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Dormir en riads: fundamental cuando vamos a Marruecos

Siempre comentamos que a la hora de viajar a países que están tan alejados del nuestro a nivel cultural, es fundamental intentar incluir como otra experiencia más del viaje el tema del alojamiento. Si nos preocupamos de planificar una ruta con los monumentos que queremos ver y no dudamos a la hora de atrevernos con la gastronomía local ¿por qué dejar de lado el experimentar cómo viven (y cómo duermen) las personas del país que visitamos? Como siempre digo, un hotel IBIS lo vas a poder encontrar en cualquier parte del mundo. Pero dormir en un riad marroquí, en un ryokan japonés o en un hanok coreano es algo que vas a poder hacer pocas veces en tu vida.

Siento auténtica devoción por los riads de Marruecos, para qué negarlo. Antes de viajar al país por primera vez hace ya muchos años, me imaginaba despertándome en esas preciosas habitaciones que tan bien nos transportan a los cuentos de “Las mil y una noches”. Y en todos los viajes que he hecho a Marruecos he intentado alojarme en riads; es algo que continuaré haciendo en el futuro porque me supone uno de los momentos más bonitos del viaje. Además, es algo que siempre aconsejo a los que van por primera vez a Marruecos: ¡huye de los hoteles de corte occidental!

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Chez Aziz: el riad en el que estuvimos en Chefchaouen

Aunque con el paso de los años pueden encontrarse riads en cualquier parte de las ciudades marroquíes, los más auténticos son los que se hallan en las medinas. Las madinahs, que no sólo existen en el norte de África sino en lugares como Malta, fuertemente marcados por su pasado árabe (precisamente en la ciudad maltesa de Medina fue donde se fundó una de las primeras comunidades del islam), son uno de los motivos principales de que cada vez me guste más viajar a Marruecos. Micromundos con vida propia, están divididos en barrios en los que jamás faltan los puntos donde se reúnen los marroquíes y se sociabilizan, es decir, la mezquita, el hamman (la casa de baños), un rudimentario horno para cocer pan, la madrasa y una fuente. La mayoría de las medinas son laberintos de callejuelas donde es facilísimo perderse y es ahí donde reside su mayor encanto. Los viajeros que llegan por primera vez a Marruecos a menudo se encuentran sobrepasados por este cúmulo de sensaciones que acarrea entrar en estos lugares, tan alejados del orden de sus países de origen. Además, es común que el que viene de fuera, con una indumentaria y un color de piel tan diferente al de los locales, tenga la impresión de sentirse continuamente observado y razón no le falta: el marroquí es curioso por naturaleza. Pero una vez has superado este choque inicial, caerás rendido ante la experiencia de vivir una medina metido hasta el fondo de sus entrañas. No caigas tampoco en el error de creer que todas las medinas en Marruecos son iguales porque cada una goza de una personalidad propia. Mientras la de Marrakech se ve a menudo eclipsada por el bullicio que se origina al caer la noche en la enorme plaza de Djeema el- Fna, en la de Essaouira se respira aún la influencia europea que dejaron portugueses, franceses y españoles, en la de Assilah queda patente su cercanía al mar  y en la de Tánger quedan cada vez más anclados los gustos occidentales, acaso por su proximidad a Europa. En cualquier caso, mi medina favorita en Marruecos siempre será la de Fez porque no es sólo la más grande del mundo sino también la que mejor ha servido conservar su alma incorrupta: perderse en la medina de Fez es dar un salto de quinientos años en el túnel del tiempo. De ella te hablamos en profundidad en el relato de nuestro viaje a Fez y Meknes .

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El Riad Hala en Fez es uno de los más bonitos que hemos visitado en Marruecos

El propio nombre de riad, cuyo origen está en la palabra árabe ryad, que significa jardín, ya anticipa el nivel de exotismo que vamos a encontrarnos. Los riads son las casas tradicionales marroquíes y su arquitectura se basa en las tradiciones islámicas, que intentaban preservar la privacidad de las familias y especialmente las de las mujeres y los niños. Vivir en un riad era el equivalente a un aislamiento absoluto del mundo exterior. Los balcones y ventanas no miraban a la calle sino al interior porque era dentro donde se llevaba a cabo todo lo que realmente importaba. Pero dicho aislamiento no era sólo social sino también climático. Marruecos es un país duro cuando llega el verano y las temperaturas fácilmente pueden alcanzar los 45º: más que necesario, era casi imprescindible crear un tipo de vivienda que salvaguardara del calor extremo, oasis de frescor que comparten tantas cosas con las antiguas residencias romanas, acostumbradas también a batallar con los azotes de los estíos del sur de Europa.

Algo que sorprende (y mucho) de los riads es que esta diferencia entre el mundo exterior y el interior es tan abrumadora que se evidencia desde el primer momento en que cruzas la puerta. A menudo es complicado encontrarlos, pues se hallan escondidos en angostas calles de difícil acceso. En muchos casos, las fachadas de las casas están en un estado ruinoso, con paredes donde la pintura perdió su color hace décadas y minúsculos ventanucos poco dejan adivinar de lo que hay al otro lado. Quién iba a pensar que tras pasar bajo el marco de esa vieja puerta de madera entrarías en un palacete morisco cuya belleza te dejará sin palabras y donde cambias los olores callejeros, muchas veces insufribles, por aromas de jazmín y limón.

Los riads solían pertenecer en el pasado a las familias más acomodadas. Muchas de ellas acabaron abandonándolos y hoy han sido recuperados, sobre todo a partir de la década de 1970, como preciosos alojamientos, convirtiéndose en uno de los grandes atractivos turísticos de Marruecos. Es elogiable el mimo que los propietarios han puesto para no perder la fidelidad a los parámetros de antaño: en muchos riads aún pueden observarse en muchos muros inscripciones de versículos del Corán. Durante muchos años, especialmente durante el protectorado francés, estos antiquísimos edificios permanecieron ignorados. Con la resurrección de estas magníficas villas, se ha conseguido que no cayeran en el olvido y muchas de ellas murieran a manos del paso del tiempo, dando continuidad al que posiblemente sea el gran tesoro arquitectónico de Marruecos. Me gustaría también aclarar que aunque se ha generalizado el uso de la palabra riad para referirse a estos maravillosos hoteles, hay una sutil diferencia entre ellos: el riad cuenta con un jardín, el dar con un patio (los dar son los alojamientos más extendidos) y las dirwas, un término que suelen desconocer la mayoría de los extranjeros, son versiones más pequeñas de los dar. En cualquier caso, nos referiremos a todos ellos como riads para no complicarnos la existencia.

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Para los árabes la vida en familia es uno de los pilares indiscutibles de su estructura social, por lo que era lógico que la vida del riad girara alrededor de un patio central que era así mismo el corazón del hogar. Un patio de muros abiertos que no sólo permite que corra la brisa sino también la desinhibida unión entre las diferentes estancias. Lo común es que dichos patios cuenten con una fuente, la sahridj, alrededor de la que se sentaban a conversar las mujeres, pero la reconversión de estos riads en casas de huéspedes ha acarreado que muchos de ellos también tengan ahora una pequeña piscina, de marcado acento árabe, eso sí. Es como tener el hamman dentro de casa y a la vista de todos. La existencia de estas fuentes no es casual. En un país donde el desierto ocupa buena parte de su territorio, el agua simboliza la vida.

A la hora de viajar, al menos en mi caso, cada vez me gusta más eso de alojarme en hoteles pequeños donde cuanta menos gente me cruce, mejor. Por eso adoro los riads. Raro es el que tiene más de diez habitaciones, por lo que se incrementa la sensación de sentirte realmente en familia. Lo mejor de estas habitaciones es que cada una tiene su propia personalidad, no como en los hoteles occidentales, y todas están decoradas de un modo único. Es lo bonito de los riads, que al ser hoteles particulares, la decoración se realiza con minucioso empeño y en muchos casos son los artesanos de las casas cercanas los que se han ocupado de la elaboración del mobiliario. Como antes comentábamos, muchas de estas habitaciones, las bayts, situadas en los pisos superiores, ni siquiera cuentan con ventanas al exterior sino que las que tienen miran hacia el patio y los corredores centrales. Es curioso cómo muchas veces he descubierto en algunos riads la existencia de un pequeño cuarto con una diminuta ventana que pasa casi desapercibida y desde la que antiguamente las mujeres “espiaban” a los hombres que venían de visita.

El que venga buscando comodidades occidentales deberá saber que el aire acondicionado sí es común en algunos de los más lujosos pero en otros más humildes este brilla por su ausencia: aún así, los riads están diseñados de tal manera que yo nunca he pasado calor dentro de las habitaciones y en muchos casos hasta he dormido tapada. Dependiendo de los dueños, algunos incluirán una televisión pero yo sigo decantándome por esos riads de paredes inundadas de mosaicos a los que no han llegado aparatos propios del siglo XX, quizás para aumentar la sensación de relax. Porque es a lo que uno viene a un riad, a disfrutar de la calma y desconectar del mundanal ruido.

Contrariamente a lo que mucha gente cree, alojarse en un riad no sólo está reservado a los que más dinero tienen. Hay riads para todos los bolsillos. Los más modestos incluso podría decirse que equivalen a la versión árabe de los hostales europeos. Los más lujosos pueden irse a los 500 euros la noche. Y los de nivel medio, que es en los que suelo alojarme, tienen incluso un precio inferior a los hoteles occidentales que te ofrecen en Marruecos: calcula unos 60 euros por habitación, desayuno incluido.

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Otra de las cosas que me encanta de los riads es que muchos de ellos cuentan con amplias azoteas convertidas en terrazas, que gracias a su posición en las alturas también salvaguardaban a las mujeres de las miradas extrañas y que permiten evadirse del caos de la calle: la mayoría de las veces no escucharás el más mínimo ruido. Teniendo en cuenta que en Marruecos, especialmente en ciudades pequeñas, la contaminación lumínica es mucho menor que en Europa, imaginarás el placer que trae consigo el sentarse a contemplar el cielo estrellado en esos sofás abarrotados de cojines de colores.

Aparte de la bellísima decoración, si hay algo que hace aún más especiales a los riads es el trato personalizado que te darán sus dueños. La hospitalidad árabe no es un mito, es una realidad. Han sido muchas las veces que me he sentado a tomar un té con las familias que los regentaban, no sólo para que me dieran consejos sobre los lugares que debería visitar en la ciudad (siempre podrán recomendarte algún chofer conocido suyo o un restaurante propiedad de unos parientes) sino para charlar de mil temas como si fuéramos viejos amigos. Los marroquíes te hacen sentir como si te conocieran de toda la vida y eso no hay comodidad occidental que pueda sustituirlo.

Y ya por último pero no menos importante: comer dentro de un riad. La gastronomía marroquí es una de las más sabrosas del mundo y en estos lugares todo se cocina a la antigua usanza, en plan casero y con las más bonitas presentaciones. Los riads suelen tener la cortesía de incluir el desayuno (algo que cada vez se estila menos en los hoteles occidentales). Os recordamos el artículo Desayunar en Marruecos: el placer hecho dulce en el que os detallábamos el placer que da levantarse y encontrarse con una mesa llena de deliciosas viandas. La mejor forma de comenzar el día en uno de los países más fascinantes del mundo.

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