A Enrique Criado le descubrí hace un tiempo con el libro «Cosas que no caben en una maleta», cuya reseña hice en el artículo Una novela para descubrir el Congo . Me enganchó desde la primera página el estilo tan ameno con el que este diplomático español narraba sus tres años en uno de los países más inestables del mundo a nivel político y social. Me alegra constatar que aquella primera aventura literaria no fue flor de un día y que Criado regresa con otro libro de lo más interesante, «El paraguas balcánico», que cubre una región europea de la que aún nos queda tantísimo por conocer y descubrir.

Tras pasar un tiempo trabajando en la capital australiana, Camberra, al autor se le ofrece la opción de elegir destino.  Y debido a una situación familiar adversa (la enfermedad de su madre) se decanta por una ciudad europea que tenga vuelos directos con Madrid. Y la elegida es Sofía, la capital de Bulgaria. Probablemente una de las capitales del Viejo Continente  más desconocidas para el europeo occidental, por un lado por el aislamiento que Europa del Este sufrió tras el Telón de Acero y por otro, por la escasa repercusión a nivel turístico que parece tener Bulgaria si lo comparamos con países cercanos como Grecia o Turquía. Algo que parece haber cambiado en los últimos tiempos, gracias a los vuelos de bajo coste que ahora conectan a Sofía con otras grandes urbes europeas. Entre ellas Madrid. Como comenta el autor, ahora es común ver por las calles de la ciudad a grupos de españoles atraídos por los bajos precios del país. Como ejemplo, las entradas más caras para la ópera raramente superan al cambio los veinte euros.

Debo reconocer que he disfrutado muchísimo con la lectura de «El paraguas balcánico» porque Bulgaria, cuna del famoso gladiador Espartaco, es uno de los pocos países europeos que aún tengo pendientes de recorrer y eso que en un par de ocasiones llevaba bastante adelantados los planes de viaje pero al final, por unas cosas u otras, no lo he podido llevar a cabo. Y mientras pienso que «todo llegará», voy empapándome de la cultura del país con novelas tan entretenidas como esta.

Paraguas Balcanico

Por cierto, el título de «El paraguas balcánico» no es casual. El «paraguas búlgaro» fue un método utilizado por los servicios secretos del país , la  Darzhavna Sigurnost, para quitarse de en medio al disidente Georgi Markov. El método era efectivo y de lo más simple: un disparo único y letal con un perdigón de ricino, un potente veneno, a través de la punta de un paraguas. Esta anécdota, a la que se le dedica un capítulo entero, da muestra de lo mucho que nos queda por aprender de la historia de Bulgaria, una nación que incluso cuando cayó el Muro de Berlín y muchos países vecinos confesaron sentirse «liberados», ella no escondió sus sentimientos pro-rusos, pese a la apertura al mundo del país. A día de hoy, este amor por Rusia (a la que siguen considerando una madre protectora) continúa más vigente que nunca. De hecho, es común ver pasearse por la ciudad vehículos que datan de la época soviética como los Lada, los Moskvitch o los Volga, aparte de existir un Museo Socialista, monumentos prosoviéticos o murales varios en edificios gubernamentales.

Enrique Criado pasó tres años destinado en Bulgaria y tuvo tiempo no sólo para recorrer tierras búlgaras sino también para hacer múltiples escapadas a países cercanos. El relato va saltando por todos ellos aunque el grueso de la narración se lo lleva Bulgaria. De un modo distendido e informal, Criado nos cuenta sus primeros coqueteos con el país, que ya comienzan a dejarle un montón de anécdotas, a cual más curiosa. Desde la búsqueda de alojamiento (un piso en un edificio desvencijado donde descubre la costumbre de las nekrologs, esquelas de lo más tétricas pegadas en el interior de los portales) al descubrimiento de los populares klek shops (se traduciría como «tiendas donde agacharse») , esos puestecillos situados a ras de suelo que surgieron tras la desaparición del régimen comunista. Aquel que tenía un trastero en un semisótano con un ventanuco a la calle ya podía montarse una tiendecita donde ofrecer café o chucherías. Por no hablar del amor que los búlgaros sienten por las series españolas (¡en especial por «Verano Azul»!)

klek
Foto cortesía de Amusing Planet

Hay un acercamiento muy agradecido por la que aquí escribe a la gastronomía búlgara que me ha traído buenos recuerdos de la cantidad de comidas que hemos compartido en un restaurante búlgaro de Madrid, la Taberna Bodega Vieja, donde hicimos amistad con sus dueños y que por desgracia ya está cerrado (una pena porque el sitio era súper auténtico, muchas veces éramos los únicos españoles entre tanta clientela búlgara). El caso es que allí descubrimos el amor de los búlgaros por la rakia (un licor infernal de nosecuantísimos grados), por el queso y el embutido pero sobre todo por los pimientos. Hasta el punto de, como relata Criado, que en cada casa búlgara haya guardado u chushkopek, un aparato que sirve sólo y exclusivamente para asar pimientos.

En época comunista, las verduras que se podían comer en invierno eran las que cada familia hubiera preparado en conserva el verano anterior y los pimientos eran el producto estrella. Ahora se puede acceder a verdura fresca todo el año gracias a los invernaderos y la importación pero el olor a pimientos asados continúa impregnando cada callejuela de Sofía.

Otra de las cosas que me sorprendió descubrir es el hecho de que a las afueras de la ciudad se encuentren los estudios de cine más importantes de Europa del Este. Se llaman Nu Boyana (ahora también tienen una sede en Canarias y en ellos se ruedan decenas de películas al año). Entre ellas la nueva versión de «Conan el bárbaro», «Kon-Tiki», «Hellboy», «Rambo V» o «La dalia negra». Criado se acercó a conocer los estudios aprovechando que Antonio Banderas estaba rodando allí: el actor malagueño no dudó en visitar la exposición dedicada a Picasso en la Galería Nacional.

Pero si hay un actor admiradísimo en Bulgaria este es Dolph Lundgren, el cachas rubísimo que daba vida a Ivan Drago en «Rocky IV». Fijaos la popularidad del actor allí que, hace no mucho, unos ladrones búlgaros entraron a robar a su casa de Marbella, sin saber que era de su propiedad. Tras amordazar a su esposa, que se encontraba sola, y comenzar a arramplar con todo lo que podían, vieron una foto de Lundgren junto a su mujer: al instante la desataron, la pidieron disculpas y salieron corriendo de allí.

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Dolph Lundgren

Criado va coincidiendo con diferentes personajes a lo largo de su relato: el argentino Ariel Ilieff, miembro de la embajada que ha contribuido a la creación de un festival anual de cine español e iberoamericano, Antonio Salas Añete, un futbolista español que triunfó en uno de los equipos locales, el Levski de Sofía., o la traductora Liliana Tabakova.

Enrique nos muestra otras ciudades búlgaras como Varna, donde se encuentra la principal base naval de Bulgaria, o la bonita Plovdiv (conocida por su mazapán, que rivaliza con el toledano), donde se detiene para hablarnos con detalle de la historia de los sefardíes búlgaros. En Bulgaria pervive una activa comunidad judía que intenta preservar sus tradiciones centenarias. Los más ancianos aún hablan ladino, el idioma judeoespañol que a duras penas sobrevive.

Criado recuerda también otros viajes por la Bulgaria más rural, por lugares como Ruse, Veliko Tarnovo, Melnik, Bansko, Borovets, Samokov o Rila, pero también viajes por países cercanos, como los dos realizados por Rumanía con dieciseis años de diferencia. En el segundo, el más reciente, parte en coche con unos amigos desde Bucarest a la costa del Mar Negro. Playas plagadas de autobuses con DJs a bordo y música a todo trapo, chiringuitos donde servían mititei y sarmale.

Hay tiempo también para dedicar unas páginas a la vibrante Estambul (el imperio de los injertos capilares), donde pasa unos días; al regresar a Bulgaria confirmará la importancia aquí del líder otomano, Atatürk, quien vivió durante un par de años en Sofía como agregado de defensa de la embajada turca. Desde Sofía Criado también viajó a otra ciudad turca, Edirne, donde repasa con minuciosidad los avatares políticos de esta región que tantos conflictos bélicos ha sufrido.

Aunque bastante alejado a nivel geográfico de Bulgaria (pero aún bien cercano a nivel ideológico), San Petersburgo es otro de los elegantes destinos visitados por el escritor, excusa para indagar en la historia de Rusia. También narra sus viajes por Macedonia, Albania (con una de las costas marítimas más bonitas de Europa), el minúsculo Montenegro, la masificada Croacia (tan turística por el éxito de «Juego de Tronos», rodada allí), Bosnia y Herzegovina (testigos de una de las guerras más sangrientas del siglo XX), Serbia, Grecia (uno de los episodios más entrañables del libro), Chipre y su curiosa situación de país dividido, para acabar en Ucrania.

Si estás interesado/a en acercarte a la estimulante cultura búlgara, créeme, hay pocas novelas en el mercado que te llevarán a un viaje tan ameno y didáctico. Una aventura en papel que devoré en apenas un par de días y que me aumentó aún más la curiosidad por poner el pie algún día en uno de los países más particulares del continente europeo.

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