PORTUGAL – Aveiro, Costa Nova, Coimbra, Óbidos, Nazaré

Lo he comentado miles de veces: parece mentira que teniendo como vecino un país con tantas cosas que ofrecer como Portugal y con un patrimonio histórico que puede enorgullecerse de ser de los más completos del mundo, aún haya tantísimos españoles que jamás han puesto un pie en tierras lusitanas. Suele decirse que acaso los países que nos cogen más cercanos son precisamente los que menos conocemos y Portugal, como Marruecos, es el ejemplo más claro. Mi caso, sin embargo, es todo lo contrario: desde bien jovencita he intentado siempre aprovechar la oportunidad de nuestra privilegiada situación geográfica para recorrer uno y otro cada vez que he contado con unos días libres. Aunque a priori Portugal y Marruecos parezcan encontrarse el uno del otro a años luz a nivel cultural, les unen unas cuantas ventajas de las que, insisto, deberíamos sacar mucho más partido: la ya citada cercanía a España, sus precios bastante más bajos que los nuestros, una población local francamente hospitalaria, un montón de ciudades interesantísimas, una gastronomía sana, sabrosa y variada, buen clima, kilómetros de costas con suculentas playas y multitud de rincones apenas tocados por el turismo internacional. Si semejantes reclamos siguen sin parecerte suficientes para adentrarte en nuestras tierras vecinas… ¡ya no sabemos qué más ofrecerte!

Los tres puntos fuertes del turismo portugués se centran en el Algarve (el más elitista, donde se concentran ingleses y escandinavos en busca del sol del sur de Europa), su decadente y al mismo tiempo inigualable capital, Lisboa, y la que en mi opinión es la ciudad más bonita de todo el territorio portugués, Oporto. Sin embargo, en el momento en que extiendes la ruta, aún más si esta lo hace hacia el interior del país, comenzamos a darnos con el Portugal más profundo, ese que tantos caricaturistas han parodiado, representado en una anciana totalmente vestida de negro sentada a las puertas de una casa de pueblo con las paredes desconchadas. Ese Portugal existe, por supuesto, al igual que en España, donde miles de aldeas languidecen sin apenas habitantes bajo un sol de justicia. Pero entre esos pueblos perdidos a lo largo y ancho de Portugal y ciudades como Oporto y Lisboa se encuentra un atrayente limbo de ciudades medianas, no tan promocionadas a nivel turístico, que ofrecen un montón de atractivos; cuentas además con la ventaja, especialmente cuando comienzan a acercarse los meses de verano, de poder escapar de las multitudes de turistas que, cada vez más, llegan a otras partes del país. La amenaza terrorista en otros países mediterráneos como Túnez, Egipto o Turquía, los elevados precios de Italia, Francia y España en temporada alta o el calor infernal que castiga a Marruecos durante los meses estivales han propiciado que cada vez más viajeros del norte de Europa elijan Portugal como destino de vacaciones. Por ello, buscar alternativas y un plan B a veces es la mejor opción en este país. Como tienes la suerte de tener tanto para escoger, la combinación de rutas por Portugal puede ser infinita, pocos lugares en el mundo ofrecen tanta variedad en tan escaso terreno.

Nosotros en esta ocasión, aprovechando el puente de primeros de Mayo, optamos por la que es conocida como región de Beira, centrándonos más específicamente en la Beira Alta y la Beira Litoral, una región que se sitúa, bordeando el océano Atlántico, entre Oporto y Lisboa. Comenzaríamos nuestra ruta al norte de Portugal, en Aveiro, para ir bajando y culminar el recorrido en Nazaré, a no mucha distancia de Lisboa. Si elegís este itinerario, como lo haréis en coche, tened en cuenta que al cruzar el puesto fronterizo, debéis introducir vuestra tarjeta de crédito o débito en las máquinas situadas en dicho puesto para que el sistema de peajes fotografíe vuestra matrícula y se os vaya descontando la correspondiente tasa en función a los kilómetros que recorrais. Hay muchos tramos que evidentemente se pueden hacer por carreteras regionales pero al final te gastas lo mismo en la gasolina extra y encima pierdes tiempo. Es mucho más cómodo y recomendable tirar de autopistas (las portuguesas son de las mejores de Europa), nosotros al final pagamos en total unos 18 euros de peaje en todo el viaje, no obstante, según vayas conduciendo, verás que hay un montón de carteles informativos que te van recordando lo que te cobran en cada tramo (generalmente para turismos las tarifas por tramo suelen ser de euro y medio). Y otra cosa muy importante, sé que lo recuerdo siempre que escribo entradas de blog sobre Portugal pero es que supone un ahorro importante de dinero: llenad el tanque del coche antes de entrar en el país porque aquí la gasolina y el diésel suele estar un 20% más caro que en España, esta última vez el litro rozaba el precio de 1,30 euros.

Nuestro primer destino en el viaje sería Aveiro. Yo había estado allí hace años en uno de los festivales más importantes que se hace en territorio portugués, el Vagos Open Air, pero lo cierto es que como los conciertos terminaban tan tarde por la noche, al final apenas tuvimos ocasión de hacer turismo y era una visita que tenía pendiente. Hablando de esto, unas chicas de una tienda allí me confirmaron que la ubicación del festival se ha acabado trasladando a Lisboa, ocasionando una gran pérdida de ingresos a nivel turístico para la ciudad, una lástima.

Calles de Aveiro
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Como casi siempre hacemos, las reservas de los alojamientos las realizamos a través de Booking. En Aveiro estuvimos en el hotel Cale do Oiro, situado en pleno centro (suele ser zona de pago a nivel aparcamiento pero no los fines de semana, por lo que dejamos el coche en la misma puerta del hotel completamente gratis). Como la recepción cierra a las 20,00 y nosotros llegábamos algo después, nos llamaron por teléfono para confirmarnos que nos enviarían al móvil un mensaje con instrucciones: cada habitación tiene un nombre, por lo que nos detallarían cuál era la nuestra, dejándonos la llave dentro y facilitándonos un código de acceso para entrar por la puerta lateral, no encontramos mayor problema para entrar cuando llegamos. El hotel es muy agradable, muy modernito, y con dos bazas importantes a su favor: se encuentra en pleno meollo y es económico, 40 euros la noche. Los precios más bajos de Portugal comparados con España, no sólo en hoteles sino también en restaurantes y cafeterías, son otro de los grandes reclamos para viajar a nuestro país vecino. Como ejemplo, la mañana siguiente desayunamos en una cafetería cercana un café, un té y dos tostadas con jamón por apenas cuatro euros.

Aveiro es una ciudad pequeñita, de poco menos de 60.000 habitantes, situada a poco menos de cien kilómetros del sur de Oporto, de lo más agradable, muy tranquila (tiene además fama de ser la ciudad portuguesa con mejor calidad de vida), que invita a paseos matutinos por la ribera de los canales que serpentean por el centro. Aunque en mi opinión denominarla “la Venecia portuguesa”, que es como se la conoce, sea algo exagerado, es verdad que su mayor atractivo son precisamente dichos canales, que otorgan a la ciudad mucho encanto y de los que además viven muchos aveirenses. Estos canales son surcados por los moliceiros, esas embarcaciones decoradas con dibujos coloridos, parecidas a las góndolas venecianas y que antiguamente servían como vehículo de mercancía y transporte del molico, un alga de la ría de Aveiro utilizada como alimento para animales. Pero en la actualidad su función es básicamente turística, ofreciendo a los visitantes la oportunidad de un paseo por los canales en estas barcazas de más de 15 metros. A finales de Julio, cada año también se organiza con ellos la Regata de Moliceiros, cuando compiten entre ellas pero moviéndose con velas y la fuerza del viento en vez de motores. Si quieres utilizarlas (el viaje por los canales dura menos de una hora), suelen partir del Canal do Peixe en pleno centro. No te preocupes que las encontrarás enseguida y si no, ya se ocuparán de recordártelo la multitud de guías vestidos de verde que están por las orillas en busca de potenciales clientes. Cuando nosotros estuvimos por los canales, quizás aún más siendo sábado y con el solecito que nos estaba luciendo, había un montón de gente esperando para montarse en las barcas. Y nos llamó mucho la atención darnos en las inmediaciones con una escultura dedicada a los fogueteiros, que eran las personas especializadas en el manejo de la pirotecnia… pero también los que lanzaban cohetes para avisar a los traficantes de drogas de la presencia de policía en las inmediaciones.

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Aveiro es una ciudad absolutamente marítima, rodeada de playas larguísimas y salinas, y su espíritu marinero, que ha permitido la supervivencia de las viejas casas de los pescadores, le da a la ciudad un aroma muy especial. Quizás el barrio más característico es el de Beira Mar, con sus casa de colores y su irremediable olor a sal y a pescado en cada esquina. Este barrio contrasta profundamente con otros muchos edificios art noveau, de lo más elegantes, que a nivel modernismo han hecho de Aveiro una de las ciudades más sugerentes del sur de Europa, recordándonos a pinceladas algunas viejas callejuelas de Francia. Este naranja de aquí abajo, por poner un ejemplo, es la Casa de la Cooperativa Agrícola de Aveiro, junto a ese otro tan bonito blanquecino que es el Museo de la República.. El divismo de estas casas señoriales y la limpieza de las calles de Aveiro están en clara contraposición con otras ciudades portuguesas, dejadas al abandono más injusto.

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En Portugal, el azulejo no es un mero elemento decorativo: es casi un modo de vida. Raro es el rincón luso, incluso los pueblos más pequeños, donde no te das de bruces con un montón de fachadas “azulejeadas”. Estaciones de tren, edificios oficiales, calles escondidas y antiguas casonas particulares ven sus muros bordados de azulejos brillantes y blanquizaulados. Eran los libros de antaño, cuando el arte se veía así representado, a través de la arquitectura, y las pinturas en azulejo se encargaban de contarnos historias religiosas como las vidas de los santos y otras bastante más profanas. Y no es una práctica emparedada en el pasado, muchos constructores, cuando levantan nuevos edificios, continúan dando una importancia máxima a la azulejería, aunque en una línea más vanguardista. A los portugueses les encanta verse rodeados de azulejos a todas horas. En muchos edificios modernistas de Aveiro el ceramista más reputado de la ciudad, Bordalo Pinheiro (a quien incluso hay un meso dedicado en Lisboa), dotó a dichas casonas con miles de baldosas con motivos naturales. Pero dichos azulejos también pueden encontrarse a pie de calle, en las casas de cualquier vecino normal y corriente.

La Iglesia de Nuestra Señora de la Presentación, con sus llamativos murales de azulejos en la fachada

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Decía Fernando Pessoa, el mejor escritor que haya salido jamás de tierras portuguesas, que “el fado no es alegre ni triste: el fado es la fatiga del alma fuerte, el mirar de desprecio de Portugal al Dios en que creyó y también le abandonó”. Buena descripción para el canto que mejor describe la eterna melancolía portuguesa, presente en el país desde hace casi ocho siglos: nadie llega a conocer del todo la auténtica esencia lusitana si no presencia alguna vez un espectáculo de fados, esas odas a la nostalgia en las que el portugués se recrea llorándole a la mala suerte. Razones no les faltan. Portugal, que junto a España, Inglaterra, Francia y Holanda fue en el pasado uno de los grandes imperios europeos, con colonias repartidas por medio mundo, es sin embargo hoy una de las naciones más empobrecidas del viejo continente. El portugués parece arrastrar siempre detrás de sí, como un aciago compañero, un aura de tristeza que no le abandona hasta el día de su muerte.

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Portugal tiene fama de ser uno de los países del mundo que mayor variedad gastronómica ofrece en lo que a pescado se refiere: calidad a bajos precios y la posibilidad de probar un montón de pescado autóctono preparado de mil y una maneras. En Aveiro cada mañana se celebra la lonja en el Mercado do Peixe.

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Hablando de compras, en el centro tuvimos la suerte de encontrar una coqueta tiendecita donde vendían cerveza artesanal portuguesa, lo que nos vino de lujo para poder llevarnos unas cuantas botellas de una de las mejor reputadas y además típica de Aveiro, la Maldita (no confundir con otra española con el mismo nombre).

Uno de los grandes descubrimientos que hicimos en este viaje fue Costa Nova, una bellísima playa a unos diez kilómetros de Aveiro, con un paseo marítimo espectacular, como podéis comprobar en las fotografías. La cercanía del mar abierto hacía bajar varios grados la temperatura respecto a la ciudad, con potentes ráfagas de viento, pero eso no le restó ni una pizca de encanto a nuestro paseo por allí, si acaso se lo añadió. En Costa Nova destacan, tan bonitas que parecen extraídas de un óleo, sus pintorescas casas tradicionales, de rayas de colores. Son los palheiros, las antiguas casas de pescadores que pueden encontrarse a todo lo largo del litoral portugués. Actualmente son viviendas particulares: no conozco lugar más bonito para residir frente al mar.

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Queríamos ya comer en Coimbra, más que nada porque habíamos quedado sobre las cuatro con la casera del apartamento que habíamos alquilado allí (genial el apartamento, 40 euros la noche, puedes encontrarlo en Booking bajo el nombre de Lycias Apartment). Sabiendo por tanto que nos quedaba una hora de viaje aún, después del paseo por Costa Nova cogimos el coche y tiramos para la tercera ciudad más grande de Portugal, por una autopista que atraviesa pequeñas colinas llenas de vegetación: esta parte del recorrido es preciosa de hacer por carretera pues en invierno es una de las zonas más lluviosas de Portugal y todo el paisaje se cubre de verde el resto del año.

Vistas del río Mondego a su paso por Coimbra

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Aparcamos a diez minutos andando del centro y nos fuimos a dar un paseo por el casco histórico, la Baixa, un delicioso rincón de callecitas empedradas y terrazas donde portugueses y turistas aprovechaban para comer al sol (recordad que en Portugal son bastante más “europeos” que nosotros y entre las doce y la una ya están comiendo, lo comento para que no te confíes,no te vayas a encontrar con las cocinas de los restaurantes cerradas). Nosotros comimos en un fabuloso restaurante, A Brasileira, en la Rua Ferreira Borges, una de las calles principales de la Baixa (en la parte Alta de Coimbra vivía antaño la nobleza y aquí, en la Baixa, era donde se concentraban las clases populares). El A Brasileira fue un hallazgo magnífico: la planta que da a la calle es una pastelería grandísima (hacen unas natas espectaculares, el dulce más típico de Portugal y cuya versión más conocida son los Pastelitos de Belem) y en la planta superior se encuentra el restaurante, decorado en un blanco impoluto, donde ¡como no! comimos un buen bacalao, que hay que ver qué riquísimo lo preparan los portugueses, y una botella de vino de Oporto (que hay que ver también como pega!). Con una ensalada, los postrés y los cafés, no salimos a más de 15 euros por cabeza, da gusto comer por dichos precios.

El Jardín del Manga, que simboliza la fuente de la vida eterna y está considerada una de las fuentes renacentistas más bonitas de Europa. Tiene cinco siglos y pertenecía al extinto convento de Santa Cruz; su función principal en el pasado fue la de hospital religioso.

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Una de las imágenes más bonitas de Coimbra, la de la Iglesia de Sao Tiago, en la Praça do Comercio, que data nada más y nada menos que del siglo XII, convirtiéndola en uno de los templos más antiguos de la urbe. Dedicada al apóstol Santiago, es uno de los mejores ejemplos de románico portugués; lamentablemente, no pudimos ver su interior de madera ya que, inexplicablemente, cierra los fines de semana y festivos. El casco antiguo de Coimbra es ideal para perderse en sus callejones estrechos y empedrados, para subir y bajar por sus empinadísimas cuestas y disfrutar de sus tiendecitas minúsculas, muchas de ellas dedicadas a la piel y el cuero.

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Coimbra es, ante todo y sobre todo, una ciudad universitaria (la versión de nuestra Salamanca), siempre repleta de estudiantes: no obstante, los que estudian en su afamada Universidad, más de 27.000, constituyen una sexta parte de la población de la ciudad. La mayoría viven en las Repúblicas, las residencias para estudiantes que se amontonan alrededor de las facultades. Los estudiantes portugueses siempre han tenido fama de combativos y revolucionarios: aún hoy en día se pueden ver muchas pintadas reivindicativas en las fachadas de muchos edificios.

La Universidad es todo para Coimbra: su campus histórico es de tal belleza, uno de los más bonitos del mundo, que la UNESCO le concedió hace tres años el título de Patrimonio de la Humanidad. Una universidad que lleva en activo desde el siglo XIII, una de las más antiguas de Europa , donde estudió uno de los mejores escritores de la literatura portuguesa, Eça de Queirós, pero también el dictador Salazar, que durante 36 años tiranizó a los pobres portugueses, rivalizando en crueldad y despotismo con su vecino Francisco Franco.

Nosotros visitamos Coimbra sólo unos días antes de que los estudiantes, (los recién llegados se conocen como los caloiros), celebraran la famosa queima das fitas (quema de las cintas), cuando se queman simbólicamente las cintas que representan a cada facultad, representando la culminación de un nuevo curso. Actualmente, la Universidad cuenta con ocho facultades, ubicadas en unos edificios bellísimos, ocupando lo que era la antigua alcazaba, donde hace siglos vivían los nobles. Al encontrarse en la parte alta de Coimbra, en la cima de una colina, lo recomendable es que vengais en coche, nosotros no encontramos mayor problema para aparcar. La entrada no puede ser más triunfal: se realiza por la impresionante Puerta Ferrea, donde destacan las esculturas del rey Dinis, el precursor de la Universidad, y el rey Joao III junto a un enorme mosaico que representa la Sapiencia.

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Esta que veis aquí es la Torre del Reloj: su campana, conocida como “la cabra”, es la encargada de regir los horarios de los estudiantes. Desde la antigüedad, en la Universidad reina la ley no impuesta de que “después de que suena la campana, ningún estudiante ha de andar por las calles de Coimbra”. La Torre, así como sus edicios aledaños, se encuentra en el Paço de las Escolas, un palacio real que se cedió para el estudio universitario. La que se encuentra junto a la Torre es la Capilla de San Miguel, con su extraordinario portal manuelino con vistas a la Via Latina. Su interior es un homenaje absoluto al lujo y opulencia del que nunca se ha privado de hacer ostentación la Iglesia a lo largo de su historia.

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El campus universitario es grandísimo y está repleto de monumentos: la Biblioteca Joanina, el Jardín Botánico (perteneciente al Museo de Historia Natural), la Sala de los Capelos, con sus inconfundibles tonos carmesí, sede de los actos más importantes de la vida académica, la Sala de los Arqueros, donde se exponen las armas que utilizaba la antigua guardia que custodiaba la Universidad… Incluso pervive la cárcel académica, que posteriormente se utilizó como almacén de libros.

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En Coimbra existen dos catedrales, la Vieja y la Nueva. La Nueva se encuentra muy cerca de la Universidad. Lo de “nueva” es relativo: comenzó a construirse en el siglo XVI

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Antes de dejar Coimbra, un apunte: a nosotros no nos dió tiempo a visitarla, por lo que lo dejamos pendiente para un futuro, pero cerca de Coimbra se encuentra Conímbriga, la ciudad romana mejor conservada de todo el país, con termas públicas, antiguas viviendas, restos de murallas y, sobre todo, muchísimos mosaicos, lo comento por si te interesa incluírlo en la visita.

Nuestra siguiente parada, a hora y cuarto en coche de Coimbra, sería uno de los pueblos medievales más bonitos de todo Portugal: Óbidos. El pueblo es pequeño pero vive totalmente volcado en el turismo, ya que los fines de semana está atestado de visitantes: al ser domingo, era increíble la cantidad de autocares que se agolpaban en el parking próximo. Tampoco nos extraña porque el pueblo, de veras, es una auténtica maravilla, incluso extramuros, ya que lo primero que te recibe antes de llegar es el Acueducto de Usseira, de tres kilómetros de longitud. En sus alrededores, al ser domingo, se celebraba un grandísimo mercadillo donde decenas de portugueses vendían cualquier artículo de segunda mano que tuvieran por casa. Es increíble lo que les gusta a nuestros vecinos lusitanos un buen rastrillo.

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El pueblo es precioso tanto desde fuera como en su interior. Se encuentra totalmente fortificado, con una larguísima muralla que lo rodea, y en él destaca su castillo, Monumento Nacional y considerado una de las Siete Maravillas de Portugal. Actualmente funciona como hotel super exclusivo, con apenas media docena de suites, y donde puedes dormir si reservas con mucha antelación y no te importa pagar una buena cantidad de euros. Como curiosidad, veréis en la foto un cartel publicitando el Festival Internacional del Chocolate de Óbidos, que justo se había celebrado una semana antes.

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La entrada a la villa de Óbidos no puede resultar más impactante: se realiza a través de la Porta da Vila, revestida en su interior por un gigantesco mural de azulejos (y en esta ocasión con un músico callejero amenizando el ambiente).

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La Iglesia de Santa María es la más importante de Óbidos. Data del siglo XII y se encuentra a espaldas del Museo Municipal

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La otra gran iglesia de Óbidos es la de Sao Tiago, cerca de la entrada del castillo. Se construyó también en el siglo XII pero la derrumbó un terremoto cinco siglos después, por lo que debió ser reconstruida.

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Óbidos, pese a sus tres mil habitantes escasos, es uno de los pueblos más elegantes de Portugal, ya que durante años se le conoció como la Villa de las Reinas ya que los monarcas solían ofrecérselo como regalo de bodas a sus esposas. Y es un pueblo relevante no sólo a nivel artístico sino también histórico y político, ya que aquí se comenzó a preparar el alzamiento revolucionario del 25 de Abril, que acabó por fin, tras tantos años de injusticias, con la brutal dictadura de Salazar.

Las casas encaladas de Óbidos, con sus puertas y ventanas pintadas de diferentes colores, son una de sus imágenes más características. El pueblo en su práctica totalidad es peatonal, lo que hace muy agradables las caminatas por sus callecitas empinadas; además, los comercios que más abundan, tiendas de souvenirs y restaurantes, han respetado magníficamente las fachadas originales de las casas, por lo que la sensación de pueblo medieval se acentúa aún más si cabe. Ya que he mencionado los souvenirs, debo recordarte que lo más típico de Óbidos es la ginjinha, un licor de cerezas ácidas. Verás que lo venden en todos lados y que, por un euro, te ofrecen en muchos bares beberte un chupito en un vasito de chocolate.

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Tras darnos una buena caminata por Óbidos y ya que pegaba el calor de lo lindo, decidimos quedarnos allí a comer. Teníamos antojo de arroz de marisco y habíamos visto que lo preparaban en un restaurante justo a la entrada de las murallas y como el día invitaba a ello, podíamos comer al aire libre en su amplísima terraza. Se llama Porta da Vila y pese a ser Óbidos un lugar muy turístico y tener los precios más elevados que en otras poblaciones, comimos los dos, con arroz, ensalada de salmón, cervezas y cafés incluídos, por poco menos de 45 euros. El arroz estaba de escándalo.

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El último destino de nuestro viaje sería la bonita ciudad costera de Nazaré. Aquí habíamos reservado para dormir un bungalow en el camping Vale Paraíso, en una ubicación privilegiada en lo alto de un acantilado y con un montón de comodidades: restaurante, gimnasio, piscina, lavandería… no le faltaba de nada. Muy bien de precio (40 euros la noche) y con un bungalow totalmente equipado: era una delicia salir al porche y verte rodeada de árboles por todos sitios.

Muy cerca de nuestro camping se encontraba el Promontorio do Sitio, el altísimo acantilado que acoge el Mirador do Suberco, desde donde se obtienen unas magníficas vistas de Nazaré (como podeis observar en la fotografía de abajo, en la parte inferior se pueden apreciar las vías del funicular, que funciona en verano para transportar a los visitantes hasta lo alto del mirador, que se encuentra a más de cien metros en vertical). La villa, cuenta la leyenda, se fundó debido a que el alcalde de un pueblo cercano, yendo de cacería tras un venado, apareció al trote en este acantilado y al ver que el caballo no podía frenar, se encomendó a la vírgen, pensando que ya nada podría salvarle del desastre; sin embargo, milagrosamente su caballo paró en el mismo borde del precipicio y el buen hombre, que debía ser muy piadoso (como buen portugués que era), construyó una capilla en honor a la vírgen y alrededor de ella comenzaron a levantarse las viviendas de los feligreses que venían a visitarla. Ya sabeis que los portugueses son profundamente religiosos y te encuentras una iglesia en cada esquina.

Fabulosas vistas de Nazaré y su larguísima playa de arena blanca. La imagen es idílica porque aún no ha comenzado el verano: en Julio y Agosto, debido a su proximidad con Lisboa, la playa se encuentra plagada de casetas y bañistas. Afortunadamente, en estas fechas había menos gente y las vecinas locales recorrían el paseo marítimo ofreciendo cartel en mano el alquiler de apartamentos.

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Nazaré es un precioso pueblo de casitas blancas, cuya mayor animación se encuentra precisamente aquí, en la Playa de Banhos. Asi que cogimos el coche y allí nos fuimos a dar una vuelta. Con el buen tiempo que estaba haciendo, el paseo marítimo y las calles aledañas del barrio de pescadores estaban llenas de gente que aprovechaba para venir a cenar: en Nazaré se pueden encontrar decenas de restaurantes que ofrecen algunos de los mejores pescados de Portugal. Nosotros elegimos un coqueto restaurante a pie de playa llamado A Bússola, para despedirnos de este viaje con la cerveza nacional, la Sagres, una buena ración de sepia y el plato estrella de la gastronomía portuguesa, del que nunca nos cansamos… ¡el bacalao!

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