COREA DEL SUR — Busan

Llegábamos ya a nues­tra ter­cera y últi­ma eta­pa en Corea del Sur: Busan. Acabaríamos nue­stro via­je en la que es la segun­da ciu­dad más grande del país (más de tres mil­lones y medio de habi­tantes). Pese a que en la prác­ti­ca no cuen­ta con los insu­per­a­bles reclam­os históri­cos de Seúl y Gyeongju, en mi opinión es recomend­able incluir­la en un primer via­je a Corea ya que ofrece otra serie de atrac­tivos que jus­ti­f­i­can la estancia durante unos días. Nosotros estu­vi­mos cua­tro y los aprovechamos bas­tante. Además, el hecho de que no ten­ga tan­tísi­mas cosas para vis­i­tar como las ciu­dades ante­ri­or­mente men­cionadas con­sti­tuyó final­mente una ven­ta­ja impor­tante ya que en Busan nos ocur­rió una de las anéc­do­tas más sur­re­al­is­tas (otra más) del via­je. Sólo unos días antes de via­jar a Corea, el país había sufri­do el peor ter­re­mo­to de su his­to­ria (5,8 gra­dos de mag­ni­tud), con epi­cen­tro en Gyeongju y que las autori­dades core­anas achac­aron a los ensayos nuclear­es que esta­ban real­izan­do sus veci­nos de Corea del Norte. Pues bien, estando en Busan uno de los días nos comen­zó a llover con tal inten­si­dad (algo exager­a­do, en diez min­u­tos estábamos con la ropa chor­re­an­do) que decidi­mos que la mejor opción era volver al hotel. Empa­pa­dos como estábamos cor­ríamos ries­go de agar­rar una pul­monía. Estando ya en la habitación, de repente los dos telé­fonos nos comen­zaron a pitar como locos: en Corea, si tienes un Iphone, en caso de situa­ciones de emer­gen­cia el gob­ier­no te man­da un men­saje al móvil. Recibi­mos ambos un sms dicien­do “Emer­gency Alert!” y un tex­to en core­ano que obvi­a­mente no entendíamos: ¿qué ocurría?¿volvía a haber tem­blores de tierra?¿o aca­so sus veci­nos norteños habían lan­za­do un mis­il? ¡En este país te puedes esper­ar cualquier cosa! Pen­samos en bajar a recep­ción para que nos aclararan el entuer­to (imag­i­nad nues­tra cara de angus­tia) pero como no oímos a gente cor­rien­do por los pasil­los, me metí en Inter­net y busqué en Google las noti­cias de últi­ma hora en Busan. La tor­men­ta, con una llu­via fer­oz que azota­ba los cristales de la ven­tana, iba camino de con­ver­tirse en algo más. Y de hecho así fue: sólo tres días después, cuan­do acabábamos de ater­rizar en Madrid, el tifón Cha­ba, con vien­tos de más de 200 kilómet­ros por hora, deja­ba siete muer­tos, miles de casas sin sum­in­istro eléc­tri­co, más de cien vue­los locales sus­pendi­dos y par­al­iza­da la línea del tren KTX. Vamos, que nos habíamos libra­do por los pelos de haber­nos queda­do inco­mu­ni­ca­dos en Corea y sin saber cuán­do íbamos a regre­sar a casa.

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Como os comen­té en la eta­pa de los prepar­a­tivos, ir des­de Gyeongju a Busan, es fácil, cómo­do y bara­to: sólo 50 min­u­tos en un bus cuyo bil­lete cues­ta poco más de cua­tro euros. El auto­bús te dejará en la estación de Dong­bu, per­fec­ta­mente comu­ni­ca­da en metro con el resto de la ciu­dad. Nosotros habíamos escogi­do para alo­jarnos Seomyeon, el bar­rio más vibrante de la ciu­dad, lleno de cen­tros com­er­ciales que con­viv­en con los mer­ca­dos más tradi­cionales. De hecho, detrás de nue­stro hotel se encon­tra­ba uno de los más impor­tantes de la ciu­dad, el Mar­ket of Mem­o­ry: nos llamó la aten­ción que pese a ser Busan una ciu­dad tan desar­rol­la­da, el mer­ca­do, como podéis obser­var en la fotografía, era el Asia más pro­fun­da, con pesca­dos tira­dos por el sue­lo y rodea­d­os de moscas, parecía que lo del anisakis les importa­ba poco a vende­dores y com­pradores. Dimos una vuelta para empa­parnos del ambi­ente de las amas de casa core­anas com­pran­do y aprovechamos para com­prar unos cuan­tos bol­los caseros: a los core­anos se les da de fábu­la la repostería. Probamos otro dulce muy típi­co de Busan, el Ssi­at Hoteok, que os ani­mem­os a que catéis nada más pis­ar la ciu­dad.

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El hotel que elegi­mos en Busan fue el Shin Shin Hotel. Cal­i­dad-pre­cio excep­cional, 50 euros por noche. Habitación grandísi­ma (tenía has­ta orde­nador), 200 canales de tele­visión, desayuno incluí­do (aunque era core­ano, alu­ci­nante ver cómo los locales desayu­nan como si fuera una comi­da) y un per­son­al ama­bilísi­mo. Además, se encon­tra­ba a ape­nas cin­co min­u­tos andan­do del metro y en una calle llena de puestecitos de comi­da que nos solu­cionaron más de una noche la cena (prepara­ban una tem­pu­ra estu­pen­da y unas gyozas riquísi­mas y salíamos a poco más de tres euros por cabeza). Jus­to enfrente del hotel teníamos tam­bién un restau­rante core­ano-core­ano donde éramos los úni­cos comen­sales extran­jeros: la seño­ra que lo regenta­ba, una viejecita encan­ta­do­ra que no habla­ba inglés con la que nos comu­nicábamos por medio de sig­nos y que nos recibía con una son­risa de ore­ja a ore­ja cada vez que entrábamos, nos preparó algu­nas de las comi­das más sucu­len­tas de todo nue­stro via­je. Y además nos enseñó a com­er la carne enr­rol­la­da en estas hojas que no estoy segu­ra pero parecían de hierbabue­na y que le daban al menú un sabor espec­tac­u­lar.

 

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Hablan­do de comi­das, en la gas­tronomía de Busan, ya de por sí muy amplia, hay un pla­to que desta­ca por enci­ma de todos: el Dwae­ji Guk­bap. Este es una sabrosa sopa de cer­do y arroz que aunque es antiquísi­ma, se hizo espe­cial­mente pop­u­lar entre los refu­gia­dos en la Guer­ra de Corea (muchos de ellos vinieron a vivir a Busan), ya que era muy nutri­ti­va y per­mitía aprovechar del gana­do por­ci­no has­ta los hue­sos. Hay un mon­tón de restau­rantes en Busan espe­cial­iza­dos en el Dwae­ji.

 

Una de las cosas que sor­prende en Busan es que hay un mon­tón de igle­sias católi­cas. El catoli­cis­mo es la ter­cera religión más impor­tante del país: un 35% de la población se declara creyente y prac­ti­cante.

 

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Busan es una ciu­dad rodea­da de mon­tañas (de hecho el nom­bre sig­nifi­ca “mon­taña con for­ma de hervi­dor”) pero, ante todo, es una ciu­dad marí­ti­ma: su puer­to es el más impor­tante del país y el quin­to del mun­do. Por dicho moti­vo, bue­na parte de la activi­dad se con­cen­tra en su cos­ta, baña­da por las aguas del Mar de Chi­na. Es la ciu­dad de Corea que más cer­ca se encuen­tra de Japón y son muchos los tur­is­tas que aprovechan su estancia en Busan para lle­gar por mar a Fukuo­ka. El trayec­to en fer­ry dura entre 6 y 11 horas, depende del bar­co que esco­jas, y el pre­cio del bil­lete ron­da los 60 euros. Nosotros no bara­jamos la opción porque ya habíamos esta­do tres veces en Japón y en este via­je prefer­íamos cen­trarnos en Corea pero puede supon­er un buen plan si te intere­sa vis­i­tar ambos país­es.

 

Busan tiene varias playas (y además bue­nas, de playa rubia y fina) aunque cuan­do fuimos a pasear por algu­na de ellas, pese al calor, no vimos abso­lu­ta­mente a nadie en el agua, lo que nos llevó a pen­sar que, una vez más, a los core­anos no les gus­ta nada que les de el sol. Des­de la playa de Gwan­gal­li tienes unas vis­tas panorámi­cas pre­ciosas del puente Dia­mond (tan pare­ci­do al Gold­en Gate de San Fran­cis­co).

 

A nosotros la playa que más nos gustó fue la de Hae­un­dae. Dicen de ella que es la más cono­ci­da de todo el país, “el San­ta Móni­ca core­ano”. Con su kilómetro y medio de lon­gi­tud, lo mejor es evi­tar­la en pleno ver­a­no, cuan­do se encuen­tra a rebosar de som­bril­las: a últi­mos de sep­tiem­bre era una goza­da poder pasear sin ape­nas cruzarte con nadie (lo que, os ase­guro, en Corea es com­pli­ca­do). Aquí se encuen­tra el acuario más grande de Corea (que nosotros no visi­ta­mos porque ya sabéis que esta­mos en con­tra de acuar­ios, del­fi­nar­ios y zoológi­cos), la col­i­na de Damalji, donde muchos locales vienen a darse cam­i­natas los fines de sem­ana, y el impre­sio­n­ante Busan Cin­e­ma Cen­ter que se con­struyó en 2011 con moti­vo del mul­ti­tu­di­nario fes­ti­val de cine, uno de los más impor­tantes del mun­do, que se cel­e­bra aquí cada año.

 

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Ya que estáis por estos lares y en con­traste con los lujosos hote­les y aparta­men­tos que se lev­an­tan en la cos­ta, os recomien­do dar una vuelta por el mer­ca­do y por Hae­un­dae Food Alley, un calle­jón cer­cano a la playa donde deberíais atreveros con las deli­cias locales, no obstante podrás ver el pesca­do vivo en gigan­tescos tan­ques. Marisco fres­co recien saca­do del mar, cala­mares, anguilas asadas, sun­dae (la mor­cil­la core­ana), huevos negros, tem­pu­ra, dul­ces de cien­tos de sabores… Pero lo que impera y reina es el pesca­do y marisco fres­co. Pegarse una bue­na marisca­da en Busan es casi una obligación y nosotros, obvi­a­mente, lo hici­mos. Sal­imos a poco más de 15 euros por cabeza y comi­mos de escán­da­lo. Eso sí, no esperes que te la pre­paren como en Gali­cia: la nues­tra nos llegó calen­ti­ta y sobre una alfom­bra de fideos ori­en­tales.

 

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Nos vamos a ir aho­ra al tem­p­lo que más nos gustó de todo nue­stro via­je a Corea y prob­a­ble­mente uno de los más boni­tos que hemos dis­fru­ta­do nun­ca en Asia: el Yong­gungsa Tem­ple. Para lle­gar has­ta aquí, has de coger en Hae­un­dae el auto­bús 181 e indi­car­le al con­duc­tor que te señale cuan­do bajar. El trayec­to es de unos veinte min­u­tos y súmale otros diez a lo que tar­das en lle­gar des­de la para­da (tran­qui­lo, está per­fec­ta­mente señal­iza­do).

 

El Yog­gungsa es una autén­ti­ca rareza en tier­ras core­anas ya que casi la total­i­dad de los tem­p­los se con­struyeron en las mon­tañas y sin embar­go este se encuen­tra jun­to al mar, lo que le otor­ga una belleza extra en la que no sabes si lo más boni­to es el tem­p­lo en sí o el para­je que lo rodea. Tiene una antigüedad de siete sig­los, con un san­tu­ario prin­ci­pal, el Daung­jeon, un tem­p­lo bud­ista, otro pequeñi­to den­tro de una cue­va y una pago­da de tres plan­tas cus­to­di­a­da por cua­tro leones de piedra que sim­bolizan la ale­gría, la tris­teza, la ira y la feli­ci­dad. Al recin­to le pre­cede un sendero de acce­so cus­to­di­a­do por estat­uas, las de los sig­nos zodi­a­cales, y más de un cen­te­nar de escalones (cuida­do al bajar­los): como veis en las fotografías, que se encuen­tre tan escon­di­do le dota de aún más aut­en­ti­ci­dad y esplen­dor.

 

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En el Yong­gun­ga es habit­u­al encon­trarse a un mon­tón de core­anos durante la fes­tivi­dad de Año Nue­vo, ya que la tradi­ción mar­ca que aquí se ven­gan a pedir los deseos para el año entrante. Durante el cuar­to mes del cal­en­dario lunar tam­bién se cel­e­bra el nacimien­to de Buda y en su hon­or se encien­den cien­tos de lin­ter­nas.

 

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Si quieres con­tin­uar con el tema mer­ca­dos gas­tronómi­cos, lo recomend­able es que te acerques a la zona de Nam­po, donde además de la Torre de Busan en el par­que Yong­du­san, se encuen­tra el Jagalchi Mar­ket, otro de los más pop­u­lares de la ciu­dad. Otra de las mañanas la gas­ta­mos en Gam­cheon Vil­lage, un pin­toresco bar­rio que cae sobre la ladera de la mon­taña (se le conoce como el Machu Pic­chu core­ano). Este, que antigua­mente era uno de los vecin­dar­ios más pobres de Busan, se revi­tal­izó a fuerza de restau­rar las casas, que aho­ra lucen con bril­lantes col­ores. Sin embar­go, fue de las pocas veces que no tuvi­mos mucha suerte con la visi­ta: cuan­do sal­imos de la estación de Toseong, nos emper­ramos en subir andan­do en vez de coger un auto­bús y fue cuan­do nos cayó el dilu­vio uni­ver­sal que nos obligó a encer­rarnos el resto del día en el hotel, por lo que tuvi­mos que ver Gam­cheon deprisa, cor­rien­do y empa­pa­dos has­ta el esófa­go.

 

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El últi­mo día que pasamos en Busan seguía llovien­do aunque no con tan­ta inten­si­dad como el ante­ri­or, por lo que nos agen­ci­amos un par de paraguas y nos fuimos a la mon­taña a recor­rer el tem­p­lo Beomeosa. Al salir de la estación tenéis que coger el bus 90 que os sube has­ta la col­i­na (hay temer­ar­ios que lo hacen andan­do pero no creo que se tarde menos de dos horas y además no hay arcén para los peatones). El tem­p­lo Beomeosa (o Tem­p­lo del Pez Celes­tial), en el monte Geum­jeonnsang, fue con­struí­do hace 1.300 años (y pos­te­ri­or­mente recon­struí­do) y es uno de los más boni­tos de toda Corea, aparte de una de las prin­ci­pales atrac­ciones turís­ti­cas de Busan. Con un tem­p­lo prin­ci­pal, el Daung­jeon, la pago­da de las Tres Piedras y varias puer­tas con­sid­er­adas tesoros nacionales, en mitad de una mon­taña comi­da por la bru­ma y con los mon­jes bud­is­tas real­izan­do sus ritos, decíamos adios, en un esce­nario inigual­able, a un via­je a un país úni­co, Corea del Sur, que para for­tu­na nues­tra aún con­tinúa sien­do un mis­te­rio abso­lu­to para los occi­den­tales.

 

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