel­mo, se encuen­tra en el monte Urgull y puede ser la mejor visi­ta com­ple­men­taria para acabar de cono­cer a la sociedad de Donos­ti. En el Castil­lo de la Mota se orga­ni­zan exposi­ciones que mues­tran armas, ves­tu­ario civ­il y mil­i­tar, uten­sil­ios y audio­vi­suales que describen el pro­gre­so de San Sebastián a lo largo de los sig­los. Entra­da gra­tui­ta.

Museo Marí­ti­mo Vas­co: Los vas­cos se han car­ac­ter­i­za­do por traer al mun­do algunos de los mejores marineros de nue­stro país. No olvidemos, entre ellos, los nom­bres de Juan Sebastián Elcano, el primer hom­bre que dio la vuelta al mun­do, o Miguel López de Legazpi, almi­rante que col­o­nizó Fil­ip­inas. Por dicho moti­vo, es intere­sante la visi­ta a este fan­tás­ti­co museo naval que ahon­da en la his­to­ria de la náu­ti­ca norteña. Entra­da gra­tui­ta.

Museo de la Real Sociedad: Para el que le guste el fút­bol… y para el que no, tam­bién. La Real es un clási­co entre los equipos españoles (aún recuer­do de niña lo que supu­so para la Liga que ganaran el campe­ona­to dos años con­sec­u­tivos a prin­ci­p­ios de los 80) y los txuri­ur­dines, los afi­ciona­dos blan­quiazules, prob­a­ble­mente de los más fieles del mun­do con sus col­ores. Bue­na idea es pasar una mañana recor­rien­do el esta­dio local, el impre­sio­n­ante Anoeta, y apren­di­en­do un poco más sobre los más de cien años de his­to­ria del club. Entra­da 6 euros.

Eure­ka! Zientzia Museoa: Lo recomend­able es vis­i­tar­lo los fines de sem­ana, cuan­do orga­ni­zan más activi­dades. Prepara­do para que accedan a él tam­bién los más pequeños (la cien­cia puede ser bien diver­ti­da), cuen­tan entre otros pabel­lones con un intere­sante obser­va­to­rio astronómi­co. Entra­da museo y Plan­e­tar­i­um 12,50 euros.


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2 Comments

  1. Buen artícu­lo. Pasai Donibane o Pasajes de San Juan (y el de San Pedro enfrente) es lo más mar­avil­loso y evo­cador que he vis­to, den­tro del paraí­so nat­ur­al que es Donos­tia. El gigante Jaizk­i­bel y la ruta de los faros es algo inolvid­able, como el museo Albao­la. Te invi­to a ver repor­ta­je en mi pro­pio blog. Salu­dos.

  2. Mil y un Viajes por el Mundo

    at

    Gra­cias por tus pal­abras, Mar­cos. Donos­ti es una ciu­dad mag­ní­fi­ca.

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