¿Son tan felices en los países nórdicos?

Durante los últimos años, cuando se realizan encuestas entre personas de todo el mundo acerca de su nivel de felicidad, Dinamarca parece ganar por goleada, aunque este último año ha sido desplazada del primer puesto por otro país norteño, Noruega. Este ranking elaborado por el Programa de Desarrollo de la ONU, que desde el 2012 establece un baremo en el que se incluyen 150 países, se basa en seis puntos: las ayudas sociales, el PIB, la esperanza de vida de sus habitantes, la corrupción, la libertad y la generosidad. Sin embargo, yendo un poco más allá, cabe preguntarse qué significa la felicidad para cada persona dependiendo del lugar del mundo donde haya nacido y sus aspiraciones individuales. Porque mientras para mucha gente su principal meta es acumular dinero, para otros puede ser mucho más satisfactorio abrir la ventana y encontrarse más allá una playa desierta. Por ello, esta medición puede pecar de subjetiva. A los hechos nos remitimos: si en Escandinavia (Noruega, Suecia y Dinamarca), Islandia y Finlandia se vive tan bien ¿por qué mucha gente adinerada cuando se jubila no coge sus bártulos y se muda a vivir allí sino que se viene a las islas Canarias, el Caribe o las costas griegas e italianas en vez de entonces irse a la tundra finlandesa?

En los últimos tiempos, parece haberse popularizado ese modo de vida típicamente sueco, el lagom, que da prioridad a las cosas sencillas y que empuja a vivir con lo básico, pese a que curiosamente los suecos cuentan con unos sueldos bastante elevados. Os encontraréis con miles de artículos, de esos que suelen encabezarse con titulares tan pomposos como “aprende a conseguir la paz espiritual”, que animan a seguir las directrices del concepto hygge, pese a que sea algo que en realidad sólo entienden los daneses porque va profundamente enlazado a sus costumbres y está condicionado por factores culturales que un europeo del sur o un sudamericano no van a lograr comprender del todo por mucho que se esfuercen (ay los libros de autoayuda de muchos cuentistas cuánto daño hacen). Lo escandinavo está de moda y todo el mundo quiere verse reflejado en esas rubias altísimas con niños igual de rubios que viven en cabañas rodeadas de lagos y pasan los fines de semana recolectando bayas. Pero detrás de esa imagen idílica de los países del norte de Europa (que aún así, cuentan con muchísimas cosas buenas y no escatimaremos elogios al hablar de ellas) existe una realidad que va más allá de los minimalistas muebles de Ikea, las novelas de Henning Mankell y las guarderías gratis. Y es aquí donde nos damos de bruces con este intenso análisis sociológico convertido en libro, “Gente casi perfecta”, que ha editado el periodista británico Michael Booth. Y no habla por hablar: su mujer es danesa (el matrimonio ha vivido bastante tiempo en Dinamarca) y durante años Booth ha viajado por los otros cuatro países que también protagonizan este libro (Noruega, Suecia, Finlandia e Islandia), entrevistando a todo tipo de personas, desde ciudadanos de a pie a profesores universitarios, sociólogos, políticos, escritores, periodistas, médicos o inmigrantes. El resultado final ha levantado ampollas entre cierto sector de la población norteña, reacia a que se aireen sus defectos, pero también ha provocado aplausos entre muchos escandinavos cansados de que les asocien a la vida perfecta cuando en la práctica han de lidiar a diario con sus propios problemas.

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Como viajera, reconozco que este tipo de libros que estudian los comportamientos sociales me encantan: este lo leí en apenas un par de días. A la hora de viajar, no debemos reducir nuestra experiencia a sólo fotografiar monumentos. Es mucho más gratificante observar desde fuera cómo se entiende la vida en los diferentes lugares del mundo, principalmente porque la mayoría de las veces tiende a ser muy distinto del que tenemos en nuestro país de origen. Y el modo de vida escandinavo, las cosas como son, en muchos sentidos está bastante alejado del español. Para bien y para mal. Comenzando por ese clima infernal que en invierno les deja temperaturas de veinte grados bajo cero y cuarenta centímetros de nieve. Pasar siete u ocho meses del año encerrado entre cuatro paredes y sin apenas ver la luz del sol no es beneficioso ni para el cuerpo ni para la mente. La luz solar ayuda a producir vitamina D, protege frente a diferentes tipos de cáncer, nos inmuniza contra distintas enfermedades al aumentar el número de glóbulos blancos, estimula las defensas y, sobre todo, espanta al fantasma de la depresión. Si al hecho de en invierno estar recluidos en casa sumamos el dato de que casi la mitad de los hogares suecos son unipersonales y uno de cada cuatro suecos muere sin que nadie reclame su cadáver, tenemos el cocktail perfecto para entender por qué un 40% de los habitantes de Suecia confiesan sentirse tremendamente solos.

Islandia encabeza el consumo mundial de antidepresivos: casi un 12% de la población los toma a diario. Y si hablamos de tasas de suicidio, efectivamente, lo habéis adivinado: los norteños se llevan la palma de oro, junto a otros países donde en teoría su población es muy feliz (Canadá o Suiza) pero donde ¡oh casualidad! también hace un frío del carajo. ¿Qué lleva a tantas personas a querer quitarse la vida en estos supuestos paraísos? Pues, curiosamente, una de las causas es que constantemente les estén restregando lo inmensamente felices que son sus vecinos, lo que les empuja a tirar aún más por los suelos su baja autoestima. La presión social para ser feliz y hacérselo saber a todo el mundo es atroz: el que no está contento con su vida pasa a ser un paria. Esto nos lleva a pensar en qué modo educa la sociedad a las personas: ¿no es triste que haya tanta gente comparando sus logros con los ajenos, envidiando lo de los demás, en vez de dedicarse a disfrutar de lo que tenga en ese momento, que es lo que en mi opinión da la verdadera felicidad? Esa obligación de obtener el éxito sí o sí, conseguir tus metas sin ayuda de nadie (en Finlandia incluso hay una palabra, pärjäämisen eetos, para describir esta imposición de buscarte la vida tú solo) y andar a todas horas con la sonrisa perenne (aunque en muchos casos sea más de cara a los demás que a uno mismo) se ha llevado por delante la vida de muchas personas. Y, de paso, ha dado de comer a miles de psicólogos y psiquiatras.

Lo peor de todo es que en los medios de comunicación de estos países se evita usar la palabra “suicidio”, según ellos son hechos aislados que pasan a convertirse en noticias anónimas, para evitar el pánico colectivo y que los escandinavos se depriman aún más. Se prefiere mirar a otro lado a la hora de asumir que las familias son de las más despegadas del mundo, que muchos adultos arrastran desde la infancia esa sensación de carencia que implica el no haber tenido una relación demasiado cercana con sus padres y que en muchos casos agudiza la sensación de desamparo. Yo, que vengo de una familia en la que disfrutamos mucho de compartir momentos juntos pese a que yo ya sea una persona adulta, no me imagino pasar meses y meses sin pasar por casa de mis padres o de mis suegros a que me inviten a un buen cocido madrileño. Pero, sobre todo, gozar de esa gloriosa sensación de saber que tus padres están ahí, contra viento y marea, para lo que necesites, y que continúen siendo un pilar fundamental en tu vida.

Cuando hablamos de bienestar social, tendemos a pensar que la sanidad universal (ojo, de gratuita nada, los escandinavos pagan una barbaridad en impuestos y de ello hablaremos luego) implica tener hospitales maravillosos y que la población goce de una salud a prueba de bombas. No es el caso de Dinamarca. Cada danés come al año casi 70 kilos de carne de cerdo (habéis leído bien), lo que empujó al gobierno a  tomar la polémica medida de incrementar el precio del bacon y la mantequilla, a ver si así conseguían que los daneses, grandes fumadores por otro lado, consiguieran llevar una vida más sana. Lo único que consiguieron es que muchos de ellos se fueran a comprar estos productos a Alemania y volvieran a su país con el maletero hasta los topes de grasas saturadas. Muchos de ellos se convierten en visitantes habituales de los hospitales, que no son tan perfectos como nos venden. El servicio de pediatría es inexistente (a los niños los atienden los mismos médicos que a los adultos), lo del tema de las urgencias deja bastante que desear ya que exige pedir cita previa (a ver, se llama “urgencias” por algo, porque son accidentes o enfermedades que no se pueden adivinar de antemano) y pese a que la ley obliga a que se diagnostique tu dolencia en menos de un mes, más de la mitad de las veces no se cumple. El sistema de ambulancias se ha privatizado, la sanidad no cubre dentistas ni oculistas, fisioterapeutas y psicólogos. A lo mejor buena culpa de esto la tiene el que Dinamarca ha comenzado a permitir que empresas privadas gestionen hospitales públicos. El país ha presumido siempre de tener un sistema sanitario idílico pero cada vez son más los daneses que se quejan de que les pongan pegas para hacerles una radiografía o les manden al especialista porque “sus síntomas no son tan graves” y que casi un millón de daneses hayan tenido que recurrir alguna vez a la sanidad privada. Y sí, tienen derecho a quejarse porque, como decíamos antes, el danés medio se deja más de la mitad de su sueldo sólo en impuestos, lo que nos parece igual de abusivo por parte del Estado que la privatización que nos quieren imponer aquí en España los neoliberales de derechas. Por lo tanto, razón tienen en exigir una sanidad eficiente, que para eso la pagan con el sudor de su frente.

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Hablando de sudores y de lo que a uno le cuesta levantarse para ir al trabajo, en dicho sentido los daneses han comenzado a desarrollar una apatía preocupante respecto a lo que supone pagar impuestos. Porque te pongas como te pongas, casi la mitad de tu sueldo (tasa básica mínima del 42%) se va a ir para las arcas del Estado, por lo que muchos daneses, hastiados, han comenzado a ausentarse del trabajo más a menudo de lo que debieran, se han incrementado las bajas laborales y la motivación ha caído en picado: son muchos los daneses que prefieren irse a trabajar a otros países en los que se premie la ambición. La barbaridad que pagan los daneses en impuestos en electricidad (76% de la factura) o la compra de un coche nuevo (¡un 180%!), por no hablar del IVA (un 25% que incluye la comida o los libros infantiles) roza la usura: sumando impuestos varios, el danés sólo tiene potestad sobre un tercio de lo que gana. Por este motivo (y pese a la fama de golfos que se nos atribuye a españoles, griegos o italianos) el mercado negro también está muy extendido en Dinamarca y son muchas las pequeñas empresas que pasan de emitir facturas para evadir impuestos (y el Gobierno lo sabe y lo tolera). Vamos, que los daneses distan mucho de ser perfectos: tienen el ratio de endeudamiento personal más alto del mundo y los hogares daneses deben una media ¡del 310%! de sus ingresos anuales! (más del doble que portugueses y españoles y el cuadruple que los italianos ¡cómo te quedas?). ¿Y por qué? Pues porque en Dinamarca también se vivió un boom inmobiliario y ahora están pagando las consecuencias. Los únicos que se han salvado de la catástrofe han sido los pensionistas que ya contaban con casa propia. Además, la mentalidad en Dinamarca es “¿para qué voy a ahorrar si el Estado lo paga todo?” Pues porque si el día de mañana el Gobierno corta el grifo, te vas a ver en la calle en pantalón corto y a veinte grados bajo cero.

Y aunque nos creamos que en Dinamarca las desigualdades sociales no existen, ahí tenemos el ejemplo del Rotten Banana, las zonas rurales que van desde el norte de Jutlandia hasta las islas de Lolandia y Falster, azotado este área por el desempleo, los bajos salarios, malas infraestructuras y escaso rendimiento escolar, por no hablar de los muchos pueblos que están quedando despoblados debido a la migración a las grandes ciudades: sólo Copenhague genera la mitad del producto interior bruto danés. Otro grave problema que está sufriendo Suecia, donde el 40% de la población vive en Estocolmo, Gotheborg y Malmö. Muchos daneses se quejan (y con razón) de que el exagerado presupuesto que se destina a Defensa bien podría invertirse en estas zonas marginales (y marginadas).

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Abandonemos Dinamarca y vayámonos a Noruega, el segundo país más rico del mundo tras Luxemburgo. Hasta hace poco más de medio siglo, más concretamente a últimos de los años 60, no obstante era uno de los más pobres de Europa y además de los más despoblados (lo segundo apenas ha cambiado). Pero fue descubrir inmensas balsas de petróleo en su territorio marítimo (aunque Dinamarca siempre se ha quejado de que los noruegos ampliaron sus fronteras en el mar y se apropiaron de un tesoro que en realidad les correspondía a ellos) y que a los noruegos les tocara el premio gordo con dos aproximaciones. Cierto es que dicha riqueza fue repartida entre todos (como debe ser) y viven con las mismas comodidades los de Oslo que los de un pueblito de doscientos habitantes de cualquier fiordo. El problema es que la economía noruega (quitando la industria pesquera, básicamente las piscifactorías de salmón) depende prácticamente del petróleo y el gas, unos consumibles que se acabarán agotando (para beneficio del planeta, los humanos y la proliferación de las energías limpias). Y el día que eso ocurra, a ver de qué viven los noruegos, que se les está olvidando reinvertir lo ganado en crear empresas, negocios o facilitar el turismo bajando precios (que ahora les traerá al pairo el turista pero el día que se vean con una mano delante y otra detrás se van a pegar por montar tiendas de souvenirs).

Actualmente, los trabajos que no quieren hacer los noruegos, lease ser camarero o limpiar habitaciones de hotel, los hacen los suecos: 35.000 viven en Noruega tentados por los 35 euros por hora que se pagan allí. Mientras tanto, Noruega extrae una media de dos millones de barriles de petróleo diarios, mientras no hace caso de las advertencias: el pico de la producción es inminente y luego todo será cuesta abajo. Mientras tanto, un tercio de los noruegos en edad de trabajar no hacen absolutamente nada: un millón de personas (una quinta parte de la población) vive del dinero del Estado y se tiene la cifra más alta de Europa de gente que vive gracias a las prestaciones por enfermedad, lo que demuestra, de nuevo, que la fama de caraduras nos la llevamos los latinos europeos pero los nórdicos también tienen un morro que se lo pisan. Los noruegos se han acomodado tanto y exigen tener un nivel de vida tan alto que ponen el grito en el cielo si el correo llega a las nueve de la mañana en vez de las ocho y media, sin acordarse de que hace no tanto en muchos pueblos podían darse con un canto en los dientes si recibían las cartas una vez por semana.

A esto hay que añadir que los noruegos se vanaglorian de ser uno de los países más ecológicos del mundo y de vivir en una comunión extrema con la naturaleza como hacían sus antepasados vikingos pero al mismo tiempo se les olvida que su fortuna viene de uno de los productos más contaminantes del mundo, llegando al punto de que Statoil (la empresa estatal que gestiona la extracción de petróleo) ha arrendado en Canadá arenas alquitranadas, que contaminan todavía más que el propio crudo. Sí, en Noruega la energía viene principalmente de compañías hidroeléctricas de energía limpia y renovable pero se lucran vendiendo a otros países un combustible fósil que está contribuyendo a la destrucción de la capa de ozono. Por no hablar de lo mucho que se benefician de que países petrolíferos como Libia o Irak se encuentren masacrados por guerras civiles que permitan que Noruega venda más petróleo todavía.

Pero Noruega batalla con otros problemas no menos importantes y uno de ellos es el auge de la extrema derecha, con la popularidad de formaciones políticas vergonzosas como el Partido del Progreso, actualmente tercera fuerza política de Noruega, agrupación claramente racista que se publicita con panfletos como “el perpetrador es extranjero” que muestran a un hombre enmascarado con una pistola (esos mismos extranjeros que les limpian la mierda de sus hospitales). Políticos indeseables que pregonan que el extranjero es un peligro para el país y que han creado monstruos como Anders Breivik, el nazi que asesinó a 77 personas hace seis años y que no era sirio ni egipcio ni marroquí: era noruego. Él solito cometió en un día la mitad de los asesinatos que se producen en Noruega durante un año entero.

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Nos vamos a Finlandia, el país de Papa Noel, famoso en el mundo entero por su estupendo sistema de educación (sí, son un ejemplo para otros países), Nokia y Los Mumin. Pero también uno de los mayores consumidores de antidepresivos del mundo (miles de fineses están enganchados a la benzodiazepina) y el que tiene la tercera tasa más elevada de posesión de armas por habitante. Por no hablar de su grave problema con el consumo de alcohol: cuando vas a Helsinki, sorprende la cantidad de borrachos que te encuentras tirados a la puerta de los bares (y eso que hablamos de países donde los impuestos al alcohol son brutales y tomarse una mera cerveza ya es un lujo). Sin embargo, hay que reconocer que Michael Booth les encumbra como los más “sanos” de los países nórdicos: los finlandeses son leales y nobles, crearon uno de los mejores inventos de la historia de la Humanidad (la sauna) y su pasado bélico, durante el que sufrieron la represión de suecos y rusos, ha hecho de ellos un pueblo humilde y honesto. Pero también el alcohol les convierte muchas veces en pendencieros y violentos, quizás anclados en sus raíces rurales: el finés sigue siendo en esencia un leñador que ha tenido que luchar contra las fuerzas de la naturaleza y que está acostumbrado a la más profunda soledad (aún recuerdo cuando viajé a Laponia y desde el avión divisaba casas perdidas en mitad de la tundra y rodeadas de nieve).

En Finlandia, aunque cueste creerlo, hay dos tipos de personas: los finlandeses-finlandeses y los finlandeses-suecos. Estos últimos (300.000) son acusados por los primeros de gozar de una serie de privilegios que no merecen, como que el sueco sea segunda lengua oficial en muchas partes del país pese a que en proporción la población sea muy minoritaria. Esto lleva a anécdotas surrealistas: “quise inscribir a mi hijo en un cursillo de natación pero sólo quedaban plazas en el grupo de habla sueca y les dije “¡pero si no hablan, son bebés!”; al final tuve que reivindicar que era finlandés-alemán y como el alemán es una lengua hermana del sueco, conseguí apuntarle”. Ejem.

¿Más cosas buenas de Finlandia? Como mujer, debo hacerme eco de ello: son el país con mayor igualdad de género del mundo. Alabados sean. Y eso que la mentalidad finesa, precisamente por ese espíritu rural que aún les caracteriza, se ha caracterizado a lo largo de los siglos por su machismo. Pero he ahí una sociedad que ha aprendido a reciclarse. También buena culpa es de las finesas: las granjeras, pese a la tozudez de sus maridos, eran las que se encargaban de organizarlo todo y obligaban a sus esposos a fregar los platos. La mujer urbanita finlandesa básicamente no puede permitirse ser ama de casa y quedarse amamantando niños: casi todas tienen sus propios trabajos y, en consecuencia, independencia económica. Las mujeres finlandesas son de armas tomar. Y me encanta.

Llegando a Suecia, vamos a encontrarnos con el país más envidiado de toda la región, incluso por encima de Noruega. Ello tiene una base histórica ya que Suecia nunca ha sido invadida, al contrario, ha sido ella la que ha dominado a los países limítrofes. Y a día de hoy, no sólo es el país más poblado, con casi diez millones de habitantes, sino también el más influyente a nivel cultural, por mucho que le duela a Dinamarca. Suecia ha sabido gestionar muy bien el sector económico, con super empresas como Ikea, Ericsson, Volvo o H&M (casi la mitad de las grandes compañías nórdicas son suecas). Los mejores compositores del mundo a nivel musical son suecos (muchos de los hits que escuchas por la radio de cantantes yankees han sido escritos por suecos), Stieg Larsson ha vendido sesenta millones de ejemplares de la saga Millenium y cuentan con la mayor compañía de envasados del mundo, Tetra Pak. Pero Suecia sufre con tumores que parece difícil eliminar. Uno de ellos, enfermedad también de Dinamarca y Noruega, es la monarquía. Cuesta creer que países tan avanzados socialmente aún arrastren esa lacra que suponen las familias reales chupócteras que se dedican a vivir como reyes, nunca mejor dicho, a costa del pueblo sin pegar un palo al agua. Para más inri, la familia real sueca ni siquiera tiene un linaje verdadero (sangre azul le llaman, qué ridiculez a estas alturas de película hablar como si estuviéramos en el medievo) sino que descienden de un mariscal francés que se impuso al país por la fuerza: cada vez que veo en la tele a miles de suecos agitando banderitas mientras pasa la carroza de turno, pienso para mis adentros “al final tan modernos no son, caen en las mismas patochadas que los ingleses o nosotros los españoles”. Creo que queda clara mi tendencia republicana.

Suecia ha de guerrear también con el problema de la inmigración. Recuerdo que hace unos años una pareja amiga mía que intentaba instalarse en Estocolmo se quejaba de que en los bancos no les dejaban abrir una cuenta porque no tenían nómina (pese a que llevaban una importante cantidad de dinero desde España) y los caseros no querían alquilarles sus pisos precisamente porque no tenían nómina). Sin embargo, un 15% de los habitantes de Suecia son extranjeros… aunque cuando pasees por Estocolmo veas en comparación muy pocos inmigrantes por la calle. El problema de los ghettos, como Rosengard en Malmö, es más que evidente. Pero no por la inseguridad que exista allí (partidos de extrema derecha – ¡ah,otra vez nuestros amigos neonazis nórdicos! – como los Demócratas de Suecia pretenden vender estos barrios como los Bronx escandinavos), en realidad se puede pasear tranquilamente, sino por la evidencia de que si tu apellido no acaba en -sen  o en -sson es difícil que te contraten y si lo hacen, ten por seguro que vas a ganar un tercio menos que un sueco.

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¿Y qué ocurre en Islandia, el país más atípico de todos? Básicamente… que les falta gente. Con una población tan pequeña (300.000 habitantes) cuesta creer que puedas encontrar un profesor de chino o un reparador de bicicletas. Hay tan poca gente en el país que sólo se pudieron hacer dos ediciones de su versión de Operación Triunfo porque se quedaron sin participantes. Con este volumen tan pequeño de personas, se corre el riesgo de que las grandes fortunas del país se encuentren en manos de sólo unas pocas familias, lideradas por los Guomundsson, que manejan a su antojo los medios de comunicación y censuran cual república bananera a los que sean críticos con sus empresas. Ser periodista en Islandia no es tan fácil. Apenas hay una decena de publicaciones y como te hagan la cruz en una, te la hacen en todas.

El país se vanagloria de haber metido en la cárcel a los banqueros que les llevaron a la ruina (y yo le aplaudo por ello). Pero hay que recordar entonces que los islandeses se dejaron tomar el pelo igual que nos lo tomaron a nosotros los españolitos. Y no sólo fueron avariciosos los bancos: la propia población se lió como loca a pedir créditos sin pensar en el mañana y de repente llegó el colapso y la inflación: el desempleo se disparó y una botella de aceite de oliva llegó a costar la friolera cantidad de 150 euros. Un 30% de los islandeses llegó a declarar que quería largarse de su propio país. Edificios enteros se quedaron a medio construir, se subieron (aún más) los impuestos, las manifestaciones tomaron las calles de Reykjavik y los restaurantes eran ocupados por turistas extranjeros, atraídos por el desplome de la moneda islandesa: el islandés medio no podía permitirse salir a cenar.

Por otro lado, el país vive una relación de amor-odio con Dinamarca tras tantos años de dominación danesa. En una especie de venganza económica, en la época de bonanza los islandeses se lanzaron a comprar grandes empresas de Dinamarca y jocosamente comentaban “¡acabaremos adueñándonos del Tivoli!”. A Islandia aún la escocía la represión danesa cuando eran una colonia, cuando se prohibió a los islandeses cantar o bailar y las familias ricas mandaban a sus niños a estudiar a Copenhague porque “Islandia estaba profundamente asalvajada”. Los islandeses se sienten mucho más cercanos a los finlandeses que al resto de los países nórdicos, ya que consideran que estos otros aún les siguen mirando con cierto aire de superioridad y se mofan de que aún crean en los elfos.

Tras este análisis de “Gente casi perfecta”, libro que os animo de nuevo a leer porque es una soberbia lección de sociedad nórdica, tal vez parecería que hemos sido demasiado críticos con los países de ahí arriba. Nada más lejos de la realidad. Lo que ocurre es que estamos tan acostumbrados a que todo el mundo les ponga como ejemplo de paraíso en la tierra y a que nadie les saque el más mínimo fallo que a veces cuesta ponerse delante de la más mínima crítica. Pero en este mundo, para desgracia de nosotros los humanos, no existe la sociedad perfecta. Y es bueno analizar y examinar los errores hasta de las más prósperas (os aseguro que si tuviera que escribir un artículo acerca de las cosas que van mal en España, se me acabarían cayendo las falanges sobre el teclado). Y aunque alguno no se lo crea, me declaro muy fan de los países nórdicos. A excepción de Islandia (país que aún tengo pendiente conocer), he viajado muchas veces por Suecia, Noruega, Finlandia y Dinamarca. Y tienen millones de cosas que me encantan y de las que otros muchos países deberíamos aprender: sus derechos laborales, siempre velando por el trabajador (seis semanas de vacaciones, 33 horas semanales de trabajo, igualdad de sueldos entre mujeres y hombres, permisos de paternidad justos, trabajo en equipo y nulo abuso jerárquico), protección del estado del bienestar, justa distribución de la riqueza, el avance de los derechos de las mujeres, leyes de protección animal que son un ejemplo, protección a la tercera edad, casi una nula corrupción… Son motivos para que los nórdicos se sientan bien orgullosos. Pero eso no quita para que aún haya muchas cosas a mejorar. Y una de ellas (siento terminar el artículo de esta manera pero es una dura realidad) es que pese a lo que se ha avanzado, como decía, en los derechos de las mujeres, la violencia de género sigue siendo en estos países de las más altas de Europa: en Suecia y Finlandia un 35% de las mujeres han sido agredidas alguna vez en la vida por un hombre. Casi el doble que en España y eso que yo sigo escandalizándome cuando cada día en el telediario escucho la noticia de una nueva mujer asesinada. Hasta que no logremos frenar esa barbarie, cualquier avance social, en Escandinavia o en el resto del mundo, carecerá del más mínimo valor moral y dirá muy poco de lo que hemos conseguido como seres humanos.

6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Interesante análisis, yo poco puedo opinar porque es obvio que en los quince días que he pasado este verano en Noruega no ha habido tiempo para profundizar, pero sí debo decir que para mi ha sido un viaje bastante incómodo, por diferentes motivos, y que el país en sí no me ha atrapado en absoluto, aunque hay que admitir que su patrimonio natural es inigualable.
    En cuanto a la ecología, también es uno de los pocos, junto con Islandia y Japón si no me equivoco, que sigue cazando ballenas…
    Un saludo

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    1. Hola Gladys, muchas gracias por tu comentario! Sentimos mucho que Noruega no te haya enganchado a nivel viajero, pese a que es uno de los países más bonitos del mundo (y a la vez de los más caros). Como comentamos en el artículo, su visión de la vida es muy distinta de la del sur de Europa y sí, también lidian con su lado osscuro…¡un abrazo!

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  2. Muy buen post, no conozco Noruega, pero me parece muy interesante todo lo que describes. Te invito a leer mi blog, pienso que te puede interesar. Sigue así guapa!

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  3. Es impresionante como me transportaste a los países nórdicos . Me encanto el texto. Saludos desde Argentina.

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