¿Un restaurante canadiense en Madrid? ¡Ya era hora! Al menos nosotros, adictos a las gastronomías de otros países, lo esperábamos como agua de Mayo. Hace sólo unos meses ya llegaba a tierras madrileñas la cadena de cafeterías más famosa de Canadá, la Tim Hortons: seguro que habéis pasado por algunos de sus locales recientemente inaugurados en Montera, Alcalá o la Plaza de Santo Domingo. Pero Tim Hortons está más orientada a desayunos y meriendas (a fin de cuentas su especialidad es el café, del que guardan celosamente su fórmula secreta) y nosotros lo que teníamos ganas de pisar era un restaurante canadiense puro y duro en el que pudiéramos atrevernos con algunos de sus platos más típicos. Y mira tú por donde justo descubrimos el restaurante El Canadiense, el primero en Madrid especializado en gastronomía de Canadá. Teníamos que visitarlo sí o sí.

Antes de meternos con lo que dio de sí la experiencia, deberíamos hacer una introducción a la gastronomía de Canadá, prácticamente una desconocida para el público español. Cuando estuve en Canadá hace unos años aproveché para probar algunas de las especialidades locales, como las galletas de sirope de arce o la carne de bisonte. Pero la cocina de Canadá va mucho más allá, pese a que se crea que es tan simple como la de sus vecinos yankees, un tópico que aquí vamos a ayudar a desterrar. Canadá ha sabido elaborar una gastronomía en la que predominan tres influencias principales: las de los habitantes nativos de las First Nations y las de sus dos pueblos colonizadores, es decir, franceses e ingleses. Eso no quita para que los inmigrantes que llegaron durante el siglo pasado pudieran aportar su granito de arena, principalmente sudamericanos y asiáticos, pero las tres bases fundamentales son las que hemos citado.

Las First Nations y los inuit canadienses basaban su alimentación en un ingrediente en particular: el sirope de arce. Y es que si hay un alimento que asociemos a la gastronomía de Canadá es este, un adictivo jarabe dulzón que no sólo se utiliza para postres sino también para guisos y asados. Se dice que los indios descubrieron este néctar por casualidad, cuando observaron a las ardillas bebiendo de la savia de los árboles y se dieron cuenta que era el edulcorante perfecto: hasta ese momento los indios sólo encontraban azúcar en la fruta. A los canadienses les encanta y son el país del mundo que más sirope de arce exporta: suyo es más del 70% de la producción a nivel mundial. Es un indispensable en cualquier mesa y da muchísimo juego, hasta el punto de que una de sus variantes más originales es aquella en que se vierte sirope de arce directamente sobre la nieve y ya tienes un polo de lo más natural: estos canadienses son la mar de ingeniosos.

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Fueron también los indios quienes dejaron como herencia el consumo de salmón, uno de los huéspedes ilustres de los ríos canadienses ¡cuántas veces hemos visto imágenes de osos cazando salmones al vuelo! Después de Noruega, Chile y Reino Unido, Canadá es el país del mundo que más salmón produce. Cuando paseas por los mercados canadienses, te percatas de que raro es el puesto donde no se vende: para los canadienses el salmón es como el jamón para los españoles. Como a nosotros, como más les gusta es ahumado, aunque también lo preparan al horno, a la parrilla o aderezado con un diferentes salsas. Y este consejo ya va de nuestra parte: no compres salmón ahumado, que lo preparan con un montón de químicos; ahúmalo tú mismo en casa, que es lo que hacemos nosotros. Lo único que tienes que hacer, después de haberlo congelado y descongelado previamente para eliminar el riesgo de anisakis, es dejarlo dos días en la nevera cubierto de azúcar y sal a partes iguales, lo lavas bien después y lo conservas cortado en láminas en un  tupper con aceite de oliva y eneldo. No sólo es mucho más sano que el ahumado artificialmente sino que además queda más jugoso y sale mucho más barato.

Otro de los platos más apreciados por los indígenas es el bannock, un pan tradicional que también se conoce como palauga o luskininkn y que puede aderezarse de distintos modos, preferiblemente con hierbas o bayas silvestres. Suele ser uno de los alimentos estrella de los powwows, las reuniones indígenas que se celebran una vez al año, pero su popularidad es tal en Canadá que podrás encontrarlo en la mayor parte de las panaderías.

Es en el norte de Canadá donde las tradiciones culinarias aborígenes se mantienen más vivas. No sólo en la elección de los ingredientes sino en la forma de cocinar los alimentos, que han variado poco desde tiempos pasados. El caribú, la ardilla, la foca hervida o la liebre siguen siendo algunas de las carnes favoritas de los canadienses; sus largos inviernos también les han obligado a ser eruditos en el arte de la conserva.

Canadá, después de Rusia, es el segundo país más extenso del mundo, lo que permite imaginar la variedad de su cocina, diferenciada por las regiones de las que provenga. Por poner un ejemplo, en la Columbia Británica, como bien su nombre indica, la principal influencia gastronómica la dejaron los ingleses, de quienes se mantiene la costumbre del té de las cinco. Pero no fueron los únicos: buena prueba de ello es que algunos de los platos más consumidos son el BC Roll, una especie de sushi de salmón y pepino que se cocina al grill, y el japadog, la versión japonesa del perrito caliente. En la costa oeste también les chifla el cangrejo gigante, las ostras, los mejillones, los langostinos (como veis las costas les suministran infinidad de marisco) y las setas salvajes. Además, la región es famosa por sus vinos: la mayor cantidad de bodegas se encuentran en Okanagan Valley.

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En otros lugares del país nos daremos con diferentes variaciones. Alberta es conocida por la ternera, que se suele servir acompañada de patatas o verduras, y en Ontario se vanaglorian de su agricultura ecológica, de la región vinícola de la zona de Niagara y de los beavertails, considerados el postre nacional, una especie de donuts rebozados en sirope de arce. En Ontario aún se siente la huella dejada por los alemanes, quienes legaron como herencia las conocidas salchichas de Kitchener y Waterloo. En Quebec lo que predomina es la cocina de raíces francesas: platos como el tourtiere (pastel de carne), el paté chinoise, la sopa de guisantes o los cretons, muy utilizados en el desayuno, son habituales en las mesas de este área. Pero el plato más popular de Quebec, por encima de todos los demás, es el poutine, patatas fritas bañadas con queso y salsa de carne: imprescindible que lo pruebes cuando visites esta bonita ciudad canadiense. Además, es un plato económico, es raro que te cobren más de cuatro o cinco dólares por una ración más que generosa.

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Si aún no te hemos abierto el apetito, algo que dudamos, déjanos seguir tentándote con más delicias a la canadiense. Pasteles de bayas, conocidos como saskatoon, carne ahumada de Montreal (se suele servir en sándwich acompañada de mostaza), el cocktail nacional (el Caesar, del que se cree que se sirven más de 300 millones al año), las tartaletas de mantequilla, pastelitos Nanaimo, fingers de ajo, timbits (unas deliciosas rosquillas), rollos de langosta tan típicos de Nueva Escocia, palomitas con sabor a kétchup (sí, los canadienses también tienen sus rarezas), bacalao frito, ternera con naranja y jengibre… ¿quién dijo que la cocina de Canadá era aburrida?

Hechas ya las presentaciones, vámonos a lo que dio de sí nuestra cena en El Canadiense. El cuarto local que abren los responsables del grupo Bar Galleta y que desde su inauguración hace unos meses ha sido todo un éxito: aconsejamos reservar con la mayor antelación posible, especialmente si vas en fin de semana, porque no cabe un alfiler. Y no nos extraña, la verdad sea dicha. Con diferencia, uno de los mejores restaurantes que hemos disfrutado en la capital.

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Recrear el ambiente acogedor de una cabaña canadiense en pleno Madrid no es moco de pavo pero sí, lo han conseguido: la decoración es preciosa, ya lo podéis ver en las fotos. Ambiente cálido para una noche de llovizna en la que nos acercamos con otra pareja de amigos, también culos inquietos amantes de las nuevas experiencias gastronómicas. Y nada más entrar nos sorprendió gratamente lo acogedor que es El Canadiense: te hacen sentir como en casa. La madera es la gran protagonista, con alacenas que cubren las paredes, repletas de tarros de cristal y botes de conserva. Hasta tienen un pequeño reservado a la izquierda del local destinado a grupos en el que la mesa la preside una lámpara hecha con cuernos de alce. A nosotros nos tocó una de las mesitas más codiciadas, en un rincón: pese a que el restaurante estaba hasta arriba de gente, nos sentimos como en casa. Supongo que esa es la sensación que han buscado los dueños, capaces de crear un ambiente hogareño y rústico lleno de encanto. ¡Hasta los cuartos de baño son preciosos, con unos lavabos de latón que te hacen sentir en una granja!

Antes de ponernos con la carta, preguntamos si había cerveza canadiense. Canadá se ha convertido por derecho propio en uno de los países donde con más mimo se elabora el jugo de cebada (una de mis cervezas favoritas es la Chocolate Manifesto de Flying Monkeys) y aunque sabíamos que era difícil que ofrecieran cerveza artesanal, a cambio tuvimos la suerte de que contaran en el menú con la Moosehead, de la cervecería más antigua de Canadá (se fundó en 1867), y cuya “mascota”, no podía ser de otra manera, es un alce.

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La carta de El Canadiense no sólo incluye platos típicos de Canadá. También hay hummus (al pesto, al aceite picante o el clásico), falafel de garbanzo y cilantro con salsa de yogur y lima, milhojas de patata, huevo y bacon, lasagna de berenjena, tacos, curry rojo y hasta poke, ese plato hawaiiano que se ha puesto últimamente tan de moda en Madrid, una ensalada de pescado crudo similar al sashimi. Ofrecen además una amplia selección de hamburguesas caseras, doce nada menos, con variedades tan originales como la Vancouver, que incluye setas, la india con pollo masala o la de salmón con pepino y aguacate.

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Pero si has llegado hasta aquí, lo suyo es que te atrevas con los platos canadienses, que como diría Ángel Sanchidrian, “son los que le dan calidad a la película”. Como aperitivo comenzamos con unas alitas de pollo regadas con sirope de arce: ¡espectaculares! El sirope, era previsible, es un imprescindible en algunos platos de El Canadiense, como las berenjenas rebozadas en galletas con miel y sirope o el costillar braseado a baja temperatura con sirope de arce.

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Precisamente el costillar fue otro de los platos que pedimos: era tan grande que han de partírtelo en dos pedazos. Viene acompañado de patatas y ensalada y sí, las fotos no mienten: se te caen las lágrimas en cuanto te lo metes en la boca.

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En El Canadiense podrás degustar otros platos típicos como el poutine  o el paté chinoise, de los que os hablábamos unas líneas más arriba, pero a nosotros lo que nos enamoró por completo fue el tourtiere, ese fabuloso pastel de carne originario de Quebec y que a los canadienses les encanta comer en Navidad. Tiernísimo, crujiente y con la carne en su punto: una delicia para el paladar.

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Cuando lleguéis a los postres, dos consejos. Uno, decantaos por la tarta casera de zanahoria: está riquísima. Y dos: aunque os parezca una exageración, con un trozo coméis cuatro, sobre todo si no os habéis cortado de pedir platos previamente. En la vida nos habían servido un postre tan generoso que, para más inri, viene acompañado por una bola de helado.

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¿Conclusión final? Inmejorable. Porque lo único que faltaba para rematar una velada perfecta era la llegada de la cuenta. Y nos quedamos alucinados con los precios, apenas 25 euros por persona, aclarando que pedimos varias rondas de cervezas. Así que, definitivamente, después de esta deliciosa experiencia, El Canadiense pasa a convertirse en uno de nuestros imprescindibles en Madrid: todo de matrícula de honor.

4 comentarios

  1. apuntado !! se me hace la boca agua solo con ver las fotos … gracias por compartirlo !!

  2. Definitivamente… sí! Has conseguido que se me abra el apetito! Qué monada de sitio y qué ganas me han dado de ir 🙂

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