“New York, New York” (Javier Reverte)

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Qué placer cada vez que llega a las tiendas un nuevo libro de Javier Reverte, el gran genio de la literatura de viajes. Ya os he comentado varias veces lo fiel que soy a su obra (en este mismo blog podéis encontrar otras reseñas de novelas suyas como “Canta Irlanda” o “Un verano chino”) pero lo soy aún más cuando esta se centra en lugares que me son tremendamente familiares. Este es el caso de su último libro de viajes, “New York, New York”, con el que tantísimo he disfrutado y que he devorado en apenas un par de días. Porque hay que ver lo que se disfruta un buen libro cuando este recorre un millón de rincones en los que ya has estado y que tantos buenos recuerdos te dejaron en el alma. Creedme: si conocéis Nueva York, os vais a sentir arropados por la añoranza; si no es el caso, os aseguro que es una lectura imprescindible antes de que pongáis por primera vez un pie en la Gran Manzana.

A sus 73 años, Reverte es un periodista todoterreno que pese a tener aparte publicadas diez novelas de ficción, continúa siendo el amo y señor del género de la literatura de viajes. Guiados por sus líneas, hemos recorrido los áridos paisajes africanos, descendido en barco por el Amazonas, surcado los lagos Victoria y Tanganika, acercado a la realidad bélica de Centroamérica, bañado en las aguas griegas del Mediterráneo y perdido en las salvajes tierras de Alaska. Cada vez que su editorial anuncia un nuevo título en ciernes, me embarga la emoción: las novelas revertianas son el viaje en estado puro, la pasión del nómada convertida en letras, la imaginación volando de la mano de un viajero de los que ya no quedan. Y si estábamos acostumbrados a seguir sus andanzas por rincones remotos y singulares que apenas conocen la palabra “turismo”, en esta ocasión sorprende el contraste al elegir como protagonista a la ciudad más turística del mundo, Nueva York, que, sin embargo, pese a esos millones de visitantes que cada año inundan sus calles, ha sabido conservar su esencia más genuina. Nueva York es el ombligo del mundo, tantas veces imitada pero nunca superada: cualquier viajero, que la antepone como destino a cualquier otro, verá todas sus expectativas rebasadas cuando por primera vez se vea rodeado por sus altísimos rascacielos. Nueva York es el cine y el cine es Nueva York: desde King Kong en lo alto del Empire State al barrio de Little Italy en “El Padrino”, desde el edificio Dakota en “La semilla del diablo” a las calles de “Taxi Driver”, desde la ciudad observada a través de “La ventana indiscreta” al Central Park de “Kramer contra Kramer” o el hotel Chelsea, donde Sid Vicious apuñaló a su novia Nancy, Jack Kerouac escribió “En la carretera” y Mickey Rourke y Kim Bassinger inmortalizaron su pasión en “Nueve semanas y media”. Miles de películas que nos hacían de niños (y no tan niños) sentir que conocíamos Nueva York como la palma de la mano, pese a que no hubiéramos ido nunca. Todos de un modo u otro nos vimos trasladados allí a través del cine y la televisión: en mi caso, fue principalmente por medio de dos de mis películas favoritas, “The Warriors” (¡qué sensación la primera vez que monté en el metro neoyorkino y recordaba a los pobres Warriors huyendo hacia Coney Island!) y “West Side Story”, uno de los mejores musicales de la historia. Ambas películas las sigo viendo a menudo varias veces al año y pese a ser muy diferentes la una de la otra y ambientadas en distintas épocas, son dos viscerales retratos de esa cara dura y violenta que siempre ha parecido acompañar a Nueva York y que, afortunadamente, se ha ido desvaneciendo en los últimos años, al menos en Manhattan, que se vanagloria de ser una de las zonas más seguras de Estados Unidos (y más aún desde los atentados del 11 de Septiembre). En definitiva, que si no has viajado a NY enamorado de sus calles por medio del cine, permíteme decirte que eres una especie en vías de extinción.

Javier Reverte, tras ganar el Premio Lara y su recompensa económica de 120.000 euros, decidió darse un capricho e irse a vivir tres meses a Nueva York, una ciudad con alquileres carísimos (y, añado, hoteles al mismo nivel: es una lástima que los precios de los alojamientos no nos permitan visitarla tan a menudo como todos quisiéramos). De este modo, Reverte alquilaba un apartamento en el Midtown East y pretendía convertirse en un neoyorkino más, codeándose con sus vecinos de escalera y haciendo las compras en el súper del barrio, que regentaba un libanés que no hablaba ni papa de inglés. Un buen ejemplo de la multiculturalidad de una urbe monstruosamente grande cuyos ciudadanos descienden de inmigrantes llegados de todas las partes del mundo y con una comunidad afroamericana que ha ocupado barrios enteros como Bronx o Harlem. Eso por no hablar de los puertorriqueños, que también son unos cuantos, aunque hay que matizar que pese a que Puerto Rico es un estado oficial de USA, estos se sienten más latinos que estadounidenses. O de los irlandeses (¡qué bien retrató a esta comunidad Martin Scorsese en “Gangs of New York”!), que cada 17 de Marzo y en honor de San Patricio tiñen de verde la Quinta Avenida. Y ahí tenemos también Chinatown, un grandísimo ghetto donde aún viven miles de personas que no hablan ni una palabra de inglés y continuan aferradas a sus tradiciones asiáticas milenarias. Al contrario que en las regiones interiores del país (retrógradas, garrulas y atrasadas como ellas solas) en Nueva York palabras como racismo o intolerancia están fuera de lugar. El dato que lo confirma es este: uno de cada seis matrimonios que se celebran en la ciudad es llevado a cabo por dos personas de diferente etnia.

Algo que me ha enganchado del libro y que desde luego hace mucho más amena la lectura es el planteamiento de ser redactado a modo diario, por lo que vamos acompañando a Reverte en su plan de cada mañana. Y lo haremos en otoño, la que se dice es la mejor estación para visitar la ciudad (en mi caso no puedo comparar porque estuve en Agosto y nos cogió una ola de calor sofocante). Aunque en los últimos tiempos el otoño neoyorkino parece destinado a desaparecer, comido por las abrasadoras temperaturas que le preceden y las copiosas nevadas que llegan después de él. Nueva York, para bien y para mal, es una ciudad donde la climatología no da tregua a locales ni a visitantes y se pueden superar fácilmente los cuarenta grados en verano y no subir de los quince bajo cero en el invierno. Súmale que las previsiones meteorológicas le traen al pairo a New York City y aunque cuando te levantes luzca el sol, es más que probable que un par de horas después debas echar mano del paraguas.

Estar durante tres meses en la misma ciudad (y más en una como Nueva York, que es adicta a los desfiles, las fiestas vecinales y las celebraciones callejeras) permite poder disfrutar de todo tipo de eventos al aire libre. Unos bastante tristes, como el que cada 11 de Septiembre conmemora esa fatídica fecha en el que miles de personas perdieron la vida en las Torres Gemelas. Y por otro lado bastante irónicos (por ser suave al describirlos) ya que son muchos los que hacen negocio ese día vendiendo banderitas o simulando apoyar a los miles de veteranos que salen a las calles pese a que muchos de ellos no tienen pensión ni encuentran trabajo al volver de la guerra; es algo que siempre me ha reventado de la política gubernamental estadounidense, como destrozan países enteros, asesinan a miles de inocentes, embaucan a miles de soldados para echar a perder su vida en conflictos bélicos que poco buscan a nivel humanitario y sí económico y cuando las tropas regresan a casa, se olvidan de ellas mientras buscan a otros cuantos jóvenes ingenuos a los que engañar hablando de patriotismo y amor al país.

Otros eventos son mucho más festivos, caso del 12 de Octubre (curiosamente, para muchos neoyorkinos lo del descubrimiento de América, al ser Colón genovés, o Christopher Columbus como lo conocen ellos, era más cosa de Italia que de España, por lo que en el desfile abundan las banderas italianas y salen a la calle los bersaglieri con sus llamativos uniformes). O también el de Halloween, en el que todo el mundo se disfraza, aunque parezca ya no existir la obligación de que dichos disfraces deban ser terroríficos, y el Maratón de Nueva York, considerado el más importante del mundo. Y junto a los desfiles y las fiestas, también las manifestaciones. Porque en Nueva York, probablemente junto a San Francisco la ciudad más abierta a nivel político de todo el país, vive mucha gente de izquierdas que está en contra de las guerras sin sentido, del negocio de los seguros médicos privados y, ante todo, del abuso desmesurado del poder de los bancos: de ahí el movimiento Occupy Wall Street que desde hace años ocupa el parque Zuccotti y que, curiosamente, se inspiró en las protestas del 15-M que tantos españoles llevamos a cabo a partir del año 2011. Un rayo de esperanza para los que están hartos de tantas desigualdades en el país más poderoso del mundo.

Algunos de los pasajes más interesantes están dedicados a otro barrio mítico, Brooklyn, cuyos habitantes hasta tienen su propio acento: se sienten orgullosísimos del vecindario donde viven. Es aquí donde se encuentra Coney Island, donde en invierno yacen comidos por el polvo los parques de atracciones y se puede dar una vuelta por su paseo marítimo: además, es casi obligación si estás aquí probar un hot dog, pues se considera que en Coney Island se preparan los mejores de América. Aunque Brooklyn parezca el hermano pobretón de Manhattan, coincido con Javier Reverte en que es indispensable visitarlo para sentir la ciudad desde otra curiosa perspectiva. Al igual que hay que ir a Hell’s Kitchen (la Cocina del Infierno), ese barrio donde se crió Robert de Niro y que durante años fue considerado uno de los más marginales y peligrosos de Manhattan; hoy en día, sin embargo, se ha convertido en uno de los barrios de moda tras un intenso lavado de cara y la apertura de un montón de nuevos locales, restaurantes y cafeterías principalmente. Además, cuenta con el atractivo de un mercadillo callejero, el Flea Market, que se celebra todos los fines de semana.

Para los melómanos como yo, si hay algo que debemos admirar de la cultura yankee es su amor por la música. Aquí el ser músico se considera un trabajo (muy bien mirado, por cierto) y no un mero hobbie como en muchos países de Europa, el nuestro sin ir más lejos: el músico es respetado ya no sólo por su encomiable aporte cultural a la sociedad de la que forma parte sino también por los ingresos económicos, que no son pocos, que la música genera. Si Chicago es la ciudad del blues y Nashville es la del country, Nueva York es la ciudad del jazz. Reverte podrá disfrutar de distintos conciertos de este estilo a lo largo de su estancia aunque los mejores y los más auténticos siempre se encuentran en Harlem. Y es en esta mítica barriada de mayoría negra, antaño uno de los lugares más peligrosos de Estados Unidos, donde el escritor también vivirá en sus carnes uno de los acontecimientos que más he disfrutado cuando he viajado a USA: dejarse arrastrar por las fabulosas voces de una misa gospel, que no sólo es un espectáculo a nivel musical sino también humano. En la comunidad negra norteamericana, ser ateo es casi considerado un crímen: hay que recordar que tanto Martin Luther King como Malcolm X eran pastores evangélicos y renegar de ellos significa renegar de su lucha por los derechos civiles. Por eso para la comunidad afroamericana es tan importante acudir cada domingo a esas misas memorables que pueden extenderse hasta las seis o siete horas de duración. Porque no es sólo una reunión religiosa, es una comunión en toda regla con todos los que como tú fueron perseguidos en el pasado (y si tú no lo fuiste, lo fueron tus padres o abuelos) y qué mejor forma de ensalzar este hermanamiento que haciéndolo como ellos mejor saben: cantando.

Comentaba antes que este libro es casi más recomendable que una guía a la hora de explorar la ciudad porque a mí misma me ha permitido descubrir a posteriori lugares en los que no estuve cuando visité la ciudad hace años. Es el caso del parque High Line, la mayor librería de segunda mano de la ciudad, Strand (a la que me prometo ir la próxima vez que vaya), la Hispanic Society of America (donde hasta hay una estatua del Cid Campeador), The Cloisters (un museo de arte medieval europeo), Hawthorne, un pueblo cerca del Bronx donde se encuentra la tumba del padre de Federico García Lorca (en la ciudad se adora al escritor español, que la homenajeó con “Poeta en Nueva York”) o de la isla de Roosevelt, a la que se puede acceder en funicular, aunque a nivel turístico no ofrezca demasiados atractivos. Pero Reverte también nos lleva a monumentos conocidísimos que no por ello dejan de tener un irresistible encanto, como el Empire State Building o la Estatua de la Libertad, el símbolo indiscutible de la ciudad. Nos descubre los bares de ostras, tan habituales en las calles neoyorkinas (junto a las ostras, no hay nada que le guste más a un local que un buen vino) y nos acerca a la pasión de la ciudad por el deporte, especialmente el baloncesto, el baseball, el hockey sobre hielo y el boxeo. Espectáculos que mueven al año miles de millones de dólares y no sólo deportivos: ahí tenemos Broadway y su oferta teatral que atrae a espectadores de todo el planeta.

En los últimos días de su viaje, Reverte vive la que es la fiesta más importante para los estadounidenses, por encima incluso de la propia Navidad: el Día de Acción de Gracias. El cuarto jueves de Noviembre se conmemora la llegada en 1620 de un centenar de peregrinos europeos que al poner pie en tierra, dieron las gracias a Dios para conmemorar el final del viaje, de ahí el nombre de la celebración. ¿Y la tradición de comer pavo, de donde viene? Pues de que los indios que les recibieron fue lo que les ofrecieron de menú improvisado: aquellos pobres europeos no había visto un pavo en su vida. Actualmente, el Día de Acción de Gracias se come pavo hasta en Chinatown.

Me ha dado la misma pena acabar este libro que la que Reverte siente cuando parte hacia al aeropuerto y dice adiós a la ciudad de los rascacielos. Porque como comenté al inicio del artículo, esta entrañable novela trae un montón de recuerdos inolvidables para los que alguna vez hemos recorrido la Quinta Avenida y nos hemos sentido tremendamente pequeños entre esos edificios gigantescos de cristal y de hormigón. Ya lo cantaba Frank Sinatra: “I want to wake up in a city that doesn’t sleep and find I’m king of the hill, top of the heap…” Porque Nueva York hace honor a su nombre: es la ciudad que nunca duerme y, sin embargo, con la que tantos millones de personas soñamos cuando nos vamos a dormir.

5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Lo pondré en mi lista, gracias por la recomendación

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  2. Gracias a ti, seguro que te encantará!

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  3. Maria Isabel dice:

    ERES INIGUALABLE, ALGUN DIA CONOCERE NEW YORK.

    Le gusta a 1 persona

    1. Muchas gracias!!!! Es un destino único!

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