Caribe ron

Asociar al Caribe (erróneamente) sólo con los resorts de «todo incluido» de Punta Cana es caer en los tópicos de siempre. Muchos viajeros tienden a menospreciar esta región emparentándola únicamente con ese turismo invasivo de megahoteles y cruceros, sin pararse a pensar que detrás de esas estampas idílicas de playas de arena blanca y cocoteros hay mucha historia que contar. A todos ellos les recomendaría la lectura, casi obligatoria, de esta novela apasionante, «Bebida para señoritas», que salta de isla en isla caribeña para olvidarse de prejuicios e ideas preconcebidas. Especialmente en estas fechas en las que comienzan a caer en España las primeras nevadas y tanto se añora el calor de aquellas latitudes.

Arantza Prádanos es una periodista vasca, curtida en mil y una batallas (literales), que tras una larga carrera profesional se atreve con su primera novela. Acertadamente ha elegido el terreno de la literatura de viajes, adentrándose en una región del mundo publicitada hasta la saciedad en los folletos turísticos (esas aguas cristalinas de los cayos cubanos o de las playas de República Dominicana) pero que aún guarda tesoros mucho menos explotados como Martinica, Dominica o Barbados. Así, de este modo este libro cumple una doble función: la de acercarnos a la cultura y costumbres de lugares que tan lejos nos quedan no sólo a nivel geográfico y la de servirnos de guía para futuros viajes, pese a que la autora insista en que su intención no haya sido la de elaborar una guía al uso (que tampoco lo es).

Bebida para señoritas

Arantza emprende el viaje en solitario, dejando a su marido Fernando en España. Es precisamente él quien la ha contagiado su interés por el ron, la excusa perfecta para este viaje caribeño. Y es que más allá de su situación en el mundo, si hay algo que une a estos pueblos es su pasado y presente como productores de ron. Y no unos cualquiera sino los mejores del mundo. Aunque en muchas ocasiones fuera a costa de los millones de esclavos que durante siglos llegaron de tierras africanas, trabajadores de usar y tirar que se dejaron la espalda y la vida en inmensas plantaciones de caña de azúcar. Afortunadamente, los tiempos han cambiado y la esclavitud es ahora un feo recuerdo del pasado pero su huella es más que latente en muchos de los lugares por los que la escritora pasa, desde antiguas viviendas de esclavos a museos que intentan honrar su memoria.

A lo largo de casi tres meses, con un presupuesto bastante ajustado, moviéndose en transporte público y durmiendo la mayoría de las veces en guesthouses, Arantza recorre estas islas (seis concretamente) que tan diferentes son unas de otras, aunque no lo parezca. Y comienza por Barbados, recibiendo la primera bofetada de calor húmedo del trópico y tirando por tierra ese mito de que en estas tierras todo es baratísimo. ¡Ja! Y es que este pequeño país antillano fue colonia inglesa hasta el año 1966 y pareció conservar en herencia de los colonizadores británicos no sólo el idioma (que en la práctica es un inglés casi ininteligible) sino también el alto nivel de vida (alto si lo comparamos con otros países centroamericanos).

Barbados es considerado para muchos el Edén en la tierra no sólo por sus bellísimas playas sino también por ser otro paraíso a nivel económico: el fiscal. Se ha convertido de ese modo, dándoles ventajas fiscales a las sociedades y empresas que allí quieran instalarse, en una potencia económica de primer orden. Y ello le ha colocado como en uno de los países más densamente poblados del mundo: donde más se nota esa aglomeración es en la capital, Bridgetown

La autora recorre en buses públicos la Highway 7, carretera que une los principales puntos del sur de la isla, y desde donde se divisan las chattel houses, antiguas viviendas de esclavos reconvertidos en jornaleros tras el fin de la esclavitud en Barbados a mediados del siglo XIX. Casas nómadas, como las yurtas mongolas, a base de chapa y madera que se desmontaban y se volvían a montar dependiendo de dónde hubiera trabajo en las plantaciones.

Tras degustar pez volador (un pez tan común en el menú de Barbados que hasta aparece impreso en las monedas locales) y cou cou (una masa de agua, harina de maíz y okra), Arantza visita la casa ronera más antigua del mundo, Mount Gay, y la plantación de St. Nicholas, aprovechando para involucrarnos en la historia del ron, que comenzaron a elaborar por primera vez hace 8000 años las tribus de Nueva Guinea; después el cultivo de caña de azúcar se iría extendiendo poco a poco por el mundo (aunque el azúcar hace cinco siglos sólo estaba al alcance de los más pudientes) y en la actualidad ha convertido al ron en la principal fuente de ingresos de muchas islas caribeñas, que cuentan con el clima ideal para la siembra de la caña.

Llegamos a Martinica, colonia francesa en la que se nota la mano europea y las subvenciones del Viejo Continente (especialmente en las infraestructuras y en el precio de los productos, que vienen de la importación) pero donde la realidad es que, por muy franceses que sean, un 35% de los habitantes viven por debajo el umbral de la pobreza. Martinica, pese a su pequeño tamaño, es uno de los templos del ron más importantes del mundo (sólo aquí y en la vecina Guadalupe hay una veintena de destilerías) y por dicho motivo es otra de las imprescindibles de este itinerario etílico.

Martinica

Algo desanimada por la escasa vida social de la isla (a las cinco de la tarde todos los comercios cierran), Arantza comienza su aventura isleña por la capital, Fort-de-France, donde aún se conserva, descabezada por algún vándalo desde el año 1991, el monumento a Josefina de Beauharnais, la hija más famosa de Martinica, primera esposa de Napoleón y por tanto emperatriz de Francia. Continuará después explorando una isla de lo más irregular a nivel geográfico, que lo mismo acoge calas de arena blanca a agresivos acantilados o selvas interiores prácticamente impenetrables. Pero la verdadera gran reina es la montaña Pelée, a quien los indígenas de antaño, los caribes, veneraban como si de una diosa se tratara. Esa cruel montaña de fuego, causante de uno de los mayores desastres naturales de la Historia. 

Desgraciadamente, si hay un lugar que dio a Martinica fama mundial fue St. Pierre, al que se conocía como el París caribeño y que desapareció de la faz de la tierra un 8 de Mayo de 1902, engullido por la gigantesca erupción del Pelée. Cerca de 30.000 personas fallecieron, la población local por completo. El relato de lo que aquello supuso a nivel humano es uno de los tramos más estremecedores del libro.

Después de visitar fincas, plantaciones o la destilería J.M. de Macouba, el siguiente destino, al que llega en ferry, es Dominica. Uno de los países más pequeños del mundo (apenas 700 kilómetros cuadrados) y sin embargo, un oasis en mitad del océano, con cerca de 400 ríos, productos de la intensa humedad del ambiente. También es el lugar del mundo con mayor concentración de volcanes por kilómetro cuadrado (nueve, cinco de ellos activos). El trópico en su estado más puro y residencia de una de las pocas colonias de cachalotes a nivel mundial, lo que la convierte en destino imprescindible dentro del turismo de avistamiento de cetáceos.

Dominica lleva pocos años independizada de Reino Unido y eso aún se percibe en el idioma pero no en mucho más: casi es más fácil adivinar la presencia de la herencia de la colonización francesa en el dialecto patois que aún sobrevive localmente. Las costumbres son caribeñas al cien por cien y el desarrollo casi mínimo: cuando se empieza a invertir tímidamente para impulsar el turismo, construyendo pequeños hoteles, viene el huracán de turno para echarlo todo abajo. Dominica, una isla con escasos recursos (poco más que algo de cultivo de bananas y cocos), va a la cola a nivel económico de esta región. Roseau, la ciudad más poblada con poco más de 16.000 censados, tiene escasos atractivos que ofrecer al visitante. Pero sí hay algo de lo que se enorgullece, ser el hogar natal de Jean Rhys, la novelista que alcanzó fama mundial con la novela «Ancho mar de los sargazos» y cuyos pasos sigue Arantza por la isla.

Puerto Rico. Cuarto destino visitado, estado libre no asociado de Estados Unidos, donde de un modo de lo más sorprendente conviven dos culturas tan alejadas como la yankee y la caribeña. Arantza elige el colorido barrio de Santurce para alojarse en la capital, San Juan. Convertido en el corazón cultural de San Juan, donde se acumulan cines, teatros y centros de exposiciones, fue donde se crió el grandísimo Benicio del Toro y donde a los puertorriqueños les encanta venir a bailar.

Uno de los puntos de peregrinación será la sede de Ron Barrilito, en el pueblo de Bayamon, casa fundada por una familia española, la de los Fernández, en 1880.  Es el ron más añejo de Puerto Rico, basado su éxito en la elaboración artesanal, lo que tiene más mérito si se sabe que en la isla ya no se cultiva caña de azúcar. Pocos días después, la autora vivirá en Puerto Rico el Día de la Hispanidad (Columbus Day en USA), fecha controvertida y polémica para muchos, que la consideran celebración de un genocidio posterior que dejó tras de sí millones de indígenas aniquilados, aunque los puertorriqueños parecen vivirlo de una manera festiva y sin rencores acumulados. Más tarde se unirá al viaje una amiga, Ana, con quien alquila un coche y recorre el sur de la isla: parada rapidísima en El Yunque (el único bosque húmedo tropical del sistema de parques de Estados Unidos) y lugares tan pintorescos como Fajardo o Ponce, este último centro antaño de la industria azucarera.

Para el final dejamos dos destinos turísticos de primer orden: República Dominicana y Cuba. En el primer caso, la isla de La Española, cuyo territorio comparten el vecino pobrísimo, Haití, y la República Dominicana, es escenario de una de las partes más ajetreadas del viaje: ¡qué manera de conducir la de los lugareños, ojú! Arantza vive en sus carnes el panorama desolador de moverse por un país cuyas carreteras son las más letales de toda América Latina. La bilbaína evita pisar los rincones donde imponen su ley los resorts de cinco estrellas como Playa Bávaro, Punta Cana o La Romana para a cambio adentrarse en pueblos pequeños y, de paso, aprovechar para visitar las tres grandes B del ron dominicano: Barceló, Bermúdez y Brugal

Cuba

En cuanto a Cuba, qué mejor fin de viaje que uno de los países más fascinantes del mundo (dos veces he estado y regresaría mil más). Un lugar donde el tiempo se detuvo a mediados del siglo XX, donde los Buick y los Cadillac de 50 y 60 años logran transitar por esas maltrechas carreteras, donde la música suena en cada esquina, donde la prisa es inexistente. Trinidad será el punto de partida, con sus bellas callejuelas coloniales y villas rodeadas de plantaciones bananeras.

Acercamiento a los cambios que poco a poco están moldeando la fisionomía cubana (sí, sorprende ver a la gente mendigando wifi alrededor de los hoteles, con modelos de Iphone de mil euros que envían familiares desde Miami). A la santería cubana, a las costumbres locales, a la historia relatada en los museos de La Habana, a las calles llenas de vida, al daiquiri omnipresente en todas las terrazas. A los atardeceres degustando un buen ron cubano, con la mirada puesta más allá del Atlántico.

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