Albania comienza en Tirana: amplia guía de la capital

¡Alba­nia está de moda! ¿Cuán­tas veces has escucha­do esta frase en los últi­mos tiem­pos? No es un sim­ple slo­gan de la Ofic­i­na de Tur­is­mo de Alba­nia (que, por otro lado, lo está hacien­do muy bien). Es una real­i­dad pura y dura, moti­va­da por difer­entes fac­tores. Los mis­mos que nos empu­jaron a coger un avión y hac­er­nos una escapa­da al “país del momen­to”.

🌍 Pre­cios imbat­i­bles. Com­paré­moslo, por pon­er un ejem­p­lo, con los pre­cios abu­sivos que se gas­tan en las costas españo­las en ver­a­no. Cuan­do un hotel de cua­tro estrel­las en nue­stro país te cobra 200 euros por noche, en Alba­nia te cobran 60. Com­er en un restau­rante de gama media-alta aquí cues­ta 20 euros; ocio, trans­porte, activi­dades… todo es muchísi­mo más bara­to que en la may­or parte de Europa. Si tu pre­supuesto es ajus­ta­do, ni te lo piens­es: Alba­nia es un paraí­so para el via­jero adic­to a las tar­i­fas low-cost.

🌍 Hablan­do de tar­i­fas, cada vez hay más vue­los a Tirana des­de las prin­ci­pales ciu­dades euro­peas y a unos pre­cios super ase­quibles. Si ojeas con tiem­po, prob­a­ble­mente te gastes menos en volar a Alba­nia que a país­es mucho más cer­canos. Nosotros, en ple­na tem­po­ra­da alta, pag­amos poco más de 100 euros por per­sona por un bil­lete de ida y vuelta.

🌍 His­to­ria y con­trastes. Alba­nia ha vivi­do épocas muy difer­en­ci­adas a lo largo de su his­to­ria. Des­de la rica heren­cia deja­da por grie­gos y romanos a la del impe­rio otomano (las cos­tum­bres tur­cas aún se sien­ten muy pre­sentes) y el más reciente ais­lamien­to vivi­do bajo el rég­i­men comu­nista has­ta la Alba­nia actu­al, que se está mod­ern­izan­do a una veloci­dad ver­tig­i­nosa. Ese choque entre lo antiguo y lo nue­vo, entre la tradi­ción y la mod­ernidad, entre la nos­tal­gia y la aper­tu­ra, con­vierte a Alba­nia en un des­ti­no fasci­nante.

🌍 Paisajes impre­sio­n­antes. Des­de los Alpes albane­ses (Val­bona, Theth) has­ta lagos como el de Ohrid o el de Shkodër, pasan­do por cañones, cas­cadas y playas turque­sa. La Riv­iera albane­sa (Ksamil, Dhër­mi, Himarë, Sarandë) se com­para con las playas grie­gas o croatas pero con menos masi­fi­cación y pre­cios mucho más bajos. Nat­u­raleza pura y vari­a­da en un espa­cio rel­a­ti­va­mente pequeño.

🌍 Hos­pi­tal­i­dad albane­sa. No es un mito, lo hemos vivi­do en nues­tras carnes. Si hay algo que sor­prende al que via­ja a Alba­nia por primera vez es la calidez de su gente. La hos­pi­tal­i­dad no es solo una cual­i­dad cul­tur­al sino parte de un códi­go ances­tral lla­ma­do “besa”, un con­cep­to pro­fun­da­mente enraiza­do en la tradi­ción albane­sa que impli­ca pal­abra dada, respeto y pro­tec­ción hacia el invi­ta­do.

🌍 Tur­is­mo en auge (pero sin masi­fi­cación). Alba­nia está despe­gan­do pero aún con­ser­va la aut­en­ti­ci­dad que Gre­cia o Croa­cia perdieron hace tiem­po por el tur­is­mo masi­vo. Durante mucho tiem­po, Alba­nia fue un país invis­i­ble en los mapas turís­ti­cos. Su pasa­do comu­nista, el ais­lamien­to y la fal­ta de infraestruc­turas lo man­tu­vieron lejos de las rutas tradi­cionales de los via­jeros europeos. Pero en la últi­ma déca­da la situación ha cam­bi­a­do de man­era rad­i­cal. Este auge turís­ti­co tiene una expli­cación clara: Alba­nia ofrece lo que muchos bus­can hoy en día —des­ti­nos autén­ti­cos, menos masi­fi­ca­dos y a pre­cios ase­quibles— en un con­ti­nente donde casi todo parece des­cu­bier­to.

🌍 El fac­tor “exóti­co cer­cano”. Alba­nia sigue sien­do un lugar poco cono­ci­do para muchos europeos. Eso da al via­jero la sen­sación de estar des­cubrien­do un secre­to antes de que se pon­ga de moda del todo. Por otro lado, Alba­nia no se parece a sus veci­nos de los Bal­canes: es un país may­ori­tari­a­mente musul­mán, con mezquitas jun­to a igle­sias orto­doxas y católi­cas, y al mis­mo tiem­po con una fuerte influ­en­cia mediter­ránea. Esa mez­cla cul­tur­al, reli­giosa y arqui­tec­tóni­ca hace que el país ten­ga una per­son­al­i­dad dis­tin­ta, a medio camino entre Ori­ente y Occi­dente. Para el via­jero europeo, Alba­nia es lo sufi­cien­te­mente cer­cana para vis­i­tar­la en pocas horas de vue­lo pero lo bas­tante difer­ente como para sen­tirse en un lugar remo­to.

Como ves, razones vari­adas y sufi­cientes para jus­ti­ficar un via­je a Alba­nia. ¿Y por dónde vas a empezar? Por Tirana, su cap­i­tal. Así que ¡allá vamos!

Tirana Albania

Para ir a Tirana, cogi­mos los vue­los con tres meses de antelación, ya que iríamos a medi­a­dos del mes de Sep­tiem­bre, con­sid­er­a­do aún como tem­po­ra­da alta. De momen­to, tres son las aerolíneas que tienen vue­los direc­tos des­de España: Wiz­zair, Iberia y Vuel­ing. Nosotros volam­os con Wiz­zair y como os digo, nos sal­ió el bil­lete por poco más de 100 euros ida y vuelta. Eso sí, sin male­ta de cab­i­na inclu­i­da pero como íbamos cin­co días, con la mochi­la de 40x30x20 teníamos de sobra. El vue­lo dura poco menos de 3 horas. (Impor­tante: Si eres ciu­dadano de la UE, no nece­si­tas visa­do pero el pas­aporte ha de cad­u­car como mín­i­mo tres meses después de la fecha de sal­i­da de Alba­nia).

El aerop­uer­to de Tirana, el Madre Tere­sa, es cono­ci­do entre los albane­ses como Rinas, ya que es la local­i­dad donde se encuen­tra, a 17 kilómet­ros de la cap­i­tal. Es un aerop­uer­to pequeñi­to, de sólo una ter­mi­nal, bas­tante acce­si­ble. Es cier­to que se nota que lo están amplian­do y mod­ern­izan­do pero a día de hoy mantiene ese encan­to típi­co de aerop­uer­to “casi famil­iar”.

Una de las cosas que nos sor­prendió al lle­gar fue que pese a que nue­stro vue­lo ater­riz­a­ba bas­tante tarde, sobre la 01:00 de la madru­ga­da, en el aerop­uer­to ¡esta­ba todo abier­to! Y cuan­do digo todo, es todo: las cafeterías, los restau­rantes, las tien­das de tele­fonía, las ofic­i­nas de cam­bio de dinero… Algo que, por ejem­p­lo, no ocurre en el aerop­uer­to de Madrid-Bara­jas, donde están pro­hibidos los vue­los noc­turnos. Pero en el de Tirana hay bas­tantes vue­los que lle­gan de noche y ten­er las tien­das abier­tas y oper­a­ti­vas parece ser la tóni­ca gen­er­al. Además, muchos pasajeros lle­gan tarde pero nece­si­tan coger el coche de alquil­er según ater­rizan.

Para ir a la ciu­dad, tienes la opción del auto­bús, que fun­ciona las 24 horas y sale cada hora en pun­to (tan­to des­de el aerop­uer­to como de Tirana). Cues­ta 400 lekes (o 4 euros) y puedes pagar con tar­je­ta, así que no te pre­ocu­pes si aún no llevas mon­e­da local enci­ma (del tema dinero hablaré más ade­lante). Sin trá­fi­co, se tar­da unos 25 min­u­tos en lle­gar al cen­tro; con trá­fi­co, que es lo más habit­u­al en horario diurno, cal­cu­la cer­ca de una hora. Los auto­bus­es en Tirana se cogen cer­ca de la plaza Skan­der­beg, detrás del edi­fi­cio de la Ópera. Inten­ta ir con tiem­po pues la may­or parte de las veces se llenan.

Para volver el últi­mo día de Tirana al aerop­uer­to, sí cogi­mos el auto­bús. Pero a la lle­ga­da opta­mos por el taxi. Ojo que hay un mon­tón de taxis­tas piratas: no les hagas ni caso y uti­liza los ofi­ciales. No sé por el día pero a esas horas de la noche, el pre­cio es fijo: 25 euros.

Lekes Albania

Vamos con el tema dinero. En Alba­nia, aunque se acep­tan euros en muchísi­mos com­er­cios, la mon­e­da ofi­cial es el leke y el cam­bio es bas­tante facil­i­to: 1 euro=100 lekes. Mi con­se­jo es que lleves euros y cam­bies direc­ta­mente en la ciu­dad ¡nun­ca en el aerop­uer­to, donde el cam­bio es muy des­fa­vor­able! En mi opinión te sale mejor cam­biar (sue­len cam­biarte a unos 95–96 lekes) que sacar dinero con tar­je­ta y que te cobren comisión. Inten­ta lle­var siem­pre enci­ma efec­ti­vo porque hay muchísi­mos sitios donde no podrás pagar con tar­je­ta. Además, los pre­cios en Alba­nia son tan bajos (un bil­lete de auto­bús cues­ta 40 lekes) que en más de una ocasión ten­drás que tirar de mon­edas. Y algo bas­tante impor­tante: recuer­da que la may­oría de las casas de cam­bio cier­ran los domin­gos.

 

Ten­er Inter­net en Alba­nia

Una de las primeras cosas que te planteas al lle­gar a Tirana (y a Alba­nia en gen­er­al) es cómo vas a conec­tarte a inter­net. Sí, hay wifi en muchos cafés y hote­les, pero si via­jas por el país, sobre todo a zonas rurales o a la cos­ta, depen­der solo de eso es jugar a la rule­ta rusa de la conex­ión. Aquí es donde entran en juego las tar­je­tas SIM locales con datos.

Lo bueno es que Alba­nia es bara­ta en casi todo y la tele­fonía no es la excep­ción. Las prin­ci­pales com­pañías son Voda­fone Alba­nia, One (antes Telekom) y ALBt­ele­com. Voda­fone suele ten­er la mejor cober­tu­ra, inclu­so en zonas más remo­tas, mien­tras que One y ALBt­ele­com son más económi­cas pero con algún que otro agu­jero negro en la señal.

Com­prar una tar­je­ta es sen­cil­lo: bas­ta con lle­var tu pas­aporte y acer­carte a cualquier tien­da ofi­cial (hay varias en el cen­tro de Tirana, inclu­so cer­ca de la Plaza Skan­der­beg). En cuestión de min­u­tos te hacen el reg­istro y ya sales con inter­net fun­cio­nan­do.

En cuan­to a pre­cios, para que te hagas una idea: por unos 20 euros puedes con­seguir un plan con 10–20 GB de datos, váli­do durante un mes (nosotros cogi­mos una SIM con One de 12 GB por 2100 lekes). Y si tu via­je es más cor­to, tam­bién hay opciones sem­anales o inclu­so packs de solo datos.

En cuan­to al alo­jamien­to, probamos hotel y aparta­men­to, ambos reser­va­dos a través de Book­ing. El hotel sólo lo usamos una noche, la de lle­ga­da, ya que como ater­rizábamos tan tarde (entre unas cosas y otras lleg­amos al hotel a las 02,15), nece­sitábamos que hubiera recep­ción 24 horas. Te acon­se­jo que a la hora de bus­car alo­jamien­to, este esté lo más cén­tri­co posi­ble ya que el sis­tema de auto­bus­es en Tirana es un tan­to caóti­co: los horar­ios son impre­deci­bles y en las paradas muchas veces ni siquiera está señal­iza­do el des­ti­no al que va el auto­bús. Así que si puedes ir a todos los sitios andan­do, mejor que mejor.

El hotel que escogi­mos fue La Favorita. Buenísi­ma elec­ción, nos encan­tó. Es cier­to que lle­gan­do por la noche, encon­trarte ese calle­jón tan decrépi­to tira un poco para atrás pero ensegui­da te acos­tum­bras en Tirana a las fachadas hechas pol­vo y la basura acu­mu­la­da en cualquier rincón. Te ase­guro que en ningún momen­to esto es sinón­i­mo de inse­guri­dad: nosotros nos sen­ti­mos más a gus­to pase­an­do por Alba­nia que por cier­tas calles de Barcelona.

El hotel, como os comen­to, nos gustó muchísi­mo. Como podéis ver en las fotos, una habitación amplia, mod­er­na, fun­cional y con un baño estu­pen­do. El desayuno, en un salonci­to la mar de acoge­dor, incluía prác­ti­ca­mente de todo, has­ta un pud­ding de arroz de fre­sa que se te caían los lag­ri­mones de lo rico que esta­ba. Y el pre­cio, buenísi­mo: 56 euros la noche.

El resto de los días en Tirana estu­vi­mos en un aparta­men­to chulísi­mo. Al igual que el hotel, el aspec­to exte­ri­or del edi­fi­cio deja­ba bas­tante que desear. Pero abri­mos la puer­ta y nos dimos cuen­ta que había sido la elec­ción per­fec­ta. Aire acondi­ciona­do tan­to en habitación como en salón (madre mía lo que lo agradec­i­mos con el calor que nos hizo esos días), WiFi, bal­cón, una dec­o­ración bien boni­ta y todo total­mente nue­vo y limpísi­mo. Además, se encon­tra­ba súper bien ubi­ca­do, a diez min­u­tos andan­do del cen­tro, frente al bar­rio de Blloku (el más molón de la cap­i­tal, lleno de cafeterías y restau­rantes) y con dos super­me­r­ca­dos en la mis­ma puer­ta.

La dueña, Alma, majísi­ma, nos dejó una guía de Alba­nia y has­ta nos per­mi­tió hac­er el check-out a las 12,00 en vez de a las 10,00. El pre­cio, imbat­i­ble: 160 euros por cua­tro noches. Así da gus­to salir de via­je, ami­gos. Aquí tenéis el link en Book­ing por si queréis ver fotos y reser­var­lo.

Apartamento Tirana

Qué ver en Tirana

 

Plaza Skan­der­beg

Si hay un nom­bre que escucharás en Alba­nia has­ta la saciedad, es Skan­der­beg. El hom­bre está en todas partes: calles, plazas, estat­uas, aerop­uer­tos, rakia (sí, hay una mar­ca de aguar­di­ente con su nom­bre) y has­ta restau­rantes que se lla­man Skan­der­beg Grill. Este es el tipo que en el siglo XV les plan­tó cara a los tur­cos otomanos y se con­vir­tió en sím­bo­lo eter­no de resisten­cia. Su nom­bre real era Gjergj Kas­tri­oti. Lo de Skan­der­beg se lo pusieron los tur­cos, una especie de mez­cla entre Ale­jan­dro (Iskan­der) y “bey” (señor). Bási­ca­mente lo llam­a­ban señor Ale­jan­dro porque pelea­ba como si fuera Ale­jan­dro Mag­no reen­car­na­do. 

Nació en 1405 en el seno de una famil­ia noble albane­sa. De niño lo enviaron como rehén al Impe­rio Otomano, donde lo entre­naron para ser un buen sol­da­do tur­co. Aprendió el idioma, se con­vir­tió al islam y has­ta comandó ejérci­tos otomanos. Pero un día, har­to de todo, cam­bió de ban­do, volvió a Alba­nia, lev­an­tó la ban­dera roja con el águila bicé­fala (sí, la mis­ma que ondea hoy) y dijo: “¡Aquí no man­da Estam­bul, man­damos los albane­ses!”

Durante 25 años se las arregló para resi­s­tir las inva­siones otomanas, con mucho menos ejérci­to y recur­sos, con­vir­tién­dose en un dolor de cabeza con­stante para los sul­tanes. Murió invic­to en batal­la: los tur­cos solo lograron recon­quis­tar Alba­nia después de su muerte, en 1468. Se dice que los otomanos odi­a­ban tan­to su memo­ria que, tras su entier­ro, desen­ter­raron sus hue­sos y se los repartieron como reliquias mág­i­cas para dar fuerza en com­bate. En 2017, la ONU lo declaró Héroe Mundi­al con­tra la Opre­siónLos albane­ses de la diás­po­ra lo ven­er­an tan­to que en Roma, Bruse­las, Pristi­na y Skop­je hay estat­uas ecuestres de él. 

Skan­der­beg no fue solo un guer­rero: es el mito que unifi­ca Alba­nia entera. Un país con tan­tas divi­siones regionales y reli­giosas nece­sita­ba un héroe común y él cumplió ese papel. Por eso hoy es imposi­ble cam­i­nar por Alba­nia sin tropezar con su figu­ra de bronce a cabal­lo, lev­an­tan­do la espa­da como si aún estu­viera esperan­do al próx­i­mo inva­sor. Y aunque la his­to­ria esté llena de exagera­ciones patrióti­cas, lo cier­to es que Skan­der­beg logró algo increíble: que un pequeño país en medio de gigantes se hiciera escuchar.

Albania

 

La Plaza Skan­der­beg es el corazón de Tirana, ese lugar al que inevitable­mente lle­gas tarde o tem­pra­no, aunque no te lo pro­pon­gas. Más que una sim­ple plaza, es un espa­cio car­ga­do de sim­bolis­mo, que refle­ja las dis­tin­tas caras de Alba­nia: su pasa­do comu­nista, su iden­ti­dad nacional y su inten­to de proyec­tar mod­ernidad.

Lo primero que lla­ma la aten­ción es su enorme tamaño. Es una explana­da amplísi­ma, casi despro­por­ciona­da, donde uno se siente pequeño en medio de tan­to espa­cio abier­to. En ver­a­no, cuan­do el sol pega sin piedad, cruzarla puede con­ver­tirse en una pequeña odis­ea. En el cen­tro, pre­si­di­en­do todo, está la estat­ua ecuestre de Skan­der­beg.

Durante la época comu­nista, la Plaza Skan­der­beg era esce­nario de des­files mil­itares, con­cen­tra­ciones y demostra­ciones de poder del rég­i­men. Hoy en día, el ambi­ente es com­ple­ta­mente dis­tin­to: famil­ias pase­an­do, jóvenes en patinete eléc­tri­co, niños jugan­do en las fuentes que se ilu­mi­nan de noche. La plaza, con su sue­lo de piedra clara y dis­eño geométri­co, se ha con­ver­tido en un lugar de encuen­tro y en el pun­to de par­ti­da per­fec­to para explo­rar la ciu­dad.

Nosotros tuvi­mos la suerte de que durante nue­stros días en la ciu­dad, Scor­pi­ons dieron un concier­to mul­ti­tu­di­nario en la plaza. Lo dis­fru­ta­mos el doble por dos motivos: el primero, por no esper­ar­lo (nos enter­amos estando allí cuan­do lo vimos anun­ci­a­do en una mar­quesina); el segun­do, porque en Alba­nia sólo nos costó 30 euros la entra­da al concier­to: “igual­i­to” que en otros país­es europeos.

Scorpions Albania

Mezqui­ta de Namaz­gah

En Tirana parece que com­piten por ver quién con­struye el edi­fi­cio más desco­mu­nal: ras­ca­cie­los de cristal, plazas gigantes, nubes de hier­ro y, des­de hace poco, una mezqui­ta tan grande que casi eclip­sa a todo lo demás: la Mezqui­ta de Namaz­gah.

Se empezó a lev­an­tar en los años 90 pero, como todo en Alba­nia, el proyec­to tardó en arran­car más que un Lada soviéti­co en pleno invier­no. Final­mente, con ayu­da económi­ca de Turquía (qué casu­al­i­dad, siem­pre Turquía), se con­vir­tió en real­i­dad. Y no en cualquier real­i­dad: es la mezqui­ta más grande de los Bal­canes. La con­struc­ción fue impul­sa­da y finan­cia­da en gran parte por la Direc­ción de Asun­tos Reli­giosos de Turquía (Diyanet), lo que ha gen­er­a­do debate sobre cuán­to influye Ankara en la vida reli­giosa albane­sa.

Mezquita Namazgah

  • Tiene capaci­dad para unas 4.500 per­sonas en su sala prin­ci­pal de oración. Si sumamos patios y galerías, dicen que puede alber­gar has­ta 10.000 fieles. Vamos, que podrían rezar jun­tos todos los habi­tantes de un pueblo entero y aún quedaría sitio para un coro.

  • Cuen­ta con minaretes altísi­mos que se ven des­de medio Tirana. Cua­tro tor­res blan­cas que pare­cen com­pe­tir en altura con los edi­fi­cios mod­er­nos de alrede­dor.

  • Den­tro, mosaicos y dec­o­ración inspi­ra­dos en la tradi­ción otomana, todo muy bril­lante y relu­ciente. Nada que ver con la pequeña mezqui­ta Et’hem Bey de la Plaza Skan­der­beg, que aho­ra parece casi una casita de muñe­cas al lado de la de Namaz­gah.

  • Está situ­a­da en el lugar donde Enver Hox­ha, el dic­ta­dor comu­nista que pro­hibió la religión, había planea­do un museo ateo. Ironías de la vida: donde iba a cel­e­brarse el ateís­mo, aho­ra se alza un tem­p­lo gigan­tesco.

  • Es tan nue­va que todavía muchos locales la lla­man “la mezqui­ta tur­ca” o sim­ple­mente “la nue­va mezqui­ta”, porque lo de Namaz­gah aún no les sale nat­ur­al.

  • Aunque Alba­nia es ofi­cial­mente un país de may­oría musul­mana, la vida reli­giosa es bas­tante rela­ja­da; por eso sor­prende que hayan con­stru­i­do un edi­fi­cio tan mon­u­men­tal en pleno cen­tro.

 

Mezqui­ta de Et’hem Bey

La otra gran mezqui­ta de Tirana es la de Et’hem Bey (aunque lo de “gran” es más por su val­or sim­bóli­co que por su tamaño). Pequeña, recogi­da y casi disc­re­ta, con­trasta con la mon­u­men­tal­i­dad de la Plaza Skan­der­beg que la acoge. Y, sin embar­go, tiene una impor­tan­cia emo­cional para los albane­ses que supera con cre­ces su tamaño.

Con­stru­i­da a finales del siglo XVIII e inau­gu­ra­da en 1821, la mezqui­ta fue uno de los pocos lugares de cul­to islámi­co que sobre­vivió a los años oscuros de la dic­tadu­ra de Enver Hox­ha. En aquel tiem­po, Alba­nia fue procla­ma­da primer país ateo del mun­do, se demolieron igle­sias y mezquitas y prac­ticar la religión era moti­vo de per­se­cu­ción. Que este tem­p­lo siga en pie es casi un mila­gro, nun­ca mejor dicho.

Mezquita Albania

El día que la mezqui­ta volvió a abrir sus puer­tas tras años de rég­i­men comu­nista, cien­tos de per­sonas entraron a rezar sin pedir per­miso, desafian­do abier­ta­mente a las autori­dades. Aque­l­la oración colec­ti­va fue más que un acto reli­gioso: fue un sím­bo­lo de lib­er­tad, un gri­to silen­cioso con­tra décadas de repre­sión. Hoy, cualquiera que vis­ite Tirana puede entrar y mar­avil­larse con los fres­cos que dec­o­ran sus muros y techos: no solo motivos geométri­cos islámi­cos sino tam­bién paisajes nat­u­rales, cas­cadas y árboles, algo muy poco común en el arte musul­mán. Es un detalle que habla del carác­ter sin­gu­lar de esta mezqui­ta, que com­bi­na tradi­ción otomana con un toque local.

 

Bunk’Art 2

El Bunk’Art 2 nos pare­ció un lugar tan intere­sante que he deci­di­do que en vez de con­tarte aquí la expe­ri­en­cia que supone vis­i­tar­lo, lo haré en un post exclu­si­vo ded­i­ca­do úni­ca­mente a él. Un museo sub­ter­rá­neo que parece saca­do de una nov­ela dis­tópi­ca, donde la his­to­ria reciente del país se siente todavía húme­da en las pare­des de hormigón.

Se ubi­ca jus­to en pleno cen­tro, a un paso de la Plaza Skan­der­beg, y ya su entra­da no deja indifer­ente: una cúpu­la de cemen­to con aspec­to mil­i­tar que parece más una escenografía de la Guer­ra Fría que la puer­ta de un museo. No es casu­al: este espa­cio fue en su día un búnker secre­to con­stru­i­do para pro­te­ger a la élite políti­ca y a la policía de la dic­tadu­ra de Enver Hox­ha en caso de ataque.

Si el Bunk’Art 1 —mucho más grande, en las afueras— era un búnker des­ti­na­do a la cúpu­la mil­i­tar, el Bunk’Art 2 tenía un papel aún más oscuro: pro­te­ger al Min­is­te­rio del Inte­ri­or y a los ser­vi­cios secre­tos. Es decir, a los que vig­i­la­ban, con­tro­la­ban y reprimían a la población.

Bunk'art 2

 

Pirámide de Tirana

La Pirámide de Tirana es, sin duda, uno de los edi­fi­cios más polémi­cos y curiosos de Alba­nia. Situ­a­da en pleno cen­tro de la cap­i­tal, es imposi­ble no fijarse en esa mole de hormigón con for­ma de pirámide achata­da que parece más un dec­o­ra­do de cien­cia fic­ción venido a menos que un edi­fi­cio real.

Fue inau­gu­ra­da en 1988 con una fun­ción muy par­tic­u­lar: un museo ded­i­ca­do a Enver Hox­ha, el dic­ta­dor que gob­ernó Alba­nia con puño de hier­ro durante más de 40 años. Su hija, jun­to con otros arqui­tec­tos, dis­eñó el edi­fi­cio como un hom­e­na­je al líder. Pero la ironía de la his­to­ria quiso que solo tres años después, con la caí­da del comu­nis­mo, la pirámide perdiera su fun­ción y se con­virtiera en sím­bo­lo de un pasa­do incó­mo­do que nadie sabía muy bien qué hac­er con él.

Piramide Tirana

Durante los años noven­ta y dos mil, el lugar vivió una meta­mor­fo­s­is caóti­ca. Fue cen­tro de con­fer­en­cias, emiso­ra de tele­visión, esce­nario de fies­tas… has­ta base de la OTAN durante la guer­ra de Koso­vo. Y entre uso y uso, la pirámide empezó a dete­ri­o­rarse. El hormigón se fue agri­etan­do, los grafi­tis cubrieron sus pare­des y los jóvenes de Tirana la con­virtieron en su par­que de aven­turas: subir por sus ram­pas y deslizarse has­ta aba­jo era casi un rito ini­ciáti­co urbano. Yo mis­ma vi a var­ios chavales encar­amán­dose con una facil­i­dad pas­mosa mien­tras los tur­is­tas mira­ban entre fasci­na­dos y hor­ror­iza­dos, pre­gun­tán­dose cómo nadie salía con un bra­zo roto.

La Pirámide siem­pre dividió opin­iones: para unos, era un mon­struo de cemen­to que afearía cualquier ciu­dad; para otros, un sím­bo­lo históri­co que había que preser­var, aunque fuera como recorda­to­rio de lo que nun­ca debería repe­tirse. Lo cier­to es que su deca­den­cia tenía algo mag­néti­co: parecía un edi­fi­cio der­ro­ta­do pero todavía en pie, como la propia Alba­nia que intenta­ba rein­ven­tarse tras décadas de ais­lamien­to.

Hoy, sin embar­go, su his­to­ria está cam­bian­do. Tras años de debates, el gob­ier­no decidió ren­o­var­la y trans­for­mar­la en un cen­tro juve­nil y de inno­vación tec­nológ­i­ca. El proyec­to con­ser­va la estruc­tura orig­i­nal pero la ha abier­to con cristaleras y espa­cios mod­er­nos, dán­dole una segun­da vida muy dis­tin­ta de la que imag­inó la hija de Hox­ha. Donde antes se ven­er­a­ba a un dic­ta­dor, aho­ra se habla de futuro, cre­ativi­dad y emprendimien­to.

 

Museo Históri­co Nacional

En el corazón de la Plaza Skan­der­beg está el edi­fi­cio más solemne y cuadra­do de Tirana: el Museo Históri­co Nacional. Lo recono­cerás ensegui­da, no porque su arqui­tec­tura sea inolvid­able (parece saca­do de un catál­o­go soviéti­co de “min­is­te­rios genéri­cos”) sino por el gigan­tesco mosaico en la facha­da: héroes, campesinos y sol­da­dos avan­zan­do como si fuer­an extras de una super­pro­duc­ción épi­ca comu­nista.

Ese mur­al se lla­ma Los Albane­ses. Hay guer­reros medievales, par­ti­sanos comu­nistas, mujeres con fusiles, campesinos con hoces, todos cam­i­nan­do hacia un glo­rioso futuro… que nun­ca llegó del todo.

Museo Nacional de Albania

¿Qué hay den­tro? Bási­ca­mente la his­to­ria com­ple­ta de Alba­nia, des­de los tiem­pos de los ilirios (esos antepasa­dos de los que los albane­ses pre­sumen con tan­to orgul­lo) has­ta el rég­i­men comu­nista. Las salas están divi­di­das cronológi­ca­mente:

  • Antigüedad iliria y romana: vasi­jas, espadas y obje­tos que pare­cen saca­dos de cualquier museo europeo, pero con eti­que­tas que insis­ten en que todo, abso­lu­ta­mente todo, es “pro­to-albanés”.

  • Edad Media y Skan­der­beg: cómo no, un altar casi reli­gioso al héroe nacional. Armaduras, cuadros, ban­deras… aquí el mar­ket­ing patrióti­co alcan­za nive­les apoteósi­cos.

  • Época otomana: reliquias que mues­tran sig­los de dom­i­nación tur­ca. Una eta­pa dura pero muy influyente en la iden­ti­dad del país.

  • Resisten­cia con­tra el fas­cis­mo y comu­nis­mo: salas con ban­deras rojas, fotografías de par­ti­sanos y obje­tos del siglo XX. Este tramo parece menos museo y más san­tu­ario ide­ológi­co.

  • El mosaico de la facha­da se con­struyó en 1981 y, tras la caí­da del comu­nis­mo, fue polémi­co porque rep­re­senta­ba demasi­a­do al rég­i­men. Pero sigue ahí, recor­dan­do tiem­pos de pro­pa­gan­da épi­ca.

  • En total hay unas 5.000 piezas expues­tas pero en los sótanos guardan más de 250.000. Vamos, que si expusier­an todo, nece­si­tarías una sem­ana entera.

  • Durante el rég­i­men de Enver Hox­ha, el museo servía no solo para edu­car sino para adoc­tri­nar. De hecho, algu­nas sec­ciones aún hue­len un poco a man­u­al de pro­pa­gan­da.

  • Es tan grande que muchos vis­i­tantes se rinden a mitad del recor­ri­do. El con­se­jo prác­ti­co es ele­gir las salas que más te intere­sen y no inten­tar tra­garte toda la his­to­ria de golpe.

 

Cat­e­dral de San Pablo

En Tirana no todo son mezquitas ni blo­ques comu­nistas reci­cla­dos en bares hip­sters. Tam­bién hay igle­sias mod­er­nas que pare­cen más un cen­tro de con­gre­sos que un tem­p­lo. Ejem­p­lo claro: la Cat­e­dral de San Pablo.

Catedral San Pablo Tirana

Olví­date de agu­jas medievales o fres­cos rena­cen­tis­tas: aquí te reciben pare­des blan­cas, líneas geométri­c­as muy rígi­das y un cam­pa­nario que parece dis­eña­do por un arqui­tec­to que había juga­do demasi­a­do con Lego. Inau­gu­ra­da en 2002, es uno de los tem­p­los católi­cos más recientes de los Bal­canes y un con­traste total con la pequeñísi­ma y pin­toresca igle­sia orto­doxa de Tirana. En cualquier caso, su exte­ri­or puede que no sea exce­si­va­mente lla­ma­ti­vo pero el inte­ri­or es espec­tac­u­lar.

Catedral San Pablo Tirana

  • Está ded­i­ca­da a San Pablo Após­tol, porque se cree que pasó por Dur­rës (antigua Dyrrachi­um) en sus via­jes misioneros. Tirana, por prox­im­i­dad, se que­da con el méri­to.

  • En el altar desta­can dos fig­uras queridísi­mas por los albane­ses: San Juan Pablo II (que vis­itó Alba­nia en 1993, poco después de que cay­era el rég­i­men comu­nista) y la Madre Tere­sa de Cal­cu­ta, la albane­sa más uni­ver­sal.

  • Es el cen­tro de la comu­nidad católi­ca en Tirana, que rep­re­sen­ta una minoría frente a musul­manes y orto­dox­os, pero muy acti­va y orgul­losa de su iden­ti­dad.

  • Alber­ga misas en var­ios idiomas porque Tirana es cada vez más inter­na­cional. Puede que te topes con tur­is­tas pola­cos rezan­do jun­to a locales albane­ses.

  • El cam­pa­nario tiene un reloj vis­i­ble des­de varias calles pero rara vez está en hora exac­ta. En eso, la cat­e­dral se adap­ta per­fec­ta­mente al rit­mo rela­ja­do de la ciu­dad.

 

Bule­var­di Dësh­morët e Kom­bit

Si hay un lugar que con­den­sa la his­to­ria reciente de Tirana, ese es el Bule­var­di Dësh­morët e Kom­bit, cono­ci­do en castel­lano como el Bule­var de los Már­tires de la Nación. No es solo una aveni­da mon­u­men­tal: es una especie de pasarela urbana donde Alba­nia mues­tra sus cica­tri­ces, sus sueños de mod­ernidad y, por supuesto, sus con­tradic­ciones.

El bule­var cruza el corazón de Tirana y conec­ta algunos de los edi­fi­cios más emblemáti­cos de la cap­i­tal. Dis­eña­do orig­i­nal­mente en tiem­pos del rey Zog, con ayu­da de arqui­tec­tos ital­ianos, su estéti­ca res­pi­ra esa obsesión racional­ista de la Italia fascista de los años trein­ta. Grandes líneas rec­tas, espa­cios abier­tos, edi­fi­cios que pre­tendían trans­mi­tir poder y orden. Todo muy Mus­soli­ni pero adap­ta­do al con­tex­to albanés.

Bulevardi Dëshmorët e Kombit

Cam­i­nar por él es una expe­ri­en­cia curiosa: a un lado puedes encon­trarte con min­is­te­rios de arqui­tec­tura sobria, al otro con hote­les mod­er­nos, y al fon­do, casi como telón de fon­do, el monte Dajti recordán­dote que Tirana, al fin y al cabo, está enca­jon­a­da entre mon­tañas.

Lo intere­sante del bule­var es que ha cam­bi­a­do de cara según el rég­i­men de turno. En la época del rey Zog era sím­bo­lo de mod­ern­ización y orgul­lo nacional. Bajo el comu­nis­mo, Enver Hox­ha lo con­vir­tió en esce­nario de des­files mil­itares y mar­chas patrióti­cas. La aveni­da se llen­a­ba de tan­ques, ban­deras rojas y filas inter­minables de jóvenes uni­for­ma­dos que march­a­ban al com­pás de consignas rev­olu­cionar­ias.

El nom­bre actu­al, Már­tires de la Nación, recuer­da a los caí­dos en la Segun­da Guer­ra Mundi­al, espe­cial­mente a los par­ti­sanos que lucharon con­tra la ocu­pación ital­iana y ale­m­ana. Cada piedra de esta aveni­da está car­ga­da de memo­ria políti­ca y de sím­bo­los que se han ido super­ponien­do.

 

Tirana y la suciedad: la cara menos amable de la cap­i­tal

Las calles de Tirana están llenas de con­trastes y uno de los más evi­dentes es el que se percibe entre los grandes proyec­tos mod­er­nos de la ciu­dad —plazas remod­e­ladas, edi­fi­cios nuevos, cen­tros cul­tur­ales— y la real­i­dad diaria de muchas aceras donde abun­dan pape­les, botel­las de plás­ti­co, bol­sas arrastradas por el vien­to o con­tene­dores des­bor­da­dos. Tirana tiene el hon­or de ser, con difer­en­cia, la cap­i­tal más sucia de toda Europa. Sola­mente en Nápoles nos hemos sen­ti­do más rodea­d­os de inmundi­cia que aquí.

Comen­to esto porque creo impre­scindible adver­tir de ello al que viene a Alba­nia por primera vez. Y ojo, no creo que el prob­le­ma proven­ga de los pro­pios ciu­dadanos, ya que veías que la gente se esforz­a­ba en deposi­tar la basura en los con­tene­dores, clara­mente insu­fi­cientes, des­perdi­ga­dos por Tirana. El prob­le­ma es cuan­do la ausen­cia de papel­eras es la tóni­ca gen­er­al: me podía tirar fácil­mente andan­do cuar­to de hora has­ta encon­trar algu­na donde poder tirar el envolto­rio que lle­vara en la mano en ese momen­to. Nos cruzamos con bar­ren­deros (pocos) y tenían una cara de res­i­gnación más que com­pren­si­ble.

Albania suciedad
Des­gra­ci­ada­mente, esta es una de las esce­nas más comunes en las calles de la cap­i­tal de Alba­nia

Los mer­ca­dos tradi­cionales son un buen ejem­p­lo de esta cara tan mugri­en­ta de Tirana: vibrantes, col­ori­dos, llenos de aro­mas… pero tam­bién esce­nar­ios donde los restos de fru­ta, car­tones y dese­chos se acu­mu­lan en el sue­lo. El mis­mo bul­li­cio que da vida al mer­ca­do lo con­vierte en un lugar donde la limpieza parece una batal­la per­di­da.

Este prob­le­ma no es exclu­si­vo de Tirana sino de Alba­nia en gen­er­al. Pero aquí se hace más evi­dente porque la ciu­dad lle­va años inten­tan­do pre­sen­tarse como una cap­i­tal euro­pea mod­er­na y choca con el con­traste de calles que al caer la tarde mues­tran basura sin recoger. Para enten­der­lo hay que mirar atrás. Durante la dic­tadu­ra comu­nista de Enver Hox­ha, Alba­nia vivió décadas de ais­lamien­to extremo. Las ciu­dades crecieron sin plan­i­fi­cación mod­er­na, sin sis­temas de gestión de resid­u­os efi­cientes y, sobre todo, sin una men­tal­i­dad ciu­dadana ori­en­ta­da a la limpieza colec­ti­va. La gente sobre­vivía como podía y lo públi­co no era de nadie: lo que era de todos se des­cuid­a­ba. Ese chip, lam­en­ta­ble­mente, sigue vivo.

Cuan­do Alba­nia sal­ió del comu­nis­mo en los años 90, se abrió al cap­i­tal­is­mo de golpe. Lle­garon los coches, lle­garon los super­me­r­ca­dos con envas­es de plás­ti­co y llegó la sociedad de con­sumo. Lo que no llegó, o llegó tarde y mal, fue la infraestruc­tura para ges­tionar toda esa basura. ¿El resul­ta­do? Bol­sas arro­jadas en solares vacíos, con­tene­dores insu­fi­cientes o rebosantes y la cos­tum­bre de tirar lo que sobra “donde sea”.

Albania

Otro fac­tor es la fal­ta de inver­sión munic­i­pal. Tirana está cre­cien­do a un rit­mo acel­er­a­do: edi­fi­cios nuevos, cafés de dis­eño, grandes avenidas. Pero la gestión de resid­u­os no crece al mis­mo rit­mo. No hay sufi­cientes ser­vi­cios de recogi­da y los que hay no siem­pre fun­cio­nan de man­era reg­u­lar. Si a esto le sumas los per­ros y gatos calle­jeros que hur­gan en la basura, lo que era un con­tene­dor mal cer­ra­do aca­ba con­ver­tido en un fes­tín espar­ci­do por toda la acera.

Tam­bién hay que recono­cer que en los últi­mos años se han hecho esfuer­zos vis­i­bles: más con­tene­dores, cam­pañas de con­cien­ciación y limpieza en zonas cén­tri­c­as, espe­cial­mente en torno a la Plaza Skan­der­beg o el Blloku. Sin embar­go, bas­ta ale­jarse unas pocas calles de los espa­cios más turís­ti­cos para ver que aún que­da mucho tra­ba­jo por hac­er.

Tirana
En muchas zonas de la ciu­dad, la ciu­dad se cae a cachos. Lit­eral­mente.

Para el via­jero, la suciedad en Tirana puede resul­tar incó­mo­da o decep­cio­nante pero tam­bién rev­ela algo de la ciu­dad tal como es: un lugar que crece a gran veloci­dad, que arras­tra todavía prob­le­mas de gestión urbana y que refle­ja en sus calles el pul­so de una sociedad en ple­na trans­for­ma­ción. Al final, Tirana no se entiende sin acep­tar estas con­tradic­ciones. La mis­ma ciu­dad que inau­gu­ra mod­er­nas mezquitas y ras­ca­cie­los, todavía lucha con algo tan bási­co como la gestión de su basura. Y esa ten­sión, lejos de restar­le interés, for­ma parte de la expe­ri­en­cia de cono­cer­la.

 

Río Lana

Cuan­do pen­samos en ríos europeos, nos vienen a la cabeza colosos como el Danu­bio, que cruza media Europa cen­tral, o el Sena, que con­vierte a París en un esce­nario de postal. Tirana, cap­i­tal de Alba­nia, no tiene esas grandezas flu­viales. Su río, el Lana, es un cauce modesto, casi humilde, de ape­nas 19 kilómet­ros de lon­gi­tud. Y, sin embar­go, este río pequeño encier­ra una his­to­ria grande: la de una ciu­dad que ha lucha­do con­tra sus con­tradic­ciones, sus som­bras y sus ganas de mod­ern­izarse a toda prisa.

El Lana atraviesa Tirana como una cica­triz líqui­da. Durante décadas fue un río mal­trata­do, casi invis­i­ble, al que los veci­nos daban la espal­da. Pero como ocurre con muchos lugares igno­ra­dos, el río guard­a­ba las huel­las de la ciu­dad entera: des­de el descon­trol urbanís­ti­co del comu­nis­mo has­ta el caos de los años 90, pasan­do por los inten­tos actuales de embel­lec­imien­to y lava­do de cara.

El Lana nace en las col­i­nas al sureste de Tirana, ser­pen­tea tími­da­mente y, sin mucho rui­do, se dirige hacia el río Tirana, aflu­ente del Ishëm. En total, no lle­ga a los 20 kilómet­ros. Nada que impre­sione en cifras. Pero si uno se plan­ta en el cen­tro de Tirana, frente al Bule­var­di Dësh­morët e Kom­bit, el Lana está ahí, cruzan­do de lado a lado.

Durante mucho tiem­po, lo úni­co que inspira­ba era com­pasión. Sus aguas esta­ban con­t­a­m­i­nadas, las oril­las cubier­tas de chabo­las y basur­as, los puentes oxi­da­dos. En tiem­pos de la dic­tadu­ra comu­nista de Enver Hox­ha, el Lana ya era un río olvi­da­do. Alba­nia vivía ais­la­da del mun­do y Tirana crecía sin plan­i­fi­cación real. Las famil­ias más pobres lev­anta­ban casas impro­visadas en las oril­las y el río se con­vir­tió en la cloa­ca de la ciu­dad.

Rio Lana

Con la caí­da del comu­nis­mo, la situación empe­oró. Tirana se expandió caóti­ca­mente, sin reglas, con bar­rios enteros que crecían como champiñones. El Lana era un vert­edero per­fec­to: allí se tira­ba de todo, des­de elec­trodomés­ti­cos rotos has­ta aguas resid­uales. No era raro ver cabras pas­tan­do en sus oril­las mien­tras coches desven­ci­ja­dos intenta­ban cruzar puentes casi der­rui­dos. El río Lana llegó a sim­bolizar el des­or­den de Tirana. En una ciu­dad donde todo parecía impro­visa­do, el río era la metá­fo­ra líqui­da de la deca­den­cia.

A prin­ci­p­ios de los 2000, Tirana empezó a mirar a Europa con más ambi­ción. Se pro­pusieron proyec­tos para “civ­i­lizar” el Lana: canalizar­lo, con­stru­ir muros de con­tención de hormigón, plan­tar árboles en las oril­las y lev­an­tar par­ques lin­eales. Edi Rama, cuan­do fue alcalde de Tirana (antes de ser primer min­istro), con­vir­tió el embel­lec­imien­to del Lana en una de sus ban­deras. Se elim­i­naron las chabo­las, se der­rib­aron con­struc­ciones ile­gales y se lev­an­taron nuevas avenidas. Los habi­tantes de Tirana vieron cómo, de repente, aquel río feo empez­a­ba a ser algo más pare­ci­do a un paseo urbano. Hoy el Lana aún no es un Sena ni un Mol­da­va, pero ha cam­bi­a­do rad­i­cal­mente. A lo largo de su cauce sur­gen cafés mod­er­nos, car­riles bici, ban­cos donde sen­tarse y puentes ren­o­va­dos.

  • El río de los puentes impro­visa­dos: en los años más caóti­cos, los veci­nos colo­ca­ban tablones de madera o tro­zos de hier­ro para cruzar el Lana, en lugar de usar los puentes ofi­ciales. No era raro ver a la gente arries­garse con estas pasare­las pre­carias.

  • Los cafés del futuro: lo que antes eran chabo­las aho­ra son cafeterías con ter­razas. Alba­nia entera es un país obse­sion­a­do con el café y el Lana es prue­ba de ello: allí donde antes olía a cloa­ca, hoy huele a espres­so recién hecho.

  • Un río de coches… lit­eral­mente: has­ta hace unas décadas, no era raro que el Lana ter­mi­nara sien­do cemente­rio impro­visa­do de vehícu­los. Coches viejos y piezas oxi­dadas qued­a­ban semi­hun­di­dos en su cauce.

  • El río que define avenidas: el Lana atraviesa algu­nas de las arte­rias prin­ci­pales de Tirana. No es un mero río: es un eje urbano que ha mar­ca­do cómo se orga­ni­za la ciu­dad.

 

Arqui­tec­tura van­guardista vs. antiguo comu­nis­mo

Tirana nun­ca fue una ciu­dad de ras­ca­cie­los. Has­ta hace ape­nas un par de décadas, la cap­i­tal albane­sa era más bien un mosaico de blo­ques gris­es, de esos heren­cia del comu­nis­mo, mez­cla­dos con casas bajas y un urban­is­mo caóti­co que parecía impro­visa­do sobre la mar­cha. El hor­i­zonte esta­ba dom­i­na­do por ante­nas oxi­dadas, techos planos y, como mucho, algún que otro edi­fi­cio ofi­cial de estéti­ca soviéti­ca.

Hoy, sin embar­go, la cosa ha cam­bi­a­do. Bas­ta lev­an­tar la vista para des­cubrir una ciu­dad que ha entra­do en una car­rera frenéti­ca hacia las alturas. Ras­ca­cie­los de cristal, tor­res res­i­den­ciales con aparta­men­tos de lujo, hote­les inter­na­cionales que se ele­van sobre el viejo cen­tro. Tirana, que has­ta hace poco era vista como una cap­i­tal per­iféri­ca, se ha subido de golpe al car­ro de la mod­ernidad ver­ti­cal.

En esta foto de aquí aba­jo aparece uno de los edi­fi­cios más lla­ma­tivos de la nue­va Tirana: la Down­town One Tirana (tam­bién cono­ci­da como Tirana Mul­ti­func­tion­al Build­ing), esa torre con for­ma ondu­la­da que parece un con­jun­to de ter­razas api­ladas como si fuer­an capas de una escul­tura futur­ista. Es uno de los proyec­tos arqui­tec­tóni­cos más recientes y emblemáti­cos de la cap­i­tal, un sím­bo­lo del cam­bio y de la mod­ern­ización que está vivien­do la ciu­dad en los últi­mos años.

Downtown One Tirana

Jus­to detrás se dis­tingue el Hotel Tirana Inter­na­tion­al, ese bloque amar­il­lo recono­ci­ble des­de casi cualquier pun­to del cen­tro. Es un clási­co de la cap­i­tal, con­stru­i­do en la época comu­nista y durante mucho tiem­po con­sid­er­a­do el hotel más pres­ti­gioso de Alba­nia, lugar de reuniones políti­cas, vis­i­tas ofi­ciales y tes­ti­go direc­to de la his­to­ria reciente del país.

La com­bi­nación de ambos edi­fi­cios en una sola foto es muy rep­re­sen­ta­ti­va: por un lado, el Tirana Inter­na­tion­al, que sim­boliza la heren­cia del pasa­do social­ista; por otro, Down­town One, que mar­ca la nue­va cara de Tirana, con ras­ca­cie­los mod­er­nos, arqui­tec­tura de autor y un aire de ciu­dad en ple­na trans­for­ma­ción.

Albania Murales

Pero en la últi­ma déca­da algo cam­bió: lle­garon las inver­siones extran­jeras, el dinero de la diás­po­ra y la ambi­ción de mostrar al mun­do que Alba­nia podía ser mod­er­na, cos­mopoli­ta y bril­lante. Y ahí entran los ras­ca­cie­los, que en Tirana no solo son edi­fi­cios: son declara­ciones de inten­ciones.

Pero este boom no viene sin polémi­ca. Muchos ciu­dadanos ven los ras­ca­cie­los como sím­bo­los de desigual­dad: aparta­men­tos de lujo en un país donde el salario medio sigue sien­do bajo. Edi­fi­cios que se venden a inver­sores extran­jeros mien­tras los tirane­ses de a pie siguen lid­ian­do con alquil­eres abu­sivos o con vivien­das que nece­si­tan refor­mas urgentes.

Otro debate es el de la iden­ti­dad. ¿Qué pasa con la Tirana de siem­pre, con sus bule­vares racional­is­tas, sus casas bajas y sus par­ques impro­visa­dos? Cada nue­vo ras­ca­cie­los bor­ra un tro­zo de esa memo­ria urbana. El miedo es que la cap­i­tal se con­vier­ta en una especie de “mini Dubái de los Bal­canes”, sin alma propia, solo facha­da de cristal.

Rascacielos Tirana

Además, está la cuestión de la plan­i­fi­cación. Tirana no es una ciu­dad enorme: su trá­fi­co ya es caóti­co, sus infraestruc­turas no siem­pre dan abas­to. Lev­an­tar tor­res de 40 pisos en el cen­tro puede sonar espec­tac­u­lar en los fol­letos, pero ¿qué pasa con el agua, la elec­t­ri­ci­dad, las calles estre­chas? Pre­gun­tas incó­modas que a menudo quedan sepul­tadas bajo la pal­abra mág­i­ca: inver­sión.

Al final, la fiebre de los ras­ca­cie­los en Tirana responde a algo más pro­fun­do: el deseo de Alba­nia de sacud­irse la ima­gen de país atrasa­do y proyec­tar mod­ernidad. Las tor­res no son solo vivien­das: son escaparates de una nación que quiere ser vista como parte de la Europa con­tem­poránea, con un sky­line que hable de pro­gre­so. Lo paradóji­co es que este “pro­gre­so” con­vive con real­i­dades muy difer­entes: bar­rios per­iféri­cos sin asfal­tar, ser­vi­cios bási­cos que a veces fal­lan y una clase media que mira los ras­ca­cie­los como algo ajeno, casi inal­can­z­able.

Rascacielos Tirana

 

Green Tow­er

Y entre todas esas con­struc­ciones que inten­tan rein­ven­tar el sky­line de la cap­i­tal, aparece un nom­bre que sue­na mod­er­no, cos­mopoli­ta y casi utópi­co: la Green Tow­er.

El proyec­to no es solo un ras­ca­cie­los más: quiere vender­se como sím­bo­lo de sosteni­bil­i­dad, un edi­fi­cio que res­pi­ra mod­ernidad con con­cien­cia ecológ­i­ca. Fachadas de vidrio, líneas limpias, espa­cios dis­eña­dos para la efi­cien­cia energéti­ca y, sobre todo, esa eti­que­ta de “verde” que hoy en día tan­to seduce a inver­sores y políti­cos. Porque en pleno siglo XXI, ningún ras­ca­cie­los puede pre­sen­tarse solo como lujo: tiene que dis­frazarse tam­bién de com­pro­miso con el plan­e­ta.

Green Tower Tirana

El nom­bre mis­mo ya es un man­i­fiesto: Green Tow­er. Y, en el fon­do, fun­ciona como prome­sa. El edi­fi­cio quiere ser un faro de mod­ernidad, un reclamo de que Alba­nia tam­bién puede ten­er arqui­tec­tura sostenible, cer­ti­fi­ca­ciones inter­na­cionales y ofic­i­nas de últi­ma gen­eración donde se cier­ren nego­cios glob­ales. Pero aquí entra el lado críti­co: ¿qué sig­nifi­ca “verde” en un con­tex­to donde gran parte de la ciu­dad todavía carece de zonas verdes sufi­cientes y donde la espec­u­lación inmo­bil­iaria ame­naza con devo­rar los pocos espa­cios públi­cos que quedan? La eti­que­ta ecológ­i­ca corre el ries­go de ser más un barniz de mar­ket­ing que una real­i­dad pal­pa­ble.

Lo cier­to es que la Green Tow­er, con su estéti­ca pul­i­da y futur­ista, no está pen­sa­da para el ciu­dadano medio. Sus ofic­i­nas, aparta­men­tos y espa­cios com­er­ciales apun­tan a un públi­co con bol­sil­los hol­ga­dos, inver­sores extran­jeros y una élite local que quiere vivir en la Tirana del futuro, no en la del pre­sente.

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Toptani
Situ­a­do en pleno corazón de la ciu­dad, muy cer­ca de la plaza Skan­der­beg, el cen­tro com­er­cial Top­tani es un sím­bo­lo de esa Alba­nia que quiere mirar hacia ade­lante, hacia el con­sumo mod­er­no y hacia la glob­al­ización. Den­tro te encuen­tras de todo: tien­das de ropa inter­na­cionales que con­trastan con los bazares de las calles lat­erales, cafeterías con dec­o­ración min­i­mal­ista y has­ta un cine. El aire acondi­ciona­do a tope y los pasil­los limpios hacen que sea un refu­gio per­fec­to en ver­a­no, cuan­do el calor en Tirana se vuelve inso­portable.

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Kala­ja E Tiranës

En el cen­tro de Tirana, casi ocul­to entre cafeterías mod­er­nas y tien­das de sou­venirs, se encuen­tra Kala­ja e Tiranës, el Castil­lo de Tirana. Quien espere mural­las impo­nentes o tor­res medievales se lle­vará una sor­pre­sa: de la antigua for­t­aleza ape­nas quedan algunos tramos de muro de piedra, restos que cuen­tan en silen­cio la his­to­ria de la ciu­dad.

Con­stru­i­do en el siglo XV por la famil­ia Top­ia y más tarde reforza­do bajo dominio otomano, el castil­lo fue en su momen­to un pun­to estratégi­co en el corazón de Alba­nia cen­tral. Con el paso de los sig­los, Tirana cre­ció y lo fue engul­len­do. Hoy, entre el rui­do del trá­fi­co y el bul­li­cio de las ter­razas, la vie­ja mural­la parece un susurro del pasa­do.

El inte­ri­or del recin­to se ha trans­for­ma­do en un espa­cio abier­to al públi­co con un aire más com­er­cial que históri­co. Allí se encuen­tran cafés, restau­rantes y pequeñas tien­das de arte­sanía que han devuel­to vida al lugar, aunque a cos­ta de diluir en parte su iden­ti­dad orig­i­nal. Para muchos locales es un pun­to de encuen­tro agrad­able pero para el via­jero aten­to puede gener­ar cier­ta sen­sación de des­en­can­to: lo que en otro país sería un mon­u­men­to pro­te­gi­do y mon­u­men­tal­iza­do, aquí con­vive con lo cotid­i­ano, como si la ciu­dad no acabara de decidir si lo ve como ruina históri­ca o como cen­tro de ocio.

Kalaja E Tiranës

No deja de ser sim­bóli­co que en una cap­i­tal que lucha por pre­sen­tarse mod­er­na y euro­pea, su castil­lo medieval ape­nas con­serve más que unas pare­des. Es, de algu­na man­era, una metá­fo­ra de Tirana: un lugar donde el pasa­do sobre­vive pero siem­pre rodea­do de la urgen­cia del pre­sente. Vis­i­tar Kala­ja e Tiranës merece la pena, no tan­to por lo que que­da del castil­lo en sí, sino por lo que sig­nifi­ca. Pasear por sus muros, entre cafeterías y tien­das, es recor­dar que Tirana nació aquí, en este núcleo for­ti­fi­ca­do que poco a poco se fue expan­di­en­do has­ta con­ver­tirse en la ciu­dad que es hoy.

Qué se encuen­tra en el bazar

  • Arte­sanía: alfom­bras teji­das a mano, bor­da­dos, cerámi­ca dec­o­ra­da con motivos tradi­cionales y obje­tos de madera tal­la­da.

  • Pro­duc­tos locales: miel, rakia (el aguar­di­ente albanés), mer­me­ladas caseras y dul­ces típi­cos como los bakla­va.

  • Sou­venirs: camise­tas con el águila bicé­fala de la ban­dera, pequeños Skan­der­begs de bronce, postales y bisutería.

  • Gas­tronomía: cafeterías mod­er­nas y restau­rantes que ofre­cen des­de platos albane­ses has­ta fusiones inter­na­cionales, con ter­razas acoge­do­ras que invi­tan a quedarse más tiem­po.

Más que un bazar en el sen­ti­do históri­co de la pal­abra, lo que encon­tramos en Kala­ja e Tiranës es un inten­to de recrear un ambi­ente de mer­ca­do tradi­cional den­tro de un entorno con­tro­la­do, limpio y orde­na­do. En ese sen­ti­do, fun­ciona más como un cen­tro cul­tur­al y de ocio que como un mer­ca­do pop­u­lar. No tiene la crudeza ni la vital­i­dad de los mer­ca­dos autén­ti­cos de Tirana, como el Pazari i Ri, pero ofrece al via­jero una expe­ri­en­cia más cómo­da y estéti­ca, casi como una vit­ri­na de “lo albanés”. Para quienes bus­can arte­sanía con un cier­to niv­el de cal­i­dad y pro­duc­tos locales selec­ciona­dos, este bazar es ide­al.

 

La Torre del Reloj

Toda ciu­dad que se pre­cie tiene su torre del reloj. Y Tirana, aunque pasó medio siglo atra­pa­da en el comu­nis­mo, no iba a quedarse sin la suya. Así que ahí está: la Kul­la e Sahatit, una torre del siglo XIX que se lev­an­ta orgul­losa jun­to a la Plaza Skan­der­beg.

Torre del Reloj Tirana

Es alta, blan­ca y esbelta, con un aire otomano que recuer­da que Alba­nia estu­vo sig­los bajo el dominio tur­co. El reloj, cómo no, ha sido cam­bi­a­do varias veces: primero fue traí­do de Vene­cia, luego lo susti­tuyeron por otro más mod­er­no, y aho­ra mar­ca la hora con pun­tu­al­i­dad… más o menos. Dig­amos que es más dec­o­ra­ti­vo que fiable.

 

Alba­nia y su pecu­liar galería de arte mor­tuo­ria

Hay país­es que llenan las pare­des con grafi­tis, otros con carte­les políti­cos. Alba­nia, en cam­bio, lo hace con muer­tos. Sí, muer­tos. O, mejor dicho, sus fotos. Sales a dar un paseo y ¡zas!, te cruzas con la cara de un señor con big­ote de los años 70 mirán­dote fija­mente des­de la pared.  Bien­venido a la exposi­ción per­ma­nente de esque­las albane­sas: entra­da gra­tui­ta, abier­ta las 24 horas, sin audio­guía pero con un impacto visu­al garan­ti­za­do.

Albania esquelas

El pro­ced­imien­to es sen­cil­lo: alguien muere → la famil­ia imprime su foto → la pega en la calle. ¿Resul­ta­do? El bar­rio entero se entera. Lo que para nosotros sería un trámite escon­di­do en el per­iódi­co o en la web de una funer­aria, en Alba­nia es un acto públi­co y democráti­co. La muerte aquí no es tabú: se foto­copia y se reparte en la pared del col­ma­do. Si alguien del bar­rio se muere, lo sabrás quieras o no. Ni What­sApp ni redes sociales: bas­ta con salir a la calle y leer la pared.

 

The Cloud

Entre bunkers de hormigón y edi­fi­cios comu­nistas, Tirana decidió un día pon­erse mod­er­na. ¿El resul­ta­do? Una estruc­tura blan­ca, lig­era, min­i­mal­ista, que parece saca­da de una maque­ta de Ikea: The Cloud.

Se lla­ma así porque supues­ta­mente es una nube. Una nube hecha de var­il­las de acero, toda geométri­ca, flotan­do sobre la hier­ba frente al Teatro Nacional de Ópera y Bal­let. Una nube que nun­ca llueve, nun­ca da som­bra y que parece de todo menos una nube.

The Cloud Tirana

Lo curioso es que no es exac­ta­mente un mon­u­men­to al uso. No tiene pla­cas de már­mol, ni héroes a cabal­lo, ni fechas grabadas en piedra. En real­i­dad es una insta­lación de arte con­tem­porá­neo dis­eña­da por Sou Fuji­mo­to, un arqui­tec­to japonés que prob­a­ble­mente se rió bas­tante pen­san­do: “vamos a pon­er­le a Tirana una nube que no vuela, no moja y no sirve para nada, a ver qué pasa”.

Y pasa lo de siem­pre: a los locales les encan­ta sen­tarse ahí, los niños trepan como si fuer­an monos de par­que, los tur­is­tas hace­mos la foto oblig­a­da y los críti­cos de arte dicen que es “un espa­cio que sim­boliza trans­paren­cia, aper­tu­ra y ligereza”. Tra­duc­ción: un armazón de hier­ro que parece un andamio pero con glam­our.

Eso sí, tiene su encan­to. En ver­a­no la gente lo con­vierte en pun­to de encuen­tro, en esce­nario impro­visa­do para concier­tos, en lugar donde echar una char­la noc­tur­na. Es gratis, acce­si­ble y, lo admi­to, bas­tante fotogéni­co al atarde­cer. Lo mejor es la ironía del con­traste: en un país que vivió décadas encer­ra­do en bunkers gris­es de cemen­to, aho­ra plan­tan en el cen­tro de la cap­i­tal una nube blan­ca, abier­ta y sin pare­des. 

Al final, The Cloud no es un mon­u­men­to para admi­rar en silen­cio, sino para usar. Te subes, te sien­tas, te tum­bas, sacas self­ies, orga­ni­zas un pic­nic urbano. Es una obra de arte que no pide respeto solemne, sino par­tic­i­pación. Y en eso, al menos, la nube cumple su fun­ción: une a la gente en un espa­cio que no tiene nada… sal­vo aire.

 

Check­point Memo­r­i­al

En una ciu­dad que inten­ta rein­ven­tarse a toda veloci­dad, Tirana tam­bién guar­da rin­cones que recuer­dan épocas mucho más oscuras. Uno de ellos es el Check­point Memo­r­i­al, situ­a­do jun­to a la sede del antiguo Min­is­te­rio del Inte­ri­or, en pleno cen­tro.

A primera vista, lla­ma la aten­ción un frag­men­to orig­i­nal del Muro de Berlín, colo­ca­do en medio de la plaza como si hubiera ater­riza­do allí por acci­dente. Pero no está solo: a su lado se alzan tres búnkeres de hormigón típi­cos del rég­i­men de Enver Hox­ha, esos que se mul­ti­pli­caron por toda Alba­nia has­ta con­ver­tirse en sím­bo­lo de una para­noia nacional.

Checkpoint Memorial Tirana

El con­jun­to se inau­guró en 2013 como un mon­u­men­to a la memo­ria de la repre­sión comu­nista en Alba­nia. Su obje­ti­vo es recor­dar las décadas en que el país estu­vo com­ple­ta­mente ais­la­do, vig­i­la­do por la policía sec­re­ta y mar­ca­do por el miedo. La pres­en­cia del tro­zo de Muro de Berlín no es casu­al: establece un vín­cu­lo direc­to con la expe­ri­en­cia com­par­ti­da de Europa del Este bajo dic­taduras, sub­rayan­do que Alba­nia, aunque muchas veces olvi­da­da, sufrió un encier­ro inclu­so más rad­i­cal que el de otros país­es.

  • Los búnkeres sim­bolizan el ais­lamien­to inter­no: miles de con­struc­ciones que cubrieron el país en pre­visión de inva­siones que nun­ca lle­garon.

  • El frag­men­to del muro sim­boliza el ais­lamien­to exter­no: el telón de acero que sep­a­ró a Alba­nia del resto del con­ti­nente durante casi medio siglo.

  • El con­jun­to en sí fun­ciona como un espa­cio para recor­dar a las víc­ti­mas del rég­i­men y para no olvi­dar una eta­pa en la que la vida cotid­i­ana esta­ba mar­ca­da por la descon­fi­an­za y el con­trol abso­lu­to.

No es un mon­u­men­to grandilocuente ni estéti­ca­mente bel­lo, las cosas como son, sino todo lo con­trario. Es sobrio, inclu­so áspero, como cor­re­sponde al tema que abor­da. Y quizá esa sea su fuerza: obliga al vis­i­tante a deten­erse y pen­sar, a con­frontar la memo­ria de un tiem­po no tan lejano en el que Alba­nia era el país más cer­ra­do de Europa.

Mer­ca­dos locales

Si quieres cono­cer un país, olví­date de museos y mon­u­men­tos: vete direc­to al mer­ca­do. En Tirana, eso sig­nifi­ca perderte entre mon­tañas de tomates  y vende­dores que gri­tan con más entu­si­as­mo que un locu­tor de fút­bol. Los mer­ca­dos de la cap­i­tal albane­sa no son un sim­ple lugar para com­prar fru­ta. Son un espec­tácu­lo. Allí los pre­cios no están en cartelitos boni­tos insta­grame­ables ni en pan­tallas elec­tróni­cas: están en los pul­mones del vende­dor. Si no gri­ta lo sufi­ciente, no vende. Es casi una com­pe­ten­cia olímpi­ca de deci­belios.

Mercados Tirana

Lo diver­tido es que todo parece sali­do de otro siglo. La var­iedad, eso sí, es un espec­tácu­lo gas­tronómi­co: pirámides de naran­jas, que­sos que hue­len a kilómet­ros, montones de aceitu­nas en todas las tonal­i­dades de verde y negro imag­in­ables, panes rús­ti­cos que pare­cen escu­d­os medievales… El mer­ca­do más cono­ci­do es el Pazari i Ri, el Mer­ca­do Nue­vo, aunque lo de “nue­vo” es rel­a­ti­vo: nue­vo en el nom­bre, caóti­co en el inte­ri­or. Allí encuen­tras de todo: des­de espe­cias que tiñen las manos has­ta sou­venirs sospe­chosos fab­ri­ca­dos en Chi­na que mági­ca­mente se con­vierten en “arte­sanía albane­sa” en cuan­to pre­gun­tas el pre­cio.

 

Arte urbano

En Tirana, los murales son casi tan impor­tantes como sus plazas o mon­u­men­tos. Si hay algo que trans­for­ma la ciu­dad a primera vista es ese estal­li­do de col­or en las fachadas, un inten­to delib­er­a­do de bor­rar la heren­cia gris y monó­tona del comu­nis­mo.

Durante décadas, los edi­fi­cios eran blo­ques idén­ti­cos de hormigón, sin alma, típi­cos de la arqui­tec­tura estal­in­ista. Pero a prin­ci­p­ios de los 2000, el entonces alcalde Edi Rama (que después sería primer min­istro) impul­só una idea tan sen­cil­la como rev­olu­cionar­ia: pin­tar los edi­fi­cios. Lo que empezó como un proyec­to de “maquil­la­je urbano” se con­vir­tió en un sím­bo­lo de la nue­va Tirana.

Tirana

Cam­i­nar por la ciu­dad es encon­trarse con murales de todo tipo: enormes retratos, fig­uras geométri­c­as, patrones abstrac­tos, esce­nas cotid­i­anas… Lo que me fasci­na es que no están escon­di­dos en bar­rios alter­na­tivos, como pasa en otras cap­i­tales euro­peas, sino en el cen­tro mis­mo, en los edi­fi­cios donde vive la gente. Es como si el arte calle­jero hubiera sido adop­ta­do ofi­cial­mente como ter­apia colec­ti­va para la ciu­dad.

 

Tirana y sus ter­razas: el deporte nacional de sen­tarse

Si en España pre­sum­i­mos de cul­tura de bar, en Tirana tienen el máster en “sen­tarse a tomar algo en una ter­raza sin prisa algu­na”. Da igual la hora, el bar­rio o la estación del año: siem­pre hay alguien ocu­pan­do una sil­la de plás­ti­co, con un café dimin­u­to delante, fuman­do como si no hubiera un mañana y miran­do pasar la vida.

Las ter­razas en Tirana son un fenó­meno social. Aquí nadie se toma el café en cin­co min­u­tos de pie en la bar­ra: eso sería casi un sac­ri­le­gio. El café —negro, fuerte, servi­do en tac­i­tas ridícu­las que desa­pare­cen en un sor­bo— se con­vierte en excusa para lo que de ver­dad impor­ta: obser­var. Obser­var al veci­no, al tur­ista despis­ta­do, al coche que se aparca en direc­ción pro­hibi­da, al mun­do entero.

Lo curioso es que las ter­razas están por todas partes. Una al lado de otra, com­pi­tien­do por el mis­mo metro cuadra­do de acera. Y siem­pre llenas. A veces da la impre­sión de que en Tirana tra­ba­ja menos gente de la que toma café.

Terrazas Tirana

El mejor esce­nario es el Blloku, el antiguo bar­rio de la élite comu­nista, hoy recon­ver­tido en el reino de bares mod­er­nos y ter­razas hip­sters. Allí donde antes vivía Enver Hox­ha, el dic­ta­dor que pro­hibió has­ta son­reír, aho­ra se pasean jóvenes con gafas de sol y cafecitos dec­o­ra­dos con cora­zones de espuma. Ironías de la his­to­ria.

Al final entien­des que en Tirana tomar algo en una ter­raza no es un com­ple­men­to al día: es la activi­dad prin­ci­pal. Todo lo demás —tra­ba­jo, com­pras, inclu­so com­er— gira alrede­dor de ese momen­to sagra­do en que alguien dice: “¿Café?”.

Blloku: del bar­rio pro­hibido al escaparate mod­er­no de Tirana

Si hay un lugar que refle­ja de man­era clara la trans­for­ma­ción rad­i­cal de Tirana en las últi­mas décadas, ese es Blloku. Hoy es el bar­rio más mod­er­no, ani­ma­do y cos­mopoli­ta de la cap­i­tal albane­sa, lleno de cafeterías, restau­rantes de dis­eño, tien­das de moda y dis­cote­cas. Pero hace no tan­to era un espa­cio com­ple­ta­mente pro­hibido para la población común, reser­va­do solo a la élite comu­nista.

Durante la dic­tadu­ra de Enver Hox­ha (1944–1985), Blloku era una especie de ciu­dad den­tro de la ciu­dad. Allí vivían el líder y los altos fun­cionar­ios del Par­tido del Tra­ba­jo. El acce­so esta­ba restringi­do: no había ni un solo ciu­dadano cor­ri­ente que pudiera entrar, sal­vo el per­son­al autor­iza­do. Para la may­oría de los albane­ses, Blloku era un ter­ri­to­rio mis­te­rioso, rodea­do de con­troles, del que ape­nas se conocía lo que se veía des­de fuera: blo­ques de aparta­men­tos vig­i­la­dos y un silen­cio sospe­choso en medio del bul­li­cio de Tirana.

La res­i­den­cia ofi­cial de Enver Hox­ha todavía se con­ser­va en el bar­rio. Es un edi­fi­cio dis­cre­to, casi aus­tero, sin grandes lujos exte­ri­ores, como si el rég­i­men quisiera mostrar mod­es­tia. Pero su sim­ple pres­en­cia recuer­da que este lugar fue sím­bo­lo de priv­i­le­gio en un país que proclam­a­ba igual­dad abso­lu­ta.

Blloku

Con la caí­da del comu­nis­mo a prin­ci­p­ios de los años 90, Blloku se abrió a la población gen­er­al. Lo que antes era inac­ce­si­ble se con­vir­tió en un lien­zo en blan­co. Y en poco tiem­po, la zona pasó a ser el corazón de la nue­va Tirana: mod­er­na, juve­nil y abier­ta al exte­ri­or.

Hoy el con­traste es total. Donde antes había guardias y silen­cio, aho­ra hay bares abar­ro­ta­dos, músi­ca en vivo y ter­razas que se llenan des­de la mañana has­ta la madru­ga­da. Blloku es sinón­i­mo de vida noc­tur­na, de ocio y de mod­ernidad. Para los jóvenes albane­ses, es el lugar donde ver y ser vis­to. Para los via­jeros, es una ven­tana a la Tirana más con­tem­poránea.

Qué encon­trarás en Blloku

  • Cafeterías y bares: Alba­nia tiene una autén­ti­ca cul­tura del café y en Blloku alcan­za su máx­i­ma expre­sión. Des­de locales min­i­mal­is­tas con café de espe­cial­i­dad has­ta bares clási­cos siem­pre llenos.

  • Restau­rantes mod­er­nos: ofre­cen des­de coci­na tradi­cional albane­sa rein­ter­pre­ta­da has­ta prop­ues­tas inter­na­cionales. Es fácil pasar de una trat­to­ria ital­iana a un sushi bar en la mis­ma man­zana.

  • Tien­das y bou­tiques: ropa, dis­eño, libr­erías con­cep­tuales… todo con un aire joven y cos­mopoli­ta.

  • Dis­cote­cas y pubs: la vida noc­tur­na de Tirana tiene aquí su epi­cen­tro. Muchos locales com­bi­nan músi­ca en direc­to y DJ sets, atrayen­do tan­to a locales como a tur­is­tas.

El val­or de Blloku va más allá de la diver­sión. Es un sím­bo­lo de la tran­si­ción albane­sa: de la rigidez comu­nista al cap­i­tal­is­mo más desen­fada­do. Para muchos jóvenes, rep­re­sen­ta la aper­tu­ra a un mun­do que antes les esta­ba nega­do; para algunos may­ores, en cam­bio, es una ironía ver cómo el bar­rio exclu­si­vo de la élite aho­ra es un espa­cio de con­sumo y ocio para todos.

 

El Gran Par­que de Tirana: el pul­món verde de la cap­i­tal

En una ciu­dad que a menudo se percibe como caóti­ca, con trá­fi­co inten­so y un rit­mo urbano acel­er­a­do, el Gran Par­que de Tirana (Parku i Madh) es un respiro impre­scindible. Situ­a­do en la zona sur de la cap­i­tal, jun­to al Lago Arti­fi­cial, este enorme espa­cio verde se extiende a lo largo de unas 230 hec­táreas y es con­sid­er­a­do el autén­ti­co pul­món de la ciu­dad.

Parque Tirana

El par­que no es solo un área de recreo: es un pun­to de encuen­tro inter­gen­era­cional. Durante el día se llena de famil­ias pase­an­do, corre­dores que entre­nan entre los árboles, ciclis­tas y gru­pos de ami­gos que se sien­tan jun­to al lago. En los fines de sem­ana, el ambi­ente se mul­ti­pli­ca: vende­dores ambu­lantes, niños con glo­bos y pare­jas que bus­can rin­cones tran­qui­los.

El Lago Arti­fi­cial es el corazón del par­que. Con­stru­i­do en los años 50, sigue sien­do el lugar favorito para cam­i­nar por los senderos que lo rodean o sim­ple­mente con­tem­plar la vida pasar des­de un ban­co. En ver­a­no, la zona se con­vierte en un refu­gio frente al calor sofo­cante de la ciu­dad, mien­tras que en otoño los árboles tiñen el paisaje de tonos rojos y dora­dos.

En una ciu­dad que crece a gran veloci­dad y que aún arras­tra prob­le­mas de plan­i­fi­cación y limpieza, el Gran Par­que rep­re­sen­ta un equi­lib­rio nece­sario. Es un lugar donde los ciu­dadanos pueden desconec­tar, donde la nat­u­raleza ofrece un con­tra­pun­to al cemen­to y al rui­do, y donde Tirana mues­tra una cara más amable y humana.

 

Korça: la cerveza que cuen­ta la his­to­ria de Alba­nia

Via­jar por Alba­nia es des­cubrir un país que, a pesar de sus cica­tri­ces, sabe brindar con ale­gría. Y si hay una bebi­da que une a los albane­ses alrede­dor de una mesa, esa es la cerveza Korça. No es una cerveza cualquiera: es la más antigua del país, un sím­bo­lo de iden­ti­dad y orgul­lo nacional que lle­va el nom­bre de la ciu­dad donde nació, Korçë, en el sureste del país.

Cerveza Albania

La his­to­ria de Korça arran­ca en 1928, cuan­do se fundó la primera cerve­cería mod­er­na de Alba­nia. Fue un acon­tec­imien­to enorme para un país que, en aquel momen­to, ape­nas empez­a­ba a mirar hacia Europa. La idea de pro­ducir cerveza local, con están­dares indus­tri­ales, rep­re­senta­ba mod­ernidad, pro­gre­so y un guiño a las cos­tum­bres occi­den­tales.

La fábri­ca de Korçë pron­to se con­vir­tió en un pun­to de ref­er­en­cia: no solo elab­ora­ba cerveza sino que daba tra­ba­jo a la gente de la ciu­dad y ponía en las mesas albane­sas una bebi­da hecha en casa, sin necesi­dad de impor­tar­la. Durante la dic­tadu­ra comu­nista, como todo, pasó a estar con­tro­la­da por el Estad, pero sobre­vivió a esos años difí­ciles y sigu­ió sien­do parte de la vida cotid­i­ana.

Para los habi­tantes de Korçë, la cerveza es casi un sím­bo­lo de iden­ti­dad local. Tan­to que cada ver­a­no orga­ni­zan el Korça Beer Fes­ti­val, un even­to que reúne a miles de per­sonas con músi­ca en direc­to, comi­da calle­jera y, por supuesto, litros y litros de cerveza. Durante esos días, la ciu­dad se trans­for­ma en una fies­ta al aire libre y beber una Korça en su tier­ra natal se con­vierte en una especie de rit­u­al.

 

Gas­tronomía albane­sa

La gas­tronomía albane­sa es de esas que sor­pren­den porque nun­ca la tienes en el radar antes de via­jar, pero cuan­do la prue­bas des­cubres que es un cruce deli­cioso de influ­en­cias. No es tan famosa como la ital­iana o la grie­ga, sus veci­nas más mediáti­cas, pero pre­cisa­mente ahí está su encan­to: en la mez­cla ines­per­a­da.

Alba­nia estu­vo bajo dominio otomano durante sig­los y eso se nota en los byrek, esas empanadas de masa filo rel­lenas de espinacas, que­so o carne que recuer­dan mucho a la bure­ka tur­ca. Los encuen­tras en cada esquina, a veces servi­dos en tro­zos enormes y grasien­tos, pero per­fec­tos para sacia­rte por un euro (y a veces inclu­so menos). 

Byrek Albania

El Mediter­rá­neo tam­bién se cuela en la mesa: mucho aceite de oli­va, tomates, pimien­tos, aceitu­nas… platos que no desen­tonarían en Italia o Gre­cia. Y hablan­do de Gre­cia, en Alba­nia tam­bién encon­trarás el tzatzi­ki (aquí lla­ma­do tara­tor si se sirve más líqui­do, como sopa fría) y ensal­adas que son pri­mas her­manas de la hori­ati­ki grie­ga.

La carne es pro­tag­o­nista, sobre todo el cordero. El tavë kosi, por ejem­p­lo, es un pla­to nacional: cordero al horno con yogur y hue­vo, que sue­na extraño pero tiene un sabor suave y recon­for­t­ante. 

No debes perderte…

  • Qoftë: las albóndi­gas albane­sas. Gen­eral­mente de carne pic­a­da con hier­bas, servi­das con pan y ensal­a­da. Es comi­da de calle, bara­ta y muy pop­u­lar.

  • Fërgesë: un guiso espe­so hecho con pimien­tos rojos, tomates, que­so feta y a veces carne. Se sirve caliente y es per­fec­to para acom­pañar con pan recién hornea­do.

  • Peshk i Zgarës: pesca­do a la par­ril­la, típi­co en la cos­ta adriáti­ca y jóni­ca. Lo sue­len preparar muy sim­ple, con limón y hier­bas, para resaltar la fres­cu­ra.

  • Speca të Mbushu­ra: pimien­tos rel­lenos, nor­mal­mente de arroz, carne y espe­cias, coci­na­dos al horno.

  • Mish Pule i Zgarës: pol­lo a la par­ril­la, mari­na­do con hier­bas, muy común en restau­rantes sen­cil­los.

  • Tavë Per­imesh: ver­duras al horno, nor­mal­mente beren­je­na, cal­abacín y pimien­tos, con un toque de aceite de oli­va.

  • Petul­la: masa fri­ta pare­ci­da a un buñue­lo o donut sin agu­jero, que se sirve con miel, mer­me­la­da o sim­ple­mente azú­car. Muy común como desayuno o merien­da.

  • Kos: yogur nat­ur­al muy pop­u­lar en Alba­nia, tan­to como acom­pañamien­to de platos sal­a­dos como postre.

Uno de mis platos favoritos es este de aquí aba­jo: djathë i bard­hë me speca (que­so blan­co con pimien­tos). Se tra­ta de una rec­eta sen­cil­la pero deli­ciosa: que­so fres­co esti­lo cot­tage o feta albanés (más den­so y sal­a­do que el cot­tage inter­na­cional) que se mez­cla o se sirve acom­paña­do de pimien­tos rojos o verdes asa­dos. A veces se le añade aceite de oli­va, ajo y un poco de hier­bas fres­cas como orégano o pere­jil.

djathë i bardhë me speca

Y luego están los dul­ces. Alba­nia heredó de Turquía y Ori­ente Medio una debil­i­dad por el azú­car: bakla­va, she­qer­pare (unas gal­leti­tas empa­padas en almíbar) o el trilece, ese pas­tel empa­pa­do en tres lech­es que aquí se toma como si fuera el postre nacional, aunque su ori­gen esté en Lati­noaméri­ca.

Lo boni­to de la gas­tronomía albane­sa es que refle­ja la his­to­ria del país: influ­en­cias otomanas, mediter­ráneas, bal­cáni­cas e inclu­so ital­ianas, todas con­vivien­do en una mesa sen­cil­la pero sabrosa. Com­er en Alba­nia es bara­to, abun­dante y, sobre todo, autén­ti­co. No esperes estrel­las Miche­lin, pero sí platos que te cuen­tan de dónde viene este país y hacia dónde va.

Nues­tras recomen­da­ciones

Alba­nia está a tiro de piedra de Italia. En días claros, des­de la cos­ta albane­sa del Adriáti­co se lle­ga a ver el “otro lado” del mar. Esa cer­canía geográ­fi­ca siem­pre ha facil­i­ta­do inter­cam­bios cul­tur­ales, com­er­ciales y culi­nar­ios. No es raro que en mer­ca­dos de la cos­ta ven­dan pro­duc­tos ital­ianos y que las rec­etas se mez­clen sin fron­teras. Tras la caí­da del comu­nis­mo en 1991, miles de albane­ses emi­graron a Italia en bus­ca de tra­ba­jo. Muchos se insta­laron en regiones como Puglia, Cal­abria o Emil­ia-Romaña, pre­cisa­mente zonas con fuerte tradi­ción de pas­ta. Allí aprendieron téc­ni­cas, rec­etas y, sobre todo, el amor por la pas­ta fres­ca. Con el tiem­po, muchos volvieron a Alba­nia y abrieron restau­rantes, impor­tan­do no solo ingre­di­entes sino tam­bién el saber hac­er.

Lo intere­sante es que en Alba­nia la pas­ta no es un cal­co exac­to de la ital­iana. Sí, respetan la base (masa fres­ca, bue­na coc­ción al dente, sal­sas sen­cil­las) pero a menudo la adap­tan a los pro­duc­tos locales:

  • Que­sos albane­ses en lugar de parme­sano.

  • Uso gen­eroso de pimien­tos y hier­bas fres­cas de los Bal­canes.

  • Influ­en­cias otomanas: a veces la pas­ta aparece en menús jun­to a platos como byrek o guisos tradi­cionales, lo que da un aire mes­ti­zo a la expe­ri­en­cia.

El caso es que después de en la propia Italia, en pocos lugares hemos proba­do pas­ta “a la ital­iana” y piz­zas tan sabrosas como en Alba­nia. Desta­camos dos restau­rantes de comi­da ital­iana por enci­ma de todos:

Cen Arti­zani  Con difer­en­cia el mejor restau­rante de pas­ta de toda Tirana. La pas­ta (fres­ca fresquísi­ma) la elab­o­ran ellos mis­mos: de hecho verás las enormes máquinas nada más entrar al local. Pas­ta arte­sanal que preparan todas las mañanas y que acom­pañan de riquísi­mas sal­sas caseras tipo arra­bi­a­ta, ragu, putanesca, ama­tri­ciana, aglio olio peper­on­ci­no… (y eso sólo por nom­brar algu­nas de ellas). Verás que la clien­tela es prin­ci­pal­mente albane­sa (bue­na señal) y que los pre­cios (bajísi­mos, a unos 500 lekes por pla­to) no van en abso­lu­to reñi­dos con la cal­i­dad supre­ma.

Piz­za Toscana Local muy agrad­able, con ter­raza y unos camareros encan­ta­dores. Las piz­zas no pueden ser más caseras (hechas al horno de leña, of course) ni más orig­i­nales: ¿habéis proba­do algu­na vez una piz­za de pis­ta­cho? Pues aquí aba­jo la tenéis.

Pizza Toscana Tirana

Gjell­tore Dibra Que no te engañe lo mod­es­ti­to que es el local: aquí te espera la comi­da más autén­ti­ca de Tirana. Y sí, está en una zona super turís­ti­ca (jus­to en la zona del antiguo castil­lo) pero eso no ha impe­di­do que este sitio de “los de toda la vida” se haya hecho un hue­co entre los restau­rantes impre­scindibles de la cap­i­tal, superan­do a otros muchos que se jac­tan de con­tar con más pedi­grí. Alba­nia pura y dura a pre­cios pop­u­lares: lo mejor, las beren­je­nas.

Tav­er­na Peshkatari Tirana está a ape­nas 30 kilómet­ros de la cos­ta. Y eso se nota a la hora de com­er pesca­do: fres­co, de cal­i­dad y bara­to. Me diréis en qué sitio de España te plan­tan un pulpo enter­i­to por 14 euros. Pues aquí sí. Super recomen­da­do para los amantes del marisco y las frit­uras de pesca­do. Y además con una ter­raci­ta la mar de agrad­able.

Oda — Tra­di­tion­al Alban­ian Restau­rant Fuimos un poco temer­ar­ios al pre­sen­tarnos aquí sin reser­va (y más sien­do viernes por la noche): nos dimos cuen­ta cuan­do lleg­amos y nos encon­tramos a unos cuan­tos extran­jeros como nosotros esperan­do a coger mesa. Pero resultó que aquí el restau­rante es “a lo alto” y ráp­i­da­mente nos acoplaron a unos cuan­tos en un salón impro­visa­do de la segun­da plan­ta (que más bien era como un piso enorme en el que las difer­entes habita­ciones ejer­cían de pequeños come­dores de sólo tres o cua­tro mesas). El caso es que ello no evitó que la cena fuera toda una expe­ri­en­cia y que has­ta la amenizaran unos músi­cos locales, los del vídeo de aquí aba­jo.

OPA Greek Street Food Una intere­san­tísi­ma mini­ca­de­na local de comi­da grie­ga. Por for­tu­na, nada de fast food: platos abun­dantes, con mucho ingre­di­ente fres­co y unos gyros espec­tac­u­lares: oji­to al de tru­fa. Nos gustó tan­to que acabamos repi­tien­do en otro de sus locales.

Tiki Bar Un mar­avil­loso bar de temáti­ca hawai­iana, con una dec­o­ración chulísi­ma en el inte­ri­or. Pero si el tiem­po acom­paña, hazme caso y qué­date en la ter­raci­ta de fuera: se está de fábu­la. Los cock­tails (sí, tam­bién los hay sin alco­hol) son sen­cil­la­mente impre­sio­n­antes, aunque deberás lan­zarte a la aven­tu­ra porque en la car­ta no detal­lan los ingre­di­entes y el camarero tam­poco va a saber ayu­darte mucho. Pues ven­ga, a lo que caiga.

 

Prob­a­ble­mente, antes de venir a Tirana, hayas escucha­do a más de uno “la ciu­dad no tiene casi mon­u­men­tos para ver”, “en una mañana te la has ven­ti­la­do”, “es una cap­i­tal muy sosa”… No les hagas ni caso. Es más: no les hagas ni PUTO caso. Las  ciu­dades son mucho más que cua­tro estat­uas: a los que dicen que “Tirana es poco intere­sante” solo puedo decir­les que segu­ra­mente no lev­an­taron la vista de su guía de via­jes están­dar o se quedaron esperan­do un dec­o­ra­do de postal. Tirana no es París ni fal­ta que le hace: aquí no vienes a bus­car la per­fec­ción sino el caos col­ori­do de sus murales, los gri­tos de sus vende­dores, su gente vivien­do en la calle casi has­ta el amanecer. Es una ciu­dad que te inco­mo­da y te fasci­na al mis­mo tiem­po. ¿Qué cojones sig­nifi­ca “poco intere­sante”? Si quieres ciu­dades boni­tas y fáciles, vete a Viena. Si quieres una ciu­dad que te sor­pren­da de ver­dad, con cica­tri­ces a la vista y una energía bru­tal, entonces Tirana te va a volar la cabeza.

Así que no, Tirana no es “poco intere­sante”. Lo que pasa es que es una ciu­dad que exige que llegues sin pre­juicios. Aquí no se tra­ta de tachar casil­las en una lista de mon­u­men­tos: se tra­ta de abrir los ojos y dejarte gol­pear por un lugar que todavía está rein­ven­tán­dose. Y eso, ami­gos, es infini­ta­mente más intere­sante que cualquier ciu­dad de postal. Os ase­guro que no en tan­tas oca­siones hemos vuel­to de una ciu­dad tan fasci­na­dos por su vida, por su ale­gría y por su bul­li­cio que a los pocos días estábamos com­pran­do bil­letes para regre­sar cua­tro meses después. Tirana, en nada volve­mos a abrazarte. ¡Deseán­do­lo esta­mos!

 

 


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2 Comments

  1. Hola, pre­cisa­mente voy para Alba­nia el 7 de octubre de este año.

  2. Mil y un Viajes por el Mundo

    at

    Espero entonces que te sir­va este artícu­lo, te va a encan­tar!

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