MÉXICO: Viaje entre selva y ruinas mayas

 

Esta entra­da del blog va a ser un poco atípi­ca por varias razones. La primera es porque le real­icé hace doce años ya (ufff cómo pasa el tiem­po) y algunos recuer­dos se me pier­den en la memo­ria. La segun­da es que con­trari­a­mente a lo que sue­lo hac­er des­de jovenci­ta, via­jar por mi cuen­ta buscán­dome la vida con trans­portes y alo­jamien­tos, éste fue un via­je que quisieron regalarme mis padres para ir a ver a mi her­mana, que ha esta­do var­ios años vivien­do en el país. Aún así, llegué con ellos a un “acuer­do” para que fuera semi-orga­ni­za­do, es decir, ten­er por las mañanas un chófer que nos lle­vara a los sitios que nos apeteciera, eligien­do nosotros los lugares que queríamos vis­i­tar, y ten­er todas las tardes libres para poder moverme a mi aire. La ter­cera es que tam­bién a difer­en­cia de mis via­jes habit­uales, en los que no ten­go prob­le­ma ninguno en dormir en hostales, mis padres quisieron que fuera a lo grande y todos los hote­les en los que estuve eran cin­co estrel­las. Ten­go que con­fe­sar que sien­do mochilera de corazón, se me hacía un poco raro este rit­mo de via­je. Aunque tam­bién es cier­to que lo que real­mente me da aler­gia de los via­jes orga­ni­za­dos es ten­er que aguan­tar a gente a la que no conoz­co de nada y que me digan “aho­ra paras aquí media hora y más ade­lante otra media”. Pero como en este caso ten­dríamos los trasla­dos para nosotros solos y podríamos mon­tarnos el via­je como quisiéramos,pues me pare­ció estu­pen­do. Sal­ió la bro­ma por aquel entonces pues 1800 euros por cabeza. Pero a cabal­lo regal­a­do no se le mira el diente y la ver­dad, cuán­ta gente hubiera queri­do estar en mi lugar.

 

Relato de un viaje por méxico

México DF

Si no recuer­do mal, el vue­lo direc­to des­de España fueron once horas. Por cier­to, los de Iberia en su línea de coheren­cia, ponién­donos pael­la para cenar. Los trámites adu­aneros tam­bién bas­tante engor­rosos, nos tuvieron allí cer­ca de una hora, y eso que fuimos a prin­ci­p­ios de Junio, que todavía no era tem­po­ra­da alta-alta, pero Méx­i­co es un país que no deja de recibir miles de vis­i­tantes ni un solo mes del año. Mario, nue­stro chofer (un hom­bre encan­ta­dor que nos sugir­ió un mon­tón de sitios y al que no nos quedó más reme­dio que dar una propina sucu­len­ta al final del via­je por lo bien que nos trató) nos esta­ba ya esperan­do en el aerop­uer­to Ben­i­to Juárez. De camino al hotel,ya me empezó a asom­brar lo suma­mente grandísi­ma que es esta macrourbe y el trá­fi­co infer­nal que ha de sufrir a diario.

El hotel donde nos quedábamos es el Hilton Mex­i­co City Refor­ma. Por cier­to, no os creais que los hote­les de cin­co estrel­las en Méx­i­co no son ase­quibles para el ciu­dadano medio, al con­trario. Hay muchísi­ma com­pe­ten­cia y aho­ra con la cri­sis, si no vas en pleno ver­a­no puedes encon­trar habita­ciones en este tipo de hote­les por unos 80 euros la doble, que es prac­ti­ca­mente lo que te cobran por un tres estrel­las en Madrid o Barcelona.

Nues­tra habitación era grandísi­ma, de más de 40 met­ros cuadra­dos. Estábamos en una plan­ta déci­ma y nada más dejar las male­tas y tum­barme en la cama, primera sor­pre­sa del día…¿qué le pasa a este colchón, que está tem­b­lan­do?! Mi her­mana con toda la tran­quil­i­dad del mun­do me respondió “ah,no te preocupes,son microter­re­mo­tos! aquí en Méx­i­co se dan var­ios a lo largo del día!” Me quedé a cuadros. Claro que sabía que esta es una zona sís­mi­ca que ha sufri­do ante­ri­or­mente ter­re­mo­tos ter­rorí­fi­cos (de hecho, al igual que en Los Ange­les, aquí la may­oría de las con­struc­ciones no son muy altas pre­cisa­mente por el ries­go de seís­mos). Pero otra cosa es sen­tir­lo en tus propias carnes y más cuan­do estás diez plan­tas por enci­ma del sue­lo.

Antes de empezar con el via­je, unas cuan­tas recomen­da­ciones. La primera de ellas, inten­tar beber siem­pre agua min­er­al y evi­tar los chirin­gui­tos calle­jeros. Igual que en otros sitios del mun­do os he ani­ma­do a que comáis en la calle sin prob­le­mas, en Méx­i­co mirad bien donde lo hacéis, la may­oría de los chirin­gos tienen unas condi­ciones higiéni­cas pési­mas y aprovechan­do que su comi­da va muy espe­ci­a­da, te cue­lan en cuan­to te des­cuidas carne en mal esta­do. Yo pagué la novata­da el primer día al com­erme un bur­ri­to en la calle y pasé de volver a inten­tar­lo, menu­da nochecita tuve como rec­om­pen­sa. Además, hay tal can­ti­dad de restau­rantes baratísi­mos por todos sitios, que no merece la pena arries­garse, de ver­dad.

En cuan­to al tema seguri­dad, bueno, en Méx­i­co hay zonas y zonas pero en par­tic­u­lar la cap­i­tal, el Dis­tri­to Fed­er­al, es bas­tante peli­grosa, sobre todo en cuan­to oscurece. Por el día nosotros no tuvi­mos prob­le­ma ninguno en mover­nos a nues­tras anchas pero en cuan­to cae la noche, ya es otro can­tar. Ten mucho oji­to en la cap­i­tal por donde te mueves y por donde no, que hay bar­rios que mejor no pis­ar­los. Si tienes que coger taxis, que te los pidan en el pro­pio hotel. En el caso de que lo cojas en la calle, bus­ca que sean ofi­ciales, es decir, que en la pla­ca pon­ga antes de los números la letra L (Libre,son los que cogen a pasajeros por las calles) o S (Sitio, van a un lugar especí­fi­co a recoger gente); al menos esto era así cuan­do fui yo,aunque aho­ra creo que las pla­cas empiezan por A o B. Si tienes que usar el trans­porte públi­co y eres mujer, recuer­da tam­bién que en el metro, sobre todo en horas pun­ta, hay vagones sólo para fémi­nas. Y sobre todo,ni puñetero caso a la can­ti­dad de bus­cav­i­das que se os acer­carán con mil y una milon­gas. Con esto no quiero desan­i­mar a la gente a via­jar a Méx­i­co, al con­trario. Me pare­ció un país extra­or­di­nario y en gen­er­al la gente nos trató mar­avil­losa­mente. Pero es un país donde el 80% de la población es pobre y hay unos índices de delin­cuen­cia desco­mu­nales, así que ten­lo en cuen­ta en todo momen­to.

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Comence­mos el via­je. El primer lugar que hay que vis­i­tar en Mex­i­co DF es, obvi­a­mente, el Zóca­lo ( o Plaza de la Con­sti­tu­ción pero ¿quién la lla­ma por ese nom­bre?!!) El Zóca­lo impre­siona en cuan­to lo pisas por sus dimen­siones: es la plaza más grande del mun­do después de la Plaza Roja de Moscú (cada lado mide unos 200 met­ros de lon­gi­tud) y debe su nom­bre a un hecho que ocur­rió pasa­da la guer­ra de inde­pen­den­cia, que no fue otro que,en un acto de rebeldía, los ciu­dadanos der­rib­aron la estat­ua de Car­los IV y uni­ca­mente quedó el pedestal (o zócalo).El Zóca­lo existe como tal des­de tiem­pos pre­his­páni­cos, cuan­do el Impe­rio Azteca lo usa­ba como cen­tro cer­e­mo­ni­al; cuan­do lle­garon los españoles, respetaron el traza­do (lo úni­co que respetaron, aclaro) y con­struyeron el Pala­cio del Vir­rey (lo que actual­mente es el Pala­cio Nacional) y la Cat­e­dral. Es cier­to que en la actu­al­i­dad la plaza es una mar­avil­la arqui­tec­tóni­ca pero es una autén­ti­ca lás­ti­ma que para con­stru­ir­la los col­o­nizadores destruy­er­an los valiosísi­mos tem­p­los que habían erigi­do los pobladores orig­i­nales, los mex­i­cas.

Enclava­da en el lugar que fue sitio de cul­to y cen­tro cer­e­mo­ni­al de Tenochti­t­lan, la antigua ciu­dad azteca, hoy reúne los sím­bo­los nacionales del poder y su cen­tro lo pre­side una ban­dera mex­i­cana gigan­tesca. Aquí cel­e­bran los mex­i­canos sus penas y ale­grías (man­i­festa­ciones, protes­tas y cel­e­bra­ciones, las más impor­tantes la que se lle­van a cabo cada 15 de Sep­tiem­bre como con­mem­o­ración del Gri­to de Inde­pen­den­cia de Mex­i­co cuan­do el pres­i­dente del país gri­ta des­de el bal­cón “¡viva Méx­i­co!”, y la del día de Año Nue­vo, donde rep­re­sen­tantes de las dis­tin­tas tribus indí­ge­nas tam­bién se con­cen­tran aquí), con­stan­te­mente se orga­ni­zan concier­tos y exposi­ciones, es paso oblig­a­do para cualquier tur­ista que per­nocte en la ciu­dad pero, sobre todo, es el pun­to de encuen­tro para quedar con los ami­gos y de paso cono­cer gente nue­va, que era la prin­ci­pal meta de cualquier plaza públi­ca des­de tiem­pos antiquísi­mos. La gran joya de la plaza es la Cat­e­dral Met­ro­pol­i­tana, con sus 60 met­ros de altura y cuya con­struc­ción mandó Hernán Cortés. Con­stan­te­mente en pro­ce­so de restau­ración, ya que sus cimien­tos se hun­den en el lago Tex­co­co, cuen­ta con nada más y nada menos que 16 capil­las lat­erales y hoy en día es cen­tro de pere­gri­nación para todos los mex­i­canos, uno de los pueb­los más reli­giosos del mun­do. Te recomien­do que pagues la entra­da para subir al cam­pa­nario; aunque las escaleras esta­ban que daba pena ver­las, merece mucho la pena. Por cier­to, si quieres ten­er las mejores vis­tas, sube a la Torre Lati­noamer­i­cana, que fue el primer ras­ca­cie­los que se con­struyó en Mex­i­co DF, con sus 44 pisos de altura (entra­da 50 pesos,un euro aprox­i­mada­mente).

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Al este de la plaza se encuen­tra el Pala­cio Nacional, que ya no es la res­i­den­cia ofi­cial del pres­i­dente (se transladó esta a Los Pinos) y ocu­pa el lugar del antiguo Pala­cio de Moctezu­ma. Aunque es inmen­so, den­tro desta­can los pre­ciosísi­mos murales de Diego Rivera (yo me quedé sin pal­abras), donde se nar­ra toda la evolu­ción del país a lo largo de la His­to­ria. La super­fi­cie del Pala­cio abar­ca más de 40.000 met­ros cuadra­dos y cada día a las seis de la tarde es tes­ti­go de la cos­tum­bre de los mil­itares mex­i­canos de trans­portar la gran ban­dera des­de el cen­tro has­ta la sede del pala­cio. Si no recuer­do mal, cuan­do yo estuve la entra­da era total­mente gra­tui­ta, aunque debes mostrar oblig­a­to­ri­a­mente el pas­aporte.

Las ruinas del Tem­p­lo May­or de los aztecas es otro de los grandes atrac­tivos del Zóca­lo. Unas ruinas que se creían per­di­das y se des­cubrieron por casu­al­i­dad en 1978, y que hoy en día per­miten hac­erse una idea de lo avan­za­da que esta­ba la cul­tura azteca para su época. Jun­to a las ruinas, puedes (y debes) darte una vuelta por el Museo del Tem­p­lo May­or, donde se expo­nen los hal­laz­gos encon­tra­dos, que abar­can des­de her­ramien­tas agrí­co­las a obje­tos rela­ciona­dos con la ado­ración a los dios­es Tlaloc y Huitzilopochtli. Poco antes del año 1500, se agru­pa­ban aquí más de 80 tem­p­los, de los que han sali­do las más de 3.000 piezas que se expo­nen actual­mente en el Museo. La entra­da costa­ba poco menos de dos euros. Y hablan­do de museos, enfrente de las ruinas se encuen­tra el de San Ilde­fon­so, con una intere­sante exposi­ción de cul­tura maya, y muy cerqui­ta, en la parte sur del Zóca­lo, el Museo de la Ciu­dad de Méx­i­co.Una últi­ma adver­ten­cia antes de dejar atrás el Zóca­lo: ven aquí siem­pre de día. De noche la plaza se con­vierte en la ciu­dad sin ley.

Y ya que hemos esta­do en el Zócalo,toca ir a la segun­da plaza más impor­tante de la ciu­dad, la de San­to Domin­go. Se pien­sa que la plaza está ubi­ca­da sobre lo que fue la casa de Cuauhté­moc y su edi­fi­cio más impor­tante, el Tem­p­lo de San­to Domin­go, fue lev­an­ta­do por los domini­cos. Antigua­mente aquí se reunían los “escribis­tas”,que bajo esos mag­ní­fi­cos sopor­tales se ofrecían a escribir las car­tas a la gente anal­fa­be­ta. Aquí se encuen­tra tam­bién el Pala­cio de la Med­i­c­i­na (lo que era antes el Pala­cio de la Inquisi­ción), donde hay exposi­ciones per­ma­nentes.

Y hablan­do de exposi­ciones, otro lugar impre­scindible de la cap­i­tal mex­i­cana es el Pala­cio de Bel­las Artes. Fue declar­a­do pat­ri­mo­nio artís­ti­co por la UNESCO hace 25 años y aquí han actu­a­do gente tan impor­tante como Maria Callas o Plá­ci­do Domin­go. Es la sede de dos museos, el de Bel­las Artes y el de Arqui­tec­tura, y fue con­stru­uio hace más de cien años para reem­plazar al Teatro Nacional. Al lado del Pala­cio tienes el pre­cioso Par­que de la Alame­da, el más antiguo de toda la ciu­dad (data del siglo XVII), siem­pre lleno de paseantes y vende­dores ambu­lantes de comi­da. Des­de aquí puedes vis­i­tar tam­bién el Pala­cio de Corre­os y el Pala­cio de la Min­ería.

Ya que esta­mos en la Alame­da, es hora de enfi­lar hacia el Paseo de la Refor­ma, la aveni­da más impor­tante del DF. Esta estat­ua que veis en la foto, la del Angel de la Inde­pen­den­cia, de 90 met­ros de altura y donde des­cansan los restos de var­ios héroes nacionales, es prob­a­ble­mente su ima­gen más cono­ci­da pero hay otros tam­bién indis­pens­ables, como el Mon­u­men­to a Cristóbal Colón, la Fuente de Diana Cazado­ra (de lo que más me gustó) o el Mon­u­men­to a Cuauhté­moc, el últi­mo emper­ador azteca. Esta aveni­da está pla­ga­da de tien­das y hote­les de lujo y es tam­bién pun­to de reunión de muchísi­mos cap­i­tal­i­nos. Muy cer­ca se encuen­tra la lla­ma­da Zona Rosa, con los mejores restau­rantes y dis­cote­cas de la ciu­dad.

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Tiramos aho­ra hacia la zona del bosque de Cha­pul­te­pec (en lengua indí­ge­na, “cer­ro del cha­pulín”), donde se encuen­tra el castil­lo. Actual­mente acoge al Museo Nacional de His­to­ria, así que ya sabes, su visi­ta es oblig­a­da. Aquí se expo­nen mas de 65.000 piezas, que se dice pron­to, encar­gadas de resumir la tur­bu­len­ta his­to­ria mex­i­cana. Lo mejor es que recor­ras las catorce salas de una man­era cor­rel­a­ti­va. Después puedes subir a la parte supe­ri­or del castil­lo, donde se ubi­ca el Museo del Sitio, donde se con­ser­van doce habita­ciones donde residían los vir­reyes y sus alle­ga­dos. Está abier­to de martes a domin­go de 09:00 a 17:00 y la entra­da cues­ta 45 pesos.

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Seguimos con lugares impre­scindibles: el Museo Nacional de Antropología. Aquí la que escribe se pasó una mañana entera y bue­na parte de la tarde. Son nada más y nada menos que 23 salas donde se repasa toda la his­to­ria de los pueb­los indí­ge­nas de Mesoaméri­ca, cuyo may­or tesoro es la Piedra del Sol, un dis­co de basalto de casi 4 met­ros de diámetro des­cu­bier­to a finales del siglo XVIII y que era, digá­moslo así, el “cal­en­dario” pre­colom­bi­no, basa­do en sus conocimien­tos astronómi­cos, que eran asom­brosos para aque­l­los tiem­pos. Atrae´a más de dos mil­lones de vis­i­tantes al año y es que pis­ar Méx­i­co sin pasar por aquí es como ir a París y no ver la Torre Eif­fel.

Para el que esté intere­sa­do en las cul­turas pre­colom­bi­nas (tolte­cas, mayas, olme­cas, cul­turas de Oax­a­ca…), como era mi caso, pasear por el Museo era como hac­er­lo por el paraí­so; en ningún lugar del mun­do vas a poder encon­trar tan­tas piezas como las aquí reunidas. Lo que más me gustó,ya a títu­lo per­son­al, fue la sala ded­i­ca­da a Teoti­hua­can, que pre­cisa­mente fui a vis­i­tar sólo dos días después. Por cier­to, el año pasa­do me acerqué al Caix­afo­rum a ver la exposi­ción “Teotihuacan:Ciudad de los Dios­es”,con piezas cedi­das pre­cisa­mente por el Museo de Antropología mex­i­cano, y volví a salir fasci­na­da.

Otro de los bar­rios que te recomien­do no te pier­das en el Dis­tri­to Fed­er­al es Coyoa­can, el bar­rio bohemio por exce­len­cia. Coyoa­can (que sig­nifi­ca “el lugar de los amos de los coy­otes”) es cono­ci­do a niv­el mundi­al por sus dos res­i­dentes más famosos, la pare­ja Diego Rivera-Fri­da Kalho, y de hecho uno de los lugares con may­or aflu­en­cia de vis­i­tantes es el Museo Fri­da Kalho (La Casa Azul), donde Fri­da nació y se crió y que ya aparecía en uno de sus óleos. Si quieres vis­i­tar­la, está en la calle Lon­dres 247, en la Colo­nia del Car­men. Aquí pudi­mos admi­rar des­de cuadros de la artista (“Fri­da y la cesárea”,“Viva la vida”…), su colec­ción de mari­posas, los corsés y med­i­c­i­nas que uti­lizó gran parte de su vida (se sometió a 32 opera­ciones por un acci­dente sufri­do en la infancia)…La vida de Fri­da estu­vo llena de tor­men­to y sufrim­ien­to y te ase­guro que ese ambi­ente triste y melancóli­co ha queda­do impreg­na­do en todos los rin­cones de La Casa Azul.

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Coyoa­can es un bar­rio de ambi­ente uni­ver­si­tario (aquí se ubi­ca la Uni­ver­si­dad Autóno­ma, la más grande de toda Améri­ca Lati­na), por lo que las calles están pla­gadas de estu­di­antes que se mez­clan con los artis­tas y arte­sanos de la zona. El pasear por aquí sin rum­bo fijo ya es una deli­cia en sí. Pero no olvides entre cam­i­na­ta y cam­i­na­ta pasarte por la Casa Munic­i­pal (donde se cree que vivió Hernán Cortés y que fue el primer ayun­tamien­to de lo que los col­o­nizadores bau­ti­zaron como Nue­va España), el Jardín Cen­te­nario, donde se encuen­tra la famosa estat­ua de los coy­otes (¡me encan­tó!), el Museo de las Cul­turas Pop­u­lares (que tam­bién me gustó muchísi­mo) o el museo de Leon Trot­sky (el líder soviéti­co fue amante de Fri­da Kalho y además fue asesina­do aquí en Coyoa­can por orden de Stal­in). Ya que estás en Coyoa­can, no te vayas sin pro­bar aquí los cono­ci­dos “anto­ji­tos mex­i­canos” (son un tipo de aper­i­ti­vo muy típi­co del país y los hay de muchos tipos y sabores, quizás los más famosos e inter­na­cional­iza­dos sean las que­sadil­las).

Más lugares indis­pens­ables: la plaza Garibal­di. Tiene un encan­to espe­cial ya que está pla­ga­di­ta de can­ti­nas (no obstante, aquí se encuen­tra tam­bién el Museo del Tequi­la y el Mez­cal) y es donde se reunen los mari­achis mex­i­canos para que la gente les con­trate (son muy solic­i­ta­dos en todo tipo de fies­tas, sobre todo en las que cel­e­bran que las niñas cumplen quince años, un fes­te­jo muy pop­u­lar mex­i­cano). Es mejor que vayas antes de anochecer, que es cuan­do empiezan a reunirse. A mí como me vieron con pin­tas rock­er­il­las acabaron tocán­dome el “Smoke on the water” de Deep Pur­ple, una expe­ri­en­cia que no olvi­daré jamás. Y una últi­ma adver­ten­cia: Garibal­di lin­da con el bar­rio de Tepi­to, uno de los más con­flic­tivos de toda la ciu­dad. Así que cuida­do si vienes por la noche.

Y después de var­ios días pateán­donos sin parar la inmen­sa cap­i­tal mex­i­cana, lle­ga­ba el gran día que había esper­a­do durante años:íbamos a vis­i­tar Teoti­hua­can.

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Teoti­hua­can sig­nifi­ca en náhu­atl “el lugar donde nacieron los dios­es” y no se me ocurre un apel­a­ti­vo más ade­cua­do para describir­la. Inclu­so aban­don­a­da y en mitad del desier­to (ozú qué caló nos hizo!) no ha per­di­do ni una piz­ca de su grandeza. Según divis­a­ba en la lejanía los per­files de las Pirámides de la Luna y del Sol, un escalofrío me recor­ría la colum­na. Teoti­hua­can está con­sid­er­a­do uno de los pun­tos de energía más impor­tantes del mun­do, un lugar casi mági­co que cuan­do lo pisas te ofrece unas sen­sa­ciones inigual­ables. Hay que estar allí para saber de lo que hablo. Supon­go que los que hayan esta­do en las Pirámides de Egip­to me enten­derán per­fec­ta­mente.

Las ruinas de Teoti­hua­can se encuen­tran a 45 kilómet­ros del DF, en el ári­do Valle de Méx­i­co. Aquí llegó a haber una población de casi 200.000 habi­tantes que la con­virtieron en la quin­ta ciu­dad más grande del mun­do de su época, hace casi dos mil años. A día de hoy sigue sin cono­cerse la causa exac­ta de su aban­dono repentino:¿sequías?¿guerras con otros clanes?¿pérdida de impor­tan­cia en las rutas comerciales?¿epidemias? El caso es que Teoti­hua­can pasó de ser una ciu­dad poderosísi­ma a una ciu­dad fan­tas­ma devo­ra­da por los vien­tos del desier­to. Pero aun así,se lev­an­ta majes­tu­osa y jus­ti­fi­ca total­mente por qué es el mon­u­men­to más vis­i­ta­do de todo el país,inclu­so por enci­ma de Chichen Itzá.

Así pasa, que en cuan­to lle­gas, te encuen­tras los alrede­dores pla­ga­dos de vende­dores de som­breros mex­i­canos y sou­venirs varios.Y son muy insis­tentes. Así que lo mejor es que les esquives con bue­nas man­eras y te diri­jas direc­to al recin­to de los tem­p­los. Por cier­to, inten­ta ir entre­se­m­ana, que fue lo que hici­mos nosotros y hay mucha menos gente. Los fines de sem­ana se pone has­ta arri­ba, pues además los domin­gos la entra­da es gra­tui­ta para los mex­i­canos. En cualquier caso, la entra­da para los extran­jeros es muy bara­ta (50 pesos). En Méx­i­co al menos no hacen como en otros país­es, cobrar a los de fuera bar­bari­dades que poco tienen que ver con el niv­el de vida de los locales (véase el caso de la India).

Estu­vi­mos en Teoti­hua­can des­de por la mañana tem­pra­no has­ta casi la hora de cierre a las seis de la tarde. Os juro que pocas veces en mi vida he pasa­do tan­tísi­mo calor como ese día pero vaya si mere­ció la pena. Recor­rer bajo el ardi­ente sol mex­i­cano esa espec­tac­u­lar Aveni­da de los Muer­tos que veis en la foto de aba­jo no puede com­para­rse a nada. La antigua metrópoli cre­ció en torno a esta anchísi­ma calza­da que recor­ría la ciu­dad de norte a sur. Tiene una lon­gi­tud de 4 kilómet­ros y una anchu­ra de 45 met­ros, comien­za en la Pirámide de la Luna y final­iza en la Ciu­dadela, y se encon­tra­ba flan­quea­da por los edi­fi­cios más impor­tantes de la urbe.

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Antes de pros­eguir con la visi­ta a Teoti­hua­can, quiero hac­er un inciso para men­cionar a la pelícu­la “Apoc­a­lyp­to”. El film del ultra­católi­co Mel Gib­son sen­tó como un jar­ro de agua fría en Méx­i­co y no per­mi­tieron ni siquiera su estreno, de hecho, hubo un mon­tón de protes­tas a lo largo y ancho del país. Y no me extraña su enfa­do, la ver­dad. Ya por curiosi­dad mor­bosa, la vi en su estreno y me pare­ció ver­gonzosa. Par­tien­do de la base de que el palur­do de Gib­son mez­cla a aztecas con mayas y mayas con aztecas, pre­sen­ta a las civ­i­liza­ciones pre­colom­bi­nas como unos pueb­los sal­va­jes y bru­tales, cen­tran­do prac­ti­ca­mente todo el argu­men­to del fin en los sac­ri­fi­cios humanos.Y sí, es cier­to, pero ¿aca­so no eran más bár­baros los españoles de entonces, que al mis­mo tiem­po quema­ban a las bru­jas y los hechiza­dos en las plazas de los pueb­los ante la vista de todo el mundo?¿Qué difer­en­cia hay entre un rito y otro?¿No eran esos mis­mos españoles los que lle­garon a Améri­ca asesinan­do sin pudor a los indí­ge­nas, saque­an­do su oro, destruyen­do sus ciu­dades, imponién­doles una religión que no querían y trayen­do enfer­medades que jamás habían sufrido?¿Por qué Gib­son ape­nas describe lo avan­zadas que esta­ban estas civ­i­liza­ciones en conocimien­tos astronómi­cos y matemáti­cos y sólo se recrea en la san­gre y las cabezas rodan­do por las escaleras de las pirámides?¿Cómo se puede ensu­ciar tan­to la memo­ria históri­ca de los mex­i­canos??!!

Pero bueno,sigamos con Teoti­hua­can. Los dos mon­u­men­tos más impor­tantes son la Pirámide del Sol y la de la Luna. La del Sol es la más grande de todo Méx­i­co después de la de Choula y está ori­en­ta­da al pun­to exac­to del hor­i­zonte por donde se ocul­ta el sol. Tiene 65 met­ros de altura y ver­la des­de su base, en todo su esplen­dor, es una expe­ri­en­cia úni­ca. Para lle­gar has­ta arri­ba, tienes por delante 365 escalones, uno por cada día del año, así que pacien­cia, gor­ra y una botel­la de agua. Las creen­cias pop­u­lares dicen que cuan­do estás en la cima, si pides un deseo se aca­ba cumpliendo,por pro­bar no pierdes nada… La Pirámide de la Luna es algo más “pequeña” (45 met­ros) pero se encuen­tra a la mis­ma altura que la del Sol por una ele­vación del ter­reno. En la de la Luna se han encon­tra­do recien­te­mente restos humanos en su inte­ri­or, prob­a­ble­mente pertenecientes a víc­ti­mas de los sac­ri­fi­cios reli­giosos.

Lleg­amos a la Ciu­dadela, una plaza cuad­ran­gu­lar enor­mísi­ma donde se encuen­tra la Pirámide de la Ser­pi­ente Empluma­da (o Quet­zal­cóatl), el ter­cer edi­fi­cio más grande de Teoti­hua­can. La Ser­pi­ente Empluma­da es una dei­dad antiquísi­ma que ya ven­er­a­ban los olme­cas en el siglo XV antes de Cristo y su cul­to en Teoti­hua­can esta­ba muy exten­di­do. El tem­p­lo no se des­cubrió has­ta 1920 y en el inte­ri­or del tem­p­lo se encon­traron más de 200 cadáveres ofre­ci­dos a la diosa-ser­pi­ente.

Otro de los edi­fi­cios más impor­tantes es el Pala­cio de Quet­zal­cóatl (Pala­cio de la Mari­posa Empluma­da). Era el edi­fi­cio más lujoso de todo Teoti­hua­can y res­i­den­cia de los per­son­ajes influyentes. Tuvi­mos la suerte de poder vis­i­tar­lo prac­ti­ca­mente solos, quizás porque tuvi­mos la pru­den­cia de venir a las ruinas bas­tante pron­to. Los col­ores pre­dom­i­nantes son los rojos (los preferi­dos de los teoti­hua­ca­nens­es) y hay un mon­tón de mosaicos súper bien conservados;su estancia más rel­e­vante es el Patio de los Pilares. El Pala­cio se encuen­tra cer­ca del Pala­cio de los Jaguares (impre­sio­n­ante el mur­al con los jaguares com plumas). Des­de el Pala­cio se va al Tem­p­lo de las Cara­co­lasEmplumadas,con una platafor­ma en la que se plas­maron un mon­tón de aves.

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Estos son los mon­u­men­tos más impor­tantes de Teoti­hua­can pero te puedes tirar horas recor­rien­do el resto: la Casa del Sac­er­dote, la Plaza de la Pirámide (donde se colo­ca­ban los altares), el Pala­cio del Sol, el Patio de los Cua­tro Tem­pli­tos… Ten en cuen­ta que el área que ocu­pa­ba la Teoti­hua­can orig­i­nal era de casi 40 kilómet­ros cuadra­dos. Así que si quieres ver­lo con cal­ma, regálate a tí mis­mo un día entero en este lugar fasci­nante.

Tepeyac

Después del pal­izón de Teoti­hua­can (¡lleg­amos moli­dos al hotel!), decidi­mos gas­tar el día siguiente,el últi­mo que nos qued­a­ba en el DF, en el con­jun­to reli­gioso del Tepey­ac, donde se encuen­tra, entre otros tem­p­los, la Basíli­ca de San­ta María de Guadalupe, el edi­fi­cio católi­co más impor­tante de todo el con­ti­nente amer­i­cano, con una asis­ten­cia anu­al de más de veinte mil­lones de pere­gri­nos. Y es que de veras, venir aquí es como ir a Lour­des o Fáti­ma pero a lo grande; yo la ver­dad que me quedé impre­sion­adísi­ma cuan­do llegué allí y me encon­tré a un mon­tón de creyentes lle­gan­do has­ta la Basíli­ca de rodil­las y con las pier­nas total­mente ensan­grentadas. Uno de los espec­tácu­los más espeluz­nantes que he pres­en­ci­a­do jamás.

En cuan­to a la Basíli­ca, la antigua igle­sia, que fun­cionó durante casi tres sig­los, se encon­tra­ba en muy mal esta­do, por lo que decidió con­stru­irse un nue­vo san­tu­ario qiue parece cualquier cosa menos una iglesia.Aquí aba­jo tenéis ambas. Jun­to a ellas se encuen­tran un mon­tón de tem­p­los cris­tianos (las Capil­las del Poc­i­to, la de los Indios, la del Cer­ri­to…) Cal­cu­la echar una mañana entera en esta zona.Es una expe­ri­en­cia vis­i­tar­lo aunque si eres atea como yo,volverás al hotel con mal cuer­po por darte cuen­ta como unos cuan­tos lis­tos se hacen ricos a cos­ta de los pobres y los incau­tos. Pocos país­es he vis­to donde el catoli­cis­mo se viva de una for­ma tan extrema como se hace en Méx­i­co.

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Mercados del DF y el Día de los Muertos

El resto del día le dedicamos a recor­rer algunos de los mer­ca­dos de Méx­i­co DF. Uno de los más impor­tantes es el de la Merced, donde prin­ci­pal­mente se venden ali­men­tos y vas a poder pro­bar cosas extrañísi­mas (¡y muy picantes!) Me gustó mucho el ambi­ente pero me pare­ció triste al mis­mo tiem­po ver la can­ti­dad de pros­ti­tu­tas que por aquí deam­bu­lan (la pros­ti­tu­ción es un prob­le­ma gravísi­mo en Méx­i­co debido a la mis­e­ria que azo­ta a muchas familias).Así que vis­to lo sór­di­do del panora­ma, decidí diri­girme al mer­ca­do que real­mente me interesa­ba, el de Sono­ra. Antes se llam­a­ba Mer­ca­do de los Bru­jos ya que aquí se venden todo tipo de hier­bas, ungüen­tos y uten­sil­ios para prác­ti­cas esotéri­c­as y de ocultismo (has­ta ani­males vivos para los ritos puedes encon­trarte, sobre todo gal­li­nas). Yo no hacía más que acor­darme de la pelícu­la de “Los creyentes”, así os lo digo.

Encon­tré lo que iba bus­can­do: las Catri­nas. Aho­ra toda la parafer­na­lia del Día de los Muer­tos se ha puesto muy de moda (¡dichosas modas que todo lo cor­rompen!) pero hace doce años este tipo de cosas en España no las conocía ni el Tato. En Méx­i­co siem­pre se ha ren­di­do un cul­to exager­a­do a los muer­tos y cada 1 de Noviem­bre los pan­teones y tum­bas se llenan de comi­da y flo­res para recor­dar a los que no están, que aprovechan esa úni­ca noche para vis­i­tar a los vivos. La Cat­ri­na rep­re­sen­ta a La Muerte en este tipo de fes­te­jos, aunque en real­i­dad su ori­gen de una ima­gen car­i­ca­turesca que creó José Guadalupe para ridi­culizar a los pobres que pre­tendían ir de ricos. Temía que al ser junio, tan ale­ja­do en el cal­en­dario del Día de los Muer­tos, no fuera posi­ble encon­trar parafer­na­lia de este tipo pero sí, sí la había aunque me costó rebus­car en un mon­tón de puestos.

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Villahermosa y estado de Tabasco

Como Méx­i­co es un país tan grandísi­mo y con tan­tas cosas para ver, decidi­mos ser coher­entes y cen­trarnos en la parte sud­este del país. Quizás jun­to a Aca­pul­co la zona más turís­ti­ca pero tam­bién es cier­to que es de las más boni­tas. Como en Méx­i­co DF habíamos gas­ta­do bas­tantes días, opta­mos por ahor­rarnos el via­je en coche, que son un mon­tón de horas, has­ta Vil­la­her­mosa y fuimos en un avión pequeñi­to que nos plan­tó allí en poco más de una hora. Por delante nos qued­a­ban Tabas­co y la lindísi­ma penín­su­la de Yucatán.

Vil­la­her­mosa es la cap­i­tal del esta­do de Tabas­co, es cono­ci­da como “La Esmer­al­da del Sud­este” y si por algo se car­ac­ter­i­za es por la veg­etación meti­da has­ta las entrañas de la urbe y con lagos y pan­tanos aquí y allá. Se agradece que sea una ciu­dad muchísi­mo más pequeña que el DF a la hora de moverte. Tiene un cen­tro históri­co, la Zona Luz, bas­tante boni­to (aunque muy dete­ri­o­ra­do, nada que ver con la impre­sio­n­ante atmós­fera colo­nial de Méri­da, que visi­ta­mos unos días después). Aun así, aquí quedan bas­tantes vivien­das de hace unos cuan­tos sig­los que el gob­ier­no aho­ra se está esforzan­do en reha­bil­i­tar.

Vil­la­her­mosa fue fun­da­da por los españoles hace más de 400 años y esa influ­en­cia his­pana se res­pi­ra en el cen­tro. Su arte­ria prin­ci­pal es la calle Juarez (en realidad,el cen­tro-cen­tro lo con­for­man cin­co calles peatonales) y es un área lleno de tien­das, restau­rantes y can­ti­nas. Nosotros aprovechamos la visi­ta para acer­carnos a un mer­ca­do local y com­er direc­ta­mente allí (creo que sal­imos como a tres euros por cabeza). Es una zona muy agrad­able para pasear, así que no pier­das la ocasión de darte una vuelta en cuan­to llegues.

Ya que estás en el cen­tro, impre­scindible vis­i­tar la Plaza de Armas. Aquí se sitúa el Pala­cio de Gob­ier­no, en una plaza que durante años fue cono­ci­da como La Bor­racha por los melo­co­tones que aquí se agarra­ban los locales. En el Pala­cio se encuen­tran las ofic­i­nas del Gob­er­nador de Tabas­co. Aquí tam­bién se encuen­tra una de las igle­sias más impor­tantes de la ciu­dad, la de la Con­cep­ción (cono­ci­da como “la Con­chi­ta” por los lugareños).

Uno de los lugares que más me gustó de todo Tabas­co fue el Par­que-Museo de La Ven­ta. Se encuen­tra jun­to a la Lagu­na de las Ilu­siones (esta lagu­na es la úni­ca del mun­do que, estando den­tro de una ciu­dad, está llena de coco­dri­los; aquí viv­en más de 400 y en varias oca­siones se han escapa­do, ater­ror­izan­do a los habi­tantes) y es un museo al aire libre que recrea áreas selváti­cas y en donde se expo­nen impor­tantes piezas de la cul­tura olme­ca, des­cu­bier­tas en 1925 y aho­ra reunidas aquí. Quizás lo que más impre­sio­n­an son las colos­ales cabezas olme­cas de varias toneladas (lo curioso es que cua­tro años después admiré otra de estas cabezas en un museo de Nue­va York… ¡ay los yan­kees, siem­pre expo­lian­do el pat­ri­mo­nio ajeno!

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Ya que Vil­la­her­mosa es una ciu­dad que como mucho se ve en dos días,te recomien­do que gastes los restantes en explo­rar otras zonas de Tabas­co. Si tiras hacia la región de Coma­l­cal­co (en lo que se conoce como la Ruta del Cacao) podrás acer­carte a una hacien­da choco­lat­era y ver la elab­o­ración del choco­late, todo de un modo prac­ti­ca­mente arte­sanal (además,yo nun­ca había proba­do el fru­to del cacao direc­ta­mente de los árboles…¡y está buenísi­mo!) Nos vin­i­mos car­ga­dos de botel­las de licor de choco­late, bom­bones, table­tas de chocolate…y lo mejor, todo ello sin un gramo de azú­car, todo cacao 100%. Por cier­to, esta foto de aba­jo es de un puebli­to donde paramos a com­er a la vuelta. Es lo que tiene Méx­i­co. En el sitio menos pen­sa­do vas y te topas con una igle­sia de col­orines, ahí, en mitad de la nada…

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Palenque (estado de Chiapas)

Al día sigu­iente tiramos hacia el esta­do de Chi­a­pas. Allí nos esper­a­ban las fab­u­losas ruinas mayas de Palenque

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Tem­p­lo de las Inscrip­ciones

Este de aquí es el Tem­p­lo de las Inscrip­ciones: una mar­avil­la de la arqui­tec­tura. Es una pirámide escalon­a­da de 26 met­ros de altura donde se encon­tró la tapa del sar­cófa­go del rey Pakal, uno de los monar­cas mayas más rel­e­vantes: en esta se ve al rey ascen­di­en­do hacia la Vía Láctea. Los mayas esta­ban com­ple­ta­mente obse­sion­a­dos con el conocimien­to de las estrel­las.

Si en Teoti­hua­can me quedé todo el día con la boca abier­ta, no os creáis que en Palenque me impre­sioné mucho menos. Y eso pese a que, como bien podías ver en un car­tel a la entra­da, sólo se ha podi­do explo­rar un 15% de la zona y en la sel­va que rodea las ruinas se cree que pudier­an estar escondidos…¡diez mil tem­p­los! Así es el pat­ri­mo­nio históri­co de Méx­i­co: espec­tac­u­lar e inabar­ca­ble. Los pro­pios mex­i­canos nos con­ta­ban como hace años vinieron un mon­tón de expe­di­ciones arque­ológ­i­cas esta­dounidens­es. El prob­le­ma es que a cam­bio se llev­a­ban a su país casi todo lo que encon­tra­ban y deja­ban aquí prac­ti­ca­mente las sobras. Has­ta que el gob­ier­no, pre­sion­a­do por una población indig­na­da que veía como otros les rob­a­ban su his­to­ria, se negó a seguir per­mi­tién­do­lo y hoy en día, aunque las expe­di­ciones mex­i­canas vayan más despaci­to por no con­tar con tan­to pre­supuesto, todo se que­da en Méx­i­co. Que es donde debe estar.

La his­to­ria de Palenque se remon­ta a nada más y nada menos que hace 2.300 años .Su población se pasa­ba la vida en guer­ra, dán­dole la razón al imbé­cil de Gib­son, pero se la quita­ban rapid­i­to: en cuan­to empiezas a recor­rer Palenque te das cuen­ta de lo avan­za­dos que esta­ban para su tiem­po…¡con­ta­ban has­ta con letri­nas y alcan­tar­il­la­do!

El Pala­cio de Palenque es el edi­fi­cio más impor­tante de todo Palenque (aunque, en real­i­dad, no es un edi­fi­cio sino un com­ple­jo de varios).Abarca una super­fi­cie total de casi 5.000 met­ros cuadra­dos y es una abru­mado­ra con­struc­ción con tor­res para vigías, patios, corre­dores, escali­natas, galerías… pone los pelos de pun­ta pasear por aquí den­tro. Den­tro del Pala­cio se encuen­tran las habita­ciones de la famil­ia real (se cree que la parte de aba­jo servía entonces de almacén y el gran patio para las cel­e­bra­ciones palac­i­e­gas) y des­de aquí el rey y los sac­er­dotes con­tem­pla­ban la pues­ta de sol cada 22 de Diciem­bre (el sol­sti­cio de invier­no). Impre­siona aún más por sus relieves, con enormes fig­uras humanas que rep­re­senta­ban a los cau­tivos, para que los pri­sioneros se aco­bar­daran en cuan­to lle­garan a la ciu­dad de sus opre­sores.

El Pala­cio de la Calav­era es uno de los edi­fi­cios que más me gustó. Se encon­traron en su inte­ri­or un mon­tón de obje­tos de jade, cuan­do ese mate­r­i­al sólo se encuen­tra en un río guata­mal­te­co, por lo que se da la razón a los que creen que los mayas eran un gran pueblo com­er­ciante. Los arqueól­o­gos pien­san que el tem­p­lo se usó como nicho de algu­na cele­bri­dad de la época.

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Lo bueno de Palenque es que está meti­do en ple­na jungla y las ruinas están dis­em­i­nadas en un área de casi tres kilómet­ros cuadra­dos, por lo que algunos de los tem­p­los están casi comi­dos por la veg­etación. Como además el Arroyo Otu­lum pasa por aquí, puedes ir siguíén­do­lo, que aparte de ofre­certe paisajes increíbles, te per­mite sen­tir más de cer­ca cómo era la vida cotid­i­ana de los mayas. Por cier­to, cén­trate tam­bién en el lla­ma­do Grupo de la Cruz, que es una parte de las ruinas que englo­ba difer­entes edi­fi­ca­ciones (este de aquí aba­jo es una de ellas,el Tem­p­lo del Sol).

Mérida

Nue­stro sigu­iente des­ti­no era Méri­da, la cap­i­tal del esta­do de Yucatán. Os ase­guro que es de las ciu­dades más boni­tas que he vis­to en la vida.Se lla­ma así, como la Méri­da extremeña, por la can­ti­dad de con­quis­ta­dores de esa ciu­dad que lle­garon a estas tier­ras. Cuan­do vinieron, se encon­traron con un pobla­do de no más de 200 casas habitadas por indí­ge­nas. Arrasaron con todo como buenos sal­va­jes que eran pero al menos dejaron para la pos­teri­dad una ciu­dad colo­nial extra­or­di­nar­ia.

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Aunque Méri­da no llegue a una población de 800.000 habi­tantes, no te imag­i­nas la de cosas que hay que ver aquí. Así que inten­ta lev­an­tarte pron­to y pil­lar las primeras horas del día para empezar a patear.Y lo que te recomien­do es que empieces por el cen­tro históri­co, que es asom­broso. Y comien­za por el Pala­cio Munic­i­pal.

En el cen­tro desta­can la casa de Fran­cis­co de Mon­te­jo (super bar­ro­ca), el Ate­neo Penin­su­lar, que era el antiguo Pala­cio Epis­co­pal de Yucatán, o la colos­al Cat­e­dral de San Ilde­fon­so. No dejes tam­poco de darte una vuelta por el Pasaje de la Rev­olu­ción y admi­rar sus cristaleras. Y, sobre todo, dejar para por la noche las cam­i­natas por el Paseo de Mon­te­jo, una larguísi­ma aveni­da llena de palacetes y man­siones seño­ri­ales.

Mon­u­men­to a la Patria

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Tras un par de días empa­pán­donos de Méri­da, era hora de tirar hacia otro de los con­jun­tos arque­ológi­cos más impor­tantes de México:Uxmal.

Uxmal

Una de las cosas que me llamó la aten­ción cuan­do estuve es que algu­nas de las edi­fi­ca­ciones esta­ban val­ladas y no se per­mitía el acce­so al inte­ri­or. Intri­ga­da por saber si se debería a tar­eas de restau­ración, le pre­gun­té a un tra­ba­jador de allí y me dijo que no, que se habían vis­to oblig­a­dos a acor­donar­los porque a los grupi­tos de ado­les­centes esta­dounidens­es, que vienen mucho a Yucatán de via­je de fin de cur­so por la prox­im­i­dad a su país, no tenían otra cosa mejor que hac­er que entrar en los tem­p­los y pin­tar­los con graf­fit­ti. La últi­ma gra­ci­eta había sido matar a una boa de los alrede­dores a pedradas. Por pura diver­sión. Esa es la gran lacra de los mex­i­canos: el tur­is­mo que viene de USA. Se dejan aquí un mon­tón de pas­ta. Pero no tienen respeto ni por nada ni por nadie.

En Uxmal, los dos edi­fi­cios prin­ci­pales son la Pirámide del Adi­vi­no y el Pala­cio del Gob­er­nador. La pirámide se lla­ma así (tam­bién se la conoce como la del Hechicero o la del Enano) porque cuen­ta la leyen­da que un enano mago se apos­tó con el gob­er­nador que sería capaz de con­stru­ir­la en una sola noche. Tiene una altura de 35 met­ros y está divi­di­da en cin­co pisos.

El Pala­cio del Gob­er­nador ocu­pa una exten­sión de 1200 met­ros cuadra­dos y por él cam­pan a sus anchas un mon­tón de igua­nas. Lo que más impre­siona es la figu­ra de un gob­er­nante con un cas­co con ser­pi­entes de dos cabezas en uno de sus murales.

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Al igual que en Palenque, aquí tam­bién hay un cam­po de juego de pelota, deporte al que eran muy afi­ciona­dos los mayas (se han encon­tra­do más de 1600 cam­pos en toda Mesoaméri­ca). Aunque para ellos era más que eso: era una unión mís­ti­ca con los dios­es y el cos­mo. Además, los difer­entes clanes, para evi­tar la guer­ra, se juga­ban las tier­ras y botines en el cam­po de juego, para evi­tar der­ra­mamien­tos de san­gre (insis­to con Gibson…¿los mayas eran tan sal­va­jes?) Es cier­to que en la últi­ma eta­pa de las cul­turas pre­colom­bi­nas se realizaron sac­ri­fi­cios humanos de pri­sioneros con la excusa del juego de pelota pero, aún así, fueron mín­i­mos si lo com­para­mos con la can­ti­dad de veces que sirvió este rit­u­al para resolver con­flic­tos.

Chichen Itzá

Antes de lle­gar al Caribe mex­i­cano, íbamos a gas­tar otro día en otras ruinas indis­pens­ables en un via­je a México:las de Chichen Itzá.

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Chichen Itzá sig­nifi­ca “la boca del pozo de los bru­jos del agua” y acoge al que es el sím­bo­lo más famoso del país, después del tequi­la y los mari­achis: el mag­ní­fi­co Tem­p­lo de Kukulkán. Dios,qué boni­to es en vivo y en direc­to. Y qué mági­co. Porque es un tem­p­lo úni­co en el mun­do, está con­stru­i­do acorde a las con­stela­ciones y dos veces al año, en el sol­sti­cio de invier­no y el de ver­a­no, la som­bra que proyec­ta la ser­pi­ente empluma­da que hay en la base de la escali­na­ta parece descen­der por la pirámide. Lo de los mayas y su relación con los astros es algo…¡sorprendente!

Este de aquí aba­jo es el cenote sagra­do de Chichen Itzá, donde se ofrecían obje­tos diver­sos a los dios­es (tam­bién sac­ri­fi­cios humanos, gen­eral­mente don­cel­las nobles). Aunque a prin­ci­p­ios del siglo XX un cón­sul esta­dounidense se llevó a su país un mon­tón de piezas encon­tradas aquí (un robo en toda regla) y las expe­di­ciones mex­i­canas han extraí­do otras cuan­tas, se cree que en el cenote aún per­manecen enter­ra­dos bajo sus aguas muchos tesoros.

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La úni­ca pega que le veo a Chichen Itzá es que hay tur­is­tas a pun­ta pala ya que sólo está a tres horas de las playas y traen aquí de excur­sión a los que sólo vienen a la Riv­iera Maya y este es el máx­i­mo ale­jamien­to que se per­miten de la cos­ta y los chirin­gui­tos. Pero hay que recono­cer que Chichen Itzá se merece todas las vis­i­tas del mun­do. Es una autén­ti­ca mar­avil­la.

Cancún

Llegábamos a la parte final del via­je y tras el pal­izón que llevábamos encima,habíamos deci­di­do reser­var unos días en el Caribe mex­i­cano. No soy yo muy de playas tan turís­ti­cas como la de Can­cún pero tras tan­to días de andan­zas es cier­to que yo nece­sita­ba unos días de relax como agua de Mayo. Además, nos quedábamos en el Gran Meliá Can­cún, en primera línea de playa.

Así son las par­a­disi­a­cas playas de Can­cún. Ni pho­to­shop ni lech­es, os ase­guro que el agua es así de turque­sa. Pues bien, des­de aho­ra os digo que la playa fue lo úni­co que me gustó de Can­cún. Me encanta­ba bajar a leer y a los dos min­u­tos estar rodea­da de igua­nas por todos lados. Están tan acos­tum­bradas a la gente que las muy descaradas se meten a rebus­car en las mochi­las para ver si te pueden robar algo de comi­da. Eso sí,evita dar­las de com­er tú ni inten­tar acari­cia­r­las: te puedes lle­var un buen sus­to (hay machos que lle­gan a pesar cuarenta kilos).

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Y digo que no me gustó ni un pelo Can­cún porque me pare­ció el típi­co sitio playero lleno de dis­cote­cas, Piz­za Huts, Mac­Don­alds y Burg­er Kings en un lado de la larga man­ga de tier­ra que es Can­cún y un hotel man­todón­ti­co detrás de otro en la otra oril­la. Por el pasil­lo de nue­stro hotel deam­bu­la­ban bor­ra­chos dece­nas de ado­les­centes norteam­er­i­canos, por no hablar de que les tenías que escuchar pegan­do berri­dos en la calle has­ta las tan­tas de la noche. Para más inri, se me llev­a­ban los demo­ni­os cada vez que veía con los mal­os mod­os que trata­ban a botones y camareros. Lo dicho:me pasé la may­or parte del tiem­po nadan­do o tum­ba­da leyen­do al sol, inten­tan­do ais­larme de esa marabun­ta de niñatos con­sen­ti­dos.

Eso sí, te acon­se­jo que ya que estás allí, no te quedes sólo en la playa y te acerques a gas­tar alguno de los días en Can­cún pueblo (hay var­ios bus­es públi­cos que lle­van de la zona de playa al cas­co antiguo).Tampoco es que sea gran cosa,en real­i­dad hace 40 años esto era uni­ca­mente un pequeño pueblo de pescadores pero la lle­ga­da del boom turís­ti­co y la con­struc­ción de dece­nas de hote­les han cam­bi­a­do total­mente la fision­amía de la zona; al menos, el pueblo sí mantiene algo de su esen­cia mex­i­cana. Y otra excur­sión recomend­able: la visi­ta a Isla Mujeres, con unos para­jes bel­lísi­mos.


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