Viajar a Múnich por libre

Munich

Orga­ni­zar un via­je a Múnich es mucho más sen­cil­lo de lo que parece pero con­viene ten­er claras algu­nas cosas antes de reser­var vue­los a lo loco o ele­gir hotel solo por el pre­cio. La cap­i­tal de Baviera es una ciu­dad orde­na­da, efi­ciente y muy bien conec­ta­da, lo que la con­vierte en un des­ti­no ide­al tan­to para una escapa­da cor­ta como para usar­la como base para explo­rar el sur de Ale­ma­nia. Eso sí: no es una ciu­dad bara­ta y una mala plan­i­fi­cación puede dis­parar el pre­supuesto sin que te des cuen­ta.

Lo primero que hay que decidir es cuán­tos días dedi­car­le. Múnich se puede ver en dos días bien orga­ni­za­dos pero lo ide­al son tres o cua­tro si quieres com­bi­nar el cen­tro históri­co con museos, bar­rios menos turís­ti­cos y algu­na excur­sión cer­cana. A par­tir de ahí, entran en juego deci­siones clave: cuán­do via­jar, dónde alo­jarse según tu esti­lo y pre­supuesto, y cómo moverte por la ciu­dad sin gas­tar de más.

¿Cuán­tos días dedicar a Múnich y cómo orga­ni­zar el via­je?

Una de las primeras deci­siones clave al orga­ni­zar un via­je a Múnich es cuán­tos días dedi­car­le. Aunque a primera vista pue­da pare­cer una ciu­dad “ráp­i­da”, lo cier­to es que Múnich gana mucho cuan­do no se visi­ta con prisas y se com­bi­na el cen­tro históri­co con museos, bar­rios locales y algu­na escapa­da cer­cana.

  • 2 días: es el mín­i­mo razon­able. Per­mite ver el cen­tro históri­co (Marien­platz, Vik­tu­alien­markt, Res­i­denz), pasear por el Englis­ch­er Garten y ten­er una primera toma de con­tac­to con la ciu­dad. Ide­al si vas jus­to de tiem­po o lo incluyes en una ruta más amplia por Ale­ma­nia.

  • 3 días: la opción más equi­li­bra­da. A lo ante­ri­or puedes sumar uno o dos museos impor­tantes, bar­rios como Schwabing o Glock­en­bachvier­tel y dis­fru­tar de cerve­cerías sin ir cor­rien­do.

  • 4 días o más: per­fec­to si te intere­sa la parte cul­tur­al (Pinakotheken, museos téc­ni­cos), hac­er excur­siones cer­canas o sim­ple­mente via­jar con cal­ma. Tam­bién es una bue­na base para vis­i­tar otras zonas del sur de Ale­ma­nia (echa un ojo a nue­stro via­je por la Roman­tic Strasse) , la boni­ta ciu­dad de Salzbur­go o inclu­so zonas alpinas.

A niv­el de orga­ni­zación, lo ide­al es agru­par vis­i­tas por zonas y no obse­sion­arse con ver­lo todo. Múnich es una ciu­dad para cam­i­nar, sen­tarse en par­ques, entrar a un Bier­garten y obser­var el rit­mo local. Forzar el itin­er­ario suele ser el error más común.

Calles de Munich

Tam­bién es impor­tante ten­er en cuen­ta el cal­en­dario de la ciu­dad. Even­tos como el Okto­ber­fest, ferias o grandes con­gre­sos hacen que los pre­cios de hote­les se dis­paren y que la disponi­bil­i­dad sea lim­i­ta­da. Via­jar en tem­po­ra­da media o baja no solo abara­ta costes, sino que per­mite dis­fru­tar de Múnich con más cal­ma y menos masi­fi­cación.

Mejor época para via­jar

Pri­mav­era (abril–junio): una de las mejores opciones. Buen cli­ma, días lar­gos, par­ques verdes y pre­cios todavía razon­ables. Ide­al para cam­i­nar y dis­fru­tar la ciu­dad al aire libre.

Viajar a Munich

 

Lle­gar a Múnich es entrar en una ciu­dad que parece jugar a dos ban­das: por un lado, la postal impeca­ble de Baviera —fachadas ele­gantes, plazas amplias, relo­jes en cada esquina— y, por otro, una vida cotid­i­ana vibrante que no se que­da atra­pa­da en el folk­lore. Múnich no se pre­sen­ta con estri­den­cias; se deja des­cubrir despa­cio, como si supiera que no nece­si­ta impre­sion­ar a la primera para quedarse con­ti­go.

Este recor­ri­do por la ciu­dad empieza donde todo empieza de ver­dad: cam­i­nan­do. Porque Múnich se entiende a pie, obser­van­do cómo con­viv­en los edi­fi­cios históri­cos con cafeterías mod­er­nas, cómo el tra­je tradi­cional com­parte espa­cio con la bici­cle­ta urbana y cómo el rit­mo es sor­pren­den­te­mente rela­ja­do para una de las grandes ciu­dades de Ale­ma­nia. Aquí no hace fal­ta cor­rer: la ciu­dad mar­ca el paso.

Munich

A lo largo de este paseo ire­mos des­granan­do esa mez­cla tan bávara de orden y dis­frute. Des­de plazas que han vis­to pasar sig­los de his­to­ria has­ta mer­ca­dos donde la vida sucede sin fil­tros; des­de par­ques que pare­cen no ten­er fin has­ta bar­rios donde la ciu­dad se vuelve más ínti­ma y cotid­i­ana. Múnich no es solo Okto­ber­fest ni cerveza —aunque tam­bién—: es cul­tura, es memo­ria, es una for­ma muy conc­re­ta de enten­der el bien­es­tar urbano.

Así que, sin prisas y con los ojos bien abier­tos, empezamos el recor­ri­do.

Juan y yo frente al Neues Rathaus, en ple­na Marien­platz. Y aunque hoy parez­ca un edi­fi­cio medieval de man­u­al, en real­i­dad es una gran recreación históri­ca car­ga­da de sim­bolis­mo y curiosi­dades.

Marienplatz munich

No es tan antiguo como aparenta: se con­struyó entre finales del siglo XIX y comien­zos del XX, cuan­do Múnich quería pre­sen­tarse como una ciu­dad poderosa y bien estable­ci­da. El esti­lo neogóti­co fue una elec­ción políti­ca y estéti­ca: mirar al pasa­do para reforzar iden­ti­dad, inclu­so aunque ese pasa­do fuera, en parte, inven­ta­do.

En la facha­da hay más de 400 estat­uas y no están ahí al azar. Rep­re­sen­tan a duques, reyes, san­tos y per­son­ajes históri­cos bávaros, cre­an­do una especie de “quién es quién” del poder local. Es tan detal­la­do que muchos munique­ses con­fiesan no haber­lo obser­va­do nun­ca con cal­ma, a pesar de pasar por delante a diario.

Den­tro se esconde el famoso car­ril­lón (Glock­en­spiel), que muchos tur­is­tas esper­an a que reli­giosa­mente se haga notar a cier­tas horas. Lo curioso es que los locales sue­len evi­tar­lo: para ellos es casi una tram­pa turís­ti­ca sono­ra que for­ma parte del paisaje pero que ya no escuchan. Cuan­do sue­na, Múnich se divide entre quienes miran hacia arri­ba y quienes siguen cam­i­nan­do como si nada.

Y un detalle poco cono­ci­do: bajo el edi­fi­cio se encuen­tra el Ratskeller, una cerve­cería históri­ca donde se bebe cerveza lit­eral­mente bajo el poder munic­i­pal. 

La Marien­platz es el autén­ti­co kilómetro cero de Múnich pero detrás de su aire ani­ma­do se escon­den muchas curiosi­dades que no siem­pre saltan a la vista:

  • Más de 850 años sien­do el cen­tro de todo. Marien­platz existe des­de 1158 y, des­de entonces, ha sido mer­ca­do, plaza de cel­e­bra­ciones, esce­nario políti­co y pun­to de encuen­tro. Todo lo impor­tante en Múnich ha pasa­do —o sigue pasan­do— aquí.

  • Debe su nom­bre a la Vir­gen María… por una vic­to­ria mil­i­tar. La colum­na cen­tral (Marien­säule) se erigió en 1638 para agrade­cer que la ciu­dad se librara de la destruc­ción durante la Guer­ra de los Trein­ta Años. Los pequeños ánge­les que la rodean rep­re­sen­tan las pla­gas que Múnich creía haber super­a­do: guer­ra, peste, ham­bre y here­jía.

  • El Glock­en­spiel no es solo un espec­tácu­lo boni­to. El famoso car­ril­lón del Neues Rathaus rep­re­sen­ta dos esce­nas históri­c­as muy conc­re­tas: una boda ducal del siglo XVI y una dan­za tradi­cional que sim­boliza el fin de la peste. 

  • Bajo la plaza hay otra ciu­dad. Jus­to deba­jo de Marien­platz se cruzan varias líneas de metro y tren de cer­canías. Cada día pasan por aquí cien­tos de miles de per­sonas sin deten­erse arri­ba, mien­tras los tur­is­tas lev­an­tan la vista hacia las tor­res.

  • Aquí se mide el pul­so de la ciu­dad. Cel­e­bra­ciones deporti­vas, protes­tas políti­cas, concier­tos impro­visa­dos o sim­ples quedadas: si algo impor­ta en Múnich, aca­ba ocur­rien­do en Marien­platz. 

Aquí ten­emos aba­jo otro de mis rin­cones favoritos en Munich. Con­stru­i­da en el siglo XIV, Isar­tor forma­ba parte de la mural­la que pro­tegía la ciu­dad. Hoy ya no defiende nada pero sigue cumplien­do su fun­ción orig­i­nal: mar­car el paso entre dos Múnich dis­tin­tos. A un lado, el cen­tro históri­co, más mon­u­men­tal y turís­ti­co; al otro, una zona más cotid­i­ana, con com­er­cios, gente que va a tra­ba­jar y ese rit­mo tran­qui­lo tan alemán.

La puer­ta de Isar­tor no era la úni­ca ni desta­ca­ba espe­cial­mente en su época. Forma­ba parte del segun­do anil­lo de mural­las medievales de Múnich. Isar­tor debe su nom­bre al río Isar, que dis­curre cer­ca y ha sido clave en el desar­rol­lo de la ciu­dad. No es casu­al­i­dad: esta puer­ta esta­ba estratégi­ca­mente situ­a­da para con­tro­lar uno de los acce­sos más impor­tantes des­de el este. En la Edad Media no se cruz­a­ba Isar­tor así como así. Aquí se con­tro­la­ba quién entra­ba y salía, se cobra­ban impuestos por mer­cancías y se vig­i­la­ba a extraños. Hoy cruzas con un café en la mano; hace sig­los, cruzar implic­a­ba dar expli­ca­ciones.

Durante sig­los, Isar­tor estu­vo bas­tante dete­ri­o­ra­da y pasó por fas­es poco glam­ourosas: almacén, paso secun­dario, estruc­tura medio olvi­da­da. Su aspec­to actu­al es fru­to de varias restau­ra­ciones, sobre todo tras los bom­bardeos de la Segun­da Guer­ra Mundi­al, que dañaron seri­amente la puer­ta. Que hoy la veas en pie no es casu­al­i­dad: fue recon­stru­i­da respetan­do su for­ma orig­i­nal, algo que no ocur­rió con muchos otros edi­fi­cios históri­cos de la ciu­dad.

Juan y Manu frente a la puer­ta de Isar­tor

Lo que más lla­ma la aten­ción es la torre cen­tral, con su reloj y sus fres­cos, flan­quea­da por dos tor­res más pequeñas que pare­cen sacadas de un cuen­to medieval. Los fres­cos que ves en la torre no son medievales, aunque lo parez­can. Se añadieron en el siglo XIX y rep­re­sen­tan la entra­da tri­un­fal del emper­ador Luis IV de Baviera en Múnich tras una vic­to­ria mil­i­tar. Como curiosi­dad, den­tro de la torre se encuen­tra el Museo del Humor y la Sáti­ra Karl Valentin, ded­i­ca­do a uno de los grandes cómi­cos bávaros. 

Lo que ves aquí aba­jo es el cuer­po-reliquia de San­ta Mundi­tia, expuesto en una urna bar­ro­ca den­tro de la Igle­sia de San Pedro (Peter­skirche), la igle­sia más antigua de Múnich. Sí: es un esquele­to real, vesti­do con joyas, telas bor­dadas y piedras pre­ciosas. Cuan­to más espec­tac­u­lar era la reliquia, más fieles atraía la igle­sia.

Muchas de las piedras pre­ciosas y adornos fueron rega­los de fieles a lo largo de los sig­los. Prome­sas cumpl­i­das, peti­ciones, agradec­imien­tos. La reliquia fun­ciona­ba tam­bién como un imán económi­co y espir­i­tu­al. Era una for­ma muy efi­caz de com­pe­tir con otros tem­p­los cer­canos. La pos­tu­ra recli­na­da, la coro­na, el cetro, las telas y las joyas no bus­can real­is­mo sino escenografía. El cuer­po se con­vierte en una especie de “san­ta viva”, casi dormi­da, para provo­car devo­ción, no rec­ha­zo. Que hoy nos parez­ca macabro es un efec­to secun­dario.

San­ta Mundi­tia no es bávara. Sus restos proce­den de las cat­acum­bas de Roma, de donde se extra­jeron miles de cuer­pos entre los sig­los XVII y XVIII para repar­tir­los por Europa como reliquias; se dis­tribuyeron miles de “san­tos de cat­acum­ba” por Ale­ma­nia, Aus­tria y Suiza. 

Lo curioso es que “Mundi­tia” no aparece en lis­tas fiables de már­tires antigu­os. En muchos casos, estos nom­bres se asigna­ban al azar, a veces inspi­ra­dos en inscrip­ciones par­ciales, otras direc­ta­mente por con­ve­nien­cia. La eti­que­ta de “már­tir” se usa­ba con mucha facil­i­dad. Basta­ba con que el esquele­to pro­cediera de una cat­acum­ba cris­tiana para asumir que había muer­to por su fe. En real­i­dad, la may­oría eran sim­ples cris­tianos enter­ra­dos en Roma, no víc­ti­mas de per­se­cu­ciones. El obje­ti­vo no era la exac­ti­tud históri­ca, sino dar iden­ti­dad a un cuer­po anón­i­mo.

El vídeo de aba­jo cor­re­sponde a Kaufin­ger­straße, una de las calles peatonales más impor­tantes —y tran­si­tadas— de Múnich. Históri­ca­mente, Kaufin­ger­straße era una de las vías com­er­ciales que conecta­ban el oeste de la ciu­dad con el cen­tro medieval. Antes de escaparates y fran­qui­cias, aquí se vendía de todo: telas, ali­men­tos, mer­cancías que entra­ban a la ciu­dad. De algu­na man­era, sigue sien­do lo mis­mo, solo que con otros nom­bres y pre­cios más altos.

Lo intere­sante es que, aunque hoy esté dom­i­na­da por grandes mar­cas, los edi­fi­cios aún con­ser­van per­son­al­i­dad. Si te fijas en las fachadas, no son todas iguales ni mod­er­nas: hay recon­struc­ciones de pos­guer­ra, edi­fi­cios más antigu­os reaprovecha­dos y otros que imi­tan esti­los históri­cos. Múnich perdió muchísi­mo pat­ri­mo­nio durante la Segun­da Guer­ra Mundi­al, y esta calle es un buen ejem­p­lo de cómo la ciu­dad se recon­struyó rápi­do, sin drama­tismos, pri­or­izan­do la vida cotid­i­ana antes que la nos­tal­gia. Ter­razas llenas inclu­so con tiem­po reg­u­lar, gente que se sien­ta cin­co min­u­tos y sigue, músi­cos calle­jeros que apare­cen y desa­pare­cen… Todo muy alemán, muy orde­na­do pero vivo.

La escul­tura que aparece en la foto está en Plat­zl, a dos pasos del Hof­bräuhaus, en pleno corazón turís­ti­co de Múnich. Mucha gente se hace fotos con él sin saber muy bien por qué, como si fuera un sim­ple ani­mal sim­páti­co plan­ta­do en mitad de la plaza. Spoil­er: no lo es.

El jabalí rep­re­sen­ta al ani­mal heráldico tradi­cional de Múnich y de Baviera. Durante sig­los sim­bolizó fuerza, resisten­cia y carác­ter indomable. Nada de ani­mal tier­no: el jabalí era peli­groso, impre­vis­i­ble y respeta­do. Un poco como la ima­gen que los bávaros han queri­do proyec­tar de sí mis­mos. Fíjate en el hoci­co y los colmil­los: están mucho más bril­lantes que el resto del cuer­po. No es casu­al­i­dad. La gente los toca con­stan­te­mente. Unos dicen que da suerte. Otros que trae for­tu­na volver a Múnich.

La torre que aparece en la ima­gen de aba­jo pertenece a la Igle­sia de San Pedro (Alter Peter), con­sid­er­a­da la igle­sia más antigua de Múnich. Su ori­gen se remon­ta al siglo XII, aunque la estruc­tura actu­al de la torre es el resul­ta­do de varias recon­struc­ciones y refor­mas a lo largo de los sig­los; de hecho, podéis ver en la foto cómo la esta­ban restau­ran­do.

La torre de la Iglesia de San Pedro (Alter Peter) Munich

Con una altura aprox­i­ma­da de 91 met­ros, la torre del Alter Peter fue durante mucho tiem­po el pun­to más alto de la ciu­dad y cumplió una fun­ción clave tan­to reli­giosa como civ­il. En época medieval, además de servir como cam­pa­nario, actu­a­ba como torre de vig­i­lan­cia, des­de la que se con­tro­la­ban posi­bles incen­dios o ame­nazas sobre la ciu­dad.

La torre pre­sen­ta un aspec­to sobrio y robus­to, con­stru­i­do prin­ci­pal­mente en ladrillo, muy car­ac­terís­ti­co del góti­co bávaro. No desta­ca por una dec­o­ración exce­si­va, sino por su sen­sación de solidez. La cúpu­la supe­ri­or, de col­or ver­doso, cor­re­sponde a una refor­ma pos­te­ri­or y con­trasta con el resto del cuer­po de la torre. El reloj situ­a­do en la parte supe­ri­or fue durante sig­los el reloj de ref­er­en­cia de Múnich, mar­can­do el rit­mo de la vida diaria cuan­do no existían otros sis­temas públi­cos de medición del tiem­po.

Durante la Segun­da Guer­ra Mundi­al, la igle­sia y su torre sufrieron graves daños a causa de los bom­bardeos. Tras el con­flic­to, se optó por una recon­struc­ción fiel a su estruc­tura históri­ca, sin rein­ter­preta­ciones mod­er­nas, lo que expli­ca su aspec­to aus­tero actu­al.

La torre es vis­itable y cuen­ta con un mirador acce­si­ble tras subir más de 300 escalones por una escalera estrecha y emp­ina­da. No es una subi­da cómo­da pero des­de la cima se obtienen unas de las mejores vis­tas del cen­tro históri­co, incluyen­do Marien­platz, el Nue­vo Ayun­tamien­to y, en días despe­ja­dos, los Alpes bávaros. Más allá de su fun­ción reli­giosa, la torre del Alter Peter es un sím­bo­lo del ori­gen medieval de Múnich. Su ubi­cación, enca­ja­da entre edi­fi­cios y calles com­er­ciales, refle­ja cómo la ciu­dad mod­er­na ha cre­ci­do alrede­dor de sus estruc­turas más antiguas sin elim­i­narlas.

La Iglesia de San Miguel (Michaelskirche)

 

La Igle­sia de San Miguel (Michael­skirche) es una de esas igle­sias que no pasan desapercibidas, aunque no ten­ga la fama inmedi­a­ta de otras. Situ­a­da en ple­na Neuhauser Straße, una de las arte­rias com­er­ciales más tran­si­tadas de Múnich, su pres­en­cia resul­ta casi con­tra­dic­to­ria: fuera, tien­das y con­sumo; den­tro, una mon­u­men­tal declaración de poder reli­gioso y políti­co.

Con­stru­i­da a finales del siglo XVI, San Miguel es con­sid­er­a­da la igle­sia rena­cen­tista más grande al norte de los Alpes. No es un dato menor. Su tamaño no responde solo a una cuestión estéti­ca, sino a una inten­ción muy conc­re­ta: demostrar la fuerza del catoli­cis­mo en un momen­to en el que Europa esta­ba pro­fun­da­mente divi­di­da por la Refor­ma protes­tante. La con­struc­ción de San Miguel fue tan cos­tosa que estu­vo a pun­to de arru­inar las finan­zas del duca­do de Baviera. El proyec­to se alargó, los gas­tos se dis­pararon y hubo que recor­tar en otros ámbitos. La fe, aquí, se pagó cara.

San Miguel fue impul­sa­da por los jesuitas, una orden cono­ci­da por su dis­ci­plina, su capaci­dad pedagóg­i­ca y su papel clave en la Con­trar­refor­ma. Nada en este tem­p­lo es casu­al. Todo está pen­sa­do para impre­sion­ar, edu­car y trans­mi­tir autori­dad. Bajo la igle­sia se encuen­tra la crip­ta, que alber­ga las tum­bas de var­ios miem­bros de la dinastía Wit­tels­bach, la famil­ia que gob­ernó Baviera durante sig­los. Esto refuerza la idea de San Miguel no solo como tem­p­lo reli­gioso, sino como espa­cio políti­co y sim­bóli­co.

El espa­cio inte­ri­or es amplio, lumi­noso y per­fec­ta­mente orde­na­do. A difer­en­cia de igle­sias bar­ro­cas más recar­gadas, aquí no hay sen­sación de ago­b­io ni exce­so dec­o­ra­ti­vo. La estrate­gia es otra: grandeza, clar­i­dad y con­trol visu­al. El men­saje es sen­cil­lo y con­tun­dente: la fe católi­ca es fuerte, sól­i­da y orga­ni­za­da. Uno de los ele­men­tos más lla­ma­tivos es la enorme bóve­da de cañón, que cubre la nave cen­tral sin inter­rup­ciones. En su momen­to, fue una autén­ti­ca proeza téc­ni­ca. Las colum­nas colos­ales refuerzan esa sen­sación de esta­bil­i­dad casi mil­i­tar, muy en la línea del pen­samien­to jesui­ta.

Viscardigasse

Vis­cardi­gasse es un pequeño pasaje peaton­al, casi anodi­no, situ­a­do detrás de la Feld­her­rn­halle, muy cer­ca de Odeon­splatz. A sim­ple vista no tiene nada de espe­cial: edi­fi­cios sobrios, trán­si­to dis­cre­to y gente que la cruza sin mirar alrede­dor. Y sin embar­go, es uno de los lugares más car­ga­dos de sig­nifi­ca­do históri­co de Múnich.

Durante el Ter­cer Reich, la Feld­her­rn­halle se con­vir­tió en un lugar sagra­do para el nazis­mo. Allí murieron var­ios miem­bros del par­tido nazi durante el fal­li­do golpe de Esta­do de 1923, el lla­ma­do Putsch de la cerve­cería. A par­tir de ese momen­to, el rég­i­men impu­so una nor­ma clara: todo el mun­do debía hac­er el salu­do nazi al pasar por delante del mon­u­men­to.

Quienes no querían realizar el salu­do —por con­vic­ción políti­ca, rec­ha­zo moral o sim­ple miedo— empezaron a desviarse disc­re­ta­mente por esta calle para evi­tar pasar frente a la Feld­her­rn­halle. No era una protes­ta abier­ta, no había pan­car­tas ni consignas. Era algo mucho más peli­groso: des­obe­di­en­cia silen­ciosa. El rég­i­men lo sabía. Y aun así, la gente seguía usán­dola.

Por eso Vis­cardi­gasse acabó sien­do cono­ci­da como “Drücke­berg­er­gasse”, que podría tra­ducirse como la calle de los escaque­a­d­os o la calle de los que se escapan. Un apo­do despec­ti­vo para algo que, vis­to hoy, fue un acto de valen­tía cotid­i­ana.

munich karlstor

El Karl­stor, cono­ci­do pop­u­lar­mente como Stachus, es una de las antiguas puer­tas medievales de Múnich y uno de esos lugares que casi todo el mun­do cruza como mín­i­mo un par de veces en su paseo por la ciu­dad. Forma­ba parte del sis­tema defen­si­vo de la ciu­dad y mar­ca­ba el acce­so occi­den­tal al cas­co históri­co, cuan­do Múnich aún esta­ba rodea­da de mural­las. Su nom­bre ofi­cial pro­cede del Karl­stor, en hon­or al elec­tor Car­los Teodoro, aunque el apo­do de Stachus —toma­do de una taber­na cer­cana— ter­minó imponién­dose en el lengua­je cotid­i­ano, algo muy típi­co de la ciu­dad.

A lo largo de los sig­los, la puer­ta ha sufri­do incen­dios, refor­mas y daños impor­tantes, espe­cial­mente durante la Segun­da Guer­ra Mundi­al, por lo que su aspec­to actu­al es el resul­ta­do de varias recon­struc­ciones y adapta­ciones. Aun así, con­ser­va ese aire de fron­tera sim­bóli­ca: al cruzarla, se deja atrás el trá­fi­co y el rit­mo mod­er­no para entrar en la gran zona peaton­al que con­duce has­ta Marien­platz.

Max-Joseph-Platz munich

Max-Joseph-Platz, una de las plazas más ele­gantes y sobrias de Múnich. En el cen­tro se alza la estat­ua ecuestre de Max­i­m­il­iano I de Baviera, que pre­side un espa­cio amplio, casi teatral, rodea­do de edi­fi­cios neo­clási­cos per­fec­ta­mente alin­ea­d­os. A la derecha se dis­tingue la Ópera Nacional de Baviera, uno de los grandes tem­p­los cul­tur­ales de la ciu­dad, mien­tras que el con­jun­to arqui­tec­tóni­co trans­mite una sen­sación muy munique­sa: orden, simetría y una cal­ma casi solemne.

Curiosi­dades

  • Un rey miran­do a la ópera, no a su pueblo. La estat­ua ecuestre de Max­i­m­il­iano I no se ori­en­ta hacia la ciu­dad, sino hacia la Ópera Nacional de Baviera. No es casu­al: el monar­ca fue un gran impul­sor de las artes y quiso que su figu­ra quedara sim­bóli­ca­mente lig­a­da a la cul­tura antes que al poder políti­co.

  • Aquí la ópera tam­bién se vive fuera. En ver­a­no, muchos munique­ses se sien­tan en la plaza sim­ple­mente a escuchar los ensayos que se fil­tran des­de el inte­ri­or de la ópera cuan­do las puer­tas están abier­tas. Es uno de esos lujos gra­tu­itos y silen­ciosos que la ciu­dad se per­mite.

  • Esce­nario de protes­tas (muy edu­cadas). A lo largo del siglo XX, la plaza fue pun­to de con­cen­tra­ciones políti­cas y cul­tur­ales, pero siem­pre con ese aire con­tenido tan bávaro. Inclu­so las man­i­festa­ciones aquí pare­cen man­ten­er la com­pos­tu­ra.

  • Un vacío muy cal­cu­la­do. El enorme espa­cio abier­to no es un des­cui­do urbanís­ti­co: fue dis­eña­do así para crear un efec­to teatral, como si el vis­i­tante fuese parte de una escenografía clási­ca. Por eso muchos fotó­grafos la ado­ran y muchos tur­is­tas no saben exac­ta­mente qué hac­er en medio.

  • Sobre­vivió a la guer­ra casi intac­ta. Mien­tras otras zonas de Múnich quedaron dev­as­tadas durante la Segun­da Guer­ra Mundi­al, esta plaza sufrió rel­a­ti­va­mente pocos daños. Eso expli­ca por qué hoy trans­mite una sen­sación tan “orig­i­nal”, casi fuera del tiem­po.

El Vik­tu­alien­markt es mucho más que un mer­ca­do boni­to en el cen­tro de Múnich: es un ter­mómetro social, gas­tronómi­co y cul­tur­al de la ciu­dad. Su nom­bre pro­cede del latín vict­ualia, que sig­nifi­ca ali­men­tos, y ya da una pista de su fun­ción orig­i­nal: abaste­cer a la ciu­dad de pro­duc­tos bási­cos cuan­do el crec­imien­to urbano hizo imposi­ble seguir usan­do Marien­platz como mer­ca­do prin­ci­pal. Des­de su trasla­do en 1807, este espa­cio ha sido ampli­a­do, destru­i­do par­cial­mente durante la Segun­da Guer­ra Mundi­al y recon­stru­i­do respetan­do su estruc­tura abier­ta, algo poco habit­u­al en una ciu­dad tan orde­na­da como Múnich.

Una de sus grandes sin­gu­lar­i­dades es que no fun­ciona como un mer­ca­do clási­co cubier­to, sino como un con­jun­to de puestos espe­cial­iza­dos al aire libre. Aquí no se com­pra “un poco de todo”: cada puesto suele vender un solo pro­duc­to —mostaza, flo­res, miel, que­sos alpinos, encur­tidos o salchichas— y muchos de ellos pertenecen a famil­ias que lle­van gen­era­ciones ocu­pan­do el mis­mo espa­cio. Esa espe­cial­ización extrema expli­ca tan­to la cal­i­dad como los pre­cios, que están clara­mente por enci­ma de la media pero que los munique­ses asumen como parte del rit­u­al.

Viktualienmarkt

En el Vik­tu­alien­markt se con­ser­van tradi­ciones gas­tronómi­cas muy conc­re­tas. Por ejem­p­lo, la Weißwurst se sigue con­sum­ien­do may­ori­tari­a­mente por la mañana, acom­paña­da de mostaza dulce y pret­zel, y muchos puestos dejan de vender­la después de las doce, respetan­do la cos­tum­bre de que “no debe oír las cam­panas del mediodía”. Tam­bién es uno de los pocos lugares del cen­tro donde se puede pro­bar coci­na bávara sin ver­sión turís­ti­ca: híga­dos, ensal­adas de embu­ti­dos, aren­ques mari­na­dos o que­sos con comi­no siguen for­man­do parte del día a día.

La cerve­cería del mer­ca­do es otro de sus grandes val­ores. A difer­en­cia de los grandes Biergärten de las afueras, aquí se bebe cerveza pro­duci­da por dis­tin­tas cerve­ceras históri­c­as de Múnich, que se van tur­nan­do a lo largo del año. Las mesas com­par­tidas no son una pose para tur­is­tas, sino una cos­tum­bre real que fomen­ta con­ver­sa­ciones impro­visadas entre descono­ci­dos, algo muy poco común en otros espa­cios urbanos ale­manes.

Además, el Vik­tu­alien­markt tiene una fun­ción casi invis­i­ble para el vis­i­tante: muchos restau­rantes del cen­tro siguen abaste­cién­dose aquí a diario. A primera hora de la mañana, antes de que lleguen los tur­is­tas, el mer­ca­do está lleno de cocineros, com­er­ciantes y veci­nos hacien­do com­pras ráp­i­das y pre­cisas. Es en ese momen­to cuan­do se percibe su ver­dadera nat­u­raleza: no es un dec­o­ra­do, es una infraestruc­tura viva.

Hofgarten munich

El Hof­garten es uno de esos lugares que fun­cio­nan como pausa nat­ur­al den­tro del cen­tro históri­co de Múnich. Situ­a­do entre la Res­i­denz y Odeon­splatz, este jardín fue con­ce­bido a comien­zos del siglo XVII como jardín de la corte bávara, un espa­cio pen­sa­do más para el paseo orde­na­do y la con­tem­plación que para la espon­tanei­dad.

A difer­en­cia de otros par­ques más exten­sos y “sal­va­jes”, el Hof­garten tiene un dis­eño geométri­co, simétri­co y muy con­tro­la­do, heredero del gus­to rena­cen­tista ital­iano. Caminos per­fec­ta­mente traza­dos, setos recor­ta­dos y una estruc­tura clara que invi­ta a recor­rerlo sin prisas. Es un jardín que trans­mite cal­ma, inclu­so cuan­do el resto de la ciu­dad está lleno de gente.

En el cen­tro del par­que se encuen­tra el Dianatem­pel, un pequeño pabel­lón cir­cu­lar ded­i­ca­do a Diana, la diosa romana de la caza. Su cúpu­la verde de cobre desta­ca de inmedi­a­to y actúa como pun­to focal de todo el jardín. El edi­fi­cio no es solo dec­o­ra­ti­vo: gra­cias a su acús­ti­ca, es habit­u­al encon­trar músi­cos tocan­do en su inte­ri­or, des­de piezas clási­cas has­ta jazz, cre­an­do una atmós­fera ines­per­ada­mente ínti­ma en pleno corazón urbano.

El Hof­garten tam­bién refle­ja bien las capas históri­c­as de Múnich. Durante el Ter­cer Reich, este espa­cio fue uti­liza­do para actos pro­pa­gandís­ti­cos y con­cen­tra­ciones, una eta­pa oscu­ra que con­trasta con la tran­quil­i­dad que se res­pi­ra hoy. Tras la Segun­da Guer­ra Mundi­al, el jardín fue restau­ra­do recu­peran­do su fun­ción orig­i­nal como lugar de paseo y des­can­so, sin grandes alardes ni drama­tismos.

Odeonsplatz munich

A la derecha de la ima­gen se alza la The­atin­erkirche (Igle­sia de los Teati­nos), fácil­mente recono­ci­ble por su facha­da amar­il­la y sus cúpu­las ver­dosas. Con­stru­i­da en el siglo XVII, es uno de los grandes ejem­p­los del bar­ro­co ital­iano en Ale­ma­nia. Su aspec­to lumi­noso y ele­gante con­trasta con la sobriedad de otras igle­sias munique­sas y mar­ca visual­mente toda la plaza.

La The­atin­erkirche fue lev­an­ta­da como igle­sia corte­sana de los Wit­tels­bach, la dinastía gob­er­nante de Baviera, y sim­boliza el momen­to en que Múnich quiso mirarse en el espe­jo de Roma y del sur de Europa. Es un edi­fi­cio pen­sa­do para impre­sion­ar des­de lejos y para dejar claro el poder reli­gioso y dinás­ti­co.

A la izquier­da se encuen­tra la Feld­her­rn­halle, un mon­u­men­to inspi­ra­do en la Log­gia dei Lanzi de Flo­ren­cia. Aunque arqui­tec­tóni­ca­mente pue­da pare­cer un sim­ple pór­ti­co mon­u­men­tal, su car­ga históri­ca es mucho más pesa­da.

La Feld­her­rn­halle fue esce­nario del fal­li­do golpe de Esta­do de Hitler en 1923, el lla­ma­do Putsch de la cerve­cería. Tras la lle­ga­da del nazis­mo al poder, el lugar fue con­ver­tido en espa­cio de cul­to políti­co, y se oblig­a­ba a los transeúntes a hac­er el salu­do nazi al pasar por delante, como os he comen­ta­do ahí arri­ba.

Hoy, Odeon­splatz es un espa­cio abier­to, muy tran­si­ta­do y aparente­mente neu­tral. Gente pase­an­do, tur­is­tas hacien­do fotos, músi­cos calle­jeros y even­tos oca­sion­ales con­viv­en en un lugar que fue esce­nario de pro­pa­gan­da, vio­len­cia políti­ca y con­trol social. Esa nor­mal­i­dad actu­al es, en sí mis­ma, una de las cosas más lla­ma­ti­vas del lugar. 

El Löwen­turm (lit­eral­mente, Torre del León) es una torre medieval defen­si­va situ­a­da muy cer­ca del Vik­tu­alien­markt, y es uno de esos restos históri­cos que pasan total­mente desapercibidos para la may­oría de vis­i­tantes de Múnich.

Se tra­ta de una antigua torre de la mural­la de la ciu­dad, con­stru­i­da en la Edad Media cuan­do Múnich esta­ba pro­te­gi­da por un sis­tema de for­ti­fi­ca­ciones. Su nom­bre proviene del león, sím­bo­lo tradi­cional de Baviera y de la casa de los Wit­tels­bach, que durante sig­los gob­ernó la región. El león no solo rep­re­senta­ba poder y pro­tec­ción, sino tam­bién vig­i­lan­cia: estas tor­res servían para con­tro­lar acce­sos y movimien­tos alrede­dor de la ciu­dad.

Lowenturm

Una curiosi­dad intere­sante es que el Löwen­turm no parece una torre defen­si­va al uso porque hoy está com­ple­ta­mente integra­da en el entra­ma­do urbano. No desta­ca en altura ni tiene un aspec­to mon­u­men­tal y pre­cisa­mente por eso muchos pasan por delante sin saber lo que es. En ori­gen forma­ba parte de un cin­turón defen­si­vo mucho más amplio que fue demoli­do con el crec­imien­to de la ciu­dad, quedan­do esta torre como uno de los pocos tes­ti­gos vis­i­bles.

Actual­mente no se puede vis­i­tar por den­tro y su fun­ción es pura­mente históri­ca y sim­bóli­ca. Es un buen ejem­p­lo de cómo Múnich ha ido absorbi­en­do su pasa­do sin con­ver­tir­lo siem­pre en atrac­ción turís­ti­ca: el Löwen­turm sigue ahí, dis­cre­to, recor­dan­do que bajo la ciu­dad ele­gante y orde­na­da de hoy hubo una ciu­dad medieval que nece­sita­ba defend­er­se.

La Igle­sia de San Pedro (Alter Peter), el tem­p­lo más antiguo de Múnich y uno de los lugares con más his­to­ria —y más curiosi­dades— de la ciu­dad. Alter Peter es ante­ri­or inclu­so a la fun­dación ofi­cial de Múnich en 1158. Ya existía una igle­sia aquí en el siglo XI, lo que la con­vierte en el ver­dadero ori­gen espir­i­tu­al de la ciu­dad. Durante sig­los fue el prin­ci­pal pun­to de ref­er­en­cia urbano, mucho antes de que existier­an el Neues Rathaus o la Marien­platz tal y como la cono­ce­mos hoy.

Iglesia de San Pedro Munich

La torre es famosa por su mirador. La curiosi­dad es que durante sig­los fue el pun­to más alto des­de el que se vig­i­la­ban incen­dios: un guardián vivía en lo alto de la torre y avis­a­ba a la ciu­dad tocan­do una cam­pana si veía humo. Hoy, en días despe­ja­dos, des­de arri­ba se pueden ver inclu­so los Alpes, algo que muchos vis­i­tantes no esper­an en pleno cen­tro urbano.

Otro detalle intere­sante son los relo­jes: Alter Peter tiene var­ios y no todos mar­caron siem­pre la mis­ma hora. Durante mucho tiem­po, cada torre impor­tante de Múnich tenía su pro­pio “tiem­po”, lo que gen­er­a­ba un pequeño caos cotid­i­ano has­ta que se unificó el horario ofi­cial.

El inte­ri­or de la igle­sia tam­bién guar­da rarezas. A pesar de su ori­gen medieval, fue recon­stru­i­da en esti­lo bar­ro­co tras var­ios incen­dios y bom­bardeos en la Segun­da Guer­ra Mundi­al. El con­traste entre la sobriedad exte­ri­or y el inte­ri­or recar­ga­do sor­prende bas­tante y refle­ja muy bien la his­to­ria acci­den­ta­da del edi­fi­cio.

Res­i­den­cia de Múnich (Münch­n­er Res­i­denz), el pala­cio urbano más grande de Ale­ma­nia y, paradóji­ca­mente, uno de los lugares que más desapercibidos pasan para muchos vis­i­tantes que recor­ren el cen­tro a toda prisa.

Residencia de Múnich (Münchner Residenz)

Este inmen­so com­ple­jo fue durante sig­los la res­i­den­cia ofi­cial de los men­ciona­dos Wit­tels­bach, la dinastía que gob­ernó Baviera des­de la Edad Media has­ta el siglo XX. No es un pala­cio úni­co y com­pacto, sino un con­jun­to de edi­fi­cios, patios y alas aña­di­das a lo largo de más de 400 años, lo que expli­ca su tamaño casi intim­i­dante y su apari­en­cia algo austera des­de el exte­ri­or.

Una curiosi­dad impor­tante es que la facha­da no pre­tende impre­sion­ar. A difer­en­cia de Ver­salles o Schön­brunn, la Res­i­denz es delib­er­ada­mente sobria por fuera. El poder aquí se mostra­ba hacia den­tro: salones, galerías, cámaras del tesoro y aparta­men­tos pri­va­dos pen­sa­dos para deslum­brar solo a quien cruz­a­ba la puer­ta. Esa dis­cre­ción es muy bávara… y muy munique­sa.

Durante la Segun­da Guer­ra Mundi­al, gran parte del com­ple­jo quedó grave­mente daña­do por los bom­bardeos. La recon­struc­ción fue lenta y muy respetu­osa pero no buscó recrear un “dec­o­ra­do per­fec­to”. Por eso hoy con­viv­en salas recon­stru­idas con otras que mantienen cica­tri­ces vis­i­bles del pasa­do, algo que le da una aut­en­ti­ci­dad poco habit­u­al en pala­cios europeos.

Otro dato poco cono­ci­do es que no todo es museo. Algu­nas partes de la Res­i­denz siguen tenien­do fun­ciones insti­tu­cionales y cul­tur­ales, y muchos munique­ses atraviesan sus patios a diario como ata­jo urbano, casi sin pen­sar que están cruzan­do un antiguo pala­cio real.

🍻

La cerveza en Múnich no es solo una bebi­da, sino una insti­tu­ción cul­tur­al pro­fun­da­mente reg­u­la­da y respeta­da. Aquí se elab­o­ran algu­nas de las cervezas más famosas del mun­do, muchas de ellas ampara­das por la Rein­heits­ge­bot o Ley de Pureza de 1516, que establece que la cerveza solo puede lle­var agua, mal­ta, lúpu­lo y levadu­ra. Este prin­ci­pio sigue mar­can­do la pro­duc­ción actu­al y expli­ca el sabor limpio y equi­li­bra­do de las cervezas bávaras.

Cerveza Munich

En Múnich pre­dom­i­nan esti­los como la Helles (rubia suave y lig­era­mente mal­tosa), la Dunkel (oscu­ra y más tosta­da) y la Weiß­bier o cerveza de tri­go, espe­cial­mente pop­u­lar y tradi­cional­mente servi­da en vasos altos. Las grandes cerve­ceras históri­c­as de la ciu­dad —muchas con sig­los de antigüedad— no solo pro­ducen cerveza, sino que for­man parte del día a día: abaste­cen cerve­cerías, jar­dines de cerveza (Biergärten) y fes­ti­vales, con­vir­tien­do el acto de beber cerveza en un rit­u­al social que com­bi­na tradi­ción, con­viven­cia y una sor­pren­dente sen­sación de nor­mal­i­dad.

La Hof­bräuhaus no es solo una cerve­cería famosa: es casi una insti­tu­ción nacional. Fun­da­da en 1589 por el duque Guiller­mo V de Baviera, nació orig­i­nal­mente para abaste­cer de cerveza a la corte, porque la que lle­ga­ba de otras regiones no cumplía con los están­dares bávaros. Lo que empezó como un capri­cho aris­tocráti­co ter­minó con­vir­tién­dose en uno de los lugares más recono­ci­bles de Ale­ma­nia.

El inte­ri­or, con sus mesas largas com­par­tidas, ban­cos de madera y techos dec­o­ra­dos, no está pen­sa­do para la intim­i­dad, sino para la vida social sin fil­tros: Aquí no existe el con­cep­to de “mesa pri­va­da”. Si hay sitio, te sien­tas. Da igual si eres tur­ista, local o vienes solo. Es uno de los pocos lugares donde romper el espa­cio per­son­al está social­mente acep­ta­do y apren­des rápi­do que la cerveza se bebe por litros, no por medias pin­tas. Pedir “una cerveza pequeña” es una for­ma ráp­i­da de delatarte como vis­i­tante. El Maß (litro) no es un capri­cho: es una medi­da históri­ca lig­a­da a impuestos, pro­duc­ción y tradi­ción. Aquí la cerveza no se adap­ta, tú te adap­tas a ella.

Entre las muchas curiosi­dades, pocas per­sonas saben que la Hof­bräuhaus fue tam­bién esce­nario de reuniones políti­cas clave, inclu­idas algu­nas del incip­i­ente par­tido nazi en los años veinte, una capa incó­mo­da de su his­to­ria que con­trasta con el ambi­ente fes­ti­vo actu­al.

La fama de la Hof­bräuhaus como lugar de exce­sos no es nue­va. Ya en el siglo XIX las autori­dades inten­taron reg­u­lar el con­sumo porque las dis­cu­siones, peleas y bor­racheras eran fre­cuentes. Spoil­er: no fun­cionó. La ban­da tradi­cional que suele tocar no está ahí para ambi­en­tar tur­is­tas: históri­ca­mente, la músi­ca ayud­a­ba a mar­car el rit­mo de con­sumo y man­ten­er un ambi­ente “con­tro­la­do”. Más músi­ca = menos dis­cu­siones políti­cas o peleas. Una for­ma muy bávara de gestión del orden.

Hoy es un lugar pro­fun­da­mente turís­ti­co, sí, pero tam­bién sigue sien­do fre­cuen­ta­do por locales, músi­cos tradi­cionales y par­ro­quianos fieles que tienen su jar­ra guarda­da en taquil­las per­son­ales. Puede resul­tar rui­dosa, caóti­ca y has­ta exce­si­va, pero pre­cisa­mente ahí está su encan­to: la Hof­bräuhaus es Múnich en ver­sión ampli­fi­ca­da, donde tradi­ción, nego­cio, folk­lore y memo­ria históri­ca con­viv­en a golpe de cerveza y músi­ca.

La gas­tronomía de Múnich suele aso­cia­rse de for­ma casi automáti­ca a salchichas, cerveza y platos con­tun­dentes, y no es una idea equiv­o­ca­da, aunque sí incom­ple­ta. La coci­na bávara tradi­cional es, en esen­cia, robus­ta, calóri­ca y pen­sa­da para resi­s­tir el frío, fru­to de una sociedad agrí­co­la y tra­ba­jado­ra donde la comi­da debía ser nutri­ti­va y saciante. Platos como el Schwein­shaxe (codil­lo de cer­do asa­do), las salchichas blan­cas (Weißwurst) acom­pañadas de mostaza dulce o los omnipresentes Knödel de pan o pata­ta for­man parte de una tradi­ción que se mantiene viva en taber­nas históri­c­as y cerve­cerías. No es una coci­na sutil ni lig­era y tam­poco pre­tende ser­lo.

gastronomia munich

Sin embar­go, reducir Múnich a esta ima­gen sería injus­to. Exis­ten excep­ciones claras, tan­to den­tro como fuera de la coci­na tradi­cional. Para empezar, no todos los platos bávaros son pesa­dos: hay sopas, ensal­adas tem­pladas, pesca­dos de río y rec­etas más sen­cil­las que rara vez apare­cen en los menús turís­ti­cos. Además, en una ciu­dad próspera y cos­mopoli­ta como Múnich, la ofer­ta gas­tronómi­ca se ha diver­si­fi­ca­do enorme­mente. Restau­rantes inter­na­cionales, prop­ues­tas veg­e­tar­i­anas y rein­ter­preta­ciones mod­er­nas de la coci­na bávara con­viv­en sin prob­le­ma con las rec­etas de siem­pre. De hecho, muchos locales apues­tan por ver­siones más lig­eras, cuidadas o inclu­so cre­ati­vas de los platos clási­cos, demostran­do que la tradi­ción tam­bién puede evolu­cionar.

Otro ele­men­to fun­da­men­tal es la cerveza, que aquí no se con­cibe solo como bebi­da, sino como parte inte­gral de la cul­tura gas­tronómi­ca. En los bier­garten, com­er y beber es una expe­ri­en­cia social: se com­parten mesas, se per­mite lle­var comi­da propia en algunos casos y el ambi­ente es tan impor­tante como lo que hay en el pla­to. Aun así, tam­bién aquí hay mat­ices: no todos los munique­ses pasan la vida en cerve­cerías ni todos con­sumen litros de cerveza a diario, pese al tópi­co. La ciu­dad ofrece alter­na­ti­vas para todos los gus­tos, des­de cafés tran­qui­los has­ta restau­rantes de coci­na inter­na­cional de alto niv­el.

Pretzels Munich

En Múnich, los pret­zels —o Brezn, como se les lla­ma en bávaro— son casi tan iden­ti­tar­ios como la cerveza. No se entien­den como un sim­ple aper­i­ti­vo, sino como parte del paisaje cotid­i­ano: se comen en desayunos, almuer­zos rápi­dos, cerve­cerías y, sobre todo, en los Biergärten. El pret­zel muniqués se dis­tingue por su corteza cru­jiente y sal­a­da y un inte­ri­or sor­pren­den­te­mente blan­do y espon­joso, resul­ta­do del baño en lejía ali­men­ta­ria antes de horn­earse, un pro­ce­so tradi­cional que le da su col­or oscuro y su sabor car­ac­terís­ti­co.

Una curiosi­dad poco cono­ci­da es que no todos los pret­zels son iguales den­tro de Baviera: en Múnich sue­len ser más grandes y menos sec­os que los del norte de Ale­ma­nia, pen­sa­dos para acom­pañar jar­ras de un litro de cerveza. Tam­bién es habit­u­al ver­los cor­ta­dos y unta­dos con man­te­qui­l­la fría, una com­bi­nación sen­cil­la pero casi sagra­da para los locales. 

Cómo moverse por Múnich

Si hay algo que Múnich hace espe­cial­mente bien, es el trans­porte públi­co. Fun­ciona, es pun­tu­al, está limpio y conec­ta abso­lu­ta­mente todo: aerop­uer­to, cen­tro históri­co, bar­rios per­iféri­cos y zonas res­i­den­ciales. Vamos, que aquí no nece­si­tas coche para nada (y casi mejor, porque aparcar es caro y un dolor). El trans­porte públi­co es uno de los grandes ali­a­dos del via­jero: metro, tran­vía, auto­bus­es y trenes fun­cio­nan como un reloj suizo (aunque este­mos en Ale­ma­nia) y per­miten lle­gar prác­ti­ca­mente a cualquier pun­to sin com­pli­ca­ciones. Enten­der los abonos diar­ios y sem­anales antes de lle­gar puede supon­er un ahor­ro impor­tante, sobre todo si planeas moverte bas­tante o hac­er excur­siones a lugares como Dachau, los Alpes bávaros o castil­los cer­canos.

Todo el trans­porte públi­co de la ciu­dad está inte­gra­do en el sis­tema MVV, que englo­ba metro (U‑Bahn), trenes de cer­canías (S‑Bahn), tran­vías y auto­bus­es. El metro es rápi­do y per­fec­to para moverte por el cen­tro; el S‑Bahn es ide­al para ir del aerop­uer­to al cen­tro y para trayec­tos lar­gos; el tran­vía resul­ta muy útil para dis­tan­cias medias y zonas no cubier­tas por el metro; y los auto­bus­es actúan como com­ple­men­to.

metro munich

La bue­na noti­cia es que un solo bil­lete sirve para todo, inde­pen­di­en­te­mente del medio que uses. Las zonas es lo úni­co que tienes que enten­der. Múnich se divide en zonas tar­i­farias. Para la may­oría de via­jeros, esto es lo úni­co que impor­ta: La zona M cubre el cen­tro y casi todo lo que vas a vis­i­tar. La zona M + 5 incluye el aerop­uer­to.

Si te mueves solo por la ciu­dad, con la zona M es sufi­ciente. Si vas o vienes del aerop­uer­to, nece­si­tarás un bil­lete espe­cial de aerop­uer­to o uno que incluya la zona M + 5. No hace fal­ta mem­o­rizar mapas com­pli­ca­dos: las máquinas expende­do­ras son bas­tante claras y casi siem­pre están tam­bién en inglés.

El bil­lete sen­cil­lo sirve para un trayec­to pun­tu­al pero resul­ta caro si lo usas varias veces en un mis­mo día. El bil­lete diario es la mejor opción si vas a moverte bas­tante. Es váli­do has­ta las seis de la mañana del día sigu­iente y existe tan­to en ver­sión indi­vid­ual como de grupo.

El bil­lete de grupo sale muy a cuen­ta si sois dos o más per­sonas. En este aspec­to, Ale­ma­nia no se anda con medias tin­tas y el ahor­ro es evi­dente.

El aerop­uer­to está muy bien conec­ta­do con la ciu­dad medi­ante las líneas S1 y S8 del S‑Bahn. El trayec­to dura unos 40 o 45 min­u­tos, la fre­cuen­cia es alta y los trenes lle­gan a esta­ciones clave como Marien­platz o la estación cen­tral.

La app ofi­cial del MVV es muy útil para con­sul­tar rutas, horar­ios y com­prar bil­letes. 

Un detalle impor­tante: en Ale­ma­nia no hay tornos para entrar al trans­porte públi­co. Eso no sig­nifi­ca que sea gratis. Los revi­sores apare­cen sin avis­ar y las mul­tas no son pre­cisa­mente sim­bóli­cas.

¿Se puede recor­rer Múnich cam­i­nan­do? Sí, y mucho. El cen­tro históri­co es muy cam­inable, plano y agrad­able. Muchas zonas se dis­fru­tan más a pie que usan­do el metro. La mejor com­bi­nación es cam­i­nar el cen­tro y uti­lizar el trans­porte públi­co para dis­tan­cias más largas o en días de frío o llu­via.

¿Dónde alo­jarse?

El alo­jamien­to es uno de los pun­tos críti­cos. Dormir en el cen­tro históri­co es cómo­do pero caro. Una bue­na alter­na­ti­va es bus­car hotel o aparta­men­to cer­ca de esta­ciones de metro bien conec­tadas, aunque estén algo ale­jadas del cen­tro. Bar­rios como Schwabing, Haid­hausen o zonas cer­canas al Olympia­park fun­cio­nan muy bien. El trans­porte públi­co es tan efi­ciente que no merece la pena pagar un sobre­pre­cio solo por estar a cin­co min­u­tos andan­do de Marien­platz.

Nosotros escogi­mos el Rilano Hotel Munich (a par­tir de 80 euros la habitación doble). Se encuen­tra en la zona de Schwabing, que nació como bar­rio bohemio e int­elec­tu­al a finales del siglo XIX. Aquí vivieron o pasaron largas tem­po­radas escritores, pin­tores y pen­sadores que mar­caron la vida cul­tur­al ale­m­ana, con­vir­tien­do la zona en un foco de ideas mod­er­nas, debates políti­cos y vida noc­tur­na. Durante décadas fue sinón­i­mo de van­guardia, incon­formis­mo y cafés llenos de humo y dis­cu­siones eter­nas.

munich hotel

Una de las grandes ven­ta­jas de Schwabing es su prox­im­i­dad al Englis­ch­er Garten, uno de los par­ques urbanos más grandes de Europa. Para muchos munique­ses, Schwabing es el pun­to de par­ti­da nat­ur­al para pasear, hac­er deporte o sim­ple­mente tum­barse al sol con una cerveza en la mano. El par­que for­ma parte del bar­rio casi tan­to como sus calles. 

A niv­el prác­ti­co, es un bar­rio muy bien comu­ni­ca­do. Varias líneas de metro lo conectan ráp­i­da­mente con el cen­tro, lo que lo con­vierte en una opción muy recomend­able para alo­jarse. Además, tiene super­me­r­ca­dos, panaderías, mer­ca­dos pequeños y todo lo nece­sario para una estancia cómo­da.


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