MARRUECOS - Rabat y Casablanca

Rabat: la perla de Marruecos que (por suerte) el turismo ignora

Rabat Marruecos

Rabat y Casablanca. Esas fueron las dos ciudades elegidas para el que sería nuestro sexto viaje a Marruecos. Parecen muchos viajes allí pero en realidad siempre vago con la sensación de lo mucho que me queda por conocer del país. Y es que cuanto más voy a Marruecos, más me enamoro de él. Siempre digo que parece mentira que un lugar que nos coge tan cerca aún sea un desconocido para muchos españoles. Todavía hay mucha gente a la que le cuesta dar ese primer paso de viajar a Marruecos, principalmente por miedos y prejuicios infundados. Son muchos los lectores (y aún más las lectoras) que me preguntan “¿es Marruecos inseguro?”. Y precisamente por ello escribí en su día el artículo Viajar a Marruecos siendo mujer: desmontando prejuicios . Con ello intenté desterrar la idea de que Marruecos sea un destino complicado. Hemos paseado por todo tipo de sitios, tanto de día como de noche, sin tener ningún tipo de problema. Es más, debo insistir en que los marroquíes se caracterizan por su carácter hospitalario y su tremenda amabilidad. Así que si aún no has descubierto el exotismo de nuestro país vecino, te animo a que no lo demores más: seguro que en cuanto lo pises por primera vez estás deseando regresar.

Planificando los viajes que haríamos este 2018, vimos que en Mayo teníamos dos puentes de lo más suculentos. El primero lo utilizaríamos para irnos a los Pirineos. El segundo, que nos regalaba cuatro días por San Isidro, decidimos ojear vuelos y ¡oh, sorpresa!¡una ofertaza con Ryanair para volar a Rabat por apenas 30 euros! Ni nos lo pensamos. Como decimos muchas veces en casa en plan humorístico, “Marruecos siempre es bien” y cualquier excusa es buena para volver. Justo el día que compramos los billetes habíamos quedado para comer con unos amigos nuestros, Mariángeles y Javi, y cuando se lo comentamos, les faltó tiempo para comprar los billetes allí mismo: siempre habían tenido ganas de conocer Marruecos y por ese precio, salía casi más caro quedarse en casa. Así que en un pispás ya teníamos confeccionado el viaje: los planes que menos se piensan son los que mejor salen al final.

Para Marruecos no necesitas visado, únicamente echar en el bolsillo el pasaporte y listo. En Rabat se hace algo pesada la espera por el tema aduanas, así que armaos de paciencia. Como siempre hacemos al llegar al aeropuerto, a sacar dinero de los cajeros: al menos en nuestro caso tenemos comprobado que nos sale siempre más a cuenta que cambiar moneda. El cambio estaba a 1 euro=9 dírhams. Desde el aeropuerto de Rabat-Sale los precios para los taxis ya están especificados en la salida: una carrera al centro de Rabat cuesta 200 dírhams. Obviamente, a la mayoría de los taxistas se las repampinflan las tarifas, así que nada más salir el taxista de turno nos dijo “250 dírhams”, “nada, nada, 200 que es lo que pone ahí dentro”. Ni se molestó en regatear, cosa rara en Marruecos, nos vería cara de no dar nuestro brazo a torcer.

El trayecto hasta la medina apenas lleva veinte minutos. Pero os recomiendo que cuando os vayáis a ir de Rabat salgáis con tiempo porque son habituales los atascos de tráfico. Es mejor llegar al aeropuerto con tiempo de sobra ya que los trámites son bastante lentos. Aunque sólo lleves maleta de mano, has de pasar por el mostrador de facturación para que te la etiqueten y pasar un par de controles bastante tediosos. Lo dicho: tres horas de antelación mejor que dos.

Ya os contamos lo mucho que nos gustan los riads en Dormir en riads: fundamental cuando vamos a Marruecos : son nuestra debilidad. Y esta vez no iba a ser una excepción. Habíamos reservado en el Dar Yanis : os recomendamos que elijáis la habitación Roses, que fue en la que estuvimos, ya que está en la azotea y tendréis para vosotros una magnífica terraza, grandísima, con tumbonas y el lugar ideal para que al anochecer nos reuniéramos los cuatro a tomar un delicioso té a la menta. El precio fueron 66 euros por noche (ahí van incluidos los 3 euros por persona/noche que implica la tasa turística de Rabat). Como veis en las fotos, el riad es una preciosidad y lo llevan dos chicos la mar de amables. Se incluye un desayuno completísimo que nunca lográbamos acabar: café y té, yogourt, bollería, crepes de dos tipos con mermelada, mantequilla y miel… No faltaba de nada.

Riad Dar Yanis Rabat

Riad Dar Yanis Rabat

Otra de las ventajas del Dar Yanis es su fantástica ubicación: en pleno corazón de la medina. Las medinas son mis lugares favoritos en Marruecos para alojarme ya que son el corazón de las ciudades, siempre llenas de vida hasta altas horas de la noche. Aunque las medinas marroquíes parezcan todas iguales, cada una de ellas mantiene intacta su identidad propia, condicionada por la ciudad que la ha visto crecer. En este sentido, la medina de Rabat me enamoró completamente ya que es muy poco turística; de hecho, apenas te cruzarás con extranjeros, precisamente porque quizás Rabat es una de las ciudades de Marruecos que, pese a ser la capital, no recibe tantas visitas como Marrakech o Tánger. Y esto hace de ella un lugar mucho más especial. Aquí no tendrás que batallar con vendedores que te avasallan para que compres sus productos y puedes pasear con la tranquilidad de verte rodeado de marroquíes que vienen a hacer sus compras diarias sin importarles demasiado quién esté al lado.

La medina de Rabat es pequeña si la comparamos con la de otras ciudades como Fez, bastante más limpia y mucho más ordenada. Lo que no excluye que sea un hormiguero humano donde al caer la tarde (por la mañana verás que hay mucho menos movimiento, a los marroquíes no les gusta mucho madrugar), los vendedores callejeros exponen sus productos, las familias vienen a dar sus paseos nocturnos y grupos de jóvenes se reúnen en las terrazas improvisadas para tomar un té a la menta. Perderte por esos oscuros callejones pese a que sea noche cerrada no reviste problema ninguno: insisto en que Marruecos me parece un país seguro para el que viene de fuera, con una población siempre dispuesta a ayudar. Aunque sea difícil encontrar a alguien que chapurree castellano: en Marruecos, según bajas al sur, los dos idiomas más hablados son el árabe y el francés.

Medina Rabat

Las puertas de entrada a la medina son varias pero dos son las más interesantes. Por un lado, la Bab Rouah, considerada la más bonita de las construidas por los almohades y donde se suelen celebrar exposiciones. Por otro, la Bab el Had, que lleva a la calle Souika, la más animada de la medina, que nos conduce al zoco, Souk el Sebat.

Zoco Souk el Sebat Rabat

Un zoco cubierto, fresco y acogedor, mucho más tranquilo que otros zocos de Marruecos y donde el producto rey son los zapatos ¡hazte con unas babuchas! Igualmente de agradable es pasear por la Rue des Consuls, llamada así porque aquí vivían antiguamente los cónsules y los diplomáticos; también era donde se llevaba a cabo el mercado de esclavos. Hoy es una de las calles comerciales más animadas de la capital marroquí. Te aconsejo que te dejes perder por los callejones cercanos, donde se esconden los mercados donde las mujeres marroquíes van a hacer la compra. Carne y pescado sin refrigerio ninguno y con un montón de moscas alrededor: es lo común en Marruecos. Y pese a ello, jamás he tenido en todos mis viajes al país ninguna indigestión alimentaria: cruzaré los dedos para que la buena suerte me siga acompañando.

Mercado marroqui

Desde hace unos años, Rabat vive un animado festival protagonizado por graftiteros, el Jidar Toiles de Rue, en el que el street art da un lavado de cara a muros maltrechos de distintos barrios. En la medina, de este modo, podíamos encontrarnos con rincones tan bonitos como estos…

Medina Rabat Marruecos

Medina Rabat Marruecos

Aceitunas, especias, aceite de argán, perfumes, ropa, juguetes… Y como no, dátiles. Ese fruto que en Marruecos es toda una institución y que no sólo sirve para aderezar los menús familiares: en las aldeas, muchas casas se han construido con la madera de las palmeras y las hojas han sido base de cestas y sombreros. Se dice que cada marroquí consume cinco kilos de dátiles al año.

Todo lo que imagines lo podrás encontrar en estas pequeñas tiendas, modestas, humildes, prácticas, dirigidas a los locales y alejadas del exotismo de los bazares de Marrakech pero con precios mucho más asequibles. Citando los precios, otra delicia comer y cenar en estos minúsculos restaurantes y puestos en los que lo que te cobran por el menú casi te obliga a sonrojarte. Y es que si en Marruecos siempre nos hemos gastado poco dinero a la hora de pedir un menú, en la medina de Rabat batimos todos los records: la primera noche cenamos los cuatro por nueve euros al cambio. Una pizza casera apenas cuesta 15 dírhams y puedes echarte entre pecho y espalda un couscous humeante por menos de 40.

Yo llevaba apuntado, un restaurante, el Restaurant de la Liberation, que nos cogía a cinco minutos del riad y donde me habían comentado que sólo comían marroquíes. Menudo descubrimiento. La harira, esa deliciosa sopa de la que soy tan fan, salía al cambio por 50 céntimos y estaba de chuparse los dedos. Fuimos allí varias noches y efectivamente, quitando nosotros, todos los clientes eran locales, a excepción de algún extranjero despistado que entraba al vernos allí sentados, comiendo con cara de felicidad.

Tajine Marruecos

El tajine es uno de los platos más populares de Marruecos…

Es una lástima que, a excepción de la Ruta de las Ciudades Imperiales, a Rabat no se la suela incluir dentro de los circuitos turísticos porque fue una ciudad que nos gustó muchísimo. Y eso que tras Casablanca es la ciudad más poblada del país, lo que nos hacía temer un caos de coches y ruido, pero aún así disfrutamos de un montón de rincones bellísimos que nos sorprendieron para bien. Es lo bueno de viajar a algún lugar sin demasiadas expectativas, que éste puede dejarte un impecable sabor de boca. Los barrios de Rabat, los quartiers, han podido y sabido conservar su propia idiosincrasia pese al paso del tiempo, creando una fusión magnífica entre ciudad moderna, la que acoge la mayoría de los edificios gubernamentales y aún tan impregnada del colonialismo francés, y casco antiguo, con ese aroma bereber y color de adobe que hace de Marruecos un país tan especial. Un contraste que se acentúa en la medina, por poner un ejemplo, cuando sales de esos angostos callejones y te topas con una red de tranvías modernísimos que ya quisieran para sí muchas ciudades europeas.

Cuando salgas de la medina, si has de comenzar tu recorrido por algún lugar en particular, te recomiendo que el elegido sea la Kasbah de los Oudayas. Y más concretamente, empieza por el Jardín de los Andalusíes. Pese a ser diseñado a principios del siglo XX por un arquitecto francés, te parece haber sido transportado de un plumazo a la época más brillante del Califato de Córdoba. Pasear entre esos naranjos, aspirar su aroma, era sentirse en los jardines más exuberantes de Sevilla o Granada. Cerca tenemos el antiguo Palacio, construido en el siglo XVII y hogar antaño de Moulay Ismail, el primer sultán almohade que logró reunificar el país. Hoy en día el palacio, reconvertido en el Museo de Arte y Cultura, se utiliza para exaltar las tradiciones de Marruecos, con exhibiciones de alfombras orientales y antiguos instrumentos musicales.

Jardín Andalusies Rabat

Jardín Andalusies Rabat

Para el que aún crea, erróneamente, que Rabat carece de lugares atractivos, aquí tenemos la fabulosa Kasbah de los Oudayas para dejarle en evidencia. Qué lugar tan magnífico. Las kasbahs, que en castellano conocemos como alcazabas y de la que tan bonitos ejemplos nos dejaron los árabes en Granada, Almería, Mérida o Badajoz (esta última la más grande de Europa), son la joya de la corona de Marruecos. Ciudadelas de origen bereber construidas casi siempre en colinas, a menudo a la entrada de los puertos, caracterizadas por altísimos muros sin ventanas (y si estas existen, son minúsculas), su función era principalmente militar y estaban destinadas a la defensa del casco antiguo de los ataques enemigos pero también de las tormentas de arena y los fuertes oleajes. Para Rabat su kasbah es tan importante que el propio nombre de la ciudad se origina en la palabra ribat, que significa fortaleza.

La Kasbah de los Oudayas, con sus murallas de diez metros de altura y dos de grosor, es uno de los lugares más fascinantes que he visitado en Marruecos. Cuesta creer que tras estos muros se esconda este oasis de callejuelas blancas y azules, se dice que pintadas así para espantar a los mosquitos, que tanto nos recordaban a Chefchaouen o Assilah. La kasbah, construida en el siglo XII y hogar de tribus árabes, inmigrantes andalusíes, musulmanes exiliados de Al-Andalus y, como no, sultanes, es el origen absoluto de Rabat: aquí comenzó todo.

La dinastía almohade, necesitada de defender su territorio de ataques de corsarios, eligió la ribera del río Bou Regreg, aprovechando su situación estratégica, para levantar una de las fortalezas más bonitas (y efectivas) de Marruecos. La dinastía posterior, la de los alauitas, reclutó a una tribu del Sahara, los Oudayas, para añadir nuevas fortificaciones y ampliar un recinto ya de por sí impresionante. Sin embargo, a la muerte del sultán Yacoub al Mansour, quien también construyó la conocida Koutoubia de Marrakech, la kasbah comenzó a perder su importancia urbanística, viendo como se iban muchos de sus habitantes. Durante mucho tiempo la kasbah permaneció abandonada y es en los últimos años cuando ha logrado recuperar su esplendor. Como cualquier barrio marroquí que se precie, cuenta con los cinco elementos imprescindibles en la sociedad bereber: un horno para cocer el pan, una escuela coránica para los estudios religiosos, una mezquita donde rezar, una fuente pública y un hamman para bañarse y sociabilizar.

La mejor forma de entrar a la kasbah, y acaso también la más ceremoniosa, es haciéndolo por la preciosa puerta de Bab Oudaia, construida en el año 1195. En su día se utilizó más como testigo de festividades y desfiles que como defensa y hoy en día el acceso se realiza por un pequeño pasadizo lateral.

Puerta Bab Oudaia Rabat

Ante nosotros aparece la calle principal, Rue Jasmaa, que se dirige a la mezquita más antigua de Rabat y que desemboca en la Plataforma de los Semáforos, una grandísima explanada que ejerce de mirador sobre el estuario y desde la que podremos contemplar la cercana Salé. Abajo queda la playa de Rabat, ubicada curiosamente junto a un cementerio, el de Alou, atestada de bañistas y surferos que buscaban refugiarse del calor. Había que aprovechar los días previos del Ramadán, que comenzaba justo a finales de esa semana. Muchos musulmanes prefieren no bañarse en el mar durante el Ramadán ya que el agua contiene sal y si se introduce accidentalmente en la boca, se consideraría alimento ingerido.

Mirador Rabat

Playa Rabat

La kasbah hoy en día es una curiosa mezcla entre ese imperio árabe antiquísimo que se resiste a desembarazarse de sus tradiciones, con una arquitectura realmente soberbia, y esos aires bohemios que han traído cafeterías y pequeñas galerías de arte, que conviven codo con codo con las mujeres que aún tejen sus alfombras a mano y los artesanos que trabajan el cuero. Junto a encantadoras tiendas puedes encontrarte a vendedores ambulantes que ofrecen sus zumos de caña de azúcar.

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Medina Rabat

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Qué placer da perderse entre estas calles coloridas, estrechas, donde cada rincón esconde un jardín y los gatos dormitan bajo los rayos de sol. Las puertas de las casas, decoradas con mimo, aún mantienen esos amuletos que servían de llamadores y en los que se rogaba por la fertilidad de las familias que vivían dentro.

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Qué mejor rincón para acabar el recorrido de tan agradable paseo que en el Café Maure, en sus bancos de azulejos y protegidos por una inmejorable panorámica. El té a la menta sabe mejor con la brisa que asciende del mar y puede acompañarse por los cuernos de gacela, las pastas más famosas de Marruecos. En Rabat, como en el resto del país, comprobarás con gusto que las pastelerías se alinean una detrás de otra: hay que ver lo que les gusta a los árabes el dulce. Fekas, hojaldres, tartaletas, canutillos con almendras, bizcochos, petit fours, merengues, rollos de limón… Pasteles a precios populares en un país incapaz de vivir sin azúcar y miel.

Cafe Maure Rabat

Pasteles Marruecos

Pasteles marroquíes: el placer hecho dulce

Dar un paseo por la playa constituye el mejor de los preludios antes de iniciar la caminata que nos llevaría hasta otros puntos de la ciudad. La ría de Rabat-Salé ha sido limpiada y recuperada y son muchos los barqueros, con sus bonitas embarcaciones azuladas, que ofrecen paseos al atardecer. Curiosamente, en el pasado esta ría estuvo dominada por moriscos llegados de Extremadura. Aún se mantiene anclado en estas tranquilas aguas un dhow, un antiguo barco árabe hoy reconvertido en restaurante de cocina francesa. Frente a nosotros, en la otra orilla, queda la ciudad-dormitorio de Salé.

Ria Rabat Sale

Reconocemos que a veces se nos va la pinza cuando estamos de viaje y nos ponemos a andar; Juan tiene la buena costumbre de medir en el móvil la distancia recorrida cada día y en esta ocasión hicimos una media de 20 kilómetros diarios caminando. Lo cierto es que sólo cogimos una vez un taxi (los petit taxi, como se conocen en Marruecos, que suelen ser Fiat Uno o Dacia) y descubrimos la ciudad, nunca mejor dicho, a golpe de pata. Aunque hacía bastante calor, el hecho de ser Mayo y que Rabat goce de un agradable clima oceánico, mitigado por el frescor de la costa, nos hizo mucho más amenas las jornadas. Así teníamos excusa para pararnos de vez en cuando a tomar un té con hierbabuena.

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Nuestra siguiente visita sería la Torre de Hassan, concebida en su momento para ser el minarete más grande del mundo, tarea que quedó incompleta tras el fallecimiento del califa Moulay Yacoub. Su diseño corrió a cargo de Jabir Ibn Aflah (responsable de la Giralda sevillana) y su posición estratégica, en una colina junto a la orilla sur del Bu Regreg, respondía a la idea de que la torre pudiera ser divisada desde la distancia y advirtiera a los enemigos del poder de la ciudad a la que se iban a enfrentar. En la época en la que se construyó no existía un área urbana cerca, por lo que los historiadores creen que la torre tendría funciones defensivas. Las 348 columnas que se agrupan frente a ella hubieran sido los pilares de una gigantesca mezquita, un proyecto faraónico que nunca se llevó a cabo. También ha logrado conservarse una pequeña sección del muro original.

Torre Hassan Rabat

Torre Hassan Rabat

En esta misma explanada nos encontramos con el que probablemente sea el edificio más bello de todo Rabat: el mausoleo de Mohamed V. No obstante fue de los pocos lugares donde nos encontramos turistas. Fue construido a lo largo de una década, entre 1962 y 1971, en honor del sultán Mohamed Ben Yusef, al que tanto veneran los marroquíes por el papel tan importante que jugó en la independencia de Marruecos: fue precisamente en esta explanada donde se proclamó, con el propio monarca como testigo, la ansiada libertad del país en 1955, tras tantos años de dominación francesa. Hoy sus restos reposan en la tumba real, convertida en lugar de culto para millones de marroquíes que vienen aquí a mostrar sus respetos.

El mausoleo, recubierto de mármol blanco italiano y coronado por un tejado verde, brilla como una estrella de piedra bajo el implacable sol marroquí. La entrada para admirar las opulentas tumbas del sultán y sus dos hijos es gratuita pero deberás vestir apropiadamente: nada de faldas cortas y con los hombros cubiertos. Guardias reales, en el exterior montados a caballo, custodian la tumba del soberano, una maravilla arquitectónica que por derecho propio es el lugar más visitado de Rabat.

Mausoleo Mohamed V Rabat

Aunque la caminata hasta la necrópolis de Chellah se prometía extensa, preferimos ir andando, atravesando una zona residencial donde se acumulan las embajadas de diferentes países. De camino, una curiosa anécdota: cuando casi salimos corriendo a rescatar a un cachorro de gato que se había aventurado a atravesar la calzada, un guardia de las embajadas abandonó su puesto y salió en su ayuda, parando el tráfico a su paso. Nos llamó la atención ver la de miles de gatos callejeros que viven en Rabat, especialmente en la medina, donde la mayoría de los vecinos les bajan cuencos de agua y pienso, sabiendo que las colonias felinas, a cambio, librarán a la ciudad de plagas de cucarachas y ratas.

La necrópolis de Chellah, conocida en árabe como Shalah, es el recinto arqueológico más importante de Rabat y también el más antiguo. Y no sólo eso: fue el primer lugar habitado de todo Marruecos, por lo que aquí yace la verdadera esencia de nuestro país vecino. Se cree que la antigua ciudad fue fundada por los fenicios en el siglo VI AC y extendida su hegemonía en época romana, cuando Marruecos era una provincia más del imperio, Mauritania Tingitana, y Shalah se convirtió en un importante puesto comercial. Posteriormente, y tras siglos de abandono, los árabes utilizaron este área para construir una necrópolis real.

Necropolis Chellah Rabat

Rodeada de cultivos, a esa hora de la mañana encontramos muy pocos visitantes. La entrada es casi simbólica (10 dírhams) y da acceso a un lugar mágico que a veces lograba recordarme a las ruinas de Medina Azahara. Lo curioso de Chellah es que en ella conviven las huellas de dos civilizaciones tan alejadas a nivel cultural, la meriní y la romana, que sin embargo compartieron situación geográfica. Así, tras atravesar las murallas con sus torres octogonales, podremos recorrer, casi simultáneamente, la herencia de ambos mundos.

Necropolis Chellah Rabat

Por un lado, el trazado típico romano, en el que destacan la estructura del barrio de los artesanos y las ruinas de lo que eran los poderes políticos y religiosos (el capitolio y el templo). Más adelante, los lugares donde se desarrollaba la vida social: termas, tiendas, el foro donde se reunían los romanos y el arco del triunfo correspondiente bajo el que desfilaban las comitivas que regresaban orgullosas de sus victorias militares. Todo ello en torno a una calzada romana, principal vía de la antigua ciudad. Las ruinas, pese a las restauraciones, no han permitido dejar edificios de esta época intactos, por lo que es bueno saber algo de arquitectura y urbanismo romano para imaginarnos cómo era Shalah (que los romanos conocían como Sala Colonia) en aquellos tiempos lejanos.

Tras el ocaso del imperio romano y hasta el siglo XIII, Chellah yació comida por el polvo. Hasta que llegó al poder la dinastía meriní, que desbancó a la almohade, y escogieron a la antigua ciudad romana para enterrar a sus reyes. Aunque la capital se encontraba entonces en Fez, aquí descansarían las almas de los sultanes: el complejo funerario contaba con una mezquita, una madraza y un hamman. El sultán más importante de la dinastía, Abu al-Hasan, apodado el Sultán Negro porque su madre era etíope, quiso ser aquí enterrado, tras una vida llena de victorias bélicas (llegó a recuperar Algeciras y Gibraltar). Su sucesor decidió trasladar las posteriores tumbas reales a Fez, dejando a Chellah en el olvido. Hasta que el gobierno decidió recuperarla para el turismo, visto su importante valor histórico, y aprovechar la necrópolis para la celebración anual de un importante festival de jazz cada mes de Junio, el Jazz au Chellah. Mientras tanto, hoy son las cigüeñas quienes viven entre ruinas de piedra y frondosos jardines.

Necropolis Chellah Rabat

Regresamos al centro de Rabat. Y aquí tenemos el Dar al-Mahkzen o lo que es lo mismo, el Palacio Real. Es la sede de gobierno pero curiosamente aquí no reside el monarca Mohamed VI, quien últimamente ha estado en el centro de la polémica tras los rumores de divorcio de su mujer, la guapísima pelirroja Lalla Salma. El caso es que el palacio en la práctica no sirve como hogar real sino como recinto administrativo: aquí trabajan más de dos mil funcionarios. La plaza que precede al palacio, la Mechouar, ocupada por jardines, es donde se celebran los desfiles militares. Pero el acceso al interior del palacio está totalmente prohibido, así como las fotografías de ciertos accesos, y la seguridad que lo protege es abrumadora.

Palacio Real Rabat

La parte nueva de Rabat, lo que se conoce como Ville Nouvelle, nos gustó también muchísimo. Obra de los franceses a principios del protectorado en los años 20, está presidida por la larguísima Avenida de Mohamed V, plagada de palmeras y donde se congregan algunos de los más importantes edificios gubernamentales como el Parlamento, el edificio de Correos o el Banco de Marruecos. El boulevard techado que la recorre está inundado de cines y cafeterías, con terrazas donde lo común es sentarse de cara al público, nada de un comensal enfrente de otro: al marroquí le encanta admirar lo que ocurre en la calle y así se puede tirar horas y horas.

Ville Nouvelle Rabat

Museo de Arte Moderno

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Preciosa imagen de la mezquita Al Souna

Mezquita Al Souna Rabat

Nuestra conclusión final no podía ser más positiva. Principalmente porque Rabat acabó siendo una mayúscula sorpresa, llena de fascinantes rincones en los que no te cruzabas con ni un solo turista. Una ciudad con un encanto embriagador, cautivadora, que permanece aún escondida en lo más profundo de Marruecos y que aspira a brillar con luz propia.

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