Palacio Real: visita imprescindible en Madrid

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Es algo en lo que coincidimos muchos viajeros: nos pasamos la vida recorriendo medio mundo, haciéndonos jornadas intensivas culturales en la otra punta del planeta, y sin embargo nos quedan por conocer un montón de maravillas que tenemos a un paso de casa. Conozco a infinidad de madrileños que jamás han pisado el Museo del Prado, lo cual me parece un sacrilegio teniendo en cuenta que todos los días durante las dos últimas horas el acceso es gratuito. Pero ese es el problema, que como siempre pensamos “bueno,cualquier tarde me acerco”, se pasan los años y al final muchos de los turistas que vienen a Madrid visitan más museos y monumentos que muchos locales.

La prueba la tenemos en el Palacio Real. Las dos últimas horas de la tarde (de 16:00 a 18:00 de octubre a Marzo y de 18:00 a 20:00 de Abril a Septiembre) los ciudadanos de la Unión Europea y las personas que tengan permiso de residencia pueden entrar gratis. La visita, eso sí, es libre, pero puedes documentarte antes de ir para meterte en situación cuando vayas. El caso es que cuando llegas y ves la cola de gente (que no te asuste, aunque es larguísima los trabajadores del palacio son eficientes y se accede con relativa rapidez), te das cuenta que el 80% de los que esperan son extranjeros. Y es una lástima lo de que haya tanto madrileño que haya pisado Versalles pero nunca haya ido al Palacio Real, que duplica en extensión al francés y es el palacio más grande de Europa Occidental, con más de 3.400 habitaciones. Yo debo reconocer que para mí la visita a este maravilloso edificio es muy especial ya que mi madre es restauradora y ha trabajado mucho tiempo reparando las antiquísimas alfombras que cubren los suelos del palacio. De cría, cada vez que salía alguna recepción oficial en la tele, ya la teníamos en casa diciendo “mirad, mirad ¡esa alfombra que sale detrás del rey lo he restaurado yo!”. Vamos, que escuchábamos el mismo comentario unas doscientas veces al año.

Hablando de reyes y monarcas, debo confesaros que soy bastante republicana y que hasta estuve por echar al bolso mi abanico con la bandera tricolor por darle al asunto un toquecillo de rebeldía. Pero eso no quita para que me fascinen los palacios reales en general, no sólo el de Madrid, por su incalculable valor histórico y cultural (ya ni hablamos del arquitectónico). Como la Iglesia, la realeza es la que siempre ha contado con dinero para construir estas obras faraónicas que nos han dejado para la posteridad y si en el pasado los pobres plebeyos debían conformarse con admirar los palacios desde fuera, ahora tenemos la suerte de vivir en una época en la que están abiertos a todo el público. Yo aconsejaría a esos padres que no saben que hacer con sus hijos un sábado por la mañana que les cojan de la mano y se los lleven a ver el Palacio Real tras haberles comprado un par de cuentos de príncipes y princesas. Porque aparte de irles educando en condiciones, les van a regalar una jornada de lo más entretenida: si los adultos nos quedamos con la boca abierta ante el lujo y opulencia de estos salones, imaginad lo que supone para los ojos de un niño.

Mi recomendación es que antes de iniciar la visita te des una vuelta por los alrededores, ya que como en tantos otros recintos palaciegos, estos forman parte de un modo u otro del conjunto monumental. Por un lado, tenemos la preciosa Plaza de Oriente (junto a la Plaza Mayor, la más bonita de la capital), que terminó de modificar José Bonaparte, hermano de Napoleón y alias Pepe Botella: los madrileños le llamaban así en plan despectivo, para ver si se extendía su fama de borrachuzo, pero en la práctica debemos agradecerle que nos haya dejado una plaza espectacular ante la que se maravillan todos los turistas. Esta cuenta en su centro con la estatua ecuestre de Felipe IV y a su alrededor, custodiando los cuidados jardines, las estatuas de veinte monarcas, quince de la Reconquista y cinco visigodos: a mí la que más me gusta es la de Don Pelayo. Y en añadidura conserva uno de los edificios más importantes de la capital, el Teatro Real. Además, no nos engañemos: la Plaza de Oriente tiene un importante valor sentimental para los madrileños. Cuando esta aún se llamaba la Plazuela de Palacio, tuvieron aquí lugar los levantamiento del 2 de Mayo, cuando espontáneamente cientos de ciudadanos se enfrentaron a los franceses con piedras, palos y hasta macetas que tiraban desde las ventanas. Sería el germen de la Guerra de la Independencia y la gesta fue tan importante que el 2 de Mayo es considerada la fiesta oficial de nuestra comunidad. Yo, qué le voy a hacer, soy gata pura, que es como se nos conoce a los escasos madrileños de mi quinta cuyos padres también lo son, así que me llega muy hondo ese espíritu revolucionario que siempre ha caracterizado a los de mi ciudad.

Desde allí podemos irnos dando un paseo hasta los bonitos Jardines de Sabatini, que ocupan lo que eran las antiguas caballerizas reales. Aunque no son tan antiguos como el palacio (datan de la Segunda República), en un día de calor son ideales para hacer un descanso y además son bien bonitos. Y desde allí nos vamos, para tener una de las mejores panorámicas del Palacio, a los Jardines del Campo del Moro, que se llaman así porque cuando aquí se ubicaba la antigua muralla, los árabes instalaron su campamento con la intención de reconquistar la ciudad. Aunque haya muchos madrileños que ignoren el dato, Madrid durante tres siglos estuvo bajo denominación musulmana y al parecer de ahí viene el nombre de nuestra ciudad, que deriva de Magerit, que significa “aguas subterráneas”. Hoy en día el único resto árabe que nos queda es un pedazo de muralla en la Cuesta de la Vega y, a nivel testimonial, las plazas Puerta de Moros y la de la Morería. El Campo del Moro probablemente sea el jardín más mimado de todo Madrid: en sus 20 hectáreas podemos pasear entre pequeñas lagunas con patos y pavos reales, senderos de ensueño, rosaledas, elegantes fuentes como las de los Tritones o las Conchas, árboles de setenta especies diferentes (y hasta un pino de más un siglo y medio de vida), visitar el chalet de la reina, que es una curiosa casita de recreo que parece extraída de las montañas suizas, y el Chalet del Corcho, aunque inexplicablemente este último se encuentra semiabandonado, algo que no se comprende viendo el esfuerzo que se hace en mantener impoluta esta zona.

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Los espectaculares Jardines del Campo del Moro

Yéndonos ya al Palacio Real, sólo un consejo: el lunes cierran otros monumentos en Madrid, por lo que es cuando viene más gente, así que si quieres pasar gratis, mejor que sea de martes a jueves. Si quieres complementar la visita, te recordamos que además el primer miércoles de cada mes a las doce en punto se realiza el Relevo Solemne de la Guardia del Palacio Real, una ceremonia que dura aproximadamente una hora y a la que te recomiendo llegar con antelación porque se acercan un montón de turistas a presenciarla.

Aunque oficialmente el palacio es la residencia de la Familia Real, ya sabemos todos que estos viven en La Zarzuela y que el palacio se utiliza para recepciones y actos oficiales principalmente. Curiosamente, el último que vivió aquí no fue un monarca sino Manuel Azaña, presidente de la Segunda República.

Tras atravesar la grandísima explanada de la Plaza de Armas, que se encuentra justo enfrente de la catedral de La Almudena, accedemos al edificio. A la izquierda en la planta baja nos encontramos con la Armería, donde se expone una importante colección de armas perteneciente a la Casa Real (el acceso gratuito es sólo miércoles y jueves). Justo al lado tenemos la Real Farmacia y uno de los mejores miradores del palacio, aprovecha para echar algunas fotografías. Es casi obligación detenernos un rato a admirar la ornamentada fachada, ya que en ella podremos encontrar elementos inesperados, como las esculturas de Moctezuma y Atahualpa, los que fueron últimos emperadores aztecas e incas. Insistimos en que deis al Palacio Real la importancia que se merece porque no es un edificio que sea una recreación o haya sido reconstruido: todo lo que veis aquí es original, pese a que evidentemente ciertas piezas se hayan restaurado por el paso del tiempo. Pero a grandes rasgos nuestro Palacio Real ha aguantado el tipo: genio y figura hasta la sepultura.

Ya entrando en el palacio, la bienvenida es grandiosa: estamos en la escalinata diseñada por Sabatini, toda hecha en mármol, con unos frescos maravillosos decorando la bóveda y diferentes bustos (muy afrancesados), entre ellos el de Felipe V. Este es el último punto donde se te permitirá tomar fotografías.

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Los salones que se exponen al público son dieciocho. Se comienza por el de los Alarbaderos, que aunque se creó como un salón de gala finalmente fue la sala para los que eran guardia personal de los reyes, y se continúa por la antecámara de Carlos III, donde se exponen retratos de Goya y una valiosísima colección de relojes (la Casa Real tiene más de medio millar). A mí particularmente el que más me gustó de todos (porque sí, es de esas estancias deslumbrantes que te dejan con la boca abierta) es el Salón Gasparini, que actualmente se usa en las recepciones oficiales para tomar el café y los licores. La estancia que ves es la original, no se ha retocado: es visualmente tan llamativa porque nadie espera encontrarse en un palacio español un salón inspirado claramente en los motivos chinescos. España, después de colonizar Filipinas, comenzó un intenso intercambio comercial con China y trajo muchísimas piezas de porcelana para palacios como el de Aranjuez o La Granja. Gasparini sabía de esta atracción de los europeos por los motivos orientales y por esa razón hasta incluyó en uno de los rincones del techo a dos personajes ataviados con trajes asiáticos y desarrolló un culto casi obsesivo por la flor de loto en la decoración. La descomunal lámpara con cientos de brazos es otra de las cosas que más destaca en el salón. Gasparini tardó nada más y nada menos que cuarenta años en acabar la decoración de este cuarto. Ahí es nada.

El Salón de las Columnas ha sido testigo de acontecimientos históricos importantísimos como el velatorio de la Reina María de las Mercedes o la conferencia de paz entre palestinos e israelís del año 1991. Con sus costosísimos tapices del siglo XVII, sus bustos de emperadores romanos y la Mesa de las Esfinges, llamada así por las figuras mitológicas que sirven como patas, es otro de los salones más importantes. El Comedor de Gala, con una larguísima mesa (¡la más grande que he visto en la vida!) que puede acoger a más de 150 comensales, el Salón de los Espejos, con unos espejos que sólo pueden ser ensombrecidos por los que decoran Versalles, la Saleta de Porcelana (también con un estilo muy Gasparini) y, sobre todo, el impresionante Salón del Trono que veis aquí abajo (las esculturas de leones fueron traídas por Velázquez desde Roma) dan fe del poder y riqueza que acumuló nuestro país en sus siglos dorados. Porque, a la vista está, el Palacio Real fue diseñado para fascinar y dejar sin palabras a cualquiera que tuviera el honor de ser recibido en audiencia.

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Salón del Trono (Fotografía de Fabio Alessandro Locati)

A la visita hay que añadir la deslumbrante Real Capilla, donde se han celebrado los funerales de diversos miembros de la Familia Real y las extraordinarias colecciones reales, entre las que se encuentra la colección más importante del mundo de los famosos Stradivarius (dos violines, una viola y un violonchelo que pertenecían a Carlos IV), diferentes cuberterías y vajillas de plata, tapices de varios siglos, porcelana delicadísima, esculturas de genios como Bernini… Es tanto el material acumulado que se está planificando la construcción de un museo en los Jardines del Campo del Moro que acogerá toda la colección completa.

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