Bratislava: la encantadora capital de Eslovaquia

 

La coque­ta ciu­dad de Bratisla­va, cap­i­tal eslo­va­ca, es uno de esos des­ti­nos europeos que pare­cen pasar desapercibidos para muchos tur­is­tas y que, sin embar­go y por dere­cho pro­pio, se está con­vir­tien­do en una de las ciu­dades de moda del Viejo Con­ti­nente. Lejos que­da ya ese halo de oscuri­dad que envolvía a la Europa del Este has­ta hace sólo unas décadas. Bratisla­va, al igual que su veci­na Pra­ga, se abre al mun­do tras tan­tos años escon­di­da detrás del Telón de Acero. Y lo hace con opti­mis­mo y energías ren­o­vadas. Dis­pues­ta a enam­orar al vis­i­tante con un col­ori­do y una fres­cu­ra que lle­ga a sor­pren­der en dichas lat­i­tudes.

 

A oril­las de ese río míti­co que es el Danu­bio, se ubi­ca la pequeña Bratisla­va (Press­burg en alemán o Poz­sony en hún­garo), una ciu­dad que ha pare­ci­do car­gar con el sam­ben­i­to de “ciu­dad de paso”. No obstante, esta situación parece estar cam­bian­do en los últi­mos años: la cap­i­tal eslo­va­ca comien­za a per­fi­larse como un des­ti­no turís­ti­co de lo más intere­sante, gra­cias a su ani­ma­do cen­tro históri­co (peatonal­iza­do casi en su total­i­dad), sus pre­cios ase­quibles y el atrac­ti­vo de ser una ciu­dad que aún no ha sido inva­di­da por las hor­das de tur­is­tas que pul­u­lan por otras urbes euro­peas.

Nosotros la incluimos en el itin­er­ario que hici­mos en un via­je que real­izamos por cen­troeu­ropa y quedamos encan­ta­dos con la decisión. Y es que esta vil­la, más que de las 3 bés, es la ciu­dad de las 4 bés: ¡Bratisla­va, bue­na, boni­ta y bara­ta!

                              Cómo lle­gar a Bratisla­va

La situación de Bratisla­va es atípi­ca. Es la úni­ca cap­i­tal del mun­do que com­parte fron­tera con dos naciones: Hun­gría y Aus­tria. Paradóji­ca­mente, con­viene más volar a alguno de estos dos país­es limítro­fes que a la propia Eslo­vaquia, ya que actual­mente (al menos en el momen­to de escribir este artícu­lo), Madrid o Barcelona no tienen vue­los direc­tos con la cap­i­tal eslo­va­ca (aunque curiosa­mente sí puedes volar con Ryanair des­de Mála­ga o Pal­ma de Mal­lor­ca por un módi­co pre­cio). Por lo tan­to, te pro­ponemos unas cuan­tas opciones.

Des­de Viena: La opción más cómo­da ya que es la cap­i­tal más cer­cana. Tar­das sólo una hora vinien­do en tren (12 euros). Los trenes parten de la estación cen­tral de Viena, la Wien Haupt­bah­nof, y lle­gan a la Hlav­na Stan­i­ca de Bratisla­va (la fre­cuen­cia es de un tren cada 30 min­u­tos). En auto­bús se tar­da una hora y cuar­to con Slo­vak Lines (10 euros) y si no te impor­ta pagar 30 euros sólo por el trayec­to de ida, puedes coger los bar­cos de Twin City Lin­er y lle­gar en fer­ry (75 min­u­tos de trayec­to). Esta línea de bar­cos sólo opera esta ruta entre Mar­zo y Diciem­bre por motivos cli­ma­tológi­cos.

Des­de Budapest: El modo más prác­ti­co de lle­gar des­de la cap­i­tal hún­gara es el tren. Ape­nas dos horas y veinte min­u­tos de trayec­to y un pre­cio aprox­i­ma­do de 12 euros (sólo ida). Puedes venir tam­bién en auto­bús, ya que se tar­da más o menos lo mis­mo y el pre­cio es sim­i­lar: algu­nas de las com­pañías que oper­an la ruta son Regio­jet y Flixbus (aunque esta últi­ma sólo ofrece una fre­cuen­cia de dos via­jes por sem­ana).

Otra opción alter­na­ti­va es venir des­de Pra­ga pero aquí el trayec­to, tan­to en auto­bús como en tren, ya se va a las cua­tro horas ya que hay que cubrir una dis­tan­cia aprox­i­ma­da de 350 kilómet­ros.

Nosotros, como teníamos coche de alquil­er, opta­mos por la opción más cómo­da y ráp­i­da: venir des­de Aus­tria por la autopista A4 (una hora). Una vez lleg­amos a Bratisla­va, dejamos el coche en un park­ing y nos olvi­damos de él durante el tiem­po que estu­vi­mos en la ciu­dad ya que el cen­tro históri­co se puede cono­cer per­fec­ta­mente cam­i­nan­do.

 

Nada más lle­gar a Bratisla­va os recomien­do acer­caros a la Ofic­i­na de Tur­is­mo de la calle Klobunic­ka. Es curioso que las seño­ras que tra­ba­jan allí ten­gan fama de antipáti­cas porque a nosotros nos atendieron mar­avil­losa­mente. Nos dieron mapas, fol­letos y nos infor­maron de las atrac­ciones más intere­santes de la ciu­dad. Tam­bién nos pro­pusieron hac­er­nos con la Bratisla­va Card aunque no nos interesa­ba porque íbamos a estar en Bratisla­va sólo un día, tiem­po más que sufi­ciente para recor­rer una ciu­dad bas­tante pequeña, pese a ser una cap­i­tal. De hecho, una de las curiosi­dades de Bratisla­va es que es de las pocas cap­i­tales euro­peas que no tiene metro, aunque sí tran­vía (el pre­cio de los tick­ets va con­forme a los min­u­tos que dure el trayec­to).

No obstante, si te intere­sa o vas a pasar más tiem­po aquí, recuer­da que hay tres modal­i­dades (un día, dos o tres) y que con ella no sólo te puedes ben­e­fi­ciar de impor­tantes des­cuen­tos en entradas a mon­u­men­tos y museos sino que además puedes usar tan­tas veces como quieras el trans­porte públi­co (el noc­turno tam­bién) e inclu­so apun­tarte a los tours guia­dos que se orga­ni­zan varias veces al día: el úni­co req­ui­si­to es que te apuntes un par de horas antes.

Lo bueno de venir a Eslo­vaquia, y más si lo haces en otoño, es que es un país en el que ape­nas encon­trarás tur­is­tas, al con­trario que en su antigua her­mana, la Repúbli­ca Checa, donde en ver­a­no cues­ta pasear por las calles de Pra­ga de la gente que hay. En Bratisla­va el fenó­meno es a la inver­sa: el 99% de los transeúntes con los que te cruzarás son eslo­va­cos. Y la ver­dad, se agradece. En una época en que el tur­is­mo se cuela como los ten­tácu­los de un pulpo en cualquier lugar, encon­trar un rincón en la Vie­ja Europa donde los tur­is­tas sean una excep­ción y no abar­roten calles y com­er­cios, hace el via­je mucho más pla­cen­tero. Y eso que, de largo, Bratisla­va es el sitio más vis­i­ta­do del país. Suponemos que en ver­a­no encon­traréis más tur­is­mo pero os ase­guro que cuan­do estu­vi­mos nosotros, éste prác­ti­ca­mente era inex­is­tente.

Aunque no tuvi­mos ningún prob­le­ma con el idioma y prác­ti­ca­mente todo el mun­do al que nos dirigi­mos en inglés supo con­tes­tarnos, no está de más que sepas algu­nas fras­es en eslo­va­co:

Dobry den: Buen día

Ahoj!: Hola

Prosim: Por favor

Dobré ráno: Buenos días

Daku­jem: Gra­cias

Dobrú noc: Bue­nas noches

Prepácte: Perdón

Otra de las cosas que me encan­tó de Bratisla­va es que, pese a que los europeos ori­en­tales suele echárse­les en cara su carác­ter arisco, aquí nos fuimos con la sen­sación de que todo el mun­do era de lo más hos­pi­ta­lario; de hecho, hay un refrán eslo­va­co que dice “un huésped en el hog­ar es un dios en la casa”. Y eso pese a que el país ha esta­do cer­ra­do tan­tos años al vis­i­tante forá­neo, por lo que es habit­u­al que a veces les falte prác­ti­ca en lo de mane­jarse con el inglés o acos­tum­brarse a las extrañas manías de los extran­jeros que ven­i­mos de fuera.

Bratislava

Hemos de comen­zar la visi­ta a Bratisla­va por el corazón de la ciu­dad, Staré Mesto, la Ciu­dad Vie­ja, sigu­ien­do las calles Michal­ská y Ven­túrs­ka, lo que se conoce como zona del Kor­zo. Es aquí donde se amon­to­nan los restau­rantes, las cafeterías y las tien­das de sou­venirs. Y tam­bién podemos encon­trar la Lekáren U Cer­veného Raka (Lan­gos­ta Roja), la far­ma­cia más antigua de Bratisla­va (data del siglo XIV), aho­ra con­ver­ti­da en un museo. Cer­ca se encuen­tra el Museo de la Ciu­dad (cer­ra­do los lunes), que recorre la his­to­ria de las for­ti­fi­ca­ciones y tiene una exposi­ción de armas.

En la calle Ven­túrs­ka, en el número 10, se encuen­tra el Pala­cio Pálffy­ho, aunque casi todo el mun­do lo conoce como la Mozartov Dom (Casa Mozart), por la visi­ta que hizo el com­pos­i­tor sien­do niño acom­pañan­do a su padre Leopold. Esta calle, una de las más ani­madas de Bratisla­va, está pla­ga­da de palacetes de hace tres sig­los. Aca­ba en la Puer­ta de San Miguel, una de las cua­tro que existían para acced­er al cas­co históri­co (esta es la úni­ca que se con­ser­va). Aquí aho­ra encon­tramos la sede del Museo de Armas y un mirador situ­a­do a más de 50 met­ros de alti­tud.

En su parte infe­ri­or hay un cir­cu­lo dora­do, la Rosa de los Vien­tos que señala la dis­tan­cia des­de Bratisla­va a 29 ciu­dades del mun­do: está con­sid­er­a­do el pun­to cero de la cap­i­tal eslo­va­ca. La leyen­da dice que si logras cruzar la puer­ta sin nadie al lado, se te cumplirá el deseo en el que piens­es en ese momen­to.

Puerta San Miguel Bratislava

La Plaza May­or, la Hlavné Námestie, es el lugar más impor­tante del cen­tro históri­co. Aquí se cel­e­bra­ba antaño el mer­ca­do munic­i­pal (y tam­bién las eje­cu­ciones); aho­ra, cada año se insta­la el mer­ca­do navideño al que lle­gan eslo­va­cos venidos de todas las partes del país, es donde se cel­e­bran éxi­tos deportivos y man­i­festa­ciones, la fies­ta de Año Nue­vo y donde si el tiem­po lo per­mite, se amenizan algu­nas tardes de ver­a­no con concier­tos al aire libre o se proyectan pelícu­las en pan­tallas enormes.

Curiosa­mente, aunque esa torre con reloj parez­ca una igle­sia, en real­i­dad es una parte del Ayun­tamien­to Viejo, el Stara Rad­ni­ca,  y servía como casa del alcalde en el siglo XIV (el Ayun­tamien­to Nue­vo se encuen­tra en una plaza muy cerqui­ta). Los edi­fi­cios actuales son de esti­lo bar­ro­co (vinieron a susti­tuir a otros góti­cos más antigu­os) y aco­gen el Museo Munic­i­pal, donde se repasa la his­to­ria de la ciu­dad.

Bratislava Plaza Mayor

En el cen­tro de la plaza encon­tramos la Fuente de Max­i­m­il­iano, que los locales cono­cen como la Fuente de Roland por la estat­ua del sol­da­do, pro­tag­o­nista de una leyen­da que cuen­ta que el rey Max­i­m­il­iano instaló esta fuente tras sufrir Bratisla­va un incen­dio que no se pudo sofo­car por fal­ta de agua. Aho­ra dicha fuente está rodea­da de ter­rac­i­tas de cafeterías: a los aus­tri­a­cos les encan­ta venir aquí de tur­is­mo a com­er dul­ces eslo­va­cos. Vien­do lo cer­ca que está Bratisla­va de Viena, enten­demos lo de acer­carse a pasar aquí el día.

La igle­sia de San Fran­cis­co, de la que se dice que es el edi­fi­cio más antiguo de Bratisla­va, está bas­tante des­cuida­da en su exte­ri­or.

Iglesia San Francisco Bratislava

El Pala­cio del Pri­ma­do (vis­itable de martes a domin­go) es uno de los mejores ejem­p­los de esti­lo neo­clási­co de Eslo­vaquia y lo con­struyó un obis­po para sí mis­mo. Se encuen­tra en una plaza con­tigua a la Plaza May­or y fue donde se fir­mó la paz en 1805 por parte del emper­ador Fran­cis­co I y Napoleón Bona­parte. En su inte­ri­or desta­ca el Salón de los Espe­jos y una sober­bia colec­ción de tapices británi­cos del siglo XVII que se des­cubrió por casu­al­i­dad, ocul­ta en las pare­des, cuan­do se restau­ró el pala­cio a prin­ci­p­ios de siglo. Estos tapices cues­tan más que el pro­pio pala­cio.

Palacio Primado Bratislava

Aquí ten­emos el Sloven­ské Národ­né Divad­lo, el Teatro Nacional. Un edi­fi­cio pre­cioso: si os fijáis aten­ta­mente, obser­varéis que en la parte supe­ri­or se encuen­tran los bus­tos de per­son­ajes cono­ci­dos como Goethe, Shake­speare o Mozart. Frente al teatro podéis ver tam­bién la Fuente de Ganymed, que fue la primera fuente de agua potable de la ciu­dad. Si os gus­ta la ópera o el bal­let, habit­ual­mente se rep­re­sen­tan obras en el teatro y tam­bién en otro teatro nue­vo cer­ca del cen­tro com­er­cial Eurovea: aquí puedes ver la pro­gra­mación. Las entradas son bas­tante económi­cas en com­para­ción con otras óperas euro­peas.

Teatro Bratislava

El Teatro Nacional se encuen­tra en la plaza Hviez­doslavo­vo, lla­ma­da así en hon­or al poeta Pavol Országh Hviez­doslav, cuya colos­al estat­ua se hal­la en esta mis­ma plaza. Aquí podemos obser­var así mis­mo la ele­gante facha­da del hotel Radis­son Blu Carl­ton, con­sid­er­a­do uno de los mejores del país (dormir en Bratisla­va no es caro, en tem­po­ra­da baja puedes alo­jarte en hote­les de cin­co estrel­las por unos 90 euros la doble). En la plaza Hviez­doslavo­vo tam­bién están algu­nas emba­jadas como las de Esta­dos Unidos o la de Ale­ma­nia. Si vienes en invier­no, podrás dis­fru­tar de una pista de hielo si te gus­ta pati­nar.

Esta de aquí aba­jo es la vis­tosa igle­sia de San­ta Isabel (cono­ci­da pop­u­lar­mente como la igle­sia azul), en hon­or a Isabel de Hun­gría, que cre­ció en el castil­lo de la ciu­dad. Se encuen­tra en la parte este del cas­co históri­co, cer­ca de la calle Bezru­co­va. Es una de las rep­re­senta­ciones más extra­or­di­nar­ias que exis­ten del lla­ma­do art nou­veau hún­garo (hay lis­tas de espera de años para poder casarse aquí) y no sólo es azu­la­do el exte­ri­or, tam­bién el inte­ri­or, de for­ma oval­a­da. Pre­cisa­mente esta igle­sia es la encar­ga­da de rep­re­sen­tar a Eslo­vaquia en su ver­sión miniatu­ra en el par­que Mini Europe de Bruse­las.

Iglesia Azul

Los eslo­va­cos se refieren a ella como la “oooh fooh” (¡o algo así!) pero en real­i­dad están hablan­do de la UFO Tow­er (ante­ri­or­mente se llam­a­ba Bystri­ca), una torre con pin­ta de nave aliení­ge­na (de ahí su nom­bre) que se sitúa sobre el Puente del Lev­an­tamien­to, tam­bién cono­ci­do como Puente Nue­vo. Este puente es el sép­ti­mo puente col­gante más largo del mun­do.

El may­or atrac­ti­vo de la torre es que en su cima tiene un obser­va­to­rio (entra­da 7,40 euros) y un restau­rante con pre­cios bas­tante infla­dos. Por lo tan­to, en mi opinión no merece mucho la pena subir sino más bien admi­rar la torre des­de aba­jo.

Bratislava
Nues­tra ami­ga Bea obser­van­do a lo lejos la Torre UFO

Fuimos dán­donos un agrad­able paseo has­ta la joya de Bratisla­va: el castil­lo. Se encuen­tra en lo alto de una col­i­na, a casi cien met­ros de altura, des­de donde se obtienen unas boni­tas panorámi­cas del Danu­bio. Esta parte de la ciu­dad ya esta­ba ocu­pa­da en época romana; el actu­al castil­lo data del siglo X y se le conocía como Castil­lo de Breza­laus­purch (prob­a­ble­mente de ahí derive el nom­bre de Bratisla­va). Se encuen­tra jun­to al Par­la­men­to Eslo­va­co. Un par­la­men­to muy joven: nació en el año 1993.

El castil­lo (del que se dice que parece una mesa patas arri­ba) está flan­quea­do por cua­tro tor­res. Y aunque todas pare­cen iguales, la de la izquier­da es lig­era­mente más grande. En esa torre se guardaron las joyas de la coro­na del Reino de Hun­gría durante más de 200 años. Las escaleras inte­ri­ores son muy planas porque la emper­a­triz María Tere­sa de Hun­gría (madre de la mal­ogra­da María Antoni­eta) era muy capri­chosa y se empeña­ba en subir­las a cabal­lo.

Actual­mente den­tro del castil­lo hay una intere­sante exposi­ción históri­ca ubi­ca­da en lo que es el Museo Nacional. Detrás del castil­lo puedes acer­carte a ver el cemente­rio mil­i­tar de Slavín, donde reposan los restos de 7000 sol­da­dos rusos que fal­l­ecieron defen­di­en­do a Bratisla­va de las tropas nazis. Lo pre­side un enorme obelis­co con la estat­ua de un sol­da­do soviéti­co pisan­do una esvás­ti­ca.

Castillo Bratislava

La Cat­e­dral de San Martín, cuya torre de 80 met­ros sobre­sale entre los teja­dos de las casas cer­canas, es la may­or igle­sia de Eslo­vaquia. Y además la más antigua. Se sitúa a los pies del castil­lo y durante tres sig­los, del XVI y XIX, fue el lugar elegi­do por los monar­cas hún­garos para su coro­nación (tan­to en el inte­ri­or como en el exte­ri­or pueden obser­varse coro­nas rep­re­sen­tadas). La igle­sia actu­al, de tres naves, se había queda­do pequeña para tan­ta población y comen­zó a recon­stru­irse en el siglo XIII: las obras duraron un par de sig­los más. Actual­mente, el inten­so trá­fi­co y la vibración de los coches que pasan por el Puente Nue­vo está afectan­do a los cimien­tos del tem­p­lo. Pese a que, tras el castil­lo, es el lugar más vis­i­ta­do de Bratisla­va.

Catedral Bratislava

Otra de las curiosi­dades de Bratisla­va es la can­ti­dad de estat­uas, a cuál más sor­pren­dente, que puedes encon­trar escon­di­das en sus calles. De hecho, más de un via­jero se ha plantea­do como un reto el cono­cer­las todas. En un país que durante años la oscuri­dad del comu­nis­mo dio a la ciu­dad un tono grisáceo y morte­ci­no (lo abur­ri­dos que tenían que ser aquí los domin­gos), la lle­ga­da de estas estat­uas tan ale­gres supu­so una bocana­da de aire fres­co al cas­co antiguo.

Bratislava Estatua

La más cono­ci­da es la de Čumil, en el cruce de las calles Pan­ská y Sed­larská, un hom­bre que aso­ma de una alcan­tar­il­la y que está señal­iza­da (“hom­bre tra­ba­jan­do”) para que los coches no pasen por enci­ma. Pero tam­bién podemos encon­trar a un par de chi­cas jun­to a un buzón de corre­os, la de Igna­cio el Guapo, un famoso Don Juan que perdió a su novia a mano de los nazis (y que espera el regre­so de su ama­da mien­tras salu­da y son­ríe a los transeúntes) o la del sol­da­do napoleóni­co apoy­a­do en un ban­co (la leyen­da cuen­ta que este sol­da­do se enam­oró de una joven eslo­va­ca, se quedó en el país y creó el vino más famoso de Eslo­vaquia, Hubert) .

Bratislava Estatua

Hay una estat­ua que rep­re­sen­ta a un paparazii que antigua­mente se encon­tra­ba entre las calles Rad­ničná and Lau­rin­ská pero los dueños se lo lle­varon al restau­rante de la UFO Tow­er (y el Ayun­tamien­to está inten­tan­do devolver­lo a su ubi­cación orig­i­nal). Otra estat­ua muy entrañable es la del escritor danés Hans Chris­t­ian Ander­sen, quien vis­itó Bratisla­va en 1841.

Ya que estás aquí, aprovecha para dar un paseo por las oril­las de ese río míti­co, el Danu­bio, arte­ria de agua indis­pens­able en la vida de Bratisla­va (su puer­to com­er­cial es fun­da­men­tal para la economía de la ciu­dad y aquí tam­bién atra­can muchos cruceros turís­ti­cos). Al atarde­cer el Danu­bio está pre­cioso con los bar­cos sur­can­do sus aguas. Otros están ancla­dos en las oril­las y se cono­cen como “bote­les”, ya que son bar­cos-hote­les donde puedes alo­jarte (nosotros ya hemos vivi­do esa expe­ri­en­cia en ciu­dades como Budapest, tam­bién baña­da por el Danu­bio, o Esto­col­mo y merece mucho la pena). En el mar­gen dere­cho del río tienes Eurovea, el que está con­sid­er­a­do el cen­tro com­er­cial más mod­er­no de la ciu­dad, total­mente acrista­l­a­do. Den­tro tienes a tu dis­posi­ción cer­ca de 180 tien­das.

Bratislava

Puedes rela­jarte un poco más ade­lante en uno de los par­ques munic­i­pales más antigu­os de Europa, el Sad Jan­ka Král’a (lla­ma­do así en hom­e­na­je al poeta román­ti­co Janko Kráľ, quien tiene aquí una estat­ua en su hon­or). Y te lla­mará la aten­ción ver cómo los eslo­va­cos, ya que tienen poco sol, aprovechan cada vez que este aso­ma y por ello han crea­do a oril­las del Danu­bio una pequeña playi­ta de are­na blan­ca, con sus tum­bonas y todo (y has­ta un par de can­chas de volei­boll y chirin­gui­tos para tomar un pis­co­labis). Es la playa urbana de Tyr­sak, situ­a­da cer­ca del Puente Viejo y la plaza Safariko­vo, ocu­pan­do lo que era el aparcamien­to de un par­que de atrac­ciones. En ver­a­no es común que haya músi­ca en direc­to. Eso sí, está pro­hibido bañarse en el Danu­bio ya que las cor­ri­entes son muy fuertes.

Pese a lo pequeñi­ta que es Bratisla­va (no lle­ga al medio mil­lón de habi­tantes), en la ciu­dad se pueden encon­trar más de 50 igle­sias y capil­las. La igle­sia de San Este­ban (lla­ma­da así en hom­e­na­je al que fue el primer rey de Hun­gría), aunque bas­tante mod­es­ta (la orden que la mandó con­stru­ir, la de los Capuchi­nos, eran bas­tante fieles al voto de pobreza), tiene mucho encan­to. Frente a ella, en medio de la plaza Ryb­né (donde se quemó por primera vez a una bru­ja en Bratisla­va), se lev­an­ta la Colum­na de la Peste, que recuer­da a las casi 4000 per­sonas que fal­l­ecieron víc­ti­mas de la epi­demia a prin­ci­p­ios del siglo XVIII.

Iglesia San Esteban Bratislava

El Pala­cio Gras­salkovich antigua­mente era el lugar donde se reunía la aris­toc­ra­cia hún­gara y actual­mente es el Pala­cio Pres­i­den­cial. Lam­en­ta­ble­mente el úni­co día que se puede vis­i­tar por den­tro es el 1 de Enero, que es fies­ta nacional, pero siem­pre puedes darte un paseo por sus jar­dines de inspiración france­sa, estos sí abier­tos al públi­co.

Palacio

Bratisla­va durante casi medio siglo for­mó parte del bloque ori­en­tal, un puña­do de país­es que vivieron bajo el gob­ier­no y la influ­en­cia cul­tur­al y social de la Unión de Repúbli­cas Social­is­tas Soviéti­cas. Por aquel entonces, Bratisla­va forma­ba parte de Checoslo­vaquia (el país después se par­tiría en dos, la Repúbli­ca Checa y Eslo­vaquia) y en 1989 fue pun­to clave en la cono­ci­da como Rev­olu­ción del Ter­ciope­lo, cuan­do miles de per­sonas salieron a las calles, a protes­tar pací­fi­ca­mente en con­tra de un gob­ier­no total­i­tario. Poco tiem­po después, aban­don­a­ba el poder el par­tido comu­nista checo, abru­ma­do por la caí­da del Muro de Berlín. Una nue­va era lle­ga­ba a Bratisla­va.

En la cap­i­tal eslo­va­ca aún se con­ser­van, tres décadas después, muchos ves­ti­gios de la era comu­nista, has­ta el pun­to de que algu­nas agen­cias real­izan tours a bor­do de camione­tas de la época (las Sko­da) y te mues­tran fábri­c­as aban­don­adas, vivien­das comu­nistas (todo el mun­do tenía dere­cho a una casa gra­tui­ta) o líneas de búnkeres con­stru­i­dos para luchar con­tra las tropas ale­m­anas. En la época comu­nista esta­ba pro­hibido no tra­ba­jar y para fomen­tar la natal­i­dad, a los solteros/as se les cobra­ba un impuesto espe­cial (se conocía como “impuesto solterón”).

Algu­nas zonas están bas­tante cén­tri­c­as. Es el caso del antiguo bar­rio judío, donde el gob­ier­no comu­nista decidió en los años 70 demol­er la jud­ería, inclu­i­da una impor­tante sin­a­goga (aunque per­manece otra  en la calle Hey­duko­va ), para con­stru­ir un puente. Una autén­ti­ca pena que se perdier­an edi­fi­cios históri­cos que ya nun­ca podrán recu­per­arse. Han sobre­vivi­do muy pocas vivien­das, una de ellas la Casa del Buen Pas­tor. Es uno de los edi­fi­cios más estre­chos de Europa, de esti­lo rococó y con una vis­tosa facha­da col­or limón. Actual­mente acoge un museo de relo­jes antigu­os, la may­oría de ellos fab­ri­ca­dos hace más de tres sig­los.

Bratislava
Ecos comu­nistas en las calles de Bratisla­va

Bratislava

 

Gas­tronomía de Eslo­vaquia

 

La coci­na eslo­va­ca al prin­ci­pio puede pare­cer sen­cil­la, poco espec­tac­u­lar, pero te ase­gu­ramos que la cal­i­dad de sus mate­rias pri­mas es indis­cutible y lo que te vayan a preparar, te lo van a preparar muy bien. Condi­ciona­da por su situación geográ­fi­ca (invier­nos fríos que exi­gen platos con­tun­dentes, con un alto val­or pro­te­ico) y la pres­en­cia hún­gara en tiem­pos pasa­dos, que dejó como lega­do el uso de la papri­ka o que el goulash se haya con­ver­tido en un pla­to impre­scindible den­tro de las casas eslo­va­cas. Aún así, tam­bién pueden encon­trarse influ­en­cias de la coci­na aus­tri­a­ca, checa e inclu­so la otomana.

Los eslo­va­cos sue­len tomar tres comi­das prin­ci­pales al día, aña­di­en­do la desi­a­ta (“el desayuno de las once y diez”) y el olovrant (merien­da), aunque es cier­to que los más adic­tos a estos ten­tem­piés son los niños. Aún son muchos los hom­bres que en ayu­nas y antes del desayuno se meten un buen lin­go­ta­zo de aguar­di­entes de fru­tas como el borovic­ka para “facil­i­tar la digestión”, lo que se dice comen­zar el día con energía). El pan y las gachas son des­de hace sig­los la base de los desayuno eslo­va­cos, espe­cial­mente en invier­no. Cada vez son más los eslo­va­cos que están retoman­do las vie­jas cos­tum­bres de preparar su pro­pio pan en casa.

Comida eslovaca

El que­so de ove­ja, la miel o los huevos revuel­tos son habit­uales en los desayunos. Pero si hay algo que les vuelve locos en Eslo­vaquia es el bacon. Antigua­mente los campesinos no tenían acce­so a él con la mis­ma facil­i­dad que aho­ra, por lo que casi era con­sid­er­a­do un “pro­duc­to gourmet” y se reserv­a­ba para fes­tivi­dades y bodas. Ten­er bacon en casa (o lo que es lo mis­mo, toci­no) era sig­no de riqueza y abun­dan­cia, por eso se le tenía en tan alta esti­ma. Suele com­erse con pan, cebol­la y un poco de mostaza.

El pla­to nacional eslo­va­co (aparte del guiso de oca) es el bryn­d­zové halušky, que nos recor­daron muchísi­mo a los piero­gi pola­cos. Son una especie de gnoc­chi de pata­ta que sue­len servirse calientes y acom­paña­dos de que­so, preferi­ble­mente de ove­ja, y cachi­tos de carne ahu­ma­da.  

Comida eslovaca

Las sopas son otro de los bási­cos de la coci­na eslo­va­ca. Nosotros, que somos soper­os a tope, pues encan­ta­dos que estábamos. Estas sue­len ser bas­tante con­tun­dentes, has­ta el pun­to de que pueden lle­gar a con­sti­tuir un pla­to úni­co por sí solas, aunque lo habit­u­al es que sean el primer pla­to del menú diario. De hecho, para los eslo­va­cos es tan común com­er sopa como ini­cio de la comi­da que dan por sen­ta­do que si alguien no lo hace es porque es extran­jero.

Sopa eslovaca

Para ellos es tan impor­tante una bue­na sopa que en las bodas, la pare­ja come del mis­mo cuen­co para sel­l­ar su estre­na­do mat­ri­mo­nio. La sopa más pop­u­lar es la kapust­ni­ca, a base de chu­crut, patatas, cebol­la y salchichas. En cada región de Eslo­vaquia se prepara de una for­ma difer­ente (y en todas se ase­gu­ra que ellos tienen la mejor ver­sión). Y no hay cel­e­bración navideña que se pre­cie sin un pla­to de kapust­ni­ca en la mesa. 

Después de la sopa, el pla­to prin­ci­pal suele ser con­sis­tente, dán­dose una impor­tan­cia impor­tante a la carne o al que­so (o a ambas cosas). Mucha man­te­ca, carne de gan­so, vena­do, tern­era, cordero o cone­jo, patatas y repol­lo como acom­pañamien­to y un buen tro­zo de pan de cen­teno con bryn­dza (que­so de ove­ja sal­a­do). A los eslo­va­cos les fli­pa el que­so, suele servirse a menudo en las cerve­cerías como aper­i­ti­vo, frito y acom­paña­do de patatas (es un pla­to muy pop­u­lar entre los estu­di­antes). Otro pla­to que merece la pena catar es el asa­do gitano, un sand­wich de carne de cer­do mari­na­da en leche, ajo y mostaza y que aquí se conoce como la ham­bur­gue­sa eslo­va­ca.

Una curiosi­dad de Eslo­vaquia es la can­ti­dad de lan­goš que vas a encon­trar en el país. ¿Y que son los lan­goš? Pues la street food eslo­va­ca (aunque su ori­gen, como el goulash, sea hún­garo y pue­da encon­trarse en otros país­es como Croa­cia, Ser­bia o Rumanía). Estos pueste­cil­los no sólo pueden encon­trarse en ferias o fes­ti­vales sino tam­bién en esta­ciones de tren o de auto­bús. Un ten­tem­pié rápi­do y sabroso a base de pan plano adereza­do con sal­sa y com­ple­men­tos a escoger. Casi siem­pre sal­a­dos pero a veces tam­bién dul­ces, lo que le da un sabor pare­ci­do a los chur­ros.

Slovak Food

Pan­cakes de pata­ta, albóndi­gas con todo tipo de sal­sas, bol­los con chichar­rones y cre­ma agria, lokše (pan rel­leno de paté, man­te­ca o que­so), diver­sos tipos de embu­ti­do y chori­zos… en Eslo­vaquia picar entre horas se ha con­ver­tido en un hábito. Por eso no te será difí­cil encon­trar lugares donde tomar un aper­i­ti­vo entre paseo y paseo.

Para el final dejamos los postres, un aparta­do en el que encon­trarás can­ti­dad de alter­na­ti­vas ya que los eslo­va­cos son exager­ada­mente golosos. El strudel (postre hún­garo que después adop­taron los aus­tri­a­cos y que llegó a Eslo­vaquia en el siglo XVIII) es el rey y exis­ten mul­ti­tud de var­iedades: con semi­l­las de amap­o­la, nue­ces, cacao, con fru­ta… Uno de los más apre­ci­a­dos es el strudel de cereza áci­da. Otros postres muy pop­u­lares son las patas de oso (no lit­er­al, claro, así se lla­man estas deli­ciosas pas­tas), man­zanas cubier­tas de canela, paste­les de fru­tas, el tre­del­nik (un rol­lo caliente y hue­co que encon­trarás en muchos puestos calle­jeros) y los rol­li­tos de Bratisla­va que se venden en los mer­cadil­los navideños. 

 

Dónde com­er en Bratisla­va

Después de este amplio repa­so a la gas­tronomía eslo­va­ca, com­pren­derás que es imper­don­able largarse de la cap­i­tal sin haber dis­fru­ta­do una expe­ri­en­cia culi­nar­ia en un “sloven­ská reš­tau­rá­cia”. Nues­tra recomen­dación está clara: Slo­vak Pub. En nues­tra opinión es el mejor expo­nente de lo que se puede com­er en Eslo­vaquia, con el ali­ciente de que el local es grandísi­mo, (el may­or de Bratisla­va, con once estancias, una de ellas dec­o­ra­da con madera de hace 200 años) y real­mente pre­cioso. Has­ta cuen­tan en el sótano con un inmen­so almacén de bar­riles de cerveza.

Cada salonci­to hom­e­na­jea a difer­entes per­son­ajes rel­e­vantes de la his­to­ria de Eslo­vaquia: al grupo de int­elec­tuales del siglo XIX que  dio for­ma al idioma ofi­cial del país, a los Caballeros de Prib­i­na (una especie de tem­plar­ios eslo­va­cos), a los poet­as y escritores nacionales… Nosotros comi­mos en el que está ded­i­ca­do a Janosik, un ban­dolero que según cuen­ta la leyen­da, rob­a­ba a los ricos para dárse­lo a los pobres, el Robin Hood eslo­va­co

Como nosotros lo visi­ta­mos en Octubre, cuan­do lejos que­da ya la tem­po­ra­da alta del ver­a­no, no com­par­ti­mos restau­rante con un solo tur­ista, la úni­ca clien­tela que había allí era eslo­va­ca. Nos sor­prendió para bien con­statar que los pre­cios eran de lo más pop­u­lares: sal­imos a unos 20 euros por cabeza y comi­mos a la car­ta. Y no sólo eso: el restau­rante cuen­ta con su propia gran­ja, garan­ti­zan­do que todo lo que te van a servir proviene de pro­duc­tos ecológi­cos.

Slovak Pub

Del goulash ya os hablam­os en nue­stro via­je a Budapest. Un impre­scindible de la gas­tronomía de Europa del Este. Aún sien­do de ori­gen hún­garo, en Eslo­vaquia es alta­mente pop­u­lar, un pla­to clave en cualquier cel­e­bración, fies­ta o ver­be­na. En el país se con­sid­era que si se prepara al aire libre, en un caldero sabe mejor. Y aunque el schnitzel es un pla­to aus­tri­a­co, lle­va tan­tos sig­los den­tro de la cul­tura culi­nar­ia eslo­va­ca que en el país se con­sid­era uno de los platos nacionales. Nosotros no quisi­mos perder la ocasión de pro­bar­lo (y bien que acer­ta­mos). Esta­ba igual de bueno que los que habíamos proba­do en Aus­tria.

Bratislava Beer Bar

En cuan­to a beber, os recomen­damos una cerve­cería arte­sanal chulísi­ma que encon­tramos pase­an­do por Bratisla­va, con una car­ta amplia de ref­er­en­cias, músi­ca rock y buenos pre­cios. Se lla­ma Be Unortho­dox Craft Beer y se encuen­tra en el 13 de la calle Pan­ská. Es pequeñi­ta pero muy agrad­able. Y además tam­bién sir­ven cervezas para lle­var, por si te quieres coger algu­na para tomártela luego en el hotel o aparta­men­to (que fue lo que hici­mos nosotros). Y así nos despedíamos de una ciu­dad cier­ta­mente encan­ta­do­ra.

 


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3 Comments

  1. Mil y un Viajes por el Mundo

    at

    El Slo­vak es un míti­co, nos encan­tó! Los de Flixbus son como el Ryanair de los auto­bus­es no? Jaja­ja­ja­ja me ale­gro que te haya gus­ta­do el artícu­lo!

  2. Que buenos recuer­dos del Slo­vak Pub!!! Y que mal­os del via­je con Flixbus! aja­ja Muy buen post! Super com­ple­to!

  3. Flixbus es muy bara­to y está muy bien niv­el cal­i­dad-pre­cio. Pero en un trayec­to con ellos entre 2 país­es, me robaron la male­ta hace unos años y la aten­ción al cliente y el pro­ce­so de recla­mación fueron pési­mos!

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