Tierra de zombis libro

Vudú. Escuchamos esta palabra y un escalofrío recorre nuestra espalda. Una religión , misteriosa, lejana, impenetrable para los profanos y tan distorsionada por el mundo del cine, que en muchas ocasiones la ha utilizado como mera herramienta para la creación de películas de terror de bajo presupuesto. Nosotros mismos, en nuestro viaje a Nueva Orleans , la que es conocida como «la ciudad del vudú», tuvimos la excelente oportunidad de indagar con ahínco en el tema, pero al mismo tiempo nos dimos de bruces con la brusca realidad de ver cómo muchas tiendas usaban el vudú para vender souvenirs y se trivializaba un tema muy serio (algo parecido a lo que vivimos en Rumanía con la figura de Vlad Tepes).

El caso es que en aquel artículo dediqué muchas líneas al mundo del vudú en Louisiana y el sur de Estados Unidos. Aún así, me quedé con las ganas de hacer un reportaje más amplio del vudú y vi la ocasión perfecta cuando Vicente Romero editó este «Tierra de zombis: vudú y miseria en Haití», uno de los libros más interesantes que he comprado jamás. Qué mejor excusa para hablar del vudú y su lugar de origen, Haití, que a fin de cuentas es el lugar del mundo donde ha pasado de nacer como religión para convertirse en un modo de vida para millones de personas. Y también, por qué no, para lavar un poco la cara de un movimiento social (incluso más que religioso) que logró que los haitianos se rebelaran contra la esclavitud y convirtieran a su país en el primero de América en conseguir la independencia. Que no es ninguna tontería viendo cómo se la han gastado siempre los colonizadores. La sublevación comenzó en Agosto de 1791, con tres centenares de esclavos (los cimarrones, así se llamó a los esclavos prófugos) que se habían fugado de las plantaciones agrícolas norteñas. Celebraron en lo más profundo del bosque una ceremonia vudú que supondría la mecha de una revuelta popular imparable. Haití, con mucha sangre, sudor y lágrimas a cambio, iba encaminada a la ansiada libertad.

Haiti

Desgraciadamente, lo que tanto esfuerzo supuso conseguir, dos siglos y medio después ha valido para poco. El país tuvo que sufrir durante varios años la dictadura del doctor Duvalier, conocido como BabyDoc, un déspota que, ayudado por sus mercenarios, denominados los Tontons Macoutes, se dedicó a asesinar a cualquiera que se opusiera a su régimen (llegaron a llevarle a su despacho las cabezas de sus enemigos) y que acudía a mítines y reuniones con la pistola en mano. Para aterrorizar a la población (y conociendo la importancia del vudú para esta), se semidisfrazaba del Barón Samedi, el Señor de los Muertos, buscando infundir respeto y miedo (se dice que hasta se bañaba con la chistera). Después le sucedería el inútil de su hijo, que permitió que las 4.000 familias ricas siguieran saqueando las arcas del Estado a costa de los más pobres y continuaran sin pagar impuestos. Acabó exiliándose en Francia, llevándose la fortuna del país a cuentas bancarias de Suiza.

Samedi
Barón Samedi, El Señor de los Muertos

Actualmente Haití es el país más pobre de América y uno de los más desfavorecidos del mundo. Su desafortunada condición queda aún más acentuada cuando se constata que comparte isla, La Española, con la República Dominicana, que recibe cinco millones de turistas anuales por los escasos 500.000 que llegan a Haití de crucero, se bajan del barco, se dan un chapuzón en las playas y se vuelven a ir. El turismo en Haití es casi inexistente. Y eso que la isla cuenta con unos parajes naturales deslumbrantes, buen clima, playas de aguas cristalinas y una cultura interesantísima.

Haiti Beach
Así de bonitas son las playas haitianas

Pero cuesta concienciar al de fuera de venir a un lugar donde no hay autovías, tiendas, cines ni electricidad o agua potable en la mayoría de las aldeas. Los hoteles distan mucho de garantizar los servicios más básicos y a ello se suma la inseguridad en las calles. En un país que se muere de hambre, donde en los barrios de los suburbios no pueden entrar los coches por si acaso les devora el fango, donde el 75% de la población vive en una situación de pobreza extrema y los pocos que saben leer no pueden permitirse comprar un periódico, es complicado atraer al visitante extranjero.

Sumemos a este desolador panorama un premio gordo adicional, que cayó en la isla el 12 de Enero de 2010. Un terremoto que dejó tras de sí 316.000 muertos y a un millón y medio de personas sin hogar, una de las peores catástrofes que haya sufrido este planeta. Diez años después, Haití continúa sin Palacio Presidencial, que quedó destrozado tras el seísmo. La situación social, pese a la ayuda internacional (que fue un desastre, los aviones estadounidenses lanzaban víveres desde el cielo, provocando tumultos, avalanchas, peleas y muertos), ha cambiado poco: la esperanza de vida apenas supera los 45 años y las condiciones higiénicas en los bidonvilles, los barrios de casuchas de adobe y tejados de lata, son igual de insalubres que antaño.

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Es necesaria esta introducción, poniendo en antecedentes al lector sobre la olla a presión que es el país caribeño, para entender lo que Vicente Romero ha pretendido mostrarnos en esta durísima novela acerca del mundo del vudú. Romero es un corresponsal veterano, uno de los mejores periodistas de este país, que ha realizado reportajes en algunos de los lugares más conflictivos del mundo, desde las guerras de Vietnam o Camboya a la crisis humanitaria de Siria. Con todo y con eso, nada podía prepararle para lo que le iban a deparar sus siete viajes a Haití. Porque como decimos, Haití es un país único en el mundo, en el sentido en que el vudú tiene un peso tan específico entre la población que finalmente al Estado no le ha quedado más remedio que aceptarlo como una de las tres religiones oficiales junto al catolicismo y el protestantismo.

Para enfrentarnos a un libro como «Tierra de zombis», debemos partir del concepto de lo errada que está la información que a menudo nos llega de un culto como el vudú, que a muchos les puede parecer exótico y perverso a partes iguales. Un culto que llegó de África, en esos barcos negreros que traían a miles de secuestrados para trabajar en los latifundios porque los colonizadores se habían encargado de aniquilar a los indígenas que encontraron al anclar sus barcos.

Esta distorsión del vudú ha llegado hasta tal punto que llegó a asociarse al vudú con el canibalismo, algo inconcebible.  A grandes rasgos, el vudú es una religión monoteísta que rinde culto a un único dios (el bondye, adaptación criolla del Bon Dieu), un dios de carácter bondadoso pero que deja los asuntos cotidianos de los mortales en manos de los loas, espíritus menores cuyo número resulta imposible determinar. Como los cristianos, los vuduistas han de respetar unos mandamientos (que en su caso son siete en vez de diez): respetar a Dios, servir a los loas, rendir homenaje a los fallecidos, cuidar a los ancianos, ser generoso con los demás, apoyar a familiares y amigos y comportarse bien a nivel social. Como veis, la base de esta creencia no difiere demasiado de otras muchas religiones. Pero entonces ¿de donde surge el personaje terrorífico del zombi?

Zombi
© Hector Retamal / AFP / Getty Images

Igual que en el cristianismo, también, existen los pecados capitales, en el vuduismo hay una serie de faltas que resultan imperdonables para la comunidad: avaricia, falta de respeto a los demás, denigrar a otros vuduistas, tener relaciones sexuales con la pareja de otra persona, calumniar, atacar a otras familias y apropiarse de tierras ajenas. Prácticas en las que a menudo cae la escasa clase acomodada haitiana, recluida en sus barrios para ricos, y que producen tanto rechazo entre los más humildes.

En un país donde el papel de «papá Estado» ha servido durante tantos años para reprimir pero no para cuidar al pueblo, el vudú es el refugio para los que nada tienen, que encuentran en sus sacerdotes (hunganes y mambós) la figura del médico, del maestro de escuela, del juez que administra justicia. Es ahí donde surge la zombificación, entendida como una pena máxima para castigar los delitos más graves. Debería llevarse a cabo en contadísimas ocasiones pero es ahí donde entra la creencia popular de que los bokores (determinados sacerdotes que se aprovechan de sus facultades para practicar magia negra en su propio beneficio) realizan zombificaciones clandestinas para convertir a pobres desgraciados en esclavos que les sirvan de por vida.

Esta creencia ha pasado a ser una realidad, tras comprobarse muchos casos (se cree que anualmente en Haití pueda llegarse al millar de zombificaciones), hasta el punto de que el propio Código Penal recoge un artículo en el que describe dicho delito, aunque sin llamarlo zombificación en sí: «También se denomina intención de matar por envenenamiento al uso de sustancias por las cuales una persona no es asesinada sino reducida a un estado de letargo más o menos prolongado. Si después de este letargo la persona es enterrada, entonces el intento será considerado asesinato».

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© Hector Retamal / AFP / Getty Images

Ahora bien ¿qué es la zombificación? Un proceso en el que ayudándose del «polvo zombi» (un brebaje con distintas sustancias tóxicas, una de ellas extraída del venenoso pez globo), que el bokor obliga a ingerir al desafortunado individuo, este entra en un estado de letargo en el que no se aprecian las constantes vitales durante un par de días, dando la sensación de que el sujeto está muerto de verdad, hasta el punto de que en muchos casos se les da sepultura y se les entierra en un ataúd. Se les encierra en una caseta durante varios días, con una dieta carente de sal con la intención de provocar daños cerebrales y se les persuade de que han fallecido para aceptar su nueva situación. Cuando la persona «revive», lo hace en un estado semicomatoso, en el que es capaz de andar, comer o realizar trabajos mecánicos o rutinarios pero no de hablar, responder a estímulos o tomar decisiones por sí misma. Vicente Romero tuvo ocasión de conocer algunos de estos casos de cerca y su relato pone los pelos de punta.

Max Beauvoir ha sido la máxima autoridad vuduista en Haití. Escuché hablar de él porque un día, charlando con mi marido acerca de Jean Beauvoir, un músico encantador al que había entrevistado hacía años en una visita promocional a Madrid, Juan me dijo «¿sabes que su tío es Max Beauvoir?» El mismo que protagoniza tantas páginas de este libro, un haitiano emigrado a Estados Unidos que había llegado a ser un reputadísimo científico y al que su padre convenció para que continuara su legado como hungan. Regresó entonces a Haití y allí comenzó a labrarse su merecida fama como sacerdote. Vicente Romero fue uno de los pocos periodistas que se mantuvo en contacto con él desde los comienzos en los años 80. Consiguió conocerle al intentar alejarse de los espectáculos de vudú para los escasos turistas que organizaban las míseras agencias de viajes existentes. Vicente necesitaba tener acceso a una ceremonia real.

Max Beauvoir
Max Beauvoir

Beauvoir aclaró al español muchas dudas acerca del fenómeno zombi, como la capacidad del sacerdote de extraer de la persona su ti bon anj, la «parte mala» del espíritu que puede suponer una amenaza para la comunidad. El vuduismo considera que este castigo (la zombificación) es más piadoso que la muerte. Beauvoir también le mostró  las pot-de-tête , vasijas donde se guarda el «aliento vital» de los discípulos para protegerlos del mal. Permitió a Romero asistir a dos rituales (aunque posteriormente asistiría a varios más, con intención de grabarlos para programas de televisión como «En Portada»);  uno en el que algunos participantes sufrían convulsiones y sacudidas (se supone que los cabalgan los loas) y una mujer se sumergía en el mar tras haber arrancado de un bocado la cabeza de una paloma y otro en el que algunos creyentes caminaban sobre brasas encendidas.

Romero también conoció en Haití al doctor Douyon (quien años después fallecería en misteriosas circunstancias), un psiquiatra que fue el primer médico en documentar científicamente dos casos de zombificación. En este caso ya se había inspirado Wade Davis, autor del libro «La serpiente y el arco iris», que posteriormente llevaría al cine Wes Craven. Romero viajó hasta Gonaïves y allí conoció a Rosemarie Thelusma, una  adolescente de 16 años que había fallecido dos años antes y que meses después apareció por sorpresa, totalmente aturdida, en su antiguo hogar. Se había convertido en una autómata, al igual que Ti Fam, una mujer fallecida en 1976 que reapareció tres años después y que desde entonces se había mantenido encerrada en sí misma.

Pero el caso más espeluznante era el de Clairvius Narcisse, el único caso conocido de un hombre que «sobrevivió» a la zombificación y al que Romero tuvo la suerte de entrevistar. Narcisse había podido rehacer su vida, se había casado y aunque se encontraba prematuramente envejecido con apenas 58 años, sus facultades mentales estaban intactas. Él explicó a Romero como estuvo casi tres años trabajando en una plantación de azúcar junto a decenas de zombis cuyas voluntades estaban eliminadas. Logró escaparse porque un zombi enloquecido asesinó al hungán y la viuda, asustada, dejó en libertad a todos los esclavos.

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Clarvius Narcisse en la tumba donde fue enterrado

Después de estas experiencias, Vicente Romero regresaría unas cuantas veces más a Haití, una de ellas para grabar junto a Miguel Ángel Romero un capítulo de «Buscamundos» (un programa de viajes que me encantaba porque mostraba la realidad, por dura que fuera, de muchos destinos).

Estos viajes sirvieron para constatar qué poco estaban cambiando las cosas en un país que seguía olvidado por todos (incluso después del terremoto, se denunció que sólo un 1% de las ayudas económicas habían llegado a las asociaciones humanitarias). Sin embargo, atrás había dejado un concienzudo y valioso trabajo de investigación que logra acercarnos de una manera veraz y objetiva al mundo del vudú, un gran desconocido para nosotros pero la columna vertebral de un país de once millones de habitantes, que siguen creyendo en su poder con todas sus fuerzas.

2 comentarios

  1. Pero que interesante!!! Este tipo de historias me encantan, lastima que Haití tenga una fama no tan buena, pero que es parte de su realidad. Esto me recordó un capitulo de la serie de Dark Tourist, donde el periodista asiste a un festival de magia Vudú en Benín. Me encanto leer cada parrafo.

  2. Author

    Me alegra que te haya gustado, Haití era un destino al que teníamos muchas ganas de dedicar un artículo. El tema del vudú aún sigue siendo un desconocido para mucha gente. ¡Un abrazo!

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