Rumania 2017 (Primera Parte)

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Cinco años atrás habíamos realizado nuestro primer viaje a Rumanía, atraídos por los misterios que han rodeado siempre a uno de los países más bonitos de Europa. En aquella ocasión nos limitamos a la región de Transilvania, que como podéis leer en la otra entrada de blog que hicimos con el viaje del 2012, nos dejó un sabor de boca magnífico. Tanto como para que nada más acabarlo ya tuviéramos en mente volver en un futuro. Y aquí estábamos un lustro después, dando los últimos preparativos a lo que sería nuestra segunda aventura rumana. Esta vez también preparamos el viaje a conciencia ya que si la primera vez nos movimos en transporte público, lo que quizás nos condicionó un poco a la hora de llegar a ciertos sitios (es lo que tiene el transporte en Rumanía, que va por libre pero al mismo tiempo nos permitió comprobar con la resignación y paciencia que se lo toman los rumanos), esta vez alquilaríamos coche, lo que nos daría muchísima más libertad de movimientos. Si en el 2012 viajamos Juan y yo solos (fue además el primer viaje que hicimos juntos, por lo que guardábamos un recuerdo muy especial de aquella escapada transilvana), esta vez nos acompañarían Mónica y Carlos, una pareja amiga nuestra. Ellos no conocían Transilvania: no nos importaba repetir algunos de los destinos que visitamos aquella vez porque nos encantaron pero a cambio añadiríamos unos cuantos más que nos habían quedado pendientes, sobre todo en la región de Maramures, una de las más rurales del país, ya lindando con la frontera con Ucrania. Mónica y yo estuvimos varios meses preparando la ruta, consultando guías y blogs y, sobre todo, teniendo en cuenta que las carreteras rumanas son pésimas y eso ralentizaría los trayectos y obligaría a una mayor organización. Ahora, acabado el viaje, puedo decir que los nueve días estuvieron repartidos de una forma impecable y no hubiéramos añadido ni quitado nada.

Antes de comenzar a desgranar el recorrido, vayamos con algunos datos prácticos. Desde el año 2007, los españoles sólo necesitamos el DNI para viajar a Rumanía; aún así, a nosotros siempre nos gusta llevar el pasaporte por lo que pueda pasar (dos documentos siempre son mejor que uno). Hay que tener en cuenta el clima extremo del país a la hora de escoger fechas: en nuestro primer viaje fuimos en Septiembre, esta vez elegimos Mayo. Acaso primavera y otoño sean las estaciones más idóneas: aún así, a primeros de Mayo hubo días en los que llegamos a rozar los 30 grados y quitando un par de noches que tiramos de cazadoras, la mayor parte del viaje estuvimos en manga corta (que no os engañe lo de que Rumanía esté pegando a Ucrania: en cuanto asoma el verano hace muchísimo calor).

Respecto a los vuelos, hace años únicamente podías llegar a Bucarest a través de TAROM, la compañía aérea rumana, y los billetes solían rondar los 250-300 euros. En nuestro anterior viaje volamos desde Budapest con la compañía húngara Wizzair; en esta ocasión, fuimos vía directa Madrid-Bucarest con Ryanair y el billete de ida y vuelta apenas costó 100 euros. Teniendo en cuenta que son casi 4 horas de viaje y que los horarios eran ideales (salíamos un viernes por la tarde y volvíamos un domingo por la tarde nueve días después), un chollo. El vuelo nos coincidía con un inicio de puente en España y el avión iba petado de españoles cuya principal intención era visitar el Castillo de Bran, popularizado por su vinculación al personaje del Conde Drácula: algunos hasta llevaban en plan coña capas y colmillos de plástico. Imaginaos nuestra cara de desconcierto. Está claro que esto de viajar puede verse de muy diferentes formas… Mientras esperábamos a despegar, un par de chicas nos reconocieron y se acercaron a saludarnos y comentarnos que eran muy fans del blog: no nos lo esperábamos (¡vaya casualidad!) y nos hizo una ilusión tremenda. Ya nos ha ocurrido varias veces lo de que nos reconozcais estando por ahí de viaje (aún recuerdo una pareja con la que coincidí en Hanoi (Vietnam) que me dieron las gracias por haberles quitado el miedo a viajar a Asia); a veces no somos conscientes del seguimiento que tiene el blog pese a que tengamos miles de visitas mensuales hasta que nos ocurren este tipo de anécdotas y reconozco que nos llenan de felicidad pues es el agradecimiento más sincero que puede obtener nuestro trabajo desinteresado. Así que de veras ¡mil gracias por seguir leyéndonos!

Aunque Rumanía pertenezca a la Unión Europea y os sirva la Tarjeta de la Seguridad Social Europea (podéis solicitarla gratuitamente por internet, tiene una validez de dos años y luego debéis volver a pedirla), el problema de los hospitales rumanos es que tienen muchas carencias y en multitud de ocasiones te derivan a clínicas privadas en las que sí has de pagar las facturas. Por dicho motivo, decidimos curarnos en salud (nunca mejor dicho) e ir con nuestro seguro médico: lo contratamos, como siempre, con InterMundial y nos costó poco más de 20 euros por persona.

En cuanto al tema idioma, el romaní es muy parecido al castellano: es la única lengua eslava cuyo orígen también reside en el latín y veréis que muchas palabras son parecidas a las nuestras. En las grandes ciudades es más fácil encontrar gente que chapurree algo de inglés: en los pueblos olvídate. Nada que no se arregle con simpatía, ingenio y un poco de mímica. Las cartas de los restaurantes, muchas veces escritas sólo en rumano, solíamos descifrarlas echándole imaginación. Aún así, también dimos con bastantes personas que hablaban español, algunos por haber trabajado en nuestro país y otros por tener familia en España. De todos modos, nunca está de más echar alguna guía que incluya el vocabulario más básico o echar mano del traductor de Google, que también hace un apaño.

A Bucarest llegábamos sobre las 12 de la noche. Ni siquiera nos acercaríamos a la capital ya que la dejaríamos para el final del viaje y además a la mañana siguiente debíamos ir a por el coche de alquiler a uno de los stands del aeropuerto. Por lo tanto, habíamos reservado un hotel cercano al aeropuerto de Otopeni. Sacamos dinero en un cajero (el cambio está a 1 euro= 4,50 leis, los leis aparecen también en muchos sitios como RON); el trayecto en taxi hasta el hotel apenas nos costó al cambio 3 euros, los taxis son muy, muy baratos en Rumanía. Tened en cuenta si cogéis taxi en el aeropuerto que antes debéis solicitarlo en unas máquinas que hay a la salida de la terminal; te sale un ticket con la compañía y el número de matrícula del vehículo que os recogerá (no suelen tardar más de cinco minutos).

El hotel que habíamos reservado era el Denisa (30 euros por habitación/noche). No incluía desayuno pero sí el transporte gratuito el día siguiente al aeropuerto. Hotel bastante normalito (algo anticuado) pero total, lo íbamos a usar sólo para dormir y ducharnos.

El coche lo alquilamos con la compañía Alamo: se pueden encontrar coches más baratos (nos salió unos 300 euros por 9 días) pero queríamos un coche grande con maletero amplio y además le añadimos el seguro extra por si había algún percance: aún así 80 euros por persona nos pareció muy bien de precio. Cogimos un Renault Captur nuevecito. La gasolina está de precio muy similar al español: en la región de Maramures tened en cuenta que es bastante difícil encontrar gasolineras en algunos tramos por lo que es preferible que vayáis con el depósito medianamente lleno. Quitando en Bucarest, que dejamos el coche en la puerta del hotel y nos movimos en taxi por propia comodidad nuestra, en el resto de las ciudades no suele haber problemas para aparcar incluso en pleno centro y si tenéis que pagar parquímetro, es muchísimo más barato que en España.

Ahora vamos al tema carreteras porque probablemente Rumanía sea el país de Europa donde más complicada es la conducción. Esto no sólo obedece al estado de las vías, que muchas veces serpentean entre montañas y están en muy mal estado, con baches, obras y socavones. A ello hay que añadirle que los rumanos conducen como auténticos suicidas: no señalizan, hacen adelantamientos peligrosísimos, frenan cuando les da la gana y hacen caso omiso de las señales de tráfico. Pero aún hay más: en las carreteras secundarias igual puedes encontrarte vacas que un rebaño de ovejas, gallinas, perros, niños que juegan al fútbol o señoras que charlan tan campantes junto a sus bolsas de la compra. Y la prohibición de la circulación de carromatos por las carreteras es otra utopía: vimos cientos. Así que mucho ojito y toda la atención del mundo porque el nivel de estrés que vas a llevar al volante es para tenerlo en cuenta. Además, aunque veais el distintivo DN (Drum National, Carretera Nacional) muchas de ellas parecen más caminos rurales que carreteras propiamente dichas. Para conducir en Rumanía, por cierto, no se necesita el carnet internacional, sirve con el español; cuando paréis en las gasolineras, recordad que gasoil es “motorina”. Nosotros llevamos, como siempre, nuestro propio GPS: el mapa de carreteras rumano le bajamos directamente de internet.

Estas eran las imágenes más habituales que podías encontrarte en las carreteras rumanas: vacas y Cristos.

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A lo largo del relato os iré aportando algunos otros datos de utilidad para planificar vuestro viaje a Rumanía. Mientras tanto, vamos a ir comenzando con la ruta que hicimos. Nuestra primera parada sería un destino de primer orden dentro del turismo rumano y que, desgraciadamente, nos había quedado pendiente en el primer viaje por falta de tiempo y por la dificultad añadida para acceder en transporte público. Esta vez, al disponer de coche y ser el primer punto que nos cogía más cerca de Bucarest, a poco más de una hora, sería el primer lugar que visitaríamos: Sinaia.

Sinaia, uno de los pueblos más bonitos del país, se encuentra en los límites del Valle del Prahova. Aunque territorialmente pertenece a la región de Valaquia, culturalmente sus habitantes se encuentran más ligados a Transilvania. Es uno de los destinos preferidos por los bucarestinos para sus vacaciones tanto invernales como veraniegas: su cercanía a la capital, poco más de 120 kilómetros, y el precioso entorno natural que le rodea, comandado por los montes Bucegi, le han convertido en un destino turístico indispensable tanto para rumanos como extranjeros. Es Sinaia un pueblo de montaña encantador, con un cierto aire residencial, que sorprende nada más poner los pies en él por el bonito monasterio, obra de Mihai Cantacuzino, compuesto por diferentes edificios entre los que destaca la Biserica Mare y el museo que guarda la primera Biblia que se tradujo al rumano y que data del 1688. Dentro del monasterio se encuentra también un hotel antiquísimo, el Economat, que no es excesivamente caro y puede suponer una buena opción de alojamiento para los que pretendáis pasar uno o dos días en esta bellísima localidad.

Pero lo que realmente atrae cada año a miles de turistas es ese par de maravillosos palacios, Peles y Pelisor, que por sí mismos constituyen unas de las más perfectas obras arquitectónicas del Este de Europa. Nosotros el primero que visitamos fue el más pequeño (no por ello menos bonito), el Castelul Pelisor, construído a principios del siglo XIX bajo las órdenes del rey Ferdinand I, quien lo convirtió en su residencia de verano. Si su fachada es espectacular, no lo es menos el interior, compuesto por casi un centenar de habitaciones.

Castelul Pelisor

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Para recorrerlo (previo pago de una entrada de unos 4 euros, te cobran 6 euros más si deseas hacer fotos) has de colocarte unas bolsitas en los pies que te dan al entrar, para evitar que se ensucien suelos y alfombras (son muchos los visitantes que pasan por aquí a diario). El palacio se construyó siguiendo los caprichos de la reina María, esposa de Ferdinand; de orígen escocés, hizo decorar las paredes con lirios que le recordaran a su añorada Edimburgo. La relación entre los monarcas dio lugar a múltiples habladurías: pese a que tuvieron seis hijos, se rumoreaba que la reina gozaba de diversos amantes y al final los reyes parecían disfrutar más de una duradera amistad que de un matrimonio en toda regla. María fue una reina muy querida por los rumanos, ya que después de la Primera Guerra Mundial luchó con uñas y dientes por los derechos de su país adoptivo: su corazón, tras vagar por Bulgaria, el Castillo de Bran y Bucarest, se guarda desde hace dos años dentro de una urna en el Castillo de Pelisor, lo que ha convertido a la residencia en destino de peregrinación para muchos rumanos, que continúan viendo a la reina como una auténtica heroína.

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La reina, una enamorada del arte que gracias a su posición social pudo darse el capricho de diseñar junto  al arquitecto Bernhard Ludwig uno de los castillos más románticos del mundo, supervisó las obras en todo momento. Prevaleciendo el estilo art nouveau pero dando también cabida al arte bizantino e incluso inesperadas influencias celtas, se suceden las diferentes salas, decoradas con un gusto exquisito: muebles vieneses y delicadas pinturas ornamentan algunas de las salas principales, como el Hall de Honor, las oficinas privadas de los reyes, la capilla de la reina o la Habitación de Oro, probablemente la estancia más deslumbrante del recinto.

Y la gran joya de la corona es el Castillo de Peles, mucho más grande que el Pelisor (este tiene 160 habitaciones). Después del de Bran, es el segundo lugar más visitado de Rumanía. Y no nos extraña porque si en fotos impresiona, lo hace el doble cuando te ves a sus pies. Al ser sábado, nos encontramos a un montón de visitantes paseando por los jardines aledaños, grandísimos y claramente inspirados en los parques victorianos.

Palacio de Peles

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Como curiosidad, comentar que el de Peles fue un edificio “adelantado” para su época. Hablamos de finales del siglo XIX: fue el primer castillo de Europa en contar con electricidad y también uno de los primeros en tener calefacción. Sin embargo, su exterior pretendía alejarse de esas nuevas construcciones de ladrillo que comenzaban a imponerse dentro de la arquitectura global y se pretendió emular (pero a lo grande) esas bonitas casas bávaras que nosotros mismos habíamos disfrutado en Alemania en pasados viajes. Entre el centenar y medio de estancias se puede encontrar un teatro (que decoró Gustav Klimt, no escatimaron en gastos), una biblioteca que llegó a guardar más de 10.000 ejemplares, una inmensa sala de armas, el lujoso Salón Florentino o la Sala Veneciana con su colección de espejos. Demostración del poder de la realeza hace siglo y medio, el Castillo de Peles fue mandado construir por el rey Carol I; a mediados del siglo XX, tras la creación de la República Popular de Rumanía, pasó a manos del Estado, aunque durante 15 años, entre 1975 y 1990, fue cerrado al público ya que el dictador Ceaucescu lo utilizaba para reuniones protocolarias.

Así de bonito es Sinaia

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Nuestra segunda noche en Rumanía la pasaríamos en la ciudad de Sibiu. Ya comenzábamos a sufrir los estragos de los caminos de cabras que son las carreteras rumanas. Aún así, el camino es realmente precioso, ya que se sitúa cerca de las Montañas Fagaras, que brinda algunos de los paisajes más espectaculares de Rumanía. Y por los pueblos que pasábamos podías encontrarte con iglesias tan bonitas como esta, que tanto recordaban a las ortodoxas rusas.

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Sibiu no sólo es una de las ciudades más importantes de Rumanía (fue la primera del país que consiguió el título de Capital Cultural Europea en 2007, algo de lo que los locales se sienten muy orgullosos) sino que además es uno de los mejores ejemplos de la influencia que tuvieron los sajones en estas tierras: mientras paseábamos por Sibiu, hubo muchos momentos en los que me parecía estar en una ciudad alemana. Hay que tener en cuenta que aquí comenzaron a llegar los primeros sajones en torno al siglo XII y de hecho fueron ellos mismos los que fundaron la ciudad, denominándola Hermannstadt.

Los sajones, pese a haber vivido en Transilvania durante 800 años,  fue un pueblo fuertemente vapuleado en la Segunda Guerra Mundial ya que los soviéticos les acusaron de colaborar con los nazis y se deportó a más de 60.000 personas, lo que facilitó a Stalin la ocupación de esta región. Posteriormente Ceaucescu también les humilló y persiguió, por lo que muchos de ellos huyeron a Alemania, previo pago al Estado bajo cuerda (se rumorea que hasta 5.000 dólares por cabeza). Hoy en día, apenas quedan en el país 50.000 sajones (por ley tienen un escaño en el Parlamento, al menos eso no se lo han arrebatado); sin embargo, intentan conservar sus ancestrales costumbres y es precisamente en Sibiu donde cada dos años se realiza una multitudinaria concentración de los “alemanes rumanos” (e incluso de muchos que llegan desde Alemania, a donde emigraron) y aprovechan para exhibir sus trajes regionales y degustar la gastronomía autóctona.

Sibiu, como otras ciudades sajonas, es perfecto ejemplo de ciudad fortificada ya que durante siglos otros pueblos como los otomanos (hoy turcos) codiciaron los tesoros que generaban los diferentes gremios. Las murallas llegaron a contar con casi cuarenta torres y diferentes anillos concéntricos, financiada su construcción precisamente por las guildas (gremios), ya que su importancia a nivel económico era tan descomunal que se les encargó a ellos mismos las labores de defensa. También ellos pagaban los sueldos de los soldados que les protegían. Aún se conserva parte de esas murallas y ocho torres, pertenecientes al tercer anillo que se construyó en el siglo XVI: las más importantes son la Turnul Archebuzierilor, la Turnul Gros (donde se encuentra el teatro más antiguo de Sibiu) y la Torre de los Carpinteros.

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El centro histórico de Sibiu es peatonal, por lo que si como nosotros lo recorres en fin de semana lo encontrarás lleno de gente paseando. A mí particularmente fue de los cascos antiguos que más me gustó en todo el viaje. Su corazón es la Piata Mare, que aunque nació siendo un mercado de trigo en el siglo XV, con el paso de los años pasó a convertirse en el alma de la ciudad y aquí se realizaban todas las celebraciones festivas pero también las oscuras ejecuciones públicas tan propias de la época. Cuando nosotros estuvimos se celebraba un concurrido mercadillo callejero de plantas y flores y raro era el que no iba cargado con una maceta bajo el brazo. La plaza está rodeada por vistosas casas de colores, prueba de la riqueza que poseían los comerciantes de antaño: como veréis en las fotografías, una de las características más curiosas de dichas viviendas son “los ojos de Sibiu”, esas graciosas ventanas que se ubican en las buhardillas y que dan la impresión de que los tejados te miraran mientras vas caminando.

Sibiu

El edificio más importante de la plaza es el Palatul Brukenthal, que en su día perteneció al gobernador de Transilvania, Samuel von Brukenthal, y que en la actualidad es uno de los museos más importantes del país. A su lado, la que los locales conocen como la Casa Azul, un bellísimo edificio de estilo renacentista. En otro de los laterales de la plaza se alza la iglesia construida por los jesuitas en la que destaca la Torre del Reloj. Si te interesa la historia de la ciudad, a sólo un paso tienes el Muzeul de Istorie, en el edificio que acogía al antiguo ayuntamiento. Desde allí puedes ir caminando hasta la acogedora Piata Huet, con su impresionante iglesia evangélica alemana: esta fue la primera zona de la ciudad que se fortificó y aún se conservan muchas de las casas góticas originales. En su centro se encuentra la escultura de Georg Daniel Teutsch, un antiguo obispo que además fue uno de los historiadores más importantes de Rumanía. Aquí también se halla uno de los monumentos más longevos de Sibiu, la Torre de las Escaleras.

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La Piata Mica (Plaza Pequeña, conocida en la antigüedad como Circulus Parvus), conserva aún mucho de su atmósfera medieval, no obstante es donde vivían los artesanos y de hecho una pequeña escalinata conduce a la pequeñita Plaza de los Orfebres. Está protegida por la Torre Statului y en ella podemos encontrar algunos de los edificios más relevantes de Sibiu, como un antiquísimo monasterio, el Centro de Información y Documentación, el museo Franz Binder (que expone objetos traídos de expediciones a Africa y Asia en el siglo XIX) o el Museo de la Farmacia, instalado en el palacio que acogió a la primera farmacia de Sibiu, El Oso Negro. Y muy cerquita tenemos uno de los rincones más encantadores de Sibiu, el Puente de los Mentirosos, rodeado de leyendas en torno a su nombre. Unos dicen que se llama así porque si decías una mentira al cruzarlo, el puente se derrumbaría, otros que es aquí donde se citaban las parejas de enamorados a hacerse promesas que no siempre se cumplían. La tradición recomienda que si lo cruzas y quieres que se cumplan tus deseos, digas justo lo contrario de lo que te gustaría conseguir. A nivel práctico, es el punto de unión entre la Ciudad Alta y la Ciudad Baja.

La calle Nicolae Balcescu es la más animada de la ciudad, llena de bonitas tiendas, el hotel más antiguo de Sibiu (el Imparatul Romalinor), restaurantes y algo que nos sorprendió: muchas pastelerías. A los rumanos la repostería se les da de lujo y ponen a tu disposición unos dulces sabrosísimos y tirados de precio: desde placintas (hojaldres generalmente rellenos de calabaza) a los cataif de orígen turco, los bollos más famosos de Transilvania (los langosi) y los krapfen con nata. Fijaos si se da en el país importancia al azúcar que cuando llega un invitado a casa, se le agasaja con la dulceata, un surtido de pastelillos. Aunque mis favoritísimos (ya los descubrimos en nuestro primer viaje) son los papanasi, esos tiernísimos bollos que se sirven calentitos con nata agria y mermelada de cerezas. Nos tiramos todo el viaje comiéndolos, qué delicia.

Los riquísimos papanasi

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Hablando de comidas, dos recomendaciones: La Taifas y The Gallery, dos restaurantes buenos, bonitos (sobre todo el segundo) y baratos. En cuanto al alojamiento, otro acierto. Nos quedamos en la Pensiunea Maria Sibiu. Aunque estaba algo alejada del centro, no nos importó al llevar coche, apenas tardabas diez minutos. Se encuentra en una casa de campo súper acogedora: los gatos se te colaban en la habitación, así no echábamos tanto de menos a los nuestros. Cuartos muy amplios y aunque no entraba el desayuno, nos ofrecieron tomar café o té al levantarnos. Lo llevan una familia amabilísima que hablan un inglés muy rudimentario pero que se desvivieron con nosotros. No aceptan tarjetas de crédito pero a cambio el precio era irrisorio: 22 euros la habitación. Muy recomendable.

La siguiente etapa de nuestro viaje nos llevaría hasta Alba Iulia. Y quien nos iba a decir a nosotros que íbamos a tener la inmensa suerte de que justo nos coincidiera la semana grande de la ciudad, cuando como cada año desde el 2013 se celebra el multitudinario festival Roman Apulum, en el que participan prácticamente los 67.000 habitantes de Alba Iulia, unos como actores improvisados y otros como espectadores. En la antigüedad, lo que es actualmente Rumanía y Moldavia era la provincia romana de Dacia. Al ejército del Imperio Romano les costó miles de vidas doblegar a los dacios, un pueblo guerrero y belicoso que estaba poco dispuesto a dejarse someter. Su rey más importante fue Decébalo, a quien los rumanos dedicaron la estatua de roca más alta de Europa y que se encuentra cerca de Orsova, en el sur del país. Los romanos conocían a la antigua Alba Iulia como Apulum y era esta una de las ciudades más importantes, tanto a nivel económico como político de la Dacia romana. Los habitantes actuales se sienten tremendamente orgullosos de su pasado y por dicho motivo celebran este festival en el que no sólo se reviven las sangrientas batallas que enfrentaron a dacios y romanos, también se hacen luchas de gladiadores, talleres, mercadillos, bailes, competiciones de tiro con arco y se recrean ferias de esclavos. A nosotros nos encantó encontrarnos la ciudad tan animada.

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Tras aparcar el coche y dejar las maletas en el ApartHotel Steyna, en pleno centro (32 euros la habitación), nos fuimos a recorrer la Cetatea o Ciudadela, que como os comento estaba inmersa en las festividades. La Ciudadela es un prodigio de la arquitectónica, su trazado es una estrella de siete puntas que tiene un perímetro de 12 kilómetros. Se construyó sobre un anterior castro romano bajo la orden de los Habsburgo en el siglo XVIII y tiene seis puertas de entrada. Dentro destacan la catedral ortodoxa de la Reunificación y su bellísimo patio y la catedral católica de san Miguel, que durante muchos siglos acogió las tumbas de las más ricas familias húngaras. El palacio Real (Palatul Princiar), el obelisco de casi 30 metros de altura, las estatuas de Carlos VI y Miguel el Bravo, el palacio Sala Unirii (donde en 1918 se decretó la unión de Transilvania a Rumanía), el Museo de la Unión (que en su planta baja expone gran cantidad de reliquias romanas), el palacio Apor (donde se halla la tumba de la reina Isabel) y el Palacio Episcopal son los puntos a destacar dentro de la ciudadela.

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Biserica Mihai Viteazul

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Aparte de la ciudadela, en Alba Iulia no hay mucho más para visitar, de hecho los suburbios que atravesamos cuando llegamos con el coche, con bloques grises de casas, responden totalmente a la idea que se tiene de la Rumanía comunista. Por lo tanto, nos vino de fábula para descansar un poco de tantas horas en carretera y aprovechar para pasar el resto de la tarde tomando unos cocktails. Para cenar escogimos el acogedor restaurante Alloro (Bulevardul 1 Decembrie 1918), donde recomendamos sus riquísimas ciorbas. La ciorba es la sopa rumana y suelen hacerse de verduras o carne: las más famosas son las de tripas (ciorba de burta) y la de albóndigas (ciorba de perisorae). Y a descansar, que al día siguiente nos esperaba un largo trayecto hasta una de las regiones que más ganas teníamos de conocer: Maramures.

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Aunque soy de Rumanía, nunca tuve la oportunidad de visitar mi país antes de venir a vivir a España, me ha gustado aprender cosas de Rumanía en tu viaje.

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    1. Pues tu país es totalmente maravilloso! Me alegra que te haya gustado la entrada y sobre todo que te anime a viajar alguna vez. Un abrazo!

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  2. eduardod82 dice:

    siempre me ha llamado la atención Rumania, muy buen artículo, te invito a mi blog http://www.mochilerofutbolero.com donde encontrarás todo lo referente a viajes de fútbol

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    1. Gracias Eduardo, me alegro que te haya gustado el artículo. Echamos un ojo a tu blog!

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