Guía paso a paso para recorrer Cartagena

Teatro Romano Cartagena

Este es uno de esos via­jes que te lle­ga por total casu­al­i­dad. ¿Sabéis de esos con­cur­sos en los que ofre­cen “¡habita­ciones a 1 euro!” de los que todo el mun­do habla pero no cono­ces a nadie que le haya toca­do? Pues son reales como la vida mis­ma. Nosotros somos la prue­ba porque hace unos meses nos tocaron 2 noches de hotel por 2 euros en un cua­tro estrel­las en Carta­ge­na y para mitad de Julio, en ple­na tem­po­ra­da alta. Algunos ami­gos nos decían “tiene que ten­er tru­co, fijo que os hacen pagar el desayuno a pre­cio astronómi­co”. Nada de eso. Fuimos unos de los 100 afor­tu­na­dos en toda España agra­ci­a­dos con esta pro­mo­ción. Y qué ilusión nos hizo. Parece que los via­jes, cuan­do no te los esperas y salen de la nada, se dis­fru­tan más.

Cartagena Murcia

Aunque tan­to Juan como yo habíamos esta­do muchas veces en Carta­ge­na, a nadie le amar­ga un dulce y siem­pre viene bien una escapa­da en pleno ver­a­no a una zona de playa. Además, teníamos el incen­ti­vo de que aún no habíamos ded­i­ca­do a Carta­ge­na ningún artícu­lo y esto supon­dría la excusa per­fec­ta para hac­er­lo. Nos daba algo de miedo que para esas fechas nos cogiera un calor de órda­go pero tuvi­mos tem­per­at­uras más que agrad­ables de unos 28 gra­dos. Per­fec­to.

Des­de Madrid a Carta­ge­na ape­nas hay cua­tro horas de car­retera, aunque cogi­mos algo de atas­co por ser fechas esti­vales. Pero nos esper­a­ba una buenísi­ma rec­om­pen­sa cuan­do lleg­amos y vimos lo chulísi­mo que era nue­stro hotel. La chi­ca de recep­ción se partía sabi­en­do que nos había toca­do el con­cur­so y cuan­do escuchó a Juan decir “ven­ga, que me estiro e invi­to ¡los dos euros los pago yo!” Por cier­to, el hotel es el Ser­co­tel Hotel Alfon­so XIII, situ­a­do en pleno cen­tro de la ciu­dad, en la larguísi­ma aveni­da de mis­mo nom­bre, por lo que la ubi­cación era estu­pen­da. Habitación grandísi­ma, muy cuca y con bañera de hidro­masaje.

Carta­ge­na es una de esas ciu­dades ide­ales para recor­rer en un fin de sem­ana, que te per­mite com­bi­nar sin ago­b­ios recor­ri­dos cul­tur­ales con momen­tos de relax en las playas cer­canas, de hecho el domin­go nos fuimos a pasar­lo a las playas de La Man­ga del Mar Menor. Ide­al para los que busquen vis­i­tas cul­tur­ales, sien­do como es una de las ciu­dades más antiguas de nue­stro país (sus orí­genes se remon­tan al siglo VI AC, cuan­do era un pobla­do íbero lla­ma­do Mas­tia), aunque no sería fun­da­da como ciu­dad propi­a­mente dicha has­ta el 229 AC por el gen­er­al cartag­inés Asdrúbal, quien la dio el nom­bre de Quart Hadast.

De la época púni­ca poco se sabe ya que ape­nas han sobre­vivi­do restos de estos primeros pobla­dos púni­cos e íberos. Se cree que esta­ba sól­i­da­mente for­ti­fi­ca­da, debido a las guer­ras entre Carta­go y Roma, y que se con­struyeron ter­razas para las difer­entes vivien­das. En las col­i­nas se ubi­carían los san­tu­ar­ios ded­i­ca­dos a la diosa Atar­gatis y las res­i­den­cias de la famil­ia real: el pala­cio de Asdrúbal. Es una pena que de este últi­mo no haya queda­do nada. Sin embar­go, sí se han con­ser­va­do los restos de un san­tu­ario, un par de salas que incluían una cis­ter­na para baños de purifi­cación y que se ded­i­ca­ban a dis­tin­tas cer­e­mo­nias reli­giosas. En el sue­lo de una de dichas salas se encon­tró una inscrip­ción que haría ref­er­en­cia a una dei­dad. En cualquier caso, lo más rel­e­vante de los restos hal­la­dos pertenecientes a la época púni­ca son las ruinas de unas mural­las gigan­tescas que prob­a­ble­mente lle­garon a alcan­zar los 12 met­ros de altura.

Murales Cartagena Murcia

Cuan­do lle­garon los romanos, que venían de ciu­dades en esa época con­stru­idas con bar­ro, madera y ter­ra­co­ta, no podían creer lo que veían sus ojos al toparse con una ciu­dad con­stru­i­da en piedra. Se cree que los romanos, en este caso, no arrasaron la ciu­dad sino que la incor­po­raron a su impe­rio, población inclu­i­da. Por dicho moti­vo, muchos de los arte­sanos púni­cos, entre ellos obreros y con­struc­tores, dejaron su huel­la en la con­struc­ción de la mural­la, que se con­struyó jus­to en la fron­tera entre la época púni­ca y romana pero ya con los romanos gob­er­nan­do.

Efec­ti­va­mente, cuan­do real­mente alcanzó su cen­it Carta­ge­na fue en época romana, con­vir­tién­dose en la ter­cera ciu­dad his­pana más impor­tante del impe­rio jun­to a Cor­du­ba y Tar­ra­co. Los romanos habían lle­ga­do a sus oril­las atraí­dos por los yacimien­tos de plo­mo y pla­ta, explota­dos des­de tiem­pos feni­cios, que existían en sus alrede­dores y por su ubi­cación, que la con­vertían en uno de los puer­tos más cod­i­ci­a­dos del Mar Mediter­rá­neo. Al estar ubi­ca­da den­tro de una bahía, su puer­to roz­a­ba la per­fec­ción: su con­fig­u­ración topográ­fi­ca era úni­ca e ide­al para defend­er­la de posi­bles ataques ene­mi­gos.

En aque­l­la época la may­or parte del trans­porte de mer­cancías se hacía en bar­co y los romanos eran unos com­er­ciantes emped­ernidos. Hubo un inten­so inter­cam­bio com­er­cial con el puer­to fran­co de la isla de Delos y con muchos de la penín­su­la ital­iana: no obstante, los romanos con­sid­er­a­ban a Carta­ge­na como la gran puer­ta de entra­da de sus pro­duc­tos y de sal­i­da de los his­panos. Por pon­er un ejem­p­lo, des­de His­pania se exporta­ban al año mil­lones y mil­lones de ánforas de aceite. Esta frenéti­ca activi­dad com­er­cial con­vir­tió a Carta­ge­na en una de las urbes más cos­mopoli­tas de su época. Mer­caderes, com­er­ciantes y marineros lle­ga­ban de mul­ti­tud de des­ti­nos y con ellos traían sus propias tradi­ciones, cul­tura y reli­giones. Se han encon­tra­do evi­den­cias del exten­di­do cul­to a Isis que pro­fesa­ban los egip­cios, sin ir más lejos.

Los romanos explotaron con peri­cia los yacimien­tos, lle­gan­do a ten­er más de 40.000 esclavos tra­ba­jan­do en las minas. En el año 54 AC la impor­tan­cia de Carta­ge­na era tal que el impe­rio le con­cedió el esta­tus de colo­nia, lo que con­tribuyó a desar­rol­lar inmejorable­mente el proyec­to urbanís­ti­co que lle­varon a cabo el emper­ador Augus­to y sus suce­sores. Durante la refor­ma de Dio­cle­ciano llegó a ser declar­a­da cap­i­tal de la provin­cia cartagi­nense y pos­te­ri­or­mente, tras la con­quista de la cos­ta suror­i­en­tal, pasaría a ser la cap­i­tal tam­bién de una nue­va provin­cia, esta mucho may­or: His­pania Tar­ra­co­nen­sis.

Durante la Edad Media, Carta­ge­na vivió una época de ale­targamien­to y no sería has­ta el Renacimien­to, con los monar­cas Car­los I o Felipe II, cuan­do Carta­ge­na recu­peró su impor­tan­cia con­vir­tién­dose en la base de las Galeras Reales. Des­de aquí se plan­i­fi­carían las estrate­gias marí­ti­mas mil­itares respec­to a Italia y se la usaría como muro de con­tención de las inclu­siones que pudiera realizar el impe­rio tur­co. En el siglo XVIII, bajo gob­ier­no de los Bor­bones, con­tin­uó sien­do pieza clave del dominio flu­vial al ser declar­a­da Cap­i­tal del Depar­ta­men­to Marí­ti­mo Mediter­rá­neo y se con­struyeron impor­tantes for­ti­fi­ca­ciones por orden de Car­los III. A finales del siglo XIX sus astilleros volvían a repun­tar, tras el desas­tre de Cuba y la necesi­dad de con­stru­ir una flota que cubri­era las necesi­dades españo­las y la recu­peración de la explotación de las minas cer­canas de Mazarrón.

Ya en tiem­pos más próx­i­mos, en la segun­da mitad del siglo XX, Carta­ge­na pasaría a ser eje de la indus­tria al insta­lar aquí varias fábri­c­as petro­quími­cas, de las más impor­tantes del país. Sin embar­go, en los años 90, todo este con­glom­er­a­do se vino aba­jo debido al pro­ce­so de recon­ver­sión indus­tri­al y cada vez era menos noto­ria la pres­en­cia de la Arma­da. Comen­z­a­ba un peri­o­do de colap­so y de cri­sis de tal mag­ni­tud que los carta­gen­eros comen­zaron a creer, en tono muy pes­imista, que la ciu­dad esta­ba con­de­na­da a la desapari­ción. Hubo un aban­dono masi­vo del cas­co antiguo de la ciu­dad (cuan­do paseamos por el cen­tro com­pro­bamos que en algunos edi­fi­cios sólo se man­tenía la facha­da y esta­ban rodea­d­os de andamios, señal de que esta­ban inmer­sos en pleno pro­ce­so de recu­peración). Era tal el esta­do de aban­dono que durante esos años se rodaron pelícu­las ambi­en­tadas en la guer­ra del Líbano y más de un edi­fi­cio fue demoli­do. Carta­ge­na jamás había cono­ci­do tiem­pos tan funestos.

Es curioso como muchas ciu­dades, igual que el ave fénix, son capaces de resur­gir de sus cenizas y este es el caso de Carta­ge­na. Porque si hacía años yo mis­ma había sido tes­ti­go de esta época aci­a­ga que se vivió allí, me sor­prendió para bien con­statar lo mucho que había mejo­ra­do Carta­ge­na en los últi­mos años. La ciu­dad por fin ha enfo­ca­do de man­era cor­rec­ta el rum­bo que se ha de seguir a par­tir de aho­ra: el apoyo al pat­ri­mo­nio cul­tur­al e históri­co y, en con­se­cuen­cia, al tur­is­mo. Se han acometi­do onerosas restau­ra­ciones de mucho de este pat­ri­mo­nio (espe­cial­mente de los bas­tiones defen­sivos del siglo XVIII) y todos los edi­fi­cios mil­itares, que se encon­tra­ban prác­ti­ca­mente en ruinas, se han puesto al ser­vi­cio de la Uni­ver­si­dad (que se despo­jó hace años de las lig­aduras que la ata­ban a la de Mur­cia), pasan­do a con­ver­tirse en escue­las politéc­ni­cas. Carta­ge­na está más boni­ta que nun­ca y los carta­gen­eros orgul­losísi­mos de la heren­cia que dejaron sus antepasa­dos.

Esta regen­eración del pat­ri­mo­nio de Carta­ge­na se ha podi­do lle­var a cabo gra­cias a tres ambi­ciosos proyec­tos: el Carta­ge­na Puer­ta de Cul­turas, el del Teatro romano y el del Par­que Arque­ológi­co del Molinete. 55 mil­lones de euros inver­tidos. Se han crea­do var­ios cen­tros de inter­pretación que han recu­per­a­do ese pat­ri­mo­nio históri­co y arque­ológi­co que no se supo explotar en el pasa­do.

Teatro Romano Cartagena

El primer lugar que hay que vis­i­tar en Carta­ge­na es, evi­den­te­mente, el Teatro Romano. Una de las obras más impre­sio­n­antes que el impe­rio dejó como heren­cia en nue­stro país. Pese a que es bas­tante grande (una capaci­dad de 7.000 espec­ta­dores), curiosa­mente no fue des­cu­bier­to has­ta 1988, ya que sobre él se ubi­caron dis­tin­tos recin­tos, como un mer­ca­do o una cat­e­dral, que escondieron su estruc­tura orig­i­nal. Esto tam­bién ha per­mi­ti­do que esa primera estruc­tura pudiera con­ser­varse en buenísi­mas condi­ciones pese a haber tran­scur­ri­do 20 sig­los y que se haya lle­va­do a cabo un min­u­cioso tra­ba­jo de restau­ración.

Con­stru­i­do hace más de 2.000 años y ded­i­ca­do a Lucio y Cayo César, hijos de Agri­pa y herederos de Augus­to, quienes prob­a­ble­mente con­tribuyeron a su finan­ciación, está excava­do direc­ta­mente en la roca de una col­i­na, la del Cer­ro de la Con­cep­ción, la más alta de las cin­co que hay en Carta­ge­na (los romanos solían aprovechar las mon­tañas para con­stru­ir teatros). Fue uno de los may­ores proyec­tos arqui­tec­tóni­cos de la época: el esce­nario, de dos pisos, alcan­z­a­ba los 15 met­ros de altura y lo sus­tenta­ban colum­nas de már­mol de Car­rara. Los acce­sos del públi­co se real­iz­a­ban por dos pasil­los lat­erales: los espec­ta­dores pasa­ban bajo los din­te­les con las ded­i­ca­to­rias a Lucio y Cayo. En la orques­tra (lo que aho­ra cono­ceríamos como “la zona VIP”, situ­a­da entre las gradas y el pro­pio esce­nario), se senta­ban los mag­istra­dos y las famil­ias nobles. Pero el teatro no servía sólo para rep­re­sen­tar obras: Augus­to lo uti­lizó a menudo para pro­mo­cionarse políti­ca­mente, algo pare­ci­do a lo que hacen nue­stros actuales par­tidos políti­cos por recin­tos de toda España.

La entra­da al teatro cues­ta 6 euros (si la com­pras online, un euro menos). Una galería infe­ri­or, con­ver­ti­da en museo, expone muchas de las escul­turas encon­tradas en las excava­ciones, entre las que desta­ca la Tri­a­da Capi­toli­na. En los sótanos de las ruinas de la igle­sia de San­ta María, anexas al pro­pio teatro, se hal­lan los restos de una antigua casa romana con sus cor­re­spon­di­entes mosaicos. No nos extraña que, vis­to su incal­cu­la­ble val­or arque­ológi­co, sea el mon­u­men­to más vis­i­ta­do de toda la provin­cia de Mur­cia.

Tam­bién existía en Carta­ge­na un anfiteatro, que en este caso se encuen­tra ubi­ca­do bajo la plaza de toros que se con­struyó en el siglo XIX. En un prin­ci­pio se creía que se uti­lizaron los mate­ri­ales del anfiteatro romano para con­stru­ir la plaza pero afor­tu­nada­mente no fue así. Se ha tar­da­do bas­tantes años en poder restau­rar­lo pero se han recu­per­a­do con éxi­to lo que se conocía como cárce­les, galerías donde se res­guard­a­ban glad­i­adores y ani­males.

Quien sien­do amante de la cul­tura romana desee com­ple­tar aún más la visi­ta, puede acer­carse al Bar­rio del Foro Romano, que se man­tu­vo ocul­to durante más de 2.000 años y que actual­mente per­mite mostrar lo que era una man­zana entera de un vecin­dario romano. En ella se encon­tra­ban unas ter­mas y un edi­fi­cio donde se cel­e­bra­ban ban­quetes reli­giosos, rodea­do por taber­nas.

El Molinete se lla­ma así porque en la antigüedad había aquí moli­nos (de algunos de ellos aún se con­ser­van restos); en ellos se molía el gra­no del que nac­ería la hari­na con la que se cocin­a­ba el biz­co­cho que se con­vir­tió en la base de la ali­mentación de los marineros que partían en las galeras.  El Molinete ha pasa­do a con­ver­tirse, se dice pron­to, en el may­or par­que arque­ológi­co de España en ter­reno urbano: 26.000 met­ros cuadra­dos. En él sobre­sale el lugar que más nos impre­sionó en Carta­ge­na (al niv­el que lo hizo el Teatro Romano): el Refu­gio de la Guer­ra Civ­il.

Refugio Guerra Civil Cartagena

Aho­ra mis­mo en España esta­mos en medio del debate de si es con­ve­niente o no sacar los restos de Fran­co del Valle de los Caí­dos. Un debate que a mi modo de ver ni siquiera debería ten­er lugar. ¿Os imag­ináis que en Ale­ma­nia, un país donde la más mín­i­ma apología del nazis­mo te lle­va al cal­abo­zo más cer­cano, hubiera un mau­soleo donde estu­viera enter­ra­do Hitler y cada año se acer­caran a rendirle respeto miles de descere­bra­dos? A los ale­manes una bar­bari­dad así no se les pasa por la imag­i­nación.

En este blog hace un tiem­po escribi­mos un artícu­lo, Bel­chite: los hor­rores de la guer­ra , donde te con­tábamos lo con­movi­dos que habíamos queda­do tras recor­rer este pueblo zaragozano que quedó en ruinas tras ser masacra­do durante la Guer­ra Civ­il. La Memo­ria Históri­ca, a la que deter­mi­na­dos par­tidos no hacen ni puto caso, es más que nece­saria en un país donde aún 120.000 cadáveres yacen anón­i­ma­mente en cune­tas de toda España. Cor­rer un tupi­do velo sobre nues­tra His­to­ria sin haber hecho jus­ti­cia es dar alas a esos políti­cos que aún siguen maman­do de la filosofía con­ser­vado­ra fran­quista y que a día de hoy quieren a volver a tiem­pos del medie­vo en temas como abor­to, eutana­sia o mat­ri­mo­nio homo­sex­u­al. Temas sobre los que no habría nada que debatir y que deberían ser dere­chos fun­da­men­tales de cualquier indi­vid­uo de este país. Por eso nos parece tan impor­tante el apoyo y pro­mo­ción de lugares como el Refu­gio de la Guer­ra Civ­il de Carta­ge­na. Porque el que se olvi­da de sus errores, nor­mal­mente los repite.

Cuan­do comen­zó la Guer­ra Civ­il, quedó claro que Carta­ge­na iba a con­ver­tirse en uno de los grandes bas­tiones de la Repúbli­ca. La inmen­sa may­oría de los carta­gen­eros se declar­a­ban repub­li­canos y esta­ban dis­puestos a defend­er con uñas y dientes las lib­er­tades que a los españoles tan­to les había costa­do con­seguir. Porque como en este país muchos pare­cen sufrir de amne­sia, pun­tu­al­i­zo que las tropas fascis­tas se rebe­laron a niv­el mil­i­tar con­tra un gob­ier­no elegi­do democráti­ca­mente y se apropi­aron del poder saque­an­do casas y asesinan­do a miles de civiles. A Fran­cis­co Fran­co no le había vota­do nadie: se hizo con el man­do de este país por la fuerza. Como todos los dic­ta­dores.

Refugio Guerra Civil Cartagena

Carta­ge­na era una de las ciu­dades más cod­i­ci­adas por las tropas fascis­tas ya que era el puer­to prin­ci­pal des­de donde se abastecía a las tropas repub­li­canas que lucha­ban por toda España, espe­cial­mente en Madrid. La aviación de Italia y Ale­ma­nia (país­es lid­er­a­dos por otros dos dic­ta­dores fascis­tas, Hitler y Mus­soli­ni) apoyó a las tropas de Fran­co, des­en­ca­de­nan­do una serie de bom­bardeos que obligaron a la población a res­guardarse en refu­gios excava­dos en la ladera de una col­i­na. Estremecía ver en los mon­i­tores las declara­ciones de esos ancianos que relata­ban lo ater­ror­iza­dos que se encon­tra­ban en estas galerías mien­tras las bom­bas destroz­a­ban Carta­ge­na. Más de 5.500 per­sonas se hacin­a­ban a diario en estos túne­les, pre­gun­tán­dose si volverían a ver la luz del día.

Pero los más per­ju­di­ca­dos por esta bar­barie fueron los niños. Primero a niv­el cul­tur­al, ya que el Plan de Enseñan­za emi­ti­do por el gob­ier­no de la Repúbli­ca en 1937 y con el que se intenta­ba acer­car la edu­cación a las clases más humildes, quedó trun­ca­do. Pero lo peor fue a niv­el humano. Más de 100.000 pequeños se vieron huér­fanos de la noche a la mañana: muchos de ellos debieron ser evac­ua­dos ráp­i­da­mente del país y no regre­saron jamás. Los que se quedaron fueron tes­ti­gos de los bom­bardeos y nos dejaron dibu­jos como estos. Sobran las pal­abras.

Refugio Guerra Civil Cartagena

Tras el mal cuer­po que se nos había queda­do con la visi­ta (visi­ta, insis­to, más que nece­saria), decidi­mos airearnos yén­donos a dar una vuelta por el larguísi­mo paseo marí­ti­mo. A los carte­gen­eros les gus­ta imag­i­narse que cuen­tan con una mil­la de los museos en ver­sión chiq­ui­ti­ta, en la que sobre­salen sobre todo tres insti­tu­ciones. Por un lado, el museo del pro­pio Teatro Romano. Por otro, el Museo Nacional de Arque­ología Sub­acuáti­ca (ARCUA), donde se hace un recor­ri­do por las téc­ni­cas de recu­peración de restos encon­tra­dos bajo el mar y donde, entre otras reliquias, se expone el tesoro de la fra­ga­ta de Nues­tra Seño­ra de las Mer­cedes, con un botín de casi 600.000 mon­edas de oro y pla­ta del siglo XVIII. Y por últi­mo, el Museo Naval, situ­a­do en el antiguo Cuar­tel de Instruc­ción de Marinería. Aquí es donde se expone otra pieza con mucho val­or sen­ti­men­tal para los carta­gen­eros. Es el primer sub­mari­no de la His­to­ria, el Isaac Per­al, con­stru­i­do en 1888.

Subi­mos has­ta el cer­ro donde se encuen­tran las ruinas del Castil­lo de la Con­cep­ción y que se con­struyó con restos de antiguas edi­fi­ca­ciones romanas. No que­da gran cosa de esta alcaz­a­ba musul­mana a excep­ción de la Torre del Hom­e­na­je, la Puer­ta de la Vil­la y algunos muros y aljibes pero a cam­bio pro­por­ciona unas mag­ní­fi­cas vis­tas de Carta­ge­na des­de las alturas.Algo pare­ci­do ocurre con el Castil­lo de Despeñaper­ros, del que cues­ta imag­i­narse cómo era en el pasa­do. Mejor con­ser­vadas están las Mural­las de Car­los III, aunque por des­gra­cia con el tiem­po acabaron desa­pare­cien­do sus puer­tas de acce­so.

Hablan­do de for­ti­fi­ca­ciones, una de las más impor­tantes de la ciu­dad es el Fuerte de Navi­dad, a la entra­da del puer­to de Carta­ge­na. Este nació en el siglo XVII por el temor de un ataque de la arma­da france­sa y su prin­ci­pal car­ac­terís­ti­ca es la casama­ta, un espa­cio aboveda­do que per­mite la insta­lación de varias piezas de artillería. Está ven­ti­la­da para facil­i­tar la desapari­ción del humo cuan­do se real­iz­a­ban los dis­paros.

Fuerte Navidad Cartagena

Pre­ciosa escul­tura la de “El Zulo” de Víc­tor Ochoa, que ante­ri­or­mente fue expues­ta en el madrileño par­que del Retiro y que es un hom­e­na­je a las víc­ti­mas del ter­ror­is­mo.

Escultura El Zulo Cartagena

Pase­an­do por el cen­tro, nos encon­tramos con el impre­sio­n­ante Gran Hotel de Carta­ge­na, el más impor­tante de toda la provin­cia de Mur­cia y que hace un par de años cumplía su primer siglo de vida. Cuan­do se inau­guró, el even­to fue de tal impor­tan­cia para Carta­ge­na que las calles del cen­tro se colap­saron : todo el mun­do quería ver de cer­ca ese hotel que se pro­mo­ciona­ba como uno de los más lujosos de Europa. En el cen­tro tam­bién desta­ca la vis­tosa Casa Llagostera, que nació sien­do propiedad de unos acau­dal­a­dos com­er­ciantes tex­tiles.

Gran Hotel Cartagena

Boni­to rincón en el Calle­jón de la Soledad, en el antiguo bar­rio de pescadores. Des­de la antigüedad es uno de los lugares más ven­er­a­dos por los carta­gen­eros, des­de que en el siglo XVII se insta­lara aquí una estam­pa de la Vír­gen de la Soledad alum­bra­da por un faro­lil­lo de aceite. A medi­a­dos del siglo XIX se encon­tra­ba aquí una de las casas de comi­das más pop­u­lares de Carta­ge­na, el Bodegón de Cór­coles, donde se servían pesca­dos y mariscos y donde cuen­ta la leyen­da se planeó la Rev­olu­ción de 1868 que acabó con la monar­quía de Isabel II.

Callejon Soledad Cartagena

A Carta­ge­na, como ciu­dad marí­ti­ma que es, hay tam­bién que cono­cer­la des­de el mar. Por eso os acon­se­jo que aprovechéis para tomar el bar­co turís­ti­co que sale del puer­to (pre­cio del bil­lete 6 euros), mejor al caer la tarde, que hace menos calor. Se real­iza un recor­ri­do de aprox­i­mada­mente 45 min­u­tos que os lle­vará por esa dárse­na nat­ur­al que es la bahía de Carta­ge­na y en el que podréis ver el sis­tema de for­ti­fi­ca­ciones que defendía a la ciu­dad, como el Fortín de San­ta Ana o Trin­caboti­jas, las baterías de San Isidoro y San­ta Flo­renti­na, los col­ori­dos faros o la cer­cana playa de Cala Corti­na, pega­da al bar­rio de San­ta Lucía. A nosotros el paseo nos pare­ció la mar de agrad­able y nos per­mi­tió dis­fru­tar de Carta­ge­na des­de otra per­spec­ti­va.

Faro Cartagena

El edi­fi­cio más boni­to de Carta­ge­na, el Pala­cio Con­sis­to­r­i­al, es decir, el Ayun­tamien­to. De esti­lo mod­ernista y con­stru­i­do en már­mol blan­co, no te cansas de pasar una y otra vez por delante de su facha­da.

Palacio Consistorial Cartagena

Cuan­do cae la noche, acon­se­jo dar un paseo por la Calle May­or, lo que era la antigua Rua Prin­ci­pal, la más tran­si­ta­da de la ciu­dad. Además de estar llena de cafeterías y restau­rantes, aquí se encuen­tran los pala­cios de la antigua aris­toc­ra­cia, como el Pala­cio del Mar­qués de Casa Tilly (lo que es aho­ra el Casi­no), la Casa-Pala­cio del Almi­rante Escaño o el Pala­cio de los Moli­na. Un lugar ide­al para parar a tomarte una cervecita.

Centro historico Cartagena

Ya por últi­mo, comen­tar que a la hora de com­er, os recomen­damos que os ale­jéis un poco del cen­tro y os acerquéis a La Tas­ca del Tío Andrés. Un restau­rante típi­co carta­gen­ero que nos gustó tan­to (ama­bilísi­mos sus camareros) que fuimos un par de veces. Y es que no nos podíamos ir de Carta­ge­na sin pro­bar el pla­to más car­ac­terís­ti­co de esta región: el arroz caldero. Un pla­to marinero que los pescadores cocin­a­ban en la mis­ma playa en el que se com­bi­na el arroz con el pesca­do, aunque se pre­sen­tan sep­a­ra­dos, y se sirve con sal­sa ali­oli. Espec­tac­u­lar.


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